lunes, 19 de agosto de 2013

Sor Citroen


Hace poco, haciendo zapping, topé con Sor Citröen, una película que de vez en cuando ponen en televisión y que suelo esquivar, quizá porque verla es como retroceder varios lustros en el pasado, a una zona de la memoria donde se almacenan los recuerdos más empalagosamente nostálgicos. Tenía yo tan sólo un año cuando la hicieron. La música, tan tontorrona, la imagen estrambótica de unas monjas haciendo barbaridades al volante por Madrid (el otro día pensaba qué pocos religiosos se ven por la calle en comparación con los que había hace años), y la estridente voz de Gracita Morales, a la que me acostumbré de niña cuando se prodigaba en el cine, pero que ahora me choca tanto, todo ello hacían que mi 1ª reacción fuera de instintivo rechazo. Pero la dejé puesta, ya bastante empezada, porque casi no me acordaba del argumento, y era como si la viera con ojos nuevos, intrigada por ver qué pasaba.

Mi hijo miró de soslayo, debió pensar “Vaya, otra de las originalidades de mamá”, y siguió con su videojuego en el portátil. Mi hija, que andaba tecleando en su Whatsapp, le echó un vistazo y dejó escapar una risita burlona. Pero es inevitable, al final el pasado te atrapa. Ves ese Madrid de antaño, con sus taxis negros con raya roja, los guardias de la circulación vestidos de negro con casco blanco, los coches sesenteros de cuando yo nací, y crees que algo ha pasado en el mundo que no es normal. Cómo es posible que en unos cuantos años haya cambiado todo tanto. Es como si fuera otra galaxia, la forma de vestir, los vehículos, las costumbres, la manera de hablar, todo es completamente diferente. Vivir como vivimos ahora es como haber dado un salto en el tiempo y haber aterrizado en otro planeta. 

Contemplar a Jose Luis López Vázquez al lado de Gracita Morales junto al puente de Segovia, antes de que se construyera la M-30, es todo un placer. Había un paseo a los lados del Manzanares, como ahora, pero con menos vegetación. Unos cuantos árboles bastaban para hacer de la zona un lugar muy agradable y para dar frescor en verano. Recuerdo vagamente pasear cerca de casa junto al río con mi familia. El horror de la autopista vino después, y siendo sólo una niña ya me pareció una aberración, un atentado contra la Naturaleza. 

Ver la zona de Banco de España cuando la protagonista, junto a la inefable Rafaela Aparicio, cruza a toda pastilla al volante de ese Citroen que le dio nombre, llevándose por delante el puesto de globos de un jovencísimo José Sacristán, hace inevitable una gran carcajada. Qué actores y actrices tan estupendos aparecían en esta película, cuando aún estaban en la plenitud de sus carreras, y de los que ya casi no queda ninguno. Tremendo, me parece increíble que estos personajes que pulularon mi infancia ya no estén. 

El trasfondo de la película no resiste el paso de los años, es demasiado ñoño y simplón como para que ahora pueda ser de interés, pero fue una seña de identidad más de una época, una forma de ver la vida mucho más inocente y tranquilizadora que la que tenemos ahora. 

El final no me gustó, me pareció que no cuadraba con el resto del film, que era un pegote añadido porque no se sabía cómo acabar una historia que podría haber tenido muchos y mejores finales. Viendo a mi hijo con el portátil y a mi hija con el Whatsapp, pienso en ese tiempo que recrea Sor Citroen, en el que no existían estas nuevas tecnologías. Estábamos más atrasados en muchas cosas, había una sociedad más bien paleta y pacata, pero feliz al fin y al cabo, con unos valores y una forma de ocupar el ocio que ya han desaparecido.


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