viernes, 30 de agosto de 2013

La naturopatía de Lina y Sheng (y II)


También hacen fitoterapia. “Se fundamenta en la utilización de plantas medicinales para el tratamiento de determinadas alteraciones fisiológicas y estados patológicos. Siguiendo la tradición, se ha mantenido el uso de las decocciones, aunque en la actualidad y como consecuencia de la influencia del mundo occidental, del mundo científico, se utilizan diversas formas farmacéuticas más actuales, como son los comprimidos, cápsulas, extractos fluidos, secos. Una de los grandes ventajas que presenta la fitoterapia frente a la acupuntura es que además de estimular al organismo a regular sus energías y fortalecer su sistema inmunitario, también recibe el aporte de la energía extra de la misma planta medicinal, por lo que sus efectos pueden ser más fuertes y más largos en el tiempo”.

Lina hace una mezcla de hierbas como medicina personalizada para cada paciente, al estilo de lo que se hacía antiguamente en las farmacias cuando se elaboraban los remedios manualmente según las necesidades de cada uno. Hace un estudio de cada persona, con las típicas preguntas en estos casos: hábitos alimenticios, evacuación intestinal, enfermedades, antecedentes familiares, molestias y dolores, toma de alguna clase de medicación.

Hace además una exploración física. A mí me miró los ojos, la lengua por arriba y por abajo, me tomó el pulso, me palpó las piernas y los hombros. En la lengua vió que tengo el bazo débil, por la forma como quedaban marcados mis dientes en ella. He leído sobre esto, relacionado con la medicina tradicional china, y todos los síntomas que se producen como consecuencia de un funcionamiento irregular de este órgano coinciden plenamente con muchas de las cosas, físicas y psíquicas, que me pasan a mí. Es sorprendente cómo con una pequeña exploración ella vio tanto. Nunca hubiera imaginado que fuera este órgano, al que junto con el apéndice normalmente no se le concede mucha importancia porque se puede seguir viviendo aunque te lo tengan que extraer, el origen de la mayoría de mis males. En mi caso supone, según me dijo ella, una escasa circulación de la sangre, una tendencia a la acumulación de grasas, flemas, humores. Esto me ha producido varices, estreñimiento, digestiones lentas, sinusitis, un pólipo endometrial, reglas abundantes y dolorosas…

Lina añadió a las recomendaciones que me había dado Sheng sobre nutrición algunas más: por mis características no debo tomar alimentos ni bebidas fríos de la nevera, siempre calientes o templados. Como hay verduras, como las de las ensaladas, que sólo se pueden tomar frías, y lo mismo pasa con las frutas, me recomienda ingerirlas a media mañana y a la hora de comer, nunca en el desayuno o la cena. Las verduras mejor salteadas con un poco de aceite en una sartén, al estilo wok que se lleva tanto ahora, porque cocidas pierden vitaminas. Las carnes, por el contrario, mejor cocidas, guisadas, que no fritas o a la barbacoa, porque así se digieren mejor, y no a diario. El pescado sí se puede tomar todos los días. Mejor cualquier tipo de leche antes que la de vaca. Embutidos y ahumados suprimidos. Me preparará unas hierbas que deberé tomar en infusión templada durante 2 ó 3 meses.

Otro de los tratamientos que dispensan es el de la Tuina. “Es el nombre que recibe el masaje chino, empleado durante más de 2000 años. Se basa en la teoría de la Medicina Tradicional China, y mediante las técnicas de manipulación busca armonizar el flujo de la Energía a través de los Canales y Colaterales, mejorando la homeostasis de los órganos Internos. Esta técnica terapéutica consiste en friccionar golpear, etc... de forma manual o instrumental”.

Cuando me pongo en las manos de Sheng me saca dolores que ni yo sabía que tenía, y me produce un bienestar general que hace que esa noche duerma mucho mejor. Esta última vez me dolía especialmente la base de la cabeza, las cejas (curioso), sobre los hombros, las caderas y una pantorrilla. Nunca antes me había dado un masaje completo, hora y media de fricciones y golpeteos que me deja en la gloria. En las caderas el dolor que sacó continuó 2 ó 3 días después, cada vez que me tocaba. No era consciente de ese dolor, y eso que tengo artrosis en esa zona. Mis molestias en un pie y los ronquidos cuando duermo me dijo que no se debían a ningún problema añadido, que todo era consecuencia de mi sobrepeso, y que una vez solucionado éste se eliminarían las dolencias que lo acompañaban.

El último de los tratamientos en los que están especializados es la moxibustión. “Recupera el Yang, calienta los meridianos, regula la circulación de los meridianos, mejora la circulación del Qi y de la sangre. Elimina los estancamientos, el frío y la humedad, desintoxica, fortalece la salud, tonifica el Jiao medio. Muchas patologías pueden tratarse con moxibustión pero las más indicadas son las patologías crónicas”. Esta terapia, por ser especialmente candente, aún no me he atrevido a utilizarla, pero algún día preguntaré por ella.

Cuando le pregunto a Miguel Ángel, mi hijo, si le duele alguna parte del cuerpo, siempre pensando que por sus particularidades psíquicas a lo mejor tiene contracturas musculares por tensión nerviosa o algo así, pero no, a él no le duele absolutamente nada. Bendita juventud, cuando el cuerpo funciona a la perfección porque todo está aún nuevo. A Anita sí le suelen doler las paletillas y la nuca, y a veces la cabeza, sobre todo en época de exámenes. A ver si algún día consigo que pruebe la naturopatía de Lina y Sheng, merece la pena.


jueves, 29 de agosto de 2013

La naturopatía de Lina y Sheng (I)


Siempre dejo pasar demasiado tiempo cada vez que voy a darme masajes con Lina Lin y Sheng Zhang. Su centro naturópata, Tao Zen, es un remanso de paz. Montado con sencillez y pulcritud, sabes que ir allí supone encontrarse mucho mejor y tener cuidados extras para la salud que se pueden encontrar en otros sitios por mucho más dinero y con menos fiabilidad en el resultado. Ya he hablado de ellos en alguna otra ocasión.

Lina y su marido Sheng llevan cerca de diez años en nuestro país, hablan y escriben perfectamente en español (sobre todo ella), y su trato es atento y perspicaz. Me fascina todo lo oriental, y la cultura china especialmente. Tienen una filosofía de vida, unas tradiciones y una sabiduría, sobre todo en Medicina, que es impagable. Ellos no escuchan como se suele hacer en el mundo occidental, ellos te miran y están percibiendo más allá de las palabras, como si conectaran contigo a un nivel extrasensorial. Te oyen con paciencia y atención y luego te dan su opinión, siempre justa y atinada, con una rapidez de comprensión increíble. Y son muy tajantes: si uno se propone hacer una cosa debe proponérselo con firmeza, no valen las medias tintas, ni hay que vacilar ni claudicar a la 1ª de cambio. Se toman muy en serio sus decisiones y las llevan hasta el final.

