Fuimos después al valle de La Orotava, a
Pueblo Chico, donde paramos a comer en un restaurante muy curioso, con bancos y
mesas alargados, al aire libre, rodeados de vegetación. Uno de los encargados
de las comidas nos amenizó el rato tocando una especie de laúd y entonando
canciones típicas con una voz suave y profunda. Mezclado con la espesa
vegetación del complejo había maquetas de los edificios más emblemáticos de la
isla, incluso del aeropuerto y de una zona de playa, con su arena y sus
barquitas, en la que se celebraban eventos deportivos. Los lagartos que antes habíamos visto aparecían y desaparecían metiéndose entre
la maleza o se paseaban por las maquetas. Estuvimos charlando un rato con la
guía cuando acabamos de comer, una chica polaca, Nicola, que había vivido en Francia de
niña, estudiado en Alemania, vivido en Malta y desde hace 2 años en Tenerife,
donde a las 2 semanas conoció a su novio, un chico uruguayo de origen gallego.
Sabía hablar alemán, inglés y español perfectamente, y el francés lo entendía
aunque no se atrevía a hablarlo porque hacía mucho que no lo practicaba. Sus explicaciones eran siempre en todos esos idiomas.
Nos contó que el nombre de
Canarias proviene de la palabra can, que significa perro, pues los primeros
pobladores encontraron muchos al llegar. Nos dijo que tenía muchos climas
diferentes, cosa que comprobamos cuando llegábamos a La Orotava y, subiendo y
bajando por las montañas, atravesamos zonas de bosque cubiertas por la niebla
en las que hacía frío y lloviznaba un poco. Las nubes estaban por debajo del
nivel de las montañas, de forma que contemplabas un mar de espeso algodón
blanco bajo el que se encontraba el mar azul. Como no se podía ver la línea del
horizonte se tenía una sensación de irrealidad, como si los espacios fueran de
otro mundo y las referencias estuvieran alteradas. Nicola nos explicó
que en Tenerife llovía muy poco, y nevaba 3 ó 4 días al año en las zonas altas,
de forma que se podía disfrutar de la nieve y al mismo tiempo descender a las
zonas de playa y disfrutar del mar, pues las temperaturas se mantienen todo el
año.
Pasamos por Icod de los Vinos,
donde nos detuvimos en una tienda en la que podía probar diferentes salsas,
todas muy picantes (el mojo picón no me pareció para tanto, a pesar de su fama)
y licores, algunos muy ricos. Vendían miel, quesos y objetos hechos con
obsidiana, cristal volcánico negro y brillante, para adorno y bisutería. Dando
una vuelta por allí pudimos ver un drago milenario, que estaba rodeado por una
cinta para que nadie pudiera acercarse. Me hubiera encantado poderlo tocar, si
no puedo usar todos mis sentidos cuando conozco algo me parece que no lo puedo
percibir en toda su magnitud. Nicola nos explicó que en realidad no es un árbol
sino una planta que está hueca por dentro. Su resistencia al paso del tiempo es
asombrosa.
Después fuimos a Garachico, que
no tiene playas pero que dispone de escalerillas como las de las piscinas para
bajar al mar. Un par de bañistas se metieron en el agua y se dejaron balancear
por los vaivenes de las corrientes que llegaban a los rompientes. Me pareció
peligroso, porque en una de esas no era difícil que te llevaran hacia las rocas,
entre las que flotaban como en un desfiladero.
Por último, y fue el que más me
gustó, fuimos a Masca, pueblo precioso, pequeño, con muy pocos habitantes, que
está enclavado en un estrecho valle rodeado de precipicios. Al frente, como
por una rendija no muy ancha, se veía a lo lejos el mar. Nos contó Nicola que en tiempos
sirvió de refugio a los pobladores que intentaban protegerse del frecuente
ataque de piratas, pues allí no lograban localizar su situación. Los niños, de los
que sólo quedaban 3, iban al colegio en autocar a un pueblo cercano, pero en
tiempos, cuando no existían medios de transporte, tenían que recorrer a pie
varios kilómetros por zonas escarpadas. Masca tenía varios restaurantes,
algunos con alojamiento, y pensé que sería un lugar increíble para pasar la
noche, con tanto silencio, en medio de la Naturaleza. El que estaba al final
del camino tenía una terraza de madera con sombrillas que se asomaba a un
precipicio. Era un mirador perfecto desde el que contemplar tanta belleza y
disfrutar de la brisa y el sol. Le dije a Anita que las montañas que teníamos
en frente, oscuras e imponentes, me parecían irreales, como si alguien las
hubiera puesto ahí para impresionarnos y desconcertarnos.
Cuando bordeábamos la serpenteante costa en el autocar Ana se fijó, y es cierto, que
las olas llegaban a la costa de manera diferente a como estamos acostumbrados a
ver en otros sitios en los que hemos estado. Le parecía como si fueran a cámara
lenta, majestuosas, densas, sin apenas espuma.
En la excursión íbamos 50
personas, pero sólo 8 éramos españolas. Los demás alemanes e ingleses.
Formábamos un pequeño grupo de mujeres en las que había 2 parejas de madre e
hija mayores que nosotras, y dos primas muy gorditas que parecían hermanas por su semejanza.
Eran muy charlatanas y aficionadas a las bromas. Venían de Barcelona. Cuando
estábamos probando los licores en Icod de los Vinos casi nos ponemos piripis, y
con las salsas picantes nos entraban los sudores y nos poníamos de todos los
colores.
El viaje resultó excesivamente
largo, 9 horas entre paradas y tal. Al final, en el autocar, agotadas, Anita reposaba su cabeza sobre mi hombro y yo
mi cabeza sobre la suya. Habría sido mejor que se hubiera dividido en 2 días,
pero en fin, así fue.
Durante una de nuestras tardes de paseo cerca de nuestro aparthotel hubo un día que nos alejamos un poco más
y, pasando la playa de La Pinta, llegamos a un estrechamiento del paseo desde el
que se podía ver una zona de descanso maravillosa si se miraba hacia abajo, junto al
mar. Pertenecía a un pequeño hotel que era como una gran cabaña muy fashion.
Tenía una terraza sobre el mar con suelo de madera, y más allá una piscina
preciosa y tumbonas que eran como camas acolchadas blancas, algunas rodeadas de
dosel y cortinas vaporosas, como en los spa. Se llamaba Hotel Jardín Tropical Las Rocas. Anita también se
quedó fascinada.
Nos sentamos en una terraza por
allí cerca, en el paseo, que daba a una cala que no conocíamos, con buena
pinta. Le preguntamos al camarero cómo se llamaba y nos dijo que era la playa del
Bobo. Decidimos que iríamos al día siguiente, el penúltimo de nuestra estancia.
El camarero se puso a charlar con nosotras, aunque vi que lo hacía con todos los
clientes, fueran o no conocidos suyos. Con Ana se deshizo en halagos sobre su belleza
y especialmente sus ojos. Era bastante más fino que los tripulantes del
catamarán de nuestra excursión, pero a ella no le cayó bien. Le preguntó
cuántos años creía que tenía, y él dijo 19. Cuando supo que eran 16 se
sorprendió mucho y desapareció, y ya casi no se acercó más. A los del catamarán
les debió parecer lo mismo, y supongo que si hubieran sabido su edad real hubieran
hecho lo mismo.
Antes de eso al camarero se le había acercado
un vagabundo, que ya debía conocer, un señor sexagenario muy flaco con pinta de hippy que hablaba en
alemán. El camarero sabía hablarlo perfectamente, así como el inglés. Pero como
el señor no debía estar muy bien de la cabeza empezó a ponerse furioso, a
gritar y a insultarlo, o eso dedujimos porque lo único que le entendimos fue la
palabra “guanche”, que allí debe ser de los peores insultos que te pueden
dedicar. También se llaman “chasnero”. El camarero, como no quería conflictos, se metió muy serio en el bar y
no salió hasta que se fue. Nos contó que había perdido a toda su familia hacía
7 años y desde entonces vivía justo debajo de donde nos encontrábamos, en una
especie de cueva natural en las rocas, junto a la cala. Comenté que
posiblemente pasaría frío en invierno, pero el camarero dijo que allí la temperatura se mantiene todo el año, y que quizá sólo de noche haga un
poco más de humedad.
En la playa del Bobo pasamos casi
todo el día. La arena era más suave que en las otras playas, y formaba una cala
cerrada que le daba un aspecto acogedor. En Tenerife no sentimos nunca el
agobio de las muchedumbres, las sombrillas estaban distantes unas de otras y la
gente solía comportarse con respeto. En el lado derecho, a lo lejos, vimos la
caseta que se había construido el mendigo alemán entre las rocas, unos cuantos tablones y
techado pajizo, bastante grande, con cosas que colgaban, de adorno o quién sabe qué.
Compramos unos bocadillos en un
restaurante cercano y nos los comimos con mucho gusto. Nunca había comido en la
playa, y el hecho de hacerlo así, al aire libre, me encantó. Aquí la marea
tenía un curioso comportamiento, pues subió un poco al principio para luego descender a buen ritmo hasta que se encontró bastante alejada de
donde estábamos. A Ana se le hizo un poco aburrido tantas horas de playa, pero
a mí se me pasó el tiempo volando.
Una tarde Ana quiso alquilarse un
scooter, que allí se veían por todos lados, y que era como un patinete con
asiento y motor. Yo me alquilé uno de esos asientos motorizados con cestito en
el manillar que utilizan los que tienen dificultades de movilidad. Me pareció
aburrido porque no alcanzaba mucha velocidad, y además se me quedó el trasero
dolorido de tanto ir sentada. A Anita le advirtió el que nos los alquilaba, un
alemán afincado allí con pinta de borrachín, que no sabía si el scooter estaba
lo bastante cargado, por lo que si se quedaba sin batería le llamáramos, cosa
que sucedió al rato de iniciar nuestro paseo motorizado. Ella se decepcionó,
porque quería haber alcanzado grandes velocidades. Hubo quien comentó a su paso lo increíblemente largas que tenía las piernas, cuando al principio iba de prisa, melena y vestido flotando al viento.
Mientras estuvimos en la isla
corrió una brisa suave que resultaba muy agradable, y la temperatura no subió
de 26 grados. Alguien me dijo después que los meses que aquí son de verano allí
son de primavera, y que éste no empieza hasta octubre. Me llamó la atención que
el cielo y el mar nunca llegaban a tener un color azul intenso como pasa en la
mayoría de los sitios, sino que tiraba a gris. También me fascinó la flora, no sólo el drago sino también unos árboles con hojas como helechos
y flores grandes y muy rojas, que según he visto en internet se llaman flamboyán
“árbol de fuego”. Había hasta al lado de la piscina del aparthotel,
cubriendo el suelo con los pétalos que caían como un manto escarlata. Había
otros árboles que crecían a lo ancho en la copa, y Anita dijo que eran como los que crecen
en África. Al estar a sólo 300 kilómetros del continente negro no es extraño
que algunas de sus especies llegaran allí. Los días de más calor nos comentaron
que había calima, a causa del viento del desierto africano, y se llegaban a
alcanzar los 38 grados, que para los canarios resulta sofocante.
De lo único que nos aprovechamos,
con la ventaja de que allí no se pagan impuestos, fue del tabaco, porque alcohol
y perfumes no consumimos. Anita dijo que era lógico que hubieran querido
beneficiar a las islas de algún modo, para compensar su aislamiento respecto a
la península. La estanquera nos comentó que los turistas abrían los cartones y
escondían los paquetes de tabaco entre la ropa para burlar el límite de 2
cartones por persona.
Otra costumbre que me llamó la
atención fue lo de poner un recipiente para que dejaras propina, como algo que
va implícito tácitamente en cualquier servicio. Me parecía un poco como de
mendigo. El conductor del autocar en la excursión al Teide o el encargado del
comedor en el aparthotel lo tenían siempre a mano. Este último hasta nos terminó
poniendo mala cara porque nunca le dábamos. No comprendo cómo una cosa que se
debería dejar al libre arbitrio del consumidor termina siendo algo casi
obligado, como pasa en muchos países en los que incluso va incluido en el
precio.
Me llevé de recuerdo para mí y la
familia una pequeña reproducción de un drago, asentado sobre una roca
volcánica, con el tronco plateado y las hojas hechas de trocitos de olivina, mineral
volcánico también y de color verde que se encuentra en La Gomera. Ésta se vislumbraba en el mar, en el horizonte, a lo lejos, tras una leve bruma. Anita ya no quiso hacer excursión allí para conocerla y presenciar el famoso silbido gomero porque ya le parecía mucho viaje. Tampoco visitamos Candelaria ni la playa de Las Américas, porque Tenerife parece que no pero tiene grandes distancias de una punta a otra.
Cuando despegamos el día de regreso
miré por la ventanilla con la esperanza de ver la isla desde lo alto, ya que a
la llegada era de noche y no pudimos ver nada, pero fue en vano: una gran
nubosidad lo cubría todo al minuto de haber despegado. Allí las nubes son muy
bajas, lo que le da un aire misterioso. Y así fue como desapareció de nuestra
vista, rápidamente. El viaje son 2 horas 20 minutos, el más largo en avión que
he hecho en mi vida, pues siempre que he volado ha sido a sitios de Europa que
estaban a menos distancia. El cambio horario también era molesto, porque
aunque es sólo una hora menos te altera los ritmos de comida y sueño.
En fin, que Tenerife resultó un
sitio peculiar, en el que el principal atractivo no son tanto las playas,
puesto que las arenas son ásperas y el agua está fría, como los increíbles
paisajes y las costumbres de la zona. Un lugar para recordar.
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