viernes, 17 de mayo de 2013

Un poco de todo (XVIII)


- Estaba hace unos días Iggy Pop en El Hormiguero, cantante del que he oído hablar muchísimas veces, como icono de la música que es, aunque era la 1ª vez que lo veía, debo decir, y de hecho nunca he oído sus discos. Tiempo ha que quiero ponerle fin a mi incultura musical.

Aparecía con la camisa abierta, como es habitual en él, enseñando el torso desnudo para lucir cuerpo y demostrar lo bien que se conserva a pesar de los años, cosa que no es cierta. Siempre ha sido exhibicionista, y provocador. En los conciertos hace todo lo que se le viene a la cabeza: meterse la mano debajo del pantalón como si se fuera a sacar el pene o para frotándose el trasero, untarse de manteca de cacahuete el pecho y cortarse con trozos de cristal de una botella rota… En fin, todo lo imaginable. No en vano es un icono punk rock, y esa es gente muy dura.

En realidad no hay originalidad ninguna en esto, pues tanto en su forma de vivir, su manera de comportarse en el escenario y en su aspecto sigue los estereotipos propios de su gremio: drogas, sexo, rock and roll, y, claro, terminan envejeciendo todos igual. Me recuerda a los Rolling Stones, que son de su quinta, tienen el mismo cuerpo y la misma cara, la piel como los cocodrilos o las tortugas. Y sin embargo siguen enseñando palmito, orgullosos de su físico, en una proyección de sí mismos sobredimensionada en cuanto a la virilidad y la juventud que se niegan a perder. Y también su rebeldía de siempre, como que nada les importa, que siguen siendo los que eran, fieles a sí mismos. Al final resultan un tanto patéticos, aunque siguen teniendo sus seguidores incondicionales.

A mí me parece que tienen un sentido de la estética distorsionado, algo en lo que siguen su propio y particular criterio, como en todo lo demás. Iggy solía tener cara de pena ya desde pequeño. Parece un ser atormentado. Es ahora en la vejez cuando exhibe su sonrisa más blanca y perfecta, seguramente porque es su dentadura es postiza.

En fin, Iggy Pop, incombustible hasta el final.
- Me parece lamentable esa costumbre que se está imponiendo últimamente de que se reivindiquen cosas a través de mujeres que se quitan la ropa. Hace poco veía una foto en la que una de las componentes de Femen, grupo ucraniano feminista de mujeres que desde hace 5 años se desnudan, disfrazan y pintan su cuerpo para denunciar asuntos candentes en todo el mundo, hacía un topless en Alemania en presencia de Merkel y Putin, para protestar por la política de éste último.

Merkel ponía cara de chufa y se iba para otro lado, entre sorprendida y asustada, medio protegida por un guardaespaldas, pero Putin la miraba con guasa, incrédulo, sin quitarle el ojo de encima. Él, y Sarkozy en su momento, hicieron célebre la cara de lujuria típica de los cincuentones cada vez que veían a una mujer joven y guapa. No era raro verles en las fotos de sus actos oficiales entreteniéndose con estas cosas. Por supuesto que Putin ni se inmutaba ante la exhibición, le importaba una higa, él aprovechó el momento para recrearse la vista, como hace siempre. Una burla hacia el motivo que causó el incidente y hacia las mujeres en general.

A un déspota como este de poco sirven ese tipo de métodos, antes al contrario, él se lo pasa en grande y los organizadores de la protesta en entredicho. A la gente que se dedica a esta clase de reivindicaciones se la suele tener por loca y ociosa, no se la toma en serio. No entiendo lo de la desnudez, a estas alturas ya nadie se escandaliza por cosas como esa, hace años a lo mejor causaba sensación, pero ahora ya estamos a la vuelta de todo eso. Hoy en día es algo ridículo, y la mujer queda en una situación indigna. Hay otras muchas formas de llamar la atención sobre temas candentes.

Además Femen es un grupo en el que sólo parecen tener cabida mujeres jóvenes y atractivas. No me extraña que Putin y Merkel se rieran a mandíbula batiente, cuando ya acabó todo. Una organización basada en el exhibicionismo y en darle gusto a la vista de los hombres no hay quien la tome en serio.

jueves, 16 de mayo de 2013

Pensamientos de Jose Luis Sampedro


- Se habla mucho del derecho a la vida, pero no de lo importante que es el deber de vivirla.

- Deberíamos vivir tantas veces como los árboles, que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar.

- El tiempo es invencible porque él mismo se destruye a cada instante.

- Uno escribe a base de ser uno minero de sí mismo.

- Hay dos clases de economistas: los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres.

- Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada.

- La libertad es como una cometa, vuela porque está atada.


- Siempre se puede, cuando se quiere.

- El niño siempre anda buscando. Entonces, si no se siente buscado, por fuerza pensará que el mundo falla y le rechaza.

- El tiempo no es oro, el tiempo es vida.

- Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme.
- ¡Qué importa mi boca cerrada! Cuando piensas con el alma te oyen.

- ¿La gente está loca? No, la gente está manipulada.

- El sistema ha organizado un casino para que ganen siempre los mismos.

martes, 14 de mayo de 2013

Los reyes de la risa


No había tenido el gusto de ver nunca a Javier Gurruchaga en una obra de teatro hasta hace unos días en que fui con una amiga a ver Los reyes de la risa, y la verdad es que me ha gustado mucho.

Por lo visto empezó haciendo la obra con Joaquín Kremel, que me imagino que daría mucho más juego que el actor que actualmente lo reemplaza. Es un clásico de la comedia, escrito por el prolífico Neil Simon, autor de argumentos de películas tan estupendas como Descalzos por el parque o El prisionero de la 2ª avenida, y de dramas como Perdidos en Yonkers, que vi en teatro hace muchos años, protagonizada por Jaime Blanch, y que me encantó.

Gurruchaga aparece todo el tiempo en pijama y pantuflas, contrastando con la elegancia del traje raya diplomática que lleva su partenaire. Algunas referencias del argumento están adaptadas a la vida del propio Gurruchaga, cuando se habla del pasado del protagonista en el mundo del espectáculo, y ahí se mencionan los programas de televisión en los que él participó realmente.

El argumento gira en torno a dos cómicos que trabajaron juntos durante veinte años y que, tras una larga separación, son reunidos nuevamente por un productor televisivo para actuar una sola vez, infructuosamente, pues ellos tienen diferencias irreconciliables. Su tragicómico enfrentamiento alcanza tintes grotescos, aunque al final se dan cuenta de lo mucho que se divirtieron mientras trabajaron juntos y lo mucho que se valoran y aprecian a pesar de todo.

Gurruchaga tiene una vena hilarante ya conocida, siempre propenso a la exageración. No renuncia a su maquillaje blanco y los ojos pintados, como cuando aparecía con la Orquesta Mondragón, que le hizo famoso, o en cualquiera de sus programas de televisión. Sus muecas, los ojos desorbitados, la forma de moverse, producen risa, y me parece que el suyo es un talento cómico que está aún por explotar, solapado por su vertiente musical y la de showman en espacios de diverso pelaje.

Me encantó la escenografía, una de las cosas que más me subyugan del teatro. Hay algo mágico en ella, hipnotizante. Sin el ambiente adecuado, la representación no sería la misma, por buena que fuera la obra.

Javier salió a saludar tres veces cuando acabó la representación, enganchando al brazo de su compañero de reparto, y en compañía de otros dos actores secundarios, a pesar de que la sala era pequeña, éramos pocos los espectadores y había ganas de aplaudir pero no tantas. A él le da igual, con su desenfado habitual disfrutó de los aplausos y nos dedicó a todos una cálida mirada desde el escenario, afectuoso. Tiene una enorme sensibilidad, a pesar de haber querido aparentar siempre distancia y burla respecto a todo, una máscara bufonesca que este artista se pone para proteger un delicado corazón. En el fondo es un niño grande y travieso.

Quizá los años hayan hecho que Gurruchaga suavice sus formas y sus palabras. Son célebres sus frases lapidarias acerca de todo y de todos, y su cáustico sentido del humor. Es un hombre muy inteligente, y a mí siempre me ha hecho reir mucho, aunque sus excentricidades tenían más cavida en los años 80, tan extravagantes. Con Los reyes de la risa hace pasar un rato, que a mí se me hizo corto, muy divertido.

lunes, 13 de mayo de 2013

Los Romanov


No es fácil encontrar libros que merezcan la pena ser leídos, y cuando eso sucede constituye un inmenso placer. Últimamente he podido disfrutar de dos lecturas que recomiendo: El cumpleaños secreto de Kate Morton, y El testigo invisible de Carmen Posadas.

Por los títulos se diría que se tratan de relatos de misterio, pero no es así. En las obras de Kate Morton siempre hay algún ingrediente de ese tipo, pero están elaboradas de tal manera que cabe todo un mundo en ellas. De sus cuatro libros, los que más me han gustado fueron el 2º, El jardín olvidado, y este último. Su estilo es siempre elegante y al mismo tiempo cercano, su imaginación portentosa, la recreación de épocas y ambientes única, todo lo que cuenta es interesante, deseas seguir leyendo sin interrupción para ver qué es lo siguiente que va a pasar, y no quieres que se acabe nunca.

Con Carmen Posadas he tenido una grata sorpresa. Sus artículos solían parecerme empingorotados y huecos, llenos de paja y sin sustancia, con muchos circunloquios que terminaban por no decir gran cosa. Quizá, debido a su timidez declarada, no se sienta tan cómoda teniendo que dar su opinión sobre temas de actualidad, con la que los lectores no siempre estarán de acuerdo. En una novela tiene la posibilidad de dar rienda suelta a su fantasía, y la verdad es que escribe muy bien. Su prosa es ágil, talentosa, sensible.

Escogí el libro que ha publicado ahora, el único que he leído de ella, por su temática, la vida de los Romanov hasta su trágica muerte. Siempre me interesó esta historia, y se han escrito tantas cosas sobre ella que el relato de Carmen Posadas es un soplo de aire fresco en medio de tanta reiteración.
Para ponernos en situación se ha documentado exhaustivamente, transcribiendo textos de personas que convivieron con los zares y sus hijos. La figura del niño que pertenece a la servidumbre y que es ese testigo invisible que da título a la novela, le sirve a la escritora para componer una trama muy interesante que consigue subyugar casi desde el principio.

