lunes, 16 de enero de 2012

Voces del desierto


Javier me había dicho cómo se llamaba su web, un nombre precioso con profundas resonancias, pero aún así me equivoqué cuando lo quise buscar en Internet por vez primera. Los gritos del silencio, escribí. No, que eso es una película, y muy buena por cierto, de los 80. Los sonidos del silencio. Tampoco, es una canción. Voces del silencio, menos, es un libro. ¡Por fin!, Voces del desierto. Nombre que le inspiró un libro con el mismo título, obra de la escritora y médico estadounidense Marlo Morgan, que dejó profunda huella en él.

Contacté con Javier a través de Facebook. Fue compañero y amigo de cuando estudiábamos Periodismo y hacía por lo menos 22 años que no nos veíamos. Sigue siendo el mismo de siempre, su misma forma tan particular de contar las cosas, sus gestos, su manera de pensar. 

En Colombia

En este tiempo le han pasado cosas muy interesantes. Escribió un libro sobre Patarroyo, el inmunólogo español que investiga en Colombia sobre la vacuna de la malaria, Patarroyo, pasión por la vida. Para ello viajó allí y llevó a cabo una tarea ingente documentándose a fondo, presenciando su trabajo de laboratorio, y relacionándose con su familia y amigos. Este es con certeza el sustrato íntimo de un escritor y periodista que se precie, ser testigo directo día a día de las pequeñas grandes cosas que acontecen al objeto del reportaje o libro, vivir las mismas experiencias. Luego vino la otra batalla, la de las editoriales: Javier tardó 10 años en conseguir que se lo publicaran, los asuntos científicos y humanitarios no siempre despiertan el suficiente interés, aunque ahora parezca que están tan de moda.

Con Patarroyo

En la presentación del libro Javier se vio respaldado por una figura de la talla de José Saramago, entre otros ilustres invitados, con el que mantuvo una entrañable amistad, al igual que con su esposa, hasta la muerte de éste. Dice haberse sentido abrumado por el honor, pero nadie lo merece más que él.

Junto a José Saramago, entre otros

Javier me habló de su amistad con el médico y cooperante de la AECID Juan Bartolomé, fallecido no hace mucho. Un hombre atípico, viajado, culto, con una personalidad magnética. Y de la que tiene con Pedro Fusté, periodista y creador de una fundación de ayuda humanitaria a África, un hombre que le manda siempre “medio abrazo” porque perdió una de sus extremidades en un accidente. Y es que una de las muchas cosas buenas de ser periodista es que se tiene la oportunidad de conocer y tratar a personas excepcionales. 

Ahora está preparando un libro sobre la familia Mahou para conmemorar el 125 aniversario de la fundación de la fábrica cervecera. Será una edición preciosa para regalar a empresas y admiradores.

Juan Bartolomé

Sus experiencias y pensamientos los vuelca en su web, a la que hacía mención al principio, Voces del desierto, y como le dije, es todo menos un desierto. Su presentación, sus contenidos, las fotos, tienen un algo poético, tremendamente humano, sentimental como es él. La web es un trasunto de su autor, un oasis en medio del maremágnum digital, una ventana abierta a un mundo maravilloso por la que sólo entra aire fresco. En ella se habla de cultura, de cooperación humanitaria, algo de política. América Latina es el eje en torno al cual giran muchos de los temas, tierra de la que es un enamorado.

Javier sabe muy bien lo difícil que es abrirse camino en un mundo como el periodístico. Trabaja como yo desde su 1ª juventud en la Administración, porque al fin y al cabo hay que pagar las facturas, pero su pasión por la palabra escrita permanece intacta y en creciente ebullición. Ha hecho colaboraciones en prensa nacional, especializada e internacional. Es un gran escritor, todo lo que relata es impactante en el terreno humano y en lo que a actualidad se refiere. Su estilo es directo y fluído. Es polemista pero no sensacionalista. Aborrece, como a todos los que abogamos por un periodismo auténtico, el recurso tan frecuente hoy en día a la carnaza, al señuelo morboso. Javier es inteligente y sensible, dueño de un gran talento literario y periodístico, lector incansable, trabajador, serio y profesional, además de generoso. Su sentido de la justicia le lleva muchas veces a denunciar todo aquello que le parezca execrable, por lo que demuestra tener además mucho valor. Conferenciante, organizador de charlas, de subastas con fines humanitarios, de exposiciones de material fotográfico y documental con el que ha trabajado. Es multifacético y está lleno de iniciativas.

Veo a Javier abstraído en su mundo literario, sintiendo las cosas a través de las letras, pensando siempre en cómo podría escribir todo aquello que se le pasa por la cabeza, todo lo que le acontece. Los que nos dedicamos a esto de la escritura vivimos así. Él es una persona con un mundo interior rico, que siempre tiene varias cosas a la vez rondándole la cabeza, coleccionista de objetos valiosos y poco comunes, con unas enormes inquietudes intelectuales.  

Os exhorto a echarle un vistazo a su web Voces del desierto porque es una experiencia inolvidable. Y para que, como también le dije, su voz no se pierda en ningún desierto.


viernes, 13 de enero de 2012

Un poco de todo (XXXIII)


- Bienvenido a un nuevo seguidor, que tiene el original y evocador nombre de El regalo de tu presencia.
- Me imaginaba a alguien así cuando vi la foto de Sheldon Adelson, el millonario norteamericano que tiene intención de construir una nueva versión de Las Vegas en Madrid. Pensaba en alguien gordo, viejo y retinto, con pinta de cerdo bien cebado, una persona con cara de viejo pícaro y vicioso. La opulencia suele dar ese aspecto, por lo menos si la riqueza sólo le alcanza a sus cuentas bancarias.

Algunos ven el proyecto como una posibilidad de aumentar la afluencia turística de la ciudad, ya bastante visitada normalmente, y de crear puestos de trabajo. Los funcionarios, sir ir más lejos, podríamos conseguir un extra para nuestro cada vez más depauperado sueldo siendo crupieres. Nos dará igual que los gobernantes nos quiten dinero cada vez que haga falta en otra parte, como si no existieran más sectores que el funcionarial y con mejores ingresos: nos colocaremos la camisa blanca, el chaleco sin mangas, la pajarita y el pantalón ajustado, y diciendo “Hagan juego señores” lo dejaremos todo en manos del azar. Ya pueden seguir amenazándonos con la indigencia. La suerte está echada.

