viernes, 30 de diciembre de 2011

Marie Curie: una vida entregada a la ciencia


Si alguien dio alguna vez la vida por la ciencia, consumiéndose hasta las últimas consecuencias, esa fue Marie Curie. En tiempos en que el rol de la mujer en la sociedad era casi nulo, esta polaca fue la primera mujer en ganar un Nobel y la primera persona en obtenerlo dos veces.

Sus investigaciones sobre la radiación salvan hoy millones de vidas, pero su historia personal, sus amores, sus miedos, sus pasiones... quedan muchas veces ocultos tras su impresionante legado.

Marie yace postrada en una cama, casi ciega y sabe que su vida, presa de la leucemia, se apaga. Tiene 66 años. Es primavera en París. Hace unos meses que ha regresado de su Polonia natal, el último viaje. En el hospital del barrio parisino de Passy, donde la atienden, espera el final, consciente y tranquila. "La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones", le dice a su hija menor, Eve, que la acompaña en su enfermedad. Y en esos días, mientras apenas aprecia ya la luz del verano que se acerca, va desgranando para ella los recuerdos de toda una vida.

Recuerda Marie cómo con apenas 20 años, y cuando todavía usaba su nombre polaco, Manya Sklodowska, recorría las calles de Varsovia, ofreciéndose como institutriz y soñando con estudiar en la universidad de La Sorbona, en París.

Marie tiene un expediente académico brillante, una capacidad de trabajo envidiable, habla con fluidez polaco, ruso, alemán y francés, pero en la Polonia del último cuarto del siglo XIX una mujer no tenía posibilidades de cursar estudios superiores, y la economía familiar no hace posible enviarla a París.

Hija de un profesor de ciencias y una maestra, es la menor de cinco hermanos y su adolescencia queda marcada por la muerte de su hermana mayor, Zofia, como consecuencia del tifus, y dos años más tarde la de su madre, por tuberculosis. Marie podía haberse hundido, pero hizo todo lo contrario. Se puso de acuerdo con su hermana Bronya, tan brillante como ella, para ayudarse mutuamente. Manya trabajaría como institutriz en Polonia para costear los estudios de Medicina de su hermana en París y, cuando ésta terminase, la ayudaría a ella a costear su carrera.

En 1891, con 24 años, Manya llega finalmente a París, cambia su nombre por Marie y se matricula en la Sorbona para estudiar Física y Matemáticas. Rechaza la invitación de su hermana de vivir con ella y su marido, un médico polaco, para instalarse, mejor, en un pequeño ático frío y lúgubre del Barrio Latino, más cerca de la universidad. Las aulas, los libros, las conferencias... eran toda su vida. "Aquellos años fueron intensos y consagrados al estudio. Apenas tenía dinero, la estufa de carbón era un elemento decorativo; la comida, apenas un recuerdo... pero nunca me importó". En 1893 obtuvo la licenciatura en Físicas, como número uno de su promoción, y al año siguiente la de Matemáticas, como la segunda del curso.

Cuando rememora aquellos tiempos para su hija Eve en el hospital de Passy, aunque la anemia aplásica que sufre le causa una enorme fatiga y le quita el aliento, sonríe. "¿Tu padre? El matrimonio y los hombres nunca fueron un tema que me preocupase. Además, ¿quién iba a fijarse en una mujer pálida, escuálida y todo el día rodeada de libros? Bueno, pues... otro físico, el señor Pierre Curie". Después de algunas fórmulas matemáticas y sin más testigos que la investigación y la ciencia, se casaron. "Unas bicicletas y la campiña francesa fueron nuestra luna de miel. Alquilamos un pequeño apartamento con lo esencial e instalamos nuestro humilde laboratorio en un cobertizo abandonado. En aquel miserable cobertizo fue donde transcurrieron los mejores y más felices años de nuestra vida, enteramente dedicada al trabajo".

Los Curie fueron durante sus once años de unión un matrimonio consagrado a la ciencia. Con el apoyo de Pierre, Marie decidió preparar su tesis doctoral sobre la naturaleza de las emisiones producidas por el uranio recientemente descubiertas por el físico francés Henri Becquerel. Había nacido lo que Marie denominó la 'radiactividad'. Además, ella y Pierre consiguieron aislar dos nuevos elementos químicos: el polonio (en honor a su patria) y el radio. Realizaron las investigaciones en un laboratorio casero, sin seguridad alguna.

Su trabajo se vio recompensado con el Nobel de Física en 1903. Marie tenía sólo 36 años. "Sabes lo poco que me gusta exhibirme en público, pero debía recoger el premio. Tu padre había luchado mucho por acallar los rumores que decían que yo solo era su ayudante, pero, aun así, el presidente de la Academia Sueca me recordó que solo era una mujer: `No es bueno que el hombre esté solo, haré ayuda idónea para él´, citó del Génesis. Hoy sé que me equivoqué; no debí callar. Solo a tu padre dije lo que pensaba: Las mentiras son muy difíciles de matar, pero una mentira que atribuye a un hombre lo que en realidad era el trabajo de una mujer tiene más vidas que un gato".

Con el dinero obtenido y la concesión a Pierre de la cátedra de Física de la Sorbona logran vivir más holgadamente ("compramos una bañera", le cuenta a Eve), pero renuncian a patentar sus hallazgos. Durante estos años tienen, además, dos hijas, Irène y la propia Eve, que pasan muchas horas al cuidado de su abuelo paterno, viudo.

Y, entonces, una desgracia repentina. Pierre es atropellado por un pesado carruaje y muere. "Un carro, la lluvia, tu padre que siempre andaba inmerso en nuestras investigaciones... la fatalidad lo quiso. No podía aceptar la pensión que me ofrecieron, pero sí acepté la cátedra de Física vacante tras la muerte de Pierre". Era el 15 de noviembre de 1906, la primera vez que una mujer impartía una clase en una universidad. Otro hito.

Pese al dolor, Marie sigue con sus investigaciones e impartiendo clases. Pero una sociedad misógina criticó que no guardara luto por la muerte de su marido. Se rumorea incluso un supuesto romance con el físico Paul Langevin, casado. "Me acusaron de ladrona de maridos, y Le Journal me regaló una portada, cosa que no hizo con el Nobel. ¿Sabes lo que me dolió de verdad? Cuando en 1910 solicité el ingreso en la Academia Francesa de Ciencias, a la que perteneció tu padre, y me fue denegado por un voto. Más tarde supe que en las votaciones se dijo: `Las mujeres no pueden entrar en la academia´. Eso sí me dolió".

Pero nada de esto pudo con ella, y en 1911 se le otorga el Nobel de Química por el descubrimiento y aislamiento del radio. Es la primera persona en obtener dos Nobel. Y solo con 44 años. Poco después, Irène pasa a ser su asistente en el laboratorio, estalla la Primera Guerra Mundial y Marie crea 18 unidades móviles de rayos X para los hospitales de campaña en los que diagnosticar a los soldados heridos. Aquellas unidades se llamaron `petites Curie´. "La guerra, hija, es la mayor miseria humana y aquella embargó de locura a todo el mundo. Así que decidí invertir mis años de investigación en aliviar el sufrimiento humano".

Tras la capitulación y pese a lo poco que le gustaba exhibirse en público, Marie viaja con sus hijas a EEUU para recaudar fondos y seguir investigando. La gira fue un éxito, pero de regreso a Francia su salud comienza a debilitarse. Habían sido muchos años trabajando con materiales radiactivos sin ninguna protección, incluso sus notas, manuscritos y todo el material conservado siguen siendo radiactivos y se conservan en recipientes de plomo. Mientras Eve acompañó a su madre a un sanatorio, Irène, ahora Irène Joliot tras casarse con el físico Frédéric Joliot, continuaba los trabajos de su madre. En 1935, el matrimonio Joliot-Curie es galardonado con el Nobel de Química por el descubrimiento de la radiactividad artificial. Irène murió en 1956, 22 años después de su madre, también de leucemia, por su alta exposición.

Eve fue la única de la familia que no se dedicó a la ciencia. Pianista y escritora, es la autora de la mejor biografía de su madre. Eve falleció en 2007, con 103 años. "Al nacer yo, mi madre tenía 37 años. Cuando estuve en la edad de conocerla bien, era una anciana ilustre, la `ilustre investigadora´. En cambio, me parece haber vivido siempre al lado de la estudiante pobre y soñadora que fue Manya Sklodowska. En el instante mismo de su muerte, seguía pareciéndose a aquella joven. Era aún dulce, obstinada, tímida y curiosa. Marie tuvo en un cementerio silvestre, entre las flores del estío, un entierro silencioso y sencillo, como si la vida que terminaba semejara a tantas otras".

viernes, 23 de diciembre de 2011

Amadeus


"¿Cómo podía explicarle lo que la música significaba para mí?. Mientras mi padre suplicaba a Dios que protegiera sus negocios, yo elevaba en secreto la más orgullosa plegaria concebida en un niño (…).

En Viena lo vi por primera vez. Pensé que un talento así estaría grabado en el rostro y no me sería difícil reconocerle en aquel salón. Cuál fue mi sorpresa cuando vi a una criatura soez y medio tonta que se arrastraba por los suelos en compañía de aquella mujer(…). Su música sobre el papel no parecía nada (…). Pero de repente, imponiéndose un oboe, una sola nota mantenida en el aire hasta que el clarinete la dulcifica y la convierte en algo delicioso (…). Era una música que nunca había oído, una música llena de anhelo. A mí me parecía oir con ella la voz de Dios”.

Salieri va desgranando con los dedos en el aire y el gesto arrebatado, las notas que componen la música de Mozart, mientras habla de los recuerdos que de él tiene: “Era la voz de Dios que se manifestaba a través de él. Pero ¿por qué había tenido Dios que elegir a un ser tan obsceno?”.

Recrea a un hombre que corretea por el palacio en pos de una dama menuda de hermoso y protuberante escote, que es tan infantil, juguetona y dulce como él.

Salieri tan pronto ama al Supremo Creador como lo desprecia y odia. Si la inspiración afluye fácilmente, le agradece al crucifijo que tiene cerca del piano en su casa la merced que se le hace. Pero con cada éxito de Mozart surge en él un rencor renovado hacia la divinidad al haber otorgado a su enemigo los talentos que a él se le han negado.

La imagen de la Corte es bastante cómica, con unos músicos al servicio del emperador que no hacen más que adular a éste falsamente. La risa estentórea de Mozart parece romper la tranquila rutina de palacio e introduce una nota pintoresca en el ambiente imperial.

Amadeus se mete pronto en el bolsillo a Su Majestad, pues intenta explicar cada cosa que idea con palabras, con su muy expresiva gestualidad, y con demostraciones musicales en vivo y en directo. Conmueve la forma en que quiere hacerse entender, la manera como transmite entusiasmo, una ilusión casi pueril, única, genial.

Todos quedan asombrados cuando consigue reproducir de memoria una pieza que acaba de escuchar, compuesta por Salieri para darle la bienvenida, y a la que se permite el lujo de cambiar la parte final sobre la marcha, para que suene mejor, ante la ira apenas disimulada del autor.

Gigantescas arañas de cristal iluminan los teatros en los que Mozart dirige las orquestas durante las representaciones de sus óperas. Disfruta del lujo y la fastuosidad de la aristocracia debido a su éxito. Salieri, siempre presente en todas ellas oculto en algún palco oscuro, disfrutaba como nadie de los sucesivos espectáculos, entendiendo mejor que nadie las emociones del compositor, admirándole cada vez más si cabe, y al mismo tiempo utilizando sus influencias para que tuviera la menor cantidad posible de funciones, o poniendo toda clase de impedimentos para inducir al emperador a que desapruebe su obra, usando a los demás músicos de la Corte tras los que se parapeta para llevar a cabo en la sombra sus turbios manejos.

Los comentarios que hace el emperador a veces sobre su música son petulantes y ridículos, propios de una persona que pretende aparentar más de lo que sabe, de alguien cuyo engreimiento y prepotencia le impide reconocer la excelencia en los demás.

Mocoso amoral y soberbio, lo llamó el obispo de Salzburgo, la primera persona que lo tuvo a su cargo. “Yo soy el mejor”, afirma Amadeus sin ambages, a pesar de que se le recomienda que sea un poco más modesto. Su trabajo como músico de la Corte le obliga a desempeñar algunos cometidos que no son de su agrado, porque desmerecen su maestría. Así le pasa que se niega a dar clase a la hija del emperador porque su trabajo tiene que pasar primero por el escrutinio del resto de los músicos cortesanos. O cuando toca una pieza en casa de un aristócrata a cuya hija quiere que de lecciones de piano, mientras éste no cesa de hacer cucamonas a su jauría de perros, que no dejan de ladrar. “Cuando queráis que de clase a uno de vuestros perros no dudéis en llamarme”, le dice altivo y airado, antes de despedirse y marcharse precipitadamente.

El padre de Amadeus acude a su casa para quedarse una temporada. Es un hombre muy estricto, y su semblante adusto y sus sobrias costumbres chocan con el carácter juguetón y alegre y la vida disipada de su hijo, al que parece haber perdonado el hecho de que no esperara a su consentimiento para casarse ni su presencia en la boda.

No le gusta el ambiente de las fiestas de Viena. En una de ellas Mozart, a petición de la concurrencia, hace imitaciones de otros músicos como Bach, con su estilo tan serio, solemne y aburrido en el clavicordio. Incluso es capaz de tocar boca arriba y de espaldas, sujetado en vilo por los demás festejantes. Hasta que termina imitando a Salieri, del que interpreta una pieza en tono aburrido, para terminar simulando una pedorreta con sus posaderas de cara a su improvisado público, que ríe a carcajadas, ante la consternación y la ira del aludido, que está presente oculto tras una máscara. El humor escatológico era bastante corriente en la época y no estaba del todo mal visto.

Cuando muere su padre, Amadeus crea su ópera más negra, Don Giovanni. Para Salieri “era aquel un espectáculo magnífico y aterrador”. El influjo del progenitor se manifestaba desde el más allá, atormentando al hijo. Mozart lo quería mucho, y su frustración había provenido siempre de su incapacidad para complacerle, para que le gustara siquiera alguna de las cosas que hacía o decía.

“Qué sublime, qué profunda, qué hermosa, cuánta pasión en esa música”, declara Salieri al recordar el Réquiem que le encargó a Mozart sin revelar su identidad, y que sería su última obra, inacabada.

Con el tiempo Mozart cae en desgracia ante el emperador y el resto de la sociedad vienesa le da la espalda. Malvive componiendo para teatros de medio pelo obras llenas de acción, divertidas, representaciones circenses casi, con efectos sonoros y hasta irrupción de animales en escena. El público corea junto con los actores las canciones populares que intercala o con las que finaliza los espectáculos. En realidad malgasta su talento componiendo libretos para los nefastos vodeviles de un actor y empresario poco escrupuloso que le paga tarde, mal y nunca.

Mozart, ya muy enfermo, le dicta a Salieri desde la cama en la que está postrado la parte del Réquiem que aún le falta por escribir. A éste le cuesta seguir el ritmo creativo del maestro, y le apremia exasperado e impaciente mientras compone sin parar, preso de un inspirado frenesí. Pero amanece y todo esfuerzo es inútil, porque la llegada del alba y la de su esposa e hijo, que le habían abandonado, coinciden con la llegada de la muerte.

Una fosa común es el lugar último para un hombre único, increíble, magnífico.

Salieri, ya anciano, y después de haber intentado suicidarse cortándose el cuello preso de los remordimientos, viejo y anclado a una silla de ruedas, le cuenta todo esto en confesión a un sacerdote que ha venido a visitarle al manicomio donde ahora vive, y al que deja sumido en un profundo estupor y pesar, tras escuchar toda la historia de sus labios. “Vuestro bondadoso Dios destruyó a su criatura antes de que un mediocre compartiera una pequeña parte de su gloria (…). Treinta y dos años testigo de mi propia extinción. Mi música se perdía sin remedio”. 

Salieri, antes de ser conducido a otra estancia donde le darán un baño, aún tiene algo que decirle a su inopinado confesor. “Yo hablaré en su favor Padre, hablaré en nombre de todos los mediocres de la Tierra. Yo soy el más mediocre, su santo patrón”. Mientras se aleja riendo por los pasillos, va dando su bendición alzando la mano ante todos los locos que va encontrando a su paso, perdida definitivamente la cordura. “Mediocres de todo el Mundo, yo os absuelvo…, os absuelvo a todos”.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Álbum familiar (XIII)

Estas son algunas de las fotos de la boda de mi padres, allá por el año 1.964. No se hicieron muchas tampoco.

Aquí se ve la llegada de mi padre y su madre (la madrina, cómo no) a la iglesia. Es un cruce de miradas que me encanta. Los dos iban elegantísimos.





 Fue una boda matutina, un 11 de diciembre. El sacerdote que los casó dijo que era una buena fecha, que empezaba con uno y terminaba con uno.

Fue un día de mucho frío, pero dice mi madre que ella no lo notó. Dice también que en estos casos, debido a los nervios y la emoción, igual te da por reir que por llorar. A ella le dio por reir.


  



Mi madre en el reclinatorio, por una vez muy seria. El cuerpo llevaba encaje de guipur. El suyo era un vestido elegante, sencillo, muy a la moda de la época. El pecho se llevaba picudo, y los zapatos también.
Aquí, ya sonriente, firmando.
En el coche, tras la ceremonia. Intercambio de tiernas miradas. Mi padre tenía 27 años y mi madre 24. El ramo lo llevó mi madre a la tumba de su padre. Luego hubo un cocktail. Parece mentira que hayan hecho hace unos días su 47 aniversario de bodas.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Un poco de todo (XXXI)


- Estoy muy emocionada porque me he agregado a mi Facebook a tres compañeros y una compañera del instituto de los que no sabía absolutamente nada, y que han contestado sin demora a mi petición. Tenía mis dudas porque han pasado muchos años y nunca sabes si la gente se va a acordar de ti ni si le va a apetecer volver a ponerse en contacto contigo. Dos de ellos fueron también compañeros del colegio, y uno de ellos es mi amor de juventud. Además agregué a un amigo de los tiempos de la facultad.

Esto de Facebook es un fenómeno muy curioso, es como si fuera un árbol al que le vamos descubriendo muchas raíces que parecían escondidas, y que nos conectan con sustratos del pasado que en realidad nunca dejaron de formar parte de nosotros. Es como una conexión múltiple con personas de épocas distintas que a veces ni se conocen ni tienen nada que ver pero que están ahí, como un sorprendente pequeño cajón de sastre lleno de seres pensantes y sintientes que son importantes por muchas razones.

- Desde que demolieron la fábrica de Mahou que había junto a mi casa nos han cambiado por completo el panorama, y en esta época de Navidad se nota aún más. Donde antes se alzaba una mole inmensa de ladrillo y cemento ha quedado una llanura que permite ver lo que hay más allá. Como mi barrio no es comercial y no ponen adornos, nunca parece que estemos en Pascua. Pero ahora, cuando me siento a la mesa a cenar, veo por la ventana a lo lejos en la noche las luces destellantes de múltiples colores que ponen en las fachadas de edificios cercanos, y hasta un ático próximo que parece una verbena. Junto a la ventana está mi árbol de Navidad, al que me da la impresión que le pasa como a las personas con el paso del tiempo, que pierden estatura y pelo.

Junto a una caseta de ladrillo con tejadillo para el vigilante que existía antes de demoler la fábrica, había un abeto alto que en Navidad adornaban con mucho gusto, y hasta hace poco era el único vestigio de esta época que teníamos. Casi nos dio pena a mi familia y a mí cuando también lo hicieron desaparecer después de tantos años.





De todas formas cómo se nota la crisis este año. Me mandaron un correo en el que aparecía la iluminación madrileña del año pasado, mucho más profusa y espectacular. Ahora hay mucha austeridad, aunque me parece a mí que se pretende ahorrar dinero a costa de lo que menos se debería, y los mismos de siempre siguen viviendo como dioses. No se dan cuenta los cerebros pensantes que el ánimo del sufrido ciudadano se alegra cada año cuando ve las cosas bonitas que la Navidad trae consigo, y más en estos tiempos difíciles llenos de pesimismo. Si escatiman con una cosa tan simple como ésta nos condenan a una eterna tristeza. Parece que viviéramos un perpetuo funeral, todo el tiempo con noticias funestas, con negros pronósticos. Qué poquitas miras las de los políticos en general, qué poquito saben remontar el vuelo.

martes, 20 de diciembre de 2011

La ley para una muerte digna


Veía un reportaje sobrecogedor hace unos días sobre la Ley para una muerte digna en el estado de Oregón. Era en 2008. En él aparecía una mujer cuyo marido había muerto por una enfermedad terminal dos años antes y que luchaba con un grupo de personas con casos parecidos para que esa ley ampliara su vigencia a otros estados.

El día de las últimas elecciones generales en EEUU se la ve en su casa, por la mañana temprano, preparándose para asistir al curso de las votaciones por televisión. A su cabeza acuden muchos pensamientos distintos a la vez. Está nerviosa.Tanto ella como su grupo se reunen en un local invadidos por una gran emoción. Tras anunciarse la victoria de Obama y hacerse oficial que en Washington también se aplicaría la ley, todos se abrazaron entusiasmados. Ella les dijo entonces a todos que su misión había acabado pero que contasen con ella para todo lo que hiciera falta. “Ahora sí que puedo considerar que mi matrimonio se ha roto”, afirmó. Durante dos años se había sentido vinculada a su marido muerto al defender una causa que le atañía, pero una vez conseguido el propósito era como si aceptara por fin que él ya no estaba, que su vínculo matrimonial había dejado de existir.

Otra mujer, Cody, en otra parte del estado, sufría los efectos devastadores de una enfermedad terminal que afectaba a su hígado y que la estaba conduciendo a la muerte. En todo momento su marido la acompañaba a todas partes cogiéndola de la mano para que se sintiera más segura al caminar. La cámara se metía hasta en su casa, y recogía el dolor de una mujer que era plenamente consciente de que la vida se le escapaba por momentos. Sollozaba a ratos, mirando a cualquier parte, ausente de todo lo que no fuera su propia desgracia, pero no había victimismo ni un sentimentalismo facilón en su actitud. A ratos iba a la cocina para sacar de un cajón al menos media docena de pastillas con las que intentaba soportar el dolor.

En el hospital, sobre la mesa de operaciones, los médicos le sustituyeron un conducto natural del hígado que estaba obstruído por otro artificial, mientras contestaba con voz pastosa por los efectos de la anestesia a las interpelaciones del cirujano. Le extrajeron después cuatro botellas de dos litros de un líquido similar a la orina ensangrentada que se le acumulaba en el abdomen y hacía presión sobre sus órganos internos. Cody tiene una complexión grande y está delgada, pero nadie hubiera podido imaginar que tal cantidad de líquidos pudieran estar dentro de ella. Cody lloró mansamente cuando terminaron, consolada por las enfermeras, pues le habían aliviado la presión sobre sus costillas y su clavícula, y supongo también porque sabía que aquella era una solución transitoria a un problema insoluble. Se la veía muy dulce, llena de ternura, muy espiritual, y con esa belleza que ciertas mujeres ven acrecentada con la madurez.

Tras la operación y ya recuperada, hablando con la doctora que lleva su caso, se planteó en la consulta qué hacer a partir de ese momento. La enfermedad entraba en su recta final, y la especialista propuso prolongar su esperanza de vida, pero ella no quiso que fuera hasta más allá de Navidad, supongo que para reencontrarse con su familia y decirles adiós. Cody ya no estaba dispuesta a seguir con su agonía. Los dolores eran insoportables y los analgésicos no le hacían efecto porque los expulsaba con sus constantes vómitos. Cualquier actividad la dejaba sin aliento, le costaba respirar. Incluso casi no podía llorar porque la angustia la asfixiaba. Su marido la cogía de la mano y ella casi no podía mirarle. A pesar de lo mucho que lo quería y de lo mucho que deseaba vivir, había llegado la situación a un punto en que la desesperación podía más que todo lo demás. En su rostro había una extraña mezcla de desesperanza y determinación.

En la siguiente escena aparecía un hermoso paisaje campestre nevado. Los copos caían en abundancia. Yo ya no me sentí capaz de seguir viendo lo que iba a suceder. Era evidente.

Y pensé en la injusticia, no en la injusticia de los hombres en el mal uso de las leyes que ellos mismos han creado, sino en la del devenir de las cosas, en la del azar, de la existencia, de por qué la suerte no está igual echada para todos si todos somos hijos de Dios. Por qué hay quien se aferra a la vida con uñas y dientes y hay quien está ansioso por perderla, por qué hay quien desea con toda su alma tener hijos y no puede y cuántos son los que los tienen y sólo quieren es deshacerse de ellos, o por qué hay quien despilfarra el dinero porque parece que le sobra y hay quien no tiene ni una cama ni un plato de comida caliente cada día. Preguntas que todos nos hemos hecho más de una vez. La lista de perplejidades, de contradictorias formas de estar en el mundo, sería interminable.

Contra esta clase de injusticia poco se puede hacer porque no depende de nosotros. La ley para una muerte digna me ha hecho pensar en todas estas cuestiones, que en realidad tengo siempre presentes. Por lo menos que si la muerte se nos aproxima podamos elegir cuándo, cómo y en qué lugar va a tener lugar. Ya que no está en nuestra mano la decisión de venir a este mundo, por lo menos que podamos decidir de qué forma lo dejamos cuando las condiciones de vida se han vuelto intolerables. Es una cuestión de humanidad.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Dime lo que comes


Igual que la forma de comportarnos, de vestir o nuestra grafología pueden dar indicios acerca de nuestra personalidad, también por el tipo de cosas que compramos en el supermercado se puede saber cómo somos, cuáles son nuestros gustos y hasta nuestras circunstancias.

En la cola de la caja a la hora de pagar a veces el tiempo pasa muy lento. Es entonces cuando me dedico a observar al personal, y casi se podría decir que por las cosas que hemos elegido o incluso la manera en que esperamos nuestro turno somos transparentes.

La figura más aborrecible de todas las que es posible encontrar en circunstancias así es la de la señora entradita en años que, mientras aguarda, se dedica a hablar sola, como en un interminable monólogo consigo misma del que pretende hacer participar a los demás y durante el cual despotrica sobre todo lo imaginable. A veces halla una o varias almas gemelas con las que hace duetos, tercetos, cuartetos, o da con alguna señora que pretende ser caritativa intentando apaciguarla, y a la que termina haciendo blanco de su malhumor. Que si está muy mal atendida la caja, que si por qué no ponen más personal, que si cuánto calor hace aquí, o cuánto frío que no ponen la calefacción… Si la espera es tediosa, con alguien así cerca es además desagradable. Maleducada y necia, la única solución posible sería ponerle un esparadrapo en la boca, inmovilizarla atándola a una silla y administrarle una inyección de Valium o alguna otra sustancia relajante menos contundente pero igualmente eficaz.
La gente joven suele comprar muchos platos precocinados y abunda en el gusto por la pasta porque es fácil de hacer. Su aire inquieto, su complexión alta y delgada muy al uso en las últimas generaciones, su forma de observar, silenciosos y con pequeñas gafitas, dan la imagen de intelectual bohemio que se acentúa si además lleva barba y bigote, o sólo perilla, tan de moda ahora. No comen mucho y les gusta picotear: frutos secos, patatas fritas, refrescos.

Las amas de casa, señoras a partir de treinta y tantos, se llevan muchos briks de leche, paquetes de legumbres y productos de limpieza. Se suceden las botellas de lejía y las cajas de detergente. Si al marido le gusta beber tienen que cargar además con incontables botellines de cerveza o botellas de alcohol de alta graduación. Cuando te toca alguna delante sabes que van a tardar mucho en atenderte, porque llevan muchos productos diferentes y les lleva su tiempo introducirlos en el carrito de la compra, que yo misma tengo y que procuro usar lo menos posible porque lo aborrezco, ya que lo asocio a la inevitable imagen de maruja cañí. Alguna que esté detrás de ti puede querer ponerse delante pretextando que sólo lleva una cosa. Son las despistadas, las que al llegar a casa se han dado cuenta de que se han olvidado de algo, y no están dispuestas a volver a esperar. Nunca sabrán valorar lo suficiente el favor que se les hace y el perjuicio que te hacen a ti, que también tienes tu cansancio, tu prisa y tus obligaciones.

Los niños compran pocas cosas y pagan con monedas sueltas. Suelen estar haciendo algún recado y miran a los mayores desde su menudez como si estuvieran en alerta, preparados para sufrir alguna tropelía aprovechándose de su menor tamaño y edad. A muchos les quitan su turno, les dan mal las vueltas o les hablan sin respeto. Yo es a los que más considero.

Hace poco tenía delante de mí a un chico con aspecto de “indignado”, nueva figura a tener en cuenta, con un look a medio camino entre hippy y artista bohemio. Camisa de cuadros rojos y negros sobre vaqueros, pelo largo y rizado recogido en una cola de caballo fosca. Su dieta se basaba en productos poco corrientes y picantes: montones de cartones de zumo de piña, frascos de encurtidos, latas de anchoas, alguna fruta exótica. Son alimentos con poco alimento pero que excitan los sentidos. Les gustan las emociones fuertes, en la comida y en todo lo demás.

Y luego hay un tipo de señora, normalmente con muchos años, que para conseguir lo que se propone no duda en atropellar y avasallar allá donde vaya. Son las que se acercan mucho si están detrás de ti en la cola y te van dando empujones como si la cosa se fuera a aligerar más así. Son las que en la cola del autobús se cuelan y pasan por encima de todos como un tanque o una apisonadora para hacerse con algún posible asiento libre que nadie les puede quitar. Hacen valer su avanzada edad como premisa de unos derechos adquiridos, aunque sea a costa de pisotear los derechos de los demás. Hay amargura y soledad en las personas que son así. O a lo mejor tanta prisa y tanta impaciencia provienen nada más qie de su insaciable necesidad de ver en la televisión alguno de esos programas infames tan habituales hoy en día y de los que sueles ser forofas. Estas suelen llevar poca compra, pero parece que atenderlas es lo más importante del mundo.

Además está el progre vegetariano con sus verduras y su comida macrobiótica, el musculitos de gimnasio con sus proteínas a tope, la obsesa de las dietas con sus productos light sin calorías, los señores mayores con sus alimentos suaves y fáciles de masticar, los adolescentes con su fast food....

Mi compra varía bastante si mis hijos están en casa o no. Cuando están hay mucha bollería y chocolate. Me obsesionan los desayunos y meriendas, esos periodos entre comidas en los que se les suele despertar un apetito voraz. Por lo general suelo comprar más cosas de las que tenía en mente, por lo que luego voy cargada como una burra.

Somos lo que comemos. Vegetarianos, carnívoros, caprichosos, selectos, inapetentes, glotones. Dime lo que comes y te diré quién eres...

viernes, 16 de diciembre de 2011

Ilustradores (V): Alejandra Iriarte

Ilustradora colombiana que trabaja principalmente para libros infantiles y juveniles.

Me llama la atención el uso que hace del color, mezclando tonalidades muy clara con otras muy llamativas.

La suya es una ilustración de detalles aparentemente escondidos, llenos de imaginación, o la forma de encuadrar las imágenes, para resaltar ciertos aspectos. Me encanta este hombre que mira sentado en la playa las formas que él cree que dibujan las nubes. Da el conjunto una sensación de calma y relax, los tonos suaves.

La niña sentada sobre la maleta es magnífica y conmovedora: la incertidumbre de un viaje inminente, el desamparo de la infancia en manos de los adultos, que pueden hacer con los más pequeños lo que quieran. Parece que espera, un poco asustada, a lo que pueda ocurrir. Mientras, se agarra a su muñeca como el único objeto familiar que es capaz de mantenerla enraizada a su cotidianeidad. Es como si la niña formara parte del equipaje también. No hace falta que se le vea la cara, nos imaginamos su gesto ensimismado y contrito.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un poco de todo (XXX)


- Doy la bienvenida como nueva seguidora a Camila Castañeda, joven estudiante de Ciencias Sociales que escribe nada menos que en tres blogs (formatos llenos de imaginación, interesantes contenidos), apasionada del cine como yo. Espero que siga con nosotros por mucho tiempo.

- Es increíble el anuncio que los de la Lotería han hecho este año para Navidades. La estética preciosista y la atmósfera misteriosa, fastuosa y elegante que ya se puso de moda con películas estrenadas en fechas como éstas (La brújula dorada y la saga de Harry Potter, sobre todo al principio), es el estilo que ha inspirado este spot, y la verdad es que es todo un acierto.

Ya en su momento tuvo mucha repercusión los que hicieron con aquel señor calvo que repartía suerte con sólo soplar sobre su mano extendida y mirarnos penetrantemente como si nos quisiera hipnotizar. Se han debido gastar mucho dinero para hacer el de este año, pero el resultado ha sido sorprendente. Me imagino que ganará algún premio publicitario no tardando mucho.

Por alguna razón la publicidad navideña de las loterías goza de un gusto exquisito. Han puesto en Cibeles, junto a uno de los cruces que atravieso cuando voy al trabajo, una vitrina acristalada muy alta en cuyo interior hay un árbol de Navidad cubierto de nieve artificial con bolas doradas y adornos rojos. En la parte de arriba hay un cartel pegado: “Rasca y gana”. A las horas que paso, que aún hay poca luz, está iluminado y parece una pequeña joya que se encarga de recordarnos con sumo buen gusto la época en la que estamos. Gracias a estas cosas la ciudad parece un poco menos inhóspita y un poco más acogedora.

Todos los lugares deberían conservar sus adornos navideños hasta que el invierno se acabara. Sólo así sería más soportable la melancolía de los días tan cortos y la crudeza de la estación, aunque este año se esté haciendo esperar el frío. Todo parece más bonito cuando se ve adornado por luces destellantes y objetos llenos de color. El simple escaparate de una tienda, que habitualmente nos puede parecer soso y sin gracia, se vuelve de repente hermoso y llamativo. O la ventana de una casa.

- Este año he tardado una semana más de lo habitual en adornar mi casa por Navidad, siempre con la inestimable colaboración de Ana, mi niña bonita. Me faltaba la motivación. Ha sido un año un poco duro a nivel personal y familiar, dejo atrás cosas y personas que ya son irrecuperables, como Rafael, el padre de mi cuñado, recientemente fallecido. Y además mi hijo está pasando por el trance de su terapia, de la que poco habla y nunca se queja, pero que tiene que ser difícil de llevar aunque sea con un buen fin. Como todos los procesos curativos, hay que pasar por una fase dolorosa hasta que se terminan de cicatrizar las heridas. Pero lo cierto es que le veo cada vez más recuperado. La Navidad, sin embargo, ya no será lo mismo para él nunca más. Hasta el año pasado conservaba aún parte de su ilusión y su inocencia de niño, pero este año, teniendo en cuenta por todo lo que está pasando, su visión ha cambiado. Hace poco exclamaba un poco desesperanzado cuánto le gustaría volver a sentir la Navidad como la sentía cuando era pequeño. Pero esta etapa difícil terminará algún día y podrá retomar todas aquellas cosas que le hacían feliz.

Muchos son los que tampoco consiguen vivir la Pascua como lo hacían en la infancia. De la misma forma es casi imposible, pero sí se puede conservar buena parte del sentimiento y la emoción que rodea esta festividad, siquiera por la magia que la envuelve. Es una excusa para detenernos un poco en nuestra marcha diaria y dejarnos invadir por la paz. Volvemos a disfrutar de los placeres sencillos, si no lo hacíamos ya, y permitimos que nuestra imaginación remonte el vuelo hacia mundos de ensueño donde algún día habitamos, y otros nuevos en los que esperamos habitar.

En realidad tenemos muchas cosas que agradecer, a pesar de lo que a veces pueda parecernos, y más si echamos un vistazo a nuestro alrededor y observamos lo que se está cociendo.  

martes, 13 de diciembre de 2011

Grandes arquitectos contemporáneos (X): Helmut Jahn

Arquitecto alemán, emigró en su juventud a EE.UU., donde ha desarrollado su carrera profesional. Mientras estudiaba tuvo como profesor a Mies van der Rohe, al que ya dediqué un post.

One Liberty Place




Sony Center

Jahn ha recibido numerosos premios por su trabajo y está considerado uno de los arquitectos más influyentes del mundo.

One Liberty Place fue hasta hace poco, con sus 61 plantas y su enorme antena, uno de los edificios más altos de Filadelfia.

El Sony Center se erigió en una zona que estuvo atravesada por el Muro de Berlín. De noche son espectaculares los colores de su cúpula.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Mr. Belvedere

El otro día veía Niñera moderna, una película que hizo las delicias de mi infancia y a la que hacía ni se sabe que no había vuelto a ver. Sin embargo, con el paso de los años, la contemplo con ojos distintos.
La historia de un hombre que ejerce de niñera en un ruidoso hogar, en el que tres niños campan por sus respetos por la falta de autoridad de sus padres, fue un puntazo en su momento, pero creo que no resiste una revisión. A una idea tan buena como esa no se le supo sacar el suficiente partido, pues apenas atisbamos unas pinceladas pintorescas en lo que podría haber sido un personaje extraordinario.
Mr. Belvedere, que llega a una casa en la que esperaban recibir a una mujer, no es una niñera al uso. Su porte elegante, su rectitud, su bigotito tan fino y sus inesperadas respuestas para todo, lo convierten en una caja de sorpresas, además de en una persona fuera de lo común. Ataviado con un mandil, lo mismo les enseña a bañarse a los niños como ayuda en la cocina. Cuando el matrimonio irrumpe en su cuarto el primer día porque tarda en bajar a desayunar, lo encuentran cabeza abajo con las piernas apoyadas en la puerta del baño haciendo yoga, momento durante el cual su concentración es tal que no es capaz de ver ni oir nada. Si antes hacía gracia la excesiva curiosidad de la pareja ante lo misterioso de su nuevo inquilino, hoy en día resulta necia y mezquina esta actitud, hastiados como estamos de tanta información cotilla, y difamante con la que nos saturan los medios de comunicación.