En mi caso esta fuerza de voluntad se refiere a perder peso, una vez más. Mientras me daba los masajes, Sheng me contó cómo lo había hecho él. El año pasado llegó a tener un sobrepeso de 30 kg., y decidió ponerse a dieta. Él es muy alto para ser chino, y fuerte. Comía un huevo duro para desayunar y té. A veces en lugar del huevo duro se hacía una especie de tartita típica de su país que se cocina batiendo un huevo, mezclándolo con agua, y metiéndolo en el microondas un minuto. El té era por tomar algo caliente.

A media mañana, si se tiene apetito, un tomate o fruta, que tiene que ser naranja, kiwi, piña o pomelo (el que lo aguante), el resto de frutas no son recomendables para la dieta.

A la hora de comer, nunca más tarde de las 2 p.m., carnes o pescados y verduras. Después ya no se ingiere más alimentos hasta el día siguiente. Conviene acostarse pronto, no más tarde de las 10 de la noche, sobre todo, como dice Sheng, porque el hambre acucia y así no hay que aguantarla. Él tiene buen piño y lo debió pasar especialmente mal, sobre todo al principio, como me dijo, pero los resultados son espectaculares. Según él, se pierde medio kilo al día.

Le pregunté si no se podía sustituir el huevo duro o la tartita por otra cosa. A mí es que no me gusta así solo. Me dijo que podía hacerme una tortilla francesa sin aceite. El motivo del huevo duro es ingerir proteínas sin grasa. Por supuesto pasta, arroz y pan están suprimidos. La leche, aunque sea desnatada, también engorda. Le dije si no se perdía calcio no tomando leche, y me contestó que hay otros muchos alimentos que lo contienen. Como dice mi hijo, el ser humano es el único ser vivo que continúa tomando leche toda la vida, más allá de la lactancia materna.

Lo de saltarse comidas he oído decir siempre que es malísimo. Podría tomar para cenar algo muy ligero, sopas, cremas de verdura, cosas así. De todas formas casi nunca tengo ganas de cenar, no hay margen de tiempo suficiente entre la hora que como y la de la cena como para sentir apetito. Lo malo es dejar las dietas de golpe, que es lo que he hecho yo con las dos últimas que empecé, porque se vuelve a coger el peso que se tenía y más. Es una defensa del metabolismo frente a las situaciones de carestía. La pescadilla que se muerde la cola, quieres evitar una cosa y se termina provocando la contraria, y así sucesiva e interminablemente.

Según reza en su página web, “Lina Lin nació en una familia de médicos y desde los 15 años aprendió medicina. Estudió en la facultad de Acupuntura del Instituto de Medicina Tradicional China. En el mismo año de graduación trabajó en el segundo Hospital Subordinado al Hospital de M.T.C. en la especialidad de neurología. Es miembro adscrito a la Fundación Europea de Medicina Tradicional China. Sheng Zhang estudió 4 años en la especialidad de Masaje en el Colegio de Medicina Tradicional China. Después de su graduación trabajó en el Departamento de Acupuntura y Masaje del Segundo Hospital de China en la especialidad de traumatología. Ambos son miembros numerarios del Consejo General de Colegios de Médicos Naturistas de España en Madrid”.

Ellos son expertos en diversos tratamientos. Cito textualmente lo que sobre cada uno de ellos figura en su página web. La auriculoterapia, que “es el método para diagnosticar y tratar el cuerpo mediante el pabellón auricular. Presenta como característica principal la sencillez de su aplicación contrastada con la eficacia de sus resultados. Además ofrece un abanico de posibilidades terapéuticas muy amplio”. A mí Lina hace tiempo me hizo acupuntura en otras zonas del cuerpo: el vientre para los problemas del tracto intestinal, la cabeza para eliminar las tensiones, y la nariz porque en una de las ocasiones en que acudí a su consulta estaba resfriada.



miércoles, 28 de agosto de 2013

martes, 27 de agosto de 2013

Los dibujos de Miguel Ángel



Hace unos días me trajo mi hijo Miguel Ángel a casa, en una fugaz visita que me hizo, pues es el tiempo en que le toca estar con su padre, unos dibujos que saben que son mi delicia cada vez que los hace. Son una especie de cómic, y con cada viñeta nos hace adentrarnos en una historia que hace honor a su enorme imaginación y su sensibilidad.

Siempre son bolas, de diferentes tamaños, bracitos y piernas como palillos cortos, y pelos según a qué miembro de la familia representen. A su padre la hace grande y con el pelo espeso y ahuecado; a su hermana también grande y con el pelo según como lo lleve ella en cada momento, hace años con rizos y ahora largo y alisado, a veces le añade un bolsito; a mí grande y con el pelo como lo llevo en casa, tirante y recogido en una cola de caballo que él dibuja como si fuera una especie de moño; y a sí mismo se pone pequeño y con el pelo de pincho.

En esta ocasión se le veía de medio lado durmiendo en su cama, arropado por las sábanas, y dos hombres cerca de su cama con un saco en las manos. En la viñeta siguiente él está dentro del saco y los hombres se marchan deprisa. Después aparece su padre sentado en su cama, con las piernecillas de palo colgando, despeinado, con los pelos de punta y una sombra de barba, soltando venablos; a su lado el despertador está sonando a una hora tempranera.

Luego aparece en el cuarto de baño afeitándose; se ve el espejo y el mueble del lavabo con cajoneras. A continuación está sentado a una mesa con una taza de café humeante y de repente suena un teléfono colgado de la pared (eso es muy americano, la cocina con el teléfono anclado en la pared). Descuelga y se pone a hablar con la misma letanía mecánica que emplea en su mensaje del contestador automático, lo escribe con letras mayúsculas: “Soy M.A.S.C., agente de seguros, bla, bla, bla, bla, bla, etc.”, la misma verborrea que utiliza siempre.
De pronto una voz al teléfono, interrumpiéndole, le expeta: “¡Cállese! Tenemos secuestrado a su hijo…” Se aprecia un ligero temblor en el auricular. La imagen siguiente es un primer plano de su padre con los ojos llameantes y rictus airado en la boca. Aparece después la puerta de una caja acorazada de la que salen diversos ruidos, clin, clak, chas, y un ratón escapando asustado, como si hubiera entrado allí alguien después de mucho tiempo y estuviera buscando algo con mucho escándalo.

La escena siguiente es su padre con una canana a la cintura llena de balas y dos enormes pistolas en las manos. Después se le ve en un coche descapotable, con los pelos volando al viento, echando fuego por los tubos de escape y haciendo saltar el agua de los charcos con la potencia de sus ruedas. Va a toda velocidad para rescatar a su hijo.

Llega al lugar donde está él secuestrado. Se le ve en un 2º plano sentado en una silla, con las piernas de palito colgando, atado con cuerdas y amordazado. Los dos malhechores están junto a él. En primer plano su padre, que está saltando por encima del capó del coche, que ha quedado partido en dos, con las armas en ristre. En la imagen siguiente primer plano de las pistolas (de diseño, maravillosas, no les falta detalle) disparando sin parar mientras los malos desaparecen por un lado cayendo hacia atrás como en las películas, abatidos por las balas.

Escena final del padre con el hijo, muy pequeñito a su lado, adherido a su espalda. Me recuerda esas pelotitas forradas de tela tipo velcro que se lanzan en dianas de fieltro para que se queden pegadas.

La verdad es que lloré de risa viendo todo aquello, como me suele pasar cada vez que Miguel Ángel me enseña alguna de sus creaciones, es genial, aunque él no lo crea. Le pregunté si le importaría que lo colgara en Internet para que otros apreciaran su talento y celebraran sus ocurrencias, pero dijo entre risueño y avergonzado que no, de ninguna manera, eso tenía que quedar en la familia, nadie más podía verlo.

Los hijos imaginan a sus padres como héroes protectores, nos idealizan, aunque la evidencia demuestre lo contrario la mayoría de las veces. Miguel Ángel, a pesar de los años que ya tiene, sigue siendo una persona muy tierna y muy dulce, muy sentimental, un niño grande. Él merece cosas básicas que nunca va a tener, algo que me pone mala, y en su creatividad las hace realidad, aunque desde luego nunca le va a faltar todo aquello que esté en mi mano conseguir para él.

lunes, 26 de agosto de 2013

Aquellas inolvidables series (I): Yo, Claudio



Derek Jacobi como Claudio

Compré hace un tiempo una gran serie en DVD que hace muchos años tuvimos la fortuna de ver en televisión, Yo, Claudio, una de las más acertadas adaptaciones que del libro de Robert Graves se han hecho. No en vano está protagonizada por actores ingleses.

Derek Jacobi, que por aquel entonces nos era un desconocido, aunque en su país gozara ya de una larga y triunfal carrera, nos sorprendió con su magistral y particular forma de interpretar a aquel emperador romano por el que nadie daba un duro en su momento, marcado desde la infancia por una cojera, tics nerviosos y convulsiones diversas, y que sin embargo terminó sobreviviendo a la mayoría de sus parientes, que morían prematura y trágicamente por las conjuras, traiciones y sobre todo la cruel mano de su abuela Livia. Quizá fue porque ésta no lo consideró nunca un obstáculo para su ascenso al poder, pues lo tenía por un ser molesto y retrasado, fue por lo que logró salvarse.


Vemos a un Claudio niño que camina apoyado en un bastón, jugando con sus hermanos y primos, haciéndose amigo de un Herodes Agripa también niño (vaya amistades), y que suele ser objeto de burla sobre todo entre los adultos que le rodean. Tan sólo Augusto, el marido de su abuela, césar por aquel entonces, es la única figura amable que le sabe tratar con consideración, a pesar de ser un hombre de humor cambiante y raptos coléricos.

Ya desde esa posición infantil nos percatamos de la aguda inteligencia de Claudio, su capacidad para observar y conocer a la gente, su facilidad para desaparecer de escena cuando las cosas se ponen difíciles, su buscado mimetismo que le permite pasar desapercibido y así sortear todos los peligros que acechan por el camino, y en el que el resto de sus seres queridos y no tan queridos va sucumbiendo.


Livia, su abuela, era un ser despiadado que pasó su vida tejiendo una tela de araña de intereses personales, en la cual venían a morir todos aquellos a los que considerara una amenaza para su subsistencia y la consecución de sus ambiciosos planes. Conspiró para asesinar al sobrino de su marido, a dos nietos de éste y al menor de sus propios hijos, por el que en su funeral no derramó ni una sola lágrima, el bello, bondadoso y valeroso Druso, al que no dudó en sacrificar cuando éste se empeñó en apoyar el advenimiento de la república y el fin de la época de los emperadores, a los que consideraba corruptos y malos gobernantes. También desterró a una nuera, y todo lo hacía procurando que no se notara su mano, propiciando los hechos instigando a otras personas, como si ella no estuviera detrás de lo que sucedía ni tuviera nada que ver.



John Hurt como Calígula
Magnífico también John Hurt en el papel de Calígula, actor al que tampoco conocía entonces y que ha sabido envejecer haciendo cine y conservando su maestría interpretativa frente a modas cambiantes. Todo un lujo. Se da la circunstancia de que aquella escena en la que mataba a su hermana abriéndola en canal para comerse el hijo que llevaba en sus entrañas, fruto de sus incestuosas relaciones, fue censurada en nuestro país por considerarla poco apropiada para audiencias masivas, pero en otros países, como Alemania, fue emitida sin censura y causó una gran conmoción entre los espectadores y una oleada de críticas sin precedentes. A pesar de la censura que aquí hubo, recuerdo que para los años que yo por entonces tenía sí me impresionó enormemente, pues nunca había visto una cosa así ni me la había imaginado siquiera, pero la Historia es así, terrible, cruel, inhumana, y así fue como la contaron.


Claudio, sabedor en la sombra de todo lo que pasaba, llegó a ser emperador muy a su pesar y casi por eliminación, porque ya no quedaban parientes vivos que fueran aptos para el cargo. Con su imagen de tonto todos supusieron que sería un títere fácilmente manejable, y aunque continuó haciendo como que no se percataba de la mayoría de las cosas que sucedían a su alrededor, dejó muy claro que tenía poder de decisión propio y perfecta autonomía. Pero también desde entonces vivió sintiéndose más amenazado que nunca. Es curiosa su relación con el hombre que prueba su comida y su bebida antes de hacerlo él. Se le ve, ya anciano, gruñón e impaciente, mirando de soslayo a su infortunado criado para ver si el veneno que a él le hubieran destinado le hacía efecto o no. Claudio fue el protector de Roma, su salvaguarda, con él hubo un período de relativa tranquilidad, tal y como en su infancia predijo un vidente al que nadie creyó.


Sus momentos de gozo son aquellos en los que se encierra a estudiar sus libros, pues Claudio llegó a ser un eminente historiador, y a escribir sus memorias, las vicisitudes de su familia a lo largo de décadas, que él cree que algún día serían encontradas, en siglos venideros, y así se sabría todo lo que aconteció en aquella época que le tocó vivir. Escribió ocho tomos de los que nunca se encontró ninguno. Si tantas verdades dijo en ellos, si destapó tantas mentiras, no sería de extrañar que alguien los hubiera hecho desaparecer.


Cuando Claudio comió de aquellas setas que le ofrecía su silibina esposa, al final, ya sabía que estaban envenenadas, pero tenía muchos años y estaba muy cansado. Harto de sortear insidias y de llevar sobre sus hombros tantas responsabilidades, aceptó en silencio y con tristeza su destino. Los que conspiraban creyeron que le engañaban, pero él siempre fue más inteligente y tuvo más humanidad que la mayoría de los que le rodearon. Fue él quien engañó a todos haciéndoles creer que era un disminuido y que ni siquiera fue capaz, como le había pasado a otros, de ver la inminencia de su muerte y apartarse del peligro. Ya que no había podido elegir la forma en que hubiera querido vivir, por lo menos escogió cuándo y cómo morir.

Conmovedor el retrato de Claudio interpretado por Derek Jacobi, sus miedos, su inseguridad casi patológica, su falta de amor, su soledad e incomprensión, los quebrantos de su salud, su infinita paciencia, su inconmensurable inteligencia y bondad, su comprensión del mundo y de la vida, su gran humanidad. Le admiro por cómo pudo mantener su integridad física y moral a pesar de la extrema maldad de la mayor parte de las personas que pasaron por su existencia, ciegas de poder y ambición, lacras que han perdurado hasta nuestros días entre los que acceden al poder.


Se me hizo muy extraño escuchar de nuevo la sintonía de la serie después de tanto tiempo sin oírla, y volver a ver a aquella serpiente que se deslizaba sinuosa sobre las teselas, tan típicas de la decoración de la Antigua Roma, en las que podía leerse el nombre de Claudio en latín y ver su rostro. Las imágenes y la música con las que empezaba y terminaba la serie eran muy significativas, hacían presagiar algo malo, y a la vez era muy representativo del mundo romano de aquel entonces. Treinta y siete años han pasado, nada menos, desde que se rodara esta serie que yo veía intrigada, inquieta y conmovida cuando tenía 10 u 11 años. Nos queda para siempre la sutil ironía de su humor, que es el humor de los que están decepcionados, y la sagacidad de su estrategia de supervivencia, de la que he tomado ejemplo desde entonces.


viernes, 23 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (y III)


Las terrazas, a pie de playa, estaban llenas, y un camarero colocaba un taburete junto a tu sombrilla, a modo de mesita, si querías tomar algo. Comimos en un chiringuito de los que tienen las mesas sobre la misma arena, aunque como no quedaba un sitio libre optamos por estar dentro del local. Corría una corriente de aire fresco por todas las puertas abiertas que incluso tuvimos frío, mojadas como estábamos después del baño. A lo lejos, en el mar, se veía un hombre subido en una pequeña plataforma que se elevaba y descendía por propulsión a chorro de agua, nuevo deporte que ahora está de moda y que ví por 1ª vez en el programa de El hormiguero en el que invitaron a Tom Cruise, al que al final regalaron el artilugio.


Cuando cogimos un taxi para regresar al puerto, el taxista no entendía mis indicaciones y Ana lo resolvió en un momento diciendo: “Donde el Burger King”. Me sorprendió y me hizo mucha gracia su facilidad para entenderse con la gente, ya que por lo visto hay ciertas referencias que son inconfundibles.


Dalt Vila
 


Visitamos Dalt Vila, la zona fortificada donde está la catedral, en lo más alto de la ciudad, y que tiene muchos siglos de antigüedad. Hasta arriba se llega por un entramado de calles llenas de Historia, de piedra antigua y trazado muy empinado, con pequeñas tiendas al principio que son una auténtica preciosidad, recoletas, confortables, sencillas y muy bonitas, decoradas con mucho gusto. Me costó mucho subir, y bajar también, y si lo hice fue gracias a Anita, que a mitad de camino iba tirando de mí. No sabía lo baja de forma que estoy, fue una prueba para mí, un poco desmoralizante.


Nos quedamos sin ver Las Salinas y Es Vedrá, pero tampoco fuimos tantos días como para poder ver todo.




S. Antonio



Una noche visitamos la zona de S. Antonio, que es donde se supone que está la marcha en Ibiza. Pero era mucho suponer, porque se trataba de un pequeño paseo con algunas terrazas, de las que sólo una tenía una música buena. La línea de la playa apenas se veía iluminada, era muy poco vistosa. Las discotecas estaban a 10 minutos de allí, pero en esa zona no había gran cosa. Muchas inglesas vistiendo los pantalones cortos que se llevan este año, altos de cintura y escasos de tela por la parte de abajo del trasero. Son horrendos, no favorecen nada, y los encuentro incluso obscenos, enseñan cosas que normalmente están tapadas y que resultan antiestéticas mostradas así. Acostumbrados a ver cinturillas bajas, esto choca bastante.La gente joven es títere de los diseñadores de moda, que son seguidos al momento en todos sus caprichos creativos, por absurdos que puedan parecer, haciendo y deshaciendo a su antojo.


Había allí un bulevar donde se ponían los consabidos puestos de abalorios y retratistas. Nos dijeron que merecía la pena ver los pasacalles que saca cada discoteca, pero sólo vimos uno, media docena de chicas vestidas con bañador negro y tacones llevando plátanos de goma gigantes. Muy poco lucido.


Como Anita estaba cansada y no podíamos ir a la disco, yo por ser demasiado vieja y ella por ser demasiado joven, no estuvimos mucho más tiempo por allí. Había que guardar cola en una parada de taxis si querías volver, y de vez en cuando gente particular se ofrecía a llevar en su coche a los que esperábamos, en una competencia desleal. A las 5 inglesas muy rubias y carnosas que estaban delante de nosotras, algunas con diademas de flores imitando la época hippy, fumando nerviosas como posesas, se las llevó un chico negro con cara de fastidio.



Playa de Illetas
 
El penúltimo día fuimos a Formentera. El ferry tardaba una hora en llegar, algo que aburrió mucho a Ana, pero mereció la pena. El autobús, después de 10 minutos atravesando caminos estrechos y polvorientos en medio de hermosas salinas y zonas de vegetación, nos dejó en un camino bastante agreste, que seguimos sin saber a dónde nos conducía, junto a otros turistas abandonados también a la buena de Dios, hasta que en poco tiempo llegamos por unas escaleras de madera a la playa de las Illetas, una de las más bonitas que he visto nunca, junto con las de las islas Cíes en Galicia.



Playa de Illetas


El agua era de un verde claro precioso, con una transparencia que sólo he admirado en las fotos que retratan las playas caribeñas, y más allá tenía un turquesa increíble. A lo lejos tres bergantines aguardaban anclados, como si estuviéramos en la época de los piratas y los ingleses, a salir hacia alguna ruta llenos de turistas. La arena era absolutamente blanca. Unos buzos se tiraban desde una embarcación, aunque con esa nitidez del agua hacía falta poco buceo.


Comimos en un chiringuito estratégicamente situado entre el espesor de muchos árboles. Tenía una zona más barata, de pizzas y cosas así, y otra más amplia llena de mesas bajo techado pajizo que era un restaurante bastante caro. Vimos llegar, al cabo de un rato, a una familia muy numerosa que tenía el aspecto fashion y adinerado de la gente chic que sale en las revistas del corazón. Se colocaron en unas mesas corridas, ellas con sus sombreros de paja, sus melenas platino muy cuidadas mecidas con la brisa, sus gafas de sol, sus abalorios y sus ropas típicamente ibicencas.


Me encantan estas playas que tienen vegetación, a las que se llega bajando peldaños de madera, es muy agreste, como si la mano del hombre no hubiera aún invadido la Naturaleza. Le hice muchas fotos a Ana metida en el agua posando. Ella, que está tan guapa y ya es una mujercita, se la veía incomparable, su belleza fundida con la belleza del mar.

Lo que me dejó alucinada fue un chico que en el avión de vuelta (no viajar nunca en Vueling porque los asientos son duros como piedras, una tortura)iba nada más que con un bañador, una camiseta, las chanclas y una toalla sobre un hombro. Se ve que iba con lo puesto, sin equipaje, nada más que a la playa y a la discoteca, y tenía una cara de sueño como si no hubiera dormido en todo el fin de semana, que será probablemente lo que haya hecho. A eso llamo yo despreocupación, la imagen viva de la juventud y el vivir el presente sin más.

Con Anita el viaje fue estupendo, porque aunque la pobre creía que se iba a aburrir, al final no fue para tanto. Me decía todo el rato que todo estaba “muy oc” (por O.K.) y estaba pendiente de mí. Ahora está tan contenta con su peña de amigos en el pueblo de su padre, con gente de su edad, que es como tiene que estar. Sin duda lo mejor de la escapada no fue sólo conocer un sitio nuevo, sino sobre todo estar con ella.




jueves, 22 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (II)


Fue muy mágica la noche, al día siguiente de haber llegado, en que nos acercamos a Las Dalias, una zona en las afueras en la que se pone los lunes y martes un mercadillo nocturno que aprovecha el tirón que lo hippy tuvo hace décadas, aunque de aquello quede poco que se pueda considerar auténtico. Recorrimos los puestos de abalorios, ropa y objetos decorativos, algunos muy extravagantes, pero hacía mucho calor porque estaba todo montado bajo un espeso entramado de ramas y hojarasca de unos árboles que son típicos de allí, que no dejaban pasar el aire. Se notaba enseguida quién se ataviaba para parecer hippy y quién lo era de verdad. Yo le señalaba a Ana cuando alguien de los puestos lo era, normalmente mujeres y hombres de cierta edad que aún conservaban ese estilo de vida. Cuando ves a un-una hippy viejo te da la impresión de que es alguien que no ha sabido evolucionar, que se ha quedado detenido en el tiempo, que no ha querido adaptarse a la realidad actual, y que son gente marginal, casi vagabundos. Solemos asociar a la imagen del hippy con la juventud, el amor libre y todos esos tópicos, pero no es así. Ana, cuando le mostraba a alguno-a de ellos, se quedaba mirando muy atentamente y se la veía sentir admiración.

Me explayé comprando en uno de los puestos todo tipo de pulseras. Tenían cosas muy bonitas. En otro me compré una sortija, yo que soy de pocos adornos. Anita también se compró algunas, y un colgante. Nos sentamos en una barra circular en medio del mercadillo especializada en bebidas exóticas, y ella se pidió un mojito y yo una naranjada. El camarero lo hacía al momento, picaba el hielo, le añadía las hojas de menta y algunas cosas más. Había varios sitios de descanso, pareciéndome curiosa una zona, la más alejada de la salida, en la que te podías sentar en pufs y sobre alfombras para tomar te moruno, bajo una haima.

En un puesto Ana preguntó lo que valía una pulsera de plata, que era bastante gruesa. Allí se vendía al peso, y todo era muy caro, pero quiso preguntar por curiosidad.

Ya casi al final, había montado un guiñol para entretener a los niños que, sentados en torno al pequeño teatrillo, presenciaban unas historias de unos muñecos que no eran precisamente muy infantiles, pues el personaje femenino, muy hippy, movía las caderas muy sinuosa y el personaje masculino, también con unas pintas, decía cosas muy graciosas relacionadas con porros y alcohol.

También había puestos de abalorios cerca de la playa. Una tarde que estábamos por allí mirando, la dueña de uno de ellos se fijó en la psoriasis de las manos y brazos de Ana y nos dijo que a su cuñada le pasaba lo mismo, por el stress, y que lo mejor para eso era la arcilla verde. Nos indicó un herbolario cercano donde por lo visto vendían saquitos de 1 kg. por 3 €. En Ibiza la gente te aconseja espontáneamente, son muy abiertos y enrollados. No fue la única vez que nos indicaron lo mejor para tal o cual cosa. Anita estuvo un tiempo haciendo la mezcla del polvo con agua y untándosela por casi todo el cuerpo, porque lo tiene muy extendido, pero no tiene paciencia, no es constante, ella quiere ver resultados ya mismo, y al poco de regresar a Madrid la dejó de usar.

Uno de los días lo dedicamos a visitar Ibiza capital. El puerto es precioso, grande, con barcos de todas clases. Había unos yates de lujo de proporciones considerables, especialmente uno que decían que pertenecía a un jeque árabe. Los ferrys son de algunas de las compañías con las que yo trabajo, pues me dedico a las subvenciones al transporte marítimo.

Al llegar recorrimos un largo paseo lleno de apartamentos de lujo, con unos diseños increíbles que yo no había visto nunca. Era una gozada contemplar aquello. La playa que había al final, la de Talamanca, resultó ser muy mala. El agua era verdosa, opaca, caliente, y cuando llegaba a la cintura empezabas a pisar un suelo resbaladizo de algas, lo que produce un asco inmenso. Me recordó al agua de los pantanos, sólo que no estaba helada. A Anita no le gustó nada no ver el fondo, las aguas oscuras en las que no ves por donde vas ni lo que flota en ellas le dan miedo.

Mientras tomábamos el sol aparecieron dos fotógrafos que no dejaban de disparar a un mulato, más bien bajo, que debía ser famoso, aunque ignoro quién sería. Me imaginé, por la pinta y la situación, que era un futbolista. Posó con su mujer, una rubia platino aún más baja que él, con bikini sexy, que enseguida se marchó hacia la zona de tumbonas con el resto de su numerosa familia. Él, para seguir más el rollo, cogió a su hijo, un niño rubito de unos dos años, y lo alzó varias veces, con lo que los fotógrafos no perdían oportunidad de disparar sus cámaras sin cesar.

Una chica argentina vendía unos pañuelos muy grandes, que tenían estampados diferentes por un lado y por el otro, y que se podían atar de muchas maneras diferentes para convertirlos en faldas o vestidos. Durante la demostración se paseaba de aquí para allá ataviada con ellos como si estuviera en una pasarela, alzando los brazos cuando se paraba en un punto, como en un espectáculo circense. Era muy bajita, con la mitad de la cabeza rapada y la otra mitad con una media melena, moda que se lleva ahora. Tenía mucho desparpajo, y consiguió vender alguno, que no eran precisamente baratos, pues decía que estaban hechos con seda salvaje. Rubricaba su actuación mencionando la página web en la que se podía encontrar un video explicativo de las mil y una maneras de colocarse el pañuelo.


miércoles, 21 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (I)


Este año quise tener unas vacaciones diferentes, y me organicé un viaje a Ibiza al que pensaba ir con mis dos hijos, pero ya se sabe que los chicos, cuando se van haciendo mayores, prefieren otras cosas, y al final conté sólo con mi hija, que es una estupenda compañera de ruta.

En el avión teníamos delante de nosotras a una pareja de gays que no dejaban de darse besos. Ibiza tiene fama de ser lugar de destino preferido por los homosexuales. Estos eran muy cool, guapos, estilosos y esculturados en gimnasio. Durante el vuelo sentí una gran desorientación, porque al mirar por la ventanilla no había una sola nube, que son puntos de referencias espaciales, y llegó un momento en que me parecía que tanto azul era un vacío absoluto y que lo mismo podíamos estar boca arriba que boca abajo. Cuando nos aproximábamos a la isla, la belleza de las playas y el mar desde arriba me impresionó. Al aterrizar, el piloto tuvo un detalle divertido, pues hizo sonar una música de trompeta como un toque de diana, y anunció que habíamos llegado, lo que despertó un espontáneo entusiasmo general entre los viajeros, que aplaudieron y vitorearon la ocurrencia. La fiesta perpetua en la que se vive en Ibiza encendía los ánimos.

El hotel, que me había recomendado una amiga, estaba muy bien, tenía su puntito de buen gusto y sencillez en la decoración, la comida era rica y el trato muy agradable. Estaba en la zona del puerto deportivo, por lo que había que caminar 10 ó 15 minutos hasta que llegabas a la playa. Santa Eulalia es estrecha y tiene un recorrido ondulante en la línea de costa, poco concurrida, todos extranjeros, alemanes e ingleses sobre todo. Anita se sorprendía de ver a tanta gente leyendo libros bajo las sombrillas, hombres incluídos, no es algo a lo que su vista esté acostumbrada. El agua estaba limpia y a una temperatura maravillosa, no había olas, por lo que se podía nadar a gusto, y corría una brisa constante que refrescaba. En Ibiza cogí un color oscuro que luego no tardó en desaparecer, que no es el que suelo adquirir cuando voy a Benidorm, que es más chocolate y dura más tiempo.


Santa Eulalia

Las boyas estaban situadas cerca de la playa, separando la zona en la que grandes y preciosos barcos particulares estaban atracados. Esto era un inconveniente para mí, que me gusta nadar mar adentro. Me sorprendí de lo limpia que estaba el agua a pesar de haber tantas embarcaciones, ferrys incluídos que no dejaban de salir y llegar del puerto cercano, ni una gota de grasa, ni un desperdicio flotando, ¡increíble!.

El paseo es muy tranquilo, totalmente peatonal, lleno de terrazas de todas clases. En una de ellas estuvimos comiendo uno de los días, entre sol y sombra, y con la brisa que hay siempre allí era una total relajación. Estuve muy a gusto con mi niña sentadas mirando al mar.


La terraza que más me gustó fue una que estaba un poco más allá, que por la noche se iluminaba de un rosa intenso la blanca cúpula del edificio en torno al cual estaba montada, de estilo árabe.

Casi al final del paseo marítimo hay árboles frondosos junto a los que se puede descansar en bancos. Allí, a la sombra, hay un frescor incomparable. Uno de los días, sentadas por la tarde, un chico se nos aproximó corriendo, en bañador y descalzo, limpiándose las lágrimas, y nos preguntó si habíamos visto a un hombre correr con una mochila. Tenía acento argentino y al parecer le habían robado, dejándole con lo puesto. Estaba muy angustiado, y se le vió por allí dando aún algunas vueltas para ver si localizaba al ladrón, pero fue inútil. Si hubiera conocido la zona le habría acompañado a una comisaría a poner una denuncia, pero en ese momento me pilló por sorpresa y no supe reaccionar para ayudarle. Debe ser tremendo estar en otro lugar, y más en un país extranjero, y que te suceda algo así.

Cala Llonga
Lo mejor de Ibiza son las calas. Visitamos una de las más cercanas, a un cuarto de hora en ferry, Cala Llonga, en la que nada más llegar nos sorprendió el color turquesa de sus aguas y la transparencia. Varias filas de tumbonas y sombrillas pajizas, todo a juego en azul, ocupaban la zona, y allí nos instalamos. El estruendo de una monitora de agua gym de un hotel cercano molestaba al principio, pero en cuanto cesó era maravilloso estar allí contemplando el bosque del monte que cerraba la cala, esa vegetación casi sobre el mar, y escuchar el siseo que la brisa hacía al mover las tiras pajizas que colgaban de las sombrillas, era muy relajante. Fuimos a comer a la terraza de uno de los restaurantes cercanos, y fue una gozada estar allí disfrutando del placer de la comida y de la contemplación del entorno natural, ese verdor que venía del monte hasta la misma playa. Echamos un vistazo a una tienda cercana, en la que Anita se compró algunas cosas y yo me compré un bolso tipo canastillo de mimbre, que en Ibiza se usa mucho, sobre todo en la playa. Mi relax fue tal que yo, que no me duermo en cualquier parte, me quedé un rato dormida en la tumbona, acompañada por la dulce Anita, que al principio estaba un poco fastidiada porque creía que íbamos a una cala paradisíaca y se había puesto muy mona para hacerse algunas fotos que luego subiría al Tuenti, pero a esos sitios sólo se puede ir en coche particular, y no era nuestro caso.


Cala Llonga

Es evidente que el entorno natural está muy explotado en Ibiza, todo está planificado para sacar el máximo provecho al turismo, pero me dio la impresión de que, a pesar de todo, se ha respetado la salvaje Naturaleza de la isla, hay algo de agreste en su paisaje que se ha sabido conservar y que es precisamente su atractivo, lo que permite que la gente quiera visitarla. Los edificios de la costa no son rascacielos, sino que tienen la mayoría 3 ó 4 plantas a lo sumo.



martes, 20 de agosto de 2013

Familias numerosas

Leyendo uno de los últimos posts de Lorza girl, uno de los pocos blogs que sigo, me reía a carcajadas con sus ocurrencias, una vez más, y me traía a la memoria cosas del pasado que a ella que es más joven le están sucediendo ahora. Y además llega a conclusiones hilarantes con las que me identifico totalmente.

Ella, que ha sido madre hace unos meses, está sufriendo el inevitable cuestionario que te hace la gente cuando estás en determinadas fases de tu vida. Son preguntas de Perogrullo típicas de personas de baja extracción que se plantean con dudosa intención. Es como si estuvieras en un concurso y tuvieras que pasar todas las pruebas que se le han hecho al resto del mundo, siempre las mismas, obligatoriamente, y el que pregunta quiere comprobar si eres capaz de superalas, si funcionas como todo quisqui.

En mi familia jamás las hubo, pero sí en mi ex familia política y vecinos de mi barrio. Y te las hacían no una vez sino muchas. Que si tienes novio, hasta que lo tienes, que cuándo te vas a casar, hasta que te casas, que para cuándo el hijo, hasta que te quedas embarazada, que qué prefieres si niño o niña, como si se pudiera elegir, hasta que lo tienes, que para cuándo el siguiente, como si hacer hijos fuera lo mismo que fabricar churros. Y luego se ponen ellos de ejemplo o a gente que conocen. Pues a fulanito le pasó esto, a menganita lo otro, como si le importara a nadie lo que hagan los demás.

Y al llegar a este punto ella se plantea por qué la gente tiene más de un hijo, sobre todo antiguamente, en que abundaban las familias numerosas. Lorz opina sarcástica como suele ser ella que para tener de repuesto por si se te muere alguno o, como dice una amiga suya, para reserva de órganos. Ciertamente lo del hijo de “repuesto” era la mentalidad de hace décadas, aunque no se dijera de esa forma. Los adelantos en medicina no eran los de ahora, y se podía perder fácilmente a algunos de tus vástagos por alguna epidemia, accidente o cualquier otra calamidad que uno se pueda imaginar, incluída una guerra como la que aquí tuvimos, impensable hoy en día pero factible en su momento. Lo de la “reserva de órganos” ya es más actual.

A mí siempre me fascinaron las familias numerosas, me parecía que en ellas nunca cabía el aburrimiento. Esta idealización se agudizó cuando en mi niñez ponían en televisión series como “Con ocho basta” o "Los Walton", pues estaba muy de moda hacer programas edificantes en los que aparecían familias ejemplares que pasaban por multitud de peripecias vitales que siempre lograban solventar, en loor de la unión fraternal. Pero la realidad suele ser otra, una pareja no decide tener tantos hijos para pasárselo bien formando una gran familia, sin tener en cuenta el trabajo que supone y el titánico esfuerzo económico, entre otras cosas.

El dicho aquel de que donde come uno comen tres puede que sea cierto, pero a la comida hay que añadirle hoy en día la hipoteca del piso, las facturas de necesidades tan básicas como la luz que no paran de subir, el coche, los impuestos, las vacaciones, cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar, a pesar de la precariedad laboral. Antes la planificación familiar era casi inexistente, por razones culturales o por simple ignorancia se tenían los hijos “que Dios mandara”, que es más o menos lo que preconizan los del Opus Dei aún en la actualidad. Hay que extender el Reino de Dios. Ponerle freno a esa capacidad creadora es oponerse a los designios divinos. Había que dar gracias al Creador por conceder el don de la fertilidad que a otras parejas le había sido negado, para su desgracia. Los hijos son un regalo del Señor. “Dios proveerá”, se decía.

Cuántas penurias se habrían evitado si esta mentalidad hubiera sido otra. Dios no querría que sus hijos vivieran en la miseria, antes al contrario, la responsabilidad de unos padres es hacer que a sus vástagos no les falten las cosas imprescindibles para vivir con dignidad, no hablamos ni siquiera de caprichos a los que hemos mal acostumbrado a los niños de hoy. Y además muchas familias se veían disgregadas al repartir los hijos entre otros parientes por no poder hacerse cargo de todos. Así le pasó a mi abuela materna, que eran 13 hermanos, y mi abuela paterna tampoco se quedó atrás, pues eran 8 hermanos. A ésta última le decía su padre que ojalá hubiera tenido suficiente dinero para mantener a la familia unida y que no se tuviera que casar ninguna, pues casi todas eran hijas, y en aquella época no era costumbre que la mujer trabajara fuera de casa, por lo que suponían una carga.

Con frecuencia el motivo por el que se tenían tantos hijos era para tener mano de obra a la que no había que pagar un sueldo, en zonas rurales para las faenas agrícolas y para cuidar el ganado, algo que en sitios como La India se sigue haciendo.

Lo que no se entiende, con los medios y la información que tenemos en el siglo XXI y en el mundo “civilizado”, es que haya embarazos no deseados y un alto índice de abortos, o que una pareja tenga un hijo para conseguir una ayuda social. A qué extremos hemos llegado, es una aberración.

Yo doy gracias a Dios, ciertamente, por los hijos que he tenido, que no han sido muchos pero sí únicos para mí. Sin ellos ya no sabría vivir.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sor Citroen


Hace poco, haciendo zapping, topé con Sor Citröen, una película que de vez en cuando ponen en televisión y que suelo esquivar, quizá porque verla es como retroceder varios lustros en el pasado, a una zona de la memoria donde se almacenan los recuerdos más empalagosamente nostálgicos. Tenía yo tan sólo un año cuando la hicieron. La música, tan tontorrona, la imagen estrambótica de unas monjas haciendo barbaridades al volante por Madrid (el otro día pensaba qué pocos religiosos se ven por la calle en comparación con los que había hace años), y la estridente voz de Gracita Morales, a la que me acostumbré de niña cuando se prodigaba en el cine, pero que ahora me choca tanto, todo ello hacían que mi 1ª reacción fuera de instintivo rechazo. Pero la dejé puesta, ya bastante empezada, porque casi no me acordaba del argumento, y era como si la viera con ojos nuevos, intrigada por ver qué pasaba.

Mi hijo miró de soslayo, debió pensar “Vaya, otra de las originalidades de mamá”, y siguió con su videojuego en el portátil. Mi hija, que andaba tecleando en su Whatsapp, le echó un vistazo y dejó escapar una risita burlona. Pero es inevitable, al final el pasado te atrapa. Ves ese Madrid de antaño, con sus taxis negros con raya roja, los guardias de la circulación vestidos de negro con casco blanco, los coches sesenteros de cuando yo nací, y crees que algo ha pasado en el mundo que no es normal. Cómo es posible que en unos cuantos años haya cambiado todo tanto. Es como si fuera otra galaxia, la forma de vestir, los vehículos, las costumbres, la manera de hablar, todo es completamente diferente. Vivir como vivimos ahora es como haber dado un salto en el tiempo y haber aterrizado en otro planeta. 

Contemplar a Jose Luis López Vázquez al lado de Gracita Morales junto al puente de Segovia, antes de que se construyera la M-30, es todo un placer. Había un paseo a los lados del Manzanares, como ahora, pero con menos vegetación. Unos cuantos árboles bastaban para hacer de la zona un lugar muy agradable y para dar frescor en verano. Recuerdo vagamente pasear cerca de casa junto al río con mi familia. El horror de la autopista vino después, y siendo sólo una niña ya me pareció una aberración, un atentado contra la Naturaleza. 

Ver la zona de Banco de España cuando la protagonista, junto a la inefable Rafaela Aparicio, cruza a toda pastilla al volante de ese Citroen que le dio nombre, llevándose por delante el puesto de globos de un jovencísimo José Sacristán, hace inevitable una gran carcajada. Qué actores y actrices tan estupendos aparecían en esta película, cuando aún estaban en la plenitud de sus carreras, y de los que ya casi no queda ninguno. Tremendo, me parece increíble que estos personajes que pulularon mi infancia ya no estén. 

El trasfondo de la película no resiste el paso de los años, es demasiado ñoño y simplón como para que ahora pueda ser de interés, pero fue una seña de identidad más de una época, una forma de ver la vida mucho más inocente y tranquilizadora que la que tenemos ahora. 

El final no me gustó, me pareció que no cuadraba con el resto del film, que era un pegote añadido porque no se sabía cómo acabar una historia que podría haber tenido muchos y mejores finales. Viendo a mi hijo con el portátil y a mi hija con el Whatsapp, pienso en ese tiempo que recrea Sor Citroen, en el que no existían estas nuevas tecnologías. Estábamos más atrasados en muchas cosas, había una sociedad más bien paleta y pacata, pero feliz al fin y al cabo, con unos valores y una forma de ocupar el ocio que ya han desaparecido.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Un poco de todo (XXII)


- Me ha dejado muy sorprendida una imagen que he visto en Internet en la que se recreaba una gran plataforma construída sobre las aguas del estanque de El Retiro. Por lo visto, si Madrid es elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2020 (esa anticipación del futuro me ha parecido siempre un poco demencial), se hará un estadio para la modalidad de vóley playa con capacidad para doce mil personas. Muy original, desde luego, y muy costoso también. La verdad es que no me imagino alterado de esa manera el paisaje de un lugar tan emblemático como ese. 

- Maravilloso pasear por el Campo del Moro en cualquier época del año, pero ahora en verano es como si transitaras por una selva. Apenas hay gente, el aire está caliente y un poco estancando, las moscas pululan molestando más de lo habitual y un griterío de aves de todas las especies llega desde las copas de las muchas clases de árboles que allí hay. La rosaleda no tiene rosas en los parterres, y en el pequeño estanque con puente dos cisnes negros se pasean majestuosos entre los patos.

Cuando voy a este parque suelo hacer un recorrido concreto, atravesando los lugares que más me gustan. Hay unas vistas magníficas desde ciertos puntos. Paseando junto a las cadenas que impiden el paso a lo más alto del parque, donde está el Palacio Real, se me ocurre pensar qué sucedería si me saltara esos impedimentos, si habrá guardias arriba vigilando y me detendrían. Es lógico que haya esta clase de seguridad, pero no puedo remediar que me moleste que se pongan cotos a los espacios abiertos, y más cuando son tan bellos. 

He leído la historia del famoso moro que se asentó con sus huestes en el parque y cortó el suministro de agua de Madrid con el fin de asediarla y conquistarla, pero con los acuíferos que tiene la ciudad siguió abastecida, y el moro que dio nombre al lugar no consiguió su propósito. También leí que Alfonso XIII salió hacia el exilio atravesando esos jardines para evitar las revueltas que invadían las calles en aquel entonces. Si esas fueron algunas de las últimas imágenes de Madrid que se llevó grabadas en la memoria, al menos fueron hermosas.

- Me hace siempre mucha gracia ver al Papa Francisco en contacto con la gente. Sus avances entre la multitud son siempre azarosos, todo lo que sucede durante esos momentos es imprevisible. Su espontaneidad y su capacidad de improvisación no tienen límites. Hace poco le veía en su visita a Brasil probando un mate desde su papa móvil que alguien le había ofrecido. Su origen argentino le persigue allá donde vaya. También me conmovió su imagen abrazando y hablando con un niño que se saltó las barreras de seguridad para estar cerca de él y decirle que de mayor quería ser sacerdote. El pobre se fue llorando emocionado. 

La simpatía del Papa es utilizada por muchos para hacer negocio, pues alguien que es tan enrollado vende. Su cara aparece ahora en todo tipo de souvenirs, cuyos beneficios dudo mucho que vayan destinados a la Iglesia católica o a causas humanitarias. 

El Papa se puso muy serio hace poco cuando hablaba sobre la reforma de la prelatura y la inspección de las finanzas vaticanas. Casi daba un poco de miedo verlo, acostumbrados como nos tiene a sus sonrisas. Es un hombre valiente, dispuesto a todo, pero sin alardes ni acciones de fuerza. Es muy difícil cambiar lo que lleva tanto tiempo establecido, pero él sabe que hay hacerlo, y alguien lo tiene que hacer, por desagradable que pueda ser. 

Además es un trabajador incansable, ni siquiera se va a ir de vacaciones. Lo cierto es que cualquier foto que mires en la que él aparece, todo el mundo está sonriendo a su alrededor y se les ve feliz. Hacía falta algo así en un lugar tan particular y emblemático como el Vaticano. Que sea por mucho tiempo.


 
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