- Operaron a mi padre hace unas semanas de cataratas. Tardaron muchísimo en llamarle y bastante más de lo normal en salir de la intervención, que normalmente es sencilla. Nos dijeron que había surgido una complicación porque habían detectado un poro en la retina por el que se podía haber introducido la catarata y haber perdido la visión del ojo. Me quedé alucinada con esto, creía que los agujeros negros eran cosa del cosmos. En las revisiones previas no detectaron estas cosas. Tuvieron que sustituir la anestesia local por la general y practicar una incisión mayor, para implantarle una lentilla intraocular con “patas”, según nos comentaron, que tiene más agarre que la que tenían intención de colocarle, y es casi imposible que se mueva.
En el informe médico, entre otras muchas recomendaciones típicas como no hacer movimientos bruscos ni esfuerzos, o no forzar la vista, se decía que no había que tomar decisiones importantes en 24 horas. Yo particularmente tardo años en tomarlas.

- Y a mí me han detectado en la revisión médica de empresa, en el electrocardiograma, una cosa llamada “anomalías de repolarización”, que por lo visto son cambios en el ritmo cardíaco al inspirar. Le consulté a mi doctora de cabecera y no le dio importancia, dice que son muy corrientes y que pueden estar motivadas por el stress, las preocupaciones o cualquier cosa sin importancia. Será como decía la escritora y periodista Care Santos en un libro suyo que me he leído hace poco, que durante una época estuvo preocupada porque le daban arritmias con frecuencia, y decía que es que a lo mejor su corazón se creía que no iba a llegar a tiempo a los sitios.

- Esta Nochevieja, mientras tomaba las uvas, sentí el alma ligera. Por primera vez en años no tenía un pesar en el corazón y sólo pensé en los seres queridos que no estaban en ese momento conmigo y, en esta ocasión, no fueron los que ya están muertos.

jueves, 12 de enero de 2012

Arte urbano (I): Julian Beever


Artista británico que crea dibujos de tiza en 3D en las aceras mediante el método de la anamorfosis, que crea una ilusión óptica. Sus dibujos desafían las leyes de la perspectiva. También pinta murales y réplicas del trabajo de grandes maestros de la pintura. También trabaja en murales para compañías, publicidad y marketing. Lleva 10 años llevando su arte a Europa, Estados Unidos y Australia. 














A pesar de que crear cada una de sus obras le puede llevar un día completo, normalmente al día siguiente ya han desaparecido, se desvanecen bajo los pies del caminante. Es una forma de arte muy evanescente, sólo perpetuado gracias a las fotografías tomadas durante ese instante.


miércoles, 11 de enero de 2012

Presentaciones


Siempre pensé que la primera vez que alguno de mis hijos me presentara a su pareja sería todo mucho más formal y más planificado. En el caso de mi hija estos son adjetivos que no han lugar.

Hubo un día, hace poco, que la notaba especialmente nerviosa. “¿Vas a salir esta tarde mamá?”, empezó diciéndome. “No sé lo que haré. ¿Por qué lo dices?”, le contesté. Y se quedó pensativa: quería presentarme a Juan P.

Ana ha salido anteriormente con unos cuantos chicos, uno o dos años mayores que ella, pero con todos se aburría y nunca se terminó de sentir del todo a gusto, me imagino que porque no supieron estar a la altura de las circunstancias. A Juan P. lo conocía de vista en el pueblo de su padre, y un día contactaron por el Tuenti. En las fiestas de este verano trabaron amistad y a mediados de septiembre decidieron formalizar su relación.

No me gustaba que él sea cuatro años mayor que ella, y además Ana es aún muy joven para andar con compromisos de esa índole cuando en realidad lo que tendría es que tener amigos y nada más, pero lo cierto es que nunca la había visto tan feliz. Desde hacía tiempo me enseñaba las fotos de él de vez en cuando en el Tuenti y no sabía qué es lo que podía haber encontrado en él, porque no me parecía precisamente muy agraciado. Tenía una bonita sonrisa, ojos cálidos y vivaces y estatura, pero nada más. Pensé que muy niño tenía que ser para gustarle una chica tan joven.

Cuando lo conocí el otro día supe por qué le podía gustar un chico como Juan P. Vinieron a casa, porque a mí al final no me apeteció salir. Ana estaba un poco remisa, me imagino que porque no quería darle al momento demasiada seriedad. Quedar por ahí era más informal.

Qué delgadito me pareció, mucho más que en las fotos. Tímido hasta que cogió un poco de confianza. Les hice sentar en los sillones del salón y pusimos sobre la mesa las patatas fritas y los refrescos que habían comprado para la ocasión, por indicación mía. Su voz me pareció muy agradable, su sonrisa afloraba en cuanto se le daba ocasión, sus modales eran suaves y educados. Aparentaba tener menos edad.

Miraba a Ana con ternura y embeleso, casi me parecía más entusiasmado que ella. Pobrecito si le llegara a hacer daño, intuí que tiene un frágil corazón. En el Tuenti le escribió un día con palabras bonitas y sencillas que temía que se cansara de él, porque ella es aún muy joven y busca quizá otras experiencias. Sin duda para él debe ser muy importante tenerla.

Y me vi haciendo las preguntas habituales en estos casos, un topicazo tras otro. “¿En qué trabaja tu padre, si no es indiscreción?”. Me oí a mí misma diciendo esas cosas y no me lo podía creer. Nunca pensé que yo también emplearía ese mismo comportamiento trasnochado y manido que utiliza casi todo el mundo en estas ocasiones. La indiscreción me horroriza, y más con personas con las que no hay todavía confianza ninguna, aunque también fue un poco por hablar de algo.

Pero a él pareció gustarle la pregunta, porque se le vio animarse y acto seguido se lanzó a una larga diatriba sobre la ocupación de su progenitor, presidente de una empresa de distribución de gasóleos que fundó hace cuatro años con otros socios. Pensé que a falta aún de medallas propias no está de más colgarse las ajenas. Soy cruel, me reproché a mí misma, aún es joven para tener un futuro resuelto. Estudiar para mecánico y pinchar discos los fines de semana me parecía poca cosa. Siempre queremos para nuestros hijos lo mejor, pero los prejuicios no llevan a ningún lado. Quién tiene el futuro resuelto a edad tan temprana, y más hoy en día. Cierto es que en lo que hay que fijarse es en las personas.

Juan P. parecía muy orgulloso de su padre, hablar de él era un tema que le complacía. Eso me gustó: un buen hijo con una buena relación familiar. Ana me había enseñado hace poco unas fotos en las que él aparecía con su hermana, que es 5 años mayor que él. Le pregunté por ello y me dijo que tenían costumbre de fotografiarse en un estudio para luego felicitar las Navidades a familiares y amigos. Por la forma como posaban, con naturalidad, calidez y afecto, me parecieron personas muy especiales. Qué gusto, imagino a una familia unida y feliz, algo que parece cada vez más difícil. Juan P. y su hermana miraban abiertamente a cámara, como si no tuvieran secretos ni nada que ocultar. Vestían de blanco con ropas a la moda, y me parecieron casi angelicales.

Y aún dije otra tontería más: "Habrás regañado a Ana por sacar malas notas". Él miró por un momento de soslayo a Ana y esbozó una media sonrisa y cara de circunstancias. Ella no hizo mucho caso. El hecho de que Juan P. sea mayor no quiere decir que deba tener una actitud paternalista con ella. En ningún caso en realidad, eso es algo que en pareja he detestado siempre. Además, cuidado con la niña, por las buenas es como la miel pero como se enfade... Cualquiera le dice a una Leo lo que tiene o no tiene que hacer. Que me lo digan a mí, que soy Leo también.

Comprendí por qué Ana está enamorada de él, aunque a veces tenga sus dudas. Es una niña todavía en muchos sentidos. La delicadeza de un hombre joven la ha pillado de improviso porque era algo a lo que no estaba acostumbrada y la ha debido sorprender gratamente y al mismo tiempo inquietar. Cuidado, que esto se pone serio.

En ciertos momentos se miraban a los ojos y Ana enlazó su brazo con el de él. Estaban a gusto juntos. Luego la mano de él se posó en el muslo de ella. Me pregunté qué hacía aquella mano allí, pregunta de madre represora y puritana. Me di cuenta de que era un gesto hecho sin intención, sin darse cuenta, algo natural. Era sólo que nunca había visto a un chico tener esas confianzas con ella. ¿Celos?. Un poco, y eso que yo no suelo ser celosa. Mi niña me abandonaba a pasos agigantados, se estaba convirtiendo en una mujer mucho más deprisa de lo que yo esperaba. Y también inquietud por si no estuviera escogiendo el camino más adecuado. Su hermano, muy serio, apenas dijo nada. Él sí que estaba celoso.

Fue una visita breve, y nunca como habría imaginado. Es mejor no tener ideas preconcebidas sobre nada. Cuántos estereotipos enladrillan nuestra mente. Menos mal que vienen los demás y los derriban.

martes, 10 de enero de 2012

Fotógrafos (IX): Ronnie Gaubert


Magnífico fotógrafo de la Naturaleza Ronnie Gaubert, norteamericano que lleva más de 30 años capturando las imágenes más bellas de nuestro entorno en estado puro, para nuestro disfrute.

Es increíble la resolución de sus tomas, el colorido que hay en todas ellas, la oportunidad para captar el momento más oportuno, su sentido estético.










lunes, 9 de enero de 2012

Mi tío Fonchi

En su casa, con mi madre, hace muchos años

No es la primera vez que mi tío Fonchi me llama al móvil pensando por error que está llamando a la mayor de sus hijos. Su nombre y primer apellido coinciden con el mío y no es difícil que se equivoque al elegir el contacto. Hace poco volvió a pasar lo mismo, pero esta vez estaba muy enfadado. “Pilar, ya me tienes harto, esto no puede seguir así”, suena su voz airada.

Enseguida supe que era él y no precisamente porque tenga facilidad alguna para reconocer voces por teléfono. “¡Hola tío Fonchi!”, me río. “No estés enfadado”. Se da cuenta del error y se ríe también. “¡Hola sobrina!. Ya me he vuelto a equivocar. Es que es Pilar, que me tiene loco. Se creen mis hijos que yo soy el basurero de la familia. Todo lo que les estorba lo traen a mi casa. A Pilar le he sacado sus cosas de mi garaje y se las he puesto en la calle”.

Mi tío Alfonso, Fonchi para familia y amigos, es el hermano mayor de mi padre, y a pesar de los muchos años que ya tiene sigue siendo el mismo de siempre, mucho ruido y pocas nueces, se le va la fuerza por la boca. Por su forma de ser, tan abierta y gamberra, nadie diría que ya casi es octogenario. Se comporta como un chaval de 50, y en algunas cosas como si tuviera 30.

Siempre fue uno de mis tíos preferidos. La primera imagen que tengo de él es en Torrevieja, cuando tenía yo 5 ó 6 años, y nos hizo una visita desde Alicante, donde vive. No lo esperábamos, y su visita llenó el día de alegría. Le recuerdo de pie junto a la gran mesa que había en el salón comedor, revolviendo el contenido de la enorme fuente de ensalada que acababa de prepararnos, mientras hacía sus chascarrillos y sus comentarios atrevidos. Siempre ha cocinado muy bien. A mí el huevo duro no me gustaba mucho por entonces, pero al probarlo en aquella ensalada me supo a gloria.

Luego, durante años, venía a visitarnos donde estuviéramos en las vacaciones, porque siempre hemos veraneado por la zona. A veces solo y a veces acompañado de su mujer, mi tía Pepi, o de sus hijos varones. Su relación matrimonial era tormentosa. Nunca hasta que les vi a ellos había visto a una pareja discutir. Ellos se lanzaban a cada poco los platos rotos a la cabeza, como se suele decir, y eso dañaba mi sensibilidad infantil. Una vez le pregunté a mi madre si es que no se querían. “Hay muchas formas de quererse”, me contestó. Yo en aquel entonces no comprendí su respuesta. ¿Cómo se pueden querer dos personas que parecen estar siempre enfadadas, haciéndose daño y lanzándose reproches?. Lo dirá para excusarles, pensaba yo. Con el tiempo he comprendido lo que quería decir mi madre.

Ellos dos se querían mucho pero tenían temperamentos muy fuertes, ninguno quería dar su brazo a torcer. Eran primos carnales y se conocían de siempre. Para ellos era el eterno dilema, ni contigo ni sin ti. Les recuerdo durmiendo la siesta en mi cama después de comer, los dos de medio lado mirando en la misma dirección, muy juntos. Había camas libres de sobra, pero ellos preferían dormir en la misma aunque casi no cupieran. Era como si en esos momentos desaparecieran todas las diferencias.

Mi tío Fonchi es el mayor de cuatro hermanos, y desde la juventud fue la oveja negra de la familia. Se enfrentó a su padre, que era muy estricto, se plantó y dijo que no quería estudiar. Se marchó a Venezuela a hacer negocios, ganó mucho dinero, y allí estuvo unos años hasta que decidió volver. Se casó muy enamorado y tuvo también cuatro hijos. Les ha querido siempre mucho a todos, pero tenía poca paciencia y hacían con él un poco lo que querían. Por no oírles les daba todo lo que le pedían, y trabajaba mucho para poder tener un buen nivel de vida.

Cuando nació su primera nieta, la tía Pepi la cuidaba como nadie. Ella siempre fue muy tierna y cariñosa, tenía una forma de ser muy especial. Cuando murió hace 14 años sin llegar a conocer al resto de los nietos que llegaron después, su familia la lloró amargamente. Un cáncer se la llevó en apenas un año. La incineraron el mismo día que bautizaba yo a mi hija. Entonces le escribí una carta a mi tío, que él agradeció mucho, a modo de consuelo y para transmitirle mi pesar y el cariño que por ella yo también sentía.

Sus cenizas fueron enterradas en el jardín de uno de sus hijos, y desde entonces mi tío Fonchi ha estado penando, saliendo con unas mujeres, con otras, hasta que hace 2 ó 3 años conoció a la que hasta ahora parece ser su relación más estable. Durante mucho tiempo llevó fotos de mi tía por los bolsillos para repartirlas a todo el mundo, como una forma de perpetuar su memoria y de seguir estando con ella. Recordaba el calvario por el que ella tuvo que pasar hasta que falleció y se sobrecogía. Estoy segura que en esos momentos habría cambiado muchas cosas del pasado si hubiera podido. La amargura le afiló la lengua, pero soportamos el chaparrón a la espera de tiempos mejores para él.

Las veces que más me he reído en mi vida y algunos de los ratos más divertidos que he pasado han sido en su compañía. Mi tío Fonchi es un torbellino de pasión, una fuente inagotable de sentido del humor picante y sarcástico muy al estilo del sur, un amante de la mujer en general. A mí siempre que me ve me dice que me quiere mucho, y la verdad es que es muy tierno cuando no está soliviantado con alguna preocupación. Su gusto por el cotilleo (aprovecha todas las bodas para criticar a unos y otros) tiene como contrapartida su abierta franqueza y su ingenioso sentido del humor. Recuerdo a la abuela riéndose a más no poder con muchas de sus ocurrencias.

Mi tío es ciertamente un hombre entrañable que necesita más que nadie el amor de los demás, aunque a veces parezca que está en guerra con todo el mundo. Es un niño grande que se siente a veces incomprendido, y al que no siempre supieron aceptar como es. Oculta su inteligencia y su sensibilidad tras una pudorosa máscara de desenfado y chanza constante. Pero los que le conocemos sabemos bien cómo es, y sin duda no hay otro igual.

viernes, 6 de enero de 2012

Reyes

Contemplando imágenes de la representación que de los Reyes Magos de Oriente se hacía en la pintura de siglos pasados, me parece muy curiosa la visión que de ellos se tenía entonces. El portal de Belén dejaba de ser un simple establo para convertirse en las ruinas de un templo o algún edificio señorial, entre las que se cobijaban una Virgen María y un San José con unas vestimentas lujosas que en ningún momento harían pensar que se trataban de personas pobres. Algunos artistas sí concebían un Nacimiento más acorde con las circunstancias, con sencillez de objetos y atuendos, pero el rollizo lustre del Niño Jesús, siempre con una piel blanca como el mármol, hacía pensar más en un cochinillo que en un recién nacido en una familia con escasos recursos. Había que disfrazar la pobreza, no se correspondía con la divinidad, o quizá no resultaba chic colgar un cuadro en tu palacio o en una iglesia en el que se representara la miseria de la humilde condición. Eran las modas de la época. Cualquiera sabe que la sencillez y la modestia son las mayores riquezas que puede atesorar el ser humano, y el divino también. Eran obras de arte maravillosas, pero poco convincentes.

Pero ¿cómo se concibe a los Reyes Magos hoy en día?. La magia que los envuelve casi desaparece cuando nuestros hijos crecen. Ellos ya no esperan la llegada de regalos traidos por unos majestuosos señores venidos de otros tiempos que también regalaron a Jesús. Era difícil imaginar tres camellos entrando por la ventana de casa, y con toda la parafernalia a cuestas. Yo de niña nunca me cuestionaba nada, pero mis vástagos hacían muchas preguntas.

Parece que la incredulidad o el escepticismo se ven recompensados con su confirmación en lo que es real, en la verdad a secas. Lo mágico no existe, la gente inventa sueños bonitos con los que evadirse de la cotidianeidad, con su lastre de rutina, pragmatismo y su lado material. Y así parece pasar con todos los ideales, con las buenas intenciones y con la ilusión.

Mis hijos sólo quieren dinero. El resto del año ya reciben regalos. A Miguel Ángel le compré dos videojuegos para Play 3 que no fue capaz de esperar al día de hoy para disfrutarlos, ni siquiera a la Navidad, si tanta prisa tenía. Ana se enfadó porque le hice un regalo sin consultarla, una mochila nueva para sus libros, porque la que tiene casi se cae a trozos. La que le he comprado le parece fea, y además ya debería saber que ella lo único que quiere siempre es ropa. De paso aprovechó para recordarme que nunca les traía las cosas que pedían en sus cartas a los Reyes cuando eran más pequeños. Dejaba las compras para el último momento y muchos artículos estaban ya agotados. Era difícil ocultar los regalos a la espera del día señalado en una casa pequeña como la mía, sin que se terminaran dando cuenta de dónde estaban, y más paquetes grandes como los que yo les traía. Su padre nunca quiso venir conmigo a comprarlos, y la verdad es que era mucho peso para mí. A él casi no le habían echado juguetes los Reyes en su infancia y no compartía la ilusión habitual de los niños en estas fechas.

Pero en el fondo los chicos siempre esperan algo, aunque estén todo el año recibiendo cosas. Les sigue gustando mucho los huevos de Pascua de chocolate que les dejo cuando están durmiendo, en la madrugada del día de Navidad, en unas botas de tela roja que cuelgan de la librería de nuestro salón. Este año fueron unas bolsas con huevos del tamaño de los de codorniz, y aunque les avergüenza reconocer que les hace ilusión porque ya son mayores, con una leve sonrisa y cara de gusto se los fueron comiendo despacito mirando juntos el Tuenti sobre la cama de Miguel Ángel. Las cosas que ellos necesitan no pertenecen al terreno material y, por tanto, ningún Rey Mago puede venir a traérselas.

Para el próximo año les compraré algo sin que ellos lo sepan y les daré la sorpresa, aunque cada vez es más difícil contentarles. Los chicos de hoy en día se comportan todos por el estilo, y yo pienso si no estaremos criando monstruos, seres necios y mezquinos apegados nada más que al vil metal. Se apreciaba todo mucho más antes, cuando había menos y todo costaba mucho más conseguirlo, pero las cosas son así.

Sea como fuere seguimos esperando la llegada de los Reyes Magos de Oriente, sea bajo la forma de tres señores muy elegantes ataviados con lujosos ropajes o sea bajo la forma del propio devenir de la vida, que no siempre tiene que traer malos obsequios bajo el brazo, a pesar de los tiempos que nos acechan. Los seres mágicos caben por sitios tan pequeños como una ventana, y si no ellos ya se las arreglarán.

jueves, 5 de enero de 2012

Un poco de todo (XXXII)


- Mis saludos a dos nuevos seguidores, intheriff, que escribe un blog de música muy interesante con muchísimos adeptos, y JerryF, cinéfilo como yo. Gracias por estar ahí.

- Compruebo con satisfacción que sube considerablemente el número de mis entradas con cada año que pasa. No tardará ya mucho en poder considerarse éste un blog veterano. Me sorprende lo poco que escribí el primer año, aunque puedo comprender por qué. Pasaba por un momento personal difícil y, gracias a la escritura, pude hacer frente a mis problemas y seguir adelante.

Es curiosa la memoria cómo funciona. Tenía la sensación de haber escrito mucho más en aquel primer año, pero la realidad fue otra. En mi situación por aquel entonces todo me parecía un mundo, todo me costaba un enorme trabajo, la inspiración no llegaba con mucha fluidez.

Cuando empecé a escribir este blog creía que me faltarían temas que tratar, o que no sabría cómo abordarlos, o que mi estilo no interesaría. Era como intentar abarcar la Tierra entera con las manos, como asomarse a un abismo en el que sólo nos aguarda lo desconocido y no sabemos qué nos va a pasar.

Cuán poca visión de futuro tenía, cuán equivocada estaba. Temas hay incontables, no hay espacio ni años suficientes para abordarlos todos, y mi estilo se va depurando con el paso del tiempo.

Sea como fuere, e independientemente del resultado, escribir sigue siendo una necesidad perentoria para mí, y sólo puedo agradecer a todos aquellos que me leen por su interés y perseverancia.

- Hace poco me metía en el Facebook de Irene Villa para dejarle mi mensaje de feliz Navidad. No sé por qué pensé en ella. Y curiosamente, en la conversación de esa tarde con mi hermana y mi madre dio la casualidad de que se pusieron a hablar de ella. Sabía que se había casado este verano, pero no sabía que fuera a ser madre. Me alegro muchísimo por ella.

Irene es una mujer increíble. Su inconmovible empeño por llevar una vida normal a pesar de todo hace que su vida sea extraordinaria. Hasta es campeona de esquí adaptado. A las personas así basta que se le pongan obstáculos por delante para que se crezcan y pasen por encima de ellos como si tal cosa, tienen una fuerza interior increíble.

En su blog dice, entre otras cosas, que está hecha de titanio, en alusión a sus piernas ortopédicas.

Han pasado 20 años desde el momento aquel en que la locura y la violencia quisieron arrebatarla de este mundo, infructuosamente por fortuna.

Conocí a su madre pocos días antes del atentado de que fueron víctimas ambas, cuando iba a renovarme el carnet de identidad. Ella estaba en la comisaría tras el mostrador y aguantaba las agrias quejas de un señor porque tardaban mucho en hacerse los trámites y había una larga cola de espera. Recuerdo a aquella mujer por la forma como le respondió. Dijo que ella era el último mono allí. Pero lo que me llamó la atención de ella no fue lo que dijo sino su talante, el aplomo con el que hablaba, la expresión de su cara. Me pareció alguien con una personalidad demoledora, muy fuerte por dentro.

Me sentí sobrecogida cuando supe poco después lo que les había sucedido.

Ahora veo a Irene hacer su vida como si tal cosa y me siento feliz por ella, por ellas. Son una fuente de inspiración.

miércoles, 4 de enero de 2012

¡Oh mi capitán, mi capitán! (El buen profesor)


Estaba viendo Adiós, Mr. Chips, que cogí ya muy empezada, película que ponen todas las Navidades, cuando me dio por pensar en todos y todas los Mr. Chips que he conocido a lo largo de mi vida, no muchos la verdad.

La srta. Pilar López cuando tenía 9 ó 10 años, que sólo estuvo un año en el colegio, a la que todos acudíamos como abejas a la miel. No recuerdo cómo daba las clases, pero sí de la sensación de paz que nos transmitía, su sosiego y su enorme afecto. Todos estábamos ansiosos de una palabra amable, de una consideración y un respeto que no solíamos encontrar. Tendría treinta y pocos años por entonces. Sencilla, cariñosa, derrochaba amor por los cuatro costados como algo que salía de ella sin ningún esfuerzo, espontáneamente. Lamentamos mucho que se marchara, intentamos convencerla para que se quedara pero no fue posible. Había tenido un encontronazo con el director y no estaba a gusto. La recordamos con veneración durante mucho tiempo, y casi nos llegó a parecer irreal, su imagen diluida en la niebla del pasado, porque una persona tan especial parece increíble que pueda existir.

D. Enrique me recordaba al profesor de Los niños del coro, sólo que tenía un poco más de mal genio. Cincuentón, soltero, sin hijos, sus alumnos éramos esos niños que nunca había tenido. Su vida era la enseñanza, y a ella se entregaba con todo su afán.
La srta. Mª José, que nos dio clase cuando teníamos 12 y 13 años, era una casi treinteañera muy sesuda y liberal que gustaba de darnos consejos para la vida y de hablarnos de sus experiencias personales, sobre todo en relación a la amistad y la familia. A veces era un poco sarcástica, pero nos quería a todos a su manera y nos lo hacía notar. Fue a visitarnos acompañada de su novio cuando ya estábamos en el instituto. Se preocupaba siempre mucho por nosotros.
En la facultad hubo una profesora, una rumana de unos 30 años, que nos hablaba de la situación de su país en aquella época, tan delicada, y se lamentaba de que allí no existían libertades ni derechos humanos. Siempre parecía triste. Era una persona muy sensible, muy dulce. Murió de cáncer, al igual que un hermano suyo, poco tiempo después.

Me preguntaba al ver la película que antes mencionaba qué sería de Mr, Chips en los tiempos actuales. Un profesor con un grado de implicación como el suyo, con una vocación como la que él tenía, que hacía de sus alumnos seres a los que considerar individualmente, no como una masa. Conocía a todos y cada uno de los que pasaban por sus clases como si fueran miembros de su familia, y eran multitud. Casado y sin hijos, su ternura, su rectitud, su talante sentimental, le hacían ser respetado y muy querido por todos. Era sencillamente adorable.

“¿Por qué se tiene que ir mamá?”, me preguntaba mi hija que, mientras se arreglaba para salir, echó un vistazo a la televisión en el momento en que Mr. Chips hacía su discurso de despedida. Las cosas tan tiernas que les decía a sus alumnos y la reacción de éstos, que prorrumpían en ovaciones y casi no le dejaban hablar, llamaban la atención de Ana y seguramente le hacían reconocer ese algo especial que sólo tienen unos pocos docentes, que hacen que se los recuerde para el resto de nuestras vidas.

Ella sin duda se acordaría de Vicente, el profesor que tuvo con 7 y 8 años, un hombre que siempre lucía una sonrisa en los labios. Era una persona muy entrañable, y al mismo tiempo decidido y seguro de sí. Sabía valorar y promocionar a sus alumnos y hacía que el estudio fuera algo interesante. Al final de curso se hizo una foto con cada uno de ellos, la pegó en un diploma y escribió el siguiente texto, cada uno con su nombre: “A Ana, se lo ha ganado por termina su primer ciclo de Educación Primaria con esfuerzo e ilusión”. Luego les regaló un libro a cada uno también.

Escuchaba en el programa de entrevistas de Iñaki Gabilondo en televisión las palabras de Emilio Lledó, filósofo y profesor retirado. Daba gusto oirle hablar. “Me siento orgulloso, cuando fui profesor, de haber creado un espacio humano y social”. Es una persona muy mayor con valores eternos, valores que pertenecen a todas las épocas. “La decencia, es una palabra tan bonita”. “Si en la vida hay que oponerse se debe hacer con armas humanas”. Él está convencido de que las mentes prodigiosas abundan entre la multitud de seres anónimos.“Palabras claras, limpias, que salen de la boca de personas inteligentes y sabias, de las muchas que se pueden oír por ejemplo en la radio, en algún programa matutino, mientras desayuno”.

Mr. Chips sería una figura única en un mundo como el de hoy, alguien al que terminarían imitando el resto de los profesores, los que tuvieran cierta vocación. Los valores que transmitía nunca estarán trasnochados, porque son los pilares de una sociedad sin los cuales ésta se derrumbaría. Hay actualmente una gran falta de humanidad y de respeto en las aulas, cuando el alumno necesita más que nunca ser atendido y valorado como persona, y el profesor también.

Tendría que haber muchos Mr.Chips que fueran como él capaces de crear un clima de confianza y respeto mutuo, personas capaces de transmitir los conocimientos interesando a los que los escuchan, sin aburrir. Personas cuya generosidad fuera más allá de la perfección o la excelencia académica, y se extendiera también a las relaciones humanas. Habría que derribar las barreras que unos a otros nos imponemos, descubrir nuestras almas desnudas y ponerlas en la palestra. Sin tabúes, sin prejuicios, que fuera posible hablar sobre cualquier cosa sin ambages, no sólo de lo que está escrito en los libros. Qué son un montón de datos sin un trasfondo humano, sin un sentido práctico que los pueda hacer aplicables a nuestras vidas. Y eso sólo lo puede hacer el buen profesor.

Pero pocos profesores hay que despierten el apoyo incondicional de sus alumnos, como en El club de los poetas muertos. Alguien que enseñaba a los chicos a pensar por sí mismos, que les mostraba no sólo la pura teoría sino también el sentido de todo, y que por salirse de las normas establecidas fue denigrado por el sistema. No puedo dejar de recordar a aquellos chavales puestos de pie sobre sus pupitres, que se despedían de él exclamando alternativamente una frase de un poema de Walt Whitman que les había enseñado: “¡Oh mi capitán, mi capitán!”.

martes, 3 de enero de 2012

Pintura hiperrealista (XXVII): Jelaine Faunce


Jelaine Faunce es una pintora norteamericana especializada, como veis, en retratar todo tipo de tazas de café o té, además de toda clase de dulces. 

Pintura al óleo sobre lienzo, con una magnífica recreación de líquidos, cristal, porcelana y texturas en general, así como de reflejos metálicos, colores, luces y sombras.

Los objetos parecen tener relieve, como si se fueran a salir del cuadro.




















lunes, 2 de enero de 2012

Anfitriona


Esto de ser anfitriona no es tarea fácil. En estas fechas de tanto festejo nuestras habilidades como tal son puestas a prueba.

Cuántos libros se han escrito sobre el tema, y cuán de moda están los cursos que pretenden enseñarnos la mejor manera de recibir a nuestros invitados en casa. Desde originales recetas o los platos más adecuados para cada ocasión, hasta la disposición de la mesa y la decoración del hogar. En foto todo queda maravillosamente, los resultados de las sugerencias hechas por los expertos dan muy buen en cámara pero, como todo lo que se desea que resulte bien y sea bonito, requiere un esfuerzo que, a mí particularmente, me suele dar mucha pereza llevar a cabo.

Me preguntaba hace poco cómo sería eso de tener personal a tu servicio para hacer las tareas de la casa. No la asistenta que te viene a limpiar o a planchar 2 ó 3 veces en semana, sino un montón de gente empleada sólo para satisfacer tus necesidades domésticas. Nunca más tener que cocinar, ni hacer camas, ni limpiar, ni hacer compra, ni tender, ni coser, ni planchar… La perspectiva resulta muy halagüeña. Al cabo de un rato sentía un gran placer recreándome en esas ensoñaciones, tan frecuentes en mí por otra parte. Me noté relajada, desentumecida, despreocupada, libre de las pesadas cargas materiales que la vida nos impone.

Y yo, como cuando empiezo así ya no hay quien me detenga, seguí dándole bola y terminé viéndome en una gran casa como las que salen en las películas americanas, no tipo adosados tan corrientes aquí, sino una de planta grande, con un gran porche y precioso jardín con arboleda. El otro día viendo la enésima versión de Mujercitas, la interpretada por Winona Ryder, me recreaba en la contemplación de la casa familiar, tan confortable y acogedora por dentro, con chimenea en cada habitación, y tan señorial por fuera, rodeada por una valla y con su buzón para la correspondencia con una forma divertida. El paisaje estaba nevado, y las casas se alienaban a un lado de un sendero con cierta distancia entre sí. Maravilloso. Lo mismo que cuando nos ponen en estas fechas películas como Solo en casa, en las que salen casas increíbles de varias plantas decoradas con un gusto exquisito, para ponernos los dientes largos.

Volví a la cruda realidad cuando me estalló una pinza en la mano mientras tendía la ropa. Qué dolor. Mis oníricos pensamientos me llevan demasiado lejos y bajar de las nubes tan bruscamente no es muy agradable que digamos.

Como anfitriona no me estoy luciendo mucho en los últimos tiempos. Este año, en la cena de Nochebuena, todos tuvieron que añadir sal a la sopa a pesar de haberla probado yo primero y parecerme que estaba bien, el pescado en salsa con gambas se quedó sin salsa, y el helado de postre estaba tan congelado que hubo que meterlo en el microondas. El año pasado el cordero asado que puse se quedó medio crudo porque el horno no funcionó bien.

Siempre me propongo, al comenzar un nuevo año, aprender muchas recetas diferentes con las que agasajar a mis invitados y despertar el interés de mis hijos en las comidas diarias, pero la pereza me vence. Me encanta ver las fotos de los platos elaborados por expertos gourmets o las de decoración de interiores en las revistas, disfruto imaginando todo eso para mí, pero luego no me siento capaz de llevarlo a la práctica. Será porque tengo poca confianza en mis posibilidades, además de vaguitis.

Yo me sigo viendo recibiendo a mis invitados más fresca que una lechuga sin haber tenido que trabajar, respaldada por un ejército de personas dedicadas a mi exclusivo servicio doméstico. Los agasajados alabarían mis platos y admirarían a mi chef, preciada joya que todos querrían disputarse y de la que no me desprendería ni por todo el oro del mundo. Dispondría con él los platos a servir en cada ocasión como si de una aristócrata se tratara. No me importaría ser una inútil reconocida teniendo esos privilegios para mí. Antes al contrario, realizar una misma las tareas de la casa sería una vulgaridad. Aunque me parece a mí que los demás aprecian más lo que has preparado con tus propias manos, porque eso significa  que has hecho un esfuerzo personal para contentarles, que incluso has dejado parte de tí en la comida (el sudor que te cae de la frente con el calor de los vapores, las lágrimas que te corren por las mejillas al cortar la cebolla...). 

Hay gente que es muy dispuesta. Yo me ahogo en un vaso de agua, nada me parece que esté lo suficientemente bien. Pero espero, con el tiempo y con perseverancia, llegar a ser una buena anfitriona.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Marie Curie: una vida entregada a la ciencia


Si alguien dio alguna vez la vida por la ciencia, consumiéndose hasta las últimas consecuencias, esa fue Marie Curie. En tiempos en que el rol de la mujer en la sociedad era casi nulo, esta polaca fue la primera mujer en ganar un Nobel y la primera persona en obtenerlo dos veces.

Sus investigaciones sobre la radiación salvan hoy millones de vidas, pero su historia personal, sus amores, sus miedos, sus pasiones... quedan muchas veces ocultos tras su impresionante legado.

Marie yace postrada en una cama, casi ciega y sabe que su vida, presa de la leucemia, se apaga. Tiene 66 años. Es primavera en París. Hace unos meses que ha regresado de su Polonia natal, el último viaje. En el hospital del barrio parisino de Passy, donde la atienden, espera el final, consciente y tranquila. "La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones", le dice a su hija menor, Eve, que la acompaña en su enfermedad. Y en esos días, mientras apenas aprecia ya la luz del verano que se acerca, va desgranando para ella los recuerdos de toda una vida.

Recuerda Marie cómo con apenas 20 años, y cuando todavía usaba su nombre polaco, Manya Sklodowska, recorría las calles de Varsovia, ofreciéndose como institutriz y soñando con estudiar en la universidad de La Sorbona, en París.

Marie tiene un expediente académico brillante, una capacidad de trabajo envidiable, habla con fluidez polaco, ruso, alemán y francés, pero en la Polonia del último cuarto del siglo XIX una mujer no tenía posibilidades de cursar estudios superiores, y la economía familiar no hace posible enviarla a París.

Hija de un profesor de ciencias y una maestra, es la menor de cinco hermanos y su adolescencia queda marcada por la muerte de su hermana mayor, Zofia, como consecuencia del tifus, y dos años más tarde la de su madre, por tuberculosis. Marie podía haberse hundido, pero hizo todo lo contrario. Se puso de acuerdo con su hermana Bronya, tan brillante como ella, para ayudarse mutuamente. Manya trabajaría como institutriz en Polonia para costear los estudios de Medicina de su hermana en París y, cuando ésta terminase, la ayudaría a ella a costear su carrera.

En 1891, con 24 años, Manya llega finalmente a París, cambia su nombre por Marie y se matricula en la Sorbona para estudiar Física y Matemáticas. Rechaza la invitación de su hermana de vivir con ella y su marido, un médico polaco, para instalarse, mejor, en un pequeño ático frío y lúgubre del Barrio Latino, más cerca de la universidad. Las aulas, los libros, las conferencias... eran toda su vida. "Aquellos años fueron intensos y consagrados al estudio. Apenas tenía dinero, la estufa de carbón era un elemento decorativo; la comida, apenas un recuerdo... pero nunca me importó". En 1893 obtuvo la licenciatura en Físicas, como número uno de su promoción, y al año siguiente la de Matemáticas, como la segunda del curso.

Cuando rememora aquellos tiempos para su hija Eve en el hospital de Passy, aunque la anemia aplásica que sufre le causa una enorme fatiga y le quita el aliento, sonríe. "¿Tu padre? El matrimonio y los hombres nunca fueron un tema que me preocupase. Además, ¿quién iba a fijarse en una mujer pálida, escuálida y todo el día rodeada de libros? Bueno, pues... otro físico, el señor Pierre Curie". Después de algunas fórmulas matemáticas y sin más testigos que la investigación y la ciencia, se casaron. "Unas bicicletas y la campiña francesa fueron nuestra luna de miel. Alquilamos un pequeño apartamento con lo esencial e instalamos nuestro humilde laboratorio en un cobertizo abandonado. En aquel miserable cobertizo fue donde transcurrieron los mejores y más felices años de nuestra vida, enteramente dedicada al trabajo".

Los Curie fueron durante sus once años de unión un matrimonio consagrado a la ciencia. Con el apoyo de Pierre, Marie decidió preparar su tesis doctoral sobre la naturaleza de las emisiones producidas por el uranio recientemente descubiertas por el físico francés Henri Becquerel. Había nacido lo que Marie denominó la 'radiactividad'. Además, ella y Pierre consiguieron aislar dos nuevos elementos químicos: el polonio (en honor a su patria) y el radio. Realizaron las investigaciones en un laboratorio casero, sin seguridad alguna.

Su trabajo se vio recompensado con el Nobel de Física en 1903. Marie tenía sólo 36 años. "Sabes lo poco que me gusta exhibirme en público, pero debía recoger el premio. Tu padre había luchado mucho por acallar los rumores que decían que yo solo era su ayudante, pero, aun así, el presidente de la Academia Sueca me recordó que solo era una mujer: `No es bueno que el hombre esté solo, haré ayuda idónea para él´, citó del Génesis. Hoy sé que me equivoqué; no debí callar. Solo a tu padre dije lo que pensaba: Las mentiras son muy difíciles de matar, pero una mentira que atribuye a un hombre lo que en realidad era el trabajo de una mujer tiene más vidas que un gato".

Con el dinero obtenido y la concesión a Pierre de la cátedra de Física de la Sorbona logran vivir más holgadamente ("compramos una bañera", le cuenta a Eve), pero renuncian a patentar sus hallazgos. Durante estos años tienen, además, dos hijas, Irène y la propia Eve, que pasan muchas horas al cuidado de su abuelo paterno, viudo.

Y, entonces, una desgracia repentina. Pierre es atropellado por un pesado carruaje y muere. "Un carro, la lluvia, tu padre que siempre andaba inmerso en nuestras investigaciones... la fatalidad lo quiso. No podía aceptar la pensión que me ofrecieron, pero sí acepté la cátedra de Física vacante tras la muerte de Pierre". Era el 15 de noviembre de 1906, la primera vez que una mujer impartía una clase en una universidad. Otro hito.

Pese al dolor, Marie sigue con sus investigaciones e impartiendo clases. Pero una sociedad misógina criticó que no guardara luto por la muerte de su marido. Se rumorea incluso un supuesto romance con el físico Paul Langevin, casado. "Me acusaron de ladrona de maridos, y Le Journal me regaló una portada, cosa que no hizo con el Nobel. ¿Sabes lo que me dolió de verdad? Cuando en 1910 solicité el ingreso en la Academia Francesa de Ciencias, a la que perteneció tu padre, y me fue denegado por un voto. Más tarde supe que en las votaciones se dijo: `Las mujeres no pueden entrar en la academia´. Eso sí me dolió".

Pero nada de esto pudo con ella, y en 1911 se le otorga el Nobel de Química por el descubrimiento y aislamiento del radio. Es la primera persona en obtener dos Nobel. Y solo con 44 años. Poco después, Irène pasa a ser su asistente en el laboratorio, estalla la Primera Guerra Mundial y Marie crea 18 unidades móviles de rayos X para los hospitales de campaña en los que diagnosticar a los soldados heridos. Aquellas unidades se llamaron `petites Curie´. "La guerra, hija, es la mayor miseria humana y aquella embargó de locura a todo el mundo. Así que decidí invertir mis años de investigación en aliviar el sufrimiento humano".

Tras la capitulación y pese a lo poco que le gustaba exhibirse en público, Marie viaja con sus hijas a EEUU para recaudar fondos y seguir investigando. La gira fue un éxito, pero de regreso a Francia su salud comienza a debilitarse. Habían sido muchos años trabajando con materiales radiactivos sin ninguna protección, incluso sus notas, manuscritos y todo el material conservado siguen siendo radiactivos y se conservan en recipientes de plomo. Mientras Eve acompañó a su madre a un sanatorio, Irène, ahora Irène Joliot tras casarse con el físico Frédéric Joliot, continuaba los trabajos de su madre. En 1935, el matrimonio Joliot-Curie es galardonado con el Nobel de Química por el descubrimiento de la radiactividad artificial. Irène murió en 1956, 22 años después de su madre, también de leucemia, por su alta exposición.

Eve fue la única de la familia que no se dedicó a la ciencia. Pianista y escritora, es la autora de la mejor biografía de su madre. Eve falleció en 2007, con 103 años. "Al nacer yo, mi madre tenía 37 años. Cuando estuve en la edad de conocerla bien, era una anciana ilustre, la `ilustre investigadora´. En cambio, me parece haber vivido siempre al lado de la estudiante pobre y soñadora que fue Manya Sklodowska. En el instante mismo de su muerte, seguía pareciéndose a aquella joven. Era aún dulce, obstinada, tímida y curiosa. Marie tuvo en un cementerio silvestre, entre las flores del estío, un entierro silencioso y sencillo, como si la vida que terminaba semejara a tantas otras".

 
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