jueves, 31 de diciembre de 2009

Los Reyes Magos de Oriente




Desde hace unos años hay una reñida competición entre nuestros Reyes Magos y Papá Noel, una rivalidad que parece orientada al terreno comercial más que al sentimental, que quiere acaparar nuestros bolsillos más que nuestros corazones.
Y son dos tradiciones navideñas bien diferentes: mientras que los tres Reyes de Oriente están entroncados con lo más profundo y sagrado de nuestras raíces cristianas, Papá Noel aglutina diversas procedencias en forma de leyendas, todas muy bonitas, que terminan confundiéndose unas con otras.
Aunque Santa Claus se arraigó firmemente en Norteamérica es, como casi todas las cosas que les son características allí, procedente de otras culturas, un personaje de origen europeo llevado por los emigrantes holandeses que poblaron aquellas tierras en los albores de la nación.
Nosotros hemos hecho nuestros a los Reyes Magos cambiando algunas de las peculiaridades que les son propias según el país de Europa en el que se celebren las Fiestas.
No recuerdo haber vuelto a tener nunca tanta ilusión por nada como cuando mi hermana y yo nos acostábamos en Nochebuena para levantarnos al día siguiente y ver todos los juguetes que habíamos pedido colocados en la mesa camilla del cuarto de estar de casa. Aquellos Reyes Magos que tantas veces imaginé entrando por la ventana del salón eran los mismos que estaban allí representados, en el Belén que entre todos colocábamos, montados en sus camellos y acompañados por pajes. Qué expectación debió producir la llegada de unas personas tan lujosamente ataviadas y cargadas con tan valiosos regalos en medio de un pequeño y modesto pueblo como aquel. Nunca puse en duda su autenticidad, como la de ninguna otra cosa extraordinaria y milagrosa que las Sagradas Escrituras nos han enseñado a conocer y respetar. No fui de esos niños que todo se lo cuestionan, que son sin duda más racionales de lo que yo fui, porque me parecía que pensar demasiado en ello era como negar su veracidad.
Mi padre se encargaba de la lotería en su trabajo, antes de jubilarse, y hacía participaciones para los compañeros en las que incluía las siluetas en negro de los Reyes de Oriente montados en sus animales y con alguna palmera adornando el paisaje. La iconografía navideña, tanto si se trata de Papá Noel como de los Reyes Magos, es siempre hermosa.
Pero olvidamos en estas fechas la verdadera esencia de la Navidad, la Natividad, el Nacimiento, la llegada al mundo en precarias condiciones de un niño distinto a todos los demás, destinado, como el cordero cuya existencia sólo tiene sentido en función de su sacrificio final, a morir como víctima propiciatoria y redentora de la Humanidad.
Por eso no me canso de ver “Ben Hur”, sobre todo las escenas en las que el protagonista tiene contacto con Jesús en diversas etapas de su vida, el cual nos es presentado como una figura imponente y majestuosa, siempre de espaldas, pudiendo sólo ver la reacción de sobrecogimiento y veneración que provoca en los que lo miran. Y sobre todo las maravillosas palabras de Baltasar, que lo vió recién nacido y ahora lo sigue en su andadura entre los hombres, dispuesto a escuchar Su Palabra y a sentir la renovación interior que provoca. Judá Ben Hur dice, cuando oye a Jesús implorar a Dios Padre desde la Cruz el perdón por los que le martirizan porque no saben lo que hacen, que es increíble cómo aún en esas circunstancias no tenga deseos de venganza. “Y su voz arrancó de mi mano la espada de mis venganzas”.
Cuántos podrían hacer lo mismo hoy en día, desistir de guerras y odios antiguos y empezar el Año Nuevo con amor y bondad. Recuperemos la forma de vida tan sencilla que Jesús nos transmitió, en la que con pocas cosas se alcanzaba el estado más perfecto del alma. Lo imagino en su casa, comiendo en una escudilla sobre una modesta mesa de madera, ayudando a sus padres en sus labores, conviviendo con sus vecinos, siendo nada más que un ser humano. Es tan importante y significativo el momento de su nacimiento que hay un antes y un después de tal suceso, es una fecha que ha marcado el calendario y dividido las épocas en relación a su aparición en el mundo. El tiempo y la Historia quedaron señalados por aquel acontecimiento sin precedentes. Cada año nace en nuestros portales de Belén para nosotros, cada año los Reyes Magos de Oriente recorren un largo camino para ofrecerle ricos presentes y dejar a los niños regalos. Ellos nos pertenecerán para siempre.

Bánguela




Sin duda lo que más alimentó la imaginación de los niños de mi generación fue la televisión. Cuando nací la gente empezaba a comprarse aquel curioso aparato en el que salían imágenes nunca antes vistas, y pasó a ser un elemento importante en el hogar. Aunque por entonces se emitía en blanco y negro, sólo había dos canales y durante unas cuantas horas al día, era una puerta abierta al mundo. Las noticias destacadas ocurridas en cualquier parte del planeta eran conocidas casi de inmediato y sin moverse de casa.
La imaginación también estuvo antaño estimulada por los cuentos, algo que los niños de ahora casi no conocen o no saben apreciar. A mí nunca hizo falta que me leyeran uno cuando me iba a la cama, los leía yo misma. En ellos, cómo no, los buenos son injustamente tratados y sufren bastante hasta que un poder mágico ajeno a ellos les saca del aprieto y les proporciona felicidad. Se mostraban las miserias humanas (pobreza, esclavitud infantil, orfandad), con el fin de que supiéramos apreciar la diferencia respecto a la situación privilegiada en la que vivíamos, para que nos diéramos cuenta de la diferencia y la valoráramos, además de exaltar valores como la bondad, la generosidad, la sinceridad, la valentía y toda una amplia gama de cualidades.
Hoy nadie se pone en el lugar de nadie, quizá por la costumbre de ver mezquindad y atrocidades en todos los medios de comunicación, que hace que se conviertan en hechos nada extraordinarios y sí muy familiares. Nos hemos vuelto más egoístas, y los valores tradicionales que nos fueron inculcados en nuestra infancia parecen ir desapareciendo gradualmente en medio de una marea de escepticismo y materialismo sin precedentes.
Casi siempre somos las mujeres, creciditas o aún pequeñas, las protagonistas de todas estas historias: Blancanieves mordiendo su manzana, la Cenicienta con sus zapatos de cristal, la Bella Durmiente echando un sueño de cien años…
A veces eran los chicos el centro de todas estas historias, como Enriquete el del Tupete, que era deforme, o Peter Pan, que tenía pensamientos alegres para poder volar.
En cualquier cuento que se precie tienen que aparecer siempre las hadas, porque si no crees en ellas entonces no nos consiguen esos pequeños grandes milagros, y porque si no se apagaría su luz.
En mi juventud se pusieron de moda las películas de duendes del bosque, unicornios, trasgos, troles, estanques cristalinos en los que se reflejaban tímidos rayos de sol en medio de una muy verde y húmeda vegetación, junto a los cuales siempre había alguna hermosa princesa de largos cabellos y ropajes vaporosos.
Pero son los relatos protagonizados por los niños los que verdaderamente consiguen hacer volar nuestra imaginación. Últimamente me ha encantado una película, “La princesita”, con imágenes llenas de luz y color y una atmósfera envolvente, en la que la niña protagonista se duerme soñando con que el viejo y sucio desván donde es obligada a vivir se llena de lujosas telas procedentes de la India, su cama se cubre de sábanas y cojines de raso, y una gran mesa la espera, a ella y a su también desafortunada amiguita, junto a un gran balcón con todo tipo de manjares que saciarán el hambre a la que su pobreza les ha conducido. Y así es en cuanto se despierta a la mañana siguiente. Nada como desear algo con fuerza para hacer que se convierta en realidad.
Ahora han hecho una versión cinematográfica del cuento de navidad de toda la vida que leía yo en mi infancia, aquel en el que Mr. Scrooge no paraba de decir “paparruchas” ante cualquier cosa que se le mostrara, llevado por un escepticismo radical que ya por entonces me desagradaba mucho. Promete ser interesante, aunque mis hijos ya no quieren ir al cine para ver este tipo de películas como hacían hasta hace no mucho, porque se supone que se han hecho mayores y esos temas les aburren.
¿Es posible que a partir de cierta edad puedan aburrir los cuentos fantásticos que hacen volar la imaginación?. No sólo eso, si no que los niños ahora casi no saben jugar. Todo se les ofrece sin que tengan que hacer esfuerzo alguno: las muñecas hacen todas las cosas mecánicamente, y los videojuegos ponen a prueba los reflejos, son ejercicios de habilidad, no de a ver quién puede llegar más lejos haciendo uso de su imaginación.
Mi hermana y yo jugábamos casi sin juguetes, aunque los tuviéramos, sólo con historias que nos inventábamos, casi siempre las mismas, y de las cuales nunca nos cansábamos. Vivíamos aventuras tan reales que era como ponerse una de esas gafas que te permiten ver mundos virtuales, nos evadíamos por un buen rato de la realidad sin apenas esfuerzo, nos movíamos en parajes y situaciones que sólo existían en nuestra imaginación y que constituían nuestro universo único, particular, sólo nuestro, al que nos sentíamos transportadas siempre que queríamos. Y así ha sido siempre cuando se es niño, así debe ser.
En la edad adulta confieso que carezco casi por completo de imaginación, pero siempre he tenido tendencia a viajar con la mente, sin proponérmelo, a lugares lejanos hechos con un poquito de todo lo que he visto o leído. Esto me ha permitido eludir el aburrimiento y la mediocridad que hubiera alrededor.
Por eso me gusta decir, cuando quiero conjurar a la imaginación y todo lo que eso lleva consigo, aquella palabra que los Niños Perdidos gritaban cuando Peter Pan hacía algo que les gustaba: “bánguela”.

martes, 22 de diciembre de 2009

Piratas


Este verano instalé en el ordenador de mi hija el programa eMule, porque debía ser yo de las pocas personas que aún no se descargaban películas y música de esta manera. Pero una vez dentro de él, ya no pude entender su funcionamiento, y seguramente que es sencillo. Ahí se ha quedado el intento, en una cabeza de mula que aparece en la parte inferior izquierda de mi ordenador para recordarme que si alguien merece ser llamado mula, asno o cualquier otra cosa parecida, esa soy yo, por incapaz. Un cabeza que tampoco he querido eliminar porque la verdad es que adorna mucho, aunque ignoro por qué se eligió semejante símbolo para identificar una cosa como ésta.
Y ahora pienso con el tiempo, y teniendo en cuenta el panorama de actualidad que tenemos, que participar de algo ilícito sólo porque lo haga todo el mundo, además de absurdo, iría en contra de mis principios, los pocos que me quedan. Una vez me explicaron cómo funcionaba: es un intercambio de archivos. Lo que yo quiero descargar es buscado en otro ordenador, y a su vez cualquiera puede buscar en el mío lo que le haga falta, o algo así. Visto de esta manera no parece un robo, es pasarnos copias unos a otros de algo que nos gusta. El problema radica en que no se trata de un grupo de amigos que comparten aficiones, sino de una enorme masa de millones de personas que hacen réplicas masivas de un determinado producto.
Cuando alguien rueda una película o edita un disco no lo hace sólo para disfrute del público y para divulgar su obra en la sociedad. Ese esfuerzo tiene un precio, porque nadie trabaja o no se puede permitir el lujo de trabajar por amor al arte, y menos poniendo dinero de su bolsillo. Tampoco se trata de que una determinada industria se enriquezca a nuestra costa, pero va a ser difícil que se abaraten los precios de esos productos cuando cada vez menos gente los compra, antes al contrario, terminarán desapareciendo porque ya no serán rentables.
Cuando digo que no deseo piratear nada me suelen mirar como si fuera poco menos que una retrasada mental: buena gana gastarse el dinero cuando lo puedes tener gratis. En este mundo de telebasura, de contratos basura, de piratas auténticos que asaltan barcos pesqueros para robar a los desgraciados trabajadores del mar, todos parece que nos tenemos que sumar a esa basura colectiva en la que últimamente está muy de moda hozar, todos podemos ser piratas de cualquier cosa que se nos antoje.
Y es que hay muchas formas de navegar, en Internet lo mismo que en el mar: o vamos como simples viajeros que desean conocer otras latitudes, o vamos en barcos corsarios dispuestos a tomar al asalto aquello que se cruce en nuestro camino. Nunca ha habido peores piratas que los que existen ahora, ni siquiera en los tiempos de los del parche en el ojo y la pata de palo. Ahora navegan en la red seres de la más baja estofa dispuestos a ofertar y a demandar pornografía infantil, drogas, armas y todo lo que no es simplemente ilícito sino incluso execrable. Lo de bajarse películas y canciones casi es lo de menos. Las salas se siguen llenando con cada estreno, por mala que sea la película, basta que trabajen actores de moda o el tema sea lo bastante truculento. Films que han sido rodados con bajísimos presupuestos ven multiplicadas por diez sus ganancias en cuanto su dudosa factura logra conectar con el mal gusto imperante.
Con la música pasa lo mismo: las grandes bandas y los solistas se las arreglan haciendo maratonianos circuitos por medio mundo para dar conciertos. Estrellas de toda la vida como Barbra Streissand se pueden permitir la osadía de vender entradas a precios millonarios porque sus recitales son contados y exquisitos, y saben que siempre van a llenar. Cuando figuras encumbradas deciden seguir dejándose la piel sobre un escenario ofreciendo su arte en vivo, no lo hacen movidos exclusivamente por el deseo de mantener el contacto directo con el público, pues llevan media vida haciéndolo y lo único que querrían muchas veces es poder tirarse en un sillón y descansar, disfrutando de las rentas que sus obras les reporten. Lo hacen porque no les queda otra, porque la venta de sus discos ya no es suficiente para mantener su status: siempre habrá piratas que se queden con lo que es suyo. Ese es el premio que por lo visto pueden esperar a su trabajo.
Por eso yo ni voy a bajarme nada ni voy a comprar a los negritos en la calle nada, que al final el pirateo es también un negocio pero del que se benefician sólo los infractores. Nuestros bolsillos se pueden permitir el lujo de poder mantener limpias nuestras conciencias.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Con una pastilla



Hoy en día en una farmacia puedes encontrar remedio para todas las cosas que uno pueda imaginar. Ya no se venden sólo medicinas para aliviar dolores, insuficiencias e impotencias diversas. Hace poco cogí un pequeño folleto de un mostrador en el que una pastilla, Afran, garantizaba la recuperación de la ilusión. Es un medicamento hecho con pistilo del azafrán, del que desconocía que tuviera estas cualidades. El citado folleto la verdad es que no tiene desperdicio y, bajo un rimbombante rótulo en rojo en el que se puede leer “Recupera la ilusión”, seguido de unas fotos de las pastillas en cuestión, viene a decir algo así como “eficacia demostrada para combatir el impacto emocional que producen determinadas situaciones tales como problemas laborales, familiares o de pareja, baja autoestima, estados de tristeza y melancolía, sensación de hundimiento personal, alteraciones debidas a situaciones de ansiedad y estrés”. En otra parte del folleto dice que es recomendable para cambios leves o moderados del humor, con o sin manifestaciones psicosomáticas, producidas por alteraciones psicofuncionales, irritabilidad, estados de tristeza o euforia, melancolía, alteraciones cíclicas del estado de ánimo, intranquilidad, desasosiego, estados tensionales vitales por sobrecarga laboral y/o intelectual, disminución de la capacidad de concentración. También especifica cuales pueden ser los factores predisponentes o desencadenantes: situaciones afectivas conflictivas (rupturas sentimentales y/o separación del entorno familiar), conflictos emocionales por autoaceptación (alteraciones de parámetros corporales), cambios del entorno geográfico o sociocultural, alteraciones del sueño, actitudes hipocondríacas. Con unas pastillas como éstas no van a hacer falta psicólogos ni cruceros de evasión. Tan sólo menciona la depresión cuando alude a algunas revistas científicas que avalan su eficacia, todas en inglés.
De todas maneras bien está que en estas fiestas navideñas alguien se acuerde de devolvernos lo que el resto del año no hacemos más que perder, a base de azafrán o con lo que haga falta.
Las farmacias hoy en día han dejado de ser simples boticas para convertirse en almacenes donde se puede encontrar todo un mundo de accesorios para la belleza, para el bebé, bastones para los mayores, y artilugios más propios de un bazar que de un sitio donde se deberían vender nada más que medicinas. En la última a la que acudí me regalaron como detalle navideño un caramelo acompañado de un calendario y de una ampolla rejuvenecedora lista para quitar las arrugas. Alguna tengo, pero no las suficientes como para darles importancia.
Habrá que acudir a las farmacias como si fuéramos a un templo sagrado o a un lugar milagroso al que peregrinar. Siempre tendrán algo para nosotros, aunque no nos haga mucha falta, el caso es llevarse algo.
Todo el mundo parece ser la panacea de cualquier mal que nos aqueje. En una propaganda que me metieron en el buzón hace poco se anunciaba un centro que ofrecía sus servicios para la desintoxicación de drogadictos como si de una clínica de estética o un fitness se tratara. Ahora el mono se puede pasar con masajes, sauna y gimnasia: el sudor ayuda eliminar toxinas, sean de la clase que sean.
Con que ya sabemos, cualquier problema se puede aliviar con pastillas. Pero no nos van a curar, no nos engañemos: la eliminación de los males del alma empieza por desentrañar las causas que lo originan y atajarlas de raíz, lo mismo que pasa con los males del cuerpo. De momento nos conformaremos con la pastilla.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Winston Churchill


Cuánto se ha escrito sobre Winston Churchill, cuánta controversia ha originado siempre su figura, encumbrado por unos, denostado por otros. Fue sin duda cualquier cosa menos alguien convencional.
Descendiente de aristócratas, su padre era bebedor y mujeriego, amante de la política. Su madre estaba entregada a la vida mundana y nunca se ocupó mucho de sus hijos. Winston fue a varios internados, en los que raramente era visitado por su progenitora, a la que adoraba y a quien escribía cartas frecuentemente pidiéndole que le visitara o que le permitieran viajar para verla.
La indiferencia de sus padres marcó su infancia y le causó una desolación en el alma que ya nunca desapareció. Quizá fue la semilla de lo que luego sería su tremendo carácter, su fuerte personalidad, su determinación, su voluntad de seguir adelante pese a tener todo en contra.
En el internado de Harrow era regularmente castigado por su deficiente trabajo y su falta de dedicación. Carecía de motivación. Tan sólo el idioma, las matemáticas y la Historia le entusiasmaban. Fue campeón de esgrima.
Decidió no ir a la universidad y, con 21 años, se enroló en el ejército colonial de la India. Su pasión eran las grandes batallas. Desde aquel momento hizo todo lo posible por participar en todos los conflictos bélicos que tuvieran lugar en el mundo.
Empezó a escribir para un periódico y, como corresponsal de guerra, fue a Cuba para cubrir los combates de las colonias con los españoles. Dicen que en esa época se aficionó a los puros y la siesta.
También tenía tiempo para la vida mundana. En Nueva York fue presentado en sociedad por uno de los amantes de su madre.
Luego fue a la guerra anglo-bóer, siendo capturado y enviado a un campo de prisioneros, del que consiguió escapar.
Más tarde decidió dedicarse a la política, en el partido conservador. Dicen que la 1ª vez que ocupó su sitio en la Cámara, se sentó detrás de un viejo diputado conservador, miró al frente, donde estaban los laboristas, y preguntó en voz alta: “¿Así que aquellos son nuestros enemigos?”. El veterano político sonrió y dijo: “No, no, qué va, hijo, qué va. Aquellos de allí son nuestros adversarios, a nuestros enemigos los encontrarás atrás”.
Como en aquel entonces los parlamentarios no tenían un sueldo, y Churchill carecía de fortuna, dilapidada por los excesos de su madre, gracias a su extraordinaria oratoria consiguió recaudar muchos fondos para la causa.
Pronto se dio cuenta de que algunas de las líneas de pensamiento del partido no cuadraban con su forma de pensar, por lo que tuvo muchos enemigos entre sus correligionarios. En una ocasión, mientras estaba haciendo uso de la palabra, sus compañeros se retiraron del hemiciclo. Más tarde, durante un receso de las sesiones parlamentarias, cruzó la sala y se sentó en la bancada de los liberales.
Las anécdotas ocurridas durante sus intervenciones se cuentan por docenas. Una vez una diputada de la oposición interrumpió su discurso para decir: “Sr. Ministro, si Vuestra Excelencia fuera mi marido, ¡yo pondría veneno en el café!”, a lo que Churchill contestó quitándose los lentes con mucha calma: “Y si yo fuese su marido, me tomaba ese café”. Otra diputada le interpeló también en otro momento: “Señor, usted está borracho”. Él le respondió: “Señora, usted es fea. Mañana yo estaré sobrio”.
Cuando los liberales llegaron al poder fue nombrado ministro de asuntos internos, y como tal su actuación fue muy criticada, especialmente en el llamado “Sitio de Sydney Street”, donde se le fotografió viendo desde una esquina la batalla entre unos anarquistas que habían tomado el edificio y la guardia escocesa. Un incendio estalló en el edificio y Churchill se negó a llamar a los bomberos, forzando a los asaltantes a elegir entre la rendición o la muerte.
Como Primer Lord del Almirantazgo se le culpó del desastroso desembarco de Gallípoli, en el que murieron muchas personas, lo que le valió el sobrenombre del “Carnicero de Gallípoli”.
Los conservadores exigieron su degradación en el gabinete, por lo que ocupó un ministerio sin cartera, y posteriormente dejó el gobierno. Decidió volver al ejército mientras duró la 1ª Guerra Mundial.
Tras ella volvió a la política y de nuevo al partido conservador. Sus medidas como ministro de hacienda fueron muy polémicas. En la huelga general de 1924 sugirió utilizar ametralladoras contra los mineros huelguistas.
Fue ésta una época de intensa actividad literaria, pues escribió algunos de sus mejores libros, tanto autobiográficos como históricos. Esta afición tenía como fin mantener su lujoso nivel de vida, pues la fortuna familiar era escasa y había tenido pérdidas a causa de algunas malas inversiones que hizo. También pintaba cuadros, algo que le servía para relajarse.
Alertó, sin que nadie le escuchara, del peligro de Hitler.
Durante la 2ª Guerra Mundial, nombrado Primer Ministro, en su discurso inicial pronunció la famosa frase “No tengo nada que ofrecerles que no sea sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo”.
Los rusos le pusieron el sobrenombre del “Bulldog británico” por su voluntad de enfrentarse al peligro visitando los frentes de batalla.
Estableció sólidas relaciones con Roosevelt, lo que aseguraba el envío de suministros vitales desde EEUU al Reino Unido. Juntos discutieron la estrategia de la guerra en numerosas reuniones, y la Declaración de las Naciones Unidas. Cuando acabó diseñaron, junto con otros dirigentes, un nuevo mapa del mundo.
DeGaulle le dijo una vez: “Ustedes los ingleses sólo pelean por el dinero, deberían aprender de nosotros los franceses, que luchamos por el honor y la dignidad”. Él le replicó: “Bueno, cada quien pelea por lo que le hace falta”.
En 1951 fue elegido nuevamente Primer Ministro. Sus medidas para restringir la llegada de inmigrantes procedentes de la India fueron muy criticadas. Se enfrentó además a levantamientos en las distintas colonias inglesas, que siempre aplastó militarmente.
La 1ª vez que vio a Gandhi dijo: “¿Quién es ese vagabundo que está en el hemiciclo?”.
En 1953 fue Premio Nobel de Literatura por sus obras históricas y biográficas, y su brillante oratoria.
En la vejez luchó contra la depresión, mal que le había aquejado durante la mayor parte de su vida. Siempre fue un hombre de salud muy delicada, aquejado de múltiples dolencias que consiguió superar gracias a su enorme vitalidad.
Su funeral fue la reunión de jefes de Estado más grande habida, sólo repetida con el fallecimiento del Papa Juan Pablo II.
Winston Churchill nos dejó como legado un cúmulo de aciertos y fracasos que influyeron decisivamente en los destinos del mundo. Vislumbró antes que muchos las posibilidades económicas de las explotaciones petrolíferas, y en época de guerra contribuyó a la introducción del tanque. Se cuenta que su prodigiosa memoria le permitía repetir, palabra por palabra, toda una conferencia o una obra de Shakespeare.
En el terreno familiar fue padre de una numerosa prole, aunque con su único hijo varón no tuvo buenas relaciones porque heredó los vicios de sus ancestros.
Con los años ha quedado en nuestra mente la imagen de un hombre rechoncho que, con aire burlón y fumándose un gran puro, apareció retratado junto a las personas más importantes del momento durante varias décadas. Fue un hombre drástico en sus decisiones, propiciaba ciertas situaciones dejando a un lado los escrúpulos si lo creía necesario. Era un monárquico a ultranza que consideraba a su país un imperio más que una simple nación. Inteligente, con un gran sentido del humor, vital.
Un hombre singular.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La estrella de papá




Mi madre contó en un estupendo relato hace unos años, y que tituló “La estrella de papá”, su paso por el internado femenino de monjas Mª Cristina, que se ubicaba tiempo atrás en Aranjuez, y que estaba destinado mayoritariamente a huérfanas de militar.
Al perder a su padre, cuando tenía ella 14 años, fue enviada interna a aquel colegio junto con su hermana, y allí pasó sus años de adolescencia. La disciplina era muy severa, y más a mediados de los 50, cuando ella ingresó. Se alternaba el estudio y la oración, y se procuraba mantener a las niñas ocupadas desde por la mañana temprano hasta bien entrada la noche.
La jornada empezaba a las 6 de la mañana, lo cual era especialmente duro en invierno, pues las tuberías se congelaban con las heladas y la calefacción prácticamente no se notaba. Dormían en salas grandes, muy parecidas a las que aparecen en “Harry Potter”, y tan sólo las monjas tenían una cortina alrededor de su cama para preservar su intimidad. Se aseaban y, antes de desayunar, había misa y comunión.
En clase no se podía oir ni una mosca, y tan sólo cuando la monja encargada del aula se ausentaba en un momento dado, o simplemente se quedaba dormida sentada a su mesa mientras vigilaba su estudio, era cuando las niñas se permitían alguna expansión. Mi madre era famosa por sus imitaciones de las monjas, pues algunas eran muy peculiares.
En el recreo tenían que estar jugando o practicando algún deporte, no estaba permitido que permanecieran paradas ni formando corrillo. Este tiempo de descanso era obligado, y tan sólo prescindían de él cuando se las castigaba o tenían que estar en la enfermería por alguna indisposición. A mi madre la castigaron en una ocasión, injustamente según parece ser, y tuvo que estar encerrada en clase. Sintió tanta rabia por lo injustificado de la situación que le pegó una patada a una papelera y su contenido salieron volando por los aires.
A la hora de comer las normas de comportamiento en la mesa eran muy estrictas: jamás se podían usar los dedos, hasta el punto de que las patatas fritas a la inglesa también debían ser comidas con tenedor. Mi madre, cuando servían algún plato que no le gustaba, se las arreglaba para hacer creer a la monja encargada de turno que tenía algún tipo de alergia alimentaria y que se ponía malísima si ingería aquella comida. Siempre salía ganando, pues en lugar de unas espinacas o un filete de hígado le ponían entonces un trozo de pescado o un buen filete, para admiración de sus compañeras, que no se atrevían a tanto.
Había que tener cuidado en mostrar la indisposición adecuada, porque si no te mandaban a la enfermería y te tenían un tiempo sólo a base de aceite de ricino.
Si alguna compañera estaba inapetente, allí estaba mi madre para comerse lo de ella, pues el plato debía quedar vacío.
Sólo se podía mandar la ropa a la lavandería cada cierto tiempo, y entonces cada una se las tenía que arreglar para quitar sus manchas, porque cuando se pasaba revista por la mañana (como en el ejército) debían estar impecables, de arriba abajo, zapatos incluidos. Si no era así se las sancionaba y podían quedarse sin salir el fin de semana.
Las sanciones se producían por la más mínima cosa, desde una contestación que una monja creyera poco adecuada, hasta una falta de corrección en la mesa, de puntualidad, de rendimiento escolar, de limpieza, etc.
El baño completo era sólo de vez en cuando, por lo que solían asearse por partes.
A veces veían películas de moda en la sala de proyecciones, aunque las monjas tapaban el proyector en las escenas amorosas, a modo de censura. También les ponían documentales con las misiones en África. Que una niña apadrinara un negrito estaba muy bien visto por parte de las monjas, pero como decía mi madre el dinero que había en su casa no sobraba como para hacer caridades ajenas. Las niñas más pudientes sí se lo podían permitir, por lo que estaban más consideradas. Había mucho clasismo.
También solían salir por Aranjuez, siempre en fila de a dos y vigiladas por las monjas. Sus uniformes con sus capas y sus boinas ladeadas llamaban la atención. A mi madre no le gustaban mucho esas salidas, porque en invierno pasaban mucho frío y en verano se asaban de calor y, muertas de sed (les daban para merendar un bocadillo de sardinas) no encontraban casi fuentes públicas para poder beber un poco de agua.
La jornada terminaba con una hora de estudio por la noche, hasta las 11, en la que se le cerraban los ojos por el cansancio de todo el día, y lo único que quería era irse a dormir.
En ocasiones representaban obras de teatro, pues disponían de un gran escenario y un abundante atrezzo. Las alumnas con apariencia menos femenina solían ser elegidas para interpretar los papeles masculinos. Era una ocasión de lucimiento, un rato de distracción que mi madre acogía con entusiasmo.
La correspondencia no se libraba de la censura: las cartas eran abiertas y leídas por las monjas, que ponían un grueso trazo negro sobre aquellas partes que consideraran poco apropiadas, para que no pudieran ser vistas. Por eso, cuando a mi madre le escribían los amigos de su pandilla, usaban un lenguaje simbólico para burlar las restricciones y así, cuando decían una cosa, en realidad tenía un doble sentido que sólo entendían entre ellos y querían decir otra cosa bien distinta. Se prohibían contenidos que hoy en día se considerarían inofensivos y pueriles. Las cartas de los novios pasaban un filtro especialmente estricto.
Mi madre se llevaba muy bien con todas las compañeras, porque era cariñosa, extrovertida y simpática. Como las niñas venían de todas partes de España aprendió bailes regionales de todas clases, que practicaban de vez en cuando. Tuvo alguna diferencia con alguna niña, pero zanjó el asunto sin mayores contratiempos. Algunas, las menos, no eran huérfanas, y a esas las llamaban “papaínas”.
También guarda un entrañable recuerdo de las monjas que fueron cariñosas con ella. Mi madre nunca superó la muerte de su padre, y la separación tan drástica de su familia, su casa y sus amigos fue algo que tuvo que ir asimilando poco a poco.
La hermana de mi madre, que también estuvo allí, se sigue reuniendo con antiguas compañeras, y con compañeros huérfanos también procedentes de la versión masculina del internado, pues todos forman un grupo, “Los Pínfanos”, que siguen mantienendo contacto pese a los muchos años que han pasado, comen juntos, hacen certámenes de poesía, y se divierten de mil maneras. Ella dice que muchas se siguen acordando de mi madre.
A pesar de la dureza de las condiciones en el internado, ella reconoció en aquella disciplina impuesta una forma de forjar su carácter frente a la adversidad. Le gustaba la vida comunitaria, las normas que no dejaban lugar para el vacío, la indecisión o la confusión. Ella solía mirar de vez en cuando al firmamento, en una época en la que todavía se podía ver el cielo de noche cuajado de estrellas, y siempre creyó que en la que más brillaba estaba su padre, mirándola y protegiéndola, y de este modo nunca estuvo del todo ausente para ella. Era la estrella de papá.

martes, 15 de diciembre de 2009

Wolfgang Amadeus Mozart




Wolfgang Amadeus Mozart fue el último de los seis hijos que tuvo Leopold Mozart, compositor y profesor de música, de los que sólo sobrevivieron él y una hermana. Su nacimiento no estuvo exento de dificultad, ya que al nacer a su madre tuvieron que extirparle el útero.
En su infancia tuvo una salud delicada: eritema nudoso, reumatismo, fiebre tifoidea, viruela...
Tenía motivos para quejarse de su aspecto físico: nariz prominente, anomalía congénita de la oreja izquierda que disimulaba con el peinado, entre otras peculiaridades.
No soportaba la leche y tuvieron que alimentarle durante mucho tiempo con agua azucarada, lo cual tal vez influyó en su afición a todo lo que fuera dulce.
Pese a esa salud precaria, su carácter era alegre y se divertía con cualquier cosa. Su padre solía decir de él que era bromista, picarón, muy comilón, espontáneo y sensible a todas las impresiones.
Tuvo especial predilección por la aritmética. Tal vez las matemáticas fueron la clave de la futura perfección y exactitud de sus composiciones.
Con 4 años su padre le inició en el arte de la música, violín y clavecín, y con 5 años ya era capaz de componer pequeñas piezas. Con 6 años dominaba completamente el solfeo.
En su infancia y juventud hizo varios viajes por Europa con su padre y su hermana para dar conciertos y darse a conocer. El padre tocaba el violín, la hermana cantaba y él tocaba el clavecín. A los 10 años dejó atónitos a los holandeses al tocar inesperadamente el órgano más grande y complicado del mundo en Amsterdam. Él siempre trabajaba más duramente de lo que se le exigía, por iniciativa propia, por afán de superación.
Durante aquel tiempo conoció a muchos músicos, aunque tuvo especial amistad con Bach.
Los viajes eran duros por las escasas condiciones que existían en aquella época. Enfermaron los 3 durante algunos de aquellos recorridos.
Con 14 años ingresó en la Academia Filarmónica de Bolonia, lugar al que sólo se podía acceder si se tenían como mínimo 20 años.
Amadeus era capaz de reescribir una composición que hubiera escuchado por larga que fuera. Tenía una memoria prodigiosa y una inagotable capacidad de improvisación. Con esta edad empezó a escribir ópera por encargo.
En su ciudad natal, Salzsburgo, no se encontraba a gusto porque el arzobispo Colloredo, bajo cuya potestad trabajaba, le pagaba muy poco y le trataba despóticamente. Las mansiones burguesas contrataban a los músicos como si fueran sirvientes. Durante una etapa dolorosamente larga fue esclavo de estas situaciones. El arzobispo incluso le mandaba que comiera en la cocina y, en la última discusión, su chambelán le despidió con un puntapié en el trasero.
Harto de todo, acabó renunciando, aún en contra del parecer de su padre, al que le unía una estrecha relación, y se instaló en Viena.
Durante aquel tiempo trabajó extraordinariamente. En cierta ocasión uno de sus protectores de la nobleza le obligó a componer una sonata en una sola noche, porque al día siguiente tenía ilustres invitados y quería obsequiarlos con alguna novedad a la hora de cenar.
La mayoría de los aristócratas acostumbraban a pagarle con cajas de rapé, hebillas para los zapatos y otras naderías.
Se casó con Constanze, hija de una familia amiga, sin el beneplácito de su padre y hermana. Ella era soprano. De esta unión nacieron seis hijos, de los que sólo sobrevivieron dos.
Tuvo una gran influencia de músicos como Haydn, Händel y Bach. Con el 1º mantuvo una gran amistad, intepretando juntos en ocasiones cuartetos de cuerda improvisados.
A una época de bonanza económica en la que vivió rodeado de lujos, siguió otra de estrechez, que fue general en todo el país. Su música empezó a dejar de estar de moda y alguna de sus óperas fueron acogidas con frialdad por el público.
Consiguió poco a poco rehacerse, pero su salud parecía cada vez más quebrantada. Llegó a confesar a su esposa que creía que lo estaban envenenando.
Murió a los 35 años y tuvo un entierro pobre al que casi no acudió nadie, dicen que por las extremas inclemencias del tiempo que se dieron en aquel momento. Se cuenta que hasta su esposa desertó. Por eso nadie supo nunca el lugar exacto donde fue enterrado, porque los sepultureros no se acordaban del sitio, y aún hoy sigue siendo un misterio.
Pero, como suele suceder a veces, la noticia de su muerte incrementó su popularidad, siendo descrita por algunos de sus allegados como "una ola de entusiasmo sin precedentes" en lo que a sus obras se refiere. Varios escritores redactaron biografías sobre él, y los editores compitieron por publicar las ediciones completas de sus composiciones. Músicos como Beethoven, Chopin y Chaikovski crearon variaciones sobre sus temas en su honor.
Amadeus tenía un curioso sentido del humor un tanto escatológico, algo que tampoco era inusual en la época. Quizá por eso no es extraño que escribiera el canon "Bésame el culo".
Se ha hablado mucho de su rivalidad con Salieri, músico y director, al que acusaba de plagio, de boicotear algunos de sus estrenos y de ser el causante de su muerte por envenenamiento. En la vejez los remordimientos le atormentarían hasta el punto de intentar suicidarse.
En la película que Milos Forman hizo sobre él, "Amadeus", aparece reflejada esa relación de amor-odio entre Salieri y él, basada en la admiración y la envidia más profunda. Salieri se lamentaba y se desesperaba al pensar que su rival era capaz de componer las más bellas melodías sin apenas esfuerzo, mientras a él le costaba un trabajo enorme y el resultado final nunca se podía comparar con el talento de Amadeus, el cual es representado en el film como un ser banal, promiscuo, infantil e irresponsable, poseído a cada momento de ataques de euforia que mostraba en forma de extraños alaridos semejantes a risas. También se muestra a Amadeus como un ser con ciertas debilidades del carácter, aunque sí apasionado, muy vulnerable y extremadamente sensible, extrovertido, amante de lo carnal igual que su esposa, con la que no dudaba en retozar a cada momento, aunque fueran sorprendidos bajo una mesa en actitud indecorosa por otras personas.
Aparece, en fin, como la víctima inocente e indefensa de los desmanes de un rival al que las comparaciones le resultaron algo más que odiosas. La interpretación de Salieri, se corresponda o no con la realidad histórica, es magnífica, cómo se deleitaba escuchando a Amadeus y, al mismo tiempo, cómo le corroía la envidia por no ser capaz de hacer lo que hacía él. Nunca se vió a un ser sufrir tanto ante un deseo tan vehemente de perfección inalcanzable.
Nos queda su inefable música, llena de transparencia, delicadeza, fuerza, pasión y voluptuosidad, incluso en las obras más dramáticas. Dicen que la tristeza nunca se dejó notar en sus composiciones ni en los momentos más duros de su vida.
Yo pude conocer hace años el pueblo en el que nació, Sant Wolfgang, y es una preciosidad. Situado en la ladera de una montana y al pie de un inmeso y magnífico lago, la primorosidad de sus casas y calles en medio de un entorno natural incomparable, en la zona del Tirol, lo hace parecer un lugar casi de cuento de hadas, el paisaje típico de una postal.
El suyo fue un final prematuro para un genio, un hombre amante de la vida que apuró la existencia a grandes sorbos hasta el último momento.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Arriba y abajo


De todas las series de televisión que vi en mi infancia-juventud, una de la que más grato recuerdo guardo es “Arriba y abajo”. La forma de interpretar de los actores ingleses suele dejar una huella imborrable en la memoria.
Aquí se cuenta la historia de una familia de la aristocracia londinense y su personal de servicio, en las tres primeras décadas del siglo XX. Vemos cómo a lo largo de todo este tiempo transcurre la vida de unas personas que comparten las mismas alegrías y penas con independencia de la posición social que tengan, cómo van cambiando las modas, las costumbres… El vestuario es exquisito y representa fidedignamente las épocas que se retratan.
Todos los actores están impecables, cada uno en su papel, desde los que interpretan a los señores de la casa, sus hijos, el abogado de la familia, las amistades, hasta los miembros de la servidumbre: el señor Hudson, la señora Bridges, Prudie, Edward, Sarah, Rose… Cada uno con su dignidad, ocupan un determinado lugar en el engranaje de toda la casa, y es lo que hace que ésta siga funcionando.
Sus existencias se entrelazan con sucesos de la época, como la desaparición de la primera señora Bellamy en el hundimiento del Titanic. Exquisita la actuación de esta actriz, por cierto, es una de las que mejor recuerdo guardo de cuando vi la serie.
También las revueltas protagonizadas por las sufragistas, las primeras feministas conocidas, en las que vemos cómo Rose, la doncella, se ve envuelta sin querer en su afán de proteger a la hija de los señores. Conmovedora su intepretación.
La 1ª Guerra Mundial, en la que intuimos más que vemos cómo afectó a Londres. Patriotismo, solidaridad ciudadana, dramatismo.
La bancarrota de 1929, que precipitó la muerte de uno de los miembros de la saga y la ruina de una de las empleadas del servicio.
Cada momento histórico es reflejado con verdadera autenticidad, no siendo ajenos nunca ninguno de los protagonistas a los acontecimientos sociales que sacuden el mundo entero, y a sus propias peripecias personales, de las que todos son partícipes como si de una gran familia se tratara, los de arriba y los de abajo, unidos por lazos que van más allá de la sangre.
Casi toda la acción transcurre en el interior de la mansión de los Bellamy, especialmente en el salón de la casa (arriba), y en la gran cocina (abajo). Tan sólo algún capítulo se rueda en exteriores, como cuando se trasladan a una casa de campo en Escocia para pasar unos días, y algunas escenas rodadas por las calles de Londres. Parece por esto una obra de teatro, por la fijeza de los escenarios, y se nota que son desde luego actores de teatro en su forma de interpretar: la postura del cuerpo, las expresiones de la cara, que dicen muchas veces más que mil palabras… Son magníficos.
Cuando vemos la alegría o la preocupación que suscita en el personal del servicio, especialmente en los miembros más veteranos, el mayordomo y la cocinera, cualquier acontecimiento que afecte a la familia Bellamy, puede despertar en nosotros un sentimiento de desagrado por el servilismo que parece llevar consigo. Como dice Hudson, la profesión de mayordomo es como una tradición que se ha conservado a lo largo de muchas generaciones y tiene su propio código de conducta, obediencia ciega, discreción, lealtad absoluta. Podría parecer casi una alienación, una forma de esclavitud, visto hoy en día. Es como si renunciaran a su propia dignidad y voluntad para someterse a los designios de los señores a los que sirvan, como si dejaran de ser personas. Y sin embargo tanta dedicación conmueve.
Por su parte, los de arriba hacen suyas las alegrías y tribulaciones de los de abajo, de los cuales se sienten responsables. En algún momento llegan a pedir disculpas por un cierto abuso de autoridad, fruto de malentendidos. Es una lección de clase, cuando personas encumbradas se comportan con humildad y sencillez llegado el caso.
Se ve claramente la diferencia entre unos y otros, el lujo con el que viven los señores y la modestia con la que vive el personal de servicio, la lucha de éstos por que sus méritos sean reconocidos dentro de la casa, por conseguir ascender en la escala laboral y social aunque sea un poco más, sus anhelos rara vez satisfechos, sus logros y frustraciones.
Los de arriba y los de abajo se hacen partícipes mutuamente de sus circunstancias y nosotros somos testigos mudos del devenir de sus vidas, hasta que finalmente tienen que dejar la casa y Rose, la doncella, hace un recorrido por todas las habitaciones vacías mientras resuenan en sus oídos tantas frases pronunciadas por unos y otros en aquellas estancias y que la persiguen y atormentan hasta que abandona el lugar, precipitadamente. Son recuerdos cargados de emoción, la memoria sentimental de una época y de toda una familia.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mari Carmen


Mari Carmen es una de esas amigas a las que, aunque la vea sólo de vez en cuando, siempre la tengo presente. Sus correos electrónicos, siempre tan cálidos, son nuestra forma de mantener el contacto, y los que yo le envío dice que tienen seguidores en su trabajo. Una buena forma de relajarse cuando se tiene un ratito libre.
Conocí a Mari Carmen por mediación de mi hermana, pues eran compañeras de clase en el instituto. Con el tiempo ha cambiado físicamente, pero no lo ha hecho en cuanto a su forma de ser, pues sigue siendo la misma. Cuando hablas con ella es la misma jovencita de entonces. Su ingenuidad permanece inalterable, su manera de ver las cosas, su sensibilidad. Las contrariedades que ha tenido en la vida, que han sido unas cuantas e importantes, parecen no haberle dejado huella, aunque me imagino que las secuelas las llevará en lo más profundo de su alma.
Fue en el viaje de fin de curso del instituto cuando empezamos a conocernos más. Por aquel entonces sus padres se estaban separando y aquel viaje le sirvió para distraerse un poco de sus preocupaciones. A ratos se la veía triste y pensativa. Su vida familiar nunca fue buena. Su padre bebía y se iba con otras mujeres. Ella echó siempre en falta haber tenido un progenitor cercano y amoroso, porque bien es sabido que cualquiera puede ser padre pero no cualquiera sabe serlo .
Mari Carmen y su hermano lo visitaban de vez en cuando, pero para ellos era muy desagradable. Se había ido a un piso que compartía con un amigo tan crápula como él, y cuando iban a verle estaba siempre en penosas condiciones y con alguna mujer por allí en actitud poco recomendable. Aquello era una obligación más que otra cosa, pero como ellos sí eran buenos hijos no quisieron perder el contacto con él a pesar de lo mal que se había portado. Así fue hasta que él murió, hace no muchos años.
Mi amiga pasó por varias depresiones y tuvo que acudir a un psicólogo. Llegó incluso a sentir deseos de quitarse la vida. Ella, que es una mujer sumamente inteligente y una extraordinaria estudiante, no fue capaz de terminar sus estudios universitarios. Se colocó en la Administración Pública pero estuvo sólo unos meses: acabó asqueada del trato, el ambiente y el escaso nivel de los trabajos que le tocó desempeñar. Finalmente consiguió un empleo en la empresa privada, en unas oficinas en las que lleva unos cuantos años y parece estar contenta.
Su madre, una mujer muy trabajadora, estaba empleada en un hotel desde hacía años limpiando habitaciones. Tenía la salud delicada, la tiene todavía, y de su experiencia matrimonial le quedó una cierta neurosis. A sus hijos los agobia con los hechos del pasado, y se preocupa por todo en exceso, es machacona y absorbente. Cuando se jubiló se compraron una perrita de lanas blancas que es la delicia de todos. Ahora en invierno le ponen un jersey de rayas de colores y está graciosísima.
Hasta hace unos pocos años vivían en la zona del rastro. La casa que ocupaban estaba en condiciones lamentables, en un inmueble medio ruinoso, y el barrio no les gustaba por el jaleo del rastro y la clase de gente que solía pulular por allí. Era un sitio inseguro. Luego se compraron una casa grande, bonita y de reciente construcción en un lugar más tranquilo. Recuerdo la ilusión con que me la enseñaron cuando me invitaron a conocerla.
Cuando nacieron mis hijos siempre venía a casa para verlos y traerles algún regalo. A ella le encantan los niños y se volcó por completo con ellos. En su casa tenía fotos de Miguel Ángel y Ana como si casi formaran parte de su familia. Ahora se asombra de lo rápido que ha pasado el tiempo y de lo mayores que se han hecho ya.
Mari Carmen ha construido su vida poco a poco, quedándose sólo con aquello que la complace. Lo único que ha querido siempre es vivir en paz. Casi no ha tenido relación amorosa con ningún hombre, estuvo saliendo un tiempo con un compañero de instituto que no la trató bien. Empezó muy ilusionada, pero él sólo supo hacerla desgraciada. Nunca volvió a salir con nadie, aunque le gustó algún compañero de trabajo. Su timidez y el miedo a que la vuelvan a hacer daño pueden más que cualquier otra cosa, y eso que es muy romántica y que en una ocasión me dijo que sí le gustaría y le parecía importante poder compartir la vida con alguien que te quiera y a quien querer.
Ella es una de las personas más buenas y sensibles que conozco, y me siento muy afortunada por haberla conocido, estoy orgullosa de ser su amiga.

jueves, 10 de diciembre de 2009

El círculo de Canter


Mucho se ha escrito sobre el origen de la violencia, aludiendo a su aprendizaje por las circunstancias de la vida o a una base de herencia genética que hace que seamos agresivos sin causa aparente.
Ambas explicaciones son válidas: el medio en el que nos toca vivir influye decisivamente en nuestra personalidad, pues la adversidad nos predispone a la violencia. Pero también los genes nos determinan irremediablemente, y su influjo se manifiesta a lo largo de la vida sin que podamos hacer nada para evitarlo. Los casos de asesinos en serie pertenecen por lo general a esta última categoría, pues se trata de personas con un mapa cromosómico alterado.
Los científicos han avanzado enormemente en la investigación del crimen y el origen de la violencia. Se sabe que el tratamiento más eficaz para tratar a este tipo de enfermos no se fundamenta únicamente en el uso de fármacos, pues en cuanto dejan de tomarlos sobreviene de nuevo el problema, sino también la terapia a base de charlas, consultas psiquiátricas en las que el enfermo manifiesta todo lo que siente, sin censuras, y habla libremente de los delitos cometidos. El especialista reconduce sus procesos mentales, siendo un método que se ha manifestado sumamente eficaz, pues rara vez recae en sus comportamientos violentos al terminar su condena y reiniciar su vida normal. Cuando se les hacen pruebas, después de estas prácticas, la fisonomía de su cerebro ha cambiado. Por eso se sabe que nuestra materia gris es físicamente cambiante, no permanece siempre con la misma forma, cualquier cosa puede hacerla que modifique, incluso cosas tan sencillas como aprender una nueva palabra.
Un especialista ha realizado pruebas de scanner a asesinos de muchas cárceles de EEUU. A los reclusos se les hacía una serie de preguntas, algunas escandalosas para la mayoría de la gente, como qué le parecía el aborto o tener sexo con su madre, y se estudiaba la reacción de su cerebro. Casi todos ellos no tenían una respuesta “normal” a este cuestionario. El scanner apenas mostraba alteraciones. En los asesinos, violadores y delincuentes con delitos mayores, la escala de valores no funciona como en el resto de las personas, no tienen una concepción habitual de lo que es moral o inmoral, no distinguen entre el bien y el mal de una forma convencional y carecen de remordimientos. Se puede hablar de una frialdad emocional.
También se han elaborado programas informáticos para perfilar al asesino en serie. Se introducen unos datos -indicios materiales, testimonios de testigos, lugares en los que han tenido lugar los crímenes- y como resultado se obtiene una caracterología del posible homicida y hasta el lugar donde probablemente viva. Todo tiene su importancia: la hora a la que suele cometer los crímenes, que da una idea del tipo de jornada laboral que seguramente tenga; el radio de acción, que si es reducido suele indicar dónde vive y si es amplio que procura cometer los homicidios lejos de su casa; los indicios que deja, que revelan su personalidad, pues hay criminales que son metódicos y ordenados y procuran no dejar huellas, y los hay que son más caóticos y dejan muchos rastros, etc.
David Canter, un experto en la materia, elaboró hace muchos años un método con el que se puede confeccionar un mapa partiendo de los datos que va recopilando de cada caso y basándose en su propia experiencia, siendo capaz de saber sobre el homicida casi todo, desde la clase de trabajo que tiene, si está casado o no, su carácter, sus costumbres, hasta el lugar exacto donde está su domicilio, entre otras cosas, y con poco margen de error. Sobre este mapa se va trazando un área concreta que abarca el perímetro de la zona de actuación del criminal, lo que ha dado en llamarse el círculo de Canter. Cuando se sigue el rastro de un asesino, y teniendo en cuenta todas estas variables, se puede incluso predecir el siguiente lugar en el que va a actuar. Casi todos ellos siguen unas pautas fijas de conducta, y la premeditación suele ser extrema, por eso muchos no los consideran locos (no saben lo que hacen), sino enfermos (saben lo que están haciendo), aunque en ambos casos parece que carecen de control sobre su voluntad, se dejan arrastrar por sus impulsos más primarios.
Existen asesinos natos de ambos sexos, pero es un problema mayoritariamente masculino, ya que en el hombre actúan ciertas sustancias que genera el organismo con mayor virulencia que en la mujer: un exceso de testosterona, un déficit de vasopresina…
No sólo los cromosomas nos condicionan, también la química de nuestro cuerpo.
Mucho se ha avanzado en lo que a la investigación de la violencia se refiere, hasta su grado más extremo, el asesinato. Gracias a logros como el mapa de Canter se podrá poner coto a todos aquellos individuos con comportamientos aberrantes y peligrosos, aunque sin duda su estudio resulte verdaderamente escalofriante.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Un poco de todo (II)


- Me impresiona ver cada mañana las riadas de adolescentes que van surgiendo por todas partes e inundan las calles de mi barrio para ir al instituto. Vienen de lejos, caminando a buen paso, casi todos en grupo, algunos sueltos, pensativos, con las manos en los bolsillos. Aunque la apariencia de la gente joven de ahora es muy distinta de la que tenían hace no muchos años, los teenagers siguen siendo básicamente lo mismo siempre: aire descuidado, acné, cara de sueño a esas horas, cierta indolencia…
Cuando los veo bajar por una de las calles que hay en cuesta me parece que han sido convocados como por arte de birlibirloque, como si el flautista de Hamelin hubiera tocado su flauta e, hipnotizados por sus mágicas notas, acudieran en masa a una llamada irresistible que los atrae a un determinado lugar y a la que no pudieran sustraerse.
Contemplar esa marea de juventud, el mañana, el futuro de nuestra sociedad, me estimula y me resulta sumamente placentero. Ellos no saben que están en una época dorada de su vida, aunque las tribulaciones adolescentes parezcan a veces insuperables, insufribles. Cuánta frescura. Me encanta.

- Es curioso con lo que se queda uno después de un viaje, cuando contemplas las fotos que has hecho. De mi escapada a París me produce un gran placer mirar las de la Torre Eiffel, que hice desde todas las distancias y ángulos posibles. Pura obsesión. Las que tomé justo desde abajo me encantan. También el edificio del Louvre, especialmente la forma de sus tejados, que me causan una fascinación un poco inexplicable, con su elegancia de otra época, irrepetible. El Sacre Coeur, tan blanco e imponente, por supuesto también. Y las vidrieras azul cobalto de Notre Dame, y eso que no se filtraba por ellas la luz del sol, que si no habría sido increíble. Todas las fotos me gustan, pero como mi cámara digital no produce los mismos resultados que la magnífica cámara de carrete que tenía antes, hay cosas que podrían haber quedado mejor retratadas de cómo resultaron después.
El objetivo de la cámara no abarca toda la belleza que el ojo humano es capaz de contemplar, y las fotos de 360 grados son cosa de especialistas.
Me conformo con captar para la eternidad un trocito de perfección estética, síndromes de Stendhal aparte.

- Como mi hijo es tan aficionado a los asuntos bélicos estaba viendo hace poco un reportaje sobre la vida en las trincheras en la 1ª Guerra Mundial, y picada por la curiosidad me puse a verlo también. Hablaban del “mal del pie mojado”, una enfermedad ulcerosa necrosante aguda que padecían los soldados al tener que pasar mucho tiempo en zonas llenas de agua. Ni aunque llevaran botas conseguían paliar sus efectos. También mencionaban unas barras de hierro para sujetar las alambradas que se fabricaban en espiral para poderlas clavar en la tierra como en rosca, porque las convencionales había que martillearlas y alertaban al enemigo, causando muchas bajas por este motivo. Los oficiales parece ser que tenían en la trinchera su propia cocina, con mesa y sillas, su cama y hasta un pequeño huerto y un jardín, pues por la cantidad de tiempo que tenían que pasar en esas condiciones, procuraban hacer lo posible por encontrarse “como en su casa”.
Se conservan algunas películas tomadas a combatientes que conseguieron sobrevivir a la guerra, pero a los que les habían quedado secuelas psíquicas importantes. Todos aparecían con terribles tics faciales y movimientos convulsivos del cuerpo que no podían controlar. La voz del narrador decía que se debía al sobresalto continuo de los bombardeos. Era espantoso verlos, no tenían descanso.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Violencia escolar


No sé por qué nos empeñamos en complicar las relaciones sociales, en dejar que la sociedad se vaya deshumanizando poco a poco. El ámbito estudiantil es donde más se refleja este deterioro de la vida social. La forma como coexiste el alumnado por un lado y el profesorado y los alumnos por otro, en nada se parece a lo que yo he conocido. Los chicos tienen una actitud retadora, propia quizá de su edad, pero llevada al extremo. La violencia que se respira en el ambiente es prolongación de la virulencia social que nos invade, fomentada por los medios de comunicación y el cine. Es como si se fuera a los centros educativos a cualquier cosa antes que a aprender, estudiar y sacarse un título académico, como si sirviera no ya como un ámbito de interrelación humana sino como válvula de escape de frustraciones, carencias y desvaríos.
Los profesores también parecen estar con la escopeta cargada, preparados para cualquier agresión verbal, cuando no física. En el instituto de mis hijos la disciplina, que siempre ha sido mucha ya desde los tiempos en que yo estudié allí, se basa casi en la anticipación de la posible falta: se castiga sólo con que exista la sospecha de ella. Si un grupo ríe, se considera automáticamente que se están burlando del profesor-a de turno, con lo que se les manda a la Jefatura de Estudios y se les hace un parte por escrito con la descripción del motivo del castigo. Si alguien le dice algo al compañero de al lado, aunque sea "toma el sacapuntas", por ejemplo, es sancionado. Si se está esperando en la puerta a que el profesor llegue entre clase y clase también hay sanción.
Mi hijo pasó buena parte del primer curso en la Jefatura de Estudios. Se juntó con un grupito que no era peligroso pero sí bastante jocoso. Él, que mientras estuvo en el colegio casi ni se le oía ni se le veía, le costó bastante adaptarse a las normas de disciplina del instituto, rígidas y excesivas, consecuencia de la perversión a que las relaciones humanas han llegado en el mundo en que vivimos. Excesos pagados con más excesos, un pulso titánico entre dos fuerzas que por alguna extraña razón son opuestas. En la Jefatura Miguel Ángel encontró especímenes de todas clases, y recuerda especialmente a un chico, ya de los últimos cursos, que sacó una bolsita del bolsillo interior de su cazadora con unas hojas parduscas que se supone eran droga. Alardeaba del mucho dinero que le había costado hacerse con aquel alijo y de que podía disponer de la que quisiera siempre que se le antojara. Pretendía impresionar a los más pequeños, y en el caso de Miguel Ángel consiguió que le pareciera peligroso y le llegara a coger auténtico pánico, hasta el punto de temer encontrárselo por los pasillos del instituto porque lo consideraba una amenaza. Una prueba no apta para todas las sensibilidades en un primer contacto con algunas de las peores cosas de la realidad del mundo exterior.
Cuando aún estaban en el colegio ya corrían leyendas urbanas acerca del instituto. Se decía que los alumnos nuevos procuraban ir en grupo a los servicios para no ser atacados por los mayores, potencialmente muy agresivos. Demasiados videojuegos de guerra, me parece a mí, luego los chicos se sugestionan.
Ana, que está en su primer año allí, ha conseguido que los compañeros la elijan delegada de curso. Asiste a reuniones mensuales en la hora del recreo con otros delegados de curso y con profesores, algo que le aburre soberanamente. Se encarga de los partes de asistencia y rellena todos los meses un cuestionario en el que tiene que evaluar el comportamiento de los compañeros. Ella dice que miente, que no pone que son desordenados, impuntuales, habladores y todas esas cosas que le preguntan porque sino la tutora pediría explicaciones y se haría una especie de investigación. Nunca he visto una cosa igual, jamás se hizo un control tan exhaustivo y yo diría casi carcelario para intentar hacerse con una situación que de todas maneras se les escapó de las manos hace tiempo a los encargados del sistema educativo. A pesar de tantas normas nunca ha habido tanta insurgencia.
Estas medidas se contraponen con otras de más distensión, como dedicar un tiempo a la semana al diálogo entre profesor y alumnado en el que se opina sobre las cosas que les puedan preocupar o supongan un problema. También el orientador del instituto llama de vez en cuando a los que parecen tener dificultades en su adaptación social o su aprendizaje. Es como la consulta del psicólogo: se intenta con unas cuantas charlas saber lo que le puede pasar al alumno y se le ayuda en el estudio haciendo que elabore un planning semanal de tareas que se debe comprometer a llevar a cabo.
En cuanto a las facilidades académicas, se puede aprobar una asignatura pendiente del curso anterior con sólo aprobar la 1ª evaluación en el curso siguiente. Ya me hubiera gustado a mí que esto me hubiera pasado con las matemáticas, mi bestia negra particular.
Sé que en otros institutos la disciplina es menor y también el nivel de exigencia académica. El alumnado está compuesto por una multitud de distintos grupos raciales que jamás se mezclan entre sí y que arrastran consigo graves problemas familiares y sociales. No es raro que lleven navajas. Sólo falta colocar arcos de detección como en los aeropuertos y sitios oficiales, y que mil y pico alumnos pasen cada día por ahí para comprobar si van armados. Lo que ocurría en los años 50 en EEUU lo estamos padeciendo ahora aquí.
Hay poca motivación y mucha tirantez en el ambiente, y sin embargo nunca he visto tanto interés por cada alumno en particular como hay actualmente. La autoridad docente se mueve en una eterna cuerda floja, en la que intenta dar una de cal y otra de arena. Difícil situación la suya.
De cuando yo estudiaba allí la única cosa que recuerdo así un poco fuera de lo normal fue un fin de semana, que se metieron en el instituto un grupo de alumnos y lo llenaron de pintadas insultando al jefe de estudios que teníamos por entonces, un hombre que se hacía temer por el excesivo rigor de sus medidas educativas. Creo que también un día le pincharon las ruedas de su coche. Tuvo que dimitir. Pero aquello fue un hecho excepcional, nada que ver con lo que sucede hoy en día. Lo que sí está claro es que los autoritarismos exacerbados suelen conducir a la rebelión.
Qué maravilloso sería si pudiéramos volver a lo que existía hace años, a una cierta estabilidad social, unos valores, una esperanza en el futuro. Quién ha dicho que la vida sea fácil para casi nadie, pero podríamos facilitarnos las cosas unos a otros y que todo fuera mejor.
No más violencia, de la clase que sea.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Alfonso X, el rey sabio


La figura del Rey Sabio ha pasado de puntillas por la historia de Europa. Poeta y poco más, quedando un poco olvidados el resto de sus logros. Fue un soplo de aire fresco. En una época en la que muchos monarcas apenas sabían leer ni escribir, él fue un erudito.
Reformó la legislación del momento, creando leyes que aún siguen en vigor hoy en día. Replanteó la ortografía, ideando peculiaridades que se han mantenido hasta la actualidad. Fue un genio de la diplomacia que supo aunar Oriente y Occidente. Reclutó para su corte a médicos, filósofos matemáticos y cualquiera que demostrara talento, da igual cual fuera su raza o su creencia. Reformó la moneda, las aduanas y la hacienda, repobló regiones devastadas por las guerras…
Su afán intelectual no le restó valor en el campo de batalla, algo que demostró desde edad temprana. Podía ser implacable con el enemigo, pero si le convenía llegaba a acuerdos e incluso al soborno para evitar la confrontación armada.
Tuvo once hijos con Dª Violante, sin contar otros cinco ilegítimos con distintas amantes. Le gustaba la juerga, los deportes y jugar al ajedrez y los dados. Era burlón y de inteligencia rápida para el sarcasmo. En sus años felices llevaba una vida plácida. Se reunía con sus cortesanos por la tarde, después de la comida, o de noche, en largas veladas durante las cuales se bailaba, se contaban chismes, se coqueteaba y se cantaban las últimas trovas venidas de Provenza.
Una embajada de Pisa le ofreció su apoyo para ser emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyo trono había quedado vacante, y ahí empezó su decadencia. La empresa sólo sirvió para vaciar las arcas reales, sin conseguir al final su propósito. Para entonces la nobleza estaba soliviantada y tuvo que enfrentarse a una revuelta en la que participaron dos de sus hermanos.
La muerte de su primogénito le destrozó el corazón y originó un conflicto sucesorio entre otro de sus hijos, Sancho, y su nieto. Su mujer le abandonó, a su hijo tuvo finalmente que desheredarle, la nobleza se marchó de la corte y todas las ciudades, menos tres, le dieron la espalda. Al final sólo quería alejarse “de este demonio de campiña infestada de alacranes, cuyos aguijones llevo clavados en mi corazón”.
Alfonso X envejeció amargado, con fama de sanguijuela por su avidez en la recaudación de impuestos para financiar sus proyectos bélicos. Los fracasos estratégicos ocultaron su genio, que él tampoco supo valorar, pues nunca se consideró sabio ni intuyó jamás que se le llamaría así y pasaría a la posteridad con ese sobrenombre.
Fue un adelantado a su tiempo, un visionario del s.XIII. Escribió los más bellos poemas, se granjeó el respeto de gente de todas las razas y religiones, dictó las leyes más justas, y dominó disciplinas científicas como la astronomía.
Mientras fue joven y no estuvo dominado por sueños delirantes, fue un hombre feliz que se entregó con gran pasión a todos los placeres que tuvo a su alcance: viajó por lugares maravillosos, conoció a personas interesantes y eruditas, disfrutó de bellas mujeres, se deleitó con músicas refinadas y se divirtió de mil maneras distintas.
Fue una persona compleja, el monarca más universal, por la amplitud de sus contactos diplomáticos, y el más brillante de la Edad Media por la amplitud de su cultura, por el hálito renovador de sus leyes y por la generosidad y ambición de sus empresas artísticas.
Despreció a los que se querían congraciar con él para conseguir sus favores. Pensaba que “los que dejan equivocarse al rey a sabiendas merecen pena como traidores”.
Su obra jurídica, científica y literaria se anticipa al Renacimiento e inicia una renovación en estas disciplinas que perdurará durante siglos.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Maktub


Me resistía yo a leer ningún libro de Paulo Coelho, porque siempre que he leído alguno de sus artículos me ha parecido algo cargante y a veces hasta un poco simplón: pareciera que fuese un predicador sin sotana desde lo alto de un púlpito, o un visionario que se creyera lleno de sabiduría e infalibilidad. Sin embargo, al caer en mis manos “El Alquimista”, libro que leyó hace tiempo mi cuñado y que me recomendó porque a él en su momento le había gustado mucho y le había servido para comprender ciertas cosas que suceden en la vida, en una etapa que fue difícil para él, mi visión sobre su forma de plantear las historias cambió, quizá porque en un libro tiene la oportunidad de desarrollarlas más ampliamente y adquieren más sentido.
Aquí vemos al protagonista, un pastor de ovejas en Andalucía, que decide un día acudir a una anciana que interpreta los sueños. “Los sueños son el lenguaje de Dios”, le dice ella. El muchacho había soñado varias veces con la misma cosa: que tenía que ir a las Pirámides de Egipto porque allí encontraría un tesoro.
Cuando comienza su viaje se encuentra con un hombre muy mayor que resulta ser un rey disfrazado de mendigo. Él sabe del pasado del muchacho con sólo mirarle, y le habla de la vida. “En un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas, y éstas pasan a ser gobernadas por el destino. Ésta es la mayor mentira del mundo”, le dice. El mendigo rey es la primera persona que hace mención a su Leyenda Personal: “Es tu misión en la Tierra (…) Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo”. En la juventud estamos llenos de ilusiones y buscamos nuestra Leyenda Personal, pero según va pasando el tiempo, si no hemos conseguido encontrarla, desistimos y procuramos olvidarnos de ella, de modo que la mayoría de la gente se va de este mundo sin haberla llevado a cabo.
Al empezar a buscar esa Leyenda, nos asiste el Principio Favorable. “Es la suerte del principiante”, le dice el rey mendigo. El muchacho tiene todas las bazas a su favor, sólo tiene que jugarlas.
El anciano rey le cuenta una historia acerca de un mercader que envía a su hijo, a través del desierto, hasta el castillo de un Sabio, para que le explique el Secreto de la Felicidad. Éste le dijo que primero tenía que recorrer su castillo y a su vuelta describirle todas las maravillas que había visto, pero debía hacerlo llevando una cucharilla en la mano con dos gotas de aceite que no debía derramar. El chico, sólo pendiente de que no se le cayera el contenido de la cucharilla, no pudo contarle al Sabio las maravillas del castillo después de recorrerlo. El Sabio le hizo repetir la visita, y esta vez tenía que ser capaz de narrarle lo que había visto. Al regresar el chico le describió todo lo que había en el castillo, pero el aceite había desaparecido de la cucharilla. Y entonces el Sabio le dijo: “El Secreto de la Felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo, pero sin olvidarse nunca de las dos gotas de aceite en la cuchara”.
Cuando el pastor llega a África es robado por un hombre que le engaña. “Soy como todas las personas”, piensa, “veo el mundo tal como desearía que sucedieran las cosas, y no como realmente suceden”.
Al llegar a una plaza ve a unos comerciantes que están montando sus tenderetes, y se fija especialmente en uno, que mientras está trabajando no deja de sonreir. Supo que estaba contento no porque persiguiera ningún fin sino porque le gustaba lo que hacía. En realidad era alguien que estaba cumpliendo su Leyenda Personal, y era fácil advertirlo, se le notaba. “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”, pensó.
Luego conoció a un Mercader de Cristales que tenía su tienda en lo alto de una colina. Cuando le hizo ver al muchacho que por mucho que trabajara allí no conseguiría reunir el dinero suficiente para ir a las Pirámides, el chico se quedó con la mirada vacía y le entraron unas ganas enormes de morir en aquel mismo instante. El Mercader se asustó y lo empleó en su negocio, gracias a lo cual empezó a tener muchas ganancias. Al saber de los proyectos del joven pastor le dijo “Maktub”, que en árabe significa “está escrito”.
Más tarde el chico se unió a una caravana que atravesaba el desierto, y conoció a un Alquimista, que sabía transformar el plomo en oro y que le enseñó otras muchas cosas; se ofreció a conducirle hasta poco antes de llegar a las Pirámides. Una vez junto a ellas, al contemplarlas desde lo alto de una duna lloró de emoción, y en el lugar donde cayeron sus lágrimas vio un escarabajo, que en Egipto es el símbolo de Dios. Se puso a cavar, pero llegaron unos asaltantes que creyeron que ocultaba un tesoro, y como no encontraron nada le dieron una paliza. Uno de ellos, el jefe, le dijo que no se podía hacer caso de los sueños, que él había soñado varias veces en aquel mismo lugar que tenía que ir a España a descubrir un tesoro escondido en las raíces de un sicomoro plantado en la sacristía de una iglesia que había en una plaza. Por la descripción, el pastor supo de qué sitio se trataba: había tenido que llegar hasta tan lejos para darse cuenta que su tesoro estaba más cerca de él de lo que hubiera imaginado.
Me quedo con algunas de las cosas que le dijeron al pastor en su camino iniciático por el mundo: que todo en la vida tiene un precio, que toda persona tiene a otra en alguna parte que lo está esperando, y que todos tenemos un tesoro por descubrir. Maktub.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El fin del mundo




Hace poco, viendo con mi hijo un reportaje en el canal Historia del Digital, contemplábamos en una magnífica recreación por ordenador cómo debió ser el impacto de un gran meteoro sobre la Tierra en no recuerdo qué época de la Prehistoria, que fue el causante de la extinción de los dinosaurios. El choque originó una reacción equivalente a no se cuántas bombas atómicas, que asoló la superficie de nuestro planeta y oscureció la atmósfera durante años, de forma que los rayos del Sol no llegaban hasta nosotros. Le comenté a Miguel Ángel que aunque el meteoro hubiera originado un desastre tan enorme, sin embargo una explosión nuclear me causaría más pavor. “Pero mamá, es mucho peor que impacte un meteoro porque las consecuencias son mucho más grandes”, me dijo. “Pero a mí la radiactividad me da mucho miedo”, le respondí.
Cómo nos gusta especular con desastres reales y posibles. Raro sería que sobreviviéramos a ninguno de esos acontecimientos, por lo que de poco sirve que hagamos elucubraciones sobre los perjuicios que nos acarrearían. No nos vale la idea, muy espectacular y original pero poco realista, que nos vendió Spielberg en su última entrega de las aventuras de Indiana Jones: no vamos a poder meternos en un frigorífico vacío para ser despedidos pero indemnes del efecto de la explosión nuclear de turno, para luego salir y poder contemplar de cerca la belleza aterradora del hongo que se forma después.
Cuando anunciaron otro reportaje que iban a poner sobre las profecías y el final del mundo, que últimamente se dice que va a tener lugar en el 2012, y hasta han hecho una película sobre ello, en la que podemos contemplar estupefactos y fascinados cómo van sucumbiendo todos los monumentos más famosos conocidos (nada aterroriza más al género humano que ver cómo son destruidos o desaparecen los símbolos de nuestra historia y nuestra supuesta grandeza), ahí ya me planté, porque nada me exaspera más que tener que escuchar a los agoreros amenazando siempre con nuestra violenta y cercana extinción.
Según las últimas noticias, nos quedan dos años y un poco más para hacer todo aquello que aún no hayamos hecho en la vida porque después va a haber un cataclismo, vendrá el final de los tiempos y Dios nos dividirá en dos sectores: a su izquierda los que hayan sido malos (me temo que vamos a ser muchos más los que engrosemos esa zona que la otra), y a su derecha los que hayan sido buenos (unos cuantos). Los que hayan sido regulares no sé si ocuparán una zona intermedia. Tampoco sé cómo será la puesta en escena, si sonarán trompetas, rayos y truenos y demás parafernalia apocalíptica, pero si es así el acojone va a estar asegurado, hayamos sido como hayamos sido.
La verdad es que no tengo ningún interés en saber cuándo se va a acabar el mundo, por mucho que quieran las mentes tan imaginativas que pululan por ahí especular y regodearse con el tema. Para hacer películas queda muy bien, porque el tema es muy espectacular, pero el interés resulta ya un poco excesivo. Lo suyo es que este escenario en el que tiene lugar la representación que tenemos montada no se acabara nunca, aunque nosotros, los actores, vayamos desapareciendo uno a uno. Parece injusto que las cosas nos sobrevivan, mientras nosotros tenemos fecha de caducidad. Por lo menos es un testimonio de nuestro paso por el mundo.
Lo que sí es cierto es que, a pesar de meteoros, glaciaciones y calentamientos globales, la vida se resiste a llegar a su fin definitivamente. Algo tendrá este mundo que nos ata a él con tanta fuerza, el instinto de supervivencia supongo, que nos hace luchar por lo que creemos nuestro, la vida, que es lo único que en realidad tenemos. Si este planeta azul en el que estamos no se termina, nosotros seguiremos en él.

jueves, 26 de noviembre de 2009

En busca de la libertad




No es la primera vez que se trata el tema de una utópica sociedad libre, sin prejuicios, en la que cada uno haga su vida sin someterse a normas. La anarquía no en su sentido más radical sino como forma de llevar una existencia sin limitaciones, placentera, el comunismo primitivo en el que todo se comparte y se disfruta tanto de una libertad individual como colectiva.
Ya en “La costa de los mosquitos” un hombre decide romper con su rutina y el consumismo de la sociedad en la que le ha tocado desenvolverse para empezar, junto a su familia, una nueva andadura en una playa paradisíaca, en la que se las tendrá que ingeniar para sobrevivir sin las comodidades a las que normalmente estaba acostumbrado. Él, su mujer y sus hijos constituyen una pequeña sociedad en la que cada uno tiene una función, son autosuficientes, aunque la vehemencia del protagonista le llevará a perder la cordura y a que la aventura acabe en desastre.
En “El planeta de los simios” el fin de la esperanza de libertad se acaba en la escena final, cuando el protagonista encuentra en la playa los restos de la Estatua de la Libertad, en una simbólica destrucción de todo aquello a lo que aspiramos. Recuerdo la impresión que me produjo la primera vez que la vi, Charlton Heston arrodillado a sus pies, llorando, desesperado, derrotado.
En “La playa” se repite el tema de una sociedad libre, hippy en este caso. Hay una única autoridad, una líder del grupo, que es la que pone a todo el mundo de acuerdo y que ejerce su preeminencia con verdadero despotismo. Aquel es un paraíso perdido del que nadie debe saber su existencia. Son una pequeña sociedad muy cerrada en la que se reparten las tareas y hay mucho tiempo para el ocio y el placer. Hedonismo puro.
Se canta y se baila, se hacen juegos en la playa, el amor libre reina por doquier. Tan sólo cuando surge algún problema el sistema se derrumba: cuando uno de sus miembros necesita asistencia médica queda al descubierto la dureza de las condiciones que les han llevado a esa supuesta idílica situación, pues no está permitido que ningún extraño entre allí ni siquiera para salvar la vida de alguno de ellos. El enfermo es abandonado en la selva para que sus lamentos no interrumpan el ritmo habitual de la vida que llevan.
El protagonista, que al principio disfruta de una aventura que nunca hubiera imaginado, consiguiendo una gran popularidad en el grupo por su simpatía, después es testigo de estas inhumanidades y su mente se rebela ante el derrumbe de unos ideales y el despotismo con el que la líder ejerce su poder. Llega un momento en que el terror hace que pierda transitoriamente la cordura, sintiéndose amenazado por todo y por todos.
Aunque todos estos intentos de libertad absoluta y de búsqueda del placer siempre nos son presentados como un esfuerzo vano que termina de mala manera, en realidad tenemos el ejemplo de las sociedades primitivas, la vida de los miembros de las tribus, sea cual fuere el punto del planeta en el que se encuentren, en las que predomina una vida sencilla, planificada de tal forma que cada cual sepa de qué tiene que ocuparse, y todos se prestan ayuda entre sí cuando es necesario. Ellos, considerados por la sociedad civilizada como salvajes, son en realidad un ejemplo de organización y civilización, aunque algunas de sus costumbres sean bárbaras. Conservan buena parte de la inocencia perdida, porque actúan con el ánimo y los esquemas básicos de los que no han sido contaminados por la malicia, con la mentalidad de los niños. Su simpleza es con frecuencia motivo de burla, frente a la sofisticación de la sociedad industrializada actual. Viven en contacto con la Naturaleza, no han perdido las raíces ancestrales que nos son propias, se mantienen genuinos en su forma de vivir. Todo se decide en comunidad, hay un respeto por los mayores, y la justicia se reparte por igual sin mediar ningún tipo de interés.
DiCaprio, siempre inefable, sabe transmitir una vez más el espíritu del personaje que en cada momento tiene que interpretar: con él tocamos la libertad con las manos, él nos hace integrarnos en el paisaje, en la Naturaleza, en esa playa maravillosa de arena blanca y mar esmeralda; él nos lleva por las pesadillas de la locura, el vacío y la desorientación, nos hace mirar dentro de nosotros mismos para recuperar el sentido de las cosas, nuestros valores primigenios, para volver a ser los que somos, los que nunca debimos dejar de ser. Pasó rozando un ideal que todos perseguimos en mayor o menor medida, el anhelo de libertad, vivir y dejar vivir, la búsqueda de nuestra propia esencia, de nuestra identidad.
La música que compuso Angelo Badalamenti, autor de grandes bandas sonoras de cine, etérea y maravillosa, que acompaña esas imágenes, que impulsa la historia, que nos envuelve con su plasticidad, es el toque justo que hará que relacione inevitablemente esa armonía sonora con la idea de libertad.
Es curioso ver cómo se asocia la idea de libertad a la conquista de mundos paradisíacos, remotos, casi vírgenes, a la playa. No creo que la concepción del paraíso que podamos tener en nuestra cabeza pase necesariamente por el Caribe o cualquier otro lugar exótico. El paraíso puede ser cualquier sitio, o simplemente un estado mental y emocional, un espacio en el que ante todo reine la libertad.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El pijama de rayas


Pensaba yo que “El niño con el pijama de rayas” tendría escenas más truculentas, pero no ha sido así. Las del final de la película, eso sí, no me sentí capaz de verlas.
La primera vez que oí hablar del libro, antes de que hicieran la película, fue hace dos años, cuando el profesor que venía a casa a darle clases a mi hijo me habló de él, pues lo tenían como lectura obligada en el instituto en el que también ejercía la docencia. Ya entonces me impresionó la historia.
En realidad se trata de un relato sencillo: la visión que un niño de ocho años, hijo de un oficial nazi, tiene del ambiente antisemita que se empieza a extender a su alrededor en la Alemania de la 2ª Guerra Mundial. No sabe lo que es un campo de concentración, ni que sea malo ser judío, ni a qué se dedica realmente su padre. No entiende nada de lo que pretenden inculcarle, y como es un niño observador e inteligente, compara la realidad con aquello que quieren hacerle creer y ve que ambas cosas no se corresponden.
El niño judío encerrado en el campo de exterminio y con el que trabará una bonita amistad, a pesar de las circunstancias, y su trato con el asistente de la casa, un prisionero ya mayor que es un buen hombre, serán los únicos momentos de verdadera compañía que tenga.
Es terrible y doloroso el contraste entre el niño alemán, limpio, bien vestido, cuidado y alimentado, y el estado en el que se encuentra el niño judío, sucio, desnutrido, asustado. Y sin embargo parecen compartir un mundo aparte, un lugar que es ajeno a todo lo que les rodea, donde no existen las desigualdades sociales, ni la xenofobia, ni ninguna de las miserias que asolan a la Humanidad, y más en esa época que les ha tocado vivir. Son sólo dos niños que comparten su asombro por la crudeza sólo apenas atisbada de la situación en la que se encuentran, y que lo único que quieren es jugar.
La suya es una curiosa relación que tiene lugar a través de una alambrada, porque les ha tocado vivir dos realidades muy distintas. Pero cuando el niño alemán se pone también el pijama de rayas no parecen tan diferentes.
Nunca antes había visto en una película la llegada de un grupo de judíos en el campo de exterminio hasta las mismas puertas de las cámaras de gas: las voces asustadas, los empujones, las prisas, la confusión. Cómo les hacen desnudarse y les engañan para que pasen a su destino final sin oponer resistencia. Los niños metidos en medio del revuelo, sin saber lo que va a suceder.
Es curioso que por el hecho de ponerse una determinada ropa la vida de las personas puede cambiar radicalmente. La ropa es a veces un símbolo que representa el prejuicio, la etiqueta, la vejación.
La confusión creada pone al descubierto lo absurdo del sistema: cualquiera puede pasar por algo que no es y sufrir el mismo destino, injusto y cruel en cualquier caso.
Cuando leí “El pianista”, otro gran libro sobre el exterminio judío, su autor resaltaba el absurdo de unos hechos como los que tuvieron lugar con Hitler: de la noche a la mañana el vecino que se relacionaba contigo amistosamente, el tendero que te vendía sus mercancías como lo había hecho siempre, el trabajo al que acudías sin mayor problema, de repente se convertían en enemigos por el hecho de ser tú judío, y secundaba las barbaridades que tuvieron lugar no tanto por temor a las represalias como por auténtico fanatismo. Sin duda el odio antisemita no era un sentimiento que surgiera de un día para otro, estaba ya latente a través de siglos de Historia, y sólo faltó que prendiera por el fuego provocado por un loco para que saltase el polvorín.
Es increíble la facilidad con la que se extienden los comportamientos irracionales. Basta con que una persona tenga el suficiente carisma como para convertirse en líder y que el resto del mundo le siga ciegamente. Somos gregarios. Por desgracia los líderes con ideas constructivas y racionales son los menos, parece que la maldad engancha más.
Es hermosa la historia de estos dos niños que vivieron al margen de las miserias ajenas, conservando su bondad y su inocencia pese a todo.
Me ha conmovido especialmente la interpretación del niño judío en el campo de exterminio, tan desvalido, tan resignado al horror que envuelve su vida, tan ignorante de la verdadera situación en la que se encuentra, todo candor. Inspira una ternura enorme y un gran deseo de protección. Un encanto de criatura. Sencilla y estupenda actuación del pequeño actor.

martes, 24 de noviembre de 2009

Inspiración


Cuando empecé a escribir este blog pensé que me sería difícil hallar la inspiración necesaria para darle vida y permanencia. Estaba convencida de que mi capacidad literaria para tratar sobre cualquier cosa se vería muchas veces limitada por los confines de mi conocimiento, que son pequeños, y la disponibilidad de mi corazón, que andaba un poco indispuesto por aquel entonces.
Pero me equivocaba. Todo lo que necesito saber está guardado en un sitio en el que me puedo sumergir cada vez que quiera a través de la pantalla de mi ordenador, y mi ánimo está ya tan acostumbrado a la gimnasia de la introspección que me resulta muy fácil ahondar en él para extraer todo lo que tiene acumulado, cosas que muchas veces ni siquiera yo sabía que estaban allí.
Hace poco leí una forma de describir la inspiración que tenemos los que nos dedicamos a esto de la escritura que me gustó, y que me parece bastante cercana a la realidad: la “espiral de autorreflexiones”, lo llamaban. A veces, cuando te sientas delante del ordenador, de la hoja de papel o de la máquina de escribir, pues cada cual tiene su método, puede que tengas una idea más o menos exacta de lo que vas a escribir. Otras veces tienes una idea relativa, algunas frases redondeadas almacenadas en algún recóndito desván del cerebro, de esas que surgen cuando no tienes nada a mano para apuntarlas y casi siempre el olvido hace que sea muy difícil traerlas de nuevo a colación. A mí me pasa cuando estoy en la cama, será porque es un momento de reposo y los pensamientos acuden con más facilidad. Y otras muchas veces, la mayoría en mi caso, no tienes ni la más remota idea de cómo vas a enfocar el asunto, ni siquiera de cómo lo vas a empezar, porque el escopetazo de salida suele ser más complicado que la llegada a la meta, y ésta no siempre tan triunfal como querrías. Lo que sí tienes siempre es el pálpito, la sensación de que algo bulle en tu interior y necesitas sacarlo a la luz porque si no viene como una incomodidad, la necesidad que no es satisfecha, la frustración.
Yo hablo, grito, río, lloro y me enfado a través de las teclas del ordenador, porque ya casi he abandonado la costumbre de escribir primero sobre el papel. Antes era la tinta la que me parecía que salía a borbotones cuando plasmaba en una hoja todo lo que se me pasaba por la cabeza y el corazón. Ahora es el teclado el que, unas veces con calma y otras casi echando chispas, transmite el impulso nervioso, el ritmo de mis pensamientos y sentimientos.
Dicen que es una catarsis, una forma de comunicarse, una expresión artística, en fin, se lo llama de muchas maneras, aunque no sé en qué grado la inspiración será necesaria según de quién se trate. Los hay que se limitan a constatar los acontecimientos de que son testigos o en los que participan, los paisajes que visitan, las personas que conocen, como si transcribieran la realidad sin más adornos. Pero cuando se le pone literatura al asunto, cuando la imaginación y el corazón andan por medio, la cosa cambia bastante.
He visto hace poco un anuncio por la calle que decía que crear nos hace distintos. No creo que eso sea así porque todos, en mayor o menor medida, estamos creando cada día: el trabajo que hacemos, la receta que cocinamos, la opinión que emitimos, los hijos que traemos al mundo…, en fin, todo lo que surge de la nada y nosotros lo convertimos en realidad.
La inspiración literaria no es otra cosa que imaginar aquello sobre lo que queremos escribir y dejarnos invadir por ello, examinar tu corazón mientras estás experimentando el sentimiento que ese asunto te provoca y traducirlo a palabras. Hay que tener cuidado con algunas cuestiones de índole formal, como la acumulación de adjetivos, reiteración de palabras, el orden de los pensamientos que a veces acuden atropelladamente, y otras menudencias. A veces hay que depurar el resultado final de tal forma que lo que se termina publicando en poco o en nada tienen que ver con el planteamiento que inicialmente habíamos construido. Es como el escultor que, tras acabar su obra, se dedica a dar pequeños golpes aquí y allá para eliminar lo que sobra o mejorar el resultado, la apariencia final. O como el cocinero que va añadiendo los condimentos en el momento y en la cantidad que considera adecuados hasta conseguir un plato sabroso.
En ese proceso de interiorizar aquello sobre lo que queremos escribir hay un ejercicio de transfiguración, parecido al del actor cuando se mete en el personaje que tiene que interpretar, un abandono del propio yo que nos conduce a lo más hondo de unos océanos que no sabemos cuánta profundidad pueden llegar a tener. Sabes como vas a empezar pero nunca hasta dónde vas a llegar, pero también sabes que en el camino hay un gozo sin límites, un enorme placer. Ciertas cosas te hacen disfrutar más que otras, y cada vez que vuelves a leer lo que has escrito ríes y lloras, según de lo que se trate, con la misma emoción que tuviste la primera vez que lo plasmaste en palabras.
Cuando te quieres dar cuenta, al salir del lugar al que has viajado, crees que sólo ha pasado un rato y al mirar el reloj compruebas que pueden haber transcurrido horas.
Si las musas de la inspiración no acuden en tropel cuando se las convoca quizá sea porque no es el momento adecuado. A veces puedes tener ganas de escribir sobre determinado asunto pero el ánimo, que es nuestro motor, está apagado y resulta difícil encenderlo. Cuando esto sucede es bastante desalentador, te queda como un vacío, una impotencia ante la imposibilidad de abrir la mente y el espíritu. Sin embargo, no hay que forzar las cosas, suelen venir por sí solas.
Por eso me encanta esa parte de “Mejor imposible”, cuando el escritor, solo en su casa, sumamente concentrado y dándole a la tecla de su ordenador para escribir la última novela que piensa publicar en breve, es interrumpido en varias ocasiones por el vecino que llama a su puerta, y cada vez que esto sucede su furia va en aumento hasta alcanzar grados paroxísticos y muy cómicos. Al vecino le parece la suya una reacción desmesurada, pues no alcanza a comprender que parar un proceso creativo es casi un pecado que merece como poco la pena capital. Detener la “espiral de autorreflexiones” a la que antes aludíamos puede ser peligroso para el que lo causa, ya que volver a coger el hilo de los pensamientos cuando éste se ha roto a veces es tan difícil como intentar coger el globo que salió volando después de haberlo soltado. El vecino es también un espíritu creador, pues se dedica a la pintura, pero quizá dejar de dar una pincelada en un momento dado por una interrupción no haga que la inspiración se volatilice.
Por algún extraño motivo, unas veces las palabras más adecuadas y menos usadas acuden sin problema a nuestra mente, dándole al resultado final ese puntito que lo hace distinto de los demás y que configura nuestro estilo personal. Otras veces, sin embargo, sólo acuden las palabras más corrientes y menos significativas, y no conseguimos rematar la faena con ese estilo propio que hace que nuestra escritura sea inconfundible.
Deberíamos dejar que la inspiración acudiera a nosotros con más frecuencia, para todo en la vida. Sólo tenemos que dejarle las puertas abiertas de nuestra mente y nuestro corazón y las nueve musas, traviesas y cambiantes, se colarán en tropel sin apenas darnos cuenta.
 
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