lunes, 31 de agosto de 2009

Los "enfant terribles"del tenis


El tenis ha sido considerado siempre como un deporte elegante, en el que los buenos modales eran algo casi obligado, no como sucede en otros deportes. Pero en los últimos años parece que la creciente agresividad del mundo que nos rodea ha invadido también las canchas, y ya los jugadores no se comportan como antaño.

Enric Molina, el mejor juez de silla del tenis mundial, sabe mucho de todo ésto. Exquisitamente educado, con habilidad para litigar con los más protestotes, ha visto romper de rabia cientos de raquetas.

Enric ha sufrido dos hernias de disco de tanto girar el cuello a un lado y a otro. Se calcula que en cada encuentro realiza de media mil torsiones a derecha e izquierda para hacer un barrido de 90 grados, y el cuello ya se le ha quedado clavado cuatro veces.

El partido más largo que tuvo que arbitrar duró seis horas y media.

Sabe pedir silencio al público en decenas de idiomas.

Más de una vez ha tenido que salir escoltado de la cancha por la policía.Reconoce que hay sitios donde se hace poco llevadero arbitrar los partidos. En Argentina, por ejemplo, se caldea mucho el ambiente y pueden llegar a tirar monedas, botellas, de todo, en contraste con Wimbledon, famoso por las exigentes normas de comportamiento que todos tienen que seguir, que permiten sin embargo que los espectadores coman fresas con nata en las gradas como una tradición que allí se sigue desde tiempo inmemorial.

Enric Molina recuerda a algunos de los jugadores que se han hecho famosos no sólo por su forma de jugar sino también por la forma de comportarse en la pista, y con algunos, a los que llama picajosos y deslenguados, ha tenido más de un disgusto.

Ivanisevic era de los que no se controlaba en muchas ocasiones, pero en general se limitaba a quedarse con la boca abierta ante una decisión del juez con la que no estuviese de acuerdo, en un gesto entre burlón e incrédulo, como si no entendiera nada. El público reía su sorna.

Djokovic suele parodiar a sus oponentes, imitando sus gestos, y suele dirigirle algunas palabras al público en el idioma de éste soltando algunos chascarrillos, para regocijo general. En el último partido que jugó con Nadal, y a petición de los espectadores, imitó a éste, bajándose un poco los pantalones para que parecieran más largos, subiéndose la media manga de la camiseta para dejar los brazos completamente al aire, y bajándose los calcetines, e hizo como que limpiaba las líneas de pista con los pies, se rascó el trasero y se agachó mucho para recibir la volea. Djokovic, a parte de sus cualidades innatas para la parodia, estudia mucho a sus contrincantes, todos sus gestos y peculiaridades.

Safin es de los que grita muy enojado en la pista, y en las ruedas de prensa sigue desahogándose. “Los árbitros nunca tocaron una raqueta y hablarles es como hablarles a una pared”, ha llegado a decir.

Davidenko suele tener mal perder, y hace comentarios despectivos de los torneos en los que ha quedado descalificado.

A Nalbandián le tuvo que expulsar en un partido hace seis años por las serpientes que vomitó por la boca.

A Koubek lo tuvo que echar porque arrojó con rabia su raqueta contra su bolsa, rebotó en ésta y le dio sin querer a un recogepelotas.

Nastase fue conocido por ser burlón en la cancha y por sus modos poco honestos de conseguir ventajas en el juego. Se empeñaba en convertir los partidos en un show para el público. En una ocasión que había discutido con un juez de red, le impactó con un saque en el que se vió que había sido todo menos fortuito. En un partido se cubrió con un paraguas porque el día estaba lluvioso. Tras perder un encuentro le dio una patada a una pelota que rebotó en el oponente, al que acababa de dar la mano como es habitual cuando acaba el juego, cogió de nuevo la pelota y se la puso al juez de pista entre las piernas.

Pero ha habido otras muchas leyendas del tenis que en su momento dieron que hablar tanto o más que los actuales jugadores.

McEnroe decía a los jueces cosas como “idiota incompetente”, “zoquete”, etc. Llegó a golpear la silla de un juez, un micrófono, y a lanzar bolas contra el público cuando le abucheaba. Se ponía lívido cada vez que le decían que la pelota estaba fuera, y daba berridos tremendos mientras se acercaba amenazador al juez de pista. Muchos opinan que sus constantes berrinches servían como forma de sobrellevar situaciones complejas dentro de la pista. Otros creen que formaba parte de su temperamento irascible, que no toleraba frustraciones. “Todo el mundo está contra mí”, solía decir. Cuando no estaba jugando era básicamente reservado e introvertido, pero en la cancha se transformaba. La prensa hablaba muy mal de él: “El berrinche televisivo del supermocoso”, “centro de las más vergonzosas escenas jamás vistas en el tenis”, “las más injuriosas exhibiciones”… Hoy en día le ha sacado rendimiento a aquella fama que se forjó parodiándose a sí mismo.

Connors tampoco se quedó atrás. Con su impetuoso comportamiento en las pistas y su abierto enfrentamiento al resto de los compañeros, se granjeó fama de rebelde. Una vez que se le pidió que comparara a público de Wimbledon, Roland Garrós y Flusing Meadows, dijo: “En París la gente desea ver un buen tenis. En Nueva York esperan que dejes el court bañado con tu sudor. En Wimbledon, además de regar el césped con tu transpiración, debes secarlo tú mismo”.

Pancho González llegó a limpiar la línea de pista con el trasero en Roland Garrós cuando la decisión de un juez le contrarió.

Retrasos injustificados, obscenidades audibles o visibles, abusos verbales o físicos, cualquier conducta antideportiva es anotada en el acta. Puede llegar a haber multas, pérdidas de puntos y de juego e incluso la expulsión. Por un indicente muy grave se descalifica directamente al jugador.

El reglamento es más estricto ahora de lo que lo fue hace años, y muchos se quejan por ello, pero nada de ésto impide que, en momentos de gran tensión, los jugadores destapen el tarro de las esencias y saquen a relucir sus más profundas abyecciones, lo que posiblemente sólo se atreverían a decir en la consulta de un psiquiatra. Al menos eso dicen los entendidos en salud mental, que no hay que quedarse con nada dentro, hay que expresarse libremente, sin tapujos, y estos "enfant terribles" del tenis lo llevan al extremo.

sábado, 29 de agosto de 2009

El techo de cristal


Hay un cartel publicitario últimamente por la calle que me saca un poco de quicio. En él se ve a un hombre que está en una entrevista de trabajo y le están preguntando si tiene previsto quedarse embarazado próximamente. Una frase impresa encima dice que si esa pregunta resulta absurda en un hombre, por qué no es igualmente absurda en una mujer.
Desde el punto de vista de un empresario no es tan absurda. Es evidente que una mujer que ha sido madre necesita un periodo de descanso para reponerse, y su pareja sólo puede disfrutar de una pequeña parte de ese tiempo si la mujer está de acuerdo en incorporarse al trabajo antes y dejarle a él el resto de la baja. Un empresario no es un especialista en derechos humanos, y no me refiero sólo a las pésimas condiciones de trabajo que existen en sectores como el de la construcción. En unas oficinas también puede haber condiciones laborales precarias, discriminación y postergamiento. Lo único que interesa es lo productivos que podamos llegar a ser, si surge cualquier otra contingencia es asunto tuyo.
Que se ponga como condición el no quedar embarazada para que te contraten es algo que existe desde hace mucho tiempo. El poder es unidireccional: el empresario pone las condiciones, y si no te gustan te puedes ir por donde has venido. La mujer que es preguntada por cuestiones tan personales para saber si es apta para un puesto de trabajo podría a su vez preguntar si el empresario tiene intención de meterla mano en el futuro, por ejemplo, cosa que también sucede con demasiada frecuencia. A lo mejor eso está dentro de las condiciones de trabajo tácitamente aceptadas, eso no es cuestionable. Otra cosa por la que un hombre que quiere conseguir un empleo no se tiene que preocupar, sí que sería absurdo preguntarle si se va a dejar meter mano próximamente, es impensable.
Hay preguntas que a una mujer se le hacen y a un hombre no, y eso será así siempre, nos guste o nos parezca mal. Y no creo que sea una cuestión de simple machismo, sino de beneficio empresarial.
Es imposible que la igualdad plena entre mujeres y hombres se alcance nunca, entre otras cosas porque no somos iguales por naturaleza. Lo interesante sería convivir respetando cada uno nuestras señas de identidad sin estorbarse.
Nosotras tenemos algunas desventajas para el mundo laboral e incluso el deportivo por nuestro menor vigor físico y por la maternidad. Pero en otros países esto no se ve como un hándicap sino como una situación que viene así planteada de antemano y para la que se buscan soluciones. En Austria una mujer tiene una excedencia pagada hasta que el hijo cumple la mayoría de edad, y un dinero que el Estado el da por ese hijo hasta que consigue su primer trabajo. El problema no está en la igualdad de género sino en las políticas sociales tercermundistas que existen en este país.
Los puestos de trabajo de más relevancia están copados por lo hombres. Dicen que porque son más inteligentes que nosotras. Será más bien porque ellos no tienen lo que últimamente se conoce como el ” techo de cristal”, una barrera invisible que impide a la mujer llegar hasta más allá de un límite en su ascenso laboral y en el reconocimiento a sus méritos. Cuando una mujer ocupa un puesto así se la mira con desconfianza, se la cuestiona, se intenta ver si tiene alguna rareza que la ha permitido conseguir lo que otras no han podido. Es cierto que una mujer en esas condiciones suele adoptar un estilo un tanto “masculino”, más que nada porque en realidad se mueve en un territorio de hombres y se ve obligada a seguir las reglas del juego que ellos imponen. Aunque esté en lo más alto, es como si estuviera de prestado, por azar, de rebote, temporalmente, sigue constituyendo algo anacrónico, una excepción.
No sé si alguna vez conseguiremos romper ese techo de cristal, pero el día que eso suceda el mundo será un poco mejor para todos.

viernes, 28 de agosto de 2009

Masajes chinos


No tengo costumbre de hacerle propaganda a nadie, pero en esta ocasión no puedo por menos que recomendar los masajes que hacen un matrimonio chino, Lina y Sheng, en su Centro Naturópata Tao Zen, de la calle San Bernardino nº 5, detrás de Plaza de España.
En él se practica el masaje tuina y la acupuntura. Puedes darte masajes por partes, según lo que más necesites (espalda, piernas, pies, cabeza, abdomen), cada uno de los cuales dura 30 minutos, o puedes hacer uno que sea de todo eso y que sale un poco más económico.
Lina se especializa en acupuntura, masaje de piernas y abdomen. Sheng en los demás.
Nunca antes de acudir a su clínica había recibido masajes y la primera vez recuerdo que iba con cierta prevención, pero se me pasó enseguida al ver su trato delicado y exquisito, así como la limpieza del local y la que ellos mismos tienen en todo momento.
Ellos no sólo actúan sobre dolores localizados, sino que con sus masajes ponen al descubierto otros que normalmente no notamos pero que están ahí, y que producen rigidez muscular y una calidad de vida poco sana.
Según van actuando con sus manos, van distendiendo la zona poco a poco hasta dejarla completamente relajada, con fricciones y pequeños golpes que no son ni demasiado suaves ni tampoco fuertes, en un término medio justo para que el masaje haga efecto sin que luego se resienta el músculo.
Hace tiempo fui con una amiga a un balneario de los de toda la vida, con sus duchas con chorros de agua fría y caliente, sus bañera con agua caliente a presión, y sus inhaladores de oxígeno puro. El agua que se tomaba allí tenía un compuesto de azufre que beneficiaba la salud pero repugnaba al paladar y al olfato. Allí me di masajes que en nada tienen que ver con los del Centro Tao Zen, porque fueron tan superficiales que no resultaron efectivos. A veces hace falta algo más que música relajante y aromaterapia.
Lina y Sheng tienen una música oriental que me fascina, suave, melancólica y dulce, y llegaron a grabarme un cd con ella cuando les dije lo mucho que me gustaba.
La última vez que fui, hace poco, me hizo compañía su hijo, un niño precioso, mientras esperaba en el sillón de la entrada a que sus padres pudieran atenderme. Me ofreció un cereal de chocolate de una bolsita, que era lo que estaba merendando, y me preguntó qué es lo que decía la bolsa, porque aún es pequeño para aprender a leer.
Lina y Sheng son médicos titulados que han ejercido su especialidad en su país antes de venir al nuestro, donde empezaron trabajando en una clínica unos años hasta que se establecieron por su cuenta. Hablan y escriben perfectamente el castellano.
Os los recomiendo sin dudar si teneis alguna molestia o dolencia. Ellos no saben que estoy hablando de su Centro en mi blog, pero para mí es un placer hacerlo.
Su direccón es http://www.centrotaozen.com/

jueves, 27 de agosto de 2009

Patologías mentales


Es muy sorprendente la cantidad de enfermedades cerebrales que existen y la forma tan distinta en que pueden llegar a afectar al cuerpo y a la mente.
Cuando ví “Despertares” me llamó mucho la atención la forma como reaccionaban aquellos enfermos de encefalitis letárgica. Cuando los médicos creían que no se enteraban de nada y lo único que podían hacer era vegetar, llegó aquel otro que sí intuyó, mediante sus observaciones y pruebas, que aquellas personas tenían tanta vida como las demás pero lo único que ocurría es que no podían manifestarla.
Seres que solían permanecer sentados en una silla de ruedas con la boca abierta y la mirada perdida, eran capaces de coger objetos lanzados al vuelo con unos reflejos que ya quisiéramos muchos para nosotros mismos.
Este médico se dio cuenta de que obtenía respuestas de ellos ante determinados estímulos: una música que les gustase hacía que pudieran comer solos; oir pronunciar su nombre originaba alteraciones en los encefalogramas, normalmente casi planos; si alguien iniciaba un movimiento, como empezar una partida echando la primera carta sobre la mesa, desencadenaba otros movimientos de ellos siguiendo el juego; secuencias de imágenes que les ayudan a estructurar su visión del mundo (el dibujo homogéneo de las losetas del suelo) o a captar su atención (un aparato de televisión estropeado que ofrece imágenes sin control, en constante movimiento); comprensión lectora y capacidad de escuchar y comprender cuando se les lee un libro, etc.
Aquellos enfermos habían sido desahuciados por los médicos, considerándolos incurables y degenerativos. A veces es peor intentar curarlos o simplemente mejorar su calidad de vida mediate el uso de ciertos medicamentos, porque en ocasiones además de crear adicciones pueden también provocar otras enfermedades mentales. Son frecuentes los casos de pacientes que se vuelven psicóticos tras un largo tratamiento. En el caso de “Despertares” sólo sirvió para que aquellos enfermos disfrutaran de un efímero periodo de sus vidas en el que pudieron llevar una existencia casi normal. Cosas que para nosotros son cotidianas y sin importancia, como andar, comer sin ayuda, vestirse o ir solos al baño, para ellos fue un mundo.
Hay un sinfín de patologías que pueden afectar a la mente humana. El Alzheimer, cada vez más frecuente, produce una degeneración física y cerebral extrema (el enfermo se olvida hasta de tragar). La demencia en cambio lleva a la locura y a la pérdida de memoria.
La catalepsia hace que parezcamos muertos aunque aún estemos vivos, y la catatonia produce rigidez muscular y estupor mental, a veces acompañados de una gran excitación.
La apatía es un estado de indiferencia en el que la persona no responde a aspectos de la vida emocional, social o física, y puede derivar en depresión cuando es moderada, apatía clínica cuando el nivel es elevado, y trastorno de identidad disociativo en los casos más extremos. Suele ser una reacción ante el estrés.
Se puede ver que muchas son las enfermedades que afectan a nuestro cerebro y algunas cursan con síntomas muy parecidos.
Yo recuerdo a una de mis abuelas, que sufrió varios infartos de cerebelo, que le dejaron como secuela la imposibilidad de andar si no era con ayuda, y también de hablar. Sólo podía pronunciar dos ó tres palabras sueltas, casi siempre las mismas, y curiosamente conseguía construir frases más largas si las decía cantando.
No se sabe a ciencia cierta si una persona que está en coma no es capaz de oir ni sentir nada. Ha habido más de un paciente que, tras muchos años postrado en la cama de un hospital en ese estado, despertó al oir una canción.
Una tía de mi madre que pasó sus últimos años en una silla prácticamente vegetal, lloró cuando su familia se puso a hablar mal de su marido delante de ella, creyendo que no se enteraba de nada.
A estos enfermos no se les debe descuidar nunca. Aunque parece que no se enteran de quién está a su alrededor, sí se dan cuenta cuando los vienen a ver y se interesan por ellos, aunque sea por un breve momento. Una vez leí el caso de una persona que iba a visitar a su esposa todos los días a una de estas instituciones, y uno de los cuidadores le dijo que no hacía falta que fuera tan a menudo, que ella no le reconocía, no sabía quién era. Él contestó: "Puede que ella no sepa ya quién soy yo, pero yo sí sé quién es ella".
Ojalá ninguna enfermedad pudiera nunca hacer que nos ausentemos de nosotros mismos, o convertir nuestro cuerpo en una tumba. Deberíamos poder mantener nuestra identidad siempre, hasta el final.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La Tierra antes y después


Hace poco en un reportaje se hacía una hipotética visión de lo que sería la Tierra si desapareciera el ser humano.
Al cabo de 500 años, y mediante una simulación por ordenador y a gran velocidad, se veía cómo irían cayendo los rascacielos, deteriorados en sus cimientos por la acción erosionadora de la Naturaleza. Los coches terminarían consumidos por el efecto del aire, el sol y la lluvia, convertidos en una especie de polvo oxidado que se confundiría con la tierra. Las calles y carreteras serían invadidas por la vegetación y los árboles. Los riachuelos que antaño recorrían esas rutas, antes de que la mano del hombre hubiera alterado el estado natural de las cosas, volverían a sus antiguos cauces.
Las presas empezarían a reventar, al no poder sujetar sus deteriorados muros tanta cantidad de agua, anegando kms. de terreno.
El mar invadiría muchas poblaciones costeras al haber aumentado su nivel por efecto del deshielo glacial, que ya padecemos.
En verdad el paisaje se tornaría salvaje como el que había hace millones de años, sólo que con otro tipo de fauna.
La Naturaleza volvería a enseñorearse de todo lo que le había sido arrebatado. A veces pienso que quizá la Tierra estaría mejor sin nosotros.
Pero si este reportaje hacía una reconstrucción futurista de lo que sería nuestro planeta dentro de unos cuantos siglos (quién va a estar ahí para comprobar si va a ser así), no fue menos interesante otro que vi en el que se recreaba también informáticamente cómo fue la formación de los continentes (tampoco ninguno de nosotros estuvo allí para corroborarlo).
A parte de la existencia inicial de una gran masa de tierra que en un momento dado empezó a resquebrajarse y a dividirse en muchos trozos, que viajaron por los mares y océanos hasta formar los continentes que hoy conocemos, se decía que el pequeño trozo de tierra que unía América del Norte y del Sur, lo que hoy conocemos como el istmo de Panamá, se formó por la acumulación de material volcánico del fondo del mar. Cuando empezó a emerger, separó el océano Atlántico del Pacífico. Las corrientes cálidas que pasaban del primero al segundo ya no pudieron seguir mezclándose, y entonces se dirigieron hacia el norte, siguiendo la línea de costa norteamericana. No existía el casquete polar ártico, pero esas corrientes calientes produjeron una gran evaporación al mezclarse con las aguas de esa zona, que estaban más frías. La atmósfera se enfrió rápidamente, cayendo en copiosas precipitaciones de lluvia y nieve, lo que enfrió ese hábitat y produjo la masa helada que hoy conocemos como Polo Norte.
El agua helada tiene una concentración salina mucho menor que el resto de agua de mar. Cada vez que el casquete polar se deshiela, el agua como es menos densa, cae al fondo del mar y se dirige empujada por las corrientes hacia el Sur, dando luego la vuelta por África y volviendo a completar el recorrido hacia el Norte.
La cuenca mediterránea estaba vacía de mar, y cuando ya estaba a punto de sobrevenir una era glacial, se rompió el trozo de tierra que unía la península ibérica con el continente africano, lo que conocemos como estrecho de Gibraltar, y el agua del Atlántico invadió la cuenca, anegándola. El clima cambió a raíz de ésto, suavizándose las temperaturas.
En la actualidad el océano Atlántico está creciendo, en detrimento del resto de los mares.
Tanto la reconstrucción del pasado como la de nuestro posible futuro resultan igualmente increíbles, pareciera que nos estuvieran contando una película de ciencia-ficción, aunque a mí me parece mucho más interesante todo lo que aconteció hace millones de años que lo que sucederá dentro de otros tantos.
Todo puede suceder. Como oí decir una vez, el destino es la única fuerza cósmica con un trágico sentido del humor.

martes, 25 de agosto de 2009

Momentos inolvidables del cine (II)








































- Jane Fonda se sienta sobre las piernas de Jon Voight, ex combatiente de Vietnam, que está en una silla de ruedas en “El regreso”. Mirando al mar, la armonía y la paz de dos que se quieren, lejos de pasados dolores, un mundo a parte.

- Momento de alta carga erótica por excelencia de la historia del cine en “El cartero siempre llama dos veces”, cuando Jack Nicholson despeja la mesa de la cocina, que está llena de harina, para tumbar a una escultural Jessica Lange, a la que ha levantado del suelo. Tórrida escena pasional que, sin embargo, no resulta sórdida. El deseo en estado bruto.

- Paul Newman en “La gata sobre el tejado de zinc”, cuando encerrado en el cuarto de baño, ve una toalla colgada detrás de la puerta, que pertenece a su mujer, Liz Taylor, con la que mantiene una tormentosa relación de amor-odio, y se la acerca a la cara para hundirla en ella, aspirando su aroma. Perdidamente enamorado, aunque no quiere que ella lo sepa, rinde su tributo al amor a escondidas.

- En “Psicosis”, por supuesto, momento cuchillada total en la ducha, el enorme cuchillo subiendo y bajando una y otra vez empuñado por una mano implacable, las manos de ella agarrándose a las cortinas de plástico intentando no caer, la sangre que se mezcla con el agua que corre. Planos rodados en picado desde arriba. Primeros planos sucesivos se alternan a gran velocidad y nos sumen en una angustia y un pánico parecido al de la víctima, de la que somos testigos impotentes de su tormento y su muerte. Hitchcock se las arregló para que no se pudiera ver en ningún momento la desnudez completa de Janet Leigh, que no habría podido pasar la censura.

- Paul Newman tumbado sobre una mesa en “La leyenda del indomable”, con la barriga abultada, tras ganar una apuesta por la que tenía que demostrar que era capaz de tomarse un montón de huevos duros. Con los ojos cerrados y su eterna y seductora sonrisa, porque una vez más se ha salido con la suya.

- En “Alguien voló sobre el nido del cuco”, cuando el compañero de Jack Nicholson rompe uno de los muros del manicomio en el que se encuentran para poder escapar, tras haber ahogado a éste con una almohada para evitar que siga sufriendo.

- La primera vez que Katharine Hepburn y Humphrey Bogart se besan y se descubren su amor en “La Reina de África”. Cuánta timidez y cuánta ilusión. Nunca se vió una pareja más desigual.

- Cómo no, la tristísima y desoladora escena final de “Titanic”, cuando él se aleja poco a poco hundiéndose en el mar helado sin dejar de mirarla a ella, a la que ha dejado a salvo sobre un trozo flotante resto del naufragio. Dulcísimo Leonardo DiCaprio. Conmovedora Kate Winslet.
- Cuando Harry Potter ve en el espejo en que se mira a sus padres e intenta tocarlos. El director de la escuela le dice que no conviene detenerse en los hechos del pasado y recrearse en el dolor, porque es fácil que termine apoderándose de ti y arrastrándote. Hay que mirar hacia adelante. La añoranza de los seres queridos que ya no están, el enorme vacío que produce su ausencia.

- Richard Gere en “Oficial y caballero”, llorando desesperado después de toda una larga serie de castigos, gritándole al sargento que no se puede ir del ejército porque no tiene a dónde ir. Desarraigo. Afán de superación. Valor. El hombre duro curtido en las calles viniéndose abajo cuando lo ponen en el disparadero. Humanidad. Esperanza.

- Burt Lancaster en “Apache” corriendo hacia la joven india que no deja de seguirle, pese a haberla rechazado brutalmente varias veces, y que se arrastra montaña arriba con las manos ensangrentadas siguiendo sus huellas. La pasión ciega, el amor más allá de cualquier explicación razonable.

lunes, 24 de agosto de 2009

Mary Carrillo


Con motivo del fallecimiento de la actriz Mary Carrillo pusieron una larga entrevista que le hicieron para televisión hace cuatro años. Debía tener ya por entonces 85 años, pero sin duda no lo parecía.
Cómo me han gustado siempre las mujeres que, pese al paso del tiempo, no descuidan, en la medida de sus posibilidades, su apariencia física. A ella se la veía magnífica, el pelo brillante precioso, la cara maquillada sin excesos, las manos cuidadas, vestida impecablemente. Cuando movía las manos al hablar lo hacía casi como si siguiera interpretando, porque la profesión de actriz o actor no es algo que ocupe un determinado tiempo de la vida sino que forma parte de la cotidianeidad, como algo que es intrínseco a ellos, algo natural. Esas manos, flotando en el espacio aquí y allá, incidían y matizaban, componiendo figuras en el aire, todas y cada una de las palabras que salían de su boca, palabras llenas de sabiduría, de amor por la vida y por los seres que le rodearon, tanto de su propia familia como amigos.
La primera vez que empezó a trabajar marcó para ella el inicio de su independencia, la separación de sus padres. Ella lo necesitaba, quería tener su libertad, su identidad, ser ella misma, decidir plenamente sobre todas las cosas de su vida.
A lo largo de muchos años tuvo la suerte de conocer a grandes dramaturgos autores de obras maestras de la literatura, llevadas al teatro. También conoció a ilustres intérpretes de la escena española, como ella, aunque no de todos habló bien.
Mary Carrillo parece tener un sentido estricto de lo que es la justicia, da a cada cual lo que le corresponde. Bajo su aguda percepción ningún detalle se escapa, tanto si es de bondad como de maldad.
En un medio como el suyo no es difícil imaginar a la envidia, el defecto nacional por antonomasia, extendiéndose sin control entre ciertos sectores. Ella se quejó de las muchas barreras que tuvo que superar cuando comenzaba su trayectoria profesional, tanto de críticos como de compañeros, porque en este país no se perdonaba que alguien pudiera tener tanto éxito siendo mujer y además tan joven. Pero contra todos esos prejuicios luchó, animosa, confiada en sus posibilidades, apoyada por los suyos, con mucho esfuerzo, y consiguió atesorar una gran cantidad de premios y reconocimientos a lo largo de toda su vida.
Recordaba todas y cada una de las obras teatrales que había llevado al escenario, y la época que le tocó vivir en cada uno de esos momentos. Las había hecho suyas al interpretarlas, lo mismo que los papeles que llevó al cine. Su rostro se iluminaba con cada recuerdo, porque Mary Carrillo ha sido una gran trabajadora y no ha hecho casi otra cosa en su vida que eso, trabajar.
Cuando le preguntaron cómo había sido el primer beso que recibió de un hombre, contó que se lo había dado alguien con el que trabajó en sus comienzos, no recuerdo si dijo un director u otro actor, pero por la cara de estupefacción y de pena que puso mientras lo describía, se vio que no le había gustado nada. Algún sinvergüenza que quiso aprovecharse de su inocencia. Pero el segundo hombre que la besó, el que luego sería su marido, ahí le cambió el gesto. “Fue un beso tan bonito”, dijo, “su cara junto a la mía, delicadamente… Nada más que nuestros rostros y nuestros labios rozándose con suavidad, ninguna otra cosa de por medio. Me gustó mucho, muchísimo”. No en vano su matrimonio duró 70 años, hasta el fallecimiento de él hace ahora casi un año.
Le preguntaron por sus hijas, que siempre fueron peculiares y destacaron por su simpatía y sentido del humor, aunque yo creo que nunca tuvieron la chispa de su madre. Se ensombreció su rostro cuando le preguntaron por una de ellas, la menos conocida, que murió hace algunos años de cáncer. “Tenía sólo 54 años, era aún muy joven. Vivía feliz con su pareja, tenía un nieto con el que jugaba. Era tan inteligente. Por qué se fue tan pronto, cuando le quedaba tanto por delante todavía…. Yo estuve con ella cuando ya estaba enferma. Me abrazó y me dijo “Mamá, te necesito tanto”. Yo tenía que irme a trabajar y no me quedé con ella. Tenía que haber estado a su lado, debía haber presentido que no se encontraba bien”.
Este pensamiento le atormentaba, y oscureció su ánimo casi hasta el final de la entrevista, a pesar de que la periodista hizo esfuerzos por animarla, diciendo que nadie tiene la culpa de esas cosas y que no se atormentara.
Mary Carrillo nos emociona incluso aunque no esté en el escenario, simplemente por la forma que tiene de contar las cosas de su vida.
Vital hasta el extremo, inteligente, dulce y segura de sí misma al mismo tiempo, todo bondad y amor para los que la rodeaban. Con ella se ha ido una mujer excepcional, una de las grandes damas de la escena española.

domingo, 23 de agosto de 2009

Cumpleaños


A principios de este mes fue el cumpleaños de mi hija. Desde que su padre y yo nos divorciamos tenemos que pasarlo separadas porque coincide con las vacaciones de él. Éste es el tercer año que ésto sucede, y sigo sin poderme acostumbrar. Lo mismo pasa con las Nocheviejas y parte de la Semana Santa, aunque ésto último no importa tanto.
Lo normal es que estas cosas pasaran cuando los hijos son mayores y ya hacen su vida. Entonces es comprensible que no siempre puedan estar celebrando su cumpleaños con la familia, o que festejen el Nuevo Año con sus amigos fuera de casa. Las separaciones matrimoniales generan muchas situaciones antinaturales, aberrantes, y las ausencias en días señalados desde pequeños son algunas de ellas.
En ese día no puedo dejar de recordar cuando nació Anita. La esperaba para el día de mi cumpleaños pero, igual que le pasó a su hermano, se retrasó. Decidí ponerle el nombre del santo del día en el que iba a nacer, que estuvieron a punto de ponerme a mí. Pensé que con ella ya iba a ser la cuarta generación de Pilares de mi familia y ya era hora de romper la monotonía. También pensé que nuestro nombre parece que nos determina, porque ninguna de las otras tres generaciones de Pilares, entre las que me incluyo, ha logrado tener una vida realmente plena, y yo no quería que esa especie de maldición cayera sobre ella. Serán imaginaciones mías, pero por si acaso.
Su nacimiento fue mucho más sencillo y rápido que el de su hermano, menos doloroso. Como tuvo lugar a la 1 y 20 de la mañana el nido estaba cerrado y lo único que la pudieron hacer fue explorarla y lavarla, muy mal por cierto. Salí del paritorio con ella a mi lado, no como con Miguel Ángel que, como nació por la tarde se lo llevaron al nido enseguida y tardaron mucho tiempo en devolvérmelo. Nadie de mi familia o de la familia política nos estaba esperando al salir, pero no me importó: tenía a mi hija conmigo, todo había salido bien. Recuerdo que nos llevaban sobre la cama con ruedas por los pasillos del hospital, las puertas cerradas y en silencio, porque a esas horas todos dormían. No me pareció bien que le hubieran dejado restos de grasa y sangre, se ve que le habían hecho un lavado rápido y poco más.
Al día siguiente, por la noche, se declaró una tormenta con mucho aparato eléctrico. Nosotras estábamos en un piso bastante alto del edificio y era muy espectacular ver aquello desde las ventanas. Pensé que Anita había nacido bajo un signo de luz y fuego, y que todo en su vida estaría marcado por la pasión, que tendría mucha personalidad, como así ha sido.
Pronto se vió que para ser tan pequeña tenía las cosas muy claritas. En el colegio se llevaba bien con todo el mundo, pero como alguien intentara hacerla daño sin motivo, podía ser temible. En una ocasión, no sé si tendría cinco años, le arañó la cara a un niño que le había quitado la silla al sentarse para reírse de ella.
Según se fue haciendo mayor me pareció que era cada vez más especial. Su instinto maternal afloró muy pronto, y en el recreo los niños de cursos inferiores se acercaban a ella y buscaban su amistad porque a su lado se sentían protegidos.
Ana estudiaba el carácter de la gente y sabía a cada cual lo que le gustaba oir y cómo había que comportarse. Lo que a una niña pequeña se le podía escapar por su edad, ella lo captaba perfectamente y lo procesaba en su mente con bastante más madurez que a la mayoría de muchos adultos.
Cuando su padre y yo nos divorciamos se produjo la destrucción de su pequeño mundo y un terremoto sacudió su alma. Ella no podía comprenderlo, y lloraba con frecuencia, tanto si la veía yo como si estaba en su cama por la noche, intentando dormir. Nunca había sido llorona, nunca estuvo consentida. Pero la devastación no fue completa. Dicen que los niños tienen una capacidad para autoregenerarse de la que carecemos los que tenemos más edad. Sé que nos juzgó a ambos intentando ver quién había tenido la culpa de haber llegado a aquella situación, quiso encontrar una explicación. Aunque la nuestra no fuera una familia ideal, los niños es lo único que conocen y no les parece tan malo como a los mayores. Nunca sabrá lo mucho que me duele todo el dolor que le he causado.
Ella poco a poco fue asimilando la nueva situación e intenta comprendernos a todos. No se trata de tomar parte por nadie, pero sabe cómo somos cada uno y puede hacerse una idea del por qué de todo lo que pasó.
Me dice que ya se ha acostumbrado a que no pasemos su cumpleaños juntas, y no sé si lo dice para no entristecerme.
Ahora estoy en su habitación, donde está su ordenador, desde el que escribo todos estos posts. Tiene montoncitos de desorden aquí y allá, como por el resto de la casa, que no quiero ordenar, porque así me parece que no está lejos.
Este verano empezó a hacer vida social en la playa y, aunque casi no la veía, me encontraba feliz sabiendo que ella estaba disfrutando.
Desde que le vino la menstruación hace unos meses la veo crecer como la espuma. Se ha hecho una mujercita en poco tiempo, y ahora sólo espero aprender de ella muchos de los recursos que parecer tener para la vida, y de los que yo carezco.
Aún recuerdo aquel día, cuando la vi salir de mis entrañas, en aquella madrugada de verano, calurosa y eléctrica. Entonces supe que Anita sería una de esas personas a las que, una vez que las conoces, nunca dejan indiferente.

sábado, 22 de agosto de 2009

Juana: la voz de Dios


Es curiosa la versión que sobre Juana de Arco protagonizó Milla Jovovich en el cine. Se nos retrata aquí a una mujer bellísima cuyo aspecto frágil y angelical encerraba sin embargo una voluntad de hierro.
Guiada por una voz interior que ella cree proveniente de Dios, se lanza contra el enemigo con un arrojo rayano en la locura. Pareciera que está como poseída. Los primeros planos de ella a galope tendido con la cara desencajada y fuera de sí nos dan una idea del alcance de su determinación extrema.
Fue ese ardor descomunal, ese convencimiento sin límites, la llama que prendió en el corazón del ejército cuando presentaba batalla.
Cortándose el precioso pelo rubio con una espada, a tajos, para parecer un hombre y que sus soldados la respetaran, es la viva imagen de la desesperación. Ya no sabe qué hacer para convencer y que la sigan.
Abofeteando a uno de los compañeros, que no para de decir palabrotas, recupera parte de su educación y su feminidad.
Exhausta, frenética, casi incapaz de descansar, bañada con la sangre de los que se la oponen con las armas, mata por una causa que cree justa, sin vacilar, sin pensárselo dos veces. Es como si se viera obligada a ello, como si una fuerza superior a ella la empujara en una determinada dirección sin poderse sustraer a su fuerza.
Ni las heridas sufridas, ni el cansancio, ni la violencia constante merman su valor, su fe, su convicción y su entereza.
Sorprendida, nerviosa, ingenua y triste cuando no está luchando, atrae hacia su persona la admiración, el cariño y el respeto de los que la acompañan, a los que logra conmover y llevar a su causa, la causa de Dios, la causa de todos. Los soldados se dan cuenta que detrás de toda esa energía sin control hay como un desvalimiento, y entonces la preservan, la protegen en todo momento, incluso en contra de su voluntad, pues Juana no ve peligros sino batallas por ganar y una misión que cumplir sin demora.
Casi mueve a compasión, porque su llamado interior se parece más al fanatismo que a otra cosa, y la arrastra hacia un mundo de pesadillas y alucinaciones en las que vive atormentada, sobrecogida, sola.
Alzarse en portavoz de Dios podría resultar muy arrogante, pero hay en ella un entusiasmo irracional y una confianza plena en que el final de aquella guerra será la victoria que la convierten en un símbolo casi sagrado y en un ejemplo a seguir. Quizá sea también por su juventud y su pureza de cuerpo y de alma.
A los momentos de exaltación bélica le siguen otros pequeños momentos llenos de una extraña felicidad, cuando va cumpliendo sus metas y cree ver un poco de luz al final del camino.
Su fuerza física y mental y su fama que se extienden de un lado a otro como un reguero de pólvora, provocan un pánico paralizador en sus oponentes. Tanta seguridad personal parece arredrar a los débiles.
Arrastrada por su propio ejército que va conquistando fortalezas mientras celebra sus triunfos, parece confusa, perdida. Ella no lo festeja como los hombres, acostumbrados a esa vida.
Tiene momentos de duda, de no saber si está haciendo lo correcto, de arrepentimiento, con los ojos llenos de lágrimas, cuando ve el campo de batalla cubierto de cadáveres. “No es esto lo que quería”, se repite una y otra vez enfebrecida, sin entender cómo era posible que se hubiera llegado a ese extremo, como si en el fondo se hubiera podido evitar tanta carnicería. Juana cree que tiene las manos manchadas de sangre. Vive en una perpetua contradicción.
Pidió la rendición del enemigo montando en un caballo blanco, sola, y la obtuvo.
Ni siquiera el fuego consiguió hacerla abjurar de sus creencias, traicionada y abandonada por el rey de Francia, al que ayudó a entronizar.
El demonio la atormenta en la prisión, poniendo en duda el sentido de todo lo que ha hecho, su fidelidad y su sacrificio.
Ella cumplió con su destino, porque era la voz de Dios.

