martes, 30 de septiembre de 2014

La cruda realidad (I)


Abby es una productora de t.v. con un programa en antena que no logra despegar en los ránkings de audiencia. La cantidad de trabajo que tiene le impide tener una vida social, por lo que decide citarse con un hombre a través de una página de contactos. Pero es tan obsesa del control que lleva al encuentro unas hojas que su ayudante le ha imprimido con el perfil del elegido y una lista con posibles temas de los que hablar en caso de que la conversación decayera. Lógicamente, el aludido, al verse escudiñado de esa manera tan radical, se siente incómodo y aburrido, por lo que resulta un desastre.

Cuando llega a su casa por la noche, cansada y decepcionada, y mientras está en su dormitorio después de darse una ducha, su gato pisa por accidente el mando de la t.v. sobre la cama y conecta con un programa, La cruda realidad, que nunca ha querido ver porque el tema y el presentador le resultan aborrecibles. En él Mike Chadwell se despacha a gusto con todo lo relacionado con el sexo y el amor.

"Esta noche vamos a hablar de lo que desean realmente los hombres y las mujeres de una relación. Me he empollado varios libros", los muestra a cámara y los va tirando a un cubo de basura. "Bellas, inteligentes", tira uno, "hombres que aman a mujeres que los odian", tira otro, "y mujeres que odian a los hombres que odian amar a las mujeres. Millones y millones gastados en patrañas pseudopsicológicas”. Coge un bidón de gasolina y lo va vaciando en el cubo de basura. “Bien chica, porque sólo lo diré una vez, y son sólo 4 palabritas”, dice cogiendo una cerilla y encendiéndola. “Los hombres son… ¡simples!”, tira la cerilla al cubo y se prende en llamas. “A los hombres no se nos puede adiestrar. ¡Eso de que somos de Venus o de Marte es una pérdida de tiempo y de dinero!. ¿Queréis ser harpías solitarias? Pues genial, seguir leyendo esos libros estúpidos. Pero… si queréis una relación estable así es como se consigue: ¡apuntáos a un gimnasio! ¡curráoslo! ¡adelgazad y de paso compraos lencería sexy y provocativa!. Porque en el fondo lo que más nos interesa es el físico. Nadie se enamora a 1ª vista de vuestra interesante personalidad. Nos enamoramos de vuestras tetas y vuestro culo, ¡y seguimos con vosotras por lo que estáis dispuestas a hacer con eso! Si queréis conservar a un hombre no necesitáis 10 pasos, sólo uno: se llama ¡una buena mamada! Y no olvidéis ensayar”, y acto seguido se mete en la boca el extremo de un largo pincho con un trozo de queso en la punta.

Empieza el turno de llamadas de los oyentes al programa. La 1ª es una mujer indignada:

-      Mujer: ¿Cómo te atreves a llamar esas cosas a los libros de autoayuda? Me han servido de mucho.

-          Mike: ¿Cómo se llama tu novio princesa?

-          Mujer: Bueno, no salgo con nadie ahora mismo…
-          Mike: ¡¡Pues a eso iba yo Shrek…!! La siguiente llamada, estás en directo.

Abby se decide a llamar:

-          Abby: Osea que tu crees que los hombres son incapaces de amar.

-          Mike: Ooohhh, ¿he reventado tu burbuja de novelita rosa? ¡Venga ya!

-          Abby: Lo único que has reventado es tu credibilidad. Los hombres son totalmente capaces de vivir el amor.

Él se pone a leer un periódico, mientras le pregunta:

-          Mike: Me intriga, sigue, ¿quién es el tío?

-          Abby: Es muy listo. Es guapo… pero no lo sabe. Es un triunfador, pero ejerce una profesión con valores.

Mike hace como que se ha dormido sentado, dando grandes ronquidos. Abby continúa:

-          Abby: Le gusta el vino tinto, salir de picnic, la música clásica…

-          Mike: ¿Es un tío de América, no? No estás llamando desde Europa ni desde Plutón…

-          Abby: Le gustan los perros, pero le van más los gatos, y nunca se levanta antes que tú los domingos.

-          Mike: ¡Ya lo tengo! Eres lesbiana.

-          Abby: ¿Qué?

-          Mike: Debes de serlo, acabas de describir a la mujer perfecta.

-          Abby (indignada): ¿Por qué te asustan tanto a ti esas buenas cualidades? ¿Tal vez porque no posees ni una sola de ellas y esa es la auténtica razón por la que las mujeres pasan de ti?

-          Mike: ¡Vale! Te ofrezco 100 dólares de mi bolsillo si buscas a ese tío y me lo traes aquí y me lo presentas.

-          Abby (estirando las sábanas de su cama y esponjando los almohadones): Bueno, seguro que existe, en alguna parte…

-          Mike: ¿No me digas que no sales con él?

-          Abby: No… he descrito un prototipo… creía que se trataba de eso…

-       Mike: Jajajaja…!! ¿qué? ¿y no lo conoces además? Oye, oye, ya pillo el asunto, un segundo… ¡Claro! Eres un chucho…

-          Abby (muy indignada): ¿Qué?

-     Mike: ¿Cómo no vas a serlo? Ya me has oído. Si estuvieras buena andarías por ahí rompiéndole el corazón a un pobre pringao y no estarías ahí haciendo fantasías con el invisible Mr. Maravilloso. Admítelo: eres feaaaa…(y le da un golpe a un gran botón luminoso sobre su mesa que empieza a sonar como una alarma)

-          Abby: No… no soy fea.

-          Mike: Bueeeeno, venga… voy a echarte un cable. Más te vale hacerte a la idea de que te vas a quedar sola y dejar de añorar a un hombre de ensueño al que jamás vas a encontrar.

-          Abby: ¿Cómo puedes atreverte a…?

-          Mike: Eh, Lassie, esto se llama la cruda realidad. Si no puedes afrontarla… no llames.

Al día siguiente, en la reunión de trabajo de 1ª hora de la mañana, el jefe de Abby les anuncia que ha contratado una nueva estrella de la t.v. para relanzar la cadena. Y para presentárselo les hace ver una de las pantallas, en la que aparece Mike  justo en la parte de su programa en la que está hablando con Abby. Esta apaga el monitor, sobresaltada e indignada. “Es un superpalurdo misógino que representa todo lo que va mal en la sociedad”. Entonces aparece en persona.

-          Abby: ¿Ya has contratado a este tipo?

-          Mike: ¿Quién esta deliciosa criatura?

-          Abby: Soy tu productora.

-          Mike: Ahhh (se aproxima sugerente para estrecharle la mano). Que estés sobre mí me pone.

Abby se queda horroriza. Luego, en su despacho, no deja de caminar de un lado a otro repitiéndose “Soy una productora galardonada”. Mike aparece, y tras un intercambio verbal un tanto tenso por parte de Abby, le rebela que la persona con la que habló la noche anterior en su programa era ella.

-          Mike: Siiiiii… ya me acuerdo… pues no eres nada fea…

Él le agradece poder participar en su programa, pero ella enseguida se desmarca del estilo de Mike:

-     Abby: Tú haces programas denigrantes que sólo hacen endógamos asociales que están tan ocupados en tener la mano entre las piernas que no pueden cambiar de canal.

Abby le aseguró que nunca veía su programa, pero que su gato se puso sobre el mando a distancia del televisor.

-          Mike: Pues dale las gracias a tu felpudito…

Abby sale de su despacho dando un bufido, asqueada. Camino del estudio, les dice a Larry y Georgia, el matrimonio que copresenta su programa, que conviertan en cenizas a Mike cuando esté a su lado, entre otras muchas lindezas. “Caray, cielo, y eso que creía que eras tú la amargada”, le dice a su mujer. “No, cariño, es mi vagina desaprovechada”, le contesta ella.
Ya en el aire:

-          Larry: Mike ¿qué opina de las personas que consideran su programa ofensivo?

