miércoles, 24 de septiembre de 2014

Un paseo

 
Me gusta recorrer, después de desayunar, ciertas calles recoletas de Madrid que, alejadas del bullicio de las principales, son un remanso de paz y una fuente de gratas sorpresas. Ayer, que hizo un tiempo otoñal tan bueno, tras atravesar la calle Arenal, siempre tan concurrida, llena de tiendas y terrazas cada vez más bonitas (poco les queda de estar ahí, porque los fríos las barren del mapa, no como en París que están todo el año),  y dar un paseo por la plaza de Oriente (inevitable petición de foto de una pareja de turistas junto a la fuente), echar un vistazo desde la calle Bailén a los Jardines de Sabatini (relax de aguas cantarinas y setos verdes), volví sobre mis pasos y, junto al Teatro Real (tienen en cartel Muerte en Venecia, tengo que curiosear esto en internet) subí por una calle de la que tengo un remoto recuerdo de haber transitado hace muchos años, la calle del Espejo.
Subida suave que se va haciendo más empinada conforme se avanza, es un repentino remanso de paz, sin apenas coches ni gente. Encuentro al paso la famosa Sociedad Matritense de Amigos del País, que tanto estudié en Periodismo como parte de la historia de la prensa en la capital. Edificio con fachada gris perla, restaurada, y puertas de cristal.
Me sorprende la cantidad de pequeños negocios casi escondidos, tranquilos, sin estridencias de cartelones con grandes ofertas ni tráfago de personal. Aunque no se ve clientela se las arreglarán para mantenerse pues si no no subsistirían. Son librerías modestas, de esas que da la impresión de que sus libros tienen ya las hojas amarillentas antes de haberlos estrenado. También floristerías, una de ellas magnífica, puesta con un gusto exquisito, grande, húmeda, fresca, con algunas de las plantas colocadas en la acera, junto a la puerta, para mostrar la exuberancia y la belleza de lo que vende en todo su esplendor. Alguna tienda de instrumentos musicales, luciendo relucientes violonchelos en el escaparate.
Cuando llegas arriba hay un cruce de calles y pasando ese pequeño tramo vas a parar a la calle Mayor, a la altura del Mercado de San Miguel, otro logro arquitectónico y turístico de Madrid de los últimos tiempos. Entre Mayor y Arenal hay un dédalo de callejuelas que merece la pena investigar. La calle de las Hilanderas, donde estaba el restaurante Iruña que tan buenos ratos y tan suculentos platos nos deparó a mi familia y a mí. La restauración del edificio, eterna, lo clausuró para desdicha de de los que lo frecuentábamos, que éramos multitud.
El pasaje de San Ginés tiene dos maravillas, una al principio, la librería que es tan pequeña que casi toda su mercancía tiene que exponerse en la calle, y la chocolatería que lleva el nombre del pasaje. En todas esas calles hay pequeños pubs, lugares en permanente semipenumbra a donde las almas en pena acuden a ahogar sus desdichas en alcohol, o donde los enamorados se dan un festín de abrazos y besos animados por la intimidad de los rincones confortables y la música relajante y sensual de fondo.
Al volver por la calle Mayor me resulta placentero ver que las tiendas de toda la vida perviven junto a los locales más modernos. Comercios de venta de objetos religiosos, como en la calle Esparteros, que cruza con ella, pastelerías con solera que lucen deliciosamente anticuadas, como promesas de dulces exquisitos hechos con recetas secretas mantenidas a lo largo de generaciones, librerías antiguas donde encuentras lo que en ninguna otra, que organizan pequeñas conferencias con autores insignes, como Antonio Muñoz Molina no hace mucho, y de las que sólo te puedes enterar si pasas por delante y ves el cartel anunciándolas en el escaparate.
Saber que el Madrid de antes, el de siempre, pervive en ciertas calles todavía es muy gratificante. Ojalá nunca desaparezca.
  


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