viernes, 21 de agosto de 2009

Timidez


Dice el diccionario que el tímido es un ser temeroso, encogido y corto de ánimo. Sin duda es una persona que desea con toda su alma la aceptación social, alguien que es eternamente complaciente con los demás, aunque muchas veces no sea correspondido. El tímido es un ser sufriente, porque quiere formar parte de su entorno sin terminar de conseguirlo, siempre un poco al margen. Por ello valora sobremanera y guarda eterno agradecimiento a cualquiera que le muestre un poco de apoyo, afecto o comprensión.
Los estudiosos del tema afirman que tiene su “origen en la infancia y se alimenta con la costumbre de no tomar a los niños en serio, de no hacer nada por comprenderlos y de pensar que nunca tienen razón, que han de callarse y permanecer quietos”.
Ciertamente yo recuerdo así mi infancia, en una época en la que los padres tenían una forma de educar a sus hijos muy distinta a la que existe ahora. En casa nunca se nos preguntaba a mi hermana y a mí nuestra opinión, las cosas había que hacerlas como los adultos dijeran sin más. Nunca sentí que se me comprendiera, ni que realmente le importara a nadie lo que yo pudiera sentir. Se miraba únicamente el aspecto formal del asunto, si comía bien, si estudiaba, si era lo suficientemente educada… Cuando daba muestras de tristeza se atribuía inmediatamente a mi carácter un tanto "especial", a que era alguien poco agradecido con lo que se me daba.
Cuando visitábamos a abuelas y tías, nunca habríamos la boca y permanecíamos estáticas. Eso era lo normal, lo correcto. Los mayores hablaban de sus cosas mientras nosotras escuchábamos en silencio. La verdad es que siempre me ha gustado más oir lo que dicen los demás que hablar. En aquella época casi no tenía conversación ninguna, los pensamientos y sentimientos bullían en un eterno diálogo interior que sólo salía a la luz con la escritura. Creía que cualquier cosa que yo pudiera decir no tendría interés para nadie.
La primera vez que empecé a abrir la boca y tener una conversación fluida fue al llegar a la facultad. Me sentía más libre, y descubrí que todas mis lecturas y mis observaciones de la vida entorno me habían servido para construir un lenguaje personal, distinto a todo lo conocido, y que ni yo misma sabía que tenía. Me sorprendió gratamente. Fue entonces cuando tuve verdadera conciencia del mucho sufrimiento que provoca el no ser capaz de expresarse, de tomar contacto con los demás, de encontrar eco en otras personas. Ahora lo veo con mi hijo, otro gran tímido, que desde que está empezando a salir de sí mismo es mucho más feliz.
La timidez es como una pequeña prisión que nosotros mismos nos creamos y que atenaza el alma hasta casi asfixiarla. Los que la padecemos (yo creo que es casi una enfermedad), podemos librarnos de ella poco a poco, pero nunca del todo. Siempre hay un reducto en nuestro interior en el que parece estar agazapada lista para salir cuando menos nos conviene. Es un hándicap para la vida, sin duda. El que es tímido se atreve a menos, deja de disfrutar de cosas que de otro modo no habría tenido duda en incorporar a su realidad.
Yo todavía hay muchas cosas que sólo me atrevo a decir escribiendo, nunca hablando. Las letras escritas son mi refugio particular, el lugar donde todo queda dicho para siempre, la válvula de escape de mis frustraciones y el terreno abonado de mis ilusiones. Es el paraíso en el que campo por mis respetos desde la niñez y en el que he crecido en edad y pensamiento hasta que me convertí en mujer. Nadie me ha expulsado de él, aunque he mordido la manzana del árbol del bien y del mal más de una vez. Está hecho a mi capricho, y no es un lugar perfecto porque en él anide sólo la belleza, sino porque hay cabida también para las miserias, que también nos son consustanciales, pues mi paraíso no es un lugar tan alejado ni distinto del mundo real. Vivir sin miedo.
Dice Carmen Posadas en un estupendo artículo que publicó hace tiempo que “la constatación de mis limitaciones no sé realmente qué efecto tiene en mi subdesarrollada autoestima. Dicho esto, paradójicamente debo añadir que le debo mucho a mis limitaciones, a mi baja autoestima y también a mi estúpida timidez. Si yo hubiera sido brillante o ingeniosa nunca habría hecho nada digno de mención. Han sido mis carencias y no mis posibles virtudes las que me han convertido en lo que soy. Me han servido de acicate, de estímulo, de “tú puedes”. (….) Sí, la vida está llena de estas paradojas, hasta el punto de que muchas veces las carencias son las que incentivan las grandes metas, al igual que los instintos menos recomendables son los que propician obras sublimes, mientras que, como todos sabemos, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. (….) En este extraño mundo está todo tan bien compensado que muchas veces somos deudores de nuestros defectos y víctimas de nuestras virtudes”.
Cada vez que hablamos podemos encontrar eco o no en quienes nos rodean, pero eso no es lo importante. Lo que cuenta es tener la posibilidad de transmitir nuestro sentir de la forma más auténtica de que seamos capaces. Así nadie nos podrá reprochar, aunque lo que digamos no guste, que hablamos irreflexivamente o que no somos sinceros.
Yo, la verdad, es que al día de hoy cuando no digo nada no es por timidez sino porque la conversación me aburre o el tema no me interesa. De todas formas la gente cuánta necesidad tiene de hablar, de cualquier cosa, por cualquier tontería, no se cansan nunca. Siempre he creído que el que más habla no es necesariamente el que más tiene que decir.
Cuando uno se decide a hablar, que para un tímido no es siempre que le apetece, no le queda otra que hacerlo con el corazón. Sólo de esta manera podrá vivir en paz consigo mismo, y podrá decir aquello de que por él no ha quedado.

martes, 18 de agosto de 2009

Bomberos


Hace unos días, con motivo de la fiesta de la Paloma, vi un reportaje en televisión sobre los bomberos en Madrid que me resultó muy interesante.
En él salían hablando dos chicos jóvenes y un par de señores mayores, uno de ellos retirado hace tiempo, que daban su visión de esta profesión desde la perspectiva de su edad y de la experiencia.
Los más jóvenes empezaban haciendo un poco de historia de lo que ha sido apagar incendios en Madrid.
En el siglo XVII se empezó a formar una agrupación específica para ello, gente que tenía sus propios oficios y cuando surgía una emergencia dejaban su trabajo habitual para salir corriendo al lugar en el que hubiera que extinguir algún fuego. El sistema que se utilizaba no era muy distinto del que veíamos en las películas del oeste, cuando los vecinos se iban pasando cubos llenos de agua de mano en mano hasta que llegaban al sitio del siniestro.
Posteriormente se empezaron a usar los primeros vehículos tirados por caballos, y se les empezó a dar una indumentaria distintiva de otras profesiones. Hasta entonces casi no se los distinguía de cualquier otro ciudadano que estuviera colaborando también en la extinción de un incendio.
También el bombero que estaba retirado mencionó el sistema que existía para avisarse de unos distritos a otros cuando en uno de ellos se declaraba un fuego, haciendo sonar las campanas de las iglesias de una determinada manera, primero unas, luego las otras sucesivamente.
Explicó la evolución que ha tenido el casco que llevan, desde el primigenio hecho de papel cartón, hasta el último, una maravilla estética oscura con visera dorada más propia de la guerra de las galaxias que de un uniforme real, pasando por los que iban forrados con cuero, o los metálicos que imitaban los que llevaban los soldados en las dos guerras mundiales.
Las máscaras de gas que se usaban al principio no evitaban que se inhalaran humos, muchos preferían prescindir de ellas y usar pañuelos húmedos.
El bombero retirado enseñaba una foto colgada de una de las paredes del parque en el que trabajó durante cuarenta años. Decía que casi no le admitieron porque no daba el peso ni la talla. Para lo 1º tuvo que beber mucha agua y así pudo engañar a la báscula. Se le veía pequeñito al lado del resto de sus compañeros. Afirmó nostálgico que si pudiera volver atrás sería otra vez bombero, y que no eran mejores los que había antes, en sus tiempos jóvenes, los de ahora eran muy valientes y muy entregados, en cambio los de antaño eran más sufridores, porque los medios resultaban precarios comparados con los de hoy en día.
El otro señor mayor, aún en activo, se dedicaba a recoger las llamadas porque pasaba de los 60 años y ya no le estaba permitido salir a sofocar los fuegos. Enseñaba las instalaciones y la forma como se visten cuando surge una emergencia. Añoraba el puesto que antes tenía, y decía que hasta hace muy poco la edad de retiro de los bomberos era la misma que la de las demás profesiones, y que incluso tenían que salir a apagar incendios, aunque ya su vigor y su resistencia no fueran los suficientes por su edad.
Decía que siempre el bombero ha tenido que practicar ejercicio físico. Antiguamente incluso algunos se ponían de acuerdo cuando se iban a presentar a las pruebas de acceso para hacer conjuntamente pruebas de fuerza y equilibrio más propias del mundo del circo que de la profesión a la que se querían dedicar. No era obligatorio hacerlo, pero podían conseguir mejor puntuación.
Hasta hace unos pocos años se hacía pelota vasca y subida de cuerdas, pero como eran ejercicios duros que destrozaban las manos, actualmente prefieren las pesas.
Los más jóvenes recordaban con cariño la época de la academia, cuando recibían la formación que los iba a capacitar para ser bomberos, una etapa en la que reinaba el compañerismo y las ganas de pasarlo bien.
Se recordaba, de entre los siniestros que asolaron Madrid, el ocurrido en la plaza Mayor, que devastó la tercera parte de los edificios. Hubo que cambiar después de aquello las tejas porque estaban hechas de plomo y, al derretirse con el calor del fuego, abrasaban a los que iban a extinguirlo. En memoria de aquel episodio se pueden ver en los respaldos metálicos de los bancos circulares que hay allí dibujos grabados con lo que ocurrió.
De entre los más recientes, la muerte de ocho bomberos en el hundimiento del edificio calcinado de los Almacenes Arias, en el que se descubrieron defectos de estructura (la escalera mecánica pesaba demasiado, lo mismo que la torre de ventilación) y falta de licencias de construcción.
También el incendio de la discoteca de Alcalá 20, que no cumplía las normas de seguridad en cuanto a salidas de emergencia, y que fue una auténtica carnicería por los aplastamientos.
El atentado del 11-M supuso sobre todo un duro trance psicológico para los que tuvieron que atender a las víctimas.
A todos se les preguntó qué sentían cuando tenían que ir a apagar un incendio, y a todos sin excepción se les iluminó la cara, y esbozaron una sonrisa mientras explicaban que se les ponía la carne de gallina, que era una emoción muy fuerte. El miedo nunca faltaba, aunque fuera un mínimo razonable, porque el que no lo tiene está más expuesto a que le pase algo, pero la posibilidad de salvar una vida produce una satisfacción tal que todo lo demás se da por bien empleado.
Decían que el peor fuego es el que se declara por debajo de un suelo. Si el incendio estaba en un sótano, resultaba un infierno tener que abrir un boquete desde arriba, porque toda esa zona estaba hirviendo materialmente.
Todos afirmaron que preferían un fuego que rompiera por una fachada, lo encontraban hasta bonito, ver cómo se va extinguiendo poco a poco según se van dirigiendo las mangueras hacia las llamas.
Cuando hacen una salida suelen ir seis bomberos, y en ésto casi no ha habido variación a lo largo de décadas. Los menos expertos se encargan uno de conducir y el otro, el más novato, de hacer sonar la campana. Otros dos tienen que preparar las infraestructuras cuando llegan al lugar del siniestro, buscar las bocas de riego, etc. Y los dos más veteranos son los que acuden al fuego. Para llegar a este puesto han tenido que transcurrir por lo menos ocho años trabajando en la profesión.
Existen unos aparatos que permiten ver las siluetas aunque haya mucho humo, porque cuando llegas a un incendio lo normal es no poder ver nada a un palmo de ti. Hay también otro artilugio, al que llaman “el hombre muerto”, porque es una alarma que hay que hacer sonar cuando te encuentras en un apuro.
Cuando entran en una habitación con fuego, se levantan un poco la manga y dejan por unos momentos al descubierto la muñeca y parte de la mano para calcular la intensidad del calor que desprenden las llamas.
Los bomberos jóvenes se quejaban de que aquí no están tan considerados como en otros países, especialmente en EEUU. Allí existe un plan de previsión e inspección de edificios que se lleva a cabo a lo largo de todo el año. En España sin embargo se tienen que limitar a actuar cuando es necesario y nada más.
Profesión arriesgada y abnegada donde las haya. Mi respeto y admiración por los que se dedican a ella.

lunes, 17 de agosto de 2009

Microblog







- La culpa de que la historia se repita la tiene el efecto Coriolis: vivir en un planeta que no para de dar vueltas nos condiciona. Todo parece estar sometido a una especie de efecto cíclico. Ahora entiendo por qué a los niños les fascina siempre tanto ver funcionando una lavadora.

- El cielo suele devolvernos aquello que nos ha cogido antes. Por eso no sólo llueve agua sino también ranas, barro y suciedad. En una ocasión hasta cayó maná. Por eso miramos con frecuencia a lo alto, no sólo pensando en nuestras cosechas, en la posibilidad de volar o en navegar, sino porque siempre estamos esperando que nos devuelva algo de lo que nos quitó.

- Los dinosaurios aún perviven entre nosotros: mueven los motores de nuestros coches, constituyen parte de la materia de la que están hechos muchos de los objetos que nos rodean, y están en el aire contaminado por la polución que respiramos a diario. Nunca hubieran imaginado aquellos seres que, millones de años después, pudiera parecer que siguen estando vivos.

- A veces conocemos personas que son como el título de una película que ví hace muchos años, “un cactus en la nieve”. Ese cactus tiene la desgracia o la originalidad de nacer y desarrollarse, contradiciendo las leyes de la Naturaleza, en un medio que no le corresponde. Nunca estará rodeado de otras plantas como ella y tendrá que luchar en un medio que le es ajeno y hostil. Es una cosa más de las muchas cosas anodinas que tienen lugar a veces. Ahora me explico por qué tengo siempre calor aunque alrededor haga sólo frío.

- La gente no sabe que el corazón no te lo pueden partir más de cuatro veces, que son las partes en las que está dividido. Sé de uno que sobrevivió a un infarto porque tres de ellas dejaron de funcionarle pero una siguió haciéndolo. No sé lo que pasará cuando le partan a uno el corazón por cuarta vez. Igual nos convertimos en unas de las muchas personas que van por ahí que no tienen corazón.

- Los vagones de metro contínuos hacen que la vista se pierda como a través de un túnel interminable. Pareciera un enorme gusano en cuyo interior pululamos las personas, a las que nos traga y expele constantemente.

- Dios cuenta las lágrimas de las mujeres (cábala judía).

sábado, 15 de agosto de 2009

Momentos inolvidables del cine (I)


























Hay siempre escenas en casi todas las películas que, por alguna razón, quedan grabadas en nuestra memoria para siempre y constituyen un preciado tesoro nostálgico al que podemos recurrir cuando algo de lo que nos sucede en nuestra vida nos lo hace revivir. Son momentos inolvidables del cine que por su dramatismo, su romanticismo, su frescura, su profundidad o por cualquier otro motivo, hacen que se despierte en nosotros sensaciones y emociones que normalmente están ocultos. Momentos-cumbre, de esos que ponen la piel de gallina o nos llevan a un estado de inquietud fuera de lo corriente. He aquí algunos de ellos:
- Clark Gable intenta enseñarle a Claudette Colbert cómo hay que parar un coche en “Sucedió una noche”. El protagonista le muestra diversas formas de usar el pulgar y mover el brazo, y el convencimiento con que lo hace a pesar de no obtener resultados produce hilaridad. Tendrá que ser ella, alzándose un poco la falda y enseñando las piernas, la que consiga hacer que un coche se detenga. Ingenua y coqueta. Memorable la cara que se le queda a él.

- Robert Redford le lava la cabeza a Meryl Streep en “Memorias de África”. Esa escena en la que él derrama el agua, con absoluta delicadeza, sobre el pelo de ella, en medio de una sabana luminosa, la rubia belleza de ambos resaltando sobre el color del paisaje, posee una sensualidad y un erotismo inusitados, al mismo tiempo que nos muestra la armonía, la sencillez y la paz que el amor, aunque sea sólo en fase latente, puede llegar a tener.

- “Cautivos del mal”. Kirk Douglas se encara con Lana Turner para revelarle al fin la verdadera naturaleza de su personalidad, cuando ella lo descubre a él con otra mujer. Ella le mira, presa del estupor, incapaz de reaccionar, una certeza horrible haciéndose paso en su mente. Él, puesto al descubierto su lado más oscuro, se siente sumamente inquietado en lo más profundo de su ser y le grita fuera de sí: “Quizá me gusten las mujeres despreciables como ella. ¡Borra esa mirada de tu cara!. ¿Quién eres tú para volverme del revés y decidir cómo tiene que ser mi vida?. Ahora ya lo sabes, ya puedes irte y sentir compasión de ti misma. ¡Fuera de aquí!. ¡¡Fuera!!”. Esta escena constituye el momento más desgarrador de un desengaño, el vacío infinito de él, incapaz de controlar ese aspecto de su vida, la destrucción interior de ella. Ambos están magníficos, es mi momento cinematográfico preferido. Si se llevara al teatro, el público la ovacionaría puesto en pie.

- Cary Grant en “Historias de Filadelfia”, le dice a Katharine Hepburn, junto a una piscina, cuál es el problema que le impide a ella tener una vida feliz. “Eres como una diosa, siempre distante. Hay una luz en ti que parece de otro mundo. Jamás pierdes la compostura. Hasta que no te hagas humana no serás capaz de querer de verdad a nadie”. Las vírgenes casadas pese a los matrimonios, que dijo el padre de la protagonista. Ella se pregunta qué les pasa a todos, pues ese día él no es la única persona que le ha dicho eso. La inseguridad, la duda, se empiezan a apoderar de ella, todas las estructuras de su vida se tambalean. Se pregunta quién es ella realmente.

- “Único testigo”. Ella mira a Harrison Ford, que está dormido, mientras permanece a su lado en la cama, convaleciente. Una imagen sin palabras, la atmósfera envolvente, cálida. Un momento de paz y ternura en medio de una sucesión continuada de situaciones peligrosas y violentas. Cuando ella también se duerme, agotada, es él el que abre los ojos y la mira, intensamente. Aún saben muy poco el uno del otro. Al despejarse un poco ella, él finge que está dormido. Temeroso y avergonzado, no quiere que ella pueda ver en su mirada lo que siente.

- En “Thelma y Louise”, Susan Sarandon le dice al hombre que pretende abusar de su amiga, después de conseguir amedrentarlo, que debería saber cuándo una mujer no se lo está pasando bien. Es estremecedor ver en sus ojos el odio y el desprecio infinitos, consecuencia de toda una vida de maltrato e incomprensión. Feminismo terminal, inevitable. La escena final de ellas dos saltando con el coche por un precipicio es desgarrador. La muerte como única salida a tanta desesperación, como la única posible liberación.

- Dustin Hoffman en “Rainman”, descubre frente a la bañera llena de agua hirviendo por qué le apartaron de su hermano pequeño cuando éste era un niño. Tom Cruise sorprendido al desvelarse el misterio que ha envuelto su vida. El pasado resurge con todo su inmenso, inesperado dolor. La verdad, que pone las cosas en su sitio. La compasión, sentimiento que hasta hacía poco desconocía, del hermano menor por su hermano mayor.

- Charlton Heston en “Ben-Hur”. Siguiendo a su novia descubre que su madre y su hermana, a las que le habían hecho creer que habían muerto, se están consumiendo en el valle de los leprosos. La desesperación, la impotencia, la pena más honda, la ternura y los abrazos que les da a ellas, pese a que le rechazan para no contagiarle y para que no las vea así, son conmovedores. La escena de Jesús pasando a su lado, apenas una sombra, que obra el milagro de su curación. La fe más intensa, la bondad del corazón, la tristeza por el destino de nuestro Señor, todo ello reflejado en sus rostros cuando le ven pasar con su Cruz.

jueves, 13 de agosto de 2009

Amores adictivos



Ha caído en mis manos un artículo muy interesante sobre lo que llama “los amores adictivos”. Según su autor, el adicto comienza a confundir el amor con algo que podría denominarse “obsesión”. Se siente atraído hacia personas inadecuadas para tener una relación sana, normalmente individuos incapaces de comprometerse afectivamente, emocionalmente inaccesibles por un motivo u otro.
El adicto interpreta todos estos rasgos como señales de que la otra persona está necesitada e intenta ayudarla, salvarla, curarla o cambiarla con el poder de su amor.
La seducción y la sexualidad son los factores puestos en juego en la dinámica de este tipo de relaciones. Hay en los encuentros sexuales mucha magia, romanticismo, erotismo y sensualidad. El esfuerzo por complacer se centra en esta faceta. El sexo se convierte entonces en un arma de doble filo.
Los intentos por retener y/o cambiar al otro no dejan de ser una forma de manejar y controlar. Por este motivo, la respuesta que suelen obtener es el desprecio, el maltrato, la depresión o un mayor alejamiento emocional. Todo esto lleva al adicto a reforzar sus intentos dando más “amor”: aumenta la concentración en la conducta del otro, dependen cada vez más en lo afectivo de la otra persona.
De este modo van abandonando sus intereses personales, sienten furia e impotencia y pueden aparecer síntomas físicos y psíquicos de absoluto desgaste.
En un punto avanzado de la adicción, si una de las partes trata de distanciarse o interrumpir la relación, se produce el síndrome de abstinencia, igual que a cualquier adicto a quien se le suspende el uso de una droga: un estado físico y mental de profundo dolor, sensación de vacío, insomnio, llanto, angustia, miedo, etc.
Según el artículo, “la raíz de esta obsesión no es el amor, sino el miedo. Miedo a estar solo, al abandono, a no ser digno, a ser ignorado. En este proceso se da un deterioro de la autoestima, la dependencia es cada vez mayor y más perjudicial”. Yo creo que todo va metido en el mismo saco: el miedo, la inseguridad y, por qué no, el amor. Los motivos por los que una persona se enamora de otra siguen siendo inexplicables, carecen de toda lógica, y el camino por el que te lleve ese nuevo estado del corazón puede ser inesperado. En teoría todos esperamos que las cosas vayan bien, pero si nos vemos avocados a una situación infernal a la que no ponemos remedio inmediatamente, puede deberse a lo que el artículo sigue explicando.
Las personas con relaciones amorosas adictivas pertenecen a familias disfuncionales, que son aquellas que no satisfacen sus necesidades afectivas básicas, en lun entorno en el que hay muchas palabras no dichas, rigidez en los papeles de cada cual y sin libertad para expresar deseos o sentimientos.
Las personas adictas han aprendido desde su infancia a negar sus propios sentimientos, a aparentar estar bien aunque estén sufriendo, a ayudar a otros aunque estén vacías, a seducir aunque por dentro estén llenas de miedo.
Hay una serie de peculiaridades en este tipo de relaciones:
1 – En ellas impera el dramatismo, el caos, la excitación, el sufrimiento y con frecuencia un alto voltaje de erotismo y sexualidad.
2 –Los adictos realizan todo tipo de sacrificios personales, postergándose a sí mismos y a sus propios intereses vitales a favor del otro.
3 –Cuanto más problemática, difícil e imposible sea el lazo que los une, mayor es la atracción que sienten por ella.
4 –Destacan lo bueno y ocultan lo malo de la relación, frente a sí mismos y los demás. Se autoengañan.
5 –Tienen pánico al abandono y por eso están dispuestos a hacer cualquier cosa para evitar que la relación se disuelva.
En resumen, una relación es adictiva cuando produce daño, perjudica la salud física y psíquica y, sin embargo, la persona no puede liberarse de ella. Así como el adicto a una sustancia necesita y tolera cada vez más cantidad de sustancia tóxica, las personas con adicción amorosa soportan increíbles cantidades de sufrimiento en sus relaciones.
Supongo que tener una adicción así, como tener cualquier otra, es lo mismo que asomarse al abismo. Tiene que haber alguna motivación en el entorno del adicto lo bastante fuerte e importante como para querer salir de ese círculo vicioso, aparte de la ayuda terapéutica. Esto supone un esfuerzo diría yo que sobrehumano, te sobrepones a tus necesidades y tus llamémosles “disfunciones” para poder escapar de una situación así.
Y sin embargo es un dolor que me recuerda al que tenemos las mujeres cuando parimos, en el momento es insoportable, pero al cabo de no mucho tiempo se olvida, ya no recuerdas el grado y el alcance que tuvo. Será porque son dolores que tienen una base común: el amor por otro ser.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Un poco de todo (I)




- No sabía cómo había vencido la armada de la Reina Isabel de Inglaterra a la armada española: echando brea sobre las cubiertas de sus barcos y lanzando antorchas encima para que prendieran fuego, así como cebando sus cañones con las mechas encendidas para dirigir sus naves incendiadas y sin tripulación contra las del enemigo, mucho más numeroso, que en aquel momento estaba anclado cerca de la costa porque pugnaba por combatir una tempestad desatada en el mar. En la última película que se ha hecho sobre este tema hay unas imágenes increíbles tomadas debajo del agua, a varios metros de la superficie, en las que se ve cómo los barcos fantasma en llamas chocan contra los de la Armada Invencible, hendiendo sus cascos, con una explosión de luz dorada que se filtra entre las olas hasta el fondo del mar. Nunca había visto una batalla naval desde esa perspectiva.

- “Arráncame la vida” y “Arrástrame al infierno”, son dos películas que he visto que ponen en un mismo cine. Qué siniestro está el panorama cinematográfico estival. Me niego a creer que sea éste la clase de séptimo arte que quiere ver el gran público. No me extraña que los films duren tan poco tiempo en cartel, cuando hace unos años se podían tirar meses, no ya porque no existían los videos y DVD’s sino por la calidad infinitamente mayor de lo que se hacía. La industria cinematográfica norteamericana se ha empeñado en que nos asomemos a un interminable pozo de los horrores, para alegrarnos el día será.

- He visto que existe una clase de delfines que son de color rosa por la especial configuración de su red de vasos sanguíneos capilares, que le da esa tonalidad. Para muestra la de la foto.

- Descubrí hace poco a Beatrix Potter y sus cuentos. Escribía e ilustraba. Es un prodigio de dulzura y buen gusto. Feminista a la fuerza y ecologista. Si llego a saber de ella cuando mis hijos eran más pequeños, hubiese comprado sus diminutos libros para que los disfrutaran. A lo mejor me compro alguno para mí.

martes, 11 de agosto de 2009

Ninotchka




Ver “Ninotchka” supone siempre una auténtica delicia. Una historia sencilla en la que sus protagonistas consiguen mostrarnos el cambio producido en unas personas que, provenientes de la Rusia bolchevique, descubren el glamour y la buena vida en París.
Ella, acostumbrada a una existencia espartana, sin lujos ni placeres, se deja llevar paulatinamente, junto con sus tres compañeros (absolutamente adorables), hacia un desenlace feliz, proceso por el que ya nunca volverán a ser los mismos.
La escena en que Ninotchka se ríe a mandíbula batiente en el restaurante, no por los chistes que su partenaire le cuenta, sino por la accidental caída de éste al inclinar la silla en la que se sentaba, es uno de esos momentos memorables de la historia del cine. La risa, algo nuevo para ella, despierta su sentido del humor y su vena romántica, ocultos por años de privaciones emocionales y materiales.
Cambiará su forma de pensar (“No me extraña que las aves emigren desde la vieja Rusia hasta aquí. Nosotros tenemos los ideales, pero ellos tienen el clima”), aunque sin renunciar a sus convicciones, empezará a vestir a la moda (resulta conmovedora cuando intenta verse bonita en el espejo con un sombrero ridículo que se ha comprado porque es lo que se lleva), y, en fin, probará ciertos placeres mundanos como el champán que harán que se embriague rápidamente por la falta de costumbre y termine incitando a las mujeres a ir a la huelga mientras está en los servicios de un restaurante de lujo.
“Dios tiene que castigarme por ser tan feliz”, dice con lengua pastosa, cuando está por primera vez en su vida bajo los efectos del alcohol.
Él, mujeriego empedernido, se deja sorprender y cautivar por una mujer sensitiva e inteligente que se transforma constantemente ante sus ojos, absorbiendo como una esponja todo lo que ve a su alrededor, pasando las experiencias que está teniendo por el tamiz de su inocencia y sensatez, apenas guiada por él en una nueva travesía vital que resultará crucial para ambos. Pareciera que la llevase a ella de la mano para hacerla descubrir nuevos mundos, pero es ella la que le lleva de la mano a él para que descubra lo que de verdad siente el alma de una mujer cuando está enamorada.
Ninotchka pone al descubierto todas las emociones que le habían enseñado a ocultar por resultar “excesivas” e innecesarias en la sociedad de la que viene: la feminidad, la delicadeza, la ternura, el temor y la angustia, la ilusión y la pasión. Hasta entonces había sido prácticamente inexpresiva.
Ella no es capaz de mentir. “Aún no tengo ese grado de civilización”, dice.
Las escenas sentimentales se suceden con otras que son hilarantes. Al mayordomo de su enamorado lo llama “padrecito”, como a los hombres de su país que son ancianos, cosa que el aludido recibe con extrañeza, incomodad y un cierto espanto.
La rectitud de Ninotchka, siempre presente en sus convicciones personales pese a los muchos cambios que se van produciendo en su persona, es un ejemplo a seguir por todos y, especialmente para su amante, cuya escala de valores hasta ese momento rozaba la inmoralidad y la más absoluta frivolidad.
Él sabe como hacer feliz a una mujer, y aunque al principio ella iba a ser una más de sus conquistas, la sinceridad y la ingenuidad de ella, preservadas por su desconocimiento de las debilidades mundanas y las mezquindades de la vida social, se van haciendo camino hasta su corazón como algo único y valioso, apoderándose por completo de él.
La Garbo está, como siempre, magnífica, bella, elegante, distinguida, con su toque distante, misterioso. Su piel y su pelo, aún siendo en blanco y negro las películas que rodó, tienen una luz fuera de lo común, su risa es deslumbrante. A todo ello contribuye el magistral doblaje que hemos tenido siempre en nuestro país.
Aunque se trata de una clara propaganda de las excelencias del capitalismo, en contraposición con la austeridad y la brutalidad del comunismo, del que se burla y pone en evidencia en incontables ocasiones, y más en la época en que se hizo este film, también se muestran algunas peculiaridades del estilo de vida occidental, a veces ridículas y superfluas.
Ninotchka, cuántas resonancias tiene ese nombre cuando se pronuncia. Una historia de amor llena de emociones, dulce, deliciosa y divertida.

lunes, 10 de agosto de 2009

Pedro Cavadas: un derroche de generosidad y humanidad


Últimamente se está hablando mucho de Pedro Cavadas, un cirujano al que hace poco se le ha concedido autorización para realizar un trasplante de cara, algo que hasta la fecha estaba vetado por los comités de ética.
Lo que hace este médico no es una simple operación de estética, sino que intenta adaptar las facciones de alguien que ha fallecido y que ha donado los tejidos que recubren su rostro, para que otra persona pueda recuperar su dignidad.
El estar desfigurado provoca un enorme rechazo social, obliga al que la padece a no salir a la calle, a no estar en contacto con otros seres humanos, a los que causaría repulsión.
Sólo se han hecho media docena de trasplantes de cara en todo el mundo, aunque la dificultad radica en el postoperatorio más que en la intervención en sí. Las técnicas inmunológicas y la farmacología van por detrás de los avances quirúrgicos.
Según Cavadas, es imposible que un trasplantado tenga la misma cara o parecida con respecto al donante, porque para ello habría que utilizar toda la estructura ósea, globos oculares y toda la cobertura. El paciente no podrá ya nunca recuperar lo que perdió, pero la finalidad es que al menos tenga un aspecto humano.
Pedro Cavadas desarrollaba una brillante carrera que le permitía darse todo tipo de caprichos: sus coches eran cada vez más grandes. Pero a raíz de la muerte de uno de sus hermanos en un accidente de tráfico, decidió regalar el último que se había comprado y quiso romper con la forma de vida que llevaba hasta entonces y viajar a África, algo que le cambió su mundo personal. En Kenia creó una fundación, que lleva su nombre, en la que opera gratis a los más desfavorecidos. Allí se realizan sobre todo reconstrucciones genitales, pues es una zona muy violenta y las tribus se pelean por el agua, el ganado… Con frecuencia se producen revueltas, que se saldan con decenas de muertos y con la mutilación de muchos niños, para generar terror. A los que no puede operar allí se los trae a España. También paga los gastos de estancia de médicos africanos para que a la vuelta a su país desarrollen cirugía reconstructiva, regalen todo el trabajo que les sea posible y formen a más gente.
La fundación tiene también escolarizados cien niños. Casi todo el dinero con el que se financia sale del bolsillo de Cavadas, que no quiere depender de subvenciones que unas veces llegan y otras no. La salud y la vida de los pacientes no pueden estar condicionadas por cuestiones materiales.
Pedro Cavadas se ocupa de casos desahuciados, gente que ha pasado por un calvario de hospitales y han sido rechazados por otros médicos, y hay muchos que no tienen solución, como patologías tumorales malignas, traumatismos muy graves, lesiones del sistema nervioso central o de médula espinal… Él estudia todas las posibilidades, aunque la angustia y el dolor de aquel por el que nada puede hacer es algo brutal para él.
Por eso sus dos hijas, adoptadas de China, “son mi antídoto contra la desesperación o la tristeza de algunos días terribles”.
Piensa que su fama se debe sobre todo a su capacidad de estudio y de trabajo, más que a un don especial.
Este médico, que prepara el primer trasplante de piernas del mundo, se ha negado siempre a ponerse la bata blanca cuando está trabajando, porque cree que marcaría distancias con el paciente, y dentro de poco se perderá por Tanzania un par de semanas, con una brújula y una bicicleta, para intentar desconectar.
Cuando hace tres años cumplió los 40 le sobrevino la crisis. “Crees que el tiempo se acaba: los 50, los 60, los 70 y al hoyo. Fatal”. Él lo combate trabajando, y derrochando generosidad y humanidad.

domingo, 9 de agosto de 2009

Madrid me mata



Madrid es una ciudad que, en ocasiones, no acoge muy hospitalariamente ni siquiera a los que la habitamos y regresamos a ella después de unas vacaciones.
Y así fue que cuando me encontraba en un taxi con mi hija en mitad de la Glorieta de Atocha, parada en un semáforo, recién salida de la estación de tren, de noche, con el maletero lleno de equipaje y ganas de llegar a casa, apareció por nuestra derecha una muchedumbre de ciclistas y patinadores que venían de Recoletos, sin vigilancia policial y cortando el tráfico allí por donde pasaban.
El taxista creyó que cuando se cerrara el semáforo de donde venían pararían y podríamos continuar nuestro camino. Craso error: la estampida de búfalos era ya imparable, gente joven con vestimentas hippies, rastas y todo ese rollo underground que se suelen gastar.
Parecían pacíficos, pese al trastorno que estaban causando, pero no era así. Una chica, muy mal encarada, se puso delante del taxi, y mientras el conductor protestaba se le fue un poco el freno, y ella comenzó a gritar como una loca que la había atropellado, cuando casi ni la rozó. Por la pinta y su forma de comportarse me recordó a una de esas terroristas cuya imagen aparece de vez en cuando en algún cartel de se busca. A sus voces acudieron otros manifestantes que rodearon el taxi. Empezaron a dar golpes por todos lados y a increparle, mientras uno, que debía estar más drogado que los demás y que por su edad debería haber estado más bien en una manifestación de carrozas desheredados de la vida y no allí, metió el brazo por la ventanilla del copiloto, justo frente a mí que iba detrás, y le quiso echar mano al pobre taxista, que se zafó como pudo, arrancándole un colgante que llevaba al cuello.
Luego empezaron a zarandear el taxi. Me acordé de otra manifestación, hace muchos años, que también me dejó atrapada en aquel mismo lugar solo que encima de un puente alto que cruzaba antes Atocha. En aquella ocasión los que protestaban eran mensajeros en sus motos, pero eran igualmente violentos.
Yo, cuando dejé de mirarlos a ellos, pendiente de todas las caras que nos rodeaban y que venían de todas partes, miré a mi hija, que se estaba comiendo las uñas y tenía ojos temerosos. Lo de las uñas es algo que en realidad hace con demasiada frecuencia. La tranquilicé, y ella me dijo: “Cierra tu ventanilla mamá”. Yo no tenía miedo, sólo me estaba empezando a cabrear, no ya tanto por los malos modos que gastaba aquella gentuza como porque el taxímetro seguía corriendo. Le contesté a la pobre que no la iba a cerrar, que hacía mucho calor como para andar cerrando ventanillas.
Abrieron la puerta del lado del taxista y la del copiloto, detrás del cual me sentaba. La mía también. La de mi hija fue la única que no tocaron, en un resto no sé si de humanidad o de sentido común que debieron tener.
“¿No veis que llevo clientes?”, les decía el taxista. A esa gente, que lo único que quería era camorra, les importaba bien poco que aquel hombre se estuviera ganando la vida. Con los puñetazos y patadas le abollaron la carrocería por el lado del copiloto, y uno se le medio subió con la bicicleta por encima del capó. “¡Que se bajen los clientes!”, dijeron. Yo no estaba dispuesta a quedarme en medio de una carretera por la que venían coches de todas las direcciones y sin ninguna acera próxima, con mi hija y con las maletas. No hice ni caso, seguí callada y expectante, a ver lo que pasaba.
El taxista dejó de quejarse y defenderse, porque vio que aquella multitud de descerebrados no hacía caso de nada y estaban deseando que la más mínima cosa les diera motivos para descargar sus frustraciones. Las masas son capaces de las mayores insensateces, hacen cosas que no se les ocurriría a los que las integran si no estuvieran en grupo. La Sociología es una carrera que siempre me quedé con ganas de estudiar porque siempre me ha interesado mucho el comportamiento de las masas precisamente. Me lo tomé como una experiencia, como vivir un experimento sociológico en mis propias carnes. Cuando se juega un partido al lado de mi casa ocurre algo parecido, por lo que estoy más o menos acostumbrada.
Mientras nos ocurría esto, tuve tiempo de mirar a otros ciclistas que se había subido a la fuente que hay en la glorieta y estaban haciendo piruetas con la bici. Por la pinta que tenían parecían más bien haber salido de algún gueto o incluso de la cárcel.
“Queremos un carril bicicleta”, nos dijeron antes de irse, cuando ya se habían cansado de jugar con nosotros. No sabía que para pedir semejante cosa hubiera que pegar o matar. Hay uno en mi barrio, que es bastante largo, y apenas lo transita nadie. En otros países de Europa sí que los utilizan.
El taxista, un chico joven, iba preocupado porque creía que le habían machacado los faros, pero yo no había oído ruido de cristales rotos y, efectivamente, cuando llegamos a nuestro destino y se bajó para mirar, vio que seguían en su sitio.
“Madrid nos da la bienvenida a nuestro regreso, como has podido ver Ana”, le dije a mi hija. Y como viene siendo habitual en nuestra capital, de forma chusca y de mala manera. Es algo que termina hartando a cualquiera.
Y es que parece el Bronx últimamente, más que una ciudad avanzada y cosmopolita. Accidentada vuelta al hogar, dulce hogar.
Madrid me mata.
 
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