-          Mike: Pues que lo es, pero también lo es la verdad.

-          Georgia: ¿La verdad sobre qué señor Chadwell?

-          Mike: La verdad sobre qué son realmente las relaciones. El matrimonio, por ejemplo. Se basa en la presión social, el status y el sexo. De no ser por esas 3 cosas los hombres y las mujeres ni se hablarían.

-          Georgia: Qué horror… Me da la impresión de que nadie lo ha querido y lo está desahogando con la población femenina.

-      Mike: Bueno, ya que hacemos esa clase de comentarios Georgia, vosotros proyectáis la imagen de la pareja perfecta cuando es mentira cochina.

-          Larry: ¿Disculpe?

-          Mike: Vamos Larry, veo este programa desde hace años. Antes eras un tío guay, seguro de sí mismo. ¿Qué narices te ha pasado? Y tú, Georgia… Bueno, ella no es la típica tonta, sabía que la única forma de librarse del turno de fin de semana era liándose contigo, y luego quién lo iba a decir, acabó siendo más famosa que tú y acabó cobrando el doble que tú.

-          Larry: Un momento joven, me siento muy orgulloso de que mi esposa triunfe.

-          Mike: Ya, ya, y una porra, te escuece su éxito, estás muy castrado por ella, y eso te descoloca el coco, lo que a su vez afecta a tu hombría.

-          Georgia: ¿Cuál es su teoría?

-      Mike (apoyando los brazos sobre la mesa entre los dos presentadores): Mi teoría es que tu marido no se acuesta contigo por lo menos desde hace ¿cuánto? ¿tres meses?

-          Larry (intentando hablar a media voz): Chadwell, le diré que eso no es culpa mía.

-          Mike: Lo sé, lo sé, si es culpa suya…

-          Georgia: ¿Por qué es culpa mía? ¿Qué se supone que debo hacer, decir que no al dinero para que él tenga una erección?

-          Abby (en la cabina de control, cada vez más nerviosa e indignada): ¿Ha dicho erección en directo por t.v.?

-    Mike: Tú has castrado económicamente a tu marido hasta tal punto que tiene miedo de desearte. Bueno, podrías pasar de él, pero encanto ¿has visto el desfile de hombres que hay disponibles en Sacramento? (Con una risa jocosa) ¡Ay, Señor! Tampoco hay mucho donde elegir para una mujer ya cuarentona, te lo aseguro (Larry se sonríe malicioso). Mira, no vas a encontrar nada mejorcito que Larry, deja que pueda ser un hombre.

-          Larry (decidido): Tienes que permitirme ser un hombre.

-          Mike (arrastrando la silla de Larry junto a la de Georgia): Y ahora tú, cenizo macflácido, no frunzas el ceño.

-          Larry: Yo no frunzo el ceño.

-          Mike: Sí, lo haces. Y ahora acércate un poco y dale un beso a esta preciosidad.

-          Larry (ante las reticencias de su mujer): ¡Georgia, maldita sea, déjame ser un hombre!

El presentador se abalanza sobre su esposa y, abrazándola, le da un beso de tornillo, moviéndose convulsos sin dejar de juntar sus labios. Mike, sonriente, y se aleja de la pareja diciendo:

-          Mike: Y esta, amigos míos, es la cruda realidad.

Larry, en un arranque, coge a su mujer y se la lleva corriendo sobre uno de sus hombros.
Abby está metida en el armario de su despacho, tumbada boca abajo de medio lado en el suelo, cuando van su ayudante y el jefe a contarle el subidón de audiencia que ha tenido el programa con la intervención de Mike. Abby se sorprende, y se deprime viendo el giro que ha tomado su programa. Vuelve a encerrarse en el armario.

Mike, ya en su casa, escucha los mensajes grabados en su contestador automático, todos de mujeres. “Hola, soy Niki ¿Por qué no me has llamado? No puedo dejar de pensar en tu pedazo de…!” “¡Hola!” dice su sobrino, que vive en frente con su madre, la hermana de Mike, y llega en ese momento. Mike intenta apagar el contestador pero sigue sonando “… restregándose contra mi…” “¿Quién es esa?”, le pregunta inocente su sobrino. Mike sigue intentando apagar el aparato, que no deja de funcionar “...chorreando…” Mike arranca el cable, la única forma que ha encontrado de hacerlo callar. Su sobrino viene a consultarle sobre qué hacer con una chica del colegio que le gusta mucho. “El otro día en tu programa dijiste sed malos con las chicas porque os desearán más”. Mike le dice que no haga caso de nada de lo que él dice en su programa, porque esa chica es muy joven y él sólo habla de relaciones adultas. 
                                                                                                                               (.../..)
                

lunes, 29 de septiembre de 2014

Frases

 
-       -   El que calla no siempre otorga, a veces no tiene ganas de discutir con idiotas.
      -   El saber es nuestra mejor arma.
       -  Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro es fácil, lo difícil es criar un hijo, regar el árbol y que alguien lea el libro.
        - Comunistas hasta que se enriquecen, feministas hasta que se casan, ateos hasta que el avión comienza a caer.
-          Los débiles toman venganza, los fuertes perdonan, y los inteligentes ignoran.
-          Cuando el pasado te llame no le atiendas… no tiene nada nuevo que decirte.
-        No vivas dando tantas explicaciones: tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen, y los estúpidos no las entienden.
-          Si haces un favor, nunca lo recuerdes… si lo recibes, nunca lo olvides.
-         Hay 3 cosas en la vida que una vez que pasan ya no regresan: el tiempo, las palabras y las oportunidades.
-       Una niña muy pequeña, de las que aún no sabe andar, está charlando con un gato. Ella le dice: “¿En serio?”, y el gato le contesta: “Te lo juro. Tan pronto como empieces a andar con 2 piernas se acabó la vida tranquila. Todo lo que vas a hacer es ir a la escuela y trabajar durante toda tu vida. ¿Por qué crees que aún camino a 4 patas?”.
-       La única lucha que se pierde es la que se abandona.
-        En medio de una gran alegría no hagas promesas. En medio de un gran enojo no respondas mensajes (proverbio chino).
-          La envidia existe sólo en aquellas personas que no saben aceptar la felicidad de los demás.
-         Soy la alegría de quien me ama, la tristeza de quien me odia y la preocupación de quien me envidia.
-          Una persona cambia por 3 razones: aprendió demasiado, sufrió lo suficiente o se cansó de lo mismo.
-          El que no sabe lo que busca, no se conforma con lo que encuentra.
-     - Si no sueltas el pasado ¿con qué mano agarras el futuro?.
     -   Lo bueno de los tiempos difíciles es que ahuyenta las falsas amistades.
      -   La sociedad es así: el pobre trabaja, el rico le explota, el soldado defiende a los 2, el contribuyente paga por los 3, el vago descansa por los 4, el borracho bebe por los 5, el banquero estafa a los 6, el abogado engaña a los 7, el médico mata a los 8, el sepulturero entierra a los 9, y el político vive de los 10.
 


jueves, 25 de septiembre de 2014

La loca de la casa

 
Habla Rosa Montero en su libro La loca de la casa de pequeños retazos de su biografía, mezclados con elucubraciones sobre la vida y otros muchos temas, con los que me identifico plenamente, pues por casualidad formas de ser y pensar, y algunos hechos que le son propios, coinciden con los míos.
El título de la novela hace alusión a una frase que, según ella, empleaba Santa Teresa de Jesús para referirse a la imaginación. La escritora hace un paralelismo entre esto y la manera como a ella se la concebía en su infancia, al haber sido una niña que vivía permanentemente en su mundo de fantasías y que, probablemente, tenía una sensibilidad y una percepción del entorno mucho más aguda y distinta que las del resto.
Habla de los recuerdos que su hermana, melliza suya, y ella tienen de sus padres y su niñez, y se sorprende de lo distintos que son, habiéndolos vivido juntas y, según afirma, como si los progenitores de ambas sólo compartieran el nombre y los apellidos y fueran en realidad personas diferentes. Es cierto lo curiosa que es la memoria, impregnada de la subjetividad de cada uno, que modifica o matiza las vivencias según la personalidad de cada cual. Son los mismos hechos pero vividos por seres completamente diferentes, pese a la relación familiar. Piensa que la relación entre su hermana y ella nunca estuvo basada en sentimientos ni palabras concretas, no hubo nunca lazos estrechos entre ambas. Nos pasa a muchos.
Elucubra sobre el oficio de escritor, al que equipara con el amor: entrega total, “estado de deliciosa enajenación” dice, despiste en las costumbres cotidianas por estar siempre pensando en “eso otro”, y sobre todo el combate con el paso del tiempo y la muerte, pues mientras sientes esa pasión estás más vivo que nunca.
Alude a las rachas en las que falta la inspiración. “En ocasiones trabajas durante días y días, durante semanas, quizá durante meses, en la aridez de la escritura como oficio, (…) sin poder estremecerte ni una sola vez por la presencia intuida de lo hermoso”.
También de cómo debe sentirse el que escribe: “… por un lado habría que intentar alcanzar la impasibilidad, cierta beatífica ausencia de deseos y emociones; pero, por otro, hay que arder hasta hacerse cenizas en la pasión por la literatura y en el afán de crear algo sublime”.
Rosa Montero se considera más novelista que periodista, y si eligió esto último “fue por tener una profesión que no se alejara demasiado de mi pasión de narradora”, algo que comparto con ella. Pero no es sólo un afán. “La escritura funciona a modo de dique de las derivas psíquicas, porque te pone en contacto con esa realidad enorme y salvaje que está más allá de la cordura. El escritor, al igual que cualquier otro artista, intenta echar una ojeada fuera de las fronteras de sus conocimientos, de su cultura, de las convenciones sociales; intenta explorar lo informe y lo ilimitado, y ese territorio desconocido se parece mucho a la locura”.
“Supongamos que la locura es el estado primigenio del ser humano. Supongamos que Adán y Eva vivían en la locura, que es la libertad y la creatividad total, la exuberancia imaginativa, la plasticidad. La inmortalidad, porque carece de límites. Lo que perdimos al perder el paraíso fue la capacidad de contemplar esa enormidad sin destruirnos”.
“Los escritores, los artistas y en general los creadores de todo tipo (…) mantienen cierto contacto con el vasto mundo de extramuros; unos simplemente se asoman al parapeto y echan una rápida ojeada, otros realizan comedidas excursiones por el exterior y algunos emprenden largos y arriesgados viajes de exploración de los que quizá no regresen jamás”.
Tiene frases rotundas y memorables: “… todo arte es la búsqueda de esa belleza capaz de agrandar la condición humana”.
“Soñamos, escribimos y creamos para eso, para intentar rozar la hermosura del mundo, que es tan inabarcable como el lago Constanza (…) Así pasamos todos la vida, añorando aquello que es más grande que nosotros”.
Rosa Montero relata un encuentro amoroso que tuvo a mediados de los 70 con un actor que por entonces trabajaba en una película de su amiga, Pilar Miró, y que ella le presentó. Lo cuenta en tres momentos diferentes del libro, pero lo que comienza de forma similar termina teniendo en cada uno de ellos un desarrollo y un final  completamente distintos. Parece que quisiera jugar con nosotros, tomarnos un poco el pelo, o simplemente echar mano de esa “loca de la casa” a la que alude, la imaginación. Es como si dejara a elección del lector el desenlace que más pueda gustarle, sembrando la incertidumbre acerca de cual de ellos es el auténtico. Le gusta ser misteriosa, jugar al ratón y al gato, es un recurso original, aunque yo al principio creí que sería alguna errata, un fallo de la editorial que no advirtió a la escritora que se estaba repitiendo, o que estaba contando la misma cosa de manera diferente cada vez, como hacen los mentirosos que no recuerdan los embustes que ya han contado, lo que pondría en evidencia su honradez. Aunque en el caso de un escritor todo está permitido en aras de la fantasía.
En fin, un libro ameno, aunque no el mejor de los que ha escrito Rosa Montero, para mi gusto. Me sigo quedando con La ridícula idea de no volver a verte, que ya comenté en un post anterior. Y desde luego las entrevistas es con lo que más se ha lucido siempre. Recuerdo las que hacía para El País hace años, maravillosas. Tengo que ver si ha publicado algún recopilatorio de ellas, para comprarlo. Una escritora con voz propia, una periodista sorprendente.
 


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Un paseo

 
Me gusta recorrer, después de desayunar, ciertas calles recoletas de Madrid que, alejadas del bullicio de las principales, son un remanso de paz y una fuente de gratas sorpresas. Ayer, que hizo un tiempo otoñal tan bueno, tras atravesar la calle Arenal, siempre tan concurrida, llena de tiendas y terrazas cada vez más bonitas (poco les queda de estar ahí, porque los fríos las barren del mapa, no como en París que están todo el año),  y dar un paseo por la plaza de Oriente (inevitable petición de foto de una pareja de turistas junto a la fuente), echar un vistazo desde la calle Bailén a los Jardines de Sabatini (relax de aguas cantarinas y setos verdes), volví sobre mis pasos y, junto al Teatro Real (tienen en cartel Muerte en Venecia, tengo que curiosear esto en internet) subí por una calle de la que tengo un remoto recuerdo de haber transitado hace muchos años, la calle del Espejo.
Subida suave que se va haciendo más empinada conforme se avanza, es un repentino remanso de paz, sin apenas coches ni gente. Encuentro al paso la famosa Sociedad Matritense de Amigos del País, que tanto estudié en Periodismo como parte de la historia de la prensa en la capital. Edificio con fachada gris perla, restaurada, y puertas de cristal.
Me sorprende la cantidad de pequeños negocios casi escondidos, tranquilos, sin estridencias de cartelones con grandes ofertas ni tráfago de personal. Aunque no se ve clientela se las arreglarán para mantenerse pues si no no subsistirían. Son librerías modestas, de esas que da la impresión de que sus libros tienen ya las hojas amarillentas antes de haberlos estrenado. También floristerías, una de ellas magnífica, puesta con un gusto exquisito, grande, húmeda, fresca, con algunas de las plantas colocadas en la acera, junto a la puerta, para mostrar la exuberancia y la belleza de lo que vende en todo su esplendor. Alguna tienda de instrumentos musicales, luciendo relucientes violonchelos en el escaparate.
Cuando llegas arriba hay un cruce de calles y pasando ese pequeño tramo vas a parar a la calle Mayor, a la altura del Mercado de San Miguel, otro logro arquitectónico y turístico de Madrid de los últimos tiempos. Entre Mayor y Arenal hay un dédalo de callejuelas que merece la pena investigar. La calle de las Hilanderas, donde estaba el restaurante Iruña que tan buenos ratos y tan suculentos platos nos deparó a mi familia y a mí. La restauración del edificio, eterna, lo clausuró para desdicha de de los que lo frecuentábamos, que éramos multitud.
El pasaje de San Ginés tiene dos maravillas, una al principio, la librería que es tan pequeña que casi toda su mercancía tiene que exponerse en la calle, y la chocolatería que lleva el nombre del pasaje. En todas esas calles hay pequeños pubs, lugares en permanente semipenumbra a donde las almas en pena acuden a ahogar sus desdichas en alcohol, o donde los enamorados se dan un festín de abrazos y besos animados por la intimidad de los rincones confortables y la música relajante y sensual de fondo.
Al volver por la calle Mayor me resulta placentero ver que las tiendas de toda la vida perviven junto a los locales más modernos. Comercios de venta de objetos religiosos, como en la calle Esparteros, que cruza con ella, pastelerías con solera que lucen deliciosamente anticuadas, como promesas de dulces exquisitos hechos con recetas secretas mantenidas a lo largo de generaciones, librerías antiguas donde encuentras lo que en ninguna otra, que organizan pequeñas conferencias con autores insignes, como Antonio Muñoz Molina no hace mucho, y de las que sólo te puedes enterar si pasas por delante y ves el cartel anunciándolas en el escaparate.
Saber que el Madrid de antes, el de siempre, pervive en ciertas calles todavía es muy gratificante. Ojalá nunca desaparezca.
  


viernes, 19 de septiembre de 2014

Bernard y Doris

 
Bernard Lafferty había trabajado como asistente o mayordomo de algunas celebridades de Hollywood, entre ellas Liz Taylor, y cuando se presentó en casa de Doris Duke, una acaudalada heredera, armado con sus credenciales en busca de un puesto vacante, nadie le hizo caso. La dueña de la casa pasó frente a él vestida con un deslumbrante vestido rojo, bajando las escaleras rodeada de su cohorte de doncellas. Muchas horas después, cuando él ya dormía sobre la silla en la que se había dejado caer, ella volvió a pasar delante de él, se despertó y le dijo que le trajera un jerez. Fue el comienzo de una relación peculiar e intensa que habría de durar años.
Doris vivía en una mansión inmensa llena de obras de arte y otros objetos valiosos, como rica heredera de un magnate del tabaco que era, rodeada de bellos jardines que ella misma diseñaba. Una de las funciones de Bernard consistía en cuidar del invernadero, en el que destacaba su colección de orquídeas. Ella le enseñó cómo trasplantar, limpiar y abonar, y él compartió con ella un pequeño truco que recordaba de su infancia: trozos de manzana en las macetas para evitar las plagas. Durante uno de aquellos intercambios de confidencias Doris le confesó que su madre había matado a su padre dejándole desnudo en su habitación, durante una convalecencia por neumonía, y abriendo las ventanas para que muriera por hipotermia. Su padre, que sabía que se había casado con él sólo por su dinero, la había quitado del testamento y se lo había dejado todo a ella, de modo que siendo una niña se hizo con una enorme fortuna. Al hacerse mayor tuvo que demandar a su madre, que intentaba recuperar lo que creía suyo, ganando el litigio. Bernard le habló a su vez de la prematura muerte de su padre por enfermedad, cuando él tenía 3 años, y de la de su madre 5 años después por un atropello. Recordaba haber vuelto del colegio y haber visto muchos curiosos junto a su casa y a una mujer tirada en el asfalto, con la compra desperdigada por todas partes, aunque no había sangre. Tardó en darse cuenta que era su madre. También le descubrió su homosexualidad.
A partir de entonces Doris le animó a vestir con colores llamativos y a abandonar los trajes oscuros. Él empezó a dejarse crecer el pelo, y ella le sugirió que se lo recogiera en una cola. Además le convenció para que se pusiera un brillante en una oreja. Bernard cada vez se sentía más cómodo, más comprendido, más en su casa. Incluso pidió una tarde libre para tener una cita a ciegas con otro hombre, aunque resultó que no tenían nada en común. Doris lo lamentó. Ella también gozaba de compañía masculina, tipos guapos y jóvenes, exóticos, con los que retozaba sin pudor delante de todos. Bernard siempre fue respetuoso y discreto respecto a este tema.
Bernard escuchaba curioso y admirado lo que Doris decía en las reuniones que tenía con sus asesores, pues estaba al frente de varias fundaciones y obras de caridad que se llevaban muchos millones de dólares de su fortuna. Ella lo tenía todo en su cabeza, sabía en cada momento el estado de sus finanzas sin mirar un papel. Él sentía una profunda admiración por ella en esos momentos. En una ocasión se permitió declarar que gracias a uno de aquellos programas de instrucción para gente sin recursos, de los que estaban hablando, había podido dejar de ser analfabeto cuando llegó a EE.UU. desde su Irlanda natal.
Doris se pasaba el tiempo viajando por todo el mundo, asistiendo a fiestas a las que era invitada, o viviendo en alguna de las muchas casas que tenía repartidas aquí y allá. Bernard la acompañó en algunos de estos recorridos, y fue especialmente memorable para ambos cuando conocieron y se llevaron consigo a un gurú que hasta entonces había vivido en una cueva durante años y cuya filosofía personal había hechizado a Doris.
Pero la mayor parte del tiempo Bernard debía permanecer custodiando la mansión, su residencia habitual, y le mandaba cartas con prolijas instrucciones acerca de lo que hacer en cada momento. Era muy puntillosa con todo y había que complacerla al momento. Él deambulaba por la casa, poniendo flores en la habitación de Doris, cuidando los detalles, transmitiendo las órdenes de ella, encargándose del invernadero. Pero sin ella le invadía la soledad, que en realidad siempre le había acuciado, pues se limitaba a vivir las vidas de aquellos a los que servía. Y entonces reapareció el fantasma de su alcoholismo, un problema que nunca había sido resuelto.
Se surtía de la enorme bodega de Doris, que tenía los mejores vinos y jerez, hasta el punto de que incluso cuando ella estaba en casa no podía evitar estar ebrio, y se tambaleaba con la bandeja cuando iba a servir la comida o el té. Un día llegó cantando a la habitación de Doris, completamente borracho, despertándola y cayendo desmayado junto a su cama. Un miembro de su servicio le desveló el nº de botellas que Bernard había sustraído, alegando que no habían querido decirle nada por lo mucho que le apreciaba, lo que hizo que Doris le despidiera, no sabemos si por delator o por permitir el robo.
A Bernard le mandó a un centro de desintoxicación, pero durante ese tiempo ella cayó enferma y él, una vez recuperado, corrió a verla al hospital. De vuelta en casa le rogó que le perdonara y no le despidiera. Él la cuidaría aún más de lo que lo había hecho nunca, pues la salud de Doris ya nunca volvió a ser la misma: tenía una enfermedad degenerativa del corazón y del hígado.
En uno de sus cumpleaños él se disfrazó de mujer, se pintó la cara tal y como ella le había enseñado, y bajó las escaleras con ella en brazos hasta el comedor. Doris le hizo prometer que cuando ella muriera hiciera el favor de quitarle unas zapatillas que se solía poner para dormir desde pequeña, porque le avergonzaba que la pudieran ver así, y que no hubiera oficios religiosos ni pompas fúnebres, sólo que esparcieran sus cenizas en el agua.
En sus últimos momentos Bernard la cuidaba en exclusiva, sin permitir que ninguna enfermera pudiera reemplazarlo. Él le administraba las pastillas y las inyecciones, colocaba las almohadas bajo su cabeza para que estuviera cómoda, y dormía junto a su cama. Al morir Doris una parte de su fortuna fue a parar a las causas humanitarias que patrocinaban sus fundaciones, como el maltrato infantil entre otras, y el resto se lo dejó a Bernard. A pesar de las reticencias de algunos de los asesores de Doris, se reunía con ellos tal y como había visto hacer a ella, pues había aprendido a fuerza de escuchar. Ocupó su dormitorio, en el que cada mañana una doncella le despertaba con la bandeja del desayuno, y disfrutó de la casa y los lujos que había heredado de Doris. Pero sólo la sobrevivió 3 años, debido a sus problemas de alcoholismo. A su entierro fueron algunos de los famosos a los que había servido, Liz Taylor entre ellos.
En el fondo ella era la que daba sentido a su vida, y ninguna riqueza material podía llenar el vacío que dejó, esa otra riqueza humana que Doris le había proporcionado. Seguramente nadie le prestó tanta atención nunca antes, ni nadie se la prestó después. Todo lo que hizo fue seguirla, allá donde ella estuviera. Nunca antes se vio un ejemplo de lealtad y veneración tan grandes hacia otra persona.


 
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