miércoles, 10 de septiembre de 2014

Kate y Leopold

 
Leopold es un duque que vive en el Nueva York de 1876. En un momento crucial de su existencia, cuando su tío le obliga a decidir, en el baile que se dará en su casa esa noche, con cual mujer adinerada habrá de casarse, ya que al morir sus padres no queda nada de la fortuna familiar, conoce a un hombre que lleva una extraña vestimenta, al que seguirá curioso. Stuart, ese hombre que ha venido del futuro, intenta zafarse de su persecución, pero cuando se lanza desde el puente de Brooklyn al vacío, buscando una fisura en el espacio tiempo que le devuelva a su lugar y época de origen, arrastrará en su caída a Leopold.
El duque es en realidad Otis, el que sería inventor del ascensor, y sobre uno de ellos cae en su descenso desde la otra dimensión, en el edificio donde vive Stuart. Éste le lleva a su apartamento, en estado inconsciente, y no es hasta la mañana siguiente cuando despierta y contempla aterrorizado el lugar tan extraño al que ha venido a parar. Se incorpora en el sillón y aprieta sin querer el mando de la t.v., en el que observa desconcertantes imágenes. Se vuelve a mover y pulsa el mando del equipo de música, lo que hace sonar una canción estridente que lo asusta aún más. El perro de Stuart  no para de ladrar, sumando más confusión a la ya existente.
Stuart le intenta explicar lo sucedido, y antes de sacar al perro para que haga sus necesidades, le deja un proyecto científico sobre el viaje en el tiempo para que le eche un vistazo. Al ir a coger el ascensor, Stuart cae al vacío y tiene que ser internado en el hospital. A Leopold le dice que no salga del apartamento bajo ningún concepto, pues su vida podría peligrar al serle todo desconocido. Leopold inspecciona la casa, pues es la 1ª vez que ve tantos aparatos: el inodoro, la maquinilla de afeitar, la tostadora, el teléfono y el contestador...
La vecina de arriba, Kate, una exitosa ejecutiva y ex novia de Stuart, aparece por allí preguntando por él y se presta a sacar su perro, al que ha encontrado solo en el descansillo. Se lleva a Leopold para que la ayude, pues ella debe ir al trabajo, sin saber que éste no debe salir. Él, solo por Nueva York, arrastrado por el animal, recorre varias calles yendo de sorpresa en sorpresa: los coches, las ropas, las prisas de la gran ciudad le perturban. El perro hace sus necesidades, y como no sabe que debe quitarlas de allí, una policía negra le multa, al negarse a recoger “las deposiciones caninas”, acto que considera repugnante. La gente le empuja al pasar a su lado, y todo el mundo, incluída la policía, usa un lenguaje vulgar y una actitud chulesca. Hay un contraste hilarante y lamentable entre su educación, que parece trasnochada, y la mala educación del resto. Al llegar al puente de Brooklyn le invade una gran alegría al comprobar cómo la construcción ha resistido el paso del tiempo.
De vuelta a casa conoce a un chico negrito que suele ir al apartamento de Stuart una vez a la semana, cuando su madre llega más tarde del trabajo, para ver juntos la t.v. Leopold, con el fin de entretenerle, le representa una escena de una obra teatral que entusiasma al niño. En ese momento llega el hermano de Kate, un actor sin trabajo del que ella cuida, que se queda sorprendido con la interpretación de Leopold. No tardan en hacer una representación conjunta, para sorpresa a su vez de Kate. En una cena en el apartamento con ella y su hermano, les extraña el comportamiento del duque, que se medio levanta del asiento cada vez que Kate abandona la mesa. Lo mismo que por la meticulosidad con la que utiliza el cuchillo y el tenedor. Sus modales son tan exquisitos y tan de otra época que les choca a todos. Incluso consigue educar al perro para que permanezca sentado y deje de ladrar tanto.
El hermano de Kate se lleva a Leopold a una discoteca y allí le presenta a sus amigos. El duque se queda sorprendido con el pelaje de los que pueblan el local, el ambiente y la música que suena. Al hermano le gusta una de las chicas del grupo, e intenta sorprenderla, pero es Leopold el que acapara la atención de todos con sus historias y su forma de hablar. Eso le molesta, hasta que el duque le enseña el nº de teléfono que la chica le ha escrito en un papel cuando Leopold le ha hablado de él. Este a su vez le descubre al mencionar que se nota lo mucho que le gusta Kate. El chico hace cábalas sobre lo que hacer con el teléfono. Piensa dejarle un mensaje en el contestador, “y así la pelota estará en su terreno”. Leopold no está de acuerdo: “Lo que cuenta es que la pelota esté en tu campo. Trata de complacerla, no de hostigarla”.
Kate asiste a una cena a la que le invita su jefe, que tiene la intención de seducirla con el pretexto de darle un ascenso. Leopold, que se percata de las intenciones, acude al encuentro en el momento justo, llevado por el hermano de Kate, y le planta cara al jefe con la altanería y la finura que le caracterizan. Kate se molesta por ello, y Leopold le manda una carta, escrita con una pluma que ha encontrado en el apartamento, en la que le pide disculpas con las palabras más bellas que nadie haya podido escoger jamás, invitándola a una cena en la azotea del edificio a las 8. Ella acepta, sorprendida y encantada con la misiva.
Esa noche la azotea está preparada para una ocasión especial, otro motivo de sorpresa para Kate: mesa con velas, champán, y un violinista tocando una melodía dulce y romántica. Todo transcurre estupendamente, aunque Kate deja translucir su desencanto en materia de relaciones sentimentales. Se ha convertido en una escéptica. Bailan al compás de la música. Luego van a dar un paseo. Kate le habla de sí misma, junto al puente de Brooklyn, mirando ambos al río: “Yo vivo en una isla, conectada con puentes a todo lo demás. Nunca he estado al otro lado de nada”.
A partir de entonces salen a diario, durante esa semana que Stuart permanece convaleciente en el hospital, de donde creía que saldría en un día. Su historia no es creída por nadie, y termina en la zona psiquiátrica, vigilado por una enfermera, que llora emocionada por sus sentimientos.
Leopold, en una de sus salidas con Kate, ve el edificio que es la casa de su tío, que permanece tal y como estaba en medio de otros más modernos. Entra con Kate y comprueba que lo han convertido en una especie de museo con salones para convenciones. Sube las escaleras, encontrándose con el cuadro en el que está retratado él con sus padres, hasta su dormitorio, convertido en una sala de lectura. Aún permanece el gran espejo de pie ovalado que tenía, y se mira en él. De la pared extrae, en una cámara escondida que sólo él conoce, una caja que contiene todo lo que más aprecia, recuerdos de familia, entre ellos una sortija de su madre, que guarda en un bolsillo.
Durante uno de esos paseos, a Kate le roban el maletín que utiliza para el trabajo. Leopold le pide prestado el caballo a un hombre que se dedica a pasear a los turistas en un carruaje antiguo, en donde el duque quería haber paseado en lugar de coger un taxi. Galopando a través del parque, por donde Kate corre tras el ladrón sin resultado, monta a Kate a la grupa y consigue acorralarlo y con palabras de las que se usaban antaño, le reta y le hace huir, recibiendo los aplausos de los que estaban allí observando la escena.
Kate se da cuenta de las posibilidades de Leopold en el mundo de la publicidad, por su porte (continua llevando la ropa que usaba en su época) y su forma de expresarse. Se trata de anunciar una mantequilla, y todo parece ir bien hasta que el duque la prueba y se horroriza: dice que parece grasa de untar a las sillas de montar, y a agua de estanque. Sale del estudio enfadado, perseguido por Kate: “¿Qué le ha pasado al mundo? Tenemos el confort, las comodidades, pero no hay tiempo para la integridad”, se lamenta indignado. Pero regresa para no crearle problemas a Kate: ella está de acuerdo, pero quiere ascender y llevar la vida llena de esas comodidades de las que habla Leopold, y que dice no haber tenido nunca. Hay que terminar lo que se ha empezado.
Stuart consigue escapar del hospital, después de camelarse a su cuidadora, a la que ha conseguido conmover, y regresa al apartamento. Se lleva a Leopold al puente para que pueda volver al pasado, pues es el día indicado. Kate, que ha conseguido el ascenso, mira unas fotos, cuando va a dar el discurso de agradecimiento, y estando en la casa del tío de Leopold en uno de los salones de convenciones, en las que aparece el duque bailando la noche de la cena de gala en la que habrá de elegir esposa, con todas las mujeres vestidas de época y el boato que acompaña a esas fiestas en aquel entonces. Para su sorpresa, se ve a ella misma observando entre la multitud. Stuart le dice que su destino es estar con él, y la convence para que de el salto desde el puente. Ella se despide de su hermano antes de saltar, y él le dice que no se preocupe, que estará bien. 
Justo cuando Leopold va a anunciar quién será la mujer con la que se despose, disimulando su consternación y resignado, con una copa alzada en la mano para brindar, aparece Kate en la misma situación que estaba en la fotografía. Entonces la anuncia a ella, y juntos bailan ante la sorpresa de la concurrencia, y del tío de Leopold especialmente. Nunca hubieran imaginado que ese sería su destino.


