martes, 30 de diciembre de 2008

Titanic: navegando a través del tiempo







Cuántas cosas ignoramos aún sobre la trágica historia que envolvió al Titanic, a pesar de lo mucho que se ha escrito y se ha especulado sobre el tema durante décadas. La exposición que hay ahora en Madrid nos descubre detalles de aquel viaje y de aquella época que fascinan y cautivan.
Desde niña me atrajo de manera especial la peripecia de este barco, que se hundió en las heladas aguas del Atlántico Norte un mes antes de que naciera mi abuela Pilar.
Luego, la película de James Cameron recreó de forma increíble y sorprendente la corta vida de un transatlántico que no ha tenido imitación después: la vida dentro del barco, la fastuosidad de su decoración interior, las diferencias que había según en qué clase se viajara, la manera en que se produjo el accidente y cómo de hundió.
A través de los objetos presentados en esta exposición, podemos hacernos una idea real de las modas y costumbres de la 1ª década del siglo XX, ya que el fatal desenlace ha congelado aquel momento en el tiempo: los reposabrazos de hierro con arabescos que formaban parte de los bancos que había en cubierta, tiradores de las puertas, restos de arañas de cristal procedentes de algún dormitorio de 1ª clase, algunas cacerolas que habría en las cocinas, platos hechos con materiales refractarios para servir directamente del fogón o el horno a la mesa y que así los alimentos no perdieran el calor, juegos de café que en 1ª clase eran como algún modelo que he visto en alguna tienda, azul marino con adornos dorados, juegos de tocador de señora primorosos, cajas de porcelana preciosas que proporcionaba la compañía a la que pertenecía el Titanic y que contenía pasta de dientes…. A mi hijo le gustaron mucho todos estos objetos antiguos, y especialmente un jarrón de cristal azul con incrustaciones de filigranas.
El dormitorio de 1ª clase me decepcionó un poco porque creo que no ha logrado reflejar la elegancia y la exquisitez del modelo original. A este nivel se contrataban hasta cuatro salas, que incluía además del dormitorio, cuarto de baño, salón y una pista de unos 15 metros para reuniones o bailes. Había bañera con agua fría y caliente, que era salada porque se recogía del mar a través de un elaborado sistema de cañerías. Luego, un depósito de agua dulce junto a la bañera servía para aclararse. Para desaguar la bañera se accionaba un mando que evitaba tener que meter las manos en el agua sucia. Se creía que la acción combinada del agua de mar y los jabones tenía efectos terapéuticos.
El dormitorio de 3ª clase era bastante diferente, con cuatro camas adosadas a ambos lados mediante literas, y una especie de tablero que se bajaba y subía colgado de la pared central a modo de mesa. Se recreaba el ruido que debían hacer los motores del barco, ya que estos dormitorios estaban en esa zona. Era insoportable.
Los comedores de 1ª clase tenían las paredes cubiertas con maderas exquisitas. En la exposición se podía ver también trozos de suelo de cocina y de baño, muy bonitos.
Los comedores de 2ª clase eran más pequeños y las comidas tenían que servirse en dos turnos. Como también estaban muy elegantemente dispuestos, los primeros comensales a los que se abrieron sus puertas creyeron que había habido algún error y que los habían conducido a 1ª clase.
Se podían ver, expuestos en vitrinas, billetes que se han conservado porque estaban metidos en bolsas que los han aislado del agua. También hay monedas, bolsos de mano para lo imprescindible durante la travesía, ya que el resto del equipaje viajaba en las bodegas; pequeños tickets que las señoras recibían de los sobrecargos cuando les confiaban sus joyas para que las guardaran a buen recaudo, y naipes de cartas que fueron usados por algunos tahúres profesionales hasta que el capitán prohibió el juego para evitar que los pasajeros fueran desplumados por estos personajes.
El Titanic tenía luz eléctrica, algo poco usual en aquel tiempo, y decían que con la corriente que se generaba se podían iluminar cinco ciudades de las de entonces.
Se exponía además unos rodapiés como de medio metro forjados en hierro con arabescos, a través de los cuales se filtraba el aire caliente procedente de un sistema de calefacción que existía bajo el suelo y que conseguía mantener una temperatura cálida y distribuida homogéneamente.
Había dentro del barco un circuito a parte para los miembros de la tripulación, de forma que nunca se mezclaban con el resto del pasaje.
Otros objetos curiosos que se han conseguido rescatar son una chistera, unas botas, una pajarita, una botella que aún contiene licor, unas gafas y frasquitos que todavía están llenos de perfume.
Algunas fotos ampliadas muestran en la exposición los retratos del arquitecto del barco, que tenía otros dos similares en proyecto, y del capitán, oficial que ya se iba a retirar cuando le pidieron que se encargara del Titanic para poner así un broche de oro a su larga y exitosa carrera profesional. Muchas personas que viajaban con la White Star Line, la compañía del Titanic, compraban los pasajes de los barcos en los que sabía que iba a estar él al mando. Era un hombre carismático y algo excéntrico, magnífico relaciones públicas entre el pasaje.
También había fotos del interior de las naves donde se diseñó, del astillero en el que fue construido, y del aspecto que tenía cuando aún estaba atracado en el puerto, imponente. Los comentaristas de la época decían que todo en él era de proporciones gigantescas, desde el timón que era enorme hasta las cacerolas en las que se llegaban a preparar hasta 6.200 comidas diarias.
En las fotos se puede apreciar el tamaño colosal del cuarto de calderas, con cientos de operarios trabajando sin descanso. Cuando se produjo el choque, fue aquí donde se abrió la primera brecha, después de un estruendo terrible que, sin embargo, no se escuchó en otras partes del barco.
En la exposición se veía además el sumergible, hecho de titanio y con brazos mecánicos, que sirvió para recoger todas las muestras y que tuvo que hacer inmersiones a una profundidad de 4 kms. durante dos horas y media el descenso y otras tantas el ascenso. Es imposible intentar izar el barco hasta la superficie porque se desintegraría. Aunque los restos fueron descubiertos hace 23 años, el barco llevaba ya hundido 73 años.
También hay un gran trozo del casco, metido en una urna de cristal con un agujero en la parte superior para que todo el que quiera pueda tocarlo.
La exposición termina con un video en el que se hace una reconstrucción por ordenador del hundimiento, la exhibición de restos del puente de mando, y de un gran trozo de hielo que emula un iceberg.
El Titanic fue sin duda un barco magnífico, lujoso y de gran belleza, que funcionaba perfectamente y que hubiera tenido una larga vida si hubiera viajado por otras rutas menos peligrosas. En aquella época no se disponía de los sofisticados medios de hoy en día para detectar masas de hielo móviles y de muy diverso tamaño.
Según reza en alguna parte de la exposición, el dinero que se recauda con ella sirve para conservar los objetos de las 1.523 personas que perdieron la vida en aquella catástrofe, y así preservar su memoria a través del tiempo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Burocracia




Hace poco asistí a un curso en el que se hablaba de políticas de mejora de la Administración Pública, y entre ellas se señalaba, además del uso de las nuevas tecnologías que se van implantando, la progresiva supresión de trámites burocráticos, hacer como una simplificación de las jerarquías administrativas y de los muchos pasos que hay que dar hasta que los papeles llegan a su destino.
Los profesores consideraban vergonzoso el hecho de que una persona fuera enviada de una ventanilla a otra cada vez que necesitaba resolver un asunto con la Administración. Lo cierto es que lo que ahora se lleva mucho es que te den un numerito, como en los supermercados, y que estés pendiente de un panel electrónico hipnotizador y estresante.
Se suele hablar de la Madre Administración y del Padre Estado, pero ni la una ni el otro cumplen esa misión, antes al contrario, los ciudadanos vivimos huérfanos de progenitores que velen por nosotros y nos lleven de la mano cuando tenemos alguna dificultad.
La Administración no ha dejado de ser nunca un ente gigantesco y oscuro con el que nos tenemos que topar más de una vez a lo largo de nuestra vida, tanto si somos usuarios como si trabajamos en él, como es mi caso. Decir que se es funcionario constituye hoy en día algo casi vergonzoso, algo que hubiera que ocultar, como si no fuera una ocupación normal y con algún sentido, sino más bien una forma de vegetar.
En el primer trabajo en el que estuve aún eran los tiempos de la máquina de escribir, el papel cebolla y el papel carbón. Tenía un compañero que escribía en dos libros enormes todo lo concerniente a las bajas de enfermedad y accidente. Las hojas lucían un tonillo entre amarillento y marrón, por los muchos años que acumulaban y los que les quedaban, porque aquello era tan grande que no se acababa nunca. Estaban desencuadernados, y su visión era bastante penosa.
Una de mis ocupaciones era rellenar y poner al día un montón de fichas de cartulina con los datos del personal, que luego se guardaban en archivos de cajón forrados de verde.
Tan solo uno de los compañeros tenía un ordenador, un modelo aparatoso que funcionaba mal y al que solía golpear sin piedad para que no se quedara bloqueado, y cada vez que lo hacía salía una pequeña nube de polvo de las rejillas de ventilación traseras. Tecnología punta.
Cuando me ocupaba de las becas de estudios del personal, era el momento en que podía poner en práctica alguna manera de agilizar los trámites burocráticos. Como casi todos los peticionarios eran trabajadores de la construcción, de mediana edad e incluso ya mayores, la mayoría eran analfabetos o tenían mucha dificultad para leer y escribir. Yo me ofrecía a rellenarles el montón de impresos que tenían que presentar y hacerles fotocopias de todo. Además tenía que pasar las solicitudes a la firma de al menos tres jefes distintos. Ocupándome yo misma de todo y procurando ir ligerito era la única forma de hacer que tanto trámite no alargara enormemente el interminable y tedioso proceso.
Recuerdo especialmente a uno de los trabajadores, que tenía tres hijos que sacaban una media de sobresaliente. Yo se lo alababa mucho y él, que era un hombre muy afable y con muy buen carácter, me lo agradecía sinceramente. Alguno hubo que, intentando corresponderme, me trajo un frasco enorme de miel de la Alcarria y cuando, avergonzada porque estaban delante mis compañeros intentaba rechazar el regalo, como se ofendía lo tenía que aceptar, para envidia de mi jefa, que sí aceptaba regalos gustosa y por su puesto en la escala administrativa se creía que cualquier detalle que la gente quisiera tener debía ser exclusivamente para ella.
Me acuerdo también de otro que me regaló un jarroncito con una flor de tela rosa. La gente suele ser agradecida cuando pones un poco de interés en lo que haces e incluso vas un poco más allá del frío y burocrático trabajo administrativo.
Precisamente salió este tema durante el curso. Es evidente que no se pueden aceptar regalos como contraprestación a nuestro trabajo, de ninguna clase, y el profesor puso el ejemplo de un jefe que tuvo que, como le regalaban todas las Navidades una gran cesta y no era cuestión de devolverla, hacía unos números y sorteaba su contenido entre los empleados.
De todas formas, estamos aún lejos de suprimir la burocracia y ponernos al nivel de otros países. Los norteamericanos, por ejemplo, se pueden divorciar haciendo la solicitud de mutuo acuerdo y depositando la tarifa fijada en una especie de cajero, y se obtiene la resolución al momento. No hacen falta jueces ni abogados para trámites tan frecuentes y en los que poco o nada tienen que decir sobre lo que una pareja haya decidido. A veces es mejor una Administración informatizada, por aséptica que pueda parecer, que una con oficinas llenas de colas, ventanillas y trámites interminables.
En Europa está mal visto quedarse trabajando más allá de las cinco de la tarde, porque eso quiere decir que no se ha sido capaz de sacar el trabajo durante la jornada laboral normal.
Cada vez más se tiende a funcionar con el teletrabajo en casa también en lo que a la Administración se refiere: grupos pequeños de empleados que se distribuyen el trabajo estableciendo su propio horario y sólo tienen que dar cuentas del rendimiento final.
Atrás deberían quedar las oficinas llenas de legajos, expedientes, manguitos, los lugares donde las llamadas telefónicas se contestan pasando la “pelota” a otro. He conocido a unos cuantos que para no trabajar escurrían el bulto o decían que era en otro departamento donde se hacía una determinada cosa. Y esos son los que dan la triste fama que tenemos los funcionarios y la Administración.
Aunque la definición de burocracia sea la manera de conseguir una correcta y adecuada organización del trabajo, en realidad se trata de una forma de alargar los procesos para hacer desistir a los interesados. Será que la gente pide demasiado, y las arcas y los cerebros hace tiempo que están vacíos.

jueves, 18 de diciembre de 2008

En honor a la verdad (X)


- Es curioso cómo los argumentos de las películas se van adaptando a los tiempos que corren. Hace poco ví una en la que se contaban las peripecias de un grupo de niños atrapados en un aeropuerto en época navideña por culpa de una tormenta de nieve. Lo curioso es que se trataba de niños y adolescentes que viajaban solos, algo por lo visto cada vez más frecuente, y los metían en una gran sala a parte, donde habían montado una auténtica batalla campal para no aburrirse.
Lo que más gracia me hizo fue cuando, al llegar los protagonistas a aquel lugar, el espectáculo que se veía era hilarante: objetos lanzados de un extremo a otro, un coro de niños dirigidos por otro que entonaban villancicos a base de eructos, y lo mejor de todo, un chico negro con un elegante uniforme de colegio privado, como de unos 14 ó 15 años, que se movía con un ordenador portátil de aquí para allá con la única finalidad de hacer una especie de gráficas con el porcentaje de niños que viajaban solos y el motivo por el que lo hacía.
Al llegar el chico protagonista, otro quinceañero, con su hermana pequeña, el del ordenador les preguntaba: “¿Vosotros por qué viajáis solos?. ¿Por ser hijos de divorciados?. ¿Porque sois judíos y vais a ver a vuestros abuelos?. ¿O por alguna otra causa?”. Y al decir todo esto enseñaba la pantalla de su ordenador con las gráficas de quesitos exhibiendo esos dos motivos como los principales. Por lo que se ve el divorcio es una auténtica epidemia, y debe ser que sólo los judíos tienen costumbre de ir a ver a sus abuelos por Navidad.
La película tiene su guasa, y su puntito de cruda realidad.

- Es increíble la historia tan rocambolesca que se montaron con lo de “El Código da Vinci”. Ya no saben qué inventar en lo que a la Biblia se refiere, un relato que es tan sencillo y bonito y la manía que tienen de volverlo del revés y sacarle tres pies al gato con argumentos falaces y retorcidos. Eso sí, afirmando que todos los descubrimientos que hacen y sacan a la luz están basados en investigaciones científicas y que si se hallaban ocultos hasta ahora era por culpa de la Iglesia católica, a la que supuestamente le convenía que ciertas cosas no se supieran. Qué poco respeto merecemos los cristianos, y con qué poca fuerza defendemos nuestra religión. A la más mínima insinuación un poco fuera de lo normal que se haga de otras religiones, ya se ha montado un cisco tremendo.
En “El Código da Vinci” se afirmaba que Cristo no murió y que se casó con Mª Magdalena y tuvo hijos. A todos nos hubiera gustado que, ya que se hizo hombre para sufrir y sentir las mismas cosas que sufrimos y sentimos nosotros, por lo menos que hubiera disfrutado de una vida más normal y que hubiera permanecido entre nosotros mucho más tiempo. Pero por desgracia ésto no es como en las películas que tienen final feliz, hubo un martirio y una Resurrección.
A casi todos los ídolos que en el mundo han sido los reviven una y otra vez aún cuando lleven años y años muertos. Y es que todos los que son dignos de admiración y cariño por parte de la gente parece que tienen casi la obligación de ser eternos, no se pueden marchar y dejarnos solos, nos ayudan a vivir y su ejemplo da sentido a nuestra existencia.
Queremos humanizar a Jesús más de lo humanamente posible. Y si hay que desclavarlo de la Cruz porque la imagen de su sufrimiento nos hiere, hagámoslo con nuestras buenas obras, haciendo el Bien sin descanso, y no con especulaciones torticeras y malintencionadas.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Héroes anónimos

Cuando decimos que una persona es heroica solemos hacer mención a gente que se hace famosa por sus acciones o virtudes, y por extensión recibe también este nombre la poesía que narra o canta gloriosas hazañas o hechos grandes y memorables, según las definiciones que se pueden encontrar en el diccionario.
Pero no siempre la heroicidad lleva consigo la fama y el reconocimiento general. Parece que es menos gratificante ser héroe cuando nadie más que nosotros y el objeto de nuestro valor lo saben. Debe ser algo así como el que dice que es muy creyente y religioso sólo por el respeto y la admiración que ésto pudiera despertar en los demás y no por propia creencia, y para demostrarlo basta con darse unos cuantos golpes de pecho en un sitio concurrido, la iglesia sin ir más lejos, arrastrarse de rodillas o caminar descalzo en una procesión a modo de penitencia y a la vista de todo el mundo. Si no hay espectadores la cosa no tiene gracia.
Héroes anónimos hay a montones, y sólo falta con que a cualquiera de nosotros nos pongan a prueba en un momento dado para descubrir un arrebato, una energía irracional, generosa y noble que yace escondida en lo más profundo de nuestro ser y que saca a relucir lo mejor que llevamos dentro.
No siempre los actos así realizados, siguiendo un primer impulso, nos benefician en cuanto a lo que a nuestra integridad física se refiere, pero el beneficio moral, si logramos contarlo, es permanente e incalculable.
El acto heroico busca normalmente salvar vidas a costa de la propia supervivencia. Si nos lo pensáramos dos veces, seguramente nunca daríamos ese paso, nunca seríamos heroicos. Pero el ser humano, incluso el que aparentemente pueda estar más envilecido, es capaz, necesita dar de sí lo mejor que posee, incluso sin ser consciente de que alberga esos valores.
Luego puede que venga el comentario posterior, cuando el héroe no vive para contarlo o queda maltrecho, que es cuando se dice aquello de “pobre diablo”, “qué necesidad tenía”, “de qué le ha servido”.
Hay cosas que dan sentido a una vida, aunque supongan el fin de la misma, más por el aplauso interior que podamos darnos que por el que pueda venir de los demás. Son momentos que quedan en la memoria colectiva cuando se dan a conocer, y quizá no por mucho tiempo, pero sí en la del que los ha protagonizado, y para siempre.
Existen personas que sí han alcanzado la fama, precisamente porque salvaron a muchos y no pudieron salvarse a sí mismos, como la historia que he leído hace poco sobre un encargado de seguridad de una de las torres gemelas cuando el atentado del 11-S. Casos así impresionan enormemente, ponen los pelos de punta.
Pero no siempre el héroe anónimo pasa a los anales o consigue incluso la beatificación por sus buenas y extraordinarias acciones. No podemos olvidar a las madres divorciadas o viudas que sin casi ninguna ayuda sacan adelante a sus hijos, entregándose en cuerpo y alma a ellos durante muchos años, hasta que salen adelante. O esos hombres que trabajan a diario en profesiones que hacen peligrar su vida por conseguir llevar un trozo de pan con que sustentar a sus familias. Y, en fin, todos aquellos que son víctimas de cualquier injusticia y que, sin embargo, se aferran a la vida y a sus valores para no sucumbir a la desesperación, sacando fuerzas de donde creemos muchas veces que ya no nos queda nada.
Yo he sido beneficiaria del heroísmo anónimo y también en alguna ocasión ejecutora de ese heroísmo. Quién no ha echado una mano alguna vez cuando se ha terciado en un momento difícil y delicado para los demás. Cuántos pequeños detalles tienen lugar todos los días y en todas partes del mundo, que se hacen en un momento y pasan desapercibidos para el resto, pero que son cruciales para la vida, y que por su fugacidad cuesta incluso recordarlos con el paso del tiempo.
Aún recuerdo aquella película, “Héroe por accidente”, en la que se veía a un fracasado al que todo le iba mal y que carecía a simple vista de los valores y la ética que se supone tenemos la mayoría de las personas, que en un momento dado es testigo de un accidente de avión y poniendo en peligro su vida se introduce dentro del aparato, que estaba en llamas, para salvar a todos los pasajeros que se encontraban en su interior, cargando incluso con ellos porque la mayoría estaban muy malheridos, tragando humo y pasando miedo. Él, que era un hombre de complexión menuda, sacó fuerzas de flaqueza y desarrolló una energía como nunca hubiera pensado que podría tener. No sabía por qué lo había hecho, y cuando lo pensaba le daba pavor, le parecía que es que se había vuelto loco por un momento. Le importaba un pimiento el reconocimiento ajeno, sólo se interesó por el dinero que iban a dar al que se presentara diciendo que había sido el héroe anónimo, y le llega a proponer al que se quiso hacer pasar por él que se repartieran el dinero y el otro se llevara los oropeles, que a él no le importaban y hasta le disgustaban. Y es que para ser héroe tampoco hacen falta unas cualidades excepcionales.
Nuestra existencia se sustenta gracias a esas pequeñas y grandes heroicidades, a esos héroes anónimos de los que somos al mismo tiempo objeto y parte integrante. Su mérito radica precisamente en que no esperan nunca el reconocimiento ajeno, incluso puede parecerles molesto. Sólo están ellos como testigos de su propia grandeza.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Ramanjulu



Hace dos semanas recibí una carta de la Fundación Vicente Ferrer comunicándome que Ramanjulu, el niño que tengo apadrinado, había fallecido.
Sé que hace dos años estuvo muy enfermo en el hospital. Ahora me dicen que en aquella ocasión se le encharcaron los pulmones, y que el año pasado abandonó el colegio para dedicarse a trabajar y ayudar en el sustento de su familia.
En su última carta me decía que estaba muy triste por tener que decirme que por su enfermedad no había podido presentarse a los examenes finales. Este verano se había ido a otro pueblo con un tío suyo para cargar y descargar tractores y así ganar algún dinero.
En la carta me describieron brevemente todo el proceso, diciendo que a mediados de septiembre empezó a quejarse de fuertes dolores en el estómago y, aunque le trataron y aliviaron un tiempo, no le terminaron de curar. Ramanjulu se siguió quejando, pero sus padres no lo llevaron al médico porque no le habían conseguido solucionar su problema cuando lo llevaron la 1ª vez y además decían estar muy ocupados con su trabajo. El pequeño terreno donde cultivaban cacahuete no era suficiente para sustentar a toda la familia, el matrimonio y tres hijos, de los cuales Ramanjulu era el pequeño.
A finales de ese mes, estando en el campo ayudando a sus padres, tuvo dolores muy fuertes y por consejo de éstos se fue a casa a descansar. Cuando regresaron por la tarde encontraron la puerta cerrada y nadie acudía a su llamada. Asustados, echaron la puerta abajo y se encontraron al niño ahorcado del techo.
Hacía cinco ó seis años, ya no lo recuerdo, que Ramanjulu era mi ahijado. Tengo todas las cartas y dibujos que me envió. En una ocasión me contó que unos globos que le había mandado habían sido la alegría de él y sus compañeros de clase, pues los habían inflado y esparcido por todas partes, jugando con ellos, como si fuera una fiesta. Desde entonces siempre le incluía una bolsa de globos en todos los envíos que le hacía.
Tengo dos fotos suyas: la 1ª que me mandaron nada más apadrinarle, cuando aún era pequeño, y otra más reciente, pero en ambas me sorprendió siempre la adustez de su gesto, siendo aún tan niño, porque parecía que fuese mayor de lo que en realidad era. Su mirada era dura, su semblante como enfadado, su imagen tan sombría contrastaba enormemente con las fotos de la propaganda que la Fundación me hacía llegar cada cierto tiempo, en las que se veían niños sonrientes y felices.
Han tardado algo más de dos meses en comunicarme lo sucedido, he escrito en dos ocasiones a Ramanjulu sin saber que ya no estaba en este mundo. Curiosamente es el tiempo que hace que decidí no quedarme con copia de las cartas que le enviaba, por considerarlo en realidad innecesario. Es como si algo me estuviera diciendo que aquellas palabras ya no iban destinadas a nadie. También es casualidad quizá que por la época en que le sucedió esto a él, yo me encontraba anímicamente bastante mal, sentía un malestar muy extraño como no he vuelto a sentir después.
Ahora me parece vacía y sin sentido la ayuda que intenté prestarle al apadrinarlo. Es evidente que la aportación económica que le hacía, aunque aquí no sea gran cosa, es países como La India es un dinero, del que a él parece que le debía llegar poco, el resto se lo quedaría la Fundación para otros usos, o a saber en qué lo emplearía. De nada sirvió ni ese dinero, ni el material escolar, ni algún que otro juguete o ropita que le mandé. Ramanjulu se vio solo, la falta de salud y de atención adecuada pudo con él.
Dejar la escuela debió ser fatal para él, porque le alejaba no sólo del saber sino de la relación y los juegos con otros niños de su edad. Los niños no deberían hacer otra cosa que eso, ser niños. En esos países no hay infancia, se tienen hijos para emplearlos como mano de obra gratuita, la vida humana no tiene apenas valor en medio de tanta pobreza. Si vas tirando muy bien, pero como des algún problema eres apartado porque molestas y arréglatelas tú solo como puedas.
Quisiera haberlo, no sólo apadrinado, sino adoptado como hijo si eso hubiera sido posible y yo llego a saber lo que pasaba. Nuestra relación, a tanta distancia, debió ser para él un pálido atisbo de afecto que no fue suficiente para ayudarlo en sus tribulaciones. Ramanjulu hubiera tenido un sitio en mi casa, como un hijo más. Yo sí que le habría cuidado y me habría ocupado de él en todo lo que necesitara. Se puede ser pobre de bienes materiales, pero eso no hace que se sea también pobre de amor, el amor no cuesta dinero ni esfuerzo. Puede que la dureza de la propia vida hace que también se endurezca el corazón. A lo mejor que este niño haya muerto es en cierta forma un alivio para sus padres porque es una boca menos que alimentar y como no andaba bien de salud encima no era lo bastante útil.
Yo, que a veces me pesa que el mío no sea un hogar tradicional al estar divorciada y por eso pienso que a mis hijos les va a faltar lo que otros niños sí tienen la suerte de disfrutar en sus hogares, sin embargo ahora creo que de nada le sirve a un hijo que sus padres estén juntos si luego no le prestan la atención y el amor que necesita. A mis hijos eso no les va a faltar nunca, precisamente para evitar que sucedan cosas como la que le ha pasado a Ramanjulu. Cómo se debió sentir, cuánta desesperación en un niño de doce años.
Él ha sido víctima, como tantos otros niños, de la miseria, el abandono, la explotación y la sordidez. Yo, que me lo imaginaba haciéndose mayor, con un trabajo digno y formando su propia familia. Cuánta vida tenía aún por delante, pero sus circunstancias personales se la hicieron insoportable. Si hubiera estado conmigo le habría abierto los ojos al mundo, le habría enseñado tantas cosas, hubiese tenido ganas de vivir. Y seguro que él también me habría enseñado mucho, tan bueno y tan trabajador como era.
Conservo su foto en la librería del salón de mi casa, en el sitio de siempre, con su camisa de manga corta, su pantalón corto y descalzo.
Te hubiera dado todo lo que tengo, Ramanjulu, porque siguieras aún vivo. Si alguna felicidad aporté a tu vida, por pequeña que fuera, ese pequeño consuelo tengo, el que tú se ve que no tuviste. Nunca sabrás la ilusión que tenía cuando te apadriné y la que sentía cada vez que te mandaba cosas. Nunca lo sabrás, mi niño triste, mi niño bonito.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Un sueño hecho Navidad


Este año que mis hijos son plenamente conscientes del origen de los regalos que reciben en Navidad, parece que su ilusión se haya visto reducida a poner unas cuantas cruces junto a los juguetes que les gustan en el catálogo de El Corte Inglés.
Ana dice que seguirá escribiendo su carta a los Reyes, como siempre, y colocándola en el árbol navideño, a los pies del cual aparecerán los objetos deseados durante la madrugada del día señalado, como es tradición.
Miguel Ángel protesta porque asegura que el año pasado ya lo sabía, pero una cosa es conocer algo y otra es ser, como dije al principio, plenamente consciente, proceso de más lenta evolución que hace que ciertos descubrimientos que no siempre son agradables penetren en la mente de forma paulatina, lo que se suele decir “caerse del guindo” poco a poco, para no hacerse mucho daño, algo en lo que su madre, osea yo, tiene amplia experiencia.
Lo único que cambia cada año en Navidad es la última horterada que se han inventado para llevar puesta, casi siempre en la cabeza, y que se puede encontrar en los puestos de artículos de broma junto a la plaza Mayor. Y la mayor novedad ha sido que nadie tira petardos, al menos por ahora, algo que tanto mi madre como yo agradecemos profundamente.
Como es habitual, se formulan recomendaciones para evitar el despilfarro propio de estas fiestas, mientras nadie hace nada para que los precios, sobre todo los de la comida, se tripliquen.
Dicen que hay que apretarse el cinturón porque hay crisis, pero yo sigo viendo miles de personas inundando las calles, no sé si para disfrutar únicamente del ambiente navideño o para comprar compulsivamente, que todo puede ser. Este año especialmente me ha parecido que la cantidad de gente que circula por Madrid es aún más grande que en cualquier otro año. Serán imaginaciones mías, o que en esta ciudad somos cada vez más, demasiados quizá.
La Navidad va siendo menos una celebración íntima, hogareña y religiosa, y más una especie de espectáculo de luces y color, y de cosas materiales, es una época que se va volviendo vacía porque está perdiendo su auténtico significado. La gente siente más las ausencias, su pobreza (sobre todo espiritual), y creo que por eso se echa a la calle, porque se busca más la compañía de los demás.
La crisis no impide que salgamos de casa y nos miremos ahí fuera las caras para comprobar que, al fin y al cabo, todos somos uno, que navegamos en el mismo barco, que no estamos solos en el mundo. Aunque pueda parecer que pasamos unos al lado de otros apenas rozándonos o dedicándonos tan sólo un breve vistazo, en realidad somos en estas fechas más conscientes de los que nos rodean, de las cosas que pasan alrededor. Por eso se apela a la caridad más que nunca, por eso es cuando más donativos se hacen. Es como si ser generosos y humanitarios tuviera sólo una época al año y el resto del tiempo volvemos a ser los de siempre, cada uno a lo suyo.
En un pueblo de Denver, en el que vive la hija de una amiga mía, se ponen en las calles los adornos de Navidad en otoño y ya no se quitan hasta que termina la primavera, sólo porque embellecen y hace que todo parezca más acogedor, más bonito. Aquí podría cundir el ejemplo, aunque deberían cambiar la iluminación de algunas de las calles principales de Madrid, que no se han lucido mucho este año precisamente, y retirar de paso el horroroso árbol de Navidad que hay en la Puerta del Sol. Que pongan el de toda la vida, que era precioso, y si no quieren talar árboles, cosa que me parece muy lógica, que pongan uno artificial, que tampoco está mal. Y de paso que se acuerden de barrios que, como el mío, no son comerciales pero en los que también nos gusta que se note la Navidad.
Este año he fotografiado, como si fuera una turista en mi propia ciudad, las grandes bolas luminosas que cuelgan en medio de la calle del Carmen, y que oscilan un poco amenazadoramente los días de mucho viento. A lo mejor vamos a acabar como Indiana Jones, cuando huía perseguido por aquellas bolas gigantescas que rodaban tras él por los estrechos laberintos en los que andaba siempre metido. Los discos luminosos de la plaza Mayor también son bonitos.
En mi casa, superados los inconvenientes de mi divorcio, disfrutamos de una paz y un bienestar como no había habido nunca, y por nada del mundo quisiera que nada ni nadie pudiera estropearlo. Es más hogar ahora que cuando estaba casada. Aunque pueda parecer egocéntrico decirlo, mis hijos han aprendido y mi ex marido ha comprendido, aunque ya un poco tarde, que el hogar realmente está donde esté yo.
No me importaría pasar una Navidad en la típica casita con porche y chimenea humeante, rodeada de nieve y con un trineo a la puerta, en un pueblecito pequeño y acogedor, como veíamos en las películas de nuestra infancia. Es un sueño, de los muchos que tengo, que querría que algún día se hiciera realidad, un sueño que desearía que alguna vez se hiciera Navidad.
Pasemos estas fiestas con el convencimiento de que seguramente tendremos más que muchos, y algunas veces ni siquiera nos lo mereceremos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

En honor a la verdad (IX)


- Hizo mi hija el otro día una parodia del monólogo de una azafata en pleno vuelo, y por lo que se ve, todo su afán era que los pasajeros se sintieran como en su casa. Terminaba diciendo algo así como: “Disponen de caramelos al fondo y luego me pasaré un rato para que puedan acariciarme los mofletes”.
Pocos viajes ha hecho aún y le cuesta situar los lugares del mundo en el mapa. Hace poco, estudiando los climas, leyó que Canarias tiene clima subtropical, y me preguntó si es que estaba en el Caribe. La geografía, ya desde los tiempos en que yo iba al colegio, ha sido siempre una asignatura que se ha impartido un poco como de pasada. Cuando mi hijo recita en voz alta los países y capitales de Europa para aprendérselos, me hago cruces de los nombres tan complicados que se han inventado para los nuevos territorios que han ido surgiendo. Ya no sé si sería capaz de memorizarlos, con mucho esfuerzo supongo.

- Mirando los fotogramas de la película “O brother”, me doy cuenta del atraso tan grande que hay en la América profunda, con esos granjeros analfabetos, sucios y brutos rodeados de una nube de moscas, nada más que dedicados a las labores del campo y al ganado. Lo que sucede en cualquier zona rural que está atrasada, lo que eran Las Hurdes aquí, sólo que allí van con peto vaquero, camisa de cuadros y sombrero de paja.
Los dibujos animados que mejor los parodiaban eran aquellos que ponían hace tiempo en televisión, “Los osos montañeses”, que en el doblaje hasta imitaban el extraño deje cansino al hablar y las palabras mal dichas. Cuando los veía de niña creía que es que los personajes eran así. “¿Cuándo te vas a duchar, apá?”, le decía amá. “Apá, eres mi terronsito de miel”. Yo me moría de risa.
A su manera eran muy básicos, pero muy dulces.

- Me hace gracia mi hijo cuando llega del instituto. Se va directamente a su habitación y se tira bocabajo sobre su cama, con la cazadora puesta y la mochila, y se queda así como si fuera uno de esos dibujos que se vuelven planos porque los han aplastado al abrir una puerta y se van escurriendo por la pared. Es un auténtico ganso, en plena edad del “pavo”, constantemente está haciendo gestos y ruidos que provocan en su hermana y en mí incontenibles carcajadas. Tiene un peculiar sentido del humor y mucha imaginación, algo que ojalá nunca se le termine. De vez en cuando me sorprende hablando sobre cosas que ha visto o leído en alguna parte y que yo desconocía por completo, cosas muy interesantes y poco conocidas. Es como una esponja para lo que quiere. Siempre me está enseñando, a su manera, siempre estoy aprendiendo de él.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Lady Diana


Hay personas que aunque lleven mucho tiempo fallecidas siguen estando en el candelero de la actualidad como si aún estuvieran vivas. Éste es el caso de lady Diana Spencer.
Ponían el otro día una película que contaba parte de su vida y en la que aparecían imágenes reales suyas. Mi hija, que no la conocía, puesto que cuando murió ella tenía sólo un par de semanas, se quedó mirándola con admiración y dijo que era muy guapa.
Pocos hay que hayan tenido un seguimiento de su vida tan exhaustivo como ella. Desde que se supo que era la novia del príncipe Carlos de Inglaterra, la persecución fue absoluta. Todos la recordamos asustada, escondida debajo de un gran flequillo, tímida, intentando esquivar a la prensa que la acosaba por la calle, poniendo cara de circunstancias y mostrando una gran incomodidad.
Una chica muy joven procedente de una familia aristocrática, hija de divorciados, con pocos estudios y dedicada al cuidado de niños en un jardín de infancia, despertó una gran curiosidad entre el público. Enseguida todo el mundo se fijó en su forma de vestir y de moverse, y en su juventud. Conmovía el hecho de verla tan desamparada en medio de aquella tormenta social que se levantó en torno a su persona. Pronto gustó a todos por su candidez, su dulzura y sus maneras.
Cuando el príncipe Carlos se retiró al campo a meditar sobre su compromiso y lo que iba a ser su futuro, a todos nos pareció un hombre sensato que procuraba tomar decisiones muy meditadas. A nadie se le ocurrió que lo que estaba pensando era si merecía la pena casarse con una chica tan joven que contaba con el beneplácito general, y renunciar al amor de su vida. Cuando veíamos fotos suyas en aquel momento, lo que contemplamos en realidad no era la imagen de un hombre meditabundo sino triste.
La boda fue el cuento de hadas que toda jovencita ha soñado alguna vez. Yo, que por entonces era una adolescente, recuerdo la retransmisión del enlace en televisión, algo inédito hasta el momento, y que tuvo una audiencia extraordinaria. El vestido de ella, fastuoso, elegante, con una cola interminable, todos los detalles cuidados al máximo, la sonrisa entre tímida e ilusionada de ella saliendo de la iglesia cogida del brazo del que ya era su marido…. Aún guardo en casa de mis padres, no sé ya dónde, la revista Hola que estuvo dedicada por entero al evento, con estupendas fotos a todo color de todos los momentos de la ceremonia.
Cuando tuvo a sus hijos, recuerdo cómo ella les metía el meñique en la boca siendo bebés y lloraban, y no tenía chupete a mano. Pequeños trucos de madre que me parecían curiosos, pero que a mí no se me ha ocurrido imitar cuando fui madre.
Luego supimos que su marido no había abandonado la relación anterior, y que presa de rencor y de celos se había tirado por las escaleras durante uno de sus embarazos, en un intento temerario e infantil de llamar su atención y despertar compasión, que de nada le sirvió.
Con el paso de los años lady Diana fue adquiriendo una desenvoltura social extraordinaria. Conoció y trabó amistad con personajes conocidos e influyentes del mundo entero. Viajaba por los cuatro puntos cardinales en actos oficiales colaborando con organizaciones de caridad. Ver su nombre y su rostro patrocinando cualquier campaña social y humanitaria era un éxito seguro. Aprendió a disfrutar de su vida mundana, y su forma de vestir y de peinarse fueron imitadas por la inmensa mayoría de mujeres.
Sólo cuando tenía que aparecer junto a su marido daba muestras de fastidio e incomodidad, algo que se le criticó porque parecía una falta de madurez y de profesionalidad por su parte. Tampoco pudo reprimir las lágrimas en algún acto oficial.
Fue también la primera persona de una casa real que se atrevió a airear en televisión sus desventuras privadas. En realidad estaba bastante harta de la rigidez protocolaria y de la hipocresía que los convencionalismos sociales llevaban consigo, y adoptó una postura retadora, inició una ruptura no sólo matrimonial si no en todas las facetas de su vida que le impedían desenvolverse con libertad.
Cuando se separaron se le atribuyeron diversos romances, si bien fueron con hombres que no supieron muchas veces estar a la altura de las circunstancias. Sus hijos fueron a un internado para alejarlos de la vorágine que se desató en la prensa, y ella se dedicó a “dar la campanada” siempre que podía para restarle protagonismo a las apariciones públicas de su ex marido con su amante de siempre, que ya no ocultaban su relación. Se comportaba como una niña despechada por no haber sido querida, intentando dar una imagen de felicidad que posiblemente no se correspondía mucho con la realidad.
Recuerdo unas fotos que se publicaron poco antes de su muerte, en las que aparecía con su último novio millonario a bordo de un lujoso yate. Su hijo mayor, recostado en una cubierta superior, extendía un brazo hacia abajo para coger la mano de su madre, que a su vez levantaba el suyo para cogérsela. Si hay algo que siempre me conmovió de lady Diana Spencer fue la forma como quería a sus hijos, pese a su inestabilidad emocional y los avatares de su vida privada. Por eso cuando ella murió en aquel fatal accidente, recuerdo con gran pesar el pequeño letrero que su hijo menor colocó sobre su ataúd, en el que le decía “Te quiero mami”.
Siempre es lamentable constatar el trágico desenlace de algunas vidas, personas que teniéndolo todo a su alcance para ser felices, han carecido de cosas fundamentales que las han hecho desgraciadas. La existencia desenfrenada que llevó esta mujer desde su separación la condujo sin remedio a un final que podía haber sido otro muy distinto. Lo sentí mucho por ella, que aún era muy joven, y por supuesto por sus hijos, tan pequeños entonces.
Prefiero recordar a lady Diana Spencer cuando aún vivía con plenitud, como una mujer de su tiempo, y una madre muy especial. Estoy segura que si algo se le pudo alguna vez achacar lo pagó ya con creces.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

En honor a la verdad (VIII)


- Me encanta el retrato que se hace en “El ojo público” del Nueva York de los años 40, y cómo el fotógrafo protagonista, un hombre aparentemente insignificante y despreciable, retrata con inusitada sensibilidad el ambiente nocturno y de los bajos fondos. Todas esas fotos en blanco y negro en las que aparecen las redadas policiales, el maltrato a la población negra, los asesinatos de la mafia, son increíbles, y consigue sacar esas instantáneas como al descuido, sin que nadie más que él se percate, porque está en el momento y el lugar adecuados. Cuando se trata de la mafia llega incluso antes que la policía, y se permite el lujo de “colocar” un poco a los cadáveres para que queden mejor en cámara. O como cuando se las arregla para fotografiar escondido una matanza en un restaurante entre bandas rivales, poniendo unas ruedecitas bajo la cámara para empujarla en medio de la acción y así aparecer él también retratado. Un ser abyecto y cutre, capaz de cualquier cosa por dinero, uno de esos tipos que se vende siempre al mejor postor, es capaz sin embargo de sentir el dolor, la soledad y la desesperanza de los seres que retrata, y también el amor más tierno, desvalido y profundo por una mujer.
La visión de sus fotos como a cámara lenta, con una música bella y melancólica de fondo, es magnífica.

- Hace poco he sabido de una enfermedad que me ha dejado sorprendida, por lo peculiar que es: el “síndrome hipertiméstico”. La persona que lo padece no puede olvidar. La vida es como una televisión dividida en dos: en un lado lo que sucede y en otro lo que estaba haciendo en un momento pasado. Este síndrome afecta a la memoria autobiográfica, y se diferencia del mnemonésico en que éste sólo memoriza textos, códigos o números. Aunque me paro a pensar por un momento cómo puede ser todo esto, no logro imaginarlo. No creo que sea agradable tener siempre presente el pasado, parece que te impide seguir adelante. Habrá dulces recuerdos que no se querrán olvidar, pero otros cuya evocación nos disguste y convenga, si no olvidarlos, por lo menos que vayan perdiendo nitidez y sólo resurjan en nuestra mente ocasionalmente.
Yo quisiera tener un poco más de memoria, aunque no tanta desde luego, y un poco de amnesia para según qué cosas.

- ¿Cómo es el cielo que tocó extendiendo su mano en el vacío el Gladiador cuando aún luchaba con el emperador asesino en el circo romano?. ¿Es esa puerta grande y oscura que se abría a su paso para dejar ver un inmenso campo gris azulado?. ¿Es ese trigo que las puntas de sus dedos acariciaban al pasar?. Allí estaba su familia esperándolo. ¿Era por fin como estar en casa?. ¿Sólo así pudo alcanzar la libertad?.
Abramos nuestras propias puertas aquí en la tierra, mientras estamos vivos. Acariciemos el trigo que aquí crece en campos dorados mecido por el viento. Procuremos disfrutar del tiempo que pasamos con nuestros seres queridos antes de irnos con los otros que se marcharon.
Ya estamos en casa. También aquí podemos alcanzar la libertad.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Accidentados viajes


Nunca se sabe, cuando se viaja, lo que le puede pasar a uno, y cualquier medio de transporte es propicio para la aventura.
En el metro, sin ir más lejos, algo que todo el mundo usa con frecuencia, yo he llegado a ver a la gente dentro del vagón con el paraguas abierto porque al pasar por debajo del Manzanares los días de mucha lluvia suele haber filtraciones, y en aquel momento los vagones que circulaban por la línea que pasa por mi barrio eran de los antiguos y tenían rendijas por todos lados.
En el autobús recuerdo miles de anécdotas, pero especialmente a dos conductores que hace tiempo estaban en una de las rutas que hay donde vivo. Uno de ellos, joven y un poco chuleta, era muy original. Solía coger su coche a primera hora de la mañana. Pues allí le tenías a él, con una gran bufanda al cuello y la música de la radio a toda pastilla, lanzando desde su asiento chorros kilométricos de un líquido que tenía en un envase de plástico y con el que quitaba el vaho de los cristales delanteros los días de mucho frío.
El otro conductor que me viene a la memoria era un señor maduro, rubicundo y en apariencia bonachón, que sin embargo solía hablar solo en voz alta profiriendo quejas de todas clases y que a veces se picaba con algún que otro pasajero. Le gustaba tirarse por toda la calle Segovia abajo a toda pastilla, de forma que en verano si estaban las ventanillas abiertas no era raro que volaran cosas por ahí. Como experiencia era muy excitante para el que le gusten las emociones fuertes, pero para los que están delicados del corazón no se lo recomiendo.
El autocar tampoco se queda atrás, desde pinchar una rueda en pleno trayecto hasta una vez que estallaron las lunas delanteras por efecto del contraste enorme entre el frío que teníamos en el interior por el aire acondicionado, y el calor de fuera. O en una ocasión que una tormenta de verano nos obligó a parar a un lado de la cuneta porque caía una cortina de agua tan grande que no veíamos a dos pasos por delante de nosotros.
De los viajes en coche no se me olvidará nunca una vez que mi ex marido y yo hicimos un viaje a Galicia siendo novios. Tenía por entonces su automóvil viejo y durante el camino se le cayó el retrovisor interior, no funcionaba mi cinturón de seguridad, tenía que ir sujetando la puerta de su lado porque se abría sola, y descubrió un escape en el depósito de la gasolina que no había detectado hasta ese momento porque nunca lo llenaba del todo. Íbamos dejando un rastro a nuestro paso que si a alguien se le hubiera ocurrido tirar una colilla hubiéramos parecido un cometa. Por no decir que al llegar a nuestro destino y tener que subir una rampa se le rompió el freno de mano. Como le tenía tanto cariño a su coche y no se quería desprender de él decía que yo era una exagerada, que no le pasaba nada.
Pero los atascos en las carreteras pueden ser memorables. En un viaje en el coche de mi cuñado lo recuerdo parando el motor y sacando una pierna para impulsar el coche aprovechando los tramos que hacían una pequeña pendiente, ya que nos movíamos muy poco.
A mí me contaron en una ocasión que hasta han llegado a ver gente desplegando una mesa y unas sillas sobre el techo de su furgoneta para disponerse a comer. Los atascos se pueden llevar de muchas maneras, y a veces hay que ser práctico.
Cuando yo estaba aprendiendo a conducir tenía cierta tendencia a llevarme los retrovisores de los coches aparcados a mi derecha. Además descubrí que mi miopía era lo bastante importante como para necesitar gafas, ya que cuando iba por la autopista no acertaba a distinguir lo que decían los paneles electrónicos ni muchas de las señales verticales. Sin embargo lo de meter la 5ª lo echo mucho de menos.
El paradigma de lo que es viajar sin prisas fue para mí el caso de un conductor de camión que ví una vez. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que estacionarse en mitad de una carretera que pasa por la parte de atrás de mi casa y sacar un gran termo de café con leche, un tazón de desayuno y un paquete de bollos. Mientras él mojaba, se formó detrás de él una cola de coches que no paraban de pitarle, pero él ni se inmutó. Algún conductor salió de su coche, pero al acercarse al camión y ver la mole de persona que era por su ventanilla, protestaban un poco y la cosa no pasaba de ahí. Tuvieron que esperar hasta que terminó y decidió arrancar.
En cuanto al avión, lo más terrorífico que hay es cuando te dicen por megafonía en pleno vuelo que vas a diez mil metros por encima del suelo, a mil kilómetros por hora, y a cuarenta grados bajo cero. Pienso que no sé para que nos dan un paracaídas, pues en caso de accidente si aquello estalla en el aire quedamos pulverizados, si se incendia nos quemamos sin remisión porque es como una ratonera, y si caemos al vacío o nos asfixiamos por la falta de oxígeno o nos congelamos por las temperaturas tan bajas. Lo de caer al mar con avión y todo y permanecer allí encerrados como si fuera un submarino hasta que vengan a rescatarnos en cosa de películas.
El tren es quizá el medio de transporte que más me gusta. Este verano, en el Altaria, ví a un señor que para ir al servicio se desplazaba descalzo, con sus calcetines solamente, sobre la mullida moqueta que hay en los vagones, agarrado a una cartera de piel muy usada de la que parecía no querer desprenderse en ningún momento. Parecía que estaba como en su casa.
Pero para viajes en tren los que hacía yo de niña en el coche-cama para ir a Alicante, cuando por entonces un recorrido que ahora supone unas cuantas horas antes era una noche entera. Qué emoción acostarnos en aquellas literas. Lo malo era la almohada, que era como un cilindro duro e incómodo. El vaivén del vagón nos adormecía. De vez en cuando, si me despertaba de madrugada, descorría las cortinillas y miraba por la ventana la estación en la que nos hubiéramos parado, desierta a esas horas e iluminada sólo por una luz mortecina.
Las estaciones de tren me producían una cierta fascinación, la enorme esfera blanca del reloj en lo alto sobre la cabecera de las vías, el techo acristalado atravesado por un entramado de hierros negros de forja, el ir y venir de gente, maletas y trenes, el pitido de la locomotora anunciando la marcha, las despedidas…. Tenía todo para mí un regusto melancólico.
Me vienen a la cabeza otros viajes, más fantásticos, que no me hubiera importado hacer si pudieran llevarse a cabo: el coche que Pipi Calzaslargas hacía volar usando una pasta verdosa como combustible y que iba soltando a chorros con mucho ruido por el tubo de escape, o una cama sostenida por un gran globo en el que viajó ella también con sus amigos. O la cama voladora de “La bruja novata”, que incluso se sumergía en el mar y se movía en completa armonía con los peces. La vuelta al mundo en 80 días que proponía Julio Verne en globo quizá sea un viaje un poco incómodo y bastante agotador (en estas cosas no son buenas las prisas).
Y quizá más inquietante es que unos cuantos seres con forma de niños del Tercer Mundo pero más pálidos, te inviten a su nave espacial como en “Encuentros en la 3ª fase”. Se puede querer iniciar una nueva vida o tener experiencias-límite, pero ésto es ya demasiado.
Donde nunca me verán es en un submarino o en un cohete, menuda claustrofobia. No comprendo cómo hay gente que incluso paga lo que haga falta para que le dejen ir al espacio en uno de esos artilugios. Extravagancias de millonarios.
Cuántos sitios me quedan aún por recorrer, cuántos lugares del Mundo tengo aún que ver. Da igual lo accidentado que pueda ser el viaje, lo importante es conocer.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Sal y pimienta (V)




- P: ¿ Cuál es una de las razones por la que no tengo perro?.
- R: No tener que recoger los excrementos aún calientes en la calle con la mano metida en una bolsita.

- P: ¿Y por qué no tengo una cotorra?.
R: Porque no quiero que nadie se entere de las cosas que digo cuando no estoy en antena.

- P: ¿Qué necesitaría tener en mi casa?.
R: Muchos hombres Balay como esos del anuncio que se pelean por ayudar a una mujer en las tareas domésticas sin que se de cuenta.

- P: ¿Qué programa de televisión me impactó más?.
R: Una de las ediciones de “La isla de los famosos”, en la que se veía a la hija del difunto Joaquín Prats comiéndose unos testículos de mono crudos, en una de las pruebas que les pusieron, y sin apenas inmutarse. Me sorprendió mucho por su valor, aunque cuando se tenga hambre se sea capaz de todo. La creía más pija.

- P: ¿Qué fantasía romántico-festiva me asaltaba en la infancia-adolescencia con más frecuencia?.
R: Una historia tipo “El lago azul” pero con el chico que me gustara en ese momento.

- P: ¿Qué actores que suelen ser taquilleros a mí sin embargo me caen fatal?.
R: Nicolas Cage, Matthew McConaughey, Matthew Broderick, Woody Harrelson, Brendan Fraser, Steve Martin.

- P: ¿Qué personajes del pasado me gustaría que volvieran?.
R: Los afiladores, con su armónica musical, aunque alguno queda. Y esos señores que se subían en las estaciones y repartían estampitas y pequeños objetos que llevaban colgados de todas partes a cambio de la voluntad cuando íbamos en el tren al Escorial.

- P: ¿Por qué prefiero en el teatro el drama a la comedia?.
R: Porque en la comedia siempre suele haber situaciones equívocas y malos entendidos, algo me que saca de quicio. En el drama hay dolor y viaje a lo más profundo del ser humano, y eso mola.

- P: ¿Por qué se ha implantado en España la fiesta de Halloween?.
R: Porque a la gente le gusta ser como fantasmas y brujas, y que les den calabazas.

- P: ¿Y por qué no se ha implantado en EEUU el entierro de la sardina?.
R: Quizá porque allí no tengan sardinas.

- P: ¿Por qué todas las festividades en España se celebran con dulces, roscones, huesos de santo, rosquillas, etc.?.
R: Para darme gusto a mí.

- P: ¿Por qué tienen tanto éxito los monólogos?.
R: Porque cada vez hay más gente que habla sola y sólo se escucha a sí misma.

- P: ¿Cuál fue la situación más ridícula que vi cuando me estaba examinando del carnet de conducir?.
R: Una chica, que se examinaba conmigo, que con los nervios olvidó echar el freno de mano, y cuando el coche empezó a irse para atrás se metió por la ventanilla de un salto (era muy menuda y llevaba minifalda) y se quedó con las piernas colgando en el aire.

- P: ¿A quiénes le quitaría la custodia de los hijos?.
R: A los drogadictos, a los maltratadores, a los gitanos y a los que los usan para mendigar. Los esterilizaría.

- P: ¿Por qué me gusta más la sidra que el champán?.
R: Porque es más suave y dulce, da igual que sea más barato, el precio de las cosas es el que uno le pone.

- P: ¿Por qué tengo la sensación de que disfruto de vacaciones de jubilados?.
R: Porque voy siempre a Benidorm.

- P: ¿Por qué hay tantos hombres ahora que les da por raparse la cabeza?.
R: Porque así se creen que parecen más duros, y lo que parecen es más brutos. Si es para parecerse a Kung-Fu les faltan muchas más cosas, ya quisieran.

- P: ¿A qué le daría de palos?.
R: A una piñata.

- P: ¿A qué hombres detestaré toda mi vida?.
R: Al director de mi colegio, al primer chico que salió con mi hermana, y al primer jefe que tuve.

- P: ¿Qué ambiente me parece más romántico y bonito para estar en pareja?.
R: Una habitación en penumbra llena de velas pequeñas encendidas y con pétalos de rosas por todas partes. De cine, claro.

- P: ¿Y qué imagen romántico-erótica que he visto en más de una película me gustaría para mí?.
R: Hacer el amor sobre una alfombra peluda y confortable frente a una chimenea encendida. Lo de hacerlo sobre la mesa de la cocina embadurnándome de harina es más incómodo. Aunque va a ser difícil ambas cosas, porque ni tengo chimenea ni mesa en la cocina.

- P: ¿Cuál fue la jefa más original que he tenido?.
R: Una que tenía muchas pelas pero le daba de vez en cuando por llenarse los bolsillos con material de oficina.

- P: ¿Y qué hacía otra jefa que tuve que también era muy original?.
R: Cada vez que se cabreaba, lo cual sucedía casi todos los días, daba botes en el asiento utilizando el reposapiés para darse impulso. Como estaba muy gorda se le subía la falda o el vestido y producía un efecto verdaderamente amedrentador.

- P: ¿Y el jefe más guarro que tuve?
R: Uno que cuando volvía de desayunar se pasaba luego todo el rato regurgitando las porras que se había comido.

- P: ¿Y el jefe más loco?.
R: Uno que colgó los datos del personal en Internet. El descontento laboral se manifiesta a veces de forma muy extraña.

- P: ¿Cuál fue uno de los compañeros de trabajo más pelota que tuve?.
R: Uno que salía de los despachos de los jefes como los orientales, sin darles nunca la espalda y haciendo reverencias sin parar.

- P: ¿Por qué las mujeres gritan tanto en las fiestas de boys?.
R: Para asustar al chico del escenario, el pobre. Qué malas son.

viernes, 21 de noviembre de 2008

En honor a la verdad (VII)


- Me ha gustado y no me ha gustado la nueva versión de “Dulce noviembre” que protagonizaron Charlize Terón y Keanu Reeves. Recuerdo la que se hizo a finales de los 60, con una Sandy Dennis siempre frágil e intensa. La forma de hacer cine de entonces no se recreaba como ahora en las truculencias de la vida, si no que dejaba entrever, más que descubría, las penas y miserias humanas, pues se dejaba al entendimiento del espectador y a su sensibilidad el conocimiento de lo que todos sabemos y de lo que no solemos hablar abiertamente. Es por eso que la primera versión me gusta más que esta última.
La protagonista es una chica que está enferma y “adopta” cada mes a un hombre que tiene problemas en su vida, pues ayudándolo a él encuentra una motivación que fundamente su existencia, el tiempo que esa persona le da es tiempo de más para ella en su lucha contra un destino inexorable. A ninguno de ellos desvela que padece una enfermedad que la aproxima cada vez más a la muerte, a ninguno menos al que escogió en noviembre.
En esta segunda versión ella le enseña a él a darse un respiro, a valorar la vida desde otro punto de vista: le esconde el móvil, le tira el reloj al agua de fregar los platos, le venda los ojos para que aprenda a desenvolverse con cautela, sin prisas, y para que aprenda a confiar. Él, estresado hasta el límite, creativo publicitario de éxito, agresivo y con un futuro profesional más que brillante, le dice que no a todo ésto cuando empieza a darse cuenta de la clase de gente que le rodeaba hasta entonces y la forma de vivir que llevaba.
Pero no se puede quedar más allá de un mes, como le pasó al resto. Noviembre resulta, más que dulce, agridulce, porque supone un amor roto y una muerte que nunca se llega a ver pero se imagina.
Siempre me gustó esta película, por lo original de la historia que cuenta, y por su final inacabado, como suspendido en el tiempo.

- Ahora que hay una exposición sobre el Titanic en Madrid, diría que no sé qué despierta más curiosidad en lo que a este tema se refiere, si la exhibición de objetos de la época que hace que parezca que el tiempo se hubiera detenido, o la tragedia que envolvió el fatal destino de este transatlántico. Quién le iba a decir a los que perecieron allí que algún día iban a recrear aquellos acontecimientos tan dramáticos para entretenimiento del gran público. De todo se hace negocio.
Sin embargo, es un tema que sigue fascinando.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Josephine Baker







Quién no ha oído hablar alguna vez de Josephine Baker, la mítica estrella del music-hall afroamericana que durante medio siglo llenó los escenarios con su presencia, además de ser actriz, modelo fotográfico y cantante.
Hija de un percusionista de vaudeville que les abandonó siendo aún una niña, tuvo que dejar la escuela para ganar con sus hermanos el sustento de su familia, trabajando como doméstica, niñera y vendiendo el carbón que recogían en la zona de los ferrocarriles. Buscaban comida entre los desechos de los mercados.
Josephine creció en el periodo de las peores revueltas racistas vividas en Saint Louis.
Con trece años empezó a bailar y aunque era sólo una adolescente llamó poderosamente la atención del público por su cuerpo espectacular, que mostraba sin pudor, y su personal forma de moverse. Estas primeras actuaciones venían acompañadas de ribetes cómicos, algo que con los años daría paso a números mucho más elaborados y sofisticados.
Su exótica forma de interpretar la danza, su sexualidad desinhibida, la fascinación que producía cada uno de sus movimientos, su magnetismo y plasticidad, la novedad de su talento artístico, su buen humor (decían que tenía una “risa cegadora”) y su belleza salvaje se unieron para dar como resultado el nacimiento de una estrella del espectáculo singular.
Combinaba los ritmos palpitantes y repetitivos de la música africana con el mambo y la rumba que aprendió en sus viajes a Cuba, y con la música que se llevaba en los años 20 y 30. A ella se debe el éxito del charleston en Europa.
Se hizo famoso el número que hacía en el que aparecía cubierta únicamente por una falda hecha con plátanos. Le gustaba mostrar su sensual cuerpo cubierto con extravagantes trajes. En ocasiones la acompañaba una pequeña leopardo ataviada con un collar de diamantes. El animal, que a veces se escapaba del escenario, le otorgaba a la representación un elemento adicional de tensión.
Amaba las mascotas y llegó a tener además de la leopardo, un chimpancé, una culebra, un cerdo, una cabra, una lora, un perico, peces, gatos y perros.
Según pasaron los años sus facultades innatas, su voluntad de trabajo, sus conocimientos técnicos, su disciplina física, la autocrítica, su sencillez y su elegancia a pesar de sus orígenes tan humildes, se hicieron más que patentes.
La empezaron a llamar de muchas formas: la Venus Negra, la Perla Negra, Diosa Criolla, Diosa de ébano…
Los críticos la calificaban como osada, soberbia, indómita. Su arte producía encantamiento en el público, placer para los sentidos. “Quién no bailaría con una música así, eso sí que puede llamarse ritmo”, decían.
Su cuerpo enajenado (parecía que perdía la razón cuando bailaba, tal era el paroxismo al que llegaba, entregada por completo a su trabajo) y su capacidad para la improvisación no conocían límites. Tenía además una voz privilegiada para el jazz.
Era digno de ver el voluminoso equipaje con el que recorría el mundo entero, entre docenas de zapatos, piezas de vestuario de teatro, pieles, vestidos y ¡64 kgs. de polvos de tocador!.
En 1927 era la artista mejor pagada de Europa. En Francia, donde vivía, producía éxtasis y adoración entre el público. En su tierra no tuvo nunca la misma acogida, pues en Norteamérica era inaceptable que una mujer negra disfrutara de ese poder y esa sofisticación. En algún hotel se negaron a alojarla por este motivo. Toda su vida fue víctima de discriminación racial, lo que le llevó a secundar en su momento el movimiento norteamericano por los derechos civiles de los negros y a apoyar a Martin Luther King. En su representaciones exigía que el público estuviera integrado, que no hubiera distinción entre negros y blancos.
Ninguno de estos avatares le impidió actuar en los sitios más importantes del mundo, como el Folies Bergère o el Cotton Club.
El compositor Henri Sauget dijo de ella: “Es adorable (…). Cada una de sus apariciones es un milagro de fina gracia y tacto (…). Es deslumbrante (…), brillante, espontánea, con un encanto único”.
Formó parte de la vanguardia parisina y logró sintonizar con el clima de innovación artística de aquel momento. Fue precursora del “art decó”.
Con motivo de la inauguración de su 2º night club en París, ofreció un concierto que, con un programa diseñado por Picasso y Cocteau, estuvo dedicado a recaudar fondos para los niños españoles víctimas de la guerra civil que había comenzado el año anterior.
Durante la 2ª Guerra Mundial fue voluntaria de la Cruz Roja y trabajó en el servicio secreto del Ejército Francés Independiente.
Su vida privada fue también muy intensa: se casó en cuatro ocasiones, la primera a los catorce años, y se divorció otras tantas. Con su última pareja no se llegó a casar, pero estuvieron unidos hasta el final de sus días.
Debido a un aborto mal practicado quedó estéril y decidió adoptar niños huérfanos, hasta un total de doce, de todas las razas. Los llamó “la tribu del arco iris” por la diversidad de su color. Con ellos fue a todas partes. A partir de entonces para ella fueron lo más importante de su vida y les dio todo de lo que ella había carecido en su infancia.
Para mantener a su numerosa prole tuvo que actuar siendo ya mayor. La recuerdo en esa época apareciendo en televisión sobre el escenario, luciendo unas piernas largas, finas y tersas a pesar de la edad, legado de su pasada belleza.
Cuando murió, poco después de conmemorar su medio siglo en el mundo del espectáculo, era una persona muy querida y respetada. Su talla como artista sólo es comparable con su humanidad y servicio a los demás.
Josephine Baker careció por completo de prejuicios morales o de ninguna otra clase. La exhibición que hacía de su cuerpo desnudo en sus actuaciones era un afán de mostrar el arte sin tapujos, igual que si se contemplara una estatua de Miguel Ángel. No había malicia en ella, ni segundas intenciones. La opinión ajena le tenía sin cuidado, sólo quería ser valorada por su trabajo. Quizá todo ésto fue producto de una infancia carente de los rígidos corsés de la educación convencional. Se dejaba llevar por sus instintos, su comportamiento podría parecer incluso selvático, pero su guía fue siempre hacer el bien y disfrutar de la vida sin hacer daño a nadie.
La desinhibición sobre el escenario se extendía a su vida privada. Algún conocido la encontró desnuda durmiendo la siesta en el camarote durante alguno de sus viajes transoceánicos. No tenía pudor, veía a la gente tal como era, sin dejarse engañar por las apariencias, y quería que la conocieran a ella tal como era también, no tenía nada que ocultar y pensaba que los demás tampoco tenían por qué. Y en este sentido fue un ejemplo para todos.

martes, 18 de noviembre de 2008

La insoportable levedad del ser


Intento ponerme en el lugar de los niños de hoy en día y no lo consigo. Recuerdo cómo era yo de pequeña y cómo era la sociedad de entonces y me parece que poco tiene que ver con lo que se ve actualmente.
En mi infancia, como bien retrata la serie “Cuéntame”, había platos de Duralex, se llevaban las faldas escocesas muy cortas, las familias permanecían unidas contra viento y marea, y la televisión era el centro de reunión y de información de todo el mundo.
Recuerdo que no existía el descontento y la crispación social que se ve ahora, no se veía mendicidad por las calles y podías salir hasta tarde sin temor a que te pasara nada malo. No había problemas de extranjería, ni pateras. No se conocían los contratos basura, aunque los sueldos eran más modestos que ahora y había menos comodidades en general, algo que tampoco se echaba mucho en falta.
No había drogadictos, ni sexo precoz, ni problemas de alcoholismo y tabaquismo a edad temprana.
La gente disfrutaba como enanos con sólo dos canales de televisión. Había sesión doble en los cines por el mismo precio. Se tomaban los alimentos sin desconfianza porque no se conocían las vacas locas, ni la gripe aviar, ni el aceite de colza.
Las hamburguesas no habían implantado su feudo en la dieta juvenil, ni la comida rápida. En las casas olía a guisos y las madres no se tenían que preocupar de si podrían amamantar y cuidar de sus hijos el tiempo suficiente antes de tener que incorporarse al trabajo, ya que ahora hay que pagar la hipoteca hasta más allá de la edad de jubilación, y como el divorcio está a la orden del día tampoco una mujer se puede permitir el lujo como antes de depender económicamente del marido.
Se iba a Misa cada domingo y se vestía con buen gusto (aún no se había inventado la moda “grunge”). Las familias numerosas proliferaban: las casas, las calles y los colegios estaban llenos de niños.
No había violencia en las películas ni en los telediarios, ni sexo explícito, y menos en franja horaria infantil. La censura servía, más que nada, para preservar la inocencia de los niños y no dañar su sensibilidad, porque cada cosa ha tenido siempre su momento. Se tenía muy en cuenta la salud psíquica del colectivo social, había una delicadeza para con todo el mundo que ahora no se ve. Y no es que antaño se tratara de mantener a la gente en la ignorancia. Ahora sabemos mucho de todo, la información corre a raudales por todas partes, pero sabemos cosas que no nos ayudan precisamente a vivir mejor, cosas que no aportan nada a nuestras vidas, que no nos enriquece como personas si no todo lo contrario.
Conceptos como “violencia de género”, que tampoco se llamaba de esta manera tan singular, se referían a casos aislados de gente tarada y de baja extracción, había un respeto por la mujer, una deferencia que ha desaparecido prácticamente.
Los bebés no eran abortados a cientos cada años en lugares legalmente reconocidos. La gente joven se amoldaba a una paga que se le daba en casa, normalmente modesta, y a los extras que se sacaran con algún trabajo eventual, y lo pasaban en grande con pocas cosas. No disfrutaban de los lujos y caprichos de la juventud actual, que además parece no tener nunca suficiente. Nadie les ha enseñado que no es más feliz el que más tiene si no el que menos necesita.
Había ilusión, inocencia, esperanza en un mañana en el que la vida sonreía a todos en mayor o menor medida. La televisión de hoy en día hace imposible todo eso, te muestra sin piedad una violación a las cuatro de la tarde, o las relaciones extramatrimoniales de varias parejas casadas como la cosa más normal.
Los ejemplos que nos enseñan con estos programas sacan a relucir lo peor del ser humano, todas sus lacras. Estamos enfermando porque nos inoculan a diario un veneno que nos produce angustia, desesperación, escepticismo, desesperanza. Parece que vivimos una era postnuclear sin haber estallado aún ninguna bomba atómica de las que tanto dicen que acabará con el mundo conocido.
Aún no estamos en un planeta dominado por los simios, ni nos encontraremos ninguna Estatua de la Libertad medio destruida y abandonada en cualquier playa para recordarnos que antes hubo una civilización hecha por ser humanos que aún tenían principios, que aún tenían valores que fundamentaran sus vidas.
Nos estamos autodestruyendo y no hace falta ningún Nostradamus que venga para recordárnoslo. No sé por qué el Mal puede cada vez más al Bien, no sé qué pretendemos con todo ésto y a dónde vamos a llegar.
Me niego a verme inmersa en un Universo vacío y sin sentido, en una pesadilla kafkiana, en una existencia surrealista. Para qué he traído hijos al mundo, no será para vivir esta realidad precaria y absurda, no para ser conducidos a un destino desolado, deshumanizado y descreído de todo.
Por qué será que siempre el ser humano acaba con todos los Paraísos, por qué nos gusta refocilarnos en la inmundicia. Ahora encontramos divertida la grosería y el mal gusto, nos reimos cuando vemos la reputación de los demás destruida con cuatro palabras crueles y falsas en cualquier medio de comunicación. Lo necio y lo mezquino es lo que se lleva.
Detengamos esta máquina demoledora, no sé a quién se le ocurrió ponerla en marcha. Siento que la raza humana vive pendiente de un hilo, en perpetuo estado de alarma, esperando y al mismo tiempo permitiendo que llegue un peligro que parece inminente y que no se sabe de cuál de los muchos frentes que hay abiertos va a proceder.
Es la insoportable levedad del ser, esa fragilidad y esa debilidad que tenemos las personas fruto de la extraña tendencia que mostramos, sobre todo últimamente, hacia la autodestrucción. Tentamos a la muerte de mil maneras, conduciendo a gran velocidad, bebiendo y fumando continuamente, practicando sexo indiscriminadamente y sin tomar precauciones, consumiendo drogas porque lo prohibido nos fascina, haciendo deportes de riesgo porque es lo que está de moda….
Atrapados en esta bola azul que flota en la negra nada que es la Tierra, da igual que queramos escaparnos con cohetes a otros planetas, mucho más feos que el nuestro hasta el momento. Da igual que nos empeñemos en conocer gente que nunca hemos visto y que posiblemente nunca veremos y que se supone existe en otros mundos, en lugar de intentar conocer mejor a los que nos son cercanos.
Verdaderamente esta levedad del ser resulta a veces insoportable. O quizá esta creciente mediocridad que nos invade.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Amistad

La primera amiga que tuve fue en el colegio, con 6 años. Un día, a poco de empezar el curso, se me cayó un sacapuntas al suelo y ella se agachó a recogérmelo. Yo venía de otro colegio, del que tuve que salir porque la directora hizo un desfalco, y me encontraba un poco perdida. Así empezamos a hablar. En el curso siguiente ya éramos amigas inseparables.
Angelines era la niña más educada de la clase, pero tirando a cursi. Las dos lo éramos en realidad. Tenía los ojos verdes, la piel muy blanca y el pelo rubio, largo y ondulado. Era muy alta y delgada. Yo admiraba su pelo, y como lo sabía me regaló en una ocasión un mechón. Recuerdo que pensaba que si alguna vez tenía una hija, quería que tuviese el pelo como el de ella, y así ha sido.
Con cualquier cosa nos divertíamos. A veces jugábamos a ver quién conseguía soltar lágrimas con más facilidad. Siempre ganaba yo, porque empezaba a pensar en cosas muy tristes. Ella probablemente no tenía por entonces en su mente nada que fuera lo bastante triste como para que le produjera ese efecto. Un compañero de clase se nos quedó mirando una vez y fue enseguida a la profesora para decirle que estábamos llorando. Ella nos miró preocupada y nos entró la risa.
Nuestros mapa físicos de España del tercer curso eran la admiración de algunos compañeros por la forma como los coloreábamos, usando distintas tonalidades de un mismo color: qué verdes eran aquellos valles, qué marrones las montañas, a veces un poco blancas las cumbres, y qué azules los ríos.
Éramos muy pulcras, cuidábamos mucho los libros y los cuadernos. Daba gusto con nosotras.
A veces usábamos alguna prenda de vestir muy parecida, como un gorro peludo tipo bola de nieve atado al cuello que nos poníamos en invierno, y al que lo único que distinguía era el color, el mío blanco y el de ella crema.
Angelines y yo no teníamos secretos entre nosotras y nos relacionábamos con el resto de los compañeros de clase con cierta distancia, como si estuviéramos en un estrato superior: todos nos parecían sucios, maleducados y vulgares.
Ella no era demasiado buena estudiante y solían quedarle asignaturas pendientes en junio y septiembre. Tenía que soportar la comparación con su hermano, casi diez años mayor que ella, que también había pasado por allí y había sido un alumno brillante.
Me gustaba ir a su casa porque me parecía muy acogedora. Su madre nos dejaba jugar con sus cacharros en la enorme cocina que tenían. Recuerdo que un día vi sobre una mesa una hermosa tarta de manzana. En su habitación, que era muy coqueta y estaba siempre muy ordenada, había una jaula con un pajarito al que llamaba “Pichí”, como el de Heidi. Se encaramaba a los dedos de la mano como si subiera una escalera según se los ibas poniendo. A veces íbamos a la habitación de sus padres y nos poníamos una especie de velo en la cabeza mientras nos mirábamos a un espejo, como si fuéramos novias.
Cuando hice la 1ª Comunión, ella me prestó su vestido y se acercó a verme a la salida de la parroquia. Aparece en las películas que mi padre cogía con el tomavistas en aquella época, colocándome el pelo por debajo de la toca.
Nos gustaba jugar en la calle, a la salida del colegio, al “escondite inglés” y en el parque con otros niños de clase. Mi hermana solía estar con nosotras, pero entre ellas se tenían celos y Angelines solía relegarla, para su fastidio.
Pasábamos tanto tiempo juntas y estábamos tan compenetradas que teníamos telepatía: a las dos se nos ocurrían las mismas cosas a la vez, pensábamos al mismo tiempo casi todo, lo que no dejaba de sorprendernos y gustarnos.
Como ella sí jugaba en la calle en sus ratos libres, sabía muchas canciones para acompañar con juegos de manos, y aún me acuerdo de algunas.
A veces juntábamos mucho las caras frente a frente, tapábamos los laterales haciendo hueco con las manos para que no entrara la luz y nos mirábamos fijamente a los ojos repitiendo sin parar “calavera” muchas veces. Llegábamos a ver una calavera blanca reflejada en los ojos de la otra, tanta era la sugestión, y cuando eso sucedía nos separábamos entre asustadas y divertidas.
En los cursos superiores nos hicimos muy amigas de otra niña, Raquel. Era un poco masculina, extremadamente inteligente y muy estudiosa. Hacía unos dibujos maravillosos, de hecho de mayor montó exposiciones. Siempre la estaba haciendo reir con mis ocurrencias. Las tres nos divertíamos mucho juntas, sin embargo la afinidad con Angelines fue siempre mayor, quizá porque era mi primera amiga.
El único defecto que tenía Angelines es que era muy mentirosa, mentía constantemente y sin ninguna necesidad. Yo a veces se lo hacía notar, porque es algo que siempre me ha molestado mucho, pero ella se hacía de nuevas. Se ve que no lo podía remediar.
Nuestra amistad se enfrió los dos últimos años del colegio y ya prácticamente no nos volvimos a ver al terminar porque ella no pasó al instituto, si no que decidió ir a una academia a aprender informática. Alguna vez, siendo adolescente, la vi por la calle paseando de la cintura con algún chico y ya por entonces me pareció una extraña.
Por la madre de Raquel supe que Angelines se casó y tuvo una niña, que debe ser dos o tres años mayor que mi hijo.
De ella conservo una bolita de cristal tallado prendida de un hilo blanco, que cuando se pone a la luz del sol cerca de una ventana refleja un arco iris por todas partes, y unas postales que nos escribimos desde la playa en vacaciones.
Guardo también el grato recuerdo de haber sido la primera vez que disfruté de la amistad. Dudo mucho que ella se acuerde de mí con el mismo afecto, quizá porque no era tan sentimental como yo y porque valoro las cosas y me dejan huella mucho más profundamente de lo normal.
Ella fue y será siempre la primera amiga que tuve.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El viaje interior


Cuántas veces sucede que sólo llegamos a conocernos realmente a nosotros mismos cuando realizamos, por circunstancias de la vida, un viaje interior al que normalmente no llegamos con plena consciencia, y para el que no solemos estar preparados, o eso creemos.
Que sólo usamos una pequeña parte de las capacidades de nuestro cerebro es una gran verdad, pero con el corazón pasa lo mismo: hay cientos de emociones que observamos en otros y que pensamos que no vamos a experimentar personalmente nunca. Pero el ser humano, sumergido en esta marea cambiante que es el Universo, es impredecible. Nosotros mismos somos los primeros sorprendidos ante nuestras propias reacciones. Puede que llevemos dentro de nosotros mundos que sólo necesitan una pequeña motivación para que afloren, o simplemente que aprendemos a lo largo de nuestra existencia de lo que vemos alrededor y lo colocamos en nuestro almacén mental, dispuestos a utilizar esa información cuando la ocasión lo requiera.
Este viaje interior empieza desde el mismo momento que somos concebidos. En el seno materno nos desarrollamos conforme a unos parámetros genéticos, el genoma humano, que nos determinan, y más adelante surgirán otras características que no serán heredadas si no intrínsecas a nosotros y de nuestra propia cosecha, todo ello mezclado de tal forma que llegamos a ser extremadamente complicados y a veces ni nosotros mismos nos entendemos.
Pero el viaje alcanza su plenitud en el momento que un acontecimiento de vital importancia cambia nuestras vidas. Es ahí donde el vehículo que hasta el momento conducíamos a un ritmo más o menos homogéneo y en una dirección concreta, de repente comienza a moverse a gran velocidad y en un sentido que a veces escapa a nuestro control. Podría ser un viaje que acabara como en “Thelma y Louise”, saltando con el coche por un precipicio en un arrebato de desesperación (la muerte es a veces tan liberadora), o sólo tratarse de un viaje en el que, como sucedía en “Rainman”, nuestro coche atravesara imponentes y solitarios parajes, desconocidos hasta entonces, ya porque nunca antes los habíamos recorrido, ya porque conociéndolos los vemos ahora con otros ojos. Éste es el viaje más interesante, aquel que hacemos seguros, confiados, algo pequeños e indefensos en medio de lugares tan inmensos, pero esperanzados porque es casi seguro que al final del camino nos conoceremos completamente y nos aceptaremos y querremos tal como somos, y a los demás también. Así es como se disfruta de las cosas mucho más.
Es importante saber quién conduce ese coche, porque a veces nos dejamos llevar y a veces somos nosotros los que conducimos. Ambas formas de viajar son factibles, pero la primera es mejor que sea de vez en cuando: en realidad este viaje sólo puede hacerlo uno mismo.
El paisaje que aparece retratado en “Rainman” refleja, con su enormidad, su quietud y su luz, la apertura de nuestra mente y nuestra alma, el deseo de conocer y de ser libres. Es una gozada ver esa carretera interminable, vacía, por la que uno puede desplazarse a gran velocidad si encontrar obstáculos, un camino que te puede llevar a cualquier parte y a ninguna.
Realmente este viaje no concluye hasta el mismo momento de nuestra muerte, porque mientras vivamos no dejarán de sucedernos cosas, de experimentar nuevas sensaciones que añadan escalas en ese recorrido hacia nuestro yo más profundo, en esa exploración hacia nuestra selva interior salvaje y recóndita, que en gran medida aún continúa virgen pese a las circunstancias tan diversas por las que pasamos.
No siempre podremos llegar al final con un pleno conocimiento de nosotros mismos, pero confiamos encontrar lo que buscamos, aunque sea una pequeña parte. Todo depende de hasta dónde seamos capaces de llegar, hasta dónde estemos dispuestos a atrevernos.
El viaje interior, el más importante que uno hace en la vida.

martes, 11 de noviembre de 2008

En honor a la verdad (VI)


- Qué horribles son esos programas de la televisión norteamericana en los que un ”predicador” se dedica a vender su idea de la religión y de Dios como si con esas cosas se pudiera mercadear. Son charlatanes de feria que por ponerse un clerigman y un alzacuellos se creen portavoces de no sé qué Iglesia y en posesión de la verdad absoluta. Eso sí, a cambio de donativos sustanciosos: uno puede pagarse su salvación, da igual los pecados que se tenga. Todo es perdonado a golpe de talonario, con dinero puedes hacer tu reserva en el cielo, como si fuera un hotel. Cuanto más se desembolse, más contento se pondrá Dios y mejor te tratará cuando abandones este mundo. Es parecido a lo que hacían en las culturas primitivas, cuando ofrecían sacrificios a la divinidad para hacerse perdonar las malas acciones.
Da miedo cómo prolifera en EEUU este tipo de programas, están en docenas de canales. Y el dineral que mueven. Cómo puede la gente caer en esas trampas, cuánta ignorancia. Hace poco me mandaron un correo electrónico en el que se podía ver la mansión que se había hecho construir uno de estos predicadores con la fortuna que había conseguido a costa de la ingenuidad y el temor de la gente. Un prodigio de derroche y de mal gusto, por cierto.
El cielo va a ser al final para algunos como el Oeste americano, cuando salían de estampida con caballos y caravanas por un territorio que no tenía dueño y clavaban una bandera en el trozo de tierra que se creyera mejor para poder iniciar una nueva vida y ver realizados todos los sueños. Nos gusta llegar, conquistar, tomar posesión, decir que algo es de uno y de nadie más, hacer reservas en todo, mirando nada más que al porvenir, a lo que aún no ha llegado.

- Me acabo de comprar lo último que ha sacado Madonna, que como todo lo suyo, está pegando fuerte, y me doy cuenta que hace más de veinte años que estoy comprando su música. Me admira la capacidad que tiene esta mujer para reinventarse a sí misma, agarrada con uñas y dientes a un trozo de ese enorme pastel que es la industria discográfica, peleando por su derecho a figurar en el ámbito musical internacional pese a los años y las modas cambiantes. Aunque su sonido se ha adaptado a los tiempos que corren, mantiene su toque personal procaz y provocador que ha sido su seña de identidad desde el primer vinilo que sacó. Sus facciones se han refinado gracias a la cirugía estética y la forma de maquillarse, pero el gesto de su cara y la actitud son básicamente los mismos, descarado, retador, como vicioso. No hay más que verla en la portada de su último cd, mirando de reojo con la boca y las piernas abiertas.
La forma de vestir mantiene el gusto por los corpiños y los sujetadores cónicos. No sé hasta qué punto tiene sentido continuar con la misma imagen de cuando era una jovencita. En su caso, pasar de la cincuentena no le ha restado creatividad y energía. La forma de moverse (siempre ha bailado bien) es todavía más exhibicionista que antes. El aire ramplón no se le va a terminar de quitar nunca. Pero bien por ella, porque sigue marcando tendencias y porque la música que hace y la repercusión social que tiene ya la quisieran para sí muchos cantantes de reciente hornada.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Acoso


Aunque el acoso ha existido desde los primeros pobladores de la tierra, que se pasaban el tiempo persiguiéndose unos a otros para darse caza y poderse alimentar, hoy en día seguimos persiguiéndonos pero ya como pasatiempo, desarrollando muy variadas formas: mobbing, bulling, burnout, etc.
El acoso que ha padecido mi hijo hace unos días y que afortunadamente no tuvo mayores consecuencias porque se tomaron las medidas oportunas, es un ejemplo a pequeña escala de la falta de respeto, educación y humanidad a la que cualquier persona puede llegar sólo con que se reúna con un grupito y se anime un poco.
Cuando era estudiante no existía la palabra “bulling” para denominar este tipo de situaciones. Yo misma he sido víctima de él, con la connivencia de alguna que otra profesora que, si bien en su trabajo era de las mejores que había, en el terreno humano dejaba mucho que desear. Sé que con los años esta señora acabó dando clase en un instituto lleno de chicos extranjeros, algo que ha debido ser un gran sufrimiento para ella, pues estaba llena de prejuicios raciales y sociales.
También he sido testigo de “bulling” a más de un compañero por aquel entonces, y ahora lamento profundamente mi falta de valor por haber hecho lo que hace la mayoría en estos casos: ver, oir y callar, que cada palo sujete su vela que ya bastante tenemos con nuestros propios problemas.
El “mobbing” ha sido una constante en mi vida laboral, con alguna excepción. Desde el primer jefe que tuve, un señor muy mayor y un auténtico ceporro que se aprovechaba de mi inexperiencia para machacarme con gritos y palabras humillantes, pasando por una jefa que me tenía envidia y era una auténtica verdulera que encima presumía de pedigrí, que también era ofensiva al hablarme y que buscó infructuosamente la connivencia de los compañeros. Recuerdo una mañana que me encontré la mesa llena de boletines, que parecía una trinchera, y me dijo de mala manera que los tenía que ordenar. Más le habría valido hacerlo ella misma en lugar de tener que acarrearlos desde su mesa a la mía. Por lo menos hizo algo de gimnasia, que buena falta le hacía a su obesidad. Suelen ser éstas personas con pocas luces y mucha mala leche. En realidad tenía problemas con todo el mundo y todos la detestaban por alguna cosa mala que les hubiera hecho.
Mi jefa de ahora hace algo parecido sólo que guardando las apariencias y revistiéndolo de mucha educación. Cuando nos quedamos a solas es cuando aflora su verdadero carácter, aunque yo la veo más bien como una persona que necesita urgente y prolongado tratamiento psiquiátrico. Me imagino que la que peor lo tiene que pasar es ella teniendo que aguantarse a sí misma.
El peor caso que he conocido fue en mi anterior trabajo, cuando tuve que ayudar a una compañera y amiga que estaba padeciendo un “mobbing” salvaje desde hacía varios meses. Había detrás un entramado organizado por jefes militares digno de una auténtica película de terror, y que abarcaba acoso sexual, laboral y personal. Cuando ella vino un día llorando presa de un ataque de ansiedad al que llegó cuando ya no pudo más, me encaré con su jefe, que intentó luego meterme un expediente disciplinario basado en mentiras. Un auténtico delincuente. Una persona influyente que conocía mi compañera lo detuvo todo.
Cuando me afilié al CSIF para sentirme un poco protegida en aquellas circunstancias, lo primero que me preguntaron era si tenía alguna cosa que decirles. Debía ser muy corriente que la gente se sindicalice cuando tiene problemas de acoso, y en la sede del sindicato había un enorme tablón de anuncios lleno de casos parecidos en prensa de “mobbing”, muchos denunciados y resueltos gracias a la intervención sindical.
Hay gente que no quiere dar importancia a estas cosas. Recuerdo a una conocida que trabaja en las oficinas de una constructora inmobiliaria cerca de mi casa, que me contaba hace algunos años que su jefe solía darle azotes en el trasero cada vez que pasaba ella. “Si es el hijo del dueño, un hombre joven, son chiquilladas, no hay que tomárselo en cuenta”, decía. Ella, una mujer educadísima, casada y madre de un niño con problemas de movilidad, creía que su trabajo peligraría si protestaba, aunque nunca lo admitió.
Quién no ha sufrido un acoso alguna vez, hasta en las familias, en la propia a partir del momento que no sigues las normas establecidas, o en la de tu pareja que, como en mi caso, nunca llegaron a aceptarme y con los años fue cada vez peor.
¿Cuál es la finalidad del acoso?. Pues destruir moralmente a una persona, y por lo general la envidia suele ser la causa más frecuente. Es difícil combatirla, porque suele provenir de gente que no tiene remedio, y a veces una retirada a tiempo o un poco de hipocresía social es lo mejor.
Es increíble que este fenómeno sea tan corriente y que además vaya en aumento, sobre todo entre los propios compañeros, que eso es ya lo último. Convivir debería ser algo mucho más fácil.
 
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