lunes, 4 de enero de 2010

Aventureros


Hay en lo más profundo del corazón del hombre un impulso irracional que lo lleva a afrontar las más difíciles empresas por descabelladas que puedan parecer. Dicen que todos llevamos esa pulsión salvaje en nuestro código genético, herencia quizá de nuestro primitivo pasado, que nos sirvió para hacer nuevas conquistas y avanzar en el proceso evolutivo. Dejarnos arrastrar por esa necesidad interior de búsqueda de lo desconocido, de la aventura, es cosa de cada cual.
A los que somos más tranquilos no deja de sorprendernos ese afán por realizar proezas temerarias que tienen algunas personas. Esos escaladores que suben y bajan una y otra vez montañas, cuanto más altas y escarpadas sean mejor. Esos intrépidos reventadores de récords que harían lo que fuera por figurar en el Libro Guiness o en cualquier otro sitio en el que quedara constancia para los anales de haber sido los mejores en algo, de haber logrado hacer lo que nadie ha hecho nunca antes: dar la vuelta al mundo en un frágil velero, cruzarse a nado un montón de kilómetros de aguas a varios grados bajo cero, en fin, lo que haga falta.
De niña me fascinaba un libro que tenía en casa, “La conquista de los polos”, en el que se narraban las experiencias de los primeros aventureros que se atrevieron a conquistar aquellos territorios helados, con profusión de imágenes muy espectaculares que ilustraban tamañas heroicidades. La palma de oro se la llevaba, cómo no, Amundsen. Como nunca antes había oído hablar de él, el seguimiento de sus avatares por las nieves perpetuas me causaba admiración y asombro, y también cierta inquietud. Daba miedo sólo pensar la dureza de las condiciones de vida en lugares como la Antártida, lo incierto del destino que podía aguardar a quienes se adentraran en ella, el trágico final a tantos esfuerzos como fue el caso de Scott.
Después, al interesarme el tema, supe que tanto hito histórico se conseguía dejando tras de sí una sucesión de penalidades y crudezas sin fin: sacrificar a parte de los perros que tiraban de los trineos para dar de comer a los que se dejaban vivos y almacenar el resto para los miembros de la expedición. O quedar atrapado en el hielo el barco en el que viajaban y tener que pasar el invierno sin poderse mover de allí, alimentándose con la carne cruda de los animales marinos que fueran capturando, sobre todo para evitar el escorbuto.
Sí que hubo alguno que dejó congelar su barco en un banco de hielo flotante para viajar aprovechando las corrientes, navegando a la deriva, con lo que la expedición podía durar dos años por lo menos.
Amundsen viajó a los dos polos y utilizó varios medios de transporte en cada ocasión: el avión y el dirigible. De los nativos de la zona aprendió el manejo de los trineos y los perros. Nunca contrajo matrimonio, y adoptó dos niñas esquimales que encontró en alguno de sus viajes, con las que fue un padre amoroso. Murió en una expedición de rescate y su cuerpo nunca fue hallado.
Ahora es casi corriente ver en los medios de comunicación que tal o cual persona ha batido algún récord, parece que cualquiera puede hacerlo, incluso se forman expediciones con gente poco adiestrada para alcanzar la cumbre de alguna montaña y ofrecer el resultado de la aventura en televisión a la hora de la merienda. Hay un programa que se dedica a eso y yo desde luego no me pondría en manos de una persona como la que lidera el grupo, pues no me parece que esté muy en sus cabales. Así se da una imagen de locura de algo que siempre ha sido una cosa importante y trascendental, llevada a cabo por personas cualificadas que sabían muy bien a lo que se enfrentaban.
O ese otro programa, que procuro no ver ya porque me pone mala, en el que sale un “aventurero” que se recorre el mundo entero seguido de cerca por una cámara, mientras no deja de hablar muy deprisa y constantemente, en un inglés traducido simultáneamente al español por otra voz de fondo, acerca de todo lo que le sucede, por nimio que sea: igual es que se está cayendo por un terraplén de nieve, está metiendo accidentalmente el pie en un agujero de donde no puede sacarlo, o se baña desnudo en las aguas gélidas de un río mientras los editores del programa cubren sus petrificadas partes íntimas con un rectángulo borroso para no herir nuestra ya herida sensibilidad. Este señor pretende darnos lecciones de supervivencia poniendo en peligro su integridad física si es necesario, como cuando le picó un enjambre de avispas y le dejó los ojos cerrados por la inflamación. Se le puede ver comiéndose crudo y vivo un pez o una serpiente que acaba de capturar, o los restos putrefactos de un antílope que los leones han desechado cuando se saciaron. Se come todo eso sin pestañear, como si estuviera sonado. Parece un chiflado que no se toma en serio lo que hace y que pretende hacer gracia con ocurrencias de peón caminero que no sé si planifica o simplemente improvisa sobre la marcha. De la Cuadra Salcedo se ha comido también todo lo que uno pueda imaginar pero sin hacer exhibiciones televisivas y de mal gusto. Él sí que es un auténtico aventurero que lleva la pasión de la aventura y del reto personal en la sangre.
Hace años tuve un compañero de trabajo al que le gustaban los deportes de riesgo. Practicaba parapente y alpinismo, y me contaba la sensación de plenitud tan increíble que tenía cada vez que llegaba a la cima de una montaña y contemplaba desde allí el mundo. Era como tocar el cielo, sentirse como si se fuera Dios. Esta experiencia tan gratificante, que conseguía sólo en esos momentos, es lo que lleva a otras personas como él a arriesgar su vida acometiendo toda clase de peligros en metas que sólo ellas se proponen llevar a término, pase lo que pase. Por eso cuando aparecen en los medios de comunicación y cuentan que han perdido varios dedos de una mano o de un pie por congelación, y otras cosas parecidas, y aún así persisten en su empeño, en lugar de pensar que son personas inconscientes o que no están en su sano juicio, pensemos mejor que sólo siguen un impulso al que son incapaces de sustraerse, que puede parecer casi suicida, pero que en sí mismo sirve para dar sentido a una vida entera.

No hay comentarios:

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes