viernes, 29 de agosto de 2014

Conexiones mentales


Mantengo una conexión con el mundo que va en muchas ocasiones por circuitos diferentes a los habituales, como los sonidos de baja frecuencia, que permanecen fuera del espectrograma y apenas son audibles, pero ahí están. A veces es la aparición de una persona a la que hacía mucho que no veía y en la que estuve pensando el día anterior o un rato antes, sin que mediara causa aparente. O una película en televisión que me dejó huella y hace tiempo que no veo, y que me vino a la memoria unos días antes de que la pusieran, sin saber por qué. Siempre es alguien o algo que tiene relación conmigo por alguna razón, por la impresión que me produjeron, fuera buena o mala, pero sobre todo si fue buena.
Otras veces se trata de señales, esa palabra que surge siempre en las películas de suspense y ciencia ficción y que suele provocar incredulidad, cuando no rechifla. Algo me preocupa, le doy vueltas en la cabeza a algún asunto, en diversos momentos del día, y sólo hay que mirar el mundo entorno para encontrar la respuesta, o parte de ella. Voy caminando por la calle o en el autobús, miro a lo alto de un edificio y el eslogan de una compañía de seguros me dice “Todo va a ir bien”. Dejo vagar la vista a mi alrededor y en una marquesina un anuncio de telefonía móvil señala “Nos preocupamos porque te queremos”.
Hace tiempo, cuando le gustaba a dos hombres a un tiempo, pensando en uno de ellos mis ojos se posaron sobre una pegatina colocada en la acera mientras esperaba a que mi autobús arrancase: “Te mereces algo mejor”. Cuando pensaba en el otro, que era el que de verdad me gustaba, un pesar invadía mi corazón por la imposibilidad de llevar a cabo mi deseo e intentando analizar las razones por las que esto era así. Entonces una señal en el techo y en el suelo, mientras esperaba en el andén del metro, indicaban zona reservada a minusválidos. Hallé la respuesta al ser repentinamente consciente, como ya lo debía ser en mi subconsciente, de que esa persona se encontraba mal psíquicamente, que estaba enferma y aquella situación le sobrepasaba.
Si estoy desanimada un cartel con un “Vamos a por todas” me saca de mi abatimiento, ignorando que en él que se anuncia La Roja anticipando sus triunfos en el campo de fútbol Si estoy contenta y mi ánimo en paz otra frase viene a colmar mi transitoria dicha: “Porque tú te lo mereces” o “Siempre hay tiempo”.
Tengo épocas en que mi yo insondable se conecta con mi ser consciente con mayor frecuencia e intensidad. Sin venir a cuento, de buenas a primeras, mi mente se pierde en una aparente ensoñación que me mantiene abstraída por completo por unos minutos. Es una fuerza que no sé de dónde viene y que se posesiona de mí sin poder remediarlo. Recuerdo por sus repercusiones la visión que tuve el día anterior a los atentados de Atocha, mientras estaba por la tarde visitando a mi madre. De pronto dejé de escucharla, y fue como si la vista se me nublara y empezara a recrear en mi cabeza una explosión gigantesca en el edificio de en frente que hacía volar los cristales de la ventana que había detrás de mí con una violencia inusitada. Veía los fragmentos desplazarse por el aire como a cámara lenta, y caer lejos con gran estruendo. Enseguida volví a mi ser y deseché el pensamiento, no sin conservar durante bastante rato un desasosiego extraño, un malestar. Es una sensación muy rara, como si entrara en trance pero sin dejar de ser consciente de lo que ocurre a mi alrededor.
Por las fiestas de S. Isidro me vino a la cabeza con insistencia la imagen de la hermana de una amiga de la época del instituto que solía coger esa línea de autobús en la que me hallaba, e inmediatamente pensé en mi amiga, que no vive en Madrid hace mucho tiempo y con la que retomé el contacto en Facebook. A los pocos minutos ella subió al autobús acompañada por su madre, y al verme se acercó a mí y estuvimos charlando. La gente cambia mucho con los años, ella ya no es la amiga que fue, ni la persona probablemente, pero yo he influído en su vida de forma muy determinante, mucho más de lo que nunca reconocerá, y para bien. Si no me hubiera conocido su vida sería por completo diferente, y ella es ahora una persona feliz. En realidad, todo el que se ha acercado a mí ha salido beneficiado, no así yo, pues antes al contrario pocos son los que no me han perjudicado de alguna manera. Debe ser que cada uno tenemos un sino.
A veces, si hace tiempo que no me pasa, estoy a la expectativa por ver si surge alguna intuición, algún presagio, pero no, es algo que no se puede forzar. El hecho de no tener control sobre ciertas cosas me parece inquietante, no me gusta, me encantaría saber de qué forma se puede encauzar esa energía mental.
"La verdad no es lo que es, pero la comprensión de lo que es abre la puerta a la verdad", reza una cita de Krishnamurti, un escritor y orador filosófico y espiritual que murió nonagenario, a mediadosde los 80, y que aseguraba no tener nacionalidad ni pertenecer a ninguna religión, clase social o pensamiento filosófico. Pasó buena parte de su vida como conferenciante y profesor viajando por el mundo y enseñando sobre la mente humana. Según Wikipedia "sus principales temas incluían la revolución psicológica, el propósito de la meditación, las relaciones humanas, la naturaleza de la mente y cómo llevar a cabo un cambio positivo en la sociedad". Habrá que estudiar a este hombre, pues parece tener un pensamiento muy interesante.  Quizá descubra algo sobre mi yo interior.
 

jueves, 28 de agosto de 2014

Apurando las vacaciones

No pensaba ir a la playa en el puente de La Paloma este año, pero Mª José, mi amiga, no tenía planes de vacaciones hechos y me sugirió que podíamos ir al aparthotel de Benidorm donde estuve alojada el año pasado por esas mismas fechas. Miguel Ángel, mi hijo, que volvió inesperadamente del pueblo, en donde pasaba la parte del verano que le toca estar con su padre, se apuntó en el último momento.
Y así fue cómo nos vimos los 3 embarcados en un viaje que no estaba previsto, pero que nos dio la oportunidad de volver a la playa a los que ya habíamos estado, mi hijo y yo, lugar éste del que no me resigno a despedirme en julio, cuando acaba mi permiso en el trabajo, pues mientras dura el verano el mar me sigue llamando, y el tener que estar lejos de él es como si me estuviera perdiendo algo. A mi amiga le supuso conocer una parte de Benidorm que desconocía, pues lo había visitado en 3 ocasiones anteriormente, cuando tenía 15 años con su familia, y 2 veces estando casada, pero había frecuentado el centro, que es lo que todo el mundo ve en televisión.
A Miguel Ángel no le hizo mucha gracia el aparthotel, porque está acostumbrado a los apartamentos grandes y bien dispuestos en los que solemos alojarnos cuando vamos con el resto de la familia. Para mí está bien porque, aunque es un sitio sencillo, se ve limpieza y está muy bien situado, junto a la playa. Desde la terraza ves el mar, y para unos pocos días tampoco hace falta más. Lo único malo para él fue que al principio no captaba la señal de wi-fi y esto le contrarió mucho, hasta hacerle casi entrar en trance. Luego descubrió que si colocaba la Play en la terraza sí la cogía, pero como pasa con todo lo que parece imposible, cuando se consigue se pierde el interés, y casi no lo usó el resto del tiempo.
Desde nuestra habitación se veia el mar. Las buganvillas trepaban por la fachada, a un lado de la ventana. El alojamiento era sencillo y acogedor.
A Mª José no le gusta especialmente la playa. Le relajaba dar largos paseos por la orilla, en los que sólo la acompañé una vez, porque no puedo caminar durante mucho tiempo por sitios con desnivel. A mí, como siempre, lo que me gusta es nadar. Hubo unos días de oleaje y este año, por 1ª vez, al izar la bandera roja surgió una multitud de vigilantes que, haciendo sonar sus silbatos, prohibían el baño. Hasta que no había salido el último de los bañistas no dejaban de dar silbatazos, pero sólo en una parte de la playa, en la que yo estaba precisamente. Le pregunté a uno de ellos por qué allí no se podía y más allá sí. “No sabría decirle, yo sólo cumplo órdenes. Vaya más allá si quiere bañarse”, me dijo.
Y allá que fui. Enseguida supe por qué se podía: curiosamente, en esa parte no había apenas resaca, pero sí en la otra, en la que ya me había estado bañando a 1ª  hora antes de que no lo permitieran. La configuración de la playa es el motivo. En donde yo estaba terminaba la cala y allí las corrientes se concentraban más al hacer un recodo.
Mi amiga quiso comer todos los días fuera, y en uno de los sitios a los que fuimos, el comedor del hotel Palmeral, que tiene buffet libre,  descubrí sentado a una mesa a un señor conocido de mi familia al que hacía muchos años no veía. Había envejecido mucho, y tras la comida se tomó una pastilla y vació un sobre de medicamento en un vaso de agua, pero les hacía bromas a las camareras que, como ya lo conocían, se reían mucho. Me gustó verle tan bien, pero me entristeció comprobar los estragos que el paso del tiempo terminan haciendo en nosotros.
Una tarde llegó Pati, la hija de mi amiga, con su novio, que estaban pasando parte de sus vacaciones en Jávea con los padres de él. Después de hacerse 50 kilómetros a todo gas el coche se les había parado momentáneamente, y mientras esperaban a que se enfriase el motor, nos tomamos un refresco en Masai, una terraza con aires africanos que está cerca de nuestro aparthotel. A Pati no la veía desde pequeña, y comprobé lo mucho que se parece a su madre. Con Pedro, su otro hijo, estuvimos hace poco un día que se nos unió en una de nuestras salidas. Si algo enturbia la paz de mi amiga es el futuro de ellos, en paro los dos. El hijo además ha roto hace poco con su novia después de varios años de relación, un motivo más de preocupación.
Luego mi amiga se marchó con ellos al centro, ya de nuevo el coche en funcionamiento, para que su hija pudiera hacer algunas compras, y Miguel Ángel y yo aprovechamos para dar un paseo. Nos fuimos al rompeolas y por la calle que rodea la montaña, por encima de nuestro aparthotel, que siempre ha tenido unas vistas estupendas. Miguel Ángel hizo todas las fotos que le pedí, preciosas todas, y se mostró placentero y relajado, recreándose en todos estos lugares que conoce desde que nació.
Otro día nos fuimos al rompeolas con Mª José y después al mirador del hotel Bali, que no visitaba hacía años. Desde allí Miguel Ángel tomó unas fotos fantásticas. Las vistas son increíbles. Mª José se quedó admirada de la buena cámara que tiene su móvil, aunque también él tiene su talento para esto de la fotografía, igual que su hermana. Mi amiga tiene ahora en su móvil algunas de aquellas instantáneas. Hay gente que aprovecha la altura de este mirador (45 pisos) para tirarse en parapente o dar saltos base.
Luego nos tomamos un refresco en las terrazas que hay junto a las piscinas, y nos estuvimos riendo con las ocurrencias de un numeroso grupo de ingleses que estaban sentados cerca de nosotros, muy rubios y rojos, bebiendo de todo a esas horas de la tarde, haciendo el ganso sin parar, y provocando una risa aguda y contagiosa a una chica, inglesa también, que se sentaba con unos amigos próxima a ellos.
Una noche la dedicamos al cine al aire libre. La película no era muy allá, pero es que la cartelera de este verano no hay por donde cogerla. Lo que molaba era comerse unos bocadillos mirando las estrellas, unas patatas fritas y luego unos helados en el descanso a mitad de película. Mª José me contó que cuando veraneaba con su familia en Peñíscola solía ir a un cine al aire libre que ponían en la playa. Me encantaría probar algo así.
Al centro fuimos dos veces, la última el día que nos marchábamos, mientras hacíamos tiempo para ir a Alicante a coger el tren. Estuvimos en el puerto y en el Castillo, que ella recordaba bien, visita obligada para todos los que pasan por Benidorm. Tuvimos que arrastrar a Miguel Ángel cuando nos quisimos marchar, tal era el placer que le provocaba estar allí sentado fumando y contemplando las vistas, que recordaba de su niñez.
La noche que dedicamos al mercadillo de la Cala de Finestrat, que me defraudó porque ya no es lo que recordaba yo de hace años, la podíamos haber empleado en ir a ver el ambiente nocturno del centro. Me hubiera gustado que mi amiga viera a las go-gos bailando en las terrazas de la playa. Ella se acordaba de esa zona de Benidorm de cuando vino por 1ª vez con su familia, las orquestas que había por las tardes.
Mª José estuvo tirando un poco de la lengua al taxista que nos llevó a la estación. Dijo que Benidorm ya no es lo que era, que ahora se mantiene gracias al turismo inglés. Cierto es que son ruidosos, pero se toman sus cervezas y no suelen molestar a nadie. A partir de octubre es la 3ª edad la que llena Benidorm, aunque el trasiego de ingleses continúa. Los sitios se ponen de moda y luego dejan de ponerse, la marcha se traslada a otros lugares. Los 80 fueron años dorados para la zona, pero ahora se nota mucho la crisis. Sólo para los británicos, como no tienen euro, sigue siendo barato veranear aquí.
Tenía mis dudas sobre cómo saldría todo en esta escapada, pues Mª José conoce a mis hijos desde pequeños, pero lo de convivir juntos varios días no lo habíamos hecho nunca. Todo fue muy bien. Nos metíamos en la cocina ella y yo a hacer desayunos y cenas, y nos pusimos de acuerdo para el resto de las cosas que fueron surgiendo. Mª José le tomó mucho afecto a Miguel Ángel en esos días, y él cuando se siente a gusto y bien tratado es como un gato de angora, o como un peluche.
Fue un último intento de apurar las vacaciones, lo suficiente para tomar de nuevo contacto con el mar y tener un poco de relax , arañando días a este verano que ya se nos acaba.
 


miércoles, 27 de agosto de 2014

Sobre la muerte de Robin Williams


No puedo quitarme de la cabeza a Robin Williams, después de lo que le pasó. Transcurren los días y no dejan de surgir especulaciones sobre su muerte. Es curioso que después de colaborar tanto tiempo con la fundación para los enfermos de Párkison, creada por su amigo Michael J. Fox, que como todo el mundo sabe padece esta enfermedad, terminara él mismo desarrollándola. Quizá, al haber visto sus devastadores efectos tan de cerca, su miedo fuera aún mayor cuando supo que él también la tenía.
 
He leído en un reportaje hace poco que las personas con trastornos depresivos prolongados triplican la posibilidad de tener Párkison. Ese debió ser su caso. También leí la opinión de alguien conocido, no recuerdo quién, que aseguraba que la combinación de antidepresivos y medicación para el Párkison era mortal porque produce ideas delirantes y pensamientos suicidas. Puede que Robin Williams fuera víctima de esta desgraciada casualidad sin saberlo.

Llama la atención que consiguiera engañar tan bien a todo el mundo, aunque al ser actor tampoco es tan impensable. Había estado hablando de proyectos de trabajo unas horas antes y, aunque se le veía triste, a nadie le extrañó al ser algo habitual en él últimamente. Quizá fue un momento de pánico, de frustración, uno de esos vértigos que dan a veces en los que de repente el mundo parece ponerse cabeza abajo, y es mejor que no te encuentre solo cuando haya que afrontarlos. Pero él lo estaba cuando le sucedió, ya que tampoco iba a estar vigilado las 24 horas como si fuera un presidiario.

Que fuese una racha pasajera que podía haber superado si la hubiera dejado pasar, o que fuese algo largamente deseado y planificado, lo cierto es que Robin se lleva sus motivos y sus deseos a la tumba, pues no dejó ni una nota. Me imagino lo difícil que debe ser, llegado el momento, escribir algo así, intentando justificarte, o despedirte. No hay palabras que puedan expresar lo que uno debe sentir en un trance semejante, es algo superior a tí. Mejor irse y dejarlo estar. Al fin y al cabo es una decisión absolutamente personal, y bastante tiene el que la toma como para demorarse en otras cosas.

Hay quienes han querido atribuir al tema económico el motivo del suicidio. Hace dos años había intentado vender una magnífica finca con viñas en un sitio precioso, cerca de California. Una mansión enorme con un montón de habitaciones, cientos de hectáreas verdes, bodega, cultivos, en fin, el capricho del que está acostumbrado a vivir bien. Dijo que tenía que pagar las costosas pensiones de sus ex mujeres, y que las mujeres “te tocan el corazón tocándote la cartera”, refiriéndose a la típica venganza de las que fueron esposas cuando llega un divorcio. En fin, que el tren de vida que estaba acostumbrado a llevar ya no era el que solía.

En fin que, como se suele decir, no se puede juzgar lo que otros hacen porque para eso habría que caminar con sus zapatos. Todos tenemos nuestras razones, nuestro bagaje vital, diferente en cada persona, una mente y una personalidad únicos.

Sus cenizas se confunden ahora con el infinito mar, a donde fueron esparcidas. Todas sus incógnitas, sus incertidumbres, sus miedos, quedan eclipsados por sus logros, sus premios, su talento y su ingente trabajo, que es por lo que realmente se lo recordará. Robin Williams era un hombre de todo o nada, y así fue hasta el final.

“Todos necesitamos ser aceptados, pero deben entender que sus convicciones son suyas, les pertenecen (…) aunque toda la manada diga: ¡no está bien! Robert Frost dijo: dos caminos divergen en un bosque, y yo tomé el menos transitado de los dos, y aquello fue lo que cambió todo. Quiero que encuentren su propio camino”.

Robin Williams como el profesor John Keating en El club de los poetas muertos.

 

martes, 26 de agosto de 2014

Torrevieja y la nostalgia

 
Es la dichosa nostalgia la que nos hace rebuscar, en algún rincón perdido de nuestra memoria, lugares y hechos que desaparecieron de nuestras vidas sin dejar más rastro que la tenue huella, en el corazón y la mente, de una calida impresión, algo único que ya no existe en nuestro presente,  a pesar de haber sido tan importantes en su momento. Es el cúmulo de una serie de vivencias que poblaron nuestra niñez con paisajes que ahora han cambiado, acontecimientos que conformaron nuestro carácter, y personas, algunas de las cuales ya no están y otras que continúan pero ya de otra manera.
Y cómo todo se transforma. No tuve más que echarle un vistazo a la Torrevieja de hoy en día en internet para comprobar que poco o nada tiene que ver con la de antaño, cuando sólo era un pueblo grande de viviendas bajas y apenas tráfico. La calle del Huerto, donde alquilamos dos casas diferentes a lo largo de los años que pasamos allí nuestras vacaciones, es ahora un lugar erizado de pisos de varias alturas y llena de coches aparcados que la hacen irreconocible. Lejos queda esa imagen en mi retina de una calle en la que la vista se perdía ampliamente en el cielo, y en la que apenas ningún coche aparcaba, dejando despejada la zona para los pocos viandantes que la transitaban y para quienes la habitábamos.
La gente, nosotros incluídos, sacábamos unas sillas al caer la noche, a la puerta de casa, a tomar algo de aire, como se hace en los pueblos. Se respiraba mucha tranquilidad. Ahora sería difícil, por no decir imposible, perpetuar esa costumbre.
También me ha sido imposible reconocer el puerto ni localizar la feria que al lado ponían, ni el parque cercano, ni la zona donde ahora instalan el mercado al aire libre. A la Iglesia tampoco le pongo la imagen que en las fotos aparece, ni al parque frente al que se erigía: en mi memoria, después de tantos años, permanece una visión distinta, más bonita. Quizá sea que todo se embellece en el recuerdo, o sólo que los cambios han quitado belleza a lo que había. No identifico la playa a donde solíamos ir, tal es la cantidad de edificios que han construído en 1ª línea. Tampoco las salinas, con aquellas montañas blancas y los raíles medio cubiertos por la sal  por donde iban los pequeños vagones que la transportaban.
Es increíble la nitidez con la que recuerdo, pese a la corta edad que tenía entonces, cada lugar que visitamos y la mayoría de las cosas que hacíamos. Tengo un lapsus en cuanto a la forma de llegar a los sitios pero, salvo por los recorridos intermedios, lo demás quedó grabado en mi memoria infantil como sólo sucede en esa etapa de la vida en la que somos como esponjas. Y es curioso también cómo esos recuerdos tienen un cualidad y un valor especial al haber sido captados a través de los ojos de la niña que fui, cuando aún veía el mundo con una inocencia y una capacidad de asombro que luego con los años desaparecen irremediablemente.
Pero lo más curioso de todo es que conserve y sea capaz de recrear esa misma visión y las mismas emociones que tenía entonces, frescas como si no hubieran pasado los años, siendo como soy ahora, una mujer adulta. Poder sentir aquellas mismas cosas me produce una sensación extraña, pero muy agradable. A veces, en circunstancias o épocas difíciles, poder remontarse a aquellos lugares remotos en el espacio y tiempo en los que tuvimos nuestras primeras experiencias del mundo, supone una inagotable fuente de bienestar.
Terminaré visitando Torrevieja alguna vez, no tanto para comprobar los inevitables cambios producidos en aquellos lugares inolvidables para mí, como precisamente por volverlos a recorrer, guiada por esa nostalgia que siempre me ha acompañado, incluso cuando casi no tenía pasado por mis pocos años. Convertir en objetos tangibles

aquellas imágenes de antaño, volver a tocar, a oler, a mirar, sería una forma de darles una nueva dimensión, de afianzar aún más si cabe su impresión en mi mente. Aunque lo más probable es que me decepcione al no poder identificar aquellos rincones con lo que yo recordaba, tan cambiado estará todo. Y es que nada en esta vida dura para siempre, sólo los recuerdos, y la nostalgia que los alimenta.
 


lunes, 25 de agosto de 2014

Betty White

 
Cuando vi a Betty White entrevistada en Inside The Actors Studio pasé uno de los ratos más memorables de mi vida. Llegó en medio de los aplausos de los asistentes, tan frágil y menuda por los muchos años que ya tiene, con su naturalidad de siempre y su simpatía. Hasta el presentador, que normalmente luce poco expresivo, no paró de reírse durante todo el tiempo que estuvo con ella.
Empezó haciendo un repaso a su vida, como es habitual en el programa. Aparecieron fotos de cuando era muy joven, en los programas que hizo para televisión. No era muy distinta de como es ahora, no ha perdido ni un ápice de su frescura. En uno de los concursos que presentó por aquel entonces conoció al que sería su marido, que era el presentador hasta ese momento. Dijo, nada más verla, que tenía que ser su mujer. Betty ya había estado casada dos veces anteriormente y de forma breve, pero aquel matrimonio sería el definitivo.
Durante la entrevista le hicieron dar unos pasos de baile, pues en Inside les gusta que los invitados hagan algún alarde, una demostración de alguna de sus facetas. Betty, entre coqueta y sexy, improvisó una melodía contoneándose y haciendo gestos insinuantes con su ropa, mientras cantaba una canción picante. La ovación fue tremenda, y ella le quitaba importancia riéndose y haciendo aspavientos con las manos.
De una de sus series se hizo hincapié en que su papel era el de una señora aparentemente inocentona que, sin embargo, hacía comentarios muy subidos de tono. Betty respondió con otra ocurrencia en la misma línea. Sorprenden sus reflejos, su rapidez mental en las respuestas, la forma como improvisa. Es imprevisible, divertida, hilarante. Parece que su humor sale de ella sin premeditación alguna, como si formara parte de su persona, algo con lo que ha nacido y va derrochando aquí y allá sin apenas proponérselo. En internet he leído una declaración suya en la que afirmaba que cuando hacía algún gag tenía que ser lo bastante divertido como para justificar lo subido de tono de lo que tratara, sino se convertía en algo que podía parecer sucio. Le gusta traspasar los límites dentro de un límite. Lo que demuestra que con sutileza y educación se puede decir casi todo.
Recordar la muerte de su marido o la de sus compañeras en aquella maravillosa e inolvidable serie Las chicas de oro casi hizo que se le saltaran las lágrimas, pero salvó la incomodidad de la situación con un chiste dirigido al presentador, al que preguntó de dónde sacaba tantas tarjetas, y si se las hacía él mismo, como si fuera un niño pequeño y estuviera jugando con ellas. Él las utiliza para seguir el guión.
Cuando le preguntaron por su falta de interés por las redes sociales, contestó que ella cuando era joven no necesitaba pasar toda una tarde hojeando la guía telefónica, directamente iba a ver a sus amigos. En cuanto a la necesidad de encontrar a antiguas amistades, declaró que en su caso, dada su edad, haría falta más bien una ouija.
Betty no conoce el aburrimiento, todo le interesa, de todo se puede sacar partido, cree que algo hay en cada cosa o cada persona de la que se puede aprender, que la mente debe permanecer siempre abierta . Su curiosidad y su interés no tienen límites.
El presentador sacó a relucir su amor por los animales, hasta el punto de que Betty de joven quiso ser dueña de un zoo. Esta pasión permanece intacta.
Quizá el no haber tenido hijos le ha permitido desarrollar una de las carreras más largas y fructíferas del mundo del espectáculo estadounidense. Cuando tuvo que decidir entre criar un bebé o dedicarse a su profesión tomó su decisión, porque ambas cosas a la vez no le parecían posibles, siempre una saldría en detrimento de la otra. Entregada por completo a su trabajo, tiene fama de ser muy puntual y de aprenderse su papel con pelos y señales. A pesar de su edad es capaz de resistir las jornadas de rodaje por largas que éstas puedan ser, y goza cada minuto de su vida intensamente, apreciando lo que le ha sido dado y agradecida por ello. Y no es que su existencia haya carecido de pesares, pero se ha sabido tomar las cosas como han venido, apechugar con lo que tocara, tirar para adelante y seguir viviendo, procurando ser optimista y sabiendo apreciar lo bueno que hay en todo. La suya es una sabiduría enorme de la que ha debido ser poseedora toda su vida. Son de esas personas que tienen como lema vive y deja vivir, y carece por completo de prejucios.
El humor de Betty White es inclasificable. Ella juega con el contraste entre su aire ingenuo y la contundencia de lo que expresa. Cuando suelta alguna de sus perlas, luego se le queda una expresión en la cara como si no entendiera nada, como si aquello superara el límite de su entendimiento, aparentemente corto. Y ese gesto de niña abandonada a las absurdeces de este mundo se queda colgado de su rostro de manera prolongada, mientras su último disparate va haciendo mella en las mentes de los espectadores hasta que estallan en una explosión incontrolada de carcajadas. Porque con Betty no puedes parar de reir, activa algún resorte interno que pone en funcionamiento nuestra hilaridad como pocas cosas lo hacen. Un show con ella es una experiencia irrepetible, una terapia, te limpia por dentro de preocupaciones y penas, y te agota con tanta risa hasta casi dejarte sin fuerzas para nada más.
Todos sabemos que su inocencia es sólo un elemento con el que juega para conseguir sus propósitos. Betty en realidad es muy sagaz, muy inteligente y observadora, se da cuenta de todo, conoce a las personas en pocos minutos, y es capaz de ganarse la confianza y el cariño de quien sea en poco tiempo. Su calidez, su ternura y su bondad son extremas, y todo este conjunto hace que sea una de las pocas figuras públicas que hay actualmente que merezcan el amor y el respeto de todo el mundo por igual. Quién pudiera tener a alguien así cerca, sería como un bálsamo, una preciada joya que atesorar celosamente. Incombustible Betty.
 


viernes, 22 de agosto de 2014

Tenerife (II)

 
Fuimos después al valle de La Orotava, a Pueblo Chico, donde paramos a comer en un restaurante muy curioso, con bancos y mesas alargados, al aire libre, rodeados de vegetación. Uno de los encargados de las comidas nos amenizó el rato tocando una especie de laúd y entonando canciones típicas con una voz suave y profunda. Mezclado con la espesa vegetación del complejo había maquetas de los edificios más emblemáticos de la isla, incluso del aeropuerto y de una zona de playa, con su arena y sus barquitas, en la que se celebraban eventos deportivos. Los lagartos que antes habíamos visto aparecían y desaparecían metiéndose entre la maleza o se paseaban por las maquetas. Estuvimos charlando un rato con la guía cuando acabamos de comer, una chica polaca, Nicola, que había vivido en Francia de niña, estudiado en Alemania, vivido en Malta y desde hace 2 años en Tenerife, donde a las 2 semanas conoció a su novio, un chico uruguayo de origen gallego. Sabía hablar alemán, inglés y español perfectamente, y el francés lo entendía aunque no se atrevía a hablarlo porque hacía mucho que no lo practicaba. Sus explicaciones eran siempre en todos esos idiomas.
Nos contó que el nombre de Canarias proviene de la palabra can, que significa perro, pues los primeros pobladores encontraron muchos al llegar. Nos dijo que tenía muchos climas diferentes, cosa que comprobamos cuando llegábamos a La Orotava y, subiendo y bajando por las montañas, atravesamos zonas de bosque cubiertas por la niebla en las que hacía frío y lloviznaba un poco. Las nubes estaban por debajo del nivel de las montañas, de forma que contemplabas un mar de espeso algodón blanco bajo el que se encontraba el mar azul. Como no se podía ver la línea del horizonte se tenía una sensación de irrealidad, como si los espacios fueran de otro mundo y las referencias estuvieran alteradas. Nicola nos explicó que en Tenerife llovía muy poco, y nevaba 3 ó 4 días al año en las zonas altas, de forma que se podía disfrutar de la nieve y al mismo tiempo descender a las zonas de playa y disfrutar del mar, pues las temperaturas se mantienen todo el año.
Pasamos por Icod de los Vinos, donde nos detuvimos en una tienda en la que podía probar diferentes salsas, todas muy picantes (el mojo picón no me pareció para tanto, a pesar de su fama) y licores, algunos muy ricos. Vendían miel, quesos y objetos hechos con obsidiana, cristal volcánico negro y brillante, para adorno y bisutería. Dando una vuelta por allí pudimos ver un drago milenario, que estaba rodeado por una cinta para que nadie pudiera acercarse. Me hubiera encantado poderlo tocar, si no puedo usar todos mis sentidos cuando conozco algo me parece que no lo puedo percibir en toda su magnitud. Nicola nos explicó que en realidad no es un árbol sino una planta que está hueca por dentro. Su resistencia al paso del tiempo es asombrosa.
Después fuimos a Garachico, que no tiene playas pero que dispone de escalerillas como las de las piscinas para bajar al mar. Un par de bañistas se metieron en el agua y se dejaron balancear por los vaivenes de las corrientes que llegaban a los rompientes. Me pareció peligroso, porque en una de esas no era difícil que te llevaran hacia las rocas, entre las que flotaban como en un desfiladero.
Por último, y fue el que más me gustó, fuimos a Masca, pueblo precioso, pequeño, con muy pocos habitantes, que está enclavado en un estrecho valle rodeado de precipicios. Al frente, como por una rendija no muy ancha, se veía a lo lejos el mar. Nos contó Nicola que en tiempos sirvió de refugio a los pobladores que intentaban protegerse del frecuente ataque de piratas, pues allí no lograban localizar su situación. Los niños, de los que sólo quedaban 3, iban al colegio en autocar a un pueblo cercano, pero en tiempos, cuando no existían medios de transporte, tenían que recorrer a pie varios kilómetros por zonas escarpadas. Masca tenía varios restaurantes, algunos con alojamiento, y pensé que sería un lugar increíble para pasar la noche, con tanto silencio, en medio de la Naturaleza. El que estaba al final del camino tenía una terraza de madera con sombrillas que se asomaba a un precipicio. Era un mirador perfecto desde el que contemplar tanta belleza y disfrutar de la brisa y el sol. Le dije a Anita que las montañas que teníamos en frente, oscuras e imponentes, me parecían irreales, como si alguien las hubiera puesto ahí para impresionarnos y desconcertarnos.
Cuando bordeábamos la serpenteante costa en el autocar Ana se fijó, y es cierto, que las olas llegaban a la costa de manera diferente a como estamos acostumbrados a ver en otros sitios en los que hemos estado. Le parecía como si fueran a cámara lenta, majestuosas, densas, sin apenas espuma.
En la excursión íbamos 50 personas, pero sólo 8 éramos españolas. Los demás alemanes e ingleses. Formábamos un pequeño grupo de mujeres en las que había 2 parejas de madre e hija mayores que nosotras, y dos primas muy gorditas que parecían hermanas por su semejanza. Eran muy charlatanas y aficionadas a las bromas. Venían de Barcelona. Cuando estábamos probando los licores en Icod de los Vinos casi nos ponemos piripis, y con las salsas picantes nos entraban los sudores y nos poníamos de todos los colores.
El viaje resultó excesivamente largo, 9 horas entre paradas y tal. Al final, en el autocar, agotadas, Anita reposaba su cabeza sobre mi hombro y yo mi cabeza sobre la suya. Habría sido mejor que se hubiera dividido en 2 días, pero en fin, así fue.
Durante una de nuestras tardes de paseo cerca de nuestro aparthotel hubo un día que nos alejamos un poco más y, pasando la playa de La Pinta, llegamos a un estrechamiento del paseo desde el que se podía ver una zona de descanso maravillosa si se miraba hacia abajo, junto al mar. Pertenecía a un pequeño hotel que era como una gran cabaña muy fashion. Tenía una terraza sobre el mar con suelo de madera, y más allá una piscina preciosa y tumbonas que eran como camas acolchadas blancas, algunas rodeadas de dosel y cortinas vaporosas, como en los spa. Se llamaba Hotel Jardín Tropical Las Rocas. Anita también se quedó fascinada.
Nos sentamos en una terraza por allí cerca, en el paseo, que daba a una cala que no conocíamos, con buena pinta. Le preguntamos al camarero cómo se llamaba y nos dijo que era la playa del Bobo. Decidimos que iríamos al día siguiente, el penúltimo de nuestra estancia. El camarero se puso a charlar con nosotras, aunque vi que lo hacía con todos los clientes, fueran o no conocidos suyos. Con Ana se deshizo en halagos sobre su belleza y especialmente sus ojos. Era bastante más fino que los tripulantes del catamarán de nuestra excursión, pero a ella no le cayó bien. Le preguntó cuántos años creía que tenía, y él dijo 19. Cuando supo que eran 16 se sorprendió mucho y desapareció, y ya casi no se acercó más. A los del catamarán les debió parecer lo mismo, y supongo que si hubieran sabido su edad real hubieran hecho lo mismo.
Antes de eso al camarero se le había acercado un vagabundo, que ya debía conocer, un señor sexagenario muy flaco con pinta de hippy que hablaba en alemán. El camarero sabía hablarlo perfectamente, así como el inglés. Pero como el señor no debía estar muy bien de la cabeza empezó a ponerse furioso, a gritar y a insultarlo, o eso dedujimos porque lo único que le entendimos fue la palabra “guanche”, que allí debe ser de los peores insultos que te pueden dedicar. También se llaman “chasnero”.  El camarero, como no quería conflictos, se metió muy serio en el bar y no salió hasta que se fue. Nos contó que había perdido a toda su familia hacía 7 años y desde entonces vivía justo debajo de donde nos encontrábamos, en una especie de cueva natural en las rocas, junto a la cala. Comenté que posiblemente pasaría frío en invierno, pero el camarero dijo que allí la temperatura se mantiene todo el año, y que quizá sólo de noche haga un poco más de humedad.
En la playa del Bobo pasamos casi todo el día. La arena era más suave que en las otras playas, y formaba una cala cerrada que le daba un aspecto acogedor. En Tenerife no sentimos nunca el agobio de las muchedumbres, las sombrillas estaban distantes unas de otras y la gente solía comportarse con respeto. En el lado derecho, a lo lejos, vimos la caseta que se había construido el mendigo alemán entre las rocas, unos cuantos tablones y techado pajizo, bastante grande, con cosas que colgaban, de adorno o quién sabe qué.
Compramos unos bocadillos en un restaurante cercano y nos los comimos con mucho gusto. Nunca había comido en la playa, y el hecho de hacerlo así, al aire libre, me encantó. Aquí la marea tenía un curioso comportamiento, pues subió un poco al principio para luego descender a buen ritmo hasta que se encontró bastante alejada de donde estábamos. A Ana se le hizo un poco aburrido tantas horas de playa, pero a mí se me pasó el tiempo volando.
Una tarde Ana quiso alquilarse un scooter, que allí se veían por todos lados, y que era como un patinete con asiento y motor. Yo me alquilé uno de esos asientos motorizados con cestito en el manillar que utilizan los que tienen dificultades de movilidad. Me pareció aburrido porque no alcanzaba mucha velocidad, y además se me quedó el trasero dolorido de tanto ir sentada. A Anita le advirtió el que nos los alquilaba, un alemán afincado allí con pinta de borrachín, que no sabía si el scooter estaba lo bastante cargado, por lo que si se quedaba sin batería le llamáramos, cosa que sucedió al rato de iniciar nuestro paseo motorizado. Ella se decepcionó, porque quería haber alcanzado grandes velocidades. Hubo quien comentó a su paso lo increíblemente largas que tenía las piernas, cuando al principio iba de prisa, melena y vestido flotando al viento.
Mientras estuvimos en la isla corrió una brisa suave que resultaba muy agradable, y la temperatura no subió de 26 grados. Alguien me dijo después que los meses que aquí son de verano allí son de primavera, y que éste no empieza hasta octubre. Me llamó la atención que el cielo y el mar nunca llegaban a tener un color azul intenso como pasa en la mayoría de los sitios, sino que tiraba a gris. También me fascinó la flora, no sólo el drago sino también unos árboles con hojas como helechos y flores grandes y muy rojas, que según he visto en internet se llaman flamboyán “árbol de fuego”. Había hasta al lado de la piscina del aparthotel, cubriendo el suelo con los pétalos que caían como un manto escarlata. Había otros árboles que crecían a lo ancho en la copa, y Anita dijo que eran como los que crecen en África. Al estar a sólo 300 kilómetros del continente negro no es extraño que algunas de sus especies llegaran allí. Los días de más calor nos comentaron que había calima, a causa del viento del desierto africano, y se llegaban a alcanzar los 38 grados, que para los canarios resulta sofocante.
De lo único que nos aprovechamos, con la ventaja de que allí no se pagan impuestos, fue del tabaco, porque alcohol y perfumes no consumimos. Anita dijo que era lógico que hubieran querido beneficiar a las islas de algún modo, para compensar su aislamiento respecto a la península. La estanquera nos comentó que los turistas abrían los cartones y escondían los paquetes de tabaco entre la ropa para burlar el límite de 2 cartones por persona.
Otra costumbre que me llamó la atención fue lo de poner un recipiente para que dejaras propina, como algo que va implícito tácitamente en cualquier servicio. Me parecía un poco como de mendigo. El conductor del autocar en la excursión al Teide o el encargado del comedor en el aparthotel lo tenían siempre a mano. Este último hasta nos terminó poniendo mala cara porque nunca le dábamos. No comprendo cómo una cosa que se debería dejar al libre arbitrio del consumidor termina siendo algo casi obligado, como pasa en muchos países en los que incluso va incluido en el precio.
Me llevé de recuerdo para mí y la familia una pequeña reproducción de un drago, asentado sobre una roca volcánica, con el tronco plateado y las hojas  hechas de trocitos de olivina, mineral volcánico también y de color verde que se encuentra en La Gomera. Ésta se vislumbraba en el mar, en el horizonte, a lo lejos, tras una leve bruma. Anita ya no quiso hacer excursión allí para conocerla y presenciar el famoso silbido gomero porque ya le parecía mucho viaje. Tampoco visitamos Candelaria ni la playa de Las Américas, porque Tenerife parece que no pero tiene grandes distancias de una punta a otra.
Cuando despegamos el día de regreso miré por la ventanilla con la esperanza de ver la isla desde lo alto, ya que a la llegada era de noche y no pudimos ver nada, pero fue en vano: una gran nubosidad lo cubría todo al minuto de haber despegado. Allí las nubes son muy bajas, lo que le da un aire misterioso. Y así fue como desapareció de nuestra vista, rápidamente. El viaje son 2 horas 20 minutos, el más largo en avión que he hecho en mi vida, pues siempre que he volado ha sido a sitios de Europa que estaban a menos distancia. El cambio horario también era molesto, porque aunque es sólo una hora menos te altera los ritmos de comida y sueño.  
En fin, que Tenerife resultó un sitio peculiar, en el que el principal atractivo no son tanto las playas, puesto que las arenas son ásperas y el agua está fría, como los increíbles paisajes y las costumbres de la zona. Un lugar para recordar.


jueves, 21 de agosto de 2014

Tenerife (I)

 
Canarias parecía ser el siguiente paso en mi afán por ampliar horizontes en vacaciones. El año anterior habían sido las Baleares y su Ibiza, y este año, siguiendo los consejos de la amiga que me recomienda sitios y hoteles, fue Tenerife sur, en la costa Adeje.
Y allá que fui con Ana, mi hija, la 2ª semana de julio. Debo decir que si hubo un inconveniente en este viaje fue que desde el primer momento que pusimos el pie en el aeropuerto los hombres no dejaron de fijarse en ella. No es extraño puesto que se ha convertido en una hermosa  mujercita.
Nos alojamos en un aparthotel a 50 metros de la playa. Se llegaba a él por un paseo en cuesta jalonado a ambos lados por unas palmeras increíblemente altas, con un tronco delgado y muy frondosas en la copa. Como cogí una oferta de vuelo y alojamiento la habitación era mala, pero al tercer día nos pudieron cambiar a una mejor por un poco más de dinero. Desde la terraza se veía todo el complejo, con varias piscinas muy azules, zona de chiringuito con techo azul, puesto todo con muy buen gusto, y a un lado el mar. Me gustó mucho cómo estaba decorado el apartamento, pintado en un tono vainilla con techos blancos y adornos, tapicería y colchas en azul cobalto. En el dormitorio había un armario empotrado blanco con puertas de rejilla y ventilador en el techo. Era muy acogedor.
El comedor, muy grande, tenía vigas de madera en el techo y lámparas art decó colgando o sobre las mesas que estaban junto a los ventanales, que daban a una zona al aire libre con mesas en las que también se podía desayunar o comer. Era el sitio a donde íbamos Anita y yo por las noches, después de cenar, porque se estaba fresco y tranquilo. Tenía sillones de rincón muy confortables estilo ibicenco, y unas tumbonas acolchadas en blanco rodeadas por un dosel con cortinas de gasa.
Todas las noches había espectáculo en la sala de fiestas, que estaba allí al lado. Un día actuaron dos chicas vestidas al estilo árabe, que danzaron la danza de los 7 velos y algunas cosas más. Pero el que más nos llamó la atención fue la actuación de una pareja que bailaba flamenco y se cambiaba constantemente de ropa: de pronto desaparecía uno y la otra se quedaba bailando en el centro de la pista hasta que llegaba el compañero que le suplía para irse a cambiar también. Cuando estaban juntos hacían un conjunto bonito. Él era sarasa, pero bailaba con mucha garra. Sonaban diferentes tipos de música flamenca, pero la que más me gustó fue una zambra para la que el hombre se había pertrechado de una gran capa negra con la que hacía florituras en el aire y hasta unos pases toreros como si fuera un capote, que iban muy bien con la melodía que sonaba de fondo, y un amago como de entrar a matar levantando un brazo, cerrando el puño y dejando dos dedos dirigidos hacia abajo, como si clavara el estoque. Ella estuvo muy bien con un cajón flamenco sobre el que se sentó muy espatarrada y al que arrancó acordes acústicos que eran como latidos del corazón pero a lo bestia. Pequeña, con la flor colgando un poco al desgaire a un lado de su cabellera negra recogida en un moño, le echaba mucha pasión a su arte.
El primer día y el último fuimos a la playa que estaba un poco más retirada, Torviscas. Nunca había visto una arena tan oscura, que se mezclada con otra blanquecina. Era áspera y cuando se pegaba al cuerpo o a la ropa lucía escandalosa, como manchas negras, pero se desprendía con gran facilidad, de forma que nunca ensuciamos el apartamento con ella. En la orilla la humedad le confería un tacto como de cuero oscuro y brillante en el que nunca se hundían los pies. El agua, yo no lo sabía, estaba fría, pero al cabo de un rato te acostumbrabas, no así Anita, que se estaba muy poco tiempo a remojo porque le desagradaba. A lo lejos, en un lado de la playa, había unas rocas que se medio sumergían con la llegada de las olas, y donde la gente a veces se subía. Yo me aproximé un día,  pero al notar el agua aún más fría y fuertes corrientes desistí, no fuera que en lugar de subirme a ellas lo único que consiguiera fuera a desollarme viva.
Desde una caseta con mostradores oíamos la voz profunda de un nativo canario que impartía instrucciones a varios empleados distribuidos por varias playas con la misión de alquilar motos de agua, gusanos locos (flotador grande y alargado tirado por una lancha a gran velocidad, y sobre el que los turistas se montaban armados con chalecos salvavidas), y otras muchas atracciones acuáticas. Se enfadaba mucho cuando las cosas no seguían el ritmo debido, y pude comprobar que la dulzura y parsimonia del carácter canario son un mito, porque viendo a otros nativos después cómo se comportaban comprobé que tienen mal genio y se exasperan con facilidad. La única excepción fue uno de los recepcionistas del apartotel, que era sarasa, y que no dejaba nunca de reir y decir cosas agradables. A un grupo de alemanes cuarentones, altos y fuertes, los recibió encantado con un "¡Qué tal ragazzis!". Tenía ese sentido del humor chispeante, dulce y burlón de ciertos homosexuales. Nos decía que le encantaba charlar con nosotras y otras muchas lindezas dichas afectuosamente. Tenía los ojos muy azules, rasgo común a muchos nativos que, por morenos que fueran, lucían ojos de un azul muy claro. Cuando nos fuimos no quería dejarnos marchar. Nos hacía reir mucho con sus bromas.
Playa de La Pinta
Otro día fuimos a la playa más cercana, La Pinta. Allí todo tenía nombres que recordaban a Colón. La cadena de apartoteles en los que nos alojábamos llevaban los nombres de las carabelas, y muchas tiendas y hasta el puerto deportivo se llamaban como el conquistador. Buscando en internet he visto que, efectivamente, Canarias fue el lugar elegido por él para acondicionar sus naves y conseguir avituallamiento. Su huella ha quedado allí por todas partes.
Esta playa era una pequeña cala con una arena más clara y suave. Había rocas en algunos lados en el agua, y cuando nadábamos Ana se asustaba porque le parecían monstruos que permanecían agazapados en el fondo dispuestos a atacarla. Está acostumbrada a fondos diáfanos, y a las algas como mucho, que allí no vi, quizá porque las tormentas son muy fuertes y acaban con ellas. Esta cala estaba cerrada por una línea de boyas que la separaban del puerto náutico, desde el que salían y entraban continuamente embarcaciones. Impresionaba especialmente un catamarán enorme, con los palos llenos de banderitas de todas las nacionalidades, que se movía majestuoso enfilando la bocana del puerto. A pesar de este trasiego no se veía ni rastro de suciedad, ni basuras ni manchas de aceite, nada. Frente a la playa flotaba un conjunto hinchable de colchones y toboganes, al que quise subir hasta que alguien me dió un silbatazo y me preguntó si había pagado. Me disculpé al no saber que había que hacer tal cosa, y cuando quise mirar a un lado Anita, que me acompañaba, había salido pitando, nadando a una velocidad de la que no le creía capaz, hasta casi encontrarse en la orilla, que estaba distante. La vergüenza había sido el motor de su veloz huida, y sobre esto hablamos, pues es una sensación que no es igual para todos. A ella, por ejemplo, no le importa que le llamen la atención una profesora cuando está en clase, pero no soporta verse puesta en evidencia por desconocidos. A mí, sin embargo, me pasa todo lo contrario, me horroriza que me suceda eso en clase o en el trabajo, pero con un desconocido no me lo tomo a mal porque es eso precisamente, alguien que no conozco, y su opinión no me importa en absoluto, incluso tampoco la de algunos conocidos.
Una mañana hicimos una excursión en un catamarán para ver a los delfines y las ballenas. Era pequeño, y la única zona atoldada estaba reservada para los empleados, por lo que me achicharré viva, se me peló hasta la raya del pelo. Ya desde el momento de zarpar 3 de ellos se dedicaron a timarse con Ana y ella, encantada de haberse conocido, les dio conversación. Uno de ellos se la llevó al final de la embarcación con el pretexto de fumar sin molestar. Miré con envidia a una señora extranjera que iba con sus 2 hijas, una de ellas de la edad de Ana, que no fue molestada en ningún momento. Me sorprendió Anita en su desenvoltura con el sexo opuesto, pues yo la sabía muy natural pero no tanto. Desde que fue consciente de su atractivo se siente muy orgullosa del poder que puede ejercer sobre lo masculino, alimenta su vanidad, la hace sentirse mayor, poderosa, aunque en el fondo siga siendo muy inocente para muchas cosas. Ella no va a ligar si no charlar un rato, intercambiar impresiones, y cree que ellos tienen la misma intención. Verme ignorada me pareció una falta de respeto, no tanto por mi hija, que es una cría y sólo quiere divertirse, como por parte de ellos, a los que se veía aburridos de hacer siempre lo mismo y querían salir de sus rutinas. Era evidente que no sabían la edad de Ana, porque no creo que se hubieran atrevido a flirtear con ella. El único que se supo comportar fue el que llevaba el timón, no sé si porque tenía dos dedos de frente o porque no podía abandonar su puesto como los demás. Ya pasó algo así el año pasado en el ferry de Ibiza. Está visto que los lugareños no tienen otra cosa que hacer, y a mí me aburren. Lo único bueno fue que anclamos cerca de una playa y nos pudimos dar un chapuzón durante media hora. Al regresar los tripulantes daban de comer a las gaviotas lanzándoles trozos de pan al aire, que cogían al vuelo, quizá para suavizar la imagen que habían estado mostrando, todo muy ecológico.
Los delfines se veían acosados por varias embarcaciones que, como nosotros, les cercábamos en cuanto se asomaban un poco. Debían estar más que hartos de tanto turista. Por supuesto, no daban espectaculares saltos en el aire muy contentos, como pasa en las películas, pero sí hacían vibrar la cola, algo para lo que, según nos dijeron, no hay explicación. Nos comentaron que en libertad vivían 45 años y en cautividad 26. No me extrañó, qué horror. Ya en alta mar avistamos ballenas, que eran de una especie pequeña, pues los machos medía 7,5 metros y las hembras 5. Tenían una aleta en la cabeza que las asemejaban a los delfines, lo mismo que por su tamaño y color. Igual que éstos, también se vieron molestadas por multitud de embarcaciones. Nos contaron que se alimentaban de pulpos gigantes, que miden hasta 12 metros (el tamaño del catamarán en el que íbamos), y viven a partir de los 2000 metros de profundidad, a donde bajan, los atrapan y suben rápidamente a la superficie para que mueran por efecto de la descompresión. La profundidad de las aguas entre unas islas y otras es muy grande, unos 3500 metros. Mi ilusión habría sido ver ballenas como las que aparecen en televisión, enormes, negras, soltando grandes chorros de agua y vapor y dando algún que otro gran salto de los que hacen levantar pequeños oleajes. Tendré que irme a otras latitudes para contemplar eso.
Si algo me llamó la atención desde el primer momento de Tenerife fue la fisonomía de sus montañas, laderas muy escarpadas que se estrechaban bruscamente en la cumbre, cubiertas por una vegetación pardusca. Rocas enormes y negras dividían unas playas de otras. Me imaginaba cómo debía haber sido la formación de las islas en tiempos remotos, tremendas explosiones volcánicas y un conjunto de lava, gases y fuego emergiendo del océano hasta alcanzar la configuración actual.
Teide
Otra excursión que hicimos fue en autocar, a las inmediaciones del Teide, que es parque nacional, y por todo el norte de la isla. Empezamos haciendo una parada en un bar de carretera donde degustamos el barraquito, típico café canario hecho a base de leche, leche condensada, café, canela, limón y licor. Era muy suave y dulce.
Ya cerca del Teide me sorprendió el volcán porque creía que sería gigantesco, puesto que es uno de los más altos del mundo, pero por lo visto se empieza a contar su altitud a nivel del mar, por lo que lo que allí se ve es sólo la parte más alta. El paisaje en torno era casi fantasmal, enormes extensiones de tierra cubierta por formaciones rocosas negras y brillantes que las hacían intransitables. Me recordaban a los churritos que se hacen a la orilla del mar, esos montones de barro que se deja chorrear de las manos para formar montañas como los edificios de Gaudí.
Por todas partes se veían lagartos, de los que se asustaba todo el mundo. Hasta Anita, que se colocó sobre una roca para que le hiciera una foto, me apremió para que no tardara por si aparecía alguno. A mí me parecen inofensivos, tienen más miedo ellos de nosotros que al revés, en cuanto alguien se acercaba se escondían. También había muchas mariposas cleopatra, que son típicas de Canarias, y son bellísimas.



martes, 19 de agosto de 2014

Carta a Robin Williams

 
Robin, querido Robin. Nos has dejado de forma inesperada, cuando aún esperábamos tantas cosas de ti. ¿Somos quizá egoístas? Queremos exprimir tu jugo hasta la última gota para nuestra satisfacción personal, sin tener en cuenta qué hay detrás de tanto humor y tanta vida.
No es la 1ª vez que se dice que aquel que más hace reir suele ser también el más desgraciado. Detrás del payaso risueño está el payaso triste. La risa a veces es una máscara que uno se pone para disfrazar esa realidad que nos acongoja, que nos da miedo, cuando lo único que queremos es llorar. Pero tú Robin, nombre de héroe de cuento el tuyo, fuiste más allá. Supiste captar como nadie las grandezas y miserias del alma humana, perspicaz observador como eras, y nos las ofreciste en bandeja, como un plato suculento con el que poder disfrutar. Contigo las cosas malas parecían no serlo tanto, le quitabas importancia a lo grave. Tú, que pasabas por la vida a ojos de todo el mundo como si flotaras por encima de los asuntos menos agradables, en realidad estabas atrapado en esa misma ciénaga que querías eludir.
Y sin embargo, Robin, fuiste un arduo guerrero. Trabajaste como nadie para lograr todo lo que te propusiste, y saliste victorioso. Qué sagacidad la tuya para elegir los papeles que interpretaste, los mejores, los que muchos hubieran matado por conseguir. Buenos argumentos, buenos compañeros de reparto, y tu forma de actuar, tan particular, tan distinta a cualquier otra. Cómo supiste llegar a lo más profundo del alma de los espectadores, tocar su fibra sensible y después lucir espectacular, como la estrella más brillante del firmamento cinematográfico.
Solemos decepcionarnos cuando descubrimos detalles de la vida de una figura pública que no se corresponden con la imagen que da. Ahora salen a relucir tus escarceos extramatrimoniales en tu juventud, tus adicciones de las que ya habías hablado públicamente en su momento, y basuras parecidas con las que se suele intentar desprestigiar al que ya no se puede defender. He leído que tu familia está siendo acosada por los medios de comunicación y las redes sociales, a pesar de que han pedido discreción y consideración en este trance en el que los has metido. Por qué será Robin que los suicidas no pensáis en nadie más que en vosotros mismos en la hora de la verdad. ¿Tanta es la desesperación? ¿Tanta la angustia? Salvo el culo y los demás que apechuguen.
Cierto es que has pasado tu vida entregado a los demás, empeñado en hacernos pasar un rato divertido y de paso enseñarnos alguna cosa sobre este mundo en el que nos ha tocado coexistir contigo, para nuestra dicha. Inteligente, sensible, vivaz, un genio delicioso que era de los mejores en lo suyo. Ya te cansaste de tanta filantropía y miraste en tu interior: por una vez lo más importante fuiste tú mismo. Pero no era la 1ª vez que lo hacías. Tantas otras veces te detuviste a mirar dentro de ti y sólo encontraste zozobra. Por eso te refugiaste, como otros muchos han hecho antes, en todo aquello que te daba una ficticia sensación de seguridad y evasión. Drogas y alcohol son la combinación habitual de las figuras del espectáculo, que no pueden con tanta fama y tanta responsabilidad con cada trabajo que hacen, sintiendo que cada vez se espera más de ellos y no van a poder estar a la altura de las expectativas que despiertan.
Tenías miedo, Robin, de defraudar a los que te querían, de la llegada de la vejez que en tu caso fue un tanto prematura por lo poco que te cuidaste, etapa de la vida en la que tantos artistas de Hollywood ven finalizadas sus carreras porque ya nadie les contrata. Así paga la industria del cine a aquellos que tanto la han beneficiado. Tu serie acababa de ser cancelada, aunque tenías películas pendientes de rodar, pero tu visita al médico había dado como resultado un diagnóstico aterrador: el Parkinson. Y entonces decidiste huir. Hay fotos tuyas el día anterior a tu muerte en las que se te ve junto a tu esposa visitando una galería de arte cerca de tu casa. Vestido de negro de los pies a la cabeza, los titulares decían que apareciste “muy delgado y frágil, pero con buen humor”. Eras la sombra de ti mismo, en tu cabeza ya se había trazado el plan que acabaría con tu vida. Estabas muerto de miedo, ese miedo que tantas veces habías representado con algunos de tus personajes era real, no fingías cuando lo interpretabas, sabías perfectamente cómo se siente cuando te invade y no lo puedes controlar.
Y perdiste la cabeza, suicidio por ahorcamiento, en tu casa y con tu propio cinturón. Antes te habías hecho unos cortes en una muñeca intentando abrirte las venas. Qué calvario debiste pasar. Quién ha dicho que es fácil morir. Ayer veía una de las pocas películas tuyas que aún desconocía, Ilusiones de un mentiroso, cuya acción transcurre en el barrio judío alemán durante la 2ª G.M. Macabramente, y por extrañas coincidencias, no paraban de salir ahorcados y alusiones a gente que se suicidaba de esta forma usando un cinturón. No sabía de qué iba la película cuando la empecé a ver, pero me pareció una horrenda casualidad. Quizá se quedó en tu memoria esta experiencia y luego la utilizaste para ti mismo cuando llegó la ocasión. Tu personaje lucía el humor sutil y entrañable de siempre, haciendo que el film resultase bonito, como era habitual en ti, pero aquellos detalles no pudieron pasarte por alto, ni a nosotros. Nunca hiciste ascos a papeles en los que se contaban aspectos crudos de la vida, no hiciste sólo comedias de entretenimiento, pero sabías dar el toque justo, perfecto, para que no se cargaran demasiado las tintas.
Tampoco tuviste pelos en la lengua a la hora de denunciar aspectos de la realidad social que clamaban al cielo. Con tu ironía, tu sarcasmo, tu gamberra desfachatez, tu humor picante, tu desinhibición que tanto he admirado siempre, esa gestualidad y ese lenguaje corporal tuyos que eran el remate a tanta hilaridad, podías decir lo que querías y a buen seguro que hasta los aludidos no podían dejar de reir. Afortunado tú que pudiste realizarte con tu trabajo, que fuiste tan feliz desempeñándolo, que obtuviste reconocimientos de todas clases y el cariño del planeta entero, que ahora te lloramos porque nos has dejado solos. Esperábamos aún muchas más cosas de ti, fuente inagotable de humor inteligente y de ternura. En un mundo como este que nos cerca con su iniquidad, tú eras nuestra tabla de salvación. Pero a ti ¿quién te salvaba?
Decidiste ser tú quien eligiera cómo y cuándo morir, no querías esperar a lo que te deparara el destino. Ya no podías disfrutar con las cosas buenas de la vida, y hasta en la actuación se te notaba como ajeno a tus papeles, incapaz como antes de meterte en situación, de ser creíble, de pasarlo bien y hacérnoslo pasar bien a los demás. No podías remediarlo. Tanta inteligencia y sensibilidad son magníficos por un lado, pero por otro lado son armas que se pueden volver contra uno mismo. No siente lo mismo el que de nada se percata y al que todo le es indiferente que al que le pasa todo lo contrario.
Querido Robin, no empañarán estos últimos acontecimientos el fruto de tu trabajo y tus esfuerzos. Seguirás siempre en el mismo lugar en el que has estado, en nuestro corazón y nuestra mente, en nuestras emociones e ilusiones. Eras, eres, como un niño grande. Aún estás con nosotros. 


martes, 12 de agosto de 2014

La última semana de vacaciones

 
Después de haber pasado una semana en Tenerife con mi hija Ana, como se nos hizo poco fui con ella y con su hermano a Benidorm a pasar otra semana, la última de julio,  con mi familia.
Este año habían alquilado un piso en la planta 14 de una torre de 16 alturas. Era un poco más pequeño que el de años anteriores, pero tenía ascensor, que para mi madre es indispensable, y comodidades a las que hasta entonces no estábamos acostumbrados.
La verdad es que para ser un alquiler de verano estaba muy bien equipado: horno y microondas, lavavajillas, persiana eléctrica en la terraza, piscina. Normalmente la gente amuebla este tipo de sitios con lo que tienen en desuso. Aquí todo tenía sus años pero estaba bien conservado, decorado con mucho gusto. El gran tresillo del salón, en tonos verde pálido, hacía juego con otras piezas diseminadas alrededor. Una multitud de pequeños cojines multicolores realzaba el conjunto. Mesas de hierro y cristal, librería blanca llena de libros. Jarrones y figuras decorativas exóticas y curiosas. Dos baños de mármol con espejo encastrado. Paredes enteladas y suelos de mármol también.
Desde la gran terraza, rodeada de una balaustrada que recordaba la cubierta de un barco, había unas vistas maravillosas. El inmenso mar azul se abría ante nosotros como si fuera a tragarnos, y la arena de la playa se extendía limpia y clara tachonada de infinidad de pequeñas dunas. De noche el espectáculo de las luces de los edificios que, como en un Nueva York increíblemente tranquilo, relucían sin estridencias desde las torres lejanas. La iluminación del hotel Bali, que no sé si seguirá siendo el más alto de Europa, se apagaban justo a las 12 de la noche, empezando poco a poco desde los pisos inferiores, en tramos de  4 alturas, hasta llegar a la parte más alta y estrecha, que se oscurecía de golpe. Ya no exhibe cambiantes luminiscencias de colores, como hacía cuando se inauguró, para impresionar.
Sobre una de las paredes de la terraza había dibujadas tres columnas de señales colocadas a diferentes alturas con una fecha escrita al lado de cada señal y un nombre masculino debajo de cada columna. Son las típicas muescas que se ponen en la pared para comprobar los progresos en el crecimiento de los niños. También había un par de sillas de mimbre pequeñas en el salón y una carpeta con dibujos infantiles, en los que el mar y las sirenas tenían un papel predominante. Dedujimos que en la casa había habido 3 peques, hacía por lo menos 10 años a juzgar por las fechas. No sería extraño que sus habitantes hubieran decidido irse a otro lugar a veranear después de que construyeran las carreteras que hay detrás del edificio, que tienen un ruido constante de día y de noche que impide dormir, dejando la vivienda sólo para alquiler de verano.
Alguna vez bajamos a la piscina del complejo, esa piscina tan azul que miraba siendo niña desde unos edificios aledaños en los que por entonces pasábamos las vacaciones. Quién me iba a decir que con los años terminaría utilizándola. Anita, mi hija, le dio buen uso, pues iba con frecuencia a hacerse sus selfies allí.
Vi a mis padres tranquilos de una manera como no habían estado en mucho tiempo. Será el invierno tan duro que hemos tenido, con la operación de mi madre y sus dos ingresos hospitalarios, que los ha dejado aplacados. Puede que ahora valoren más lo que tienen. Mi hermana y mi cuñado necesitaban las vacaciones más que nadie y en esa última semana en la que estuvimos con ellos se notaban los efectos benéficos del descanso. Mi tía lucía un moreno tropical, como es habitual en ella, y pasaba las mañanas charlando con mi madre en la playa.
Aunque no se puede obviar el hecho de que, en los 40 años que llevo veraneando allí, las cosas han cambiado mucho. Ya no son mis ojos los mismos, ni mi corazón. Siento con nitidez las emociones y la ilusión que entonces tenía, pero soy consciente de que mis circunstancias y mi edad son otras. Difícil es, sino imposible, encontrarse del mismo modo en todas las épocas de nuestra vida. Una semana fue poco para dejarse invadir por el ambiente que en Benidorm se respira y conseguir desconectar de las costumbres y las preocupaciones de siempre, pero lo suficiente como para evocar, como suelo hacer sin que pueda evitarlo, todos los recuerdos del tiempo que he pasado allí. Para todos los que pasen sus vacaciones en el mismo sitio desde hace décadas, ese lugar se habrá convertido en una 2ª casa, una especie de refugio, y formará parte de su alma con un vínculo sentimental imposible de romper.
Tal es así que me descubrí fantaseando con la posibilidad de comprar un apartamento, yo que no tengo nada, ni siquiera la casa en la que vivo. Pero mis preferencias son modestas: no necesito los lujos de los que he disfrutado en los 2 últimos apartamentos por los que he pasado, tan sólo la sencillez y la paz de unos que ocupamos durante mucho tiempo, cerca de los actuales. Quizá fuera porque su disposición es ideal, o quizá porque coincidió con etapas muy buenas de nuestra vida, el caso es que siento que es el único lugar en el que podría sentirme realmente a gusto y que no me importaría poseer.
Las fotos del único que he visto que se vende  en ese edificio están en internet, y me gusta mirarlas de vez en cuando para seguir fantaseando. No tiene la apariencia de aquellos que ocupamos en su momento, porque está decorado de otra manera y reformado, pero su distribución es la misma: una habitación con dos camas, el baño, el pequeño salón con un receptáculo en un lado que es la cocina, y la terraza. Calculo lo que me puede costar al mes teniendo en cuenta el precio. Todo allí es caro. Una hipoteca es una cruz que hay que llevar sobre los hombros el resto de tu vida. En fin, ya se verá.
 
Permanece en mi retina el azul oscuro del mar que se veía desde la terraza del altísimo piso que ocupamos este año, y el verde claro, transparente, del agua cerca de la orilla. A esa altura, las gaviotas planeaban, suspendido su vuelo en el aire por un instante, mientras oteaban el horizonte. Son fascinantes las capacidades de algunos animales, y que sólo los humanos hemos podido emular artificialmente. Quién pudiera contemplar el mundo desde esa posición, con esa armonía y esa seguridad. Cuánta belleza. 


viernes, 8 de agosto de 2014

La tierna edad


Por fin he podido acceder a mi blog al que, como todos los veranos, tengo problemas para entrar siempre que llevo un tiempo sin escribir, normalmente coincidiendo con mis vacaciones de verano. Por más que expuse mi problema en los foros de usuarios no di con la clave de la cuestión, y me tuve que conformar con esperar el milagro, mientras me ardía la pluma, deseosa de empezar de nuevo a lanzar palabras a ese espacio infinito que es Internet. Algún día los que administran Blogger explicarán el por qué de todos estos descalabros. Será la informática en general, que es un eterno misterio para mí.

El fin de mis desdichas literarias, como intuí que pasaría, vino al acceder desde otro ordenador. El portátil de casa está hecho una pena, y desde el trabajo no podía meterme porque me he cambiado nuevamente de ministerio y han tardado un tiempo en tener disponible el sistema informático en mi nuevo puesto. Desde él parece que se acabaron las complicaciones, de momento.

El despacho en el que me encuentro ahora nada tiene que ver con otros que he dejado atrás. Luminoso, ventilado y refrigerado, silencioso, con la fragancia al agua fresca de colonia que una de mis compañeras pulveriza con un fru-frú que hay siempre sobre su mesa para dar buen ambiente, es como estar en un pequeño paraíso en medio de la mugre general de la Administración, en la que los buenos sitios suelen estar reservados a los jefes. Cosas como las que he mencionado antes, que parecen nimias, son para mí importantes, pues en un lugar como el centro de trabajo donde se pasan tantas horas un mínimo de salubridad no creo que sea pedir mucho.

¿Y sobre qué se me ocurre escribir? Sobre la tierna edad, por ejemplo. He cumplido 48 años a finales del mes pasado y lo he celebrado con una indiferencia de la que nunca llegué a creerme capaz. Al contrario que hace unos pocos años, que se me hizo un mundo, ahora sin embargo ya no le doy importancia. Es cierto que el paso de los años se notan en las molestias de salud, pero en mi caso en lo que más lo percibo es en la actitud de los demás. Cada vez más gente me llama señora cuando me atienden en un sitio, y si algún treinteañero quiere flirtear comigo, ya que debo tener puesto en la frente el cartel de "me gustan jóvenes", reclamo ineludible, no tarda en hacer alusión a su madre.

Comentaba precisamente hace poco en un blog que sigo, cuando trataron este tema, que "puede que la edad sea una actitud mental, y eso contribuye a que el resto del cuerpo se conserve vigoroso. Yo cuando cumplí 43, hace casi 5 años, me pareció que de repente se me venía le vejez encima, lo encontré una cifra tremenda, no sé por qué. Se supone que debemos estar agradecidos porque la hemos contado, pues muchos se quedan antes por el camino, pero no deja de producirme cierto desaliento y estupor el hecho de envejecer, cuando no desasosiego. Hasta ahora era sólo espectadora, ahora soy protagonista de esa película de ancianidad que veía en los demás, o al menos en sus comienzos. Qué vendrá después..."

Y para colmo escuchaba el otro día en un programa humorístico de televisión que suelo seguir que cuando se cumplen años "o te atocinas o te amojamas". Lo decía con mucha gracia Ramón Arangüena, ese periodista y humorista que tiene cara de pánfilo pero que posee un gran ingenio, y que ya es cincuentón (cómo pasa el tiempo... para todos).

Será la transformación que sufrimos en este proceso, que escapa a nuestro control, o quizá el instinto de conservación lo que hace que temamos la vejez, porque significa la proximidad del fin, aunque sea ley de vida. Hay leyes que tenemos que acatar pero para las que no cabe la resignación. Habrá que dejarse llevar, fluir como decía Bruce Lee, ser como el agua, transparente, moldeable, fresca...
 
 
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