miércoles, 4 de mayo de 2011

El mejor amigo del hombre (y de la mujer)


Cuántas veces he pensado en tener un perro en casa, y me he echado para atrás porque iba a pasar muchas horas solo por la mañana, y en un piso no podría llevar una vida adecuada para él. Los perros necesitan grandes espacios y libertad para moverse.

Los animales me gustan casi todos, pero es cierto que los cánidos parece que son los que mejor se han adaptado a las costumbres de los humanos. Hace poco leía un reportaje que me desvelaba muchas particularidades que desconocía sobre ellos.

Una investigadora ha publicado recientemente un estudio en el que se han llegado a conclusiones sorprendentes. Su dependencia respecto a nosotros es menos jerárquica de lo que se creía. Atienden nuestras órdenes porque somos proveedores de comida y cobijo. Nos miran a los ojos.

Los perros son animales delicados cuanto más pedigrí tengan. Los de pura raza son más susceptibles a enfermedades hereditarias. Además se piensa erróneamente en ciertas razas como las más agresivas (rottweiler, doberman, pitbull), quizá por su tamaño, cuando se ha demostrado que es el teckel el que se lleva la palma de la mano, sólo que al ser pequeño se le puede meter en una bolsa y llevarlo a donde se quiera.

Para los canes, las personas somos puro olor. Y no sólo por la ropa que llevamos puesta o los objetos que tocamos. Despedimos unos efluvios que tienen que ver con nuestra ansiedad, tristeza o miedo. Las emociones huelen porque conllevan cambios fisiológicos y metabólicos. Esto permite poder identificar enfermedades. Hay perros a los que se ha potenciado su capacidad de detectar alteraciones en los niveles de azúcar para avisar a sus dueños, diabéticos. Lo mismo ocurre con los epilépticos. También se está entrenando a perros para que reconozcan los olores bioquímicos que desprenden los tejidos cancerosos. En ciertos cánceres, como el de mama, de colon, pulmón y melanomas, tienen una tasa de acierto del 95%.

En un reportaje en televisión vi lo importante que era su pequeño yorkshire para una mujer que padecía diabetes. Antes de tenerlo se la encontraban con frecuencia sin sentido en cualquier parte. Desde que estaba con ella se puede decir que le había salvado la vida en muchas ocasiones.

También vi cómo un perro de terranova interactuaba con un niño con problemas de disminución sensorial. Desde que estaba con él había mejorado notablemente. Lo mismo que un niño autista con un pastor alemán. La confianza que tenía con él y el entendimiento al que habían llegado no lo había conseguido con nadie más.

Y algo que desconocía: se emplea a presos en las cárceles para ayudar a entrenar perros. Los reclusos mejoraban su actitud y la concepción que hasta entonces tenían de las autoridades gracias a su labor con los animales. Era darles una ocupación constructiva, hacerles responsables de un ser vivo que les correspondía ampliamente con su atención y su afecto.

Los perros nos miran a la cara para ver nuestra expresión y saber cuál es nuestro estado de ánimo. También lo saben por los cambios en el tono de la voz, y son capaces de identificar decenas de palabras. En el caso del chaser, un border collie, son 1.022. Su habilidad está siendo estudiada para entender los mecanismos neuronales. Algunos científicos comparan la edad mental de un perro espabilado con la de un bebé de tres años. Yo personalmente creo que tanto en inteligencia como en sensibilidad pueden llegar a superarnos. No hay más que ver el cuidado que tienen con los pequeños, cómo están absolutamente pendientes de sus dueños, la forma como pueden rastrear la vuelta a casa cuando son abandonados a cientos de kilómetros, cómo dejan de comer cuando su dueño muere.

Los cánidos pueden ser una especie de detector de mentiras, pues son sensibles a los cambios de olores que se producen con el estrés. También notan la tensión de los músculos, la aceleración del ritmo respiratorio y la mirada furtiva.

Estos animales sienten las mismas cosas que las personas con quienes conviven. Hay una correlación entre los niveles de testosterona humana y los de cortisol canina (la hormona del estrés). A más agresividad en el dueño, más estrés de su perro. Por el contrario, si la convivencia es buena, el beneficio es mutuo: en los humanos suben las endorfinas (placer), la oxitocina y la prolactina (sociabilidad), por lo que se reduce el riesgo de depresión. En los perros se ralentiza el ritmo cardíaco.

Ellos experimentan el día con gran intensidad. Nosotros somos su principal fuente de información: les organizamos la jornada ajustándola a la nuestra y los habituamos a ciertas costumbres. Tienen muy desarrollado el “núcleo supraquiasmático”, una especie de marcapasos cerebral situado en el hipotálamo, que es como un reloj interno, y otros mecanismos muy sutiles. Por el aire de una habitación saben en qué punto del día nos encontramos: nosotros no percibimos los microdesplazamientos de aire caliente que se forman al acabar el día y que se deslizan de las paredes hacia el techo.

Los sentidos de los perros perciben muchos más detalles que nosotros, pero carecen de visión de conjunto. Aprenden, pero no saben generalizar. Experimentan, pero no examinan sus propias experiencias. Perciben cuando están en peligro ellos o sus dueños, pero al mismo tiempo son capaces de sobreponerse a su instinto de supervivencia para salvar a otro perro o a una persona. Y sienten angustia. Experimentan el abandono y la soledad de un modo intensísimo. Quién no ha oído lamentarse a un perro porque lo han dejado solo en casa, o en la calle, fuera de un establecimiento porque no pueden entrar.

Finalmente, tienen una conciencia intuitiva de su propia mortalidad: cuando se están muriendo hacen grandes esfuerzos para alejarse de su familia, canina o humana, y retirarse a un lugar tranquilo, donde poder terminar en paz.

Los perros tienen unos instintos muy desarrollados y una capacidad innata para muchas cosas, no sólo saben porque son entrenados. Deberíamos ser nosotros los que aprendiéramos de ellos, de todos los animales.

2 comentarios:

Nietzsche dijo...

Milán Kundera escribió que el amor en la pareja humana es, a priori, peor que entre una persona y un perro. Decía que éste es un amor desinteresado, la persona no quiere nada del perro, ni siquiera le pide amor. Nunca se plantea los tradicionales interrogantes (¿me ama? ¿más que yo a él? ¿ama a otros?) que analizan y miden el amor, a veces destruyéndolo antes de que germine. La persona ama al perro tal y como es, queriéndo únicamente su presencia, sin exigirle cambiar ni que le devuelva el cariño dado.

pilarrubio dijo...

Y esta inteligencia y sensibilidad se puede extender a otros animales, aunque el perro es el que nos es más cercano. Gracias por tu comentario.

 
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