jueves, 3 de septiembre de 2009

El camino de los sabios




Ha sido interesante el último libro que he leído, “El camino de los sabios”, que compré de casualidad y cuyo autor desconocía, Walter Riso. En él presenta un enfoque vital, una manera distinta de ver las cosas y una forma de crecimiento personal desde la óptica de cuatro filósofos clásicos: Sócrates, Epicuro, Diógenes y Epícteto.
Filosofía terapéutica lo llama, aplicable a la vida cotidiana aún muchos siglos después de haber sido pensada.
Junto con algunos principios y afirmaciones básicas de todos sabidas, planteadas de forma directa y con gran sencillez, hay algunas otras observaciones que me han parecido dignas de mención porque me han dado qué pensar.
Se dice por ejemplo que “la genética tiene algunos principios no negociables: la libertad es uno de ellos”. Y continúa: “Algunas aves que a simple vista parecen desesperanzadas y resignadas, se lanzan al vacío en cuanto se les abre la jaula (…) No dudan un instante”.
Quizá sea el impulso vital más fuerte y persistente de todos cuantos tenemos, una pulsión que no se acaba nunca y que nos acompaña hasta el mismo día de nuestra muerte. Podemos renunciar a otras cosas a lo largo de la vida, pero a la libertad nunca, y cuando eso sucede entonces morimos, si no físicamente sí por dentro. Esta libertad es un estado mental más que otra cosa, porque aunque exista un yugo que nos esclavice o una situación que nos atenace, en nuestro interior hay una parcela de absoluta independencia que sólo puede ser invadida y destruida cuando nos suceden cosas que van más allá de lo humanamente tolerable.
Otro punto interesante es aquel que dice “reconocemos nuestro “yo” en la acción misma de vivir, en el ensayo y el error, en las relaciones que establecemos con los demás y en cualquier acontecimiento que active nuestros esquemas latentes: cada situación es una oportunidad para saber más de ti mismo”. Y es bien cierto. Si viviéramos solos en una isla no nos conoceríamos verdaderamente a nosotros mismos. Nuestro propio conocimiento no proviene únicamente de la visión de nuestra imagen en el espejo o de la reflexión acerca de nuestros actos, sino sobre todo del impacto que causamos en los demás. Los otros son los que corroboran lo que decimos o lo ponen en duda, ellos construyen nuestro universo personal quitando un poquito de aquí y poniendo un poquito allá. Y nuestra casa nunca está completa: a lo largo de toda nuestra existencia se va cimentando y añadiendo nuevos ladrillos hasta que casi al final de la vida conseguimos un edificio más o menos completo. A veces pequeñas grandes catástrofes personales hacen que una parte de lo construido se desmorone, pero los nuevos materiales con los que hacemos la reconstrucción son más fuertes y mejores que los que perdimos. En realidad nunca terminamos de conocernos por completo, nunca sabremos de lo que seremos capaces en situaciones límite hasta que no se producen. Hay además un pequeño reducto interior que es sólo nuestro y sobre el que los demás no tienen ningún control, la independencia de criterio.
Es cierto que utilizamos sólo una pequeña parte de nuestras capacidades, mentales y emocionales.
Riso dice también: “El crecimiento personal puede verse como una estética de la existencia: consiste en recrearme a mí mismo como una obra en la que soy arte y parte (…) La idea que tenemos es que el aprendizaje implica “agregar” algún tipo de conocimiento más que eliminar y/o depurar el que ya poseemos (…) Cuando eliminamos un miedo, prescindimos de un mal hábito o extirpamos una adicción, sin darnos cuenta estamos esculpiéndonos a nosotros mismos”. Cuando nacemos somos materia en estado puro, con todas las cualidades posibles y latentes imaginables, pero es a lo largo de los años cuando nos vamos puliendo, cuando limamos asperezas y nos convertimos, al igual que sucede con las piedras preciosas, en una piedra llena de brillos y belleza. Descubrimos lo que valemos, nuestros potenciales. El resultado podrá ser más o menos perfecto, pero ahí está, luciendo hasta que nos extinguimos.
Otra idea que me ha parecido muy interesante surge de la afirmación de Walter Riso: “Basta una dosis de insolencia inteligente o de oposición sensata para, si somos honestos, sentirnos mejor y fortalecer el “yo” (…) Hay una necesidad irrenunciable del ser humano de salvaguardar su dignidad, especialmente en las causas que parecen perdidas”. No se trata de conseguir la armonía y la paz interior diciendo que sí a todo para no crearse conflictos y formar parte del rebaño de borregos general. No es cuestión tampoco de estar todo el día de reivindicaciones y protestas, en estado de ira permanente, pero sí hay que tener un espíritu crítico, cuestionarse lo que nos rodea, indignarse un poco de vez en cuando y despotricar si llega el caso, por qué no. Mi profunda admiración y respeto por los que dedican su vida e incluso la pierden por una causa justa. Yo no sería capaz de tanto. A pesar de llegar a morir en el intento, parece que luchar por unos ideales llena de sentido una existencia y hasta hace que el sacrificio final alcance valor de símbolo.
Es muy esperanzador cuando dice “hacer de la adversidad un motivo de crecimiento”. Yo de eso sé un rato, y no es tan sencillo como parece según lo plantea. Normalmente la adversidad es motivo de retroceso, de involución, de “horror vacui”. De pronto nada tiene sentido, es como asomarse a un abismo insondable en el que te da la impresión que vas a caer como sigas mucho más rato mirando. Pero, como sigue diciendo, “poseer el control sobre el propio “yo” es motivo de felicidad (…) Lo que guía esta máxima es la búsqueda de la moderación: ceder al placer sin perder el mando. Obviamente, esto significa que siempre habrá alguna tensión interior, cierta contención de los impulsos dirigida por la razón: lo que quiero y lo que debo”. Qué fácil es caer en la tentación, aunque sepas que detrás puede haber un infierno. Debe ser como el que empieza a coquetear con las drogas porque con ellas experimenta sensaciones muy fuertes que de otro modo no experimentaría, hasta que llega el día que se encuentra cara a cara con la muerte. Hay muchas cosas en la vida que pueden llegar a ser igual de adictivas y peligrosas.
Nos tenemos que dar un poco de cancha, concedernos un margen de acierto-error razonable, pero no podemos permitirnos errar el tiro demasiado. Tolerantes y exigentes, pacíficos y combativos, prudentes y un poco locos. La vida consiste en eso, en una constante dualidad de fuerzas contrapuestas que se equilibran y complementan. No sé si será el camino de los sabios que apuntaba Walter Riso en su libro, pero sí puede que se le aproxime bastante.

1 comentario:

Maria Principal dijo...

Me alegra mucho encontrar a alguien que nunca haya leido a walter riso y poder leer que una vez más tan ricos comentarios sobre un libro de este autor, ya buscare este libro y podre dar alguna sintesis propia, por lo tanto querida amiga pilar no dejes de leer cualquier otro tema de este gran autor, en mi caso el preferido es "amar o depender" lo he leido cantidad de veces y todo el tiempo me gusta mas.

 
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