Salvo el drama de la descripción inicial del asesinato de la familia imperial rusa, el resto de la obra tiene concesiones frecuentes al humor y la ternura, pues contemplamos ese mundo a través de los ojos de un niño, su inocencia y su ingenuidad. De este modo se nos introduce en la cotidianeidad de los zares y sus hijos como si contempláramos viendo sin ser vistos, al igual que el protagonista de la novela, la intimidad de esas personas.

El tormento de las hijas de Nicolás II es inimaginable. Desconocía que tardaran tanto en morir debido a las joyas que habían escondido bajo sus ropas. El ensañamiento de que fueron objeto y la dificultad para acabar con sus vidas fue parejo al que emplearon con el odiado Rasputín.

Sólo podemos comprender la extrema crueldad de los homicidas en el contexto de un tiempo y unas circunstancias tan particulares como fueron las de la Rusia de aquel entonces. El eterno abismo existente entre la miseria del pueblo y la riqueza de la aristocracia es una cuenta pendiente que aún hoy en día está sin saldar en muchos lugares del mundo.

Parece ser que el zar tomó también algunas decisiones poco afortunadas, lo que en países tan vastos y complejos como aquel suele traducirse en baños de sangre. Además fue poco perspicaz al no ser capaz de conocer realmente a los que le rodeaban. De ser así habría previsto lo que se le venía encima.

Los Romanov han llamado siempre poderosamente la atención por la belleza de sus miembros y por la forma tan terrible en que fueron masacrados. Nos han quedado muchas fotos de unas jóvenes muy hermosas que nos miran desde la distancia de los años co
n esa inocencia que nunca llegaron a perder, pues la vida se truncó para ellas antes de que eso sucediera. Desayunando, paseando por los jardines de palacio, posando con el uniforme oficial, en todo momento aparecen con sus preciosos vestidos y peinados. Su hermano pequeño, tan frágil, también es muy bello. La zarina muestra siempre un gesto triste, y el zar un semblante relajado, feliz, familiar. Todos eran muy aficionados a la fotografía.
Como sucede con aquellos que mueren prematuramente, nos produce una inmensa pena ver el futuro que tenían por delante del que ya no podrían disfrutar. Y comprobamos, una vez más, cómo la envidia, la crueldad y la injusticia alcanza a todos por igual, sean ricos o pobres, nobles o plebeyos, bellos o poco agraciados.

viernes, 10 de mayo de 2013

Alfredo Landa


El fallecimiento de Alfredo Landa es hoy noticia de portada en casi todos los periódicos. Se recuerdan, una vez más, las películas que rodó y sus declaraciones en las entrevistas que se le hicieron. Aquellos años del destape setentero, en el que hizo lo que pudo teniendo en cuenta la época, y aquellos otros años que vinieron después, en los que tuvo oportunidad de demostrar la versatilidad de su talento.

Sin duda, la suya fue una evolución que llama poderosamente la atención. Pasar de los típicos papeles de garrulo con boina, manoteando mucho, dando muchas voces, crítica velada o mofa de la paletez de una España que aún no había salido de lo rural en la mayoría de los aspectos, a pasar a interpretar personajes llenos de vida, que tenían una mezcla de ternura y de indignación, de fuerza y de atribulada muestra de las debilidades humanas. Él lograba desnudar el alma, sin tapujos, sin pudor.

La gente recuerda mucho El crack, con el que quiso poner un punto y aparte en el tipo de personajes que solía encarnar, dejando a un lado el buen humor y la comedia, para centrarse en la figura de un tipo duro, serio, con un discurso demoledor e implacable, que nos pareció al principio increíble en él, acostumbrados como estábamos a verle hacer precisamente lo contrario, pero que luego nos terminó convenciendo.

También se le recuerda en Los santos inocentes, con aquel personaje infeliz destinado a pasar por todas las desgracias y penurias imaginables, al que dotó de una suerte de dignidad que era muy propia de él, una forma de hacerse respetar frente a las injusticias y las calamidades que eran su marca de fábrica.

O La vaquilla, enésima versión de la guerra civil española, tema obsesivo con el que nos castigan cada cierto tiempo los directores cinematográficos, pero que en la piel de Alfredo Landa adquiere una nueva dimensión, cómica cómo no, pero distinta a las anteriores. Inefables aquellas escenas de ambos bandos intentando coger una vaquilla que anda suelta para luego torearla, sus charlas desde uno y otro lado de las trincheras. Recuerda lo que hacía Gila con su número del teléfono, lo de llamar al enemigo para ver cómo sigue, para acordar la hora de echarse la siesta y cosas por el estilo. La guerra, absurda y cruel, caricaturizada por estos genios. Nunca unas risas fueron más terapéuticas.

Son muchas las películas de este gran actor, pero la que más ha quedado en mi memoria es Las verdes praderas. Una historia aparentemente anodina, el típico oficinista venido a más, que intenta disfrutar de su familia y de su chalet un fin de semana y se ve asediado por compromisos sociales y familiares inoportunos y pesados, que termina de forma inesperada cuando su mujer rocía con gasolina la casa y le prende fuego. Me encantaba esa conexión entre ellos dos como matrimonio, la dulzura, la feminidad y la comprensión de ella, el amor de él, entre niño y hombre, incólume a pesar de las múltiples contrariedades de su cotidianeidad. Esa forma de mirar de Landa, con sus eternos y grandes ojos tiernos de largas pestañas, la firmeza de su ademán cuando intenta explicarse, la rotundidad de sus frases, me llegaron al corazón.

Dicen que esta película marcó a una generación. Y es muy cierto. Me produce nostalgia, cuando la contemplo, ver las modas de la época, porque son las de mi infancia, las costumbres de entonces, la idea que se tenía de lo que es una familia. Me acuerdo de la que yo tenía, de cómo éramos nosotros, y me veo reflejada en ella. Esa forma de pensar, de sentir, que parecen ahora tan lejanas, permanecen sin embargo en mi interior como pequeños tesoros casi perdidos del pasado.

Porque esa era una de las virtudes de Landa, la de hacernos sentir cosas como nadie más supo hacerlo, esa manera suya tan especial, tan particular, de transmitir pensamientos y sentimientos. A mí me ha parecido siempre que era como el Jack Lemmon español, el eterno intérprete de personajes en permanente estado de indignada estupefacción, corrientes y sin nada destacable en apariencia, pero auténticas bombas de relojería en potencia que estallan cuando las situaciones se hacen insostenibles, sacando a relucir las cualidades ocultas hasta entonces, el valor, el honor, el sentido de la justicia.

Fue polémico el libro con sus memorias que salió hace un tiempo, escrito por un periodista que le entrevistó durante muchas horas, porque en él critica a muchos de sus compañeros de profesión de tantos años. Sólo tiene halagos para los actores de prestigio, a los que siempre se quiso asemejar, intentando pasar página de la serie de horrorosas películas que hizo en sus comienzos. Le faltó discreción. Quizá se amargó al final porque veía terminada definitivamente su carrera, o se quiso desquitar de tantas cosas silenciadas durante tanto tiempo, gente que no le caía bien o no se portó bien con él.

Landa era muy sentido, no olvidaba ni lo bueno ni lo malo que se le hubiera hecho. Solía dar una imagen socarrona y muy humana, pero era un hombre con bastante carácter en realidad. Lo que sí es seguro es que nunca le vamos a olvidar.

jueves, 9 de mayo de 2013

Un poco de todo (XVII)


- Está mi hijo muy contento porque la próxima semana empieza las prácticas del PCPI, que duran un mes. Para su 1ª experiencia laboral ha tenido que rellenar un currículum vitae que le ha facilitado el instituto, con sus datos personales, su foto (está muy guapo), sus estudios, su disponibilidad horaria y la experiencia, que en este caso no tiene.

Estaba tan orgulloso que descargó un programa en el portátil de casa para que pudiera verlo, y se lo mandó a su padre por correo electrónico para que lo viera también.

Le ha dicho su tutor que deben tener buena apariencia, por lo que se deberá igualar el pelo, que ahora lleva a la moda, como de tribu india. Está muy nervioso, aunque él lo niegue, pero curiosamente no parece que sea por si va a ser capaz o no de desempeñar bien el trabajo, algo en lo que muestra mucha confianza en sí mismo, sino por si lo toca un jefe “cabrón”. Es muy sensible al maltrato, quién no, y resulta muy hiriente no poderte defender por no perder un empleo. Cuántas cosas le quedan aún por pasar en la vida. Espero que las buenas sean muchas más que las malas.

- Estaba hace poco esperando a una amiga con la que había quedado, cuando se me acercó una gitana, joven, no llegaría a 30 años, bajita, regordeta, ojos verde claro, con la típica ramita de romero en la mano pidiendo dinero. Siempre he creído que eso sirve más como condimento culinario que como talismán de la buena suerte. Cómo detesto las supersticiones. Pensé con fastidio que no llevaba ni un minuto allí cuando ya se acercaba alguien a molestar, y mi 1ª reacción fue dar un paso atrás asqueada en cuanto se aproximó.

“No me tengas miedo porque sea gitana”, me dijo la mujer, interpretando mi gesto como su escaso criterio le dio a entender. "¿Por qué lo dirá?", elucubré, "¿por la facilidad con que sacan la navaja en cuanto se les contraría?". “Yo no tengo miedo ninguno a los gitanos”, le dije altanera y molesta. Le dio lo mismo mi respuesta, enseguida empezó a contarme su vida, que si tenía dos hijos a los que no podía dar de comer, etc…, lo de siempre.

Pero no dejé que siguiera hablando, son como discos rayados que aburren, es una retahíla que se han aprendido de memoria y la sueltan en cuanto pueden, como si creyeran que alguien a estas alturas se la traga. Decidí interrumpirla y seguí su ejemplo, me puse a contarle mi vida yo también, táctica que nunca había empleado antes, a ver qué pasaba: que si estoy divorciada, que también tengo dos hijos, que mi ex marido me pasa poca pensión… Me puso una cara extraña y pensé que empezaría a insultarme y maldecirme, como hacen habitualmente, pero no, empezó una maniobra de retroceso imprevista y cuando quise darme cuenta había puesto pies en polvorosa, salió corriendo como el Correcaminos de los dibujos animados, que va dejando una nube de polvo tras de sí. Cuánta agilidad para ser tan voluminosa. Pensé en decirle "No me tengas miedo porque sea paya", a ver qué le parecía. Si todos hiciéramos con ellos lo que esta mujer hizo conmigo, rehuírlos y salir corriendo, enseguida dirían que somos racistas. Los racistas son ellos con nosotros.

Su reacción fue inesperada para mí. Seguramente ella no contaba con que otra persona le fuera a contar sus cuitas, pues todos las tenemos, no hace falta ser gitano para eso. Pero a ellos les es indiferente lo que les pase a los demás, viven en su mundo tan cerrado y sólo van a aprovecharse.
Mientras estas cosas sigan sucediendo no podremos escapar de los prejuicios y los estereotipos, los que ellos tienen de nosotros y nosotros de ellos.

miércoles, 8 de mayo de 2013

El horario del funcionario ideal


Ya están tocando un poco las narices con el tema del horario para los funcionarios. Se amenaza con descontar días del salario a los que no cumplan el horario, que en realidad es el mismo que ha habido siempre desde tiempo inmemorial, sólo que pocos lo hacían. Y descuentos por faltas como ausencia sin baja médica o por cuidado de un familiar enfermo, que no se pueden justificar, y eso sí, previa audiencia al interesado, como si estuviéramos en un juzgado. Se habla de poner torniquetes para registrar todas la entradas y salidas, de colocar relojes de fichar que funcionen con la huella del dedo para evitar que unos se fichen a otros... En fin, que llegaremos al fichaje por reconocimiento del iris o de la voz, como en las películas de espías, donde aparecen lugares que tienen fuertes medidas de seguridad.

Yo hace 28 años y pico, cuando empecé a trabajar en la Administración, hacía el dichoso horario de 7,30 a 15 h., y durante muchos años. En algunos sitios en que he trabajado se fichaba incluso el desayuno, como se está diciendo ahora que hagamos si dura más de media hora y es fuera del centro de trabajo. Incluso en uno de los trabajos se gastaron un dinero en poner un reloj que permitía que el usuario tecleara él mismo su incidencia, el motivo por el que se ausentaba, entraba más tarde o salía antes.

Nada me pilla por sorpresa, lo único de lo que me lamento es de que vayamos hacia atrás, a las estrictas normas del pasado, en lugar de progresar  procurando que nuestro trabajo se haga más eficazmente. Que lo importante es el trabajo efectivo, no cuánto tiempo pasamos sentados en nuestro puesto, en donde lo que menos se mira es si estamos navegando en Internet, jugando a los solitarios o currando realmente.

He oído que en algunos sitios hasta se están confeccionando listados con la gente que aún no está cumpliendo el horario oficial. Me produce un gran malestar ver este acoso, es como si estuviéramos viviendo en tiempos de Stalin, y más con esa extraña “figura” del delator, alguien que “vigila” que el funcionario cumpla las normas, que les ha dado por decir ahora.

En un trabajo en el que estuve hace años teníamos a uno de esos en el despacho, el típico lameculos, infeliz, con una vida personal precaria, ludópata, que nunca se declaró como tal y que nunca supimos lo que sacaba con todo eso, porque si no eran prebendas debía ser ese reconocimiento que en su casa no tenía, por una labor que nadie que esté en su sano juicio querría hacer. Ahora pretenden hacer del chivato una categoría más. Me pregunto qué nombre técnico tendrá, qué nivel, en qué grupo se le encuadrará. Seguramente son sólo rumores, pero si efectivamente llegara a ser cierto sería el colmo de la astracanada.

Unas tías de mi madre, funcionarias de Hacienda en los años 40 y 50, entraban a trabajar a las 9 y pico de la mañana y se iban sobre las 2 de la tarde. Durante la jornada laboral, un camarero de una cafetería cercana les traía el café a su mesa, tal y como se hace en la empresa privada con los desayunos de trabajo. Además en aquella época estaban muy consideradas, no como ahora, que el sector público está defenestrado hasta lo inimaginable.

Comprendo que estas restricciones a las que antes aludía se deben a los que han abusado durante tantos años, que han sido y son muchos, y ahora estamos pagando justos por pecadores, pero estoy convencida de que los truhanes van a seguir haciendo sus triquiñuelas de siempre, y los curritos seguiremos cumpliendo con nuestras obligaciones sólo que más puteados. Porque que quieran hacer cumplir el horario oficial lo puedo entender, o restringir las ausencias al trabajo sólo a lo imprescindible, pero que además nos quiten pagas y nos congelen sueldos es como un castigo que no sé muy bien por qué se nos infringe ni quién tiene interés en que esto sea así.

Y que no nos cuenten que son medidas de tipo económico por culpa de la crisis. Es absurdo que sea la clase media la que sostenga a la sociedad, y que los pobres sigan siendo pobres, cuyas filas pasaremos a engrosar los funcionarios, y los ricos tan ricos como siempre o más.

Las reformas que necesita la Administración van por otros derroteros: la burocracia debe simplificarse al máximo, los puestos de alto nivel reducirse a la mínima expresión, que es por donde se va el dinero. Y mucha inspección a los que tradicionalmente abusan de su posición: los miembros de los sindicatos y los gerifaltes. Si quieren reducir gastos que reduzcan los trámites interminables y engorrosos, que no se gaste tanto papel cuando ya la informática debería estar extendida en todas partes como única herramienta de trabajo. Que se eliminen las campañas en las que anuncian tal o cual servicio que tu comunidad o tu ayuntamiento te va a dar. Para qué tantas vallas publicitarias, tantos folletos por correo postal al domicilio de la gente. Si de verdad quieren demostrar que el dinero de nuestros impuestos está siendo bien empleado, que lo hagan con hechos.

En fin, que el horario del funcionario a este paso va a ser como el del sector industrial. Recuerdo en Viena, durante mi luna de miel, que nos levantaban muy pronto, a las 7 de la mañana, porque era un viaje organizado, y cuando nos asomábamos por la ventana veíamos ya las oficinas con la luz encendida, funcionando. Me producía asombro, algo de desagrado porque lo consideraba esclavizante, y en el fondo un poco de complejo por la comparación con nosotros. Qué trabajadores son, pensaba, pero me pareció que no me gustaría vivir en un país con normas tan severas.

En esos sitios de Europa están acostumbrados, porque amanece antes que aquí, y también anochece antes. Cuando se madruga tanto no sales de noche de casa como nos pasa a nosotros. Son lugares que adaptan sus horarios y costumbres a la luz solar.

Aquí no, aquí se implantan unas normas que hay que cumplir contra toda lógica. Y así con el tiempo se creará un prototipo, el del funcionario ideal, cuyo horario más que intensivo complacerá a la opinión pública, aunque la efectividad de su trabajo siga estando en entredicho. 

martes, 7 de mayo de 2013

Stand Herd: el artista ecológico


Stand Herd es un agricultor norteamericano que lleva a cabo en la zona de Kansas y alrededores lo que podríamos llamar "cuadros en el campo", representaciones de personas y objetos en grandes extensiones de tierra y hierba.

Para realizar sus creaciones planta, siega, ara y quema la tierra hasta que consigue las formas deseadas.

Las vistas aéreas de sus obras son espectaculares. Imaginación no le falta.


Obama




Amelia Earhart


Los girasoles de Van Gogh


lunes, 6 de mayo de 2013

El día de la Madre


Apareció mi hija ayer, día de la Madre, con unos regalos que me había comprado para celebrar el acontecimiento, si es que se le puede llamar así: un monedero muy bonito, una funda de gafas rosa pálido con brillantina muy fashion, y unas sandalias del estilo de las que sabe que me gustan, con brillos dorados sobre cobre. Ella siempre ha sido muy detallista.

Mi hijo ya había empezado a obsequiarme con sus felicitaciones la noche anterior, y al día siguiente, algún besito que otro me dió, él que no suele ser muy besucón.

Unos días atrás les planteé una cuestión por separado, para ver cómo reaccionaban los dos. Es un tema al que llevo dando vueltas desde hace mucho tiempo, y al que ya sabía lo que me iban a contestar, pero me gusta preguntar por si me sorprenden.

Empecé con Ana. “¿Qué te parecería si adoptara un niño o niña?”. Ella estaba en su habitación y no le vi la cara, pero me la imaginé por el tono nervioso e irritado de su voz. “¡Mamá! ¡Qué cosas tienes! ¿Pero cómo lo vas a mantener, si ya andamos justos nosotros?”. Supuse que saldría por ahí, con el tema económico. Para ella es muy importante. “Pero Ana, si la ropa ya la tenemos, que es la vuestra de cuando érais pequeños, los colegios son públicos y la comida, por un plato más, no se va a desbaratar el presupuesto…”

Ella renegaba, no estaba nada convencida. En realidad es muy celosa de sus cosas, no le gusta compartir, ni sus posesiones ni sus afectos.

Cuando se lo planteé a Miguel Ángel no rezongó tanto, pero su respuesta fue también negativa, y con muchas más inesperadas vertientes. “¿A estas alturas de la película, con lo mayores que somos ya?”, o “En mi cuarto sólo duermo yo”, o “Nuestra economía no nos lo permite”, para terminar algo compungido: “¿Es que no tienes bastante con nosotros?”.

Les dije que no me darían un bebé con la edad que tengo, si no alguien mayor, de entre 8 y 12 años probablemente. Eso les convenció aún menos. Un recién nacido, al fin y al cabo, siempre despierta ternura y afán de protección. Sin embargo, a mí me gusta lo de que ya sea mayor, porque te saltas esa etapa un tanto angustiosa en la que una criatura necesita de ti las 24 horas, y eso para mí sería ya muy agotador.

También al ser mayor el niño o niña es más que probable que ya tenga un bagaje vital muy penoso, y da un poco de aprensión pensar hasta qué punto estará afectado. Pero en realidad ahí está lo interesante del asunto, la verdadera razón por la que alguien debería adoptar: ayudar a superar traumas y contribuir a que se haga una persona completa y pueda disfrutar de la vida.

Es bastante usual que esos niños tengan problemas de salud. En los orfanatos, da igual que sean de Rusia o de la India, los cuidan muy mal y contraen todo tipo de enfermedades. Sería maravilloso verles sanar.
La gente quiere bebés, y a ser posible sanos y de su misma raza. Es como si se tratara de ir a una tienda a elegir el modelo de zapatos que sea más de tu gusto, o una mascota, por lo mona que pueda parecer. ¡Qué horror, se trata de seres humanos!

Mi deseo de tener más hijos proviene de la necesidad de disfrutar plenamente de su crianza, pues cuando tuve a los míos no me fue posible como yo hubiera querido por mis circunstancias personales. Ahora, con los años, me siento más capaz de gozar el momento, más relajada, más libre, la experiencia adquirida me permite sentirme más segura. Esa es la eterna zozobra de una madre o un padre, el saber si se está actuando de la forma más correcta. De todas formas, si lo estamos intentando hacer lo mejor que podemos, no debemos juzgarnos duramente, tenemos que aceptar nuestras limitaciones. Intentar ser perfectos es una entelequia, además de una ridiculez.

De lo que no cabe duda es que esto de la adopción es un negocio en el que hay invertir mucho tiempo y dinero. Es un auténtico mercadeo humano, una trata de niños, una vergüenza que no sé cómo nadie denuncia, igual que se denuncian otras cosas.

A veces pienso que las parejas actuales no deberían tener más hijos propios y en su lugar adoptar a los ya nacidos, que son muchos, y no tienen una familia que los quiera, niños con necesidades y con derechos nunca disfrutados. La mía es una familia “monoparental”, pero en ella tendría cabida cualquier niño o niña que lo necesitase, si mis hijos quisieran. A ellos les vendría bien, aunque ahora no lo vean así.

viernes, 3 de mayo de 2013

Pintura contemporánea (V): Valentín Serov


Autor ruso, hijo de compositores. Vivió entre la 2ª mitad del s. XIX y la 1ª década del s. XX.

Utiliza varias técnicas diferentes: acuarela, pastel, litografía. Muchos de sus modelos pertenecían al mundo de las artes, las letras y la interpretación. Realizó muchos retratos de cámara, intimistas. Al principio se dejó influenciar por el impresionismo, más tarde por el realismo.

Comprometido políticamente, su creatividad al final de su vida tuvo salida con la pintura histórica y la mitología.


Autorretrato


Helena Ivanovna Roerich


Isaak Levitan


Rimsky Korsakov

Sasha Serov


Semenov Tien Shansky


martes, 30 de abril de 2013

Tal como éramos


Es gracioso cómo los que han sido presidentes de gobierno en el pasado gustan de aparecer de vez en cuando en televisión, entrevistados a cerca de su opinión sobre el panorama nacional, respaldados por su experiencia y su supuesto “caché”, que les avala. En realidad sólo son dos, puesto que nuestra democracia es demasiado joven como para haber podido dar más líderes con tanto "carisma", o tantas ganas de seguir figurando.

A veces es Aznar que, con su aire reposado, meditabundo y docto, nos alecciona empezando casi todas sus frases con un “Mire usted” que me desagrada bastante, porque es una forma de hablar un tanto paleta y demasiado imperativa, como si lo que va a decir sentara cátedra, algo que también hace su predecesor Rajoy. Espero que no se comporte así cuando vaya por el mundo dando sus conferencias.

Pero al que vi el otro día fue a Felipe González, muy avejentado con tanta cana, aunque sus mofletes parece que siguen tan lozanos como siempre. Ha perdido la fuerza de su gesto y de la mirada, las mandíbulas apretadas como solía tener, pero básicamente sigue igual. Ahora habla con más enjundia. En los tiempos en que fue presidente se perdía en un lenguaje tecnocrático con el que hablaba mucho sin decir casi nada, como hacen los dictadores para adormecer a las masas, para hipnotizarlas, o los charlatanes de feria para confundir al personal.

Pero si en algo sigue siendo el de siempre es en la imprecisión de muchas de sus afirmaciones, premeditada por supuesto. Hasta en algo tan poco importante como hablar sobre su edad, que por cierto nadie le preguntó (debe ser algo que lleva mal), afirmó “no tengo ni 70 ni 71”. ¿Tan difícil es hablar claro?, es como si jugáramos a las adivinanzas.

Al preguntarle por la corrupción, se extendió en una diatriba con la que condenaba la actual situación, aunque añadió una frase final, hablando en un tono un poco más bajo, como si no quisiera ser escuchado, no reconocer cosas del pasado o no quisiera ser claro. La frase fue algo así como “aunque la corrupción está siempre ahí”. Tendría mucha cara, que la ha tenido siempre, y muy dura, para negar la que hubo mientras fue presidente. Todos recordamos que a su gobierno lo terminaron llamando “corrupsoe”, en una época en que no estábamos tan acostumbrados como ahora a oir hablar de ese tema.

Le preguntaron si se sentía a gusto viviendo en España. Él contestó que, si lo pensaba fríamente, preferiría estar a miles de kilómetros. No puedo por más que recordar la época de su mandato, sobre todo el 2º, cuando pasaba casi todo el tiempo viajando con el pretexto del trabajo. Ni se enteraba de lo que sucedía aquí, ni creo que se quisiera enterar. Es más idílico codearse con los dirigentes del resto de países del mundo, donde todo funciona de otra manera o donde encuentra un reconocimiento que aquí no tuvo en la medida que él hubiera querido. Algo parecido le pasó a Aznar, que gozaba alternando en las altas esferas políticas en el extranjero.

Dijo unas cuantas frases más de coletilla atenuando la voz. Taimado, y fiel a sí mismo, cómo no. Transparencia cero. En el fondo le debe halagar que sigan recurriendo a su criterio después de tanto tiempo, como se hace con los sabios en algunas culturas.

No creo que ni Aznar ni Felipe González sean precisamente sabios, pero ahí están, con sus aciertos y sus fallos, diciendo aún la última palabra. Si los comparamos con Zapatero sí tienen ventaja, pero lo de este último es un caso aparte. No me extraña que no haya vuelto a dar señales de vida, aunque lo mismo hizo Adolfo Suárez, aunque por razones diferentes, pues mientras pudo (hace tiempo que no por su enfermedad) se abstuvo de ir dando entrevistas y conferencias, discreto como siempre fue. Y eso que él si que tuvo un comportamiento irreprochable mientras estuvo en el poder, no como los otros. Pero en fin, el mundo parece que es de los charlatanes, los pretenciosos y los arribistas.



lunes, 29 de abril de 2013

Ilustradores (XI): Roger Olmos





He aquí algunos de los trabajos de este ilustrador catalán. En ellos hay una mezcla de maestría técnica, imaginación desbordante y jocosa ingenuidad.


viernes, 26 de abril de 2013

Querido Terenci


Hace poco se cumplían 10 años de la muerte de Terenci Moix. Cómo es posible que haya pasado ya tanto tiempo. Me parece que fue ayer cuando se fue, quizá porque nunca he dejado de recordarlo. Era una figura pública que se dejaba ver con frecuencia en televisión con sus programas, siempre tan interesantes, y con las entrevistas que le hacían cada vez que publicaba algún libro. Se había hecho un personaje familiar al que era muy agradable ver y escuchar, siempre aprendías algo con él, era una fuente de inspiración.

Y como nunca tuvo pudor en hablar de sí mismo es por lo que sabemos tantas cosas suyas. Que era el mayor de 3 hermanos, que sólo le queda su hermana, la más pequeña, porque el mediano murió a los 18 años tras una penosa enfermedad, algo que le marcó profundamente. Que de niño era terriblemente introvertido, y que su afición al cine provenía de su necesidad de mitigar la soledad que le cercaba, de llenar sus horas con mundos de fantasía. Se veía a sí mismo en aquella época de su vida con una conmovedora melancolía.

Los que le conocieron de joven dicen que era una persona muy silenciosa y ensimismada, tremendamente triste, como si hubiera algo dentro de él que no pudiera expresar y le consumiera por dentro.

Él comentó una vez que fue un niño muy mimado, que no le habría venido mal que le hubieran pegado una torta en más de una ocasión, porque era, según sus palabras, “un monstruo del amor”.

Sólo cuando fue a la universidad y empezó a publicar sus libros consiguió desarrollarse como ser humano en plenitud. Su verdadero carácter salió a la luz: extrovertido, hablador, capaz de hacer amigos con suma facilidad. Sus primeras obras fueron polémicas, intensas, descargaba con ellas sus fantasmas personales, sus frustraciones, y también sus anhelos y sus pensamientos más íntimos. Política, religión, amor, todo lo divino y lo humano pasaba por su pluma.

Sus ideas sobre el independentismo catalán eran muy claras. Llegó un momento en que se negó a escribir en catalán, Terenci tenía una mentalidad universal, enormemente abierta, y todo lo que fuera reducir esa visión a horizontes estrechos le horrorizaba, lo cual no le impedía ser catalán hasta la médula.

Siempre amante del mundo de la interpretación, conoció a Enric Majó, que fue su pareja y con el que conviviría muchos años, hasta que éste le dejó. Tuvo muchas relaciones sentimentales, pero él fue su gran amor. Solía decir que no comprendía por qué decían que los homosexuales salían del armario cuando se declaraban como tales. “Yo nunca he salido de ningún armario”. Es una expresión que a mí tampoco me ha gustado nunca y que nunca he comprendido.

Una amiga suya dijo que Terenci era un ser extraordinario, pero que vivir con él no era sencillo. Se dejaba llevar por arrebatos coléricos que no era capaz de controlar, y no había razonamiento posible con él. Con sus parejas tuvo relaciones tormentosas.

Le gustaba retirarse a una casa que tenía en un pueblecito catalán, encalada, de dos plantas, con habitaciones pequeñas, un lugar tranquilo donde encontraba la paz que necesitaba. Allí, en el piso de arriba, pasaba horas interminables dándole a la tecla en su máquina de escribir. Cuando le llamaban a la hora de la comida él siempre decía que no podía parar de repente, porque la inspiración se le iba. Tenía horarios intempestivos para trabajar, se quedaba despierto hasta la madrugada, y luego no se levantaba tarde. Cuando tenía un libro entre manos ocupaba toda su vida, no había otra cosa más importante para él.

En un programa al que acudió cuando publicó una de sus obras, había un público compuesto por gente joven que también podía hacerle preguntas. Un chico le preguntó malintencionadamente (se veía que había hecho alguna apuesta con sus compañeros sobre si se atrevería o no a formular la pregunta venenosa) que cómo era posible que, después de haber escritos libros tan interesantes como los primeros que hizo hubiera podido escribir el que estaba presentando, “El peso de la paja” creo que era. Lo dijo mucho más groseramente de cómo yo lo reproduzco. Terenci, al que la alevosa alusión pilló desprevenido, le preguntó a su vez con fastidio que si había hecho mal a alguien con él, y cuando le respondió que no entonces dijo que ya le saldría mejor el siguiente. Supo reaccionar muy bien, me encantó.

Terenci hipersensible, extremadamente inteligente, con una imaginación desbