lunes, 29 de octubre de 2012

Kubrick


Veía hace poco la famosa 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, y volví a sorprenderme, una vez más, como en las anteriores ocasiones en que la he visto. Empezando por el año en que fue hecha, 1968. Nadie diría al verla que alguien podía tener ya entonces una visión de futuro tan certera como la que tuvo este director. Casi da miedo. Cómo consiguió imaginar esos ambientes, esas formas de vida. Los sistemas de seguridad de reconocimiento de un sujeto por la voz, las videoconferencias, las pequeñas pantallas detrás de los asientos de un avión, cosas que ahora nos son familiares, entonces eran impensables.

Me maravillan sus encuadres perfectos, profundamente artísticos. Esa puerta que se abre para dar paso a un espacio circular y concéntrico, simétrico, perfectamente blanco. Esas salas inmensas con suelos luminosos, asépticas, frías, simétricas también. Las naves con diseños mucho más innovadores que los que luego se emplearían en La guerra de las galaxias, navegando por el espacio infinito majestuosamente, al son de un vals vienés o de música clásica.

Los espacios cambiantes, donde el suelo se convierte en el techo del ambiente siguiente, dinamitando las referencias de orientación, modificando una y otra vez la visión del entorno.

Hay una quietud deliberadamente inquietante en toda la película, desde la forma de caminar en la ingravidad de todos los personajes, hasta la manera lenta y mecánica de hablar de la máquina que controla la nave, o la cadencia de la música de fondo. Hay también muchos minutos de silencio que nos abocan a la inmensidad de los espacios, la frialdad de las estancias, los planos fijos mantenidos durante mucho tiempo durante los cuales apenas hay cambios. La interrupción repentina de estos silencios con otro sonido repetitivo y machacón que se prolonga largo rato, produce desasosiego, es como si despertara nuestros sistemas de alerta y nos machacara el cerebro, anestesiados por el mantra sonoro y, al mismo tiempo, angustiados por la incertidumbre de algún peligro inminente que parece cernirse sobre nosotros.

El viaje del protagonista a través del espacio-tiempo, ya casi al final, surcando mares, montes, paisajes diversos apenas vislumbrados, a gran velocidad, coloreados con tonos increíbles, combinados con gran gusto, nos ofrece un recorrido fantástico y psicodélico por el que nos dejamos llevar, abandonados a lo que la voluntad de Kubrick nos quiera conducir.

El contraste entre nuestro pasado, los simios que se pelean entre sí y aprenden el uso de la fuerza (el primer asesinato), y nuestro futuro, las naves espaciales, la colonización de otros mundos, es bestial. En 1968, cuando se rodó el film, descolocó a todos, cambió perspectivas y mentalidades, porque si ahora estamos habituados a muchos de los elementos que la ciencia-ficción nos ha aportado a lo largo de los años, en aquel entonces no era así, todo fue novedoso e impactante.

El cine de Kubrick ha sido siempre muy espectacular, en nada parecido a cualquier cosa hecha anteriormente, y ha abordado temas extraños, inquietantes, de forma controvertida, como sucedió en El resplandor, aquellos tsunamis de sangre inundando espacios, el miedo latente en cada rincón, los sonidos machacantes y las imágenes oníricas. Una vez más los encuadres simétricos en amplios espacios, el suelo con baldosas negras y blancas que se repiten hasta el infinito, como una pesadilla.

Seres atormentados, presencias latentes, una maldición que flota en el ambiente, inexplicable e inexorable, son temas recurrentes.

Kubrick no gozó de la estima de sus compañeros de profesión, ignoro si era porque no le entendían o por su forma de ser tan particular. Era una persona compleja a la que había que entender y aceptar tal cual era. A mucha gente le desagradaba. Fue, sin duda, distinto, polémico, rotundamente original.

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