jueves, 28 de enero de 2010

Aprendiendo a conducir


No recuerdo una etapa de mi vida en la que me viera en situaciones tan difíciles y rocambolescas como cuando me saqué el carnet de conducir.
Recuerdo que empecé un verano y acabé en febrero del año siguiente. Al principio el único inconveniente era el calor bestial que hacía a la 4 ó 5 de la tarde, cuando me ponía al volante. Juan, el profesor, andaluz él, me repetía siempre la misma pregunta: “Pili ¿de qué te has vuelto a olvidar?”. Toda mi preocupación era ponerme el cinturón de seguridad y comprobar que los retrovisores estaban en la posición adecuada, pero se me pasaba por alto lo de regular el asiento, pues cada alumno lo ponía en una posición distinta, según sus necesidades.
Mi primer recorrido fue junto a mi casa, bordeando el estadio del Atlético, cuesta abajo. Iba yo muy despacito, con mucho miedo. Él sujetaba un poco el volante, y nunca dejaba sus pies lejos de los pedales que los instructores de las autoescuelas llevan siempre en sus coches. El vehículo que me asignaron no era precisamente pequeño, un Renault 21. Al principio íbamos como a trompicones y el motor se me calaba con frecuencia (algo que me ponía muy nerviosa), pero no tardé mucho en conseguir accionar los pedales y meter las marchas con suavidad. Antes de aprender creía que la conducción era una cosa más automática, menos mecánica. Siempre me ha parecido algo rudimentario, todo a base de pedales y palancas.
Cuando ya me fui soltando, nos alejábamos cada vez más de nuestra zona. Solía llevarme a un gran solar en el que me hacía pisar el acelerador y dar marcha atrás, para que me fuera acostumbrando.
Luego vino la parte difícil, subir calles empinadísimas, sin perder nunca de vista el freno de mano. Eso sí que me daba miedo, constantemente el coche se me iba para atrás y había que estar al quite con los pedales. Me las hizo subir y bajar montones de veces, y yo le decía que tuviera piedad. Él se reía mucho, el muy **//·#”/
La parte que más me gustó fue cuando empezamos a ir por las autopistas. Eso de poder meter la 5ª marcha era lo más. Los pedales parecían más ligeros y la verdad es que dentro del coche no era consciente de la velocidad que alcanzaba. Pero no era capaz de hacer adelantamientos. Dicen que la forma de conducir revela la personalidad del que se pone al volante. Además no confío en las reacciones imprevistas de los demás. Eso le exasperaba al profesor, y tan sólo adelanté a otro coche en una ocasión porque él me lo pidió.
Lo de las enormes ruedas de enormes camiones girando con gran estruendo junto a mi ventanilla era otro de mis terrores. Juan decía que no debía darle importancia, pero yo me veía como una pulga al lado de aquel monstruo, que me parecía que no iba a reparar en mí y me iba a aplastar como a un insecto.
El único percance que tuve fue en una calle cerca de mi casa, en que choqué ligeramente con otro coche y causé algún desperfecto en un faro. El profesor salió inmediatamente, con cara de susto, para ver los daños. Qué corte.
En aquella calle, que era muy tranquila, no sé por qué cada vez que pasaba sucedía algo, como que me daba por circular demasiado cerca de los vehículos que estaban aparcados. Juan viraba el volante ligeramente, temiendo que me llevara por delante todos los espejos retrovisores que me iba encontrando por el camino, y me decía un poco enfadado: “Y cuando te saques el carnet y vayas tú sola ¿vas a hacer estas cosas?”. Se suponía que si me lo daban era porque habría llegado a un nivel en que esas cosas ya no tendrían lugar, pero él no parecía tenerlo tan claro.
Cuando se terminó el verano y empezó el otoño, yo seguía dando vueltas por Madrid como en un tiovivo. Las clases las tenía que dar de noche, ya que por la mañana trabajaba y por la tarde iba a la facultad. Recuerdo lo cansada que estaba, casi me quedaba dormida sobre el volante. Y llegó el invierno y Juan me preguntó: ¿”Te sientes capaz de presentarte ya a los examenes?”. Yo no lo sabía. La mayoría de las veces no lo hacía con la suficiente soltura, tan sólo en ocasiones lo hacía perfecto, no sé por qué, y el profesor se preguntaba escamado el por qué de aquello. Sería que mi capacidad de concentración era limitada.
Alguna vez hice alguna maniobra peligrosa, como cuando me quedé parada en medio de un cruce de cuatro calles con mucho tráfico, sin saber muy bien cómo seguir. Recuerdo que en esas ocasiones miraba la cara del profesor, pálido y desencajado, y le preguntaba si se dedicaría muchos más años a aquella profesión. Él me dijo que no, que buscaría otra cosa, que tenía mujer e hijos y no quería morir joven. La verdad es que aquella era una ocupación de riesgo, no apta para cardiacos.
Juan era un hombre muy hablador y muy simpático, con un gracejo andaluz que yo no sé reproducir aquí cuando menciono algunas de las cosas que me decía, pero a veces sacaba a relucir su carácter como cuando me echó una bronca por saltarme un paso de cebra cuando iba a pasar gente. Dijo que era la infracción más corriente en este país, y era algo que le sacaba de quicio. Yo la verdad es que no lo hice con mala intención, fue un despiste, pero a partir de entonces no se me olvidó, no fuera que se volviera a enfadar otra vez.
Los examenes los tuve que hacer dos veces, tanto el teórico como el práctico. La primera vez que me suspendieron conduciendo lo hice mejor que cuando me aprobaron después, que hasta hice un aparcamiento maravilloso en una cuesta arriba, pero debe ser que tienes que hacerlo de película para que te aprueben nada más presentarte, porque la norma general es ponerlo difícil, no nos vayamos a creer que dan los carnets como churros.
En la segunda ocasión me viene a la memoria una chica muy menuda que se examinó conmigo y que estaba tan nerviosa que cuando terminó el examen y salimos del coche, se olvidó de echar el freno de mano, y mientras estábamos hablando se empezó a mover solo. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que salir corriendo y meterse por la ventanilla abierta para deshacer el entuerto, dejando las piernas fuera en una posición poco ortodoxa. Lo malo es que iba con medias negras y minifalda.
El caso es que aunque luego no me compré coche, como era en un principio mi intención, siempre me quedó el gusto por la conducción. Tan sólo en una ocasión, y ya cuando tenía el carnet, me dejó mi cuñado el suyo, que era el mismo modelo con el que yo aprendí, nada menos que en la Cuesta de San Vicente. Recuerdo que se me caló en mitad de la subida, con un tráfico tremendo que había en aquel momento, y todos los coches me pitaban desde atrás como descosidos. Qué espectáculo.
Sé que tarde o temprano volveré a conducir, no sé cuándo. Y entonces, que se preparen.

miércoles, 27 de enero de 2010

Bridget Jones


Toda la vida se ha hecho burla y se ha menospreciado a la mujer que habiendo llegado a cierta edad aún no se había casado. El concepto de solterona, aunque ahora se ve de otra manera, parece que aún hoy en día sigue dando qué pensar a muchas féminas.
En “El diario de Bridget Jones” se perpetúa el matiz burlesco, pero es la propia protagonista la que se pone en ridículo y la que se subestima. Se encuentra gorda, fea, tonta, infantil, atolondrada, pirada incluso. Pero aunque es consciente de sus limitaciones, en el fondo se acepta tal como es, y así cuando se tiene que enfrentar a determinadas situaciones termina diciendo y haciendo lo que a nadie más que a ella se le ocurriría decir y hacer.
Curiosamente es cortejada por dos hombres atractivos e inteligentes, uno de ellos su jefe, con personalidades opuestas, y a los que gusta precisamente por todo aquello que la hace distinta de las demás. Primero caerá en las redes del jefe, avezado seductor, divertido, informal, que sabe decir lo que más agrada en cada momento. Cuando por fin se de cuenta de lo impresentable que puede llegar a ser, el otro pretendiente entrará en escena, aunque ella y él, vistos juntos, resultan muy cómicos por lo opuestos que parecen. Lo que sí tienen en común es su inagotable capacidad para inadaptarse a su entorno y meterse en situaciones rocambolescas.
Lo más divertido de todo es la forma como Bridget afronta sus fracasos. Se la ve en su casa, metida en la bañera, quitándose las pestañas postizas mientras hace pucheros. O sentada en el sillón, comiendo sin parar, mientras hace zapping en la televisión, donde no hacen más que aparecer programas en los que las relaciones amorosas y el sexo se muestran en su vertiente más extrema. Películas como “Atracción fatal”, o un documental en el que se puede oir la voz de fondo del narrador hablando en ese momento sobre la cópula de los leones: “El coito es rápido y mecánico”. También gusta de hablar sola, analizando de una forma muy particular todo lo que le pasa, salpicando sus monólogos con alguna que otra palabrota.
También le da por beber, vodka nada menos, y se imagina a sí misma cayendo inconsciente sobre la moqueta por efecto del alcohol y devorada por pastores alemanes.
Cuando decide dar un cambio a su vida, se la ve haciendo bicicleta estática en el gimnasio, incluso cuando ya todo el mundo se ha ido, tira a la basura las botellas de alcohol, las cajetillas de tabaco y los libros que considera perniciosos para su nueva visión del mundo y pone otros más adecuados en las estanterías.
Al dejar su empleo y tenerse que someter a una interminable sesión de entrevistas, sólo conseguirá una nueva ocupación cuando sea sincera sobre los motivos que la llevaron a abandonar su anterior trabajo, por lamentables que sean. Empezará a trabajar como periodista en una emisora de televisión, y la forma tan accidental como lleva a cabo sus reportajes, su manera de trivializarlo todo dándole su personal punto de vista, y su aparente falta de sentido del ridículo, son un éxito entre los telespectadores.
En las reuniones sociales, todas llenas de parejas, parece que el tema principal es su vida amorosa y sobre cómo lleva su soltería.
Para ella es un ejemplo el matrimonio de sus padres, incombustible a pesar de la infidelidad de la madre y su temporal abandono del hogar. “Sin ti no soy nada”, le dice él a su mujer cuando vuelve a casa llorosa y arrepentida.
El nuevo pretendiente de Bridget tampoco tiene desperdicio, vestido en las fiestas que da su familia con los horribles jerseys que le teje su madre y las terribles corbatas que le regala. Antes de iniciar una relación se sinceran mutuamente, dedicándose todo tipo de epítetos poco amables. Él afirma que ella habla diciendo lo primero que se le pasa por la cabeza, sin pensar, y que crea situaciones inapropiadas y ridículas. “Me gustas tal como eres”, le dice sin embargo, al final. Ella afirma que es altivo, antipático, dice lo más inapropiado en cada situación y que debería replantearse la longitud de sus patillas. “Pero eres un buen hombre”, termina diciéndole.
Cuando ella le invita a él a cenar a su casa, siguiendo una receta en la que dice que hay que atar los puerros y el apio con un cordel, no se le ocurre otra cosa que atarlos con unos cordones azules, con lo que la crema se vuelve azulada.
La espontaneidad de ella y la pomposidad de él son una constante fuente de situaciones cómicas.
Bridget Jones puede parecer histriónica y un tanto cargante la primera vez que se la ve, pero si se vuelve a ella más veces es un personaje que, a pesar de su aparente simplicidad y de lo lamentable que llega a resultar, tiene muchas lecturas, y es tan real y auténtico que es difícil no sentirse identificada con algunas de sus facetas: sus bragas enormes, su preocupación por la pérdida de la figura, su torpeza ante determinadas situaciones, la forma como se castiga cuando algo no se sale bien, su ingenuidad, y sin embargo el genio y el valor que demuestra cuando la ocasión lo requiere, buscando siempre la verdad por encima de los convencionalismos. Termina resultando al final una frikie adorable.
La película es una sucesión de situaciones hilarantes e imposibles, de esas que dan vergüenza ajena, no tiene desperdicio. Nos enseña a ver con humanidad nuestras limitaciones y defectos, a no tratarnos con dureza, e incluso a reírnos de nosotros mismos llegado el caso.