Pero es en su relación con los niños donde se podría haber explotado más el filón de este personaje. El cuenco de papilla en la cabeza del más pequeño como respuesta airada a una reiterada falta de educación infantil que, en su momento, provocó mi hilaridad y la del mundo entero, actualmente me produce desagrado, tal es mi aversión a todo lo que suponga violencia en cualquiera de sus formas, por nimia que pueda parecer. La disciplina en la educación de los niños no admite muestras de dureza física. La reacción de Belvedere es infantil, propia de alguien sin paciencia al que, como afirmó sobre sí mismo, no le gusta la gente menuda. Siempre se ha dicho que nunca se deben perder los papeles, y menos con los niños. Hoy en día se recurre al diálogo, por muy corta que sea la edad del púber, al estilo de lo que la robótica Super Nanny hace en televisión.

Si la actitud de Mr. Belvedere me producía hilaridad en su momento, actualmente me parece insoportable y redicho. Un hombre que impone sus criterios de forma tan terminante, incluso sin contar todavía con la confianza de los que le han contratado, es sin duda un déspota y un maleducado. Pero es quizá eso mismo lo que le hace resultar tan cómico, pues su excesiva rigidez contrasta con la manera de ser tan llana de los dueños de la casa y con el caos de sus hijos. Su perfección en todo lo que hace (ha estado en muchos sitios y ejercido muchas profesiones, por lo que es un experto en casi todo) es digna de imitación, aunque a veces sea inevitable dudar de si está diciendo la verdad, tan variopinta y original es la lista de sus habilidades, y el hecho de que despierte los celos del cabeza de familia me parece una chorrada más de la película.

Podían haber sido los niños más traviesos de lo que fueron, pues enseguida se empezaron a portar bien, sólo necesitaban una mano firme que los guiara. Si hubiera sido más difícil hacerse con ellos se podría haber lucido mucho más el señor Belvedere, habría tenido más oportunidad de lucir sus talentos para amaestrar criaturas. Nuestra Super Nanny casi parece empalidecer a su lado.

Le falta a Mr. Belvedere dejar caer alguna sonrisa de vez en cuando, cuando menos nos lo esperáramos, para ver un poco de humanidad tras esa severa fachada. Pero todo se da a entender al no importarle contradecirse, pues primero dice aborrecer a los niños en general y luego no es capaz de abandonar la casa al convertirse en un escritor de éxito, en un giro inesperado de la fortuna.

Clifton Webb se representó a sí mismo en esta película, por la que fue nominado a un Oscar al mejor actor principal. Él también era sumamente educado y vestía con gran elegancia. Empezó a actuar siendo un niño, sabía cantar y bailar, y forjó su carrera entre EEUU e Inglaterra. Era homosexual, aunque nunca se le conoció relación alguna con nadie. Vivió con su madre, que fue siempre su protectora, hasta que ésta murió en sus brazos siendo ya nonagenaria. Desde entonces el atribulado Clifton se recluyó en su casa, donde murió seis años después. Hollywood lo descubrió cuando ya era cincuentón, pues hasta entonces era actor teatral. Sin duda fue un gran acierto su elección para interpretar a Mr. Belvedere, personaje por el que ha pasado a los anales del mundo del celuloide.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Escultores (V): Agustín Querol






La Gloria y Los Pegasos. Ministerio de Agricultura
 Insigne escultor catalán que llevó a cabo sus obras más importantes a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Estudió en Roma con una beca y allí se inició en su estilo abigarrado y efectista que le ha hecho tan famoso.

A su vuelta a Madrid, recibió numerosos encargos oficiales, para lo que montó un enorme taller con decenas de ayudantes, algunos de los cuales fueron luego también escultores de cierto renombre.

Se le concedieron numerosos premios a lo largo de su vida.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las fotos de papá (I)








Mi padre hace unas fotos muy curiosas en sus paseos por Madrid, pues se interna por callejuelas y rincones poco vistos que inmortaliza con la cámara de su móvil.
En esta ocasión fue a la calle de La Sal, al ladito de la Plaza Mayor, y estuvo fotografiando un carillón que inauguraron el año pasado en verano sobre la Antigua Relojería, un establecimiento que funciona desde 1880.

Por lo que he podido leer, está inspirado en los dibujos de Mingote, y se trata de un anciano relojero que se mueve de un lado a otro al ponerse en funcionamiento. Se pone en marcha a las 9 y media de la mañana y se detiene 12 horas más tarde. A las horas en punto suena un chotis y en los cuartos un fragmento de La Gran Vía. Está preparado para que reproduzca hasta mil melodías. Los dueños de la relojería quieren que la música cambie con los distintos acontecimientos que ocurran en Madrid.

El carillón cuenta con cinco relojes: el principal marca la hora peninsular, y los otros la de Nueva York, Sidney, Pekín y El Cairo.

También se pueden ver un par de fotos de La Posada del Peine, también cerca de la Plaza Mayor, que permanecía cerrada desde los años 60 y fue reabierto como establecimiento hotelero hace cinco años. Su nombre se debe a que en sus inicios se contaba con un peine atado a una cuerda para impedir que los viajeros se los llevaran. Su estructura es peculiar, porque está situado en tres edificios unidos entre sí con estilos arquitectónicos diferentes que se corresponden con distintas épocas.

En nuestra Literatura hay numerosas referencias a esta Posada, y fue objeto del discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua de Camilo José Cela.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Cine español


Siempre despotrico contra el cine que se hace aquí porque pienso que no estamos a la altura del resto de cine europeo, a pesar de que de vez en cuando surgen algunos talentos que, por alguna razón, no reciben la suficiente promoción ni reconocimiento. Será que los gustos van por otros derroteros, o es que a parte de Almodóvar es como si no tuviéramos otra cosa aquí. Pero últimamente he visto unas cuantas películas de producción nacional que no me han dejado indiferente. Seguimos sin estar al mismo nivel que el resto de países, pero se percibe un conato de incendio, la semilla de algo interesante que está a punto de brotar.