martes, 9 de septiembre de 2014

La maniobra de Kristeller

 
Aparecía en el periódico no hace mucho una crítica que hacían madres recientes sobre el uso de la maniobra de Kristeller, cuyo nombre desconocía pero de la que fuí "víctima" en su momento. Protestaban por la rudeza del método y los daños que se pueden llegar a causar a madre y bebé. Consiste en que el médico deja caer su peso sobre su antebrazo, colocado sobre el vientre de la parturienta, para facilitar la salida del neonato cuando parece que ésta es difícil.
Ciertamente no es agradable, y durante las clases de preparación nos dijeron lo mucho que le molestaba al personal sanitario tener que hacerla, pues además de ser trabajoso para ellos les parece indicativo de poca colaboración por parte de la parturienta, que según ellos no pone el empeño suficiente para llevar a término el alumbramiento por sus propios medios.
Sentí que tuvieran que aplicármela a mí por las molestias que les causaba, pero con el paso de los años y tras una 2ª reflexión, me pareció una solución pedestre por parte de los médicos, que no han encontrado algo menos drástico y pedestre para solucionar este tipo de problemas cuando llega el caso. Yo, que llevaba 7 horas y media dilatando cada 5 minutos en un parto inducido con mi primer hijo, no creo que no quisiera colaborar precisamente, sino que ya me fallaban las fuerzas. Tanta tecnología para al final parir en el s. XXI de la misma manera que en el XIX. El único adelanto conseguido es la epidural, aunque yo no la he experimentado: no tenía suficiente información y tampoco me preguntaron si la quería.
Peor maniobra que la de Kristeller es otra, que no sé si tiene nombre, y si no lo tuviera no me extrañaría nada, que me hicieron cuando nació mi hija, que fue meterme la mano y parte del brazo para acercar al bebé al canal del parto y así acelerar el proceso. Era de madrugada y se ve que tenía prisa por acabar, y eso que esta vez ya venía con contracciones y poca oxitocina tuvieron que ponerme. Pensé que era una bestialidad, que podían hacerle daño a mi niña arrastrándola así por una zona tan estrecha aún no suficientemente dilatada. Cómo vamos a dilatar con presteza si lo 1º que hacen es meternos en la cama en lugar de estar caminando de aquí para allá, para facilitar el descenso del bebé y su posicionamiento. Me sentí atendida por una veterinaria en lugar de por una matrona, y eso que era la jefa. En esa situación vi las estrellas del daño que me hizo, no quiero imaginar el que le hiciera a mi hija.
El parto, que es la cosa más natural del mundo, en los hospitales termina siendo un calvario de pruebas, monitorizaciones sin fin, pinchazos, cortes, costuras, maniobras de nombre impronunciable y otras miserias por el estilo. No creo que cuando se paría en casa la carnicería fuera tan grande ni el proceso tan erizado de espinas para la madre y para el bebé. Donde esté el calor del hogar y la comida casera como reconstituyente que se quite lo demás. Hay muchas cosas desagradables que nos ahorraríamos. A mí hasta me daba claustrofobia estar encerrada allí.
Sea como fuere, si la dichosa maniobra de Kristeller tenía como finalidad facilitarme el parto, como he creído siempre, bienvenida sea, en contra de la opinión de estas señoras. Quién sabe lo que podría haber pasado si se prolonga mucho más el momento. Que no esperen las susceptibles madres que haya algo en un alumbramiento que no sea brusco o desagradable. Es la ocasión más frecuente en la que nos igualamos al reino animal, la Naturaleza en estado salvaje.


lunes, 8 de septiembre de 2014

Dianética

 
Hace tiempo me dieron, mientras esperaba en la parada del autobús, un folleto que anunciaba un libro cuyo título me llamó mucho la atención: Dianética. El poder del pensamiento sobre el cuerpo. La portada, muy roja, exhibía un volcán en erupción. Su autor, L. Ronald Hubbard, sacaba a relucir una serie de interrogantes que están presentes en mi mente, y en la de la mayoría de la gente creo, desde hace mucho tiempo:
¿Cómo puedo uno ganar suficiente confianza para alcanzas sus metas?
¿Por qué la gente comete los mismos errores una y otra vez?
¿Qué hace que sea difícil concentrarse?
¿Puede la mente influir en tu comportamiento y causarte malestar físico?
¿Es posible aumentar la inteligencia?
¿Cómo funciona en realidad la mente?
¿Cómo puede uno alcanzar todo su potencial en la vida?
Una dirección postal, una página web y un correo electrónico eran las formas de hacer el pedido, 17 € por saber todas aquellas cosas que siempre te han intrigado y que te parecen importantes para tener una vida mejor.
Una de las caras del folleto se ilustraba con una foto en blanco y negro de Einstein, cuya imagen se utiliza para las causas más insospechadas, con cara de pamplinas, y a continuación grandes letras rojas anunciaban que “sólo utilizamos el 10% de nuestro potencial mental”, frase que se oye mucho últimamente y de la que se ha puesto en duda que sea cierta. Pensé que algo en mi decrépito gesto había puesto al descubierto que soy funcionaria y por eso me habían entregado el opúsculo, necesitada de una estimulación cerebral que mi trabajo aniquila. Pensé también en los hinchas de fútbol que asolan mi barrio los días de partido, a los que esta propaganda tampoco les vendría mal, aunque en su caso seguramente sería usada como sustituto del papel higiénico.
En el folleto, un poco más abajo, seguía diciendo: “Este libro demuestra cómo cualquiera puede librarse por sí mismo de las barreras que le impedían, hasta ahora, usar totalmente su potencial mental. Muchas personas, incluyendo artistas, médicos, directivos y trabajadores utilizan el libro DIANÉTICA”.
Tras esta curiosa selección laboral me quedé pensativa. ¿Estas son las profesiones que más necesitan de autoayuda y estimulación cerebral? Y mientras daba vueltas al papel con risita floja me fijé, y me costó por mi presbicia, en unas letras pequeñas en la parte inferior que decían Scientology. Ya decía yo, la dichosa Cienciología. Una mezcla de escepticismo y aprensión que siempre me asaltan con todo lo relativo a sectas de cualquier pelaje, hizo que mi interés desapareciera tan rápidamente como había surgido.
Mirando acerca de la Cienciología, que muchos artistas de Hollywood han hecho famosa y han enriquecido con sus cuantiosas fortunas, descubrí cosas que desconocía sobre ella y que me parecieron muy extrañas. No sé cómo puede haber gente que siga a pies juntillas preceptos tan rocambolescos. Y más tratándose de ese tal Hubbard, un tipo chiflado por lo que se ve: afirma haber descubierto el origen de todas las enfermedades mentales, y propone un método, auditación, por el que sienta al paciente con los ojos cerrados durante al menos 2 horas para que descargue lo que él llama “engramas”, que es el registro en la memoria de las percepciones del pasado en las que se estuvo inconsciente o se padeció dolor físico. El paciente debe repetir aquello que recuerde varias veces, aportando más detalles en cada ocasión, hasta que descargue por completo el engrama.
Hace alusión este autor, que no tiene estudios de medicina ni psicología, a la parapsicología, la reencarnación y la telepatía, entre otras. La experimentación con drogas y la hipnosis están en el origen de la dianética, que en realidad guarda una gran semejanza con el método catártico usado por Freud a finales del s. XIX, y que después abandonó por ineficiente, sustituyéndolo por la asociación libre. Los estados hipnoides, propuestos por Charcot en su momento, también se consideran obsoletos.
Afirma Hubbard, que en realidad es ingeniero, haber curado la manía, la depresión, el asma, la artritis, la colitis y haber convertido a homosexuales en heterosexuales (aquí no puedo por más que reir a carcajadas). Ha escrito varios libros, convertidos en best sellers, ha dado conferencias y hasta fundó un instituto donde enseñaba dianética. Luego empezó a incluir conceptos como alma o espíritu, y fundó una nueva religión, la Cienciología, redefiniendo la dianética como “la parte de la Cienciología que se encarga de lo que el espíritu le hace al cuerpo”.
En fin, que unas teorías tan complicadas y absurdas jamás podrán dar respuesta a todas esas preguntas que nos hacíamos más arriba, lo cual es una pena porque eran interesantes. No sé cómo está permitido que engañen así a la gente, es todo un enorme montaje, una descomunal estafa de la que mucha gente está siendo víctima. Y por alguna razón gana cada vez más adeptos en la meca del cine, donde todo el mundo ha debido perder el norte, si alguna vez lo tuvieron.
La verdad es que dan cada cosa por la calle que pone los pelos de punta. Lo tendría que haber tirado sin darle más vueltas. Anda que no reparten basura por la calle todos los días…

 

viernes, 5 de septiembre de 2014

Entrevista a Jane Fonda

 
Activa, vibrante, interesada por la vida y ¡relevante! Así dice Jane Fonda que hay que estar cuando se alcanza esa edad en la que intentan 'jubilarte'... y no solo profesionalmente. Ella predica con el ejemplo. Y a los 76 no solo vuelve al cine, sino que está empeñada en exprimir hasta la última gota de su apasionante vida.
 
La incombustible Jane Fonda, que vuelve al cine a sus 76 años.
No es fácil exprimir tanto una sola vida. Hija de un mito; modelo en sus años mozos; actriz oscarizada por duplicado; gurú con calentadores; activista política; feminista militante; esposa de un director, de un activista, de un magnate... Jane Fonda lo ha sido todo; también, una figura controvertida. En 1972 posó para una foto que ha marcado su vida. La imagen de la actriz sentada en una batería antiaérea en Hanói durante la guerra de Vietnam enfureció a gran parte de la sociedad estadounidense. Aunque ha pedido perdón mil veces, Fonda sigue coleccionando enemigos acérrimos entre las filas conservadoras. Pero ya no le importa.
En 1991, y después de protagonizar cintas clásicas como El regreso, Klute, En el estanque dorado o Descalzos en el parque, anunció su retirada del cine. Le costó quince años reconciliarse con Hollywood. Ahora, Jane Fonda vuelve a la gran pantalla con Ahí os quedáis (estreno: 3 de octubre), una comedia sobre una familia que, al morir el patriarca, tiene que cumplir con la tradición judía de pasar siete días y siete noches bajo el mismo techo. «Jane me llamó y me dijo que quería hacer la audición para el papel. Yo le dije: '¡No hace falta! Sé que eres maravillosa'. Nadie pasa por un casting cuando es tan famoso. Pero ella quería hacerlo. Llegó con humildad y modestia; llegó hambrienta. Y lo clavó. Fue increíble», explica entusiasmado el director de la cinta, Shawn Levy.
Efectivamente, Fonda es un icono, pero no ejerce como tal. Vestida con un traje negro, una camisa blanca y unos zapatos planos, no exhibe esa aura inalcanzable de los mitos como ella. Al contrario. Le gusta hablar, recordar, opinar... Eso sí, sin rastro de melancolía.
XL Semanal. No es habitual que una estrella de su talla haga un casting, pero usted lo hizo. ¿Tanto deseaba el papel?
Jane Fonda. ¡No soy ninguna diva! [risas]. Deseaba este papel porque es muy divertido y quería demostrar que era la persona adecuada. Como mi personaje, yo también tiendo a hablar en exceso y a compartir demasiados detalles de mi vida privada... Y mis hijos se enfadan conmigo. Últimamente, trato de ser más precavida [risas].
XL. Y como a ella, también le gusta hablar sin tapujos de sexo...
J.F. Sí, lo hago porque creo que hablar de ello puede ayudar a muchas mujeres. Y también a algunos hombres. Yo tengo un amante mayor y conozco cuáles son los retos. Por eso, me gusta interpretar a una mujer mayor que aún piensa en el tamaño del pene de su marido [risas].
XL. Estuvo alejada de Hollywood durante quince años. ¿Lo echó de menos?
J.F. En absoluto. Me fui porque me sentía muy infeliz. Y encuentro dificilísimo actuar cuando soy desdichada. Luego viví durante diez años con Ted Turner y estuve casi cinco escribiendo mis memorias. Cuando terminé, era una persona diferente. Y sabía que tenía que volver a hacer películas y que sería capaz de hallar de nuevo la felicidad en esta profesión.
XL. ¿Hay algo sobre este negocio que haya aprendido demasiado tarde?
J.F. Sí, y es algo que me enseñó Katharine Hepburn. Cuando era joven, no me preocupaba en absoluto mi imagen. Hacía y decía lo que quería en cada momento. Eso enfadaba mucho a Katharine, que siempre tenía una presencia impecable. Pensé mucho en eso. Por eso cuando volví a la industria, a los 65 años, lo hice con un sentido de mí misma mucho más desarrollado. Ahora soy más consciente de mi propia imagen. Pero, al mismo tiempo, sé que si hubiera sido así en aquella época, no hubiera hecho ninguna de las cosas que hice entonces. Creo que habría tenido... demasiado miedo.
XL. Es usted un icono feminista. La mayoría de las actrices jóvenes evitan colgarse esa etiqueta. ¿Entiende la nueva generación lo que significa el feminismo?
J.F. Creo que no. Hubo una época, cuando tenía 30 años, en la que yo también pensaba que el movimiento feminista era antihombres. Y es un error. Ser feminista tiene que ver con aceptar tu fuerza, pero también tus debilidades. Y ser capaz de expresarlo todo. A los hombres se les tiene que permitir ser vulnerables y a las mujeres, tener una voz propia.
XL. Han pasado 46 años desde Barbarella y, aunque la tendencia está cambiando poco a poco, sigue habiendo muy pocas heroínas de acción en Hollywood...
J.F. Existe esa estúpida creencia de que una película con una protagonista femenina no funciona en la taquilla. Necesitamos terminar con ese viejo club de chicos que maneja Hollywood. Mujeres como Angelina [Jolie] o Scarlett [Johansson] pueden hacerlo. Yo tengo una fantasía: que vuelvo a ser Barbarella otra vez y estoy acompañada por un ejército de mujeres [risas].
XL. ¿Le preocupa que esta nueva generación también sea más tímida a la hora de hablar de política?
J.F. Siempre he pensado que es importante interesarse por lo que ocurre en el mundo. Al final de nuestras vidas, todos queremos sentir que hemos marcado la diferencia de alguna manera, sea por la forma en la que has educado a tus hijos o por tu implicación con tu comunidad, tu país o con el mundo. Si eres famoso, tu voz tiene más resonancia y, por eso, tienes que ser más responsable. No estás obligado a usarla, pero hacerlo te convierte en un ser humano más completo.
XL. ¿Y en qué le gusta pensar que ha marcado usted la diferencia?
J.F. No sabes cuántas mujeres me paran por la calle y me dicen: «Empecé a ir a las manifestaciones gracias a ti». Que yo alzara la voz durante la guerra de Vietnam tuvo un gran impacto en muchas mujeres. Luego está el fitness. «Empecé a hacer deporte gracias a ti», suelen decirme. Y eso es maravilloso porque, cuando yo empecé, ¡las mujeres no podían sudar! Los gimnasios eran solo para hombres.
XL. ¿Cuál es su cruzada ahora?
J.F. Ahora estoy tratando de demostrar que con 76 años todavía se puede ser una mujer sana, vital, vibrante, interesada por la vida y... ¡relevante!
XL. ¿Qué es lo que más le preocupa de lo que ve en los telediarios?
J.F. Las noticias me hacen llorar, sobre todo cuando las víctimas son niños o animales. ¡Y lo que le estamos haciendo al planeta! Si solo fuera por mí... ¡pero tengo nietos! Las noticias me ponen triste y me asustan.
XL. En los setenta llegó a definirse como socialista...
J.F. [Me interrumpe]. No, no soy socialista. Nunca he sido ninguna 'ista'...
XL. Iba a decirle que esa es una palabra prácticamente prohibida en la política estadounidense...
J.F. Bueno, es que los Estados Unidos se fundaron sobre un fuerte sentido del individualismo. Y hubo un momento en nuestra historia en el que eso era más cierto que ahora: podías empezar desde abajo e ir escalando con tu propio esfuerzo, pero ya no es así. Y, aun así, sigue formando parte de nuestro mito. No es un mito saludable para una sociedad. Hay que trabajar juntos, dejarse de 'yo' y 'mí' y funcionar como 'nosotros'. O sobrevivimos como 'nosotros' o no sobreviviremos en absoluto.
XL. ¿Le gustaría que Hillary Clinton llegara a la Casa Blanca?
J.F. Si Hillary decide presentarse, la apoyaría.
XL. ¿Públicamente?
J.F. No creo que ella me lo pida...
XL. ¿Y eso por qué?
J.F. Porque sigo siendo demasiado controvertida.
XL. Se ha definido como una mujer valiente «capaz de enfrentarse a gobiernos, pero no a los hombres». ¿Por qué?
J.F. Yo adoraba a mi padre, pero nunca supe si él me quería a mí. Nunca estuve segura de eso. Y eso no desaparece cuando te haces mayor. Tiendes a arrastrarlo en todas tus relaciones con los hombres. Me costó mucho curarme esa herida.
XL. Ha tenido una vida poco convencional. ¿Alguna vez echó de menos una existencia más mundana?
J.F. Si hubiera sido un ama de casa, creo que hubiese necesitado muchos tranquilizantes [risas]. ¡Y muchos martinis! No creo que hubiese sido feliz. Siempre he sido aventurera, una renegada.
XL. ¿Por qué se considera una renegada?
J.F. Bueno, crecí en las montañas de Santa Mónica mirando al gran horizonte del océano Pacífico. Creo que también tiene que ver con las películas de mi padre y los personajes que interpretó. Él hizo aquellas películas, yo las vi y por eso quise luchar. Mi padre me influyó muchísimo.
XL. ¿Cuál es el recuerdo más bonito que conserva de él?

En el estanque Dorado

J.F. Rodar con él En el estanque dorado fue precioso. También recuerdo cómo íbamos a pescar juntos cuando yo era pequeña.
XL. Dice que el tercer acto de su vida es para usted el inicio. ¿Por qué?
J.F. El gran poeta T. S. Eliot escribió: «Tienes toda una vida para explorar y después de esa exploración vuelves adonde empezaste. Y lo sabes por primera vez». Yo siento que he vuelto a ser quien era antes de ser una adolescente. Era valiente, fuerte, un poco chicote... Y lo perdí todo.
XL. ¿Por qué?
J.F. Les pasa a muchas adolescentes... Tu voz se entierra, quieres ser una buena chica. Recuerdo que Elia Kazan me preguntó una vez: «¿Eres ambiciosa?». Y yo le dije: «¡No!». Porque una buena chica no debía serlo... Además, si no tenía un hombre a mi lado, no era nadie. Me ha costado mucho tiempo y trabajo volver a ser quien era.
XL. De hecho, acaba de escribir un libro sobre la adolescencia.
J.F. Sí, lo escribí porque mi adolescencia fue horrible. No tuve a nadie con quien hablar.
XL. Dice que padecía la enfermedad de 'tratar de complacer a todo el mundo'. ¿Ya se ha curado?
J.F. Sí, ya no siento esa necesidad. Y ahora, además, tengo mucha más confianza en mí misma. Si pasa algo malo, pienso: «Ya he estado en esa situación. Y sobreviví». Sabes que puedes sobrevivir otra vez. Ser joven es mucho más difícil que ser viejo.
Privadísimo
1. Cuando tenía 12 años, su madre Frances Ford Seymour se suicidó mientras recibía tratamiento psiquiátrico. A ella le contaron que había muerto de un infarto. La actriz descubrió la verdad ojeando una revista meses más tarde.
2. Sufrió bulimia desde los 13 hasta los 37 años y ha confesado que, en sus años de modelo, sobrevivió a base de tabaco, café, yogur de fresa y speed.
3. Desde hace cinco años escribe un blog. «También tengo Twitter, ¡pero no lo utilizo para decir que me voy a hacer la manicura!».
4. Fue intervenida en 2010 después de habérsele diagnosticado un cáncer de mama. Ya está completamente curada.
5. Hace una década se convirtió al cristianismo. «Soy una feminista cristiana que estudia el budismo [risas]. La fe me ha dado una guía para vivir la vida. Soy más espiritual que religiosa».
 
(Entrevista publicada en el XL Semanal de 30/8/14)
 



jueves, 4 de septiembre de 2014

En la muerte de Daniel Dicenta

 
Me ha impresionado esta foto de Daniel Dicenta con su padre que acompaña la noticia de su muerte en 20 Minutos. Qué joven se le ve aquí. Mucho duró con el problema de alcoholismo que le acompañaba desde hacía décadas. Recuerdo sus Estudios 1, magníficos, y las muchas películas que hizo, donde demostró siempre ser un gran actor, digno descendiente de una estirpe de intérpretes y dramaturgos. Poseía en su juventud una belleza salvaje, y su forma de actuar era muy intensa, estaba llena de fuerza. En la foto que menciono, y que aquí he puesto, aparece con su hijo y es sorprendente lo mucho que se parece a él a su edad. 
Él lo tenía todo y lo echó todo por la borda. Gozaba de prestigio dentro de la profesión, y estaba casado con una gran dama de la escena y buenísima persona. Su hija es una belleza y un encanto de ser humano, inteligente y dotada de muchos talentos. Además de actriz su voz es maravillosa, y ella dice que en realidad todos cantan en su familia pero sólo ella se atrevió a hacerlo en público. 
Pero un buen día Daniel Dicenta abandonó a su familia. Recuerdo hace años cuando se comentaba, ya divorciados, que vivía como un vagabundo durmiendo en los bancos de los parques. También las muchas lágrimas de su mujer, que pasó años deprimida, y que usaba sus trabajos interpretativos para dar rienda suelta a su tristeza con llantos incontables e incontenibles. Llegó a resultar ya cargante, aunque con una sensibilidad extrema como la suya no es difícil imaginar lo mucho que le debió costar superar aquello. Ahora se la ve estupenda, casi mejor que cuando era joven, se ha convertido en una mujer luminosa, tierna, con una gran personalidad, que disfruta de cada día de su vida como nunca consiguió hacerlo antes y, en este sentido, es toda una inspiración.
Lo que no le impidió despacharse a gusto con el que fuera su marido en su libro de memorias y en todas las entrevistas que le han hecho. Pienso hasta qué punto es bueno eso. La reputación de Dicenta ya estaba deshecha, y hay que tener en cuenta lo que puedan sentir los hijos, pues bueno o malo al fin y al cabo era su padre. Qué necesidad hay de airear tanto los asuntos íntimos, ni siquiera como terapia. A la gente del espectáculo le encanta enseñar al mundo todas las facetas de su vida, sin pudor. Es como si vivieran en perpetua exposición por voluntad propia, con gusto, como si se fueran a olvidar de ellos si no llaman la atención constantemente. No se conforman con la exhibición en el escenario, necesitan también mostrar lo que es privado.
Qué es lo que nos empuja a buscar nuestra perdición. Yo creo que todos, en un momento dado, nos dejamos llevar por las turbulencias de nuestra personalidad y nuestras circunstancias, como un torbellino que nos envuelve y nos arrastra a donde nunca hubiéramos querido ni pensado. Incluso los que somos de naturaleza reflexiva, de los que no nos dejamos llevar por el primer impulso, siempre llega un momento en que ya no podemos más con ciertas cosas de nuestra vida y terminamos tirando por la calle de en medio, a morir por Dios como se suele decir. Y más  si, como Daniel Dicenta, se tiene un carácter difícil. Nadie merece algo así, ni siquiera él, por mucho mal que hubiera hecho. Debería haber alguien que pudiera salvarnos de nosotros mismos cuando fuera necesario, un ángel de la guarda, o algo parecido. Pero no, aquí estamos en el mundo, con nuestro libre albedrío, que no lo es tanto al estar condicionado por el origen, el lugar y la familia en la que nacemos, cosas todas que nosotros no elegimos.
Son las luces y las sombras que a todos nos acompañan. Recordaremos a Daniel Dicenta en su esplendor, y procuraremos olvidar todo lo demás, pues sólo a sus allegados importa.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Un poco de todo

 
 
-        - Ahora que el verano inicia su recta final, uno de los recuerdos más bonitos que me ha dejado es el fru-frú que hacía mi hija Ana cuando se echaba su aceite bronceador en la playa, en Tenerife. Esos pequeños sonidos, todas las cosas de ella que la hacen tan tierna, tan especial, y con tanta personalidad, son lo que permanece en mi memoria. Esta 1ª quincena de septiembre es su época favorita, cuando se divierte en el pueblo de su padre con su peña de amigos y sale hasta las tantas, despreocupada de todo, que ya está el resto del año para afrontar las responsabilidades y obligaciones. 
Me queda también el paseo que dimos mi hijo Miguel Ángel y yo por Benidorm en el puente de agosto, recordando él los lugares comunes donde han transcurrido sus veraneos, nuestros veraneos, durante casi toda nuestra vida. Pocas veces se presta a acompañarme el resto del año, y pocas veces lo hace así, tranquilo, relajado, hablando y escuchando sin inquietud, sin prisas. Estos momentos con mis hijos son para mí las vacaciones. 
-        Hace poco estuve desayunando con una amiga a la que veo de Pascuas a Ramos, por lo que siempre que quedamos nuestra conversación se prolonga indefinidamente, tanto es lo que tenemos que contarnos. Todas mis amigas son peculiares, en el sentido de que cada una tiene algo especial que las distingue de la mayoría de las personas, y aunque aparentemente son distintas y nada tienen que ver algo las iguala: cuando hablas con ellas, da igual lo intrascendental que sea aquello que tratemos, siempre tienen un pensamiento, una idea, un sentimiento profundo que brilla con un fulgor dorado en al aire cuando lo expresan. Es una conclusión, o una reflexión espontánea, pero que sirve para la vida y es como un bálsamo para el alma. Sólo por eso merece la pena la amistad que tenemos. 
 
        -   Intentaba ver ayer el programa que Inside The Actors Studio dedicó a Robin Williams hace 13 años. Ningún enlace de los que pude encontrar tenía videos subtitulados, y la subtitulación automática que lleva el propio video es tan macarrónica que supera en absurdez a la de Google Translate. Mi nivel de inglés no es tan bueno como para entender el acento americano y más si es hablado a gran velocidad, como es el caso del actor. Casi daba risa ver la traducción automática, parecía chino, lo que no comprendía la máquina lo sustituía por números y almohadillas. Era como un lenguaje en clave. Imposible traducir lo que decía con palabras convencionales: sólo un buen intérprete podría captar el sentido de sus frases, la comicidad extrema de sus pensamientos, el alcance de sus ideas. Su genialidad ilimitada no resiste una mala traducción. 
Me dio rabia porque me habría encantado poder seguir la conversación, o mejor dicho el monólogo permanente en el que se envolvía Robin, para desternillamiento del público, no dejando casi que el presentador le hiciera la entrevista. No lo podía remediar, le daba a su auditorio por anticipado lo que esperaba de él y él a su vez disfrutaba como un niño al que han dado una golosina. Una cosa llevaba a la otra y el hilo de sus ocurrencias no tenía fin. Y no podía estarse quieto: desde su aparición en escena no dejaba de levantarse, de volverse a sentar, de acercarse a los oyentes e incluso mantener un breve diálogo hilarante con una señora de las primeras filas cuya risa superaba en decibelios a la del resto de los presentes. Su interacción con la gente era absoluta, era digno de ver, un auténtico showman. Sólo por verle en acción, aunque no entendiese la mayor parte de lo que decía, merecía la pena, sus gestos, sus posturas disparatadas, las inflexiones de su voz en sus imitaciones, un sinfin de recursos con los que tuvo siempre a la gente en la palma de su mano. 
Las ventas de sus películas, que ya eran altas, se han triplicado después de su muerte. Yo me estaba descargando una de ellas, y empecé a hacer lo propio con otra, cuando descubrí para mi sorpresa que lo que normalmente tarda semanas en bajar de internet tardaba ahora un día, dos como mucho. Todo el mundo tenía sus servidores a tope con sus films, lo que permitía una descarga rápida. Curioso que los grandes personajes se coticen más cuando han fallecido. Es como si se convirtieran en un mito, como si entraran a formar parte del Olimpo de los dioses, inalcanzables, intocables ya. Suena frío, mortuorio. Robin Williams era una leyenda en vida, y ahora lo sigue siendo, para siempre. 
 


martes, 2 de septiembre de 2014

Ser o no ser


Hablaba en un par de posts anteriores de un encuentro que tuve, y que había presentido, con una amiga de los tiempos del instituto a la que hacía mucho tiempo que no veía, y ahora después de unos meses me la vuelvo a encontrar, esta vez acompañada de su hija mayor. A la “niña” (ya tiene 18 años) la conocía por Facebook, igual que a su otra hija, y son guapísimas las dos, ésta rubia con ojos verde agua y la otra más rubia aún y con los ojos azules. Nadie diría que mi amiga, morena y con ojos marrones, es la madre sino fuera porque el resto de los rasgos de la cara de sus vástagas son muy parecidos a los de ella, y la estatura, altísimas.
Pero lo que más me sorprendió fue lo que me contó mi amiga. Afortunada como es de haber ejercido la profesión para la que ambas nos preparamos en la universidad, a la que accedió por consejo mío, pues no sabía qué estudiar cuando acabamos en el instituto, tuvo la suerte y también la iniciativa para conseguir un puesto dentro del Periodismo. Y cuál no es mi estupor cuando ahora me dice que, después de 26 años trabajando en el mismo sitio, lleva en paro desde abril por un ERE temporal, aunque me ha dicho que vuelve en octubre.
Debido a esto proyectos como irse a vivir a EE.UU. con su marido y sus hijas han quedado postergados indefinidamente. Su hija menor se ha ido allí a estudiar bachillerato este año y su intención era que se hubieran ido todos con ella. La mayor se tiene que venir a estudiar a Madrid este curso porque la nota no le ha llegado para la universidad pública por 3 décimas. No dejo de quedarme boquiabierta por las calificaciones tan altas que se exigen ahora en todas las carreras, incluso para Criminología, que es la que quiere hacer esta chica, que me parece una carrera peculiar y no creía que estuviera tan solicitada. Recordábamos mi amiga y yo cuando estudiábamos la nota tan baja que pedían. Sólo algunas como Medicina exigían sobresaliente.
Qué difícil se plantea la vida para nuestros hijos, todo son obstáculos. 1º el listón tan alto a superar a la hora de elegir tu profesión, teniéndote que conformar con algo que te guste menos o nada si no llegas, y luego la escasez de puestos de trabajo, por lo que pese a tener un expediente académico excelente durante los años universitarios no hay garantía de encontrar un empleo. Tanta exigencia y tan pocas contraprestaciones. No me extraña que la gente joven prefiera irse fuera, o mejor dicho, no les quede otra opción si quieren vivir con un poco de dignidad.
Pero fueron las observaciones de mi amiga sobre la profesión lo que hizo que realmente se me abrieran las carnes. Despotricaba del periodismo por lo mucho que había tenido que trabajar. Temblaba, me dijo, cada vez que había un incendio o cualquier otra catástrofe, porque sabía el volumen ingente de trabajo que venía aparejado. Precisamente, como le comenté, si algo no me gustaba de la profesión era la crónica de sucesos, a la que siempre temí tener que dedicarme cuando estudiaba la carrera. Ella me dijo que es lo más solicitado, junto con la crónica política.
Pero todo esto creo que lo dice porque se ve ahora en el paro. Si no no es normal que me diga que echa de menos el funcionariado, por el que también pasó cuando aún estudiábamos. Lo abandonó porque el sueldo era bajo y el trabajo aburrido, y ahora dice añorarlo por aquello de la seguridad laboral. ¡Me hubiera cambiado por ella mil veces!. ¡Que te quiten lo bailao cuando has desarrollado durante años la profesión para la que te preparaste, el sueño de tu vida! Claro que en su caso nunca fue vocacional, aunque creí que le habría cogido gusto con el tiempo. Qué mal repartido está el mundo, los que quieren no han podido y los que les da igual pueden. Vale más la iniciativa que la capacidad, el empuje que el talento.
Algo parecido me dijo la profesora que ha tenido Miguel Ángel, mi hijo, el día que dió su última clase. Ella se licenció el año pasado en Ingeniera de Energías, carrera que según me dijo se creó con el plan Bolonia y que antes estaba englobada en Ingeniería Industrial, y ahora está de becaria: muchas horas de trabajo y un sueldo ridículo. Le encantaría ser funcionaria, me dijo. Ante la disyuntiva de no tener nada la gente se agarra a un clavo ardiendo. Es tremendo.
No se podrá quejar mi amiga de todas formas, en todo lo demás le va estupendamente. Tendremos que valorar lo que tenemos, sea lo que fuere. En esta vida se es o no se es, y ella es. El saber aprovechar la oportunidad, el dejar caer aquí y allá, entre familiares y conocidos, la lista de deseos en el momento adecuado le han valido más que tener un talento o una vocación, en su caso inexistentes, y una capacidad de estudio de la que también careció. Se acordaba de lo difícil que le parecía la Filosofía cuando estudiábamos en el instituto y la mala nota que le ponían, cuando a mí me encantaba. Ser o no ser, esa es la cuestión. Si no se tiene empuje y ambición no hay nada que hacer.
 


lunes, 1 de septiembre de 2014

Los hermanos Durrell


Mis lecturas de este verano han estado presididas por los relatos de Gerald Durrell, pues antes de aventurarme a conocer nuevos autores he querido por 1ª vez, pues yo nunca releo un libro por mucho que me haya gustado, volver a echar un vistazo a los libros que de este autor guardo como un pequeño e inapreciable tesoro.
Hace un par de veranos hice su descubrimiento, no recuerdo si por casualidad o llevada por alguna reseña de algún crítico literario, que suelo seguir aunque no siempre me haya llevado por buenos caminos. En esta ocasión, después de releerme los 3 que tenía, decidí comprarme otros tantos del mismo autor, inéditos para mí. Es inagotable la fuente de recuerdos de este hombre que, sin ser escritor profesional (él era biólogo), ha conseguido encandilar a millones de lectores de todo el mundo, haciéndonos pasar ratos inolvidables.
Con las relecturas, lo mismo que cuando vuelves a ver una película una y otra vez, encuentras en cada ocasión algo distinto de lo que no te habías percatado antes. Y en realidad estaba todo ahí, desde el principio. Me doy cuenta de que Gerald Durrell fue un niño solitario pero feliz, algo que no creí nunca posible, puesto que siempre pensé que una infancia sin la compañía de otros de tu edad es como un erial. Pero él fue un niño que gozaba con sus aficiones en las que, si acaso le acompañaba alguien, prefería que fuese siempre un adulto. Curioso, sensible e inteligente, capaz de apreciar ciertas cosas que sólo se suelen valorar al llegar a la edad adulta, es un placer contemplar el mundo a través de sus ojos infantiles y fascinados. Cuánto me identifico con él.
Y debió seguir en esa línea cuando se hizo mayor, ya que él relata todas las épocas de su vida. Cuando, por ejemplo, intentaba evitar las reuniones sociales que inevitablemente venían acompañadas a la presentación de alguno de sus libros. Temía el acoso de las señoras, que decían admirarle mucho, y que le rodeaban acosadoras. Lo mismo que en su gusto por los animales, que perduró en la madurez, hasta el punto de hacerse biólogo y dedicarse a capturar especies salvajes por todo el mundo para los zoos, llegando a ser propietario de uno.

Es imposible no querer a una familia como la de los Durrell a través de las descripciones de Gerald. Todos, cada uno a su manera, conforman un conjunto variopinto, con sus ocurrencias, sus manías y sus gustos, que acaban formando parte de nuestro imaginario como si casi fueran parientes nuestros. Me llama especialmente la atención la parte que dedica a su hermano mayor, Lawrence, que con el tiempo se convertiría, según he leído en internet, en uno de los escritores y poetas más importantes del siglo XX. Pero en aquel entonces, y muy cómicamente descrito por Gerald, era un joven resabiado y petulante que, sin embargo, me ha hecho reir mucho con sus sarcasmos. Se percibe, sin embargo, el amor y la admiración del hermano pequeño por el mayor, algo que se perpetuaría a lo largo de sus vidas.

Es curioso comprobar cómo Gerald Durrell tergirversa la memoria de sus días de infancia omitiendo ciertos detalles, como que Lawrence ya estaba casado cuando se fueron a vivir a Corfú, escenario maravilloso de aquel descubrimiento suyo del mundo. Por ninguna parte aparece aquella 1ª esposa que tuvo su hermano, como si nunca hubiera existido. Lo difícil que debe ser hacer desaparecer de un relato a una determinada persona que, sin duda, participó de todos los acontecimientos que tuvieron lugar. Como tampoco aclara que su hermano no les siguiera en su regreso a Inglaterra, después de 5 años de estancia en la isla. Es como si en todo momento quisiera dar la impresión de que su familia era una piña, un tótem sagrado imposible de romper. Con los años, y ya cada cual haciendo su vida en países diferentes, se vería que la familia casi no se reunía y que incluso cuando murió uno de los hermanos, Leslie, no pudieron asistir a su entierro por sus compromisos y la distancia. Pero en aquel entonces, en tierras griegas, todo era idílico, como suele pasar en la tierna 1ª edad, cuando las familias están aún unidas y las tristezas de la vida (el cabeza de familia murió pronto) se sobrellevan mejor porque permanecen todos juntos.

Lawrence Durrell casi no se reconoce en estas descripciones, según dijo en uno de los libros que prologó de su hermano, aunque no descarta que probablemente él fuera así. Era el intelectual de la familia, los libros atestaban su habitación, y siempre estaba escribiendo. Yo estoy ahora con su Justine, el 1º de los que escribió de El cuarteto de Alejandría, y aunque su prosa es magnífica y hermosa me está costando su lectura porque la trama no me resulta interesante. Me pasó con la última novela de Antonio Gala, y al igual que con él si continúo hasta el final es porque de vez en cuando intercala pensamientos de una profundidad extraordinaria, reflexiones personales sobre la vida y el mundo que son muy particulares y que yo misma me he hecho alguna vez, no habiéndolas encontrado nunca en ninguna otra parte. Es como si mis más intimas intuiciones se materializaran por 1ª vez en palabras ante mis ojos. Es muy curioso, y un poco inquietante.
Lawrence, inglés al que no le gustó nunca Inglaterra, coleccionista de esposas, amigo de tantos intelectuales del momento, entre ellos su adorado Henry Miller, con el que aparece en esta foto nudista, tan libres ellos como fueron de prejuicios y moralinas, es el más conocido de los Durrell. Aunque si algo tienen en común él y Gerald es un talento extraordinario unido a una naturalidad enorme, una perspicaz inteligencia junto con una elaborada sencillez, la desenvoltura de su lenguaje y su pensamiento, que no conocen artificios ni ataduras, conformando todo ello un sello personal que los distingue del resto de su generación. Ya todos los miembros de aquella familia murieron, pero la viveza de sus experiencias y su forma de afrontar la vida los ha inmortalizado en la memoria literaria, y en nuestra memoria,  para disfrute de los lectores de todos los tiempos.
 

 
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