jueves, 14 de enero de 2010

Transporte público







Hay veces que me cuesta recordar que la red de transportes públicos que tenemos en Madrid es una de las mejores de Europa. Cuando hay que ir hacinados en el metro o en el autobús me parece que al españolito de a pie se le trata más como al ganado que como a personas.
Aquí tenemos buenas instalaciones, cada vez hay más ascensores en las estaciones y máquinas expendedoras de billetes de todas clases que descongestionan las taquillas, han puesto pantallas de televisión en algunas estaciones para entretener al personal con noticias y publicidad, la limpieza en general es aceptable, y tanto los vagones del suburbano como los autobuses tienen constantes innovaciones que los van mejorando y haciendo más cómodos y estéticos.
El problema son las horas punta, los días de lluvia y nieve, y las huelgas, convocadas o encubiertas, que de vez en cuando alteran nuestra cotidianeidad. Y algunas deficiencias de mantenimiento que hay de vez en cuando, como ocurre en el túnel que pasa por debajo del río Manzanares, en mi barrio, que los días de grandes precipitaciones se filtran las aguas y hace años, cuando los vagones no eran tan herméticos, había que viajar con los paraguas abiertos.
Los paros en el metro me resultan especialmente temibles, porque somos siempre los viajeros los que pagamos las consecuencias de las reivindicaciones laborales de sus empleados: trenes que no llegan nunca, puertas que tardan en abrirse al llegar al destino, estacionamientos prolongados dentro de los túneles (cualquiera que no tenga claustrofobia la termina teniendo), y un sin fin de tribulaciones que ponen a prueba la paciencia, la educación y hasta la salud del más pintado.
Cierto es que en otros países están peor que nosotros. En París se lleva a la gente en el metro a gran velocidad y a trompicones, en vagones traqueteantes e incómodos sometidos a todo tipo de acelerones y bruscos frenazos, las puertas se abren y cierran precipitadamente con gran estruendo y casi no da tiempo a entrar y salir a un ritmo normal.
El de Londres dicen que es de los más largos y seguros, pues incluso hay cristales en alguna que otra estación que, por alguna extraña razón, es la elegida por los suicidas para quitarse la vida.
En Nueva York, si coges una línea que pasa por los barrios más conflictivos, los vagones van completamente pintarrajeados con graffitis y hasta te pueden robar, violar o matar, aunque últimamente parece que han disminuido estos problemas.
En Japón quién no ha visto a esos empleados uniformados y con guantes blancos que están nada más que para empujar a la gente y meterla a presión en los vagones. Debe ser que no han encontrado otra solución menos disparatada para las aglomeraciones.
El más espectacular es el de Moscú, todo lleno de mármoles, cuadros y arañas de cristal. Es un auténtico lujo.
Visto lo visto, parece que en Madrid no nos podemos quejar mucho de cómo viajamos, a pesar de los contratiempos. Luego nuestros trayectos dependen mucho también de la pericia de los empleados del transporte de turno: yo he visto conductores de autobús sortear obstáculos y meterse por los ringorrangos más impracticables que hallarse puedan con una habilidad casi de concurso. O un conductor en el metro, que no podía salir de la estación porque una de las puertas, en el último vagón que era en el que yo viajaba, no terminaba de cerrarse. Recuerdo que corrió por todo el andén, se situó frente a la puerta en cuestión y con unas cuantas patadas bien dadas la consiguió cerrar. Lo peor fue en una ocasión, no hace mucho, que a una viajera no se le ocurrió otra cosa que tirar de la manecilla roja para casos de urgencia porque se había dado cuenta, cuando ya estábamos de nuevo en marcha, que se tenía que haber bajado en aquella estación. El conductor tuvo que frenar bruscamente sin saber qué estaba pasando, y la puerta se abrió para que ella saliera a toda prisa, ante la estupefacción general. Nunca hasta entonces había visto funcionar el sistema de emergencia, es curioso.
Todavía quedan por hacer muchas mejoras. Habría que poner más tramos de escaleras mecánicas, sobre todo por la gente mayor y los niños más pequeños, para los que puede llegar a ser una auténtica prueba deportiva viajar en metro. Y la refrigeración en los andenes, que como tengas que estar esperando un rato en verano son auténticos cocederos.
Pero en fin, no se puede pedir todo, bastante es que podamos llegar a nuestro destino incólumes y con no mucho retraso. Aunque a veces parezca que nos tratan como al ganado y sin muchas contemplaciones, miremos lo que hay por ahí fuera. Al fin y al cabo son los inconvenientes de vivir en la gran ciudad.

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