Y así tenemos La suerte dormida, película que dirigió en su momento la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, que contó con actores tan estupendos como Adriana Ozores y José Soriano. Me ha encantado la forma de interpretar de ambos, y la historia está bien llevada, un drama cotidiano que no resulta aburrido precisamente por la manera como lo ha desarrollado. Me parece a mí que esta mujer desempeña mejor su trabajo como directora de cine que en una cartera ministerial, pero hoy en día cualquiera puede ascender a puestos de gran responsabilidad con independencia de su formación y ocupación anterior, basta con estar bien relacionado.

También me gustó Primos, una comedia romántica muy desenfadada, con momentos hilarantes. Cuenta con un plantel de jóvenes actores al que auguro un futuro muy prometedor. Hay una escena que me llamó especialmente la atención, en la que se ve a dos de sus protagonistas, hiperhipocondríacos y llenos de fobias, intentando superar algunos de sus miedos exponiéndose a ellos totalmente. Están subidos a una de las atracciones de la verbena de su pueblo, un barco que se mueve a un lado y a otro cada vez más deprisa. Al final hasta se lo pasan bien, aunque a su modo tan peculiar. Son conmovedores. Y es que a mí me pasa lo mismo, no me considero una persona especialmente fóbica, pero sí que me es imposible afrontar el pánico que me producen las atracciones de las ferias. No consigo comprender cómo la mayoría de la gente se divierte llevando al extremo sus constantes vitales.

Pero la que más me ha impresionado ha sido el último film de Icíar Bollaín, También la lluvia. Es un rodaje dentro de otro rodaje, los entresijos del mundo del cine con el exótico paisaje de Bolivia como escenario de fondo. Lo que parecía un trabajo como otro cualquiera se termina convirtiendo en una cuestión personal para el director y el productor protagonistas, al verse involucrados en las revueltas sociales de los habitantes de la zona. Es un viaje hacia un mundo cuya problemática conocemos sólo de oídas, y cuyo origen data de la época de los conquistadores, de los que se nos ofrece una visión completamente distinta a la que nos tenían acostumbrados. Descubrimos una Historia nueva y desgarradora que no está contada en los libros. Es también un viaje hacia su propio mundo interior para el director de la cinta, papel interpretado por un cada vez más maduro y bello Gael García Bernal, un acierto su elección entre todo el plantel de actores. 

Hay escenas que se quedan grabadas en la memoria, como el plano en el que se ve la reconstrucción de una carabela en el plató de rodaje, o la que sirvió de cartel publicitario de la película, un helicóptero llevando por el aire una enorme cruz sujeta con cuerdas.

Vemos en el cine español actual una gran variedad de temas, pero con un denominador común, la cotidianeidad. El cine que aquí se hace es cercano e intimista, aborda problemas universales desde la óptica del ser humano individual, corriente, en su vida diaria. Los desenlaces suelen ser sorprendentes.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Gregory Peck (II)


Para terminar Gregory Peck decía que no tenía muchos premios en su haber, pero lo único que sí había ambicionado siempre era ser un buen contador de historias. También dijo que quería que lo recordaran como un buen esposo y padre.

El actor agradecía a todos en todo momento las muestras de afecto y adoración de que era objeto. Incluso dedicaba un tiempo a departir con algunos de los asistentes al finalizar la charla, tras los bastidores. Muchos de ellos habían venido de muy lejos para verle. En sus gestos y sus palabras descubrí a un hombre cálido, poseedor de una gran humanidad y sencillez, inteligente y sensible, alejado por completo de los estereotipos que tenemos de las estrellas de Hollywood.

En el reportaje se intercalaban escenas de sus películas, y de su casa con todos sus hijos. Habla en cierto momento, con gran pesadumbre pero enorme serenidad, del suicidio de uno de ellos, que padecía depresiones. Se culpaba al pensar que quizá había pasado poco tiempo con él cuando aún era un niño, debido a su trabajo. Dijo que era un chico brillante, con un gran porvenir.

También se ve al actor escribiendo sus memorias en unas hojas sueltas, sentado en una silla en el jardín de su casa en compañía de su esposa y su hija. Ellas le preguntan sobre qué está escribiendo y él les lee un pasaje en el que habla de su padre. Con suma emoción relata cómo era él, a lo que se dedicaba (era farmacéutico) y las cosas que le decía, grabadas en su memoria para siempre. Se ve también a su hija, embarazada (fue la productora del documental) en varias etapas de la gestación, cada vez más abultada, y cómo su padre acariciaba su vientre con sumo afecto cuando ya le faltaba poco para dar a luz. Cuando llega el momento se la ve a ella en su cama en el hospital y a su padre acercándose para saber cómo está, algo preocupado, mientras acaricia a su hija la frente como si aún fuera una niña. Luego, sentado en una silla en la sala de espera, se queda un rato pensativo y emocionado, como cuando hablaba de su padre, mirando a un punto indeterminado en el vacío, hasta que por fin sale de su ensimismamiento y dice algunas palabras a media voz, sin mirar a cámara: “Cecilia está bien, el niño está bien. Me siento agradecido, muy agradecido…por todo….”

Gregory Peck se encarnó siempre, con escasas excepciones, a sí mismo en esos papeles que hacía de hombre íntegro y cabal, honesto y bueno hasta el límite, optimista, sumamente educado, descuidadamente impecable. No tenía la elegancia de dandy de Cary Grant, ni la virilidad animal de Kirk Douglas, ni ninguno de esos atributos que habitualmente despiertan pasiones entre el público, pero podía ser igualmente seductor y apasionado si la ocasión lo requería, su aspecto relajado y sereno eran sólo apariencia, y en todo lo que hacía imprimía su inconfundible sello personal que lo hacía único. Era como si llevara oculto dentro de sí un volcán de sentimientos y pasiones que fuese a estallar a la mínima ocasión. Transmitía emociones tanto por lo que decía como por lo que callaba, su lenguaje gestual y corporal hablaba por él más que ninguna otra cosa. Viéndole parecía que todo encajaba en su sitio, que las aguas siempre volvían a su cauce, que la justicia y la bondad se alzaban indefectiblemente por encima de las miserias terrenales.

Aquella gira fue un éxito completo para Gregory Peck. Era tan interesante todo lo que decía, improvisaba tan bien y su lenguaje era al mismo tiempo tan exquisito y tan llano que se metió al público en el bolsillo en todo momento. Su fino sentido del humor provocaba las carcajadas de los oyentes una y otra vez. Resultaba sencillamente encantador.

Hace ocho años que se fue, pero no del todo, porque ha dejado una huella indeleble en nuestra memoria y en nuestro corazón.
 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes