martes, 19 de enero de 2010

Libros


Hay películas que, inevitablemente, con el paso de los años, se entienden de distinta manera según la etapa de la vida en que la veamos. Ese ha sido el caso de “Fahrenheit 451”. Tendría yo 7 u 8 años la primera vez que la vi. En su momento me causó una gran impresión y me dio mucho que pensar. Aunque ahora me doy cuenta de que algunos de los efectos especiales que se nos muestran son bastante precarios, casi dan un poco de risa, sin embargo el contenido argumental me sigue inquietando y haciéndome reflexionar.
Se nos muestra aquí un mundo futurista en el que una ley ha prohibido los libros. Un equipo de hombres, entre los que se encuentra el protagonista, se dedica a ir con un camión y una especie de lanzallamas por todos los sitios donde creen que pueden esconderlos. Cuando los descubren, hacen una gran pira y los queman. Cualquiera que los vea puede pensar que se trata de bomberos, pero se dedican justamente a lo contrario. El nombre de la película alude a la temperatura a la que arde el papel.
Había una escena que, en su momento, me impactó enormemente: una señora prefiere arder junto con sus libros y su casa antes que seguir viviendo en un mundo en el que no se pueda leer. Había conseguido hasta entonces reunir y ocultar durante años a las autoridades una biblioteca enorme que era el motivo principal de su existencia. Se la ve encendiendo ella misma una cerilla y prendiéndole fuego al montón de libros amontonados a su alrededor por la brigada incendiaria. Mientras las llamas van en aumento, tiene la mirada extraviada y una extraña sonrisa asoma a sus labios, incluso en el instante en que cae al suelo. Parece que muriera feliz, rodeada de lo único que le importa.
El protagonista va guardándose algunos de los libros de los sitios por los que pasa, vigilado muy de cerca por uno de los compañeros, que sospecha lo que está haciendo y pretende delatarle. En un momento dado se atreve a leer un pasaje a su mujer y a las amigas de ésta, provocando en unas reacciones de horror y de lágrimas en otra, que recuerda sentimientos que creía perdidos. Como no atiende a los ruegos de su esposa, que le pide que desista de su actitud, es finalmente delatado y abandonado por ésta, temerosa de lo que pueda sucederles. Él huye a un lugar en el que hay personas cuya única misión consiste en memorizar un libro que luego deben destruir, para conseguir así que exista para siempre. Cuando ven que se aproxima la muerte deben repetírselo una y otra vez a otra persona hasta que se lo aprenda, para que no se pierda. Se los ve paseando infatigables por un bosque, recitando sin descanso el libro que han memorizado, como para no olvidarlo, recreándose en sus pasajes.
Algunos de los “inventos” que aparecen en el film estuvieron muy logrados porque fueron una anticipación muy bien recreada de cosas que existen hoy en día, como el tren que se desplaza colgando de los raíles, o la gran pantalla plana de televisión que se asemeja mucho a las pantallas de plasma que conocemos en la actualidad.
En los años 70 estaban muy de moda las películas de ciencia ficción que retrataban un futuro frío, deshumanizado, completamente desalentador, basadas en libros que habían tenido un gran éxito comercial. Así pasaba también con “Un mundo feliz”. Aquellas historias me parecían como de pesadilla, sobre todo ante la posibilidad de que algún día se cumpliesen. Puede que no lleguemos a tanto, pero sí que entre nuestra juventud la amplia oferta lúdica que existe ha relegado a un segundo plano la afición a la lectura.
La parodia que hizo José Mota en su programa de Nochevieja iba un poco por ahí. En uno de sus sketchs se veía a gente joven en un parque, de noche, leyendo libros casi a escondidas, como avergonzados porque no estaban haciendo el habitual botellón o consumiendo drogas. Para ellos el “mono” consistía en no tener su dosis de cultura, y acudían a aquel lugar ansiosos de libros con los que poder satisfacer sus necesidades.
Aunque este sketch es una crítica al supuesto bajo nivel intelectual de la juventud, sin embargo no creo que haya que burlarse de ello. El sistema educativo no favorece precisamente su instrucción, y eso es algo de lo que desde luego ellos no tienen culpa ninguna. Pero sí se puede decir que los medios de comunicación han potenciado el consumo, entre otras cosas menos deseables, de cultura en general. Hoy en día quién no tiene acceso a todos los ámbitos del saber, hasta en los quioscos de prensa se venden obras maestras de la literatura, al lado de colecciones de todo tipo de objetos. La cultura parece haberse convertido en un bien consumible más.
Puede que los libros terminen desapareciendo en el futuro, pero en su formato de papel, que al fin y al cabo es un material perecedero. Los seguiremos disfrutando en Internet o en cualquier otro medio que pueda crearse. Me parece imposible que la literatura, en cualquiera de sus facetas, se extinga. Entonces sí que nos volveríamos como autómatas, perderíamos humanidad, caerían en el olvido no sólo la cultura sino emociones y sentimientos que nos son básicos e imprescindibles.
Aunque hoy en día existen otros medios, los libros fueron nuestra primera ventana abierta al mundo, y una fuente inagotable de saber y placer. Esto es algo que debemos tener siempre presente.

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