martes, 11 de noviembre de 2008

En honor a la verdad (VI)


- Qué horribles son esos programas de la televisión norteamericana en los que un ”predicador” se dedica a vender su idea de la religión y de Dios como si con esas cosas se pudiera mercadear. Son charlatanes de feria que por ponerse un clerigman y un alzacuellos se creen portavoces de no sé qué Iglesia y en posesión de la verdad absoluta. Eso sí, a cambio de donativos sustanciosos: uno puede pagarse su salvación, da igual los pecados que se tenga. Todo es perdonado a golpe de talonario, con dinero puedes hacer tu reserva en el cielo, como si fuera un hotel. Cuanto más se desembolse, más contento se pondrá Dios y mejor te tratará cuando abandones este mundo. Es parecido a lo que hacían en las culturas primitivas, cuando ofrecían sacrificios a la divinidad para hacerse perdonar las malas acciones.
Da miedo cómo prolifera en EEUU este tipo de programas, están en docenas de canales. Y el dineral que mueven. Cómo puede la gente caer en esas trampas, cuánta ignorancia. Hace poco me mandaron un correo electrónico en el que se podía ver la mansión que se había hecho construir uno de estos predicadores con la fortuna que había conseguido a costa de la ingenuidad y el temor de la gente. Un prodigio de derroche y de mal gusto, por cierto.
El cielo va a ser al final para algunos como el Oeste americano, cuando salían de estampida con caballos y caravanas por un territorio que no tenía dueño y clavaban una bandera en el trozo de tierra que se creyera mejor para poder iniciar una nueva vida y ver realizados todos los sueños. Nos gusta llegar, conquistar, tomar posesión, decir que algo es de uno y de nadie más, hacer reservas en todo, mirando nada más que al porvenir, a lo que aún no ha llegado.

- Me acabo de comprar lo último que ha sacado Madonna, que como todo lo suyo, está pegando fuerte, y me doy cuenta que hace más de veinte años que estoy comprando su música. Me admira la capacidad que tiene esta mujer para reinventarse a sí misma, agarrada con uñas y dientes a un trozo de ese enorme pastel que es la industria discográfica, peleando por su derecho a figurar en el ámbito musical internacional pese a los años y las modas cambiantes. Aunque su sonido se ha adaptado a los tiempos que corren, mantiene su toque personal procaz y provocador que ha sido su seña de identidad desde el primer vinilo que sacó. Sus facciones se han refinado gracias a la cirugía estética y la forma de maquillarse, pero el gesto de su cara y la actitud son básicamente los mismos, descarado, retador, como vicioso. No hay más que verla en la portada de su último cd, mirando de reojo con la boca y las piernas abiertas.
La forma de vestir mantiene el gusto por los corpiños y los sujetadores cónicos. No sé hasta qué punto tiene sentido continuar con la misma imagen de cuando era una jovencita. En su caso, pasar de la cincuentena no le ha restado creatividad y energía. La forma de moverse (siempre ha bailado bien) es todavía más exhibicionista que antes. El aire ramplón no se le va a terminar de quitar nunca. Pero bien por ella, porque sigue marcando tendencias y porque la música que hace y la repercusión social que tiene ya la quisieran para sí muchos cantantes de reciente hornada.

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