martes, 26 de enero de 2010

Abismos







Las profundidades de los mares y océanos de nuestro planeta siguen siendo un misterio para todos nosotros. Se dice que sólo ha sido explorada el 90% de su superficie, y que casi en comparación conocemos más la Luna que muchos de los rincones de la Tierra.
Cuando nos sumergimos en los abismos, se abre todo un mundo de posibilidades por descubrir. Hay mesetas bajo el agua del tamaño de un continente, y cadenas montañosas más largas y elevadas que las de la tierra emergida. La isla de Hawai es la cumbre de una montaña submarina de 9.900 metros de altura, más alta que cualquiera de las del Himalaya.
A esas profundidades la presión del agua, la oscuridad, la falta de oxígeno y alimento y temperaturas entre 1 y 5 grados centígrados hacen muy duras las condiciones de vida. A partir de 600 metros ya no hay luz, y la fuente de energía primaria que hay es una lluvia de materia orgánica procedente de las aguas menos profundas.
Una de las cosas que más llaman la atención de la orografía abisal son las chimeneas hidrotermales. Se forman cuando el agua marina fría fluye hacia abajo a través de las fisuras del suelo. Las aguas reaccionan químicamente con el basalto caliente que existe en éste. El agua, calentada a alta temperatura, vuelve a surgir a través de chimeneas, elevándose a 13 metros por encima del suelo marino. Por lo general las chimeneas están en zonas volcánicamente activas. Son sulfurosas y alcanzan temperaturas por encima de los 400 grados centígrados.
Las fosas submarinas pueden llegar a alcanzar los 11.000 metros, y a pesar de sus bajas temperaturas, existe vida en ellas. En estas zonas es donde se producen los temibles maremotos. Un científico que avisó de lo que ocurriría en Sumatra, años antes de que tuviera lugar, ya ha pronosticado otro movimiento submarino en la misma zona de proporciones aún mayores. Si en aquella ocasión el seísmo duró sólo unos segundos y aún así tuvo consecuencias devastadoras, el próximo durará minutos, con lo que la catástrofe será aún mayor. En aquel maremoto dicen que se modificaron drásticamente los fondos marinos, las barreras coralinas quedaron destruidas, y hubo cientos de especies animales que desaparecieron, algunas desconocidas aún para nosotros.
En cuanto a la fauna, desde hace siglos se ha hablado de los monstruos que habitan los abismos marinos. Hay toda clase de leyendas y relatos terroríficos en torno a ellos, basados en supuestas experiencias de los propios marineros. El Leviatán (la “serpiente enroscada”, “el dragón que vive en el mar”), es mencionada ya en el Antiguo Testamento. En el siglo XVI se hablaba de serpientes marinas de 60 metros de longitud y 6 metros de grosor, que podían tirar a un hombre de la cubierta de un barco y enroscarse en el casco de los barcos para destrozarlos. Muchos zoólogos creen que el Kraken (procedente de las leyendas noruegas), es un pulpo gigante que habita en las profundidades y puede envolver con sus tentáculos a las embarcaciones para arrastrarlas hasta el fondo del mar. Se han descubierto algunos especímenes de al menos 18 metros de longitud. El cachalote es el único animal que se atreve a enfrentarse a estos monstruos.
La fauna que habita en los abismos marinos tiene por lo general unas características similares: alargamiento de los órganos táctiles, bioluminiscencia para atraer a las presas, cuerpos transparentes, pigmentación rosada y violácea, crecimiento lento y vida muy larga. Su aspecto nos resulta repulsivo, con cuerpos aplastados, ojos enormes, saltones y feroces, y grandes bocas llenas de afilados dientes.
Muchos de los organismos marinos producen sustancias que no se encuentran en tierra firme. Al saber cómo construyen sus cáscaras los crustáceos, los científicos han conseguido desarrollar finos recubrimientos cerámicos, de aplicación en la fabricación de motores de automóvil e instrumental clínico. Un compuesto extraído de una esponja del Pacífico ha permitido desarrollar más de 300 análogos, muchos de los cuales están siendo probados como agentes antiinflamatorios.
Entre otras curiosidades que he encontrado está la existencia de un pez en el que el macho pasa su juventud buscando una hembra y, cuando la encuentra, se sujeta con sus quijadas a cualquier parte de su cuerpo y ya no la suelta, alimentándose a través de la corriente sanguínea de ella. Cada hembra lleva dos o tres machos adheridos, de apenas unos pocos centímetros.
En los abismos viven también muchas de las especies que se dan en las aguas menos profundas: tiburones, arañas, gusanos...
La flora abisal es escasa y no es verde, porque debido a la falta de luz no puede realizar la fotosíntesis.
Los vehículos que se han ideado hasta la fecha no son lo suficientemente resistentes como para poder explorar con ellos las zonas marinas más alejadas de la superficie. El avance de la tecnología ha permitido hacerlos descender a lugares cada vez más remotos, como cuando se llegó hasta donde descansan los restos del Titanic, pero tanto el descenso como el ascenso son largos y laboriosos, y las inmersiones resultan muy costosas. Estos batiscafos llevan en su interior instrumentos de gran precisión que hay que manejar con suma habilidad. Las imágenes que se han conseguido son espectaculares.
Algún día los abismos dejarán de ser lugares ignotos para convertirse en ámbitos conocidos por todos. Mientras tanto, seguiremos adentrándonos en ellos, cada día un poco más. Quién sabe lo que llegaremos a encontrar.

lunes, 25 de enero de 2010

Genios




Metidos en medio de los seres que poblamos este planeta existe como una raza a parte, compuesta por individuos que por su coeficiente intelectual son distintos del común de los mortales, personas que han nacido con un cerebro excepcionalmente dotado que los diferencia del resto de cerebros, más de andar por casa. Son los osados que se atreven con carreras universitarias en las que empiezan muchas personas y en el último año sólo quedan unos pocos.
Siempre nos imaginamos a estos cerebritos como individuos estrafalarios que se pasan el tiempo inventando cosas y llegando con su pensamiento y su creatividad a lugares donde nadie antes ha podido llegar.
En “Escuela de genios”, que causó furor en los 80 cuando se estrenó, podemos contemplar este mundo de los superdotados desde un punto de vista muy cómico. La película cuenta la vida en un imaginario campus sólo para estudiantes con un altísimo coeficiente intelectual. Y así vemos a uno que llena los pasillos de los dormitorios con una nieve que al cabo de un tiempo desaparece en forma de gas. Se ve a unos montando en trineo y patinando de aquí para allá, a otro que sale del dormitorio y se cae porque no se había enterado del repentino cambio de estación. Alguien ha conseguido cultivar una cereza del tamaño de una naranja. Una chica inventa un atril con un aparato que pasa automáticamente las hojas de los libros.
Uno de los protagonistas idea un gigantesco rayo láser azul que va rebotando por todos los rincones en zigzag e ilumina el edificio por dentro y también el campus. Es el personaje más logrado, un chico que está en el último curso y que casi ya no estudia, parece no hacerle falta, distraído nada más que con sus inventos y su sarcástico sentido del humor. Divertido, excitante, dinámico, se venga del pelota de turno metiéndole su coche dentro de su habitación haciéndolo subir y bajar por efecto de unas bolsas de aire que se inflan y desinflan, iluminando la escena con luces de colores que se encienden y apagan como en una discoteca. O como cuando dejan dormido al pelota con cloroformo y le meten un amplificador de voz dentro de una muela para hablarle con un micrófono desde otra habitación y que se crea que es Dios esa voz que resuena sin saber su procedencia.
Su sentido del humor, las bromas que gasta contínuamente, son motivo de regocijo para cualquiera, como cuando le pregunta al otro protagonista si él también sueña con que es un faraón vestido con una túnica blanca, subido en lo alto de una pirámide y rodeado de mil mujeres que no paran de lanzarle pepinillos. Parece el típico pasota al que no le importa dar la nota y que va a todas partes con unas deportivas que tienen bigotes, orejas y hocico rosas de ratón.
El otro protagonista es un chico de 15 años que no deja de alucinar con todo lo que ve a su alrededor, como cuando va a clase y se encuentra una grabadora parlante sobre la mesa del profesor y el aula vacía.
La habitación que ambos comparten no tiene desperdicio: un dispensador de agua lleno de peces, y un señor que aparece por la puerta de entrada y se mete en la del armario silenciosamente, como un fantasma. Cuando lo van a buscar nunca encuentran nada. Resulta ser un antiguo alumno que perdió el rumbo porque lo único a lo que se dedicaba era a trabajar, le encantaba su trabajo, quería encontrar todas las respuestas, pero se olvidó de vivir.
En época de examenes, se ve la biblioteca llena de estudiantes sentados concentrados en sus libros y cómo de vez en cuando se levanta uno repentinamente profiriendo alaridos y sale corriendo sin parar de gritar, incapaz de hacer frente al stress.
Ser un genio no suele ser siempre tan estupendo ni tan divertido. Recuerdo a un compañero del instituto que tan sólo le hacía falta echar un breve vistazo a las hojas del libro para saberse la lección. Solían llamarle la atención en clase porque casi siempre estaba distraído mirando por la ventana, pues las clases le aburrían. Era alguien especial en todos los sentidos y por ello muy popular, pero a veces se salía de sus casillas cuando se le exigía alguna de sus genialidades y él no tenía ganas o no estaba de humor para sorprender ni divertir al personal. Se veía sometido a una gran presión, y parecía que tenía que estar demostrando contínuamente lo mucho que valía y el tener que estar superándose siempre a sí mismo.
Un compañero y una compañera no tuvieron la misma suerte, pues el hecho de ser superdotados les hacía sentirse distintos a los demás y tenían casi anulada su capacidad de relacionarse con el resto, estaban como bloqueados, siempre muy pálidos, y sufrían enormemente.
Luego los hay que son mentes prodigiosas pero no han nacido en el ambiente adecuado para desarrollarlas. Así pasaba en “El indomable Will Hunting”, cuando en una facultad empiezan a aparecer solucionados problemas de matemáticas que se cuelgan en los tablones de anuncios y que sólo unos pocos han podido resolver. Se descubre que es el chico de la limpieza, pero no será fácil hacerlo salir de la clase de mundo en el que vive, donde a lo que más se aspira es a tener un trabajo en la construcción. Uno de los profesores, que tiene no se cuántos premios en su haber, se desespera porque el chico es capaz de hacer en un momento cosas que a él le llevaría mucho tiempo hacer, y además sin importarle nada en absoluto. Lo malo es que tiene sus emociones bloqueadas y es incapaz de sentir como los demás.
El genio no suele necesitar mucho esfuerzo para manifestar su genialidad, es un don natural que aflora espontáneamente y que le permite “ver”, como si ya estuviera ante sus ojos, todo aquello que se propone hacer. Sólo su curiosidad o sus gustos le harán inclinarse por una determinada rama del saber: las ciencias, las letras y las artes están llenos de ellos.
Hay personas que están capacitadas para todo un poco, como el gran Leonardo da Vinci. Hace poco estuve viendo sus inventos y sus obras artísticas y no dejaba de alucinar. Cierto que hay mucho trabajo detrás de todo esto, pero sin duda su genialidad va por delante de sus esfuerzos.
Mi admiración para los genios. Es un privilegio poder estar cerca de personas así. Ellos son los que transforman el mundo.

viernes, 22 de enero de 2010

Educando a los hijos


Parece que no existe un manual de paternidad fidedigno a seguir por los que tenemos hijos, no hay una forma concreta de educar a los vástagos que sirva para todos. Nunca he ido a una escuela de padres, bien porque sus horarios coincidían con mi jornada laboral o bien porque cuando mis hijos eran muy pequeños no me gustaba tener que dejarlos más que en ocasiones excepcionales.
Y en esas estamos. Ahora que los niños van creciendo y surgen nuevas necesidades, me planteo muchas veces si lo que hago o digo es lo más acertado. Yo no entiendo la educación de los hijos como la mayoría de la gente, no les impongo una disciplina en particular. Cuando salen no les digo que tienen que volver a una hora determinada, son los demás niños los que marcan la hora de retorno, pues ellos sí tienen restricciones. Si las salidas se prolongaran durante demasiado tiempo entonces sí les tendría que poner un control. Lo único que me interesa es dónde y con quién van a estar, y cuando regresan si se lo han pasado bien.
Tampoco les insisto mucho a la hora de estudiar, les tomo la lección, les pregunto por sus examenes y por todas sus cosas, pero sin que suene a interrogatorio, ni a recriminación cuando algo no me gusta. Con Ana no suele haber mucho problema, ella es bastante responsable y sabe lo que le conviene, pero con Miguel Ángel siempre cabe la duda, porque va más a su aire. Para mí es un fastidio infinito tener que estar pendiente de ciertos temas, pues creo que son lo suficientemente mayores como para darse cuenta de que su futuro se construye con lo que hagan o dejen de hacer ahora. Tener que estar repitiendo machaconamente siempre lo mismo es algo que a la que más puede aburrir de todos es a mí.
En lugar de la ira, lo que me embarga es el agobio y la tristeza cuando veo que las cosas no marchan como debieran. Mi ex marido y yo no estábamos de acuerdo prácticamente en ninguna de las decisiones a tomar en relación a la educación de nuestros hijos, y como siempre estaba ausente y cuando no se escaqueaba de muchas cosas, la mayoría de las veces resultó ser una responsabilidad no compartida, un peso que he tenido que llevar a solas sobre mis hombros. Y así sigo.
Miguel Ángel, aparentemente indiferente a las normas, las recomendaciones y la disciplina en general, es particularmente sensible a mi tristeza. Él sabe que cuando yo llego a ese estado es porque he tenido que tragar mucha desesperanza antes, y esto le aflige a él también. Por lo general con esta actitud consigo más resultados que si me dejara llevar por la violencia y la desesperación. Con él tiene que ser siempre por las buenas, nunca por las malas. Es extraordinariamente resistente al castigo, sea cual fuere, aunque sé que su aparente estoicismo es sólo un medio de defensa.
Esa falta de rigor lleva a veces a mis hijos a descolocarse en cuanto a su comportamiento y su lenguaje. Parece que si no se pone cara de sargento todo el tiempo los niños, por lo general, creen que pueden hacer de su capa un sayo. Nunca he sabido hacerme respetar, pero cuando ya me tengo que poner seria y alzo la voz la fiesta se acaba, aunque sigan sin tomarme muy en serio. Como ya son mayores se dan cuenta de que, si son tratados con ternura y comprensión, es de recibo que ellos tienen que corresponder de la misma manera, porque si no viene la mala conciencia y el mal rollito.
La mayoría de los padres establecen una distancia entre ellos y sus hijos, es como si estuvieran en un plano superior respecto a los niños. Esta es la forma habitual como se educaba antaño. En mi caso la disciplina que me aplicaron mis padres fue especialmente rigurosa, espartana, y no tuvo un sentido práctico para la vida. Creo que el respeto debe ser mutuo y al mismo nivel, los adultos no tenemos una superioridad moral respecto a los más pequeños sólo porque tengamos muchos más años o los hayamos engendrado, esto no nos hace dueños de sus personas. Cierto es que establecemos unas normas hasta que ellos se hacen mayores, pero más por una cuestión de organización y estrategia (alguien tiene que llevar el barco), que por una imposición basada en el respeto obligado a los mayores.
Las únicas reglas que sí he querido inculcarles se refieren más a los modales, a las costumbres y la filosofía de vida. No soporto la mala educación en la mesa, ni el trastoque horario de comidas y sueño, ni el lenguaje soez, ni la pobreza mental. En cuanto a la forma de vivir, yo les cuento mis opiniones sobre casi todo y ellos sacan sus propias conclusiones. A pesar de ser aún muy jóvenes tienen ya su propio criterio sobre muchas cosas, a veces diametralmente opuesto al mío, pero yo ni lo rebato ni lo censuro. Sí es verdad que hay ciertas nociones que no he conseguido inculcarles, como la religión, y en esto es en lo único que lamento no haber sido capaz de impartir una disciplina al uso. Les queda la sensación, que no la certeza, de la existencia de una vida trascendente y de unas figuras que son sagradas, que nos protegen y ayudan en determinados momentos. Creo que es importante fundamentar la vida en lo espiritual y no sólo en lo material, y que piensen que el ser humano no está solo en el mundo.
Mis hijos a veces me echan en cara que no me comporte como el resto de los padres que conocen. Curiosamente, la falta de una disciplina más férrea les desconcierta, pero eso es porque no conocen los efectos tan nocivos que puede llevar consigo (yo sí lo puedo decir). Piensan que es que no me importan las consecuencias de sus actos, cuando en realidad lo que pasa es que les otorgo una confianza absoluta que para mí hubiera querido cuando tenía su edad. A lo mejor de lo que se trata es de establecer una batalla, una lucha en la que cada bando pelea por ver cuánto territorio consigue quitarle al otro. Pero cuando no hay guerra el espíritu rebelde tan típico de la adolescencia carece de fundamento, no tiene sentido. Lo que hago es no darles oportunidad de enfrentarse a mí, como ha sido la norma sempiterna a lo largo de las generaciones que en el mundo han sido, antes al contrario, les digo que tengo fe ciega en ellos y que espero que nunca la defrauden, lo cual les pone a veces nerviosos, quizá porque no saben si van a poder estar a la altura de las expectativas creadas.
No sé qué sucederá de aquí en adelante, pero yo seguiré intentando hacerlo lo mejor que pueda. Posiblemente debería darme más margen de error, no cuestionar tanto mi labor como madre, porque nadie es perfecto. Que sea ésta de educar a los hijos una responsabilidad enriquecedora y gratificante, no un agobio sin fin. Puede que tenga más confianza en ellos que en mí misma.

jueves, 21 de enero de 2010

Tuenti




Se están criticando mucho últimamente las redes sociales. Se dice en su contra que desde que existen ha cambiado la forma de relacionarse la gente, que ahora se prefiere la fría comunicación telemática al contacto directo de toda la vida. A parte de ciertos contenidos que se difunden en ellas y para los que parece no haber de momento mucho control.
De vez en cuando me asomo a la habitación de mis hijos y veo cómo se manejan con el Tuenti, que es la forma que ellos han elegido para compartir cosas con sus amigos y la escogida en general por los adolescentes. Ignoro cómo la usarán los demás chicos, pero mis hijos se escriben mensajes con sus amistades sobre temas y de una forma como lo harían en el bis a bis diario que tienen con ellos.
Pero más que los mensajes, lo que más me gusta de lo que allí aparece es el resto de las cosas que ponen en común: además de colgar las fotos que les parezcan oportunas, que han visto en Internet y les han llamado la atención por algún motivo, ponen también imágenes que se envían entre ellos y la verdad es que al final les queda una página muy bonita.
Mi hija suele ver allí las fotos que se ha hecho recientemente con su pandilla en el parque o en cualquier otro de los sitios a los que van, y escoge algunas para que queden en su página permanentemente. Son imágenes tomadas con el móvil, pero están muy bien hechas, tienen una calidad y un sentido artístico extraordinario. Ella y sus amigos saben escoger el encuadre más acertado, el momento más significativo, y todos posan sin posar, con una naturalidad pasmosa. Son fotos hechas como al descuido. En una que me gustó mucho, en blanco y negro, aparece Ana con algunos de sus amigos medio apoyados en una de esas furgonetas de techo bajo que se llevaban tanto en los años 70 y que se han vuelto a poner de moda. Parece que acabaran de llegar de algún viaje o se fueran a marchar de un momento a otro. El tránsito, un momento de reposo en medio de la vida en constante movimiento, la fugacidad de la juventud y de todo. Casi ninguno mira a cámara, tienen la mirada perdida en el infinito, como abstraídos en sus pensamientos.
También me gustó mucho un gran corazón hecho con los nombres de todos, en color rosa, y que sus amigos diseñaron usando un programa especial para este tipo de imágenes.
A los amigos de mi hijo les da por hacerse fotos en el cuarto de baño de sus casas. Retratan su imagen reflejada en el espejo del lavabo. Algunos se han quitado la camiseta para exhibir pectorales, y algún otro ha cogido su guitarra eléctrica y hace como que está tocando. Cuelgan videos con música rap y heavy. Suelen hacer aparecer también, igual que Miguel Ángel, a sus primos y otros parientes, y a sus mascotas. Aquí se da a conocer y se comparte todo, es como un escaparate en el que se muestra lo que a uno le gusta o le interesa pero sólo para quien tú quieras que lo vea.
Los chicos vuelcan en estos lugares todos sus anhelos, sus pensamientos, sus preferencias, sus ilusiones y sus temores. Hay algo especial, casi poético, artístico, en este tipo de manifestaciones sociales, por estética y por contenidos. Parece que la amistad se sella, se rubrica con esta forma de relacionarse, y de un modo distinto a como se había hecho hasta ahora. Sirve también para poner cosas que no te atreverías a plantear cuando se ven.
Hace poco, en el programa de “El Hormiguero”, el personaje invitado en ese momento, Víctor Manuel, manifestaba, cuando se le preguntó, su desaprobación con las redes sociales. Él, que en su momento fue un hombre muy liberal e innovador (quizá políticamente demasiado radical, y lo sigue siendo), parece que se ha quedado atrás en lo que a nuevas tecnologías y modas se refiere. Supongo que él opina así por la posible pérdida del contacto humano en las relaciones humanas, y sin embargo yo creo que es más bien como un complemento a las mismas. La gente interactúa ahora de otras maneras, pero la amistad sigue siendo básicamente lo que ha sido siempre, y nunca va a desaparecer.
Como se decía cuando daba griego en el instituto, el hombre es un “zoon politikon”, un animal social. Es algo que forma parte de su naturaleza, y las redes sociales son un reflejo más de esta cualidad intrínseca.

miércoles, 20 de enero de 2010

Bendígame padre


Ya he perdido la cuenta del tiempo que hace que no paso por un confesionario. Tampoco sé cuándo volveré a pasar. La verdad es que los cristianos tenemos una curiosa forma de lavar nuestra alma, metidos en una cabina de madera con celosías, cortinas y reclinatorio, en medio de una oscuridad que pretende amparar nuestro anonimato y la vergüenza que nos produce la revelación de nuestros pecados, por pequeños que éstos puedan ser. Ignoro en otras religiones cómo se purgan los pecados y se descarga la conciencia.
“Ave María Purísima”, dice el confesor, a modo de salutación, una forma de romper el hielo. “Sin pecado concebida”, le respondemos. La alusión a la Virgen parece siempre tranquilizadora.
Intento recordar qué es lo que decía yo entonces. El eterno problema de cómo empezar. Mis pecados no es que fueran muchos, pero había que hacer una relación mental para procurar no olvidar ninguno. Los nervios empezaban ya en la cola de espera, y no me abandonaban hasta que entraba en el confesionario y empezaba a hablar. Me sudaban las manos.
Cuando recordaba el número y el orden de los Mandamientos era más fácil. ¿Puede que haya pecados que no encajen en esa clasificación?. ¿Quizá cada mandamiento se puede subdividir en otros mandamientos, se pueden ramificar para abarcar así toda la extensión de la pecaminosidad humana?. Había que procurar no olvidar ninguno porque eso en sí mismo podía suponer un pecado. Sería una confesión incompleta, defectuosa. En aquella época me imponía muy estrictamente las obligaciones religiosas, parecía no haber lugar a las equivocaciones. Ahora, que me doy más cuartel, pienso que tampoco tenía tanta importancia la omisión por olvido (o por nervios). Lo peor era cuando estaba en el confesionario aquel sacerdote de mi parroquia que era tan mayor y que estaba el pobre tan sordo. Entonces había que alzar tanto la voz que el secreto de confesión dejaba prácticamente de existir.
¿Honré a mis padres?. ¿Tuve pensamientos lúbricos?. ¿Falté alguna vez a la verdad?. Lo de pelearme mucho con mi hermana no sabía dónde encajarlo. El sacerdote acogía cada confesión con una leve inclinación de cabeza, normalmente apoyada la cara sobre el puño en posición de reposo y meditación, cuando no de aburrimiento absoluto, la mirada fija en el suelo. Cuando terminaba, él iniciaba una breve plática haciendo alusión a algunas de las cosas que yo le hubiera dicho, con recomendaciones para no volver a caer en esas tentaciones y para reconducir mi conducta. El confesor es el psicólogo de alma.
Aunque el examen de conciencia, el dolor de los pecados y el propósito de enmienda eran verdaderos, y además de decir mis pecados al confesor cumplía mi penitencia, no tardaba mucho en reincidir, siempre en las mismas cosas. ¿Perdonará Dios al que tantas veces tropieza en la misma piedra?. A veces dudaba de que la confesión fuera vehículo suficiente para la salvación de mi alma, y la penitencia impuesta me parecía demasiado poca cosa: un Padrenuestro y unas cuantas Ave Marías no iban a ninguna parte. No es que abogase por la flagelación y el ayuno, pero sí por algo más contundente, no sé qué podría ser.
Sin duda, la parodia que hacen en la Etb sobre el tema de la confesión contribuye a quitarle yerro al asunto. Es sencillamente hilarante. El pecador, siguiendo las indicaciones de una mecánica y grabada voz femenina que sale de un confesionario, debe decir en voz bien alta cuál ha sido su pecado y apretar el botón del número que indique cuántas veces lo ha cometido. Como se pone nervioso y se equivoca, aprieta demasiadas veces los botones, y el resto de los escandalizados feligreses se enteran de forma equívoca de los pecados que supuestamente tiene en su haber. Antes de que salga impresa su penitencia sale corriendo, y el párroco llega, descorre las cortinillas del confesionario y regaña a una monja traviesa que, sentada en él micrófono en mano, es la causante de la broma.
Con los años la relación de mis culpas ha roto la rutina que tenía establecida y se ha sofisticado bastante. Ya no sé ni contra qué mandamientos he atentado. Desde que me divorcié no se me ha vuelto a ocurrir pasar por un confesionario. ¿Qué podría decir?. ¿Que rara vez voy ya a Misa?. ¿Que he roto el sagrado vínculo matrimonial, al menos en lo civil, con un divorcio?. ¿Que he tenido ganas muchas veces de acabar con todo para siempre?. Por poner un ejemplo. No creo que ni siquiera a un pobre sacerdote le alcance el sueldo como para tener que oir semejantes cosas. Además adivino lo que me diría: “Hija mía, debes ver las cosas de otra manera. Acércate de nuevo a Jesús, del que parece que andas un poco alejada. Él te reconfortará”.
Y la verdad es que seguramente tenga razón, pero me temo que es más fácil decirlo que llevarlo a la práctica. ¿Qué hacer cuando los rígidos parámetros de la religión que se profesa encorsetan la vida de tal manera que nos obliga a asumir situaciones insoportables antes que a darles una solución?. Los sacramentos se toman con todas sus consecuencias, pero muchas veces parece que se sufren con resignación más que se aceptan con devota alegría. Son los inconvenientes de unas creencias que se basan en el sacrificio, el martirio, la penitencia, aunque su seguimiento reconforte en los momentos dolorosos y produzca satisfacción en otros ámbitos.
Un compañero que tenía en mi anterior trabajo, un señor mayor muy religioso y muy buena persona, me dijo en una ocasión, con palabras muy hermosas que no sé reproducir aquí, que Dios conoce las circunstancias de cada cual y que aunque nos desviemos de sus sagrados preceptos no nos juzga implacablemente.
Él, que todo lo ve, sabe mejor que nadie cómo soy yo. El estricto cumplimiento de sus designios va por detrás de su perdón, de su bondad, de su comprensión. La Iglesia cristiana, tal y como hoy la conocemos, es un sucedáneo de lo que fue la Iglesia primitiva que inició Jesús. Muchos siglos han pasado desde entonces, pero su evolución no ha ido al compás del devenir de los tiempos. Los pecados siguen siendo los mismos, aunque ahora adopten otras denominaciones. Los pecadores, me temo, seguimos siendo siempre los mismos también.
Quisiera poder volver a oir aquello de “Ego te absolvo pecatis tuis”, y poder decirle a un sacerdote: “Bendígame padre”.

martes, 19 de enero de 2010

Libros


Hay películas que, inevitablemente, con el paso de los años, se entienden de distinta manera según la etapa de la vida en que la veamos. Ese ha sido el caso de “Fahrenheit 451”. Tendría yo 7 u 8 años la primera vez que la vi. En su momento me causó una gran impresión y me dio mucho que pensar. Aunque ahora me doy cuenta de que algunos de los efectos especiales que se nos muestran son bastante precarios, casi dan un poco de risa, sin embargo el contenido argumental me sigue inquietando y haciéndome reflexionar.
Se nos muestra aquí un mundo futurista en el que una ley ha prohibido los libros. Un equipo de hombres, entre los que se encuentra el protagonista, se dedica a ir con un camión y una especie de lanzallamas por todos los sitios donde creen que pueden esconderlos. Cuando los descubren, hacen una gran pira y los queman. Cualquiera que los vea puede pensar que se trata de bomberos, pero se dedican justamente a lo contrario. El nombre de la película alude a la temperatura a la que arde el papel.
Había una escena que, en su momento, me impactó enormemente: una señora prefiere arder junto con sus libros y su casa antes que seguir viviendo en un mundo en el que no se pueda leer. Había conseguido hasta entonces reunir y ocultar durante años a las autoridades una biblioteca enorme que era el motivo principal de su existencia. Se la ve encendiendo ella misma una cerilla y prendiéndole fuego al montón de libros amontonados a su alrededor por la brigada incendiaria. Mientras las llamas van en aumento, tiene la mirada extraviada y una extraña sonrisa asoma a sus labios, incluso en el instante en que cae al suelo. Parece que muriera feliz, rodeada de lo único que le importa.
El protagonista va guardándose algunos de los libros de los sitios por los que pasa, vigilado muy de cerca por uno de los compañeros, que sospecha lo que está haciendo y pretende delatarle. En un momento dado se atreve a leer un pasaje a su mujer y a las amigas de ésta, provocando en unas reacciones de horror y de lágrimas en otra, que recuerda sentimientos que creía perdidos. Como no atiende a los ruegos de su esposa, que le pide que desista de su actitud, es finalmente delatado y abandonado por ésta, temerosa de lo que pueda sucederles. Él huye a un lugar en el que hay personas cuya única misión consiste en memorizar un libro que luego deben destruir, para conseguir así que exista para siempre. Cuando ven que se aproxima la muerte deben repetírselo una y otra vez a otra persona hasta que se lo aprenda, para que no se pierda. Se los ve paseando infatigables por un bosque, recitando sin descanso el libro que han memorizado, como para no olvidarlo, recreándose en sus pasajes.
Algunos de los “inventos” que aparecen en el film estuvieron muy logrados porque fueron una anticipación muy bien recreada de cosas que existen hoy en día, como el tren que se desplaza colgando de los raíles, o la gran pantalla plana de televisión que se asemeja mucho a las pantallas de plasma que conocemos en la actualidad.
En los años 70 estaban muy de moda las películas de ciencia ficción que retrataban un futuro frío, deshumanizado, completamente desalentador, basadas en libros que habían tenido un gran éxito comercial. Así pasaba también con “Un mundo feliz”. Aquellas historias me parecían como de pesadilla, sobre todo ante la posibilidad de que algún día se cumpliesen. Puede que no lleguemos a tanto, pero sí que entre nuestra juventud la amplia oferta lúdica que existe ha relegado a un segundo plano la afición a la lectura.
La parodia que hizo José Mota en su programa de Nochevieja iba un poco por ahí. En uno de sus sketchs se veía a gente joven en un parque, de noche, leyendo libros casi a escondidas, como avergonzados porque no estaban haciendo el habitual botellón o consumiendo drogas. Para ellos el “mono” consistía en no tener su dosis de cultura, y acudían a aquel lugar ansiosos de libros con los que poder satisfacer sus necesidades.
Aunque este sketch es una crítica al supuesto bajo nivel intelectual de la juventud, sin embargo no creo que haya que burlarse de ello. El sistema educativo no favorece precisamente su instrucción, y eso es algo de lo que desde luego ellos no tienen culpa ninguna. Pero sí se puede decir que los medios de comunicación han potenciado el consumo, entre otras cosas menos deseables, de cultura en general. Hoy en día quién no tiene acceso a todos los ámbitos del saber, hasta en los quioscos de prensa se venden obras maestras de la literatura, al lado de colecciones de todo tipo de objetos. La cultura parece haberse convertido en un bien consumible más.
Puede que los libros terminen desapareciendo en el futuro, pero en su formato de papel, que al fin y al cabo es un material perecedero. Los seguiremos disfrutando en Internet o en cualquier otro medio que pueda crearse. Me parece imposible que la literatura, en cualquiera de sus facetas, se extinga. Entonces sí que nos volveríamos como autómatas, perderíamos humanidad, caerían en el olvido no sólo la cultura sino emociones y sentimientos que nos son básicos e imprescindibles.
Aunque hoy en día existen otros medios, los libros fueron nuestra primera ventana abierta al mundo, y una fuente inagotable de saber y placer. Esto es algo que debemos tener siempre presente.

lunes, 18 de enero de 2010

Assassins creed






El mundo de los videojuegos no deja de sorprenderme. El último que ha conseguido mi hijo, regalo de Reyes, tiene como protagonista a un guerrero del Renacimiento, con su resplandeciente armadura, una vistosa capa que le cubre medio lado de la espalda y toda clase de armas de las que se usaban en la época, y que puede seleccionar apretando el botón adecuado: espadas y cuchillos de todos los tamaños, varios modelos de arcos y flechas, y otros objetos arrojadizos e igualmente peligrosos.
Miguel Ángel me dice que no es un caballero aunque esté armado y tenga la apariencia de tal, es un asesino que debe cumplir una venganza por alguna tropelía cometida contra su familia mucho tiempo atrás, y ello le obliga a pasar por diversas pruebas para conseguir determinados “trofeos”, eliminando en el proceso a todo el que se ponga en su camino. Los efectos visuales y sonoros, espectaculares, hacen muy creíble la historia.
Constantemente es perseguido por guardias y soldados que, aunque le atacan en gran número, le hacen daño sólo de vez en cuando, o quizá sea mi hijo que tiene una gran pericia en el manejo de los mandos y consigue zafarse de sus asaltantes.
La acción transcurre en Venecia (magníficamente recreado cómo debía ser el ambiente de la ciudad en aquella época), Florencia, La Toscana, una villa romana y uno o dos lugares más. Se puede ver a la gente yendo de aquí para allá, cada uno con sus ocupaciones y según su oficio. Los detalles están cuidados al máximo, tanto la ornamentación del vestuario como de la arquitectura, las costumbres, etc. Se permiten palabras sueltas en italiano y alguna que otra frase en latín.
Miguel Ángel no se conforma con hacer que su protagonista corra por las calles cada vez que huye o se dirige a un determinado lugar. Lo hace trepar por las fachadas de los edificios (estéticamente perfectos todos) como si fuera un Spiderman renacentista y encaramarse a los tejados, saltando de unos a otros con gran destreza. Desde allí, y cuando está en Venecia, se pueden contemplar unas vistas magníficas de la ciudad y del mar que, junto con el cielo, reflejan en todo momento la hora del día que sea, si está nublado, tormentoso o soleado, en fin, se recrea el ambiente y el momento de una forma muy real.
Las góndolas se pasean por los canales y la zona costera. A veces el asesino se ve obligado a tirarse a ellos tratando de evitar a sus acosadores. También, para camuflarse, se mete en medio de un grupo de prostitutas de la época, muy bien vestidas, que se contonean yendo de un lado para otro detrás de un señor que las custodia y que lleva un hacha enorme de las usadas para las decapitaciones. En ocasiones ellas se le insinúan, pero son intocables, no se les puede hacer daño.
Si se topa con algún juglar que está cantando y tocando su instrumento, éste lo deja caer al suelo y sale corriendo despavorido.
Visita al armero, y también nada menos que a Maquiavelo y a un Leonardo Da Vinci joven en su casa, al que pide nuevos inventos para conseguir ser más peligroso, y también claves para seguir avanzando en el juego. Cuantas más descubra y más pruebas logre superar, se podrá mover por más zonas de las distintas ciudades hasta conseguir el trofeo final. Mientras tanto, esas zonas le están vedadas, y cuando se acerca a ellas una especie de muro gaseoso blanquecino se va alzando frente a él para indicarle que no puede seguir por ahí.
Incluso en los videojuegos podemos encontrar palabras cuyo significado nos era desconocido, porque son de uso poco frecuente. Son palabras casi rebuscadas, destinadas quizá a elevar un poco el nivel de este tipo de productos, dándoles un aire cultural. Y aquí sucede cuando aparece una persona a la que llaman el “dogo”, que yo hasta entonces creía que era únicamente una raza de perro, la verdad, pero por lo visto era la máxima autoridad en Venecia, una especie de duque.
Hay ciertas partes de este videojuego que no me gustan, pequeños incisos en los que se establecen diálogos entre ciertos personajes que son diría yo retorcidos, cuando no inmorales, y que están fuera de lugar. Ya el hecho de que un producto de entretenimiento haga que te tengas que poner en la piel de un asesino, aunque sea en el Renacimiento, es bastante fuerte, aunque yo lo miro desde un punto de vista estético, porque es bello de ver, e incluso de reconstrucción histórica. Los juegos que se fabrican para Play Station 3 la verdad es que son muy espectaculares.
Casi todos los videojuegos que les gustan a los chicos contienen monólogos o diálogos tendenciosos. Miguel Ángel tiene uno, Call of Duty 2, que transcurre en medio de una supuesta guerra entre EEUU y Rusia. Todo el tiempo se habla mal de los rusos y se hace quedar a los norteamericanos como víctimas de sus desmanes. Es como volver a cosas sucedidas hace 65 años, que son lamentables y que se supone que están superadas, a la guerra fría. Es una auténtica propaganda política destinada a lavar el cerebro de los adolescentes. Me parece increíble.
Yo nunca juego con nada de lo que tienen mis hijos, los videojuegos me aturden en general, pero me gusta observar cómo funcionan. Siempre descubres en ellos algo sorprendente.

viernes, 15 de enero de 2010

Rocío Jurado


No hace mucho descubrí a mi hija cantando canciones de Rocío Jurado. Sus primos tienen un karaoke y si no la conocía se ha familiarizado con ella. Y no es para menos. Me hizo preguntas sobre su vida y vimos algunos videos de sus actuaciones. Es curioso cómo hasta en una niña de doce años puede despertar tanto interés.
Y es que era una mujer increíble, que lo mismo cantaba flamenco que canción melódica. Hay otros tipos de música que son mucho más comerciales que la que ella hacía, dirigida a un público más concreto, pero a poco que la escuches y la mires durante un rato algo en su voz y en su gestualidad te cautiva. El sentimiento que ponía en su forma de interpretar, alejado de las maneras típicas de los cantantes de flamenco, y su belleza y su físico poderoso que llenaban el escenario, hicieron que Rocío Jurado ocupase un lugar importante durante muchos años en el mundo de la música.
En los 70 se decía de ella que lucía conjuntos que dejaban ver su cuerpo con demasiada generosidad: escotes vertiginosos, transparencias…Ella siempre fue exuberante, hermosa, y estaba en sintonía con la moda de entonces, en la que los artistas en general aparecían con poca indumentaria. Nunca tuvo complejos, era ella misma, le pesara a quien le pesara.
El contenido de sus canciones nos llegaba directamente al corazón: muchas de las cosas que le pasaban o que sentía en cada momento, las expresaba con ellas, amor, desamor, cosas que nos suceden a todos pero que interpretadas por ella, con su manera tan personal de expresarse, adquirían unas resonancias y una trascendencia distintas a todo lo conocido.
Su vida sentimental era carne de papel couché. Desde sus matrimonios, el nacimiento de su hija, su divorcio, hasta la boda de su hija y su divorcio, los nietos…, en fin, todo lo relativo a su vida privada se hacía público, siendo protagonista de la prensa rosa durante décadas, algo que le pesaría al final. En un programa de televisión, en el que se le preguntaba por la reciente separación de su hija, se lamentaba de la falta de respeto y de humanidad que había entre los profesionales del mundillo del corazón. Dijo que siempre había existido una relación cordial y de consideración con los medios de comunicación, pero ahora en cambio había un interés morboso y desproporcionado por estos temas. Lo que antes servía de distracción para el público se había convertido en algo enfermizo, malsano. Una cosa es que los seguidores tuvieran interés en saber de la vida de los artistas a los que admiraban, y éstos se sentían halagados porque eso significaba que no les eran indiferentes a la gente. Pero actualmente estar en el candelero es lo mismo que estar en la picota, una especie de nueva inquisición que se ha formado con lo peor de nuestra sociedad, y que parece va a funcionar por mucho tiempo.
Me pesaba la tristeza de Rocío Jurado, objeto de burla y escarnio como el resto de los artistas que aparecen en las revistas. Ella era una mujer buena, entrañable, cariñosa, con una enorme sensibilidad, y creo que nunca imaginó en lo que derivaría todo aquello. Se la veía horrorizada, consternada.
Cuando enfermó nadie se lo podía creer: acostumbrados a su presencia durante tantos años, se nos hacía muy duro concebir un mundo en el que no estuviera ella. Su larga lucha contra el cáncer, el progresivo deterioro de su cuerpo, de su lozanía de mujer tan española, fueron una agonía compartida por todos los que apreciamos en algo su arte y su persona. Daba casi miedo verla en su última actuación, reducida a la mitad de lo que había sido, consumida por la enfermedad, y que le sirvió para demostrar lo que ya sabíamos que había sido siempre, una artista sin parangón de nuestra escena, y también como despedida. Hubo en aquel popurrí hasta cante jondo, uno de los géneros con los que comenzó su carrera. De su garganta salieron sonidos que yo desconocía en ella hasta entonces, profundos, desgarrados. Todos quedamos sobrecogidos, sorprendidos por su versatilidad y por el esfuerzo sobrehumano que tuvo que hacer para acabar con éxito el espectáculo.
Su muerte sirvió una vez más para llenar revistas y programas de televisión con especulaciones y basura. Pero ella ya había pasado a otra dimensión, aquella en la que las estrellas brillan con luz propia y nada puede tocarlas.
Rocío Jurado fue una mujer valerosa, de carácter, muy trabajadora, especial en todas sus cosas. Nunca la podremos olvidar.

jueves, 14 de enero de 2010

Transporte público







Hay veces que me cuesta recordar que la red de transportes públicos que tenemos en Madrid es una de las mejores de Europa. Cuando hay que ir hacinados en el metro o en el autobús me parece que al españolito de a pie se le trata más como al ganado que como a personas.
Aquí tenemos buenas instalaciones, cada vez hay más ascensores en las estaciones y máquinas expendedoras de billetes de todas clases que descongestionan las taquillas, han puesto pantallas de televisión en algunas estaciones para entretener al personal con noticias y publicidad, la limpieza en general es aceptable, y tanto los vagones del suburbano como los autobuses tienen constantes innovaciones que los van mejorando y haciendo más cómodos y estéticos.
El problema son las horas punta, los días de lluvia y nieve, y las huelgas, convocadas o encubiertas, que de vez en cuando alteran nuestra cotidianeidad. Y algunas deficiencias de mantenimiento que hay de vez en cuando, como ocurre en el túnel que pasa por debajo del río Manzanares, en mi barrio, que los días de grandes precipitaciones se filtran las aguas y hace años, cuando los vagones no eran tan herméticos, había que viajar con los paraguas abiertos.
Los paros en el metro me resultan especialmente temibles, porque somos siempre los viajeros los que pagamos las consecuencias de las reivindicaciones laborales de sus empleados: trenes que no llegan nunca, puertas que tardan en abrirse al llegar al destino, estacionamientos prolongados dentro de los túneles (cualquiera que no tenga claustrofobia la termina teniendo), y un sin fin de tribulaciones que ponen a prueba la paciencia, la educación y hasta la salud del más pintado.
Cierto es que en otros países están peor que nosotros. En París se lleva a la gente en el metro a gran velocidad y a trompicones, en vagones traqueteantes e incómodos sometidos a todo tipo de acelerones y bruscos frenazos, las puertas se abren y cierran precipitadamente con gran estruendo y casi no da tiempo a entrar y salir a un ritmo normal.
El de Londres dicen que es de los más largos y seguros, pues incluso hay cristales en alguna que otra estación que, por alguna extraña razón, es la elegida por los suicidas para quitarse la vida.
En Nueva York, si coges una línea que pasa por los barrios más conflictivos, los vagones van completamente pintarrajeados con graffitis y hasta te pueden robar, violar o matar, aunque últimamente parece que han disminuido estos problemas.
En Japón quién no ha visto a esos empleados uniformados y con guantes blancos que están nada más que para empujar a la gente y meterla a presión en los vagones. Debe ser que no han encontrado otra solución menos disparatada para las aglomeraciones.
El más espectacular es el de Moscú, todo lleno de mármoles, cuadros y arañas de cristal. Es un auténtico lujo.
Visto lo visto, parece que en Madrid no nos podemos quejar mucho de cómo viajamos, a pesar de los contratiempos. Luego nuestros trayectos dependen mucho también de la pericia de los empleados del transporte de turno: yo he visto conductores de autobús sortear obstáculos y meterse por los ringorrangos más impracticables que hallarse puedan con una habilidad casi de concurso. O un conductor en el metro, que no podía salir de la estación porque una de las puertas, en el último vagón que era en el que yo viajaba, no terminaba de cerrarse. Recuerdo que corrió por todo el andén, se situó frente a la puerta en cuestión y con unas cuantas patadas bien dadas la consiguió cerrar. Lo peor fue en una ocasión, no hace mucho, que a una viajera no se le ocurrió otra cosa que tirar de la manecilla roja para casos de urgencia porque se había dado cuenta, cuando ya estábamos de nuevo en marcha, que se tenía que haber bajado en aquella estación. El conductor tuvo que frenar bruscamente sin saber qué estaba pasando, y la puerta se abrió para que ella saliera a toda prisa, ante la estupefacción general. Nunca hasta entonces había visto funcionar el sistema de emergencia, es curioso.
Todavía quedan por hacer muchas mejoras. Habría que poner más tramos de escaleras mecánicas, sobre todo por la gente mayor y los niños más pequeños, para los que puede llegar a ser una auténtica prueba deportiva viajar en metro. Y la refrigeración en los andenes, que como tengas que estar esperando un rato en verano son auténticos cocederos.
Pero en fin, no se puede pedir todo, bastante es que podamos llegar a nuestro destino incólumes y con no mucho retraso. Aunque a veces parezca que nos tratan como al ganado y sin muchas contemplaciones, miremos lo que hay por ahí fuera. Al fin y al cabo son los inconvenientes de vivir en la gran ciudad.

miércoles, 13 de enero de 2010

Pena de muerte


Siempre me ha parecido muy chocante el gusto que tiene la gente por presenciar las ejecuciones públicas. No entiendo el motivo por el cual, cada vez que se termina con la vida de un preso, hay gente sentada alrededor como si estuvieran asistiendo a un espectáculo teatral, a algo que les resulta tan interesante que parecen como hipnotizados, no pueden apartar la mirada mientras siguen todo el proceso. Sólo les falta aplaudir al final. Es algo grotesco, sin sentido.
Hace poco vi una película en la que el condenado estaba en su celda poco antes de que acabaran con su vida. Le daban una comida especial, le rapaban la cabeza y le ayudaban a ponerse un pañal de incontinencia debajo de los pantalones. Ya en la silla eléctrica, le tapaban la cabeza y la cara con una especie de capucha. Esta práctica aún se sigue realizando, pero tiende a desaparecer en beneficio de otros métodos que resultan más económicos.
No hace mucho nos escandalizaba la noticia de que en un parque de atracciones de Milán se podían ver los espasmos de un muñeco de látex sentado en una silla eléctrica, al módico precio de un euro, y parece que estuvo muy solicitado el invento.
Qué sería una ejecución pública sin público. Desde la época de la guillotina, cuando la chusma pasaba el tiempo contemplando el espectáculo vociferante y agitada. Sería una forma de desahogarse, tal como sucede hoy en día con el fútbol.
Lo mismo pasaba cuando los cristianos eran devorados por los leones en el coso romano: cuanta más sangre se derramara, más enfervorecido estaba el público. Algo parecido a las corridas de toros actuales.
Muchas son las formas de ejecución que se han utilizado a lo largo de la Historia: horca, garrote vil, cámara de gas, y otras que han quedado en desuso, como el empalamiento, desangramiento y estrangulación en la Antigua Roma, crucifixión, desmembramiento…. La lista es interminable. La inyección letal es lo que parece estar de moda hoy en día, porque es rápida y económica.
Desde hace tiempo hay una creciente denostación de la pena capital por parte de la sociedad, por muchas razones: la crueldad que supone, los años interminables en el corredor de la muerte, los casos de error judicial que han condenado a inocentes, los fallos técnicos que se producen a la hora de impartirla y, sobre todo, por el principio de indisponibilidad de la vida humana, que se supone está en manos de Dios. Sin embargo, se sigue considerando el castigo más adecuado para los criminales que tienen graves delitos a sus espaldas. El dicho aquel de que quien a yerro mata, a yerro muere, se cumple aquí punto por punto, pues no se ha encontrado mejor forma de quitar de en medio al que tiene semejantes culpas en su haber, considerado además un individuo peligroso, potencialmente capaz de hacer daño a los demás en cuanto se lo proponga.
La cadena perpetua no es considerado castigo suficiente para ciertos delincuentes especialmente virulentos. Pero la condena a muerte parece, más que la administración de justicia, el cumplimiento de una venganza, como si las víctimas clamaran desde su tumba por que se de a su asesino el mismo fin que les dio a ellas. Cabe pensar que si matamos a un convicto por sus crímenes nos estamos convirtiendo también nosotros en asesinos: tampoco damos muestras de humanidad, de piedad cuando el reo siente pánico y se arrepiente, nos volvemos como fue él cuando cometió sus fechorías. Aunque habría que ver cómo nos lo tomaríamos si fuéramos nosotros la víctima o algún ser querido nuestro.
Y sin embargo, la existencia de la pena capital no es en sí misma revulsivo suficiente para erradicar la delincuencia: ante la sola idea de pasar por un trance semejante, muchos se lo pensarían dos veces antes de cruzar la frontera de la ley, pero en la práctica no es así.
El grado y la importancia de sus delitos excluye cualquier intento de rehabilitación con la cárcel o con otra forma de castigo para el que es condenado a la máxima pena. Un pasado trágico y de pobreza no es atenuante suficiente: no importa la causa que ha originado el comportamiento, lo que parece importar es en lo que ha derivado después.
En casos como los de la pena de muerte no hay culpables y víctimas, todos somos víctimas, todos salimos perjudicados, porque en una sociedad donde se cometen cierta clase de delitos es que algo funciona mal. Es lo mismo que en una guerra, que no hay ganadores y vencidos, todos salimos perdiendo, a todos nos afecta cuando se llega a una situación así.
Hasta la fecha, mientras no se idee otra forma de castigar que sea efectiva, la pena de muerte seguirá formando parte del sistema judicial de ciertos países que lo han considerado necesario. Aunque el delito sea el mismo, nunca serás castigado de la misma manera, todo dependerá del lugar donde lo hayas cometido. Aunque ya sabemos que la justicia no es igual ni para todos ni en todas partes.

martes, 12 de enero de 2010

Azar


Es curiosa la fe que tiene la gente en la lotería y en los juegos de azar en general. Todos los años, primero en Navidad y luego en enero, caemos una y otra vez en la trampa de esa ilusión difícilmente realizable que responde a un sistema de probabilidades improbables para la inmensa mayoría de nosotros. Que si tradición, que si costumbre social, la superstición en muchos casos cuando se juega a un determinado número o en una determinada administración, que si por si acaso toca..., en fin, muchos son los motivos que esgrimimos para seguir tentando a la suerte y pocos los resultados obtenidos.
El sentido práctico nos debería llevar a olvidarnos del tema, y más cuando vemos aberraciones como esa de que el dinero que toca a un número que no ha comprado nadie va a parar a Hacienda, cuyas arcas están ya bastante surtidas. Hay un problema de distribución de la riqueza importante, que si me dejaran seguro que yo podría solucionar.
Pero de sentido práctico en realidad nunca hemos andado muy sobrantes los españoles, más bien todo lo contrario: nos puede el corazón y una confianza ciega en nuestra propia suerte que está fuera de toda lógica.
Además la lotería de Navidad ya no ha vuelto a ser la misma desde que se canta en euros y no en pesetas, ha perdido la musicalidad.
Con el azar es lo que pasa: la incertidumbre de lo que puede acontecer, la emoción de un posible premio, la adrenalina que se descarga mientras da vueltas el bombo, la ruleta, las ventanitas de la máquina de los recreativos, o cualquiera de los muchos artilugios que se han inventado para sacar el dinero a la gente. Y es que nos encanta llenar los bolsillos sin tener que trabajar.
Yo sólo he estado dos veces en un casino y fue por conocer el ambiente: la primera vez en mi adolescencia, cuando un tío nos llevó a mí y a mi hermana al de Villajoyosa, en Alicante, durante unas vacaciones. Se gastó un buen pellizco para que viéramos cómo funcionaba aquello. Estuvimos todo el tiempo junto a una mesa en la que se jugaba a la ruleta. Los apostadores se empujaban entre sí ansiosos para conseguir un lugar desde donde se pudieran ver las jugadas lo más cerca posible. Sus ojos estaban desorbitados y sudaban sin parar. Nunca había visto tantos nervios, tal frenesí, parecía que les iba la vida en ello. Era como si por un lado sintieran pánico ante la posibilidad de perder su dinero y por otro lado se dejaran arrastrar por un impulso irracional que les hacía apostar una y otra vez pese a estar precisamente perdiéndolo. Los síntomas se parecen mucho a los de cualquier adicción, jugar se puede convertir en una especie de droga.
La otra vez que estuve en un casino fue en el de Torrelodones, hace unos pocos años, al que fui con mi ex marido y unos amigos. En esta ocasión me paseé por las mesas donde se jugaba al black jack. Los jugadores sostenían sus cartas frente a sí con un aire misterioso e interesante. Casi todos tenían un gran puro en su boca y lucían anillos con grandes pedruscos. Aunque yo no entiendo ese juego, resultaba muy espectacular seguir su proceso, los movimientos de los jugadores, sus gestos. También me acerqué a las mesas donde estaban las ruletas. Vi con tristeza a un conocido actor, atrapado en las garras de la ludopatía, jugando en tres mesas a la vez: cuando en una mesa la ruleta terminaba de girar ya estaba corriendo para acercarse a otra y ver lo que pasaba, y luego a una tercera. Se le veía sudoroso, con la corbata a medio quitar y medio descamisado. Parecía al borde del infarto.
En una mesa lejana vi a una señora, con un aspecto muy corriente, apostar una cantidad de dinero que me dejó helada, no sé si era mi sueldo de un año o poco más o menos. Aquella mujer era capaz de desprenderse en un momento de un dinero que a mí me costaba meses conseguir, y lo hacía casi sin pestañear, con una frialdad y una indiferencia pasmosas.
La gente es capaz de perder la cabeza por culpa de un simple juego, y así hay anécdotas, como la que me contó en su momento mi tío, sobre que en los casinos de Montecarlo suelen dejar un fajo de billetes en el bolsillo interior de la chaqueta a los que se suicidan cuando lo pierden todo y desesperados deciden pegarse un tiro, para no desacreditar el lugar.
A mí es difícil que alguna vez los juegos de azar me atrapen, pero si fuera así a lo mejor me veo cuando sea viejecita cantando bingo por ahí, con mis cartones llenos de números que mi ilusión o mi ingenuidad me harán creer que son premio seguro. Igual hasta tengo suerte.

lunes, 11 de enero de 2010

Un poco de todo (III)


- Nunca pensé que vería el antiguo Avenida pasar de ser un cine a una de las boutiques de HM. La de películas que vi siendo niña allí con mi familia, cuando ir al cine era todo un acontecimiento y el mundo del celuloide una fábrica de constantes pequeñas obras de arte. Solíamos ir a tercera sesión, de noche, después de cenar en un restaurante que había en la Puerta del Sol. Para mi hermana y para mí era algo especial, porque trasnochábamos como si estuviéramos ya en la edad adulta. La noche en una gran ciudad es siempre bella, mágica.
Al convertir el cine en una tienda no se ha modificado por completo todo lo que existía sino que se han respetado algunos elementos básicos del interior del edificio que ya existían: los mármoles, la majestuosa escalera que se divide en dos ramales, las arañas de cristal, las vidrieras de colores de la fachada principal… En realidad, al mantener el estilo un poco retro que tenía aquel lugar, están en la línea de lo que se lleva ahora en materia de decoración, mezclando lo moderno y lo de antes, tiene un toque muy chic.
El enorme patio de butacas ha dado paso a stands de complementos y a percheros llenos de ropa. Los pisos superiores son los antiguos palcos que se abren a ese gran espacio central.
El cierre de ciertos cines, sobre todo de éstos que eran tan bonitos, me causa pesar. Al convertirlos en otra cosa parece que los vulgarizamos, pero ya que el cambio era inevitable podían haber hecho una gran tienda de juguetes como las que tienen en Nueva York, o una gran superficie como las galerías Lafayette de París, que están decoradas con un gusto exquisito.
Quizá sea pedir demasiado.

- Qué absurdo me ha parecido siempre que a ciertas cosas se les haya dado un valor incalculable, como a las piedras preciosas o al oro. No dejan de ser trozos de rocas o minerales y metales a los que se les ha pulido para que brillen. En cambio las cosas materiales básicas de la vida, como es la comida, por caros que puedan ser algunos productos, no tienen tan alto precio.
Podría decirse lo mismo de otras cosas que no son de primera necesidad, como las obras de arte o las antigüedades. El valor económico que tienen y que le dieron en su momento unos cuantos entendidos en la materia, debería ser un valor histórico como piezas de museo, un valor cultural, artístico o como quiera que se le pueda llamar. El arte no tendría que ser un negocio.
Lo que no hace falta es muchas veces inalcanzable y lo que sí está, por lo general, al alcance de cualquier bolsillo. Quizá por eso se le de tanta importancia, cuando en realidad no la tiene.
Yo puedo pasar sin un brillante o sin un cuadro de Degas, y mira que me gusta, pero no sin una buena tortilla de patatas, por ejemplo, aunque pueda resultar tosca la comparación. Las cosas como son.

viernes, 8 de enero de 2010

Uniformes


Hace poco comentaba con mi madre lo que significa llevar un uniforme militar hoy en día. Ella, que es hija y nieta de militares, siempre ha tenido una inclinación especial a todo lo que tuviera que ver con el Ejército. Se emociona con las paradas y las bandas de música militares. Tanto ella como mi padre y como yo misma hemos trabajado en el Ministerio de Defensa, aunque la visión que tenemos del estamento militar mi padre y yo es bastante distinta de la de mi madre, sobre todo la mía.
Quizá a ella le ciega la pasión por el color caqui, porque lo ha visto desde pequeña en su casa y forma parte de su vida, y además no estuvo trabajando el tiempo suficiente como para tener un planteamiento realista del tema. Ella guarda en su corazón una versión idealizada de lo que es un uniforme y lo que representa, seguramente porque los miembros de nuestra familia que lo han llevado han sido dignos representantes de lo que debe ser un militar. Pero yo y mi padre, que es también hijo, nieto, sobrino y hermano de militar, hemos soportado la necedad y la mezquindad de unos jefes, mientras estuvimos en el citado Ministerio, que por llevar ese uniforme se creían poco menos que los dueños de la vida y la muerte del personal civil que trabajábamos con ellos. El despotismo, la mala educación, el machismo, el amiguismo para el que estuviera dispuesto a hacerles la pelota, eran moneda corriente.
Yo he conocido de todo, desde militares de alta graduación que cobraban dos veces su sueldo y que, pese a haber aparecido en los periódicos por esa y otras irregularidades y pasar después por una dudosa auditoría han continuado haciendo lo mismo, impunes, hasta otros de baja graduación que no sabían hacer la O con un canuto, ya que no tenían ni el bachiller superior, y que sin embargo se permitían el lujo de mirar por encima del hombro a todo el mundo e incluso de acosar en todos los sentidos imaginables a una compañera, amiga mía, y a quien se terciara. Aunque acomplejados y pervertidos los hay de todas clases y en todas partes, en el estamento militar he encontrado ejemplos de manual de psiquiatra.
Mi padre se queja de que el trabajo que él hacía no era valorado, que automáticamente se adjudicaba los méritos del mismo el militar que tuviera de jefe en cada momento, como si él no hubiera hecho nada. Un hombre de la valía de mi padre, en la empresa privada, hubiera arrasado. La Administración militar siempre ha sido un mundo aparte, y la connivencia de muchos compañeros dejaba mucho que desear, porque aunque lameculos los hay de todas clases y en todas partes también, éstos hacían cosas como salir de un despacho sin darle la espalda nunca al militar de turno, haciendo reverencias sin parar mientras retrocedían hasta la puerta (en China estarían en su salsa), o ponerse de pie y cuadrarse cuando algún militar llamaba por teléfono para preguntar o pedir cualquier cosa, como si estuviera allí en persona y los viera, que sólo les faltaba hacer el saludo castrense. Y esto sólo lo que se puede contar, que de lo que no podría escribir un libro.
El honor, la entrega, el valor, la moral, son conceptos que en los ámbitos castrenses en los que me he movido son prácticamente inexistentes. Parece que el estamento militar es particularmente proclive a la corrupción. Es un ejercicio de autoridad tan desproporcionado e irracional el que llevan a cabo que está totalmente fuera de lugar en una sociedad que se supone avanzada y del siglo XXI como es la nuestra. Esa mentalidad medieval, clasista, prejuiciosa, intolerante, se parece más a la de cualquier militarcillo de los que de vez en cuando dan golpes de Estado por ahí que a la de un auténtico militar de los pies a la cabeza de los que ha habido toda la vida, un caballero y un profesional que podía decir que lucía sus méritos como persona lo mismo que lucía medallas por sus méritos en su trabajo.
Qué sentido tienen los militares en la actualidad, cuando en nuestro país ya no se pelea en ninguna guerra (gracias a Dios), y las condecoraciones se otorgan por antigüedad en el servicio y no por acciones valerosas en el campo de batalla. Ahora no es como antes, con que consigan un poco de graduación ya tienen un buen sueldo por hacer un trabajo en lo que lo último por lo que se tienen que preocupar es por defender una nación, que es para lo que se supone que tienen su razón de ser. Llevan una vida cómoda, tienen toda clase de prebendas y ejercen un autoritarismo que por lo visto les resulta muy gratificante porque en sus casas por lo general no lo pueden ejercer.
Tan sólo he conocido a unos pocos, contados con los dedos de una mano, que sí eran merecedores del uniforme que llevaban, por su talante y su buenhacer profesional. Tampoco creo que sea tan difícil, y si no que se dediquen a otra cosa.
Puede que mi visión de lo que es un uniforme sea un poco extrema, pero creo que el hecho de llevarlo imprime carácter por sí mismo, te hace responsable de una serie de cosas y te obliga de tal manera que cualquier mala acción que se realice mientras se esté con él o cualquier palabra indigna que salga de la boca o la pluma de quien lo viste, pasa por un filtro mucho más estricto que para cualquier otro mortal. Llevar un uniforme hace que no te puedas permitir el lujo de muchas cosas, pero sí la satisfacción de otras que por el hecho de llevarlo se tiene la exclusividad de realizar.
Aquello del glorioso Ejército español pasó a la Historia hace mucho tiempo, pero no porque estemos en tiempos de paz y ya no se puedan demostrar en guerras y combates esos valores de los que hablaba antes, sino porque el militar ahora se limita en la mayoría de los casos a vegetar, acumulando años de servicios baldíos que le llevarán a un tranquilo y acomodado retiro. Tan sólo unos pocos se dedican a causas humanitarias en guerras ajenas, de las que podrán ser víctimas involuntarias sólo por el hecho de encontrarse en un mal sitio en el peor momento, sin casi oportunidad de defenderse ni presentar batalla.
La concepción de lo que es un militar ha cambiado en las últimas décadas, ya no es el hombre que liberaba pueblos y naciones de posibles enemigos, sino el hombre o la mujer que defiende los derechos humanos de los que están oprimidos por una guerra, da igual el lugar del planeta en que tenga lugar. Esas personas sí son dignas de llevar un uniforme y son las que hacen que mi decepción, ante lo que he visto en el Ejército durante años, no sea completa.

jueves, 7 de enero de 2010

Kurt Cobain







La música de Kurt Cobain constituye, desde hace algún tiempo, la sustancia de la que se alimenta esa parte de mi estado emocional y mental que escapa a mi control. Nunca me gustó la música “heavy” ni nada que se le pareciese, hasta que leí un libro sobre su vida y escuché sus canciones como líder de Nirvana.
Al saber de su pasado, trágico, desolado, y la situación tan límite a la que llegó como consecuencia de ello, podría considerársele casi un desecho social, un marginado al que el azar convirtió en un dios, pero que nunca dejó de ser un ser desvalido. En su actitud ante la fama se confundían de forma extraña la vanidad y el terror: detestaba hasta la náusea el acoso de los fans por lo mucho que aquel desenfreno le violentaba, pero sufría cuando no se ponía un disco suyo en las emisoras de radio o sus canciones no sonaban con la suficiente frecuencia.
Decía haber añorado siempre de niño poder pertenecer a una familia clásica. Nunca asimiló el divorcio de sus padres y la indiferencia de éstos hacia él. Realmente les daba igual que estuviera vivo que muerto, al contrario, era un estorbo porque siempre parecía estar a disgusto con todo y daba quebraderos de cabeza.
En el libro se cuenta que vivió como un vagabundo antes de formar su banda de música y ser descubiertos para el gran público. Se dice que solía ir desaseado, que no le importaba su olor ni su apariencia. El aspecto desaliñado que solía lucir siempre cuando actuaba encaja con esa descripción, desgreñado, con grandes y largos jerseys y camisas, y rotos en los pantalones, un estilo que se llamó “grunge” y que él inició.
Las letras de las canciones que compuso y los dibujos que ideó para ilustrar las portadas de sus discos, tienen mucho de lo absurdo de las pesadillas, y pueden resultar muy escalofriantes. Sus obsesiones, sus delirios, estaban marcados por una infancia y adolescencia traumáticas nunca superadas, y por el consumo de alcohol y estupefacientes, y todo ello conforma un universo particular que no siempre es del gusto de todos ni lo bastante inteligible.
En realidad no sigo con pasión ciega a Nirvana como hacen el resto de sus seguidores, pues sólo me gusta la primera parte de “Nevermind”, pero esa media docena de canciones y la última que rubrica el disco, son para mí una inagotable fuente de placer cada vez que las escucho. Por alguna extraña razón, y en contra de lo que suelen ser mis gustos musicales, ese sonido es capaz de arrancar de mi interior una emoción y una fuerza que ninguna otra cosa consigue, y me transporta a un estado anímico de enervación liberadora, de catarsis.
Recuerdo que cuando salió “Nevermind” no presté mucha atención a su música, pero la portada del disco se quedó grabada en mi memoria, con aquel bebé flotando bajo el agua intentando coger un billete. Tuvieron que pasar muchos años para que yo supiera apreciar ambas cosas, cuando ya Nirvana había dejado de existir.
En una de las entrevistas televisivas que se le hizo al grupo, se les mostró unos videos con las opiniones de la gente joven de la calle sobre sus letras. Uno llegó a decir que si las escuchara estando drogado seguramente las entendería. A Kurt Cobain le hizo mucha gracia aquello. Tenía un afilado sentido del humor. Dijo que estaba un poco harto de la opinión de los demás sobre sus letras, porque él quería expresarse libremente y ser cada vez más audaz.
Parece que es casi imprescindible estar marcado por un penoso pasado para ser capaz de crear formas artísticas que alcancen la gloria y sean un legado para la posteridad. Pero a qué precio: los que consiguen las mieles del éxito son muchas veces los que menos son capaces de disfrutarlo, atormentados por sus truculencias pretéritas y presentes de las que no pueden escapar, y muchos buscan y les alcanza la muerte prematuramente.
El estilo grunge se dice que se caracteriza por un sonido oscuro y contundente. La voz de Kurt Cobain no es lo bastante desgarrada como para incluirlo en el ámbito del heavy, se alza potente y clara por encima de la avalancha musical de las guitarras y la batería. En las fotos siempre tiene un aire casi angelical, con su rubio cabello, su profunda mirada azul, su aire melancólico y ausente, la belleza de su cara. Cuando mira a la cámara se puede ver una mezcla de dulzura y dolor, de desgarro y abandono: es como si nos estuviera diciendo anticipadamente, sin palabras, que no quería seguir viviendo, que la vida se le hacía insoportable. Pero en el escenario ese aire angelical desaparecía, y entonces ponía a prueba sus pulmones con una potencia vocal extraordinaria, sacaba de dentro de sí todo lo que le lastraba, sin perder la compostura de un rostro perfecto que casi siempre dejaba tapar por su pelo, como si fuera una barrera defensiva entre él, el público y las cámaras.
La elección del nombre del grupo estaba en consonancia con lo que perseguían: el nirvana es la liberación de los deseos, de la conciencia individual.
Poco antes de quitarse la vida haciendo saltar sus sesos con una escopeta, decía haber llegado a una etapa de hastío: estaba cansado del grunge y no se sentía capaz de componer ninguna canción más en esa línea. Nadie adivinó que en realidad estaba cansado de todo en general, de luchar contra demonios interiores que nunca se iban. Esto, unido al creciente malestar que le producía el consumo de drogas, le llevó a decidir acabar con una existencia oscura. Ni el amor de su pareja, a la que llamaba “mi diosa”, en un lenguaje típico de los músicos de heavy y rock, ni el nacimiento de su hija, a la que quería mucho, fueron acicate suficiente para que abandonara su idea de autodestrucción.
Nos queda la imagen de Kurt Cobain suspendida en el tiempo, eternamente joven, con su mirada lejana, desasida de sí mismo, interrogante, y que parece preguntarnos ¿por qué?.

lunes, 4 de enero de 2010

Aventureros


Hay en lo más profundo del corazón del hombre un impulso irracional que lo lleva a afrontar las más difíciles empresas por descabelladas que puedan parecer. Dicen que todos llevamos esa pulsión salvaje en nuestro código genético, herencia quizá de nuestro primitivo pasado, que nos sirvió para hacer nuevas conquistas y avanzar en el proceso evolutivo. Dejarnos arrastrar por esa necesidad interior de búsqueda de lo desconocido, de la aventura, es cosa de cada cual.
A los que somos más tranquilos no deja de sorprendernos ese afán por realizar proezas temerarias que tienen algunas personas. Esos escaladores que suben y bajan una y otra vez montañas, cuanto más altas y escarpadas sean mejor. Esos intrépidos reventadores de récords que harían lo que fuera por figurar en el Libro Guiness o en cualquier otro sitio en el que quedara constancia para los anales de haber sido los mejores en algo, de haber logrado hacer lo que nadie ha hecho nunca antes: dar la vuelta al mundo en un frágil velero, cruzarse a nado un montón de kilómetros de aguas a varios grados bajo cero, en fin, lo que haga falta.
De niña me fascinaba un libro que tenía en casa, “La conquista de los polos”, en el que se narraban las experiencias de los primeros aventureros que se atrevieron a conquistar aquellos territorios helados, con profusión de imágenes muy espectaculares que ilustraban tamañas heroicidades. La palma de oro se la llevaba, cómo no, Amundsen. Como nunca antes había oído hablar de él, el seguimiento de sus avatares por las nieves perpetuas me causaba admiración y asombro, y también cierta inquietud. Daba miedo sólo pensar la dureza de las condiciones de vida en lugares como la Antártida, lo incierto del destino que podía aguardar a quienes se adentraran en ella, el trágico final a tantos esfuerzos como fue el caso de Scott.
Después, al interesarme el tema, supe que tanto hito histórico se conseguía dejando tras de sí una sucesión de penalidades y crudezas sin fin: sacrificar a parte de los perros que tiraban de los trineos para dar de comer a los que se dejaban vivos y almacenar el resto para los miembros de la expedición. O quedar atrapado en el hielo el barco en el que viajaban y tener que pasar el invierno sin poderse mover de allí, alimentándose con la carne cruda de los animales marinos que fueran capturando, sobre todo para evitar el escorbuto.
Sí que hubo alguno que dejó congelar su barco en un banco de hielo flotante para viajar aprovechando las corrientes, navegando a la deriva, con lo que la expedición podía durar dos años por lo menos.
Amundsen viajó a los dos polos y utilizó varios medios de transporte en cada ocasión: el avión y el dirigible. De los nativos de la zona aprendió el manejo de los trineos y los perros. Nunca contrajo matrimonio, y adoptó dos niñas esquimales que encontró en alguno de sus viajes, con las que fue un padre amoroso. Murió en una expedición de rescate y su cuerpo nunca fue hallado.
Ahora es casi corriente ver en los medios de comunicación que tal o cual persona ha batido algún récord, parece que cualquiera puede hacerlo, incluso se forman expediciones con gente poco adiestrada para alcanzar la cumbre de alguna montaña y ofrecer el resultado de la aventura en televisión a la hora de la merienda. Hay un programa que se dedica a eso y yo desde luego no me pondría en manos de una persona como la que lidera el grupo, pues no me parece que esté muy en sus cabales. Así se da una imagen de locura de algo que siempre ha sido una cosa importante y trascendental, llevada a cabo por personas cualificadas que sabían muy bien a lo que se enfrentaban.
O ese otro programa, que procuro no ver ya porque me pone mala, en el que sale un “aventurero” que se recorre el mundo entero seguido de cerca por una cámara, mientras no deja de hablar muy deprisa y constantemente, en un inglés traducido simultáneamente al español por otra voz de fondo, acerca de todo lo que le sucede, por nimio que sea: igual es que se está cayendo por un terraplén de nieve, está metiendo accidentalmente el pie en un agujero de donde no puede sacarlo, o se baña desnudo en las aguas gélidas de un río mientras los editores del programa cubren sus petrificadas partes íntimas con un rectángulo borroso para no herir nuestra ya herida sensibilidad. Este señor pretende darnos lecciones de supervivencia poniendo en peligro su integridad física si es necesario, como cuando le picó un enjambre de avispas y le dejó los ojos cerrados por la inflamación. Se le puede ver comiéndose crudo y vivo un pez o una serpiente que acaba de capturar, o los restos putrefactos de un antílope que los leones han desechado cuando se saciaron. Se come todo eso sin pestañear, como si estuviera sonado. Parece un chiflado que no se toma en serio lo que hace y que pretende hacer gracia con ocurrencias de peón caminero que no sé si planifica o simplemente improvisa sobre la marcha. De la Cuadra Salcedo se ha comido también todo lo que uno pueda imaginar pero sin hacer exhibiciones televisivas y de mal gusto. Él sí que es un auténtico aventurero que lleva la pasión de la aventura y del reto personal en la sangre.
Hace años tuve un compañero de trabajo al que le gustaban los deportes de riesgo. Practicaba parapente y alpinismo, y me contaba la sensación de plenitud tan increíble que tenía cada vez que llegaba a la cima de una montaña y contemplaba desde allí el mundo. Era como tocar el cielo, sentirse como si se fuera Dios. Esta experiencia tan gratificante, que conseguía sólo en esos momentos, es lo que lleva a otras personas como él a arriesgar su vida acometiendo toda clase de peligros en metas que sólo ellas se proponen llevar a término, pase lo que pase. Por eso cuando aparecen en los medios de comunicación y cuentan que han perdido varios dedos de una mano o de un pie por congelación, y otras cosas parecidas, y aún así persisten en su empeño, en lugar de pensar que son personas inconscientes o que no están en su sano juicio, pensemos mejor que sólo siguen un impulso al que son incapaces de sustraerse, que puede parecer casi suicida, pero que en sí mismo sirve para dar sentido a una vida entera.
 
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