jueves, 30 de abril de 2015

Mis fotos con el móvil

 
comida de Navidad 2014

con mi amiga Toñi



mi hija Anita en Tenerife verano 2014

playa de La Pinta Tenerife verano 2014

playa de La Pinta Tenerife verano 2014

Parque del Moro esta primavera, mi hijo a un lado

Iglesia de S. Manuel y S. Benito

Iglesia de S. Manuel y S. Benito

Con mi hijo Miguel Ángel este mes en Ceuta



mi hija en plena sesión de belleza verano 2014

Jardines del Monasterio de El Escorial primavera 2014

Mi hijo Miguel Ángel en Benidorm verano 2014

Con mis hijos, mi hermana y mi cuñado en Benidorm verano 2014

Jardines de Sabatini esta primavera

floristería en la calle del Espejo de Madrid


 

miércoles, 29 de abril de 2015

Los trastornos psiquiátricos en niños y jóvenes

 
Doloroso caso el del chico que ha matado a un profesor y herido a varias personas en el instituto en el que estudiaba hace algo más de una semana. Y predecibles los comentarios de los telediarios, como que se dijera que en España no estamos acostumbrados a estas cosas que suelen pasar en EEUU. Además de la retahíla de antecedentes que siempre sacan a relucir con cada suceso, todos ocurridos allá en Norteamérica. Me preguntaba Ana, mi hija, que por qué se suicidaban al final los chicos que cometen esa clase de actos, a propósito de la mención en el informativo de dos adolescentes que mataron a un montón de personas y después se quitaron la vida en el instituto donde cursaban sus estudios. Lo único que se me ocurrió decirle es que no estaban bien. Ella quiere analizarlo todo desde la perspectiva de la lógica, encontrar una explicación racional a las cosas, pero cuántas hay que no la tienen, por muchas vueltas que se les de.
Que en el centro no supieran que el chico estaba con un tratamiento psiquiátrico no me extraña tampoco. Aunque los padres hubieran querido comentarlo y que se llevara confidencialmente se hubiera sabido enseguida. Estos sitios son como un pueblo, un sitio pequeño donde todos se conocen y pocas cosas se pueden guardar en privado. Lo que viene a continuación es moneda de cambio habitual: murmuraciones de los compañeros, etiquetas estigmatizadoras, comentarios maliciosos... Cuando Miguel Ángel, mi hijo, fue baja médica en el instituto por un tema psiquiátrico también, a mi hija le preguntaban por él diciéndole que qué tal iba en el “loquero”, algo que a ella la hería profundamente, como es lógico. Bastante que hay un problema  de esa clase en una familia como para que encima haya que aguantar las burlas y la crueldad ajena. Pero este ha sido siempre un país de maledicencia cateta y de  ignorantes.
Miguel Ángel escuchaba la noticia con mucho interés. Algunas similitudes con lo que a él le pasa pudimos escuchar: que al chico le gustaban mucho las armas, que si le atraía el Ejército… Ana ponía caras raras y me miraba, mientras su hermano no quitaba la vista de la televisión. Luego, días más tarde, mientras charlábamos de cualquier cosa, le pregunté qué opinaba de lo sucedido. Él se encogió de hombros, con cierto gesto de tristeza. Le dije si pensaba que podía haberle pasado algo parecido si no hubiera seguido sus terapias, pero él lo negó rotundamente: nunca habría llegado a ese extremo aunque se encontrara mal y no hubiera seguido tratamientos. Quería saber la repercusión que una noticia así había tenido en él, si se había podido sentir identificado y hasta qué punto le afectaría. “No te rayes mamá”, me dijo rotundo, zanjando la cuestión al momento, como siempre que le hago partícipe de alguna idea de esas que se me ocurren a mí, casi siempre descabellada.
Cierto que la esquizofrenia no es el mal de Miguel Ángel, afortunadamente. Él sí tuvo en el hospital psiquiátrico de día al que acudió tiempo atrás un compañero que la padecía, aunque leve. Allí no se admitían pacientes con trastornos graves. Era un chico que sufría mucho, que estaba como ausente y que no podía ser él mismo casi nunca. Tomaba una medicación que no debía ser suficiente para él. El caso que nos ocupa, el del chico de 13 años convertido en asesino por un brote psicótico, es lamentable por partida doble: por el agresor, que no puede dominar unos impulsos que le llevan a la perdición a él y al objeto de sus agresiones, y por el fallecido y los heridos, que ninguna culpa tenían.
Imagino un largo proceso casi carcelario para este chaval, recluído por peligroso, estigmatizado por la sociedad para los restos. Ya tiene su vida vendida desde tan joven, sin futuro, aislado, sin el apoyo y el amor de su familia. Sus padres no le prestaron suficiente atención, esas ballestas que se fabricaba, que tuviera machetes, esas listas con gente a la que quería hacer daño, personas que él posiblemente consideraba que le habían hecho objeto de algún agravio en un momento dado, la más mínima cosa. Una compañera de mi trabajo comentó que parecía mentira que gente con estudios como estos padres hubieran descuidado así este asunto. Yo le dije que a veces la gente con cierto nivel vive de forma hiperactiva, siempre ocupados en muchas cosas, y que a lo mejor gente más modesta cuida y se ocupa mejor de sus hijos.
Me duele mucho todo esto, por lo que a mí me toca. Velo porque Miguel Ángel no siga jamás malos caminos. Si no lo supe hacer bien antes con él, por lo menos que ahora nunca pueda decirse que no hice lo que pude para que tuviera una vida mejor a pesar de sus problemas psíquicos, aunque me parezca que nada es suficiente, que todo se me hace poco para él.
Hoy empieza una nueva terapia: dos trabajadores sociales, un hombre y una mujer, irán a casa por la mañana y saldrán con él. Harán lo que harían unos amigos, ir a sitios, charlar. Y así será una vez por semana durante no sé cuánto tiempo. Ellos se fijarán en su comportamiento social, la clave de todo, en qué falla, qué le obsesiona, qué necesita. Él, aunque un poco preocupado, parecía ilusionado ante esta nueva posibilidad que se le abre. Dejaba escapar ayer una sonrisilla especial de vez en cuando, y se le veía de buen humor, aunque en su caso eso no quiera decir nada, pues sus estados de ánimo sufren muchas variaciones. Una amiga mía opina que es un sistema novedoso y sorprendente para tratarse de la Seguridad Social. Posiblemente lleve ya tiempo poniéndose en práctica. No sé qué saldrá de todo esto, pero estoy segura que  todo será para bien.
 


martes, 28 de abril de 2015

Viaje al interior de Kurt Cobain

 
El documental Montage of heck llega a los cines. En él se escudriña la intimidad del líder de Nirvana, un hombre sensible, feminista, perfeccionista, torturado e inteligente, según quienes mejor lo conocían. 
"Amo a mis padres pese a que estoy en desacuerdo con todo lo que piensan. La música rige mis sentimientos. Me apropio de trozos de personalidades de otros para construir la mía. Me aterroriza el ridículo". La naturaleza voluble de Kurt Cobain, el líder sublime y atormentado de Nirvana que hace veintiún años y dos semanas se quitó la vida, se manifiesta en su diario mediante una grafía sencilla veteada por borrones, garabatos y letras de un lirismo punzante y homicida. Unas anotaciones que se exhiben a partir del jueves en Montage of heck, el primer documental oficial sobre el artista que invita al espectador a arañar su intimidad, espiar vídeos caseros inéditos y escuchar los testimonios de sus parientes y amigos.  
Entre los hallazgos del filme, la afición de Cobain a elaborar listas como la que repasa los nombres que podían haber bautizado a Nirvana pero que finalmente fueron descartados (Man Bug –Bicho hombre–, Dead Boy –Niño muerto–, Dead river boys dicks –Las pollas de los chicos del río Muerto–). En otra, bajo el epígrafe 'Cosas que necesita la banda', se percibe la seriedad embrollada con la que trataba de organizar y controlar Nirvana, el proyecto en el que volcaba su lucidez y ambición. Unas páginas más allá, una sucesión de normas que deben gobernar una formación modélica de punk rock, un género que interpretaba como "libertad" y que implica puntos tan dispares como "aprender a no tocar bien un instrumento" o "no hacer daño a las chicas cuando uno baila" (esto último, quizá, una de las muchas señas de su respeto por la mujer en un mundo que despreciaba por masculino, intransigente y cateto).  
Odiaba que le humillaran y las malas críticas le hacían sentirse así También es posible otear imágenes de una infancia feliz, mimada, en una "América buena y en una ciudad floreciente, Aberdeen, excelente para criar niños", explica a la cámara su madre, Wendy, que culpa a su exmarido y progenitor de Cobain, Don, de haber inspirado en su hijo un poderoso sentimiento de vergüenza. "Él pensaba que los niños debían ser vistos pero no oídos. Kurt era un niño inquieto. Don le hizo daño", indica. Poco después, llegaría el trauma de Kurt ante el divorcio de sus padres ("se sentía avergonzado por ello") y una rebeldía desbocada que le hizo convertirse en un hijo e hijastro molesto. Todo ello precedería a un intento fallido de suicidio, la dificultad de integrarse con sus compañeros y la búsqueda de la liberación a través de la marihuana y de una música desgañitada, llena de consignas y de una maestría enronquecida por la rabia.  
Las letras vagabundas de Something in the way cobran relevancia cuando recuerdan la confusión ultrajada de Kurt Cobain, sin hogar fijo. Y los aullidos de Scentless apprentice suenan a gritos de auxilio ante un mundo que, al parecer, el joven esperaba que fuese más bonito. Por el camino, todo una cadena de contradicciones: la aspiración al éxito musical —desvelado por su primera novia, Tracy— y, a la vez, el remordimiento por haber cruzado la barrera del mainstream y disfrutar de la fama. O el afán por crear una familia de corte tradicional y su urgencia por tener descendencia, un deseo "humano y común en hijos de familias separadas", opina el director del largometraje, Brett Morgen.  
El viaje incluye imágenes nunca vistas de sus últimos años, entre alegres y contaminadas por las adicciones, con una Courtney Love desmesurada, impúdica y divertida. Y los momentos con su hija Frances, llenos de ternura y de efluvios de embriaguez. "Desde que he tenido una hija lloro con los documentales que muestran a niños sufriendo", explicaba Cobain con la piel marcada por heridas y cardenales, pero con el rostro seráfico, aún indemne por los estragos de la heroína. Esa droga que, aseguraba, había comenzado a consumir para olvidar sus agudos dolores crónicos de estómago.  
Buscaba la perfección, cantar lo mejor posible, componer lo mejor posible... De fondo, las ocurrencias hondas de sus textos, la sensibilidad tierna y corrosiva, las nubes de ruido con las que se lograba elevar sobre el escenario y la oscuridad magnética que le dictaba frases desolación infinita. "Era un artista con mayúsculas cuya obra hoy sigue conmoviendo a los adolescentes. Representa a los inadaptados, a lo feo, el desencanto. Y supo transmitir a través de su música la angustia de toda una generación", observa Morgen mientras el documental discurre entre tormentas musicales que arrecian con Endless, nameless, Floyd the barber o Territorial Pissings.  
Kurt Cobain según... Su madre, Wendy: "En la música buscó la perfección y el triunfo que no había encontrado en su vida personal y familiar, que consideraba un fracaso. Quería tocar lo mejor posible, cantar lo mejor que pudiera, componer mejor..." Su hermana, Kimberly: "Su cerebro estaba en permanente actividad, siempre ideando cosas nuevas. Cuando era pequeña miraba con cierta envidia su cabeza de genio; hoy doy las gracias por no tenerla". Su madrastra, Jenny: "Tras la separación de sus padres, Kurt sentía la necesidad de tener una familia y ser el más querido. Sufrió mucho, se sintió rechazado por todos". Su primera novia, Tracy: "Estaba enfadado con sus padres desde sus años de colegio y tenía mucho miedo a ser herido. Aparte de eso, era divertido. Y ambicioso. No se conformaba con tocar en una banda, quería el éxito". Su amigo y compañero de Nirvana Krist Novoselic: "Odiaba sentirse humillado. Recuerdo lo mal que llevó una mala crítica que recibimos con uno de nuestros primeros conciertos. Le dije que se olvidara, que eran tonterías de revistas hipsters, pero él se sintió ultrajado". Su pareja, Courtney Love: "Era supermono, estaba bien físicamente pero se comportaba como si no lo supiera. Eso era parte de su encanto".
 (Artículo de Clara Hernández en 20 minutos el 22/4/15)
 

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Aparte de lo que se dice en este artículo, tan interesante por otra parte, sobre Kurt Cobain, figura que me fascina desde hace muchos años y al que ya dediqué un post hace tiempo, a propósito de la biografía que sobre su vida y su muerte le dedicó Charles R. Cross, Heavier than heaven, hay muchas cosas que habría que puntualizar. La madre fue tan culpable del desequilibrio del cantante como el padre, aunque ella quiera exculparse. Cuando ambos se divorciaron y rehicieron sus vidas con otras parejas él se quedó en la calle, porque era alguien a quien no quisieron y que molestaba. Pasó mucha miseria y soledad.

Lo que comenta la esposa no es de extrañar en una descerebrada como ella: si un marido muere trágicamente no creo que lo único que se recuerde de él con el paso de los años sea si era o no guapo. Le hace parecer un florero. Esta señora lo ha trivializado todo siempre, y sólo Dios sabe lo que Kurt Cobain pudo ver en ella.

He leído hace poco que el cantante tenía 100 canciones escritas que nunca se han llegado a publicar. Su creatividad era enorme. Todos recuerdan su apariencia descuidada y los lamentables episodios que dejó su adicción a las drogas, imagen que podría corresponder a la de un vago o un vicioso. Nada más alejado de la realidad en el caso de este hombre que, mientras pudo, cuando aún los lastres de su vida no le habían hundido en la miseria física y psíquica, desarrolló un genio creativo como pocos.

Jamás pudo superar las carencias de su infancia y adolescencia, ni el éxito repentino y desmedido que alcanzó. Todo le sobrepasaba. Tendría, como todo el mundo, breves momentos de felicidad, nunca comparable a la que él nos produce a nosotros cada vez que escuchamos su música.

Dejo aquí una fotocomposición en la que aparece con su hija Frances Bean, a la que no pudo ver crecer. Algún parecido sí que tienen. Las fotos de él cuando era niño me conmueven, porque se le ve un chico alegre y bueno, el pelo rubio platino, con una ropa muy bonita, en muchas junto a su hermana Kim, algo más pequeña que él, también rubia y sonriente. Nunca habría imaginado lo que iba a ser de él. Nadie sabemos nunca lo que nos deparará el futuro.


 

lunes, 27 de abril de 2015

Las memorias de Sophia Loren

 
Me ha gustado mucho el libro de memorias que ha publicado Sophia Loren. Pérez Reverte lo mencionó en uno de sus artículos y me picó la curiosidad, aunque él dudaba de que lo hubiera escrito la propia actriz. He leído que sí, que lo hizo ella misma. Prejuicio machista por parte del periodista, que cae en el tópico de que una mujer guapa no suele tener intelecto.
Comienza, cómo no, por su infancia, y explica la dura situación familiar: padre atractivo y calavera que enamora a su madre, débil de carácter, dejándola dos hijas y sin que nunca llegara a casarse con ella, pues terminó haciéndolo con otra. Fue su abuela la que más cuidó de ellas, por lo que en el libro la llama mamá, y a su madre para distinguirla la llama mamaíta. Se recuerda a sí misma muy delgada, tímida, sensible. Recuerda los años terribles de la guerra, durante los que pasó tanta miseria y tanto miedo. En uno de los ataques aéreos la alarma que avisaba en su pueblo de que había peligro no funcionó, y mientras huía hacia un túnel que era donde se refugiaban todos le saltó metralla en la barbilla, y estuvo con esa cicatriz mucho tiempo hasta que, al terminar el conflicto, un médico del Ejército americano se la vio y la hizo desaparecer. Aún hoy en día el terror de aquella etapa de su vida hace que no pueda dormir sin una luz encendida.
con su madre
Su llegada al cine fue como la de otras muchas chicas: ganó un concurso de belleza, lo que le reportó dinero y un billete para Roma. Su madre vio la oportunidad de que se fijaran en ella los de  Cinecittá, como en su momento le pasó a ella, aunque sus padres se negaron a que siguiera ese camino, algo que nunca les perdonó. Ahora su hija tenía la posibilidad, y Sophia empezó a tomar clases de interpretación en una academia de Nápoles, pagadas por las clases de piano que daba su madre. En la escuela le enseñaron a ejercitar los músculos faciales, a hacer muecas, a ser expresiva.
Se presentó a unas pruebas para extra en la película Quo vadis?. Después de eso vinieron las fotonovelas, donde pudo desplegar todos los recursos gestuales que había aprendido en la academia. Conoció al que sería su marido, bastante mayor que ella, pero como se había criado sin padre él le transmitió esa sensación de seguridad y protección que tanto ansiaba. La guió en sus primeros pasos en el mundo del espectáculo, y fue durante toda su vida su apoyo.
Cuando consiguió ahorrar suficiente dinero le compró a su padre el apellido de su hermana, a la que nunca había querido reconocer, lo que en aquel entonces suponía una vergüenza. “Con mis medios, como pude, reviví la historia de nuestra familia para intentar comprender lo que de niña me pareció demasiado difícil de afrontar, y saqué mis conclusiones”.
con Vittorio de Sica
Recuerda con mucho cariño el día que conoció a Vittorio de Sica, que sería su maestro y amigo hasta el día en que este murió, momento que también rememora en el libro con gran dolor, el féretro solo en una sala del hospital, ella asomándose por el ojo de buey de una puerta para verlo. Con el genial director y actor trabajaría en muchas películas y su larga amistad les reportaría innumerables gozos.
con Mastroianni
Con Mastroianni no fue muy diferente. Afirma que era un ser maravilloso y muy divertido, lleno de vida, pero que a los rodajes acudía sin saberse los diálogos, lo cual nunca le supuso un problema a la hora de trabajar.
Menciona especialmente a Basilio Franchina, periodista, escritor y guionista, que participó en la película en la que hizo su primer gran papel dramático, La chica del río. Estaba tan nerviosa que no podía comer ni dormir, y hasta llegó a tener fiebre. Pero Basilio le quitaba sus temores ayudándola en los ensayos y con sus sabios consejos, le sugería imágenes que le sirvieran de inspiración para meterse en el papel. “Supo cuidar de mí, de mi fragilidad, entrando a formar parte de mi vida con delicadeza y ayudándome a superar los momentos de crisis. Me ofreció lo que sólo puede regalar un amigo de verdad: me ayudó a ser yo misma”. Aquel hombre era amigo de los mejores directores de cine del momento, y destacaba por su discreción, su inteligencia, su cultura y su educación. Mantuvo su amistad con Sofía y su marido hasta el último de sus días.
con Cary Grant
Cuando llegó el momento de dar el salto al cine americano siguió un curso intensivo de inglés. Quería estar preparada. La 1ª persona que conoció fue a Cary Grant, al que llevaba admirando toda la vida. Le impresionó verlo tan elegante, con su esmoquin, sus modales refinados y su aguda ironía, tal y como aparecía en sus films. Cary intentó que se casara con ella, la llevaba a cenar a lugares románticos a la luz de la luna, e incluso causó los celos de Carlo Ponti, que llegó a propinar una bofetada a Sophia cuando iban a coger un avión, al hacer ella una insinuación coqueta sobre él.
Durante un retiro navideño en Suiza Sophia y Carlo entablaron amistad con otro matrimonio famoso, Audrey Hepburn y Mel Ferrer. Ella les invitó a comer en una ocasión. Sophia se sorprendió de lo blanco que era todo en la decoración de su casa, y de lo poco que les puso de comer, pues Audrey era de escaso apetito. “Necesito soledad y belleza”, dijo la anfitriona.
en Dos mujeres
Sophia cuenta los avatares previos al rodaje de una de las películas que marcó su vida: Dos mujeres. En principio el papel de madre lo iba hacer Anna Magnani, pero esta no quiso que Sophia hiciera de hija, la consideraba demasiado imponente, por lo que rechazó intervenir en el film. Propusieron entonces a Sophia el papel de madre, y fue Vittorio de Sica, su gran amigo, quien terminó de convencerla viendo sus dudas. “La variedad y la profundidad de sentimientos que puede expresar una madre es un desafío para una actriz. Sus matices, su psicología compleja y delicada siempre me han atraído, quizá porque en mi vida siempre han contado los afectos viscerales”. En aquella época aún no había sido madre, pero se acordaba de cómo era la suya, y con esta interpretación consiguió el Oscar a la mejor actriz ese año.
con Carlo y Edoardo, sus hijos

Cuenta también Sophia el largo proceso que tuvo que seguir hasta que consiguió quedarse embarazada. Ser madre era el sueño que había acariciado toda su vida. Abominó del primer médico que la trató, al que culpó de sus abortos por sus dudosas prácticas, no así del 2º, que supo tratarla y gracias al que pudo tener a sus dos hijos, tras largos reposos en cama durante sus gestaciones.
Uno de los personajes más interesantes que conoció fue Charles Chaplin, que la dirigió en una de sus películas. “Era intenso en cada detalle y desconocía la superficialidad. Si no se veía capaz de hacer bien una cosa, prefería no hacerla”. Con Marlon Brando, que también trabajaba en el film, tuvo un encontronazo porque intentó propasarse, y Chaplin también con él porque el primer día de rodaje llegó tarde. “Chaplin era un hombre directo. Si te apreciaba, lo hacía sin reservas. Siempre decía lo que pensaba y si tenía la impresión de que alguien no era sincero con él, le daba la espalda y lo expulsaba de su vida”. A Sophia la alabó mucho porque decía que era como barro en sus manos, se adaptaba a todas las indicaciones que le hacía y aprendía deprisa.

En los rodajes no era difícil ver a Sophia preparando alguno de sus platos de pasta. Ha sido siempre su manera de crear un buen ambiente, de relajarse y de establecer relaciones de amistad. Pero con Omar Shariff en el rodaje de La caída del imperio romano entabló, medio en broma medio en serio, un particular pique, desafiándose uno al otro a que sus madres cocinaban las mejores berenjenas a la parmesana del mundo. El actor hizo venir a su progenitora desde Egipto a Roma, donde se rodaba, y una noche ambas prepararon el suculento plato para todo el equipo. Tras un largo debate ganó la madre del actor por poco margen, y ambas madres se hicieron amigas.
Durante el rodaje de El viaje, la última película de De Sica, entabló gran amistad con Richard Burton, que vivió un tiempo en su casa y casi formó parte de la familia. Ellos fueron testigos de la tormentosa relación que mantenía con Liz Taylor. “Para Richard, Liz era como una ola gigante, un electrón libre, una flecha que apuntaba derecho a su corazón”.
Cuenta desgarrada su paso por la cárcel por fraude fiscal, aunque ella siempre consideró la condena desproporcionada, convencida de ser una víctima por ser quien es. “Nada es más humillante para un ser humano que privarlo de su libertad. Nada duele más que la marginación”. Halló gran consuelo en la madre superiora que impartía ayuda espiritual a los presos. “Por fortuna cualquier experiencia, por dura que sea, reserva sorpresas, encuentros con personas especiales que tienen la capacidad de ver más allá de las apariencias y se niegan a aceptar juicios superficiales. Son personas que marcan la diferencia, que enriquecen incluso las peores experiencias, que caen como un regalo del cielo, mirándote a los ojos y reconociendo tu humanidad más allá de los prejuicios y los lugares comunes”.
Entre sus films más picantes está Prêt-à-porter, donde tuvo ocasión de protagonizar un streaptease junto a su gran amigo Mastroianni. Tuvo sus miedos pero juntos lograron hacer una escena divertida y desinhibida.
Recuerda cuando entregó a Gregory Peck su Oscar por Matar a un ruiseñor, y cómo 30 años después éste se lo entregó a ella por su trayectoria profesional. El 1º que recibió por Dos mujeres no había podido ir a recogerlo por el pánico que sintió. Pero más emocionante fue cuando ella y Mastroianni entregaron el Óscar honorífico a Fellini, que falleció poco después. Y la entrega más divertida fue a Roberto Benigni a la mejor película extranjera por La vida es bella.
con Carlo, su marido
Describe con dolor la muerte de su marido. “La fealdad de la muerte reside en su normalidad, pero hay algo profundamente innatural en dejar ir a las personas que hemos querido”.
Habla de sus últimos trabajos, uno de ellos dirigida por su hijo pequeño Edoardo. El libro termina con una escena cotidiana con sus nietos, que acuden a su dormitorio para despertarla y pedirle que les haga unas albóndigas para comer. Mis apaches los llama ella. El relato de sus memorias había comenzado en ese mismo lugar, cuando la noche anterior había abierto una caja donde guarda sus recuerdos y había estado mirando cartas, fotos, recortes, unos dibujos de sus nietos, en uno de los cuales aparece ella representada como un monigote, con el pelo rizado y una ancha sonrisa, y la palabra “nonna”, abuela, escrita debajo. Se había quedado dormida muy tarde, mientras desgranaba los recuerdos que han dado lugar a este libro. Sophia da las gracias a la vida por todo lo que le ha dado.
 
Ha sido una delicia leer estas memorias y un placer escribir sobre ellas. Sophia Loren está considerada una de las mejores actrices del siglo XX, y su personalidad es siempre subyugante, magnética. Una existencia intensa la suya, de la que ha sabido sacar el mejor partido posible a pesar de las dificultades. Eterna y fascinante.
 
 


jueves, 23 de abril de 2015

Enfermedades de oficina

 
Acabo de descubrir una enfermedad típica de oficinas, la lipoatrofia semicircular, de la que desconocía por completo su existencia. La encontré leyendo el contenido de la revisión médica de empresa que van a hacer en mi trabajo. En ningún otro reconocimiento por el que he pasado en los muchos otros sitios en los que he trabajado antes se mencionó nunca tal afección. Según Wikipedia “es un trastorno de la grasa subcutánea que se suele manifestar con un hundimiento en la cara anterior y lateral de los muslos y, a veces, de los antebrazos (…)
Puede estar presente tanto en una extremidad (unilateral) como en las dos (bilateral). A veces puede estar acompañada de picores, alteraciones en la sensibilidad de la zona afectada y en el menor de los casos de molestias y dolor. La enfermedad, benigna y reversible, suele afectar a las mujeres y acostumbra a aparecer en los muslos. La lipoatrofia semicircular afecta a los/las oficinistas. Su forma típica consiste en una disminución de la grasa de los muslos formando un semicírculo a una altura de unos 70-75 cm, distancia que coincide con la altura media de los muebles de oficina o por campos electromagnéticos.
La Generalitat de Cataluña reconoce la lipoatrofia como accidente laboral, a pesar de que aún se están estudiando sus causas, y tiene que ver con el entorno laboral, la baja humedad relativa, las mesas con estructuras metálicas, con cantos a una altura entre 70-75cm y sin toma de tierra, cosa que favorece las descargas electrostáticas”.
 
Pensando maliciosamente se podría decir que es como una liposucción sin tratamiento médico estético, porque además se da en mayor medida en mujeres, como si los hombres no tuvieran grasa en los muslos. Algo tendrán, digo yo.
Pero no es esta la única de las enfermedades que pueden caer sobre los que trabajamos en oficinas. Todavía recuerdo una historia que me contaron en uno de los Ministerios por los que he pasado, que era de esas para no dormir: un grupo de personas que habían ocupado ese mismo despacho en el que me hallaba y otro que está al lado, fueron baja médica por neumonía a causa de la escasa limpieza de los sistemas de refrigeración del edificio, reformado pero bastante antiguo. La gente iba cayendo como moscas sin que los de la inspección sanitaria encontraran el origen de semejante epidemia. Tardaron meses en descubrirla. Alguno de los afectados estuvo al borde de la muerte.
Ni qué decir tiene de otros dos sitios en los que trabajé que eran de los que no se pueden abrir ventanas y tienen moquetas, de esos a los que se les da por llamar edificios inteligentes. Por bien que funcionaran los sistemas de ventilación aquello tenía que ser un mar de ácaros y otras cosas peores, además de las descargas eléctricas que recibíamos cada vez que tocábamos algo. Se suele decir que estas cosas pasan en los quirófanos de los hospitales, tradicional campo de cultivo de todo tipo de virus, pero lo cierto es que la falta de limpieza y de mantenimiento es general.
A veces no me parece que hayamos mejorado mucho desde el siglo XIX, a pesar de las reformas laborales y las reivindicaciones. Seguimos trabajando en situaciones que dejan mucho que desear. Cuando preguntas por qué esto es así, siempre te dicen que no hay bastante dinero para renovar instalaciones o llevar un control más exhaustivo de las condiciones sanitarias en que nos encontramos en cada momento, se hace lo mínimo para cubrir el expediente. Todos sabemos que dinero hay pero se destina a otras cosas, asesores, altos cargos, extras sólo para determinadas personas, etc. A estos no les falta de nada.
Por la calle sigues viendo operarios que están con el martillo rompedor sin ponerse gafas protectoras ni cascos para evitar daños en los oídos. La falta de medidas de prevención laboral se produce en todos los sectores. Una tarea tan importante como esta, siempre en manos de los sindicatos, irresponsables y arbitrarios, estamento semejante al de los altos cargos que se mueve sólo atendiendo a su propio interés, queda totalmente desatendida.
En fin, los que trabajamos en oficinas, que es lo que a mí me compete, vemos nuestra salud expuesta por miles de factores de riesgo. No sé en qué condiciones llegaremos a mayores, porque fácil no nos lo están poniendo.
 


miércoles, 22 de abril de 2015

Un poco de todo

 
-        La mayoría de la gente no suele fijarse en los carteles que nos salen al paso, cuando deambulamos por la gran ciudad. Yo dejo vagar la vista a mi alrededor, sin rumbo fijo, y no es difícil que me encuentre con alguno que me llame la atención, por su curioso contenido en el que me cuesta creer que nadie haya reparado.
 
Uno que hay en la fachada del monasterio de la Encarnación, por ejemplo, reza: “Se prohíbe hacer aguas baja la multa correspondiente”. El estilo de la frase, antigua y alambicada, hace juego con el del edificio, muy añejo también. Me gusta encontrarme con estos vestigios del pasado, cuando se cuidaba tanto lo que se decía y cómo se decía.
Pero la mayoría no son tan finos. En un callejón que hay junto al sitio donde trabajo alguien grafiteó: “No me gusta que me veas vomitar”. Y ciertamente que es un lugar que muchos eligen para sus desahogos, ya sean los que se prohibían en el monasterio de la Encarnación como los que se anunciaban en el graffiti de marras.
Y para aquellos que son despistados está el que ponen en los Pans and Company, encima de los muebles que sirven para vaciar las bandejas: “Por favor, no tirar la vajilla a la basura”. A veces te dan vasos de cartón y otras tazas de cerámica, y si se va despistado puede tratar los desperdicios de la misma manera.
-         Publicidad penosa la que no cesa de idearse. Por si nos habíamos olvidado de las polémicas que suscitaban los de Benetton, ahora Coca Cola saca un anuncio en t.v. en el que se utiliza la situación personal de los niños adoptados para llegar al corazón de los consumidores. Temas tan delicados no deberían servir para anunciar ningún tipo de producto. Es cierto que todas esas preguntas que se hacen los peques durante el spot nos imaginamos que son muy reales, pero es algo que me parece tan privado y que produce tal tristeza que lo encuentro una infamia sacarlo de su contexto. “Mamá me han dicho en el cole que eres muy mayor para ser mi madre”, afirma una niña ante una desconcertada mujer madura. “Me han dicho los compañeros que no sois mis padres”, le dice una niña oriental a sus padres occidentales. “Me dijeron que no sois mis padres”, le dice un niño negrito a sus padres, dos hombres blancos. Familias monoparentales, multirraciales y homosexuales, todo tiene aquí cabida. Con el eslogan “comer juntos alimenta tu felicidad” nos introducen la marca presentando diversas situaciones familiares que normalmente no suelen estar expuestas a la luz pública.
 
Lo mismo que ese bebé negrito escuálido, que yace sobre unas sábanas, mirando con enormes ojos angustiados, y sobre el que se ha colocado un enorme letrero: “Tiene los días contados”. Los tenemos todos, realmente, pero la frase es tan desafortunada que produce más rechazo que otra cosa. Si lo que pretenden es atraer a la gente a su causa consiguen todo lo contrario.
 
Qué falta de buen gusto, tacto y sensibilidad. Ya vale todo, cualquier carnaza es buena con tal de conseguir el objetivo propuesto.
 
- Me ha encantado sin embargo un whatsapp que me han mandado que trataba sobre el amor de manera muy original. Tras una gran pantalla de rayos X en un parque de Sta. Mónica (California), se ponían dos personas de las que sólo se ven sus esqueletos, besándose, abrazándose, cogiéndose de la mano, bailando. Cuando aparecían, cada una por un lado de la pantalla, las 2 primeras resultaron ser dos chicas (el amor no tiene género), las siguientes eran una mujer negra y un hombre oriental (el amor no tiene raza), después dos niñas que eran hermanas, una con síndrome de Down (el amor no tiene discapacidad), luego dos hombres negros y un niño negro (el amor no tiene género de nuevo), a continuación una pareja de ancianos orientales (el amor no tiene edad), después dos niñas de diferente raza (el amor no tiene raza otra vez), luego una mujer blanca y una hindú (el amor no tiene género ni religión), por último un hombre israelí y uno palestino que se abrazaban (el amor no tiene religión). Terminaba el video con una frase que resumía todo lo anterior: “El amor no tiene etiquetas”. Muy bonito y emotivo, y muy real. La vida tal cual es .
 


martes, 21 de abril de 2015

Divorciadas

 
Sin darnos cuenta en cada momento de nuestra vida nos rodeamos de gente cuya situación personal, o digamos sentimental, se corresponde con la nuestra. De solteros nuestros amigos son solteros, de casados la mayoría son casados, y estando divorciados pues de gente que lo está también. Yo desde que estoy divorciada las amigas que lo están proliferan como las setas. Parece una epidemia.
Y no es precisamente algo que me guste. Durante mucho tiempo me negué a creer que hubiera podido llegar a esa situación y que me viera metida en la tropa de los menesterosos de la vida,  los socialmente proscritos, pues aunque el divorcio sea plato corriente no deja de haber multitud de prejuicios en torno a él. Si me había sentido siempre una inadaptada, alguien marginal, por muchas razones, ahora esto era la gota que colmaba el vaso.
Al principio, cuando conocía gente, divorciadas por lo general, me agobiaba tener que oir tantas historias truculentas sobre procesos de separación, que no me aportaban nada personalmente. Yo rara vez hablo del mío, creo que es algo sórdido y aburrido que no interesa a nadie. Hay gente que parece que se regodea oyendo truculencias ajenas, como si las comparara con las suyas propias para ver si encuentra detalles que las superen, o esperando hallar alguna clase de coincidencia que le lleve a corroborar las decisiones tomadas en el pasado. Ninguna experiencia es igual a otra aunque los procesos puedan parecerse. Lo que a otra persona le pase de poco nos sirve, y lo de mal de mucho consuelo de tontos es verdad, porque he visto a muchos sentir alivio con lo que para mí no ha sido nunca un consuelo, antes al contrario, es una penitencia tener que escuchar una y otra vez el mismo tipo de historias. Cada vez que conozco a una nueva amiga la rutina se repite casi invariablemente. Son relatos tristes, llenos de cutreces, las obsesiones que nos quedan después de trances como este, que son como mantras.
Tan sólo me reí hace poco cuando, invitada por una amiga a un pub que el hijo de una conocida suya  inauguraba, conocí a una mujer que, en principio, parecía una señora muy arreglada y estilosa, y más bien reservada, pero cuando entró en conversación se fue animando y nos contó su historia, que por ser diferente a todas las que he escuchado antes, creo que merece la pena reproducirla. Vino a decir que su ex marido, que era visitador médico, se había estado cepillando a un nº incontable de clientas a lo largo de los casi 30 años que duró su matrimonio, que había intentado dejarle varias veces pero él no quería, hasta el punto de hacer una escenificación dramática de una tentativa de suicidio, tirándose en el descansillo de la casa de ambos, cuan largo era, como si estuviera inconsciente, con una caja de medicamentos en una mano, intentando aparentar que había ingerido un montón de pastillas para quitarse la vida, no difíciles de conseguir para él dada su profesión. Ella, aturdida y también muy cansada, le había acompañado en la ambulancia de mala gana, apenada por un lado pero por otro lado deseando en su fuero interno que aquello acabara por fin con él y, de paso, con sus tribulaciones matrimoniales.
El colmo fue cuando, un día que encendió el ordenador en la empresa que ambos tenían, que no recuerdo a qué se dedicaba, se metió por error en un sitio donde el marido tenía una gran colección de fotos hechas con una inquilina del piso de arriba, una sudamericana más joven que ella, en posturas propias de una película porno. La hija, que llegó en ese momento, las vio sin que pudiera evitarlo, con lo que la consternación familiar fue completa. Pero lo que más me sorprendió fue que esta mujer, que tiene una apariencia tan comedida y estilosa, tomó una decisión que a pocas se nos hubiera ocurrido, y mucho menos tener el valor de ponerla en práctica: imprimió una de las fotos, en grande y a todo color, en la que la susodicha estaba haciéndole una mamada al otro, y la pegó en el descansillo donde vivía ella, para que los vecinos que fueran llegando la vieran. El 1º que llegó fue el hijo de la interesada, que arrancó la foto y le dijo alguna cosa, aunque no pudo hacer mucho por defender el honor de su madre, que ella misma había puesto en entredicho. Todavía se carcajeaba mientras lo recordaba, y la historia me pareció tan lamentable como digna de una película.
Las que estamos divorciadas podemos ser clasificadas de tres maneras, por simplificar un poco: las que no quieren oir hablar de rehacer su vida con un hombre, las que lo están deseando, y las que lo desean pero quieren aparentar que no, quizá porque pretenden parecer que no necesitan a nadie, cuando en realidad nadie es autosuficiente. Entre unas opciones y otras hay fluctuaciones a lo largo del tiempo: las que no querían pero luego sí han ligado, y las que querían, como yo, pero se les ha quitado casi todas la ganas a fuerza de no ligar.
Las que no quieren se dedican a defenestrar al género masculino, metiendo en el mismo saco a los hombres como si estuvieran clonados y fueran todos iguales. Son las frustradas, que pueden ser confundidas con las feministas, por su hostilidad hacia lo varonil, pero que en realidad se les caen los palos del sombrajo en cuanto una posibilidad romántica llega a sus vidas. Las que sí quieren viven al acecho del hombre que aparezca y, como el príncipe azul de los cuentos, las saque de su soledad, y puede que de la precariedad económica en la que las mujeres solemos hallarnos tras un divorcio. Son como lobas hambrientas, reprimidas y cachondas (palabra terrible que no puedo evitar emplear) dispuestas a caer sobre aquel que haga la más pequeña insinuación o coqueteo, como si no hubiera un mañana. Tanto unas como otras constituyen para mí la quintasesencia de la desesperación y la amargura, los restos de un naufragio vital penoso, nunca superado por personas que son incapaces de vivir con un poco de dignidad. Todo es posible si uno lo desea, cuando se inicia una nueva etapa en la vida se vuelven a abrir puertas que se habían cerrado, pero desde luego no a cualquier precio y sin límite. Esto no es un casino, vamos a poner todas nuestras fichas en el tablero y jugárnosla a un solo número, no. A jugar o a no jugar, somos libres, lo que cada uno desee.
Me pregunto si los hombres divorciados funcionarán así. También tienen su parte de tragicomedia en este asunto, pero me da la impresión que para ellos es más fácil emprender una nueva vida, no le dan tantas vueltas a las cosas, lo pasado pasado está, y se conforman más fácilmente. Con los tiempos que corren hay muchas segundas oportunidades en esto del amor, y terceras, y cuartas… infinitas, sólo que hay también un desgaste emocional, y el corazón se cansa de tantas decepciones, de tantas ilusiones que nacen y mueren.
La pareja parece ser el estándar ideal, aquello a lo que la mayoría aspiramos, queramos o no reconocerlo. Lo vemos en la Naturaleza, que no fuerza nada, que no se rige por códigos de conducta preestablecidos, sino por el puro instinto. No es sólo una cuestión social, de crear una familia tradicional, es una necesidad vital para la mayoría. Cada cual deberá buscar la felicidad como mejor le parezca, cada cual debemos encontrar nuestro camino. 
 


lunes, 20 de abril de 2015

La vida iba en serio

 
Me regaló el libro de Jorge Javier Vázquez, La vida iba en serio, una chica de la editorial Planeta que llegó a casa un día, ya muy tarde, para intentar venderme un montón de cosas. Aquel era un obsequio de parte de la empresa para premiar la fidelidad de sus clientes, pues me vendieron en su momento una colección enciclopédica de libros y DVD’s sobre lugares del Mundo. Yo nunca me hubiera comprado este libro, y eso que su autor me cae bien, aunque no vea sus programas porque son de la telebasura, pero una amiga que lo había descargado en su e-Book me contó hace tiempo algunas de sus truculencias y, como todo lo que es sacado de su contexto, me pareció aberrante.
Lo empecé a leer porque acababa de terminar mi última lectura y no tenía otra cosa que me gustara lo suficiente, y debo decir que me sorprendió mucho. En él el presentador de t.v. cuenta su vida pero con su manera de ser tan particular, escribe como habla, con un desparpajo y unas ocurrencias que hacen que te mueras de risa. Y dice muchas cosas que nunca se atrevería a decir en una entrevista, porque en el fondo conserva esa timidez que le acompañó en su niñez y juventud, y que los que somos tímidos sabemos que nunca termina de desaparecer por completo.
No es esta una biografía al uso, sino una obra muy al estilo de su autor, un poco caótica, algo superficial porque no entra en muchas profundidades, una exorcización de demonios personales que hace que ciertas ideas se repitan una y otra vez a lo largo de sus páginas, esos traumas nunca del todo superados que son los fantasmas particulares que todos llevamos dentro. La palabra “marica” o “maricón” empieza ya desde la infancia, las pocas veces que jugó en la calle con sus vecinos, o en el colegio. Prefería estar en casa haciendo cualquier cosa antes que sufrir el insulto y la afrenta. Jorge Javier, que parece ahora tan extrovertido, ha sido incapaz durante muchos años de hablar abiertamente con su familia de muchos de los aspectos de su vida que le han atormentado precisamente por no poderlos compartir. Era como si se tuviera que avergonzar por ser homosexual.
Sobre todo por su padre, muy estricto, con el que parece que mantuvo una relación de amor-odio, pues en su niñez y juventud todo eran reproches y malos tratos, las tortas que le pegaba cuando no era capaz de comprender las matemáticas, hasta el punto de que en una ocasión que se le vino encima Jorge Javier se orinó en los pantalones. O cuando en el colegio se hizo una representación teatral en la que se intercambiaron los papeles, los chicos se vestían de chicas y al revés. Al padre le pareció mal y se negó a asistir, arrastrando consigo al resto de la familia. Jorge Javier se entregó a su papel con tal fuerza que fue ovacionado por todos los asistentes, incluídos sus compañeros, algunos de los cuales no pudieron reprimir unas lágrimas porque sabían que estaba solo.
La cosa no fue a mejor cuando empezó a tener relaciones sexuales con desconocidos en cuartos oscuros, como él dice, siempre de noche para no ser visto, y se le acababan las excusas al volver a casa y encontrarse con las malas caras de su padre y sus preguntas. Por eso cuando llegó a Madrid, después de acabar Filología española, enseguida se sintió tan a gusto. Había sido su sueño toda la vida. Badalona, de donde provenía, con aquel barrio pobre de edifcios grises, quedaba atrás, y Barcelona, ciudad tan limpia y de diseño, también. Él prefería la capital en todas sus facetas, la vida cultural, el ambiente, las posibilidades inmensas, el anonimato, hasta la suciedad de algunas calles, todo le gustaba.
De sus dos hermanas habla poco, y se lamenta del escaso contacto que tiene con ellas. De una tía, hermana de su padre, me encanta lo que cuenta, su independencia, la cantidad de libros cultos que tenía en su casa y que él disfrutó como ávido lector que es, los porros que compartían ya desde que él era un niño. La tía progre, la confidente. Pero lo que más me ha gustado es cuando habla de sus padres. Así como al principio la relación con el padre no es buena, cuando se marchó a Madrid y empezó a trabajar y a ganarse bien la vida la cosa cambió: el suyo fue un padre orgulloso, resignado por fin a la homosexualidad del hijo, que ya sabía que nunca se casaría ni tendría hijos, aunque sobre este tema nunca llegaron a hablar abiertamente. Sabía que su padre sufría por todo esto, y Jorge Javier supo ponerse en su lugar, a pesar de que la actitud del progenitor fuera tan poco comprensiva para con su persona.
De su madre habla maravillas. Relata cómo se conocieron ella y su padre, lo guapa que era, sus encuentros sexuales mientras fueron novios, cómo se quedó embarazada para que él pudiera salir de casa de unos padres amargados y tétricos, lo mucho que  ella disfrutaba con el sexo, las veces que el matrimonio se reían juntos por cualquier tontería, o cuando se ponían un disco y empezaban a bailar en el salón de su casa. Fue ella el único miembro de su familia al que se atrevió a presentarle a su pareja, Daniel, con la que continúa, una vez que el padre hubo fallecido. Es tierno el relato del viaje que hizo con sus padres a Roma, pagándoles todos los gastos, y en el que el padre ya se empezó a encontrar mal, sin saber aún que ya estaba enfermo.
Jorge Javier idea unos monólogos interiores, unas veces del padre, otras de la madre, otras del matrimonio en diversos momentos de la historia, que aportan al libro una nota original e inesperada. Él se pone en el lugar de ambos y, conociéndolos como los conoce, no le cuesta imaginar lo que pensaban y sentían en cada ocasión, aunque a él no se lo dijeran. Es muy conmovedor el que recrea la despedida del padre a la madre, poco antes de morir, en el que le pide que cuide de sus hijos y especialmente del pequeño, de Jorge Javier, porque le recuerda a su mejor amigo de juventud, que también era homosexual, y no quería que acabara como él, “porque son personas a las que no quiere nadie”, decía.
Menciona en el libro a algunos de sus mejores amigos, una pareja hetero y otra homo, a los que considera su familia en Madrid, y a algunas de las personas con las que ha trabajado, con nombres y apellidos, de las que habla pestes (las primeras con las que colaboró) y maravillas (su relación con Carmen Rigalt). De sus encuentros amorosos aporta todo tipo de detalles escabrosos, pero dichos por él, con ese ingenio que tiene y ese humor, no escandalizan, aunque creo que no le importaría que fuese así. También dice cosas bonitas, fruto de profundas reflexiones. Por quien siente adoración es por Daniel, su actual pareja, el pilar fundamental de su vida.
Es este un libro curioso, que ya va por su 8ª edición, y cuyo éxito no sé si animará a su autor a seguir publicando otros. Una biografía con grandes lagunas, como su etapa universitaria, de la que no habla nada, pero en la que cuenta lo que a él realmente le importa, y a su manera, sin pelos en la lengua, llamando a las cosas por su nombre. Es valiente, fresco, conmovedor, y nos describe cómo es la vida de un homosexual, no tan conocida por todos, con toda su crudeza y sus esperanzas. Hasta el título es significativo, que la vida iba en serio por si nos habíamos creído otra cosa. La portada es un homenaje a Madrid, la ciudad que se lo ha dado todo, una ilustración que representa la plaza del Callao vista desde la Gran Vía, con el edificio Capitol, donde está el neón de Schweppes. En la contraportada una foto suya en blanco y negro con su perro Garbo, nombre que le puso

en honor a la 1ª revista para la que trabajó, y que le hizo compañía a su madre cuando quedó viuda. Lectura recomendable, con independencia de la opinión que su autor pueda merecer. Para gente sin prejuicios.



jueves, 16 de abril de 2015

Ben-Hur según Juan Manuel de Prada

 
Nunca está tan sembrado Juan Manuel de Prada como cuando escribe sobre cine, pues es capaz de reproducir con palabras pensamientos y emociones que ciertas películas han despertado en nosotros, de una manera tan certera que parece casi un milagro. Sentimientos que permanecieron en nuestro inconsciente, afloran por obra y arte de su pluma como las flores en el campo, con absoluta naturalidad y belleza. Nadie como él para sacar a relucir aquello que no sabíamos cómo verbalizar o que atesorábamos en nuestro interior sin darnos cuenta. 
Y en esta línea me ha parecido el artículo que escribió sobre la película Ben-Hur, una de mis preferidas, un alarde de sensibilidad e inteligencia, con algunas conclusiones a las que llega bastante originales, pues incide en aspectos polémicos como la falta de protagonismo de la mujer o los tintes homosexuales que el escritor ve en algunos de los protagonistas. Una visión más sobre este film, del que tanto se ha escrito, que completa a todas las demás. Y es que algunas películas no dejan de suscitar múltiples interpretaciones por muchos años que hayan pasado desde que fueron rodadas, cintas de hondo calado en la memoria colectiva por muchas razones.
Juan Manuel de Prada afirma que Charlton Heston, el actor protagonista, había nacido para este papel. Lo que sí es cierto es que la profunda espiritualidad y religiosidad que tenía en la vida real contribuyó sin duda al verismo de su actuación.
Reproduzco parcialmente este artículo,Tratado sobre el odio y el amor, publicado en el suplemento cultural del ABC del 28/3/15, para que disfrutéis de esa forma de escritura magistral, tan rotunda y tan acabada, que caracteriza a Prada:
Cuando William Wyler rueda Ben-Hur (1959) lleva más de 30 años detrás de las cámaras dirigiendo películas. El oficio adquirido y la pomposa aridez de la materia prima que se le encomienda (la novela de Lew Wallace, que ya había sido soberbiamente filmada sin sonido por Fred Niblo, con Ramón Novarro como protagonista) podrían haber deparado una de esas películas decrépitas y cansinas, grandilocuentes e hinchadas, en las que tantos maestros enterraron los rescoldos de su talento. Pero Ben-Hur es una película llena de ímpetu, de desgarro dramático, de patetismo de ley, cuyo asunto, peliagudo y casi inabarcable, permitía augurar resultados más bien fallidos: se trataba de narrar con imágenes suntuosas la metanoia que el cristianismo introdujo en el espíritu del hombre occidental, sustituyendo el apetito de venganza por la pasión redentora del perdón.
Como suele ocurrir con las grandes obras de arte, algunas de las secuencias de Ben-Hur refutan el mensaje que la historia trata de transmitir, pues tan importante es la evolución psicológica del protagonista interpretado por un Charlton Heston apoteósico en su conversión final (un poco enfática, si se quiere) como el itinerario de tormentoso rencor que terminará desencadenándola, a modo de catarsis.
Suele decirse que las secuencias más estrictamente religiosas de Ben-Hur adolecen de ñoñería o envaramiento. No negaremos que las que sirven de prólogo o colofón a la película puedan participar de estas calamidades; en cambio, no se recuerda que la obra de Wyler contiene en su seno la más emocionante aparición de Jesucristo que jamás se haya probado en una película: nos referimos a esa escena en que un sediento y claudicante Ben-Hur, camino de las galeras, es socorrido por un hombre a quien sólo vemos de espaldas; incluso despojada de los envolventes acordes de Miklos Rósza, la planificación de Wyler resulta de una convicción apabullante.
Ben-Hur, por lo demás, es una película estrictamente viril en la que los personajes femeninos deambulan como espectros errabundos. Ben-Hur no mantiene su historia de amor con la borrosa Esther (Haya Harareet), sino con su amigo Mesala (Stephen Boyd), el general romano que luego se convertirá en su archienemigo. La agonía de Mesala tras la carrera de cuadrigas tiene un aroma de un sadismo arrebatado, y hasta sus ribetes de amor griego, si se quiere; unos ribetes que también acompañan la mirada complacida con la que el cónsul Arrio, interpretado soberbiamente por Jack Hawkins, contempla al musculoso galeote Heston, amarrado al remo. Este clima insinuado de amores prohibidos, en combinación con el fuego del odio, añade a la película un clima desconcertante u ambiguo que sus más obtusos detractores nunca han querido reconocer.
Y es que Ben-Hur, en contra de lo que pretenden algunos, no es tan sólo una trepidante carrera de cuadrigas, ni un incesante despliegue de fastuosidad y alardes técnicos. Es también (y sobre todo) un tratado sobre el odio como derivado vitriólico del amor capaz de abrasar una vida entera; y también de redimirla, al liberarla de su veneno. No hace falta añadir (pero lo hacemos) que Charlton Heston había nacido para componer este personaje: su presencia afligida y macho tiene una carnalidad que hiere y sobrecoge, casi tanto como la vengativa misión que consume a su personaje.


miércoles, 15 de abril de 2015

El fútbol una vez más

 
Se empeñó ayer Miguel Ángel, mi hijo, en tener las ventanas de casa abiertas para oir el "ambiente" del partido del Atléti de turno, y nos tenía la cabeza locos por el escándalo que arman, entre gritos, cánticos y petardos, con su consiguiente humareda y el mal olor de la pólvora.
Partido de alto riesgo, como siempre que viene alguno de sus eternos rivales, el Barça o el Real Madrid. En esta ocasión le tocaba a este último, pero en realidad cuándo no es alto riesgo, si no hay más que ver la que organizaron hace poco cuando vinieron los del Bayer Leverkusen, creo que se llaman, a jugar hace un mes y pico. Los ultras atletistas tomaron, como suelen hacer, una calle lateral junto al edificio en el que vivo, donde está el bar que es su sede oficial, encendieron bengalas y estuvieron gritando, profiriendo insultos y coreando himnos y consignas durante horas. La policía, montada a caballo, observaba impasible cerca de allí, y a su lado las cámaras de televisión, colocadas sobre una tarima elevada, no dejaban de enfocarlos. Ellos, ufanos de verse impunes y encima grabados para la posteridad como si fueran héroes, arreciaban en sus vandalismos, junto a un gran póster del entrenador de su equipo, pegado en un muro, al que parecían adorar como si fuera un dios. Los fuegos rojos de las bengalas iluminaban la siniestra escena de idolatría colectiva. Parecía la reunión de alguna tribu primitiva dispuesta a hacer sacrificios sangrientos en honor a sus divinidades, mientras un descerebrado, un poco apartado y desentonando, insultaba a Del Bosque, que es el único entrenador y deportista un poco decente que ha tenido nuestro deporte nacional. Las ordenanzas municipales relativas al escándalo público, el aparcamiento en zonas indebidas, hacer sus necesidades en la vía pública o beber fuera de los bares, ese día se conculcan, y con el beneplácito oficial de las autoridades.
En casa volvía a oir por enésima vez el himno del Atléti, y refunfuñaba como una vieja: "Eso, eso, recitadlo que no lo habéis cantado ni na todavía, que no lo hemos escuchado veces hombre... Ahora que reciten la tabla del 3, a ver si se la saben, que lo dudo". Y es que siempre es lo mismo, un espectáculo lamentable que se repite sin cambios con cada partido. El himno es coreado con una frecuencia constante que me recuerda a las contracciones del parto, por su regularidad y penosidad. ¿Es que alguien lo lleva cronometrado y cuando ya toca da la señal para que empiecen todos? ¿O es que el borreguismo es así, cansino, cíclico, rutinario? Himnos o consignas insultantes, suelta de petardos y algarabía general, por este orden, una y otra vez.
Si todavía dieran un recital de coros y danzas, no sé, algo original que distrajera a los que les contemplan, ya que les encanta llamar la atención y ser el punto de mira de todo el mundo, algo que fuera digno de ver y no una simple demostración de lo que el hastío existencial y la falta de expectativas de futuro hacen con cierto sector de la sociedad, que se aferra a cualquier cosa para salir de una cotidianeidad aburrida y sin metas, aunque la repetición compulsiva de exhibición de enseñas y comportamientos en cada encuentro forme parte de esa rutina que pretenden combatir. La violencia en el fútbol es su válvula de escapa a tanta frustración.
Y esto es cosa de tíos. Rara vez se ven mujeres en ese estado paroxístico, como no sea en un concierto de quinceañeras, y si a alguien hacen daño es a sí mismas, porque les gusta sufrir, el masoquismo es así, lo pasan bien de esa manera. Las esposas, novias y madres del fútbol, como mucho, acompañan a los hombres de su familia, comen y beben con ellos, y se encargan de los niños, porque los hay que lo del alto riesgo les trae sin cuidado, a quién se le ocurre llevar peques en partidos como estos. Así ha pasado más de una vez que alguno ha muerto o ha resultado herido al verse de repente en medio de una refriega policial.
Pensé qué pasaría si saliera yo a la calle con la foto del aficionado del Depor que los ultras asesinaron hace pocos meses. O sacar las de su viuda y sus hijos. ¿Qué opinarían entonces? ¿Se ponen alguna vez en el lugar de los demás ¿Y si eso les hubiera pasado a ellos? Empatía cero típica de los psicópatas. Parece que esta clase de gente se olvida fácilmente de sus villanías, o cree que los demás las olvidamos, y no es así. Dejar que el tiempo pase sólo sirve para consolidar la memoria de los hechos, cualquier truculencia es ajena al olvido precisamente por el estremecimiento que causó.
No veo el momento en que se lleven el estadio de aquí. Tantas veces han retrasado su traslado que ya no me creo nada cada vez que dicen una nueva fecha. Pues les van a ir dando. Que se desfoguen lo que quieran, que de nada les va a servir. Volverán a sus oscuras vidas y su falta de alicientes les hará no saber hablar de otra cosa que no sea de fútbol. Qué lástima dan.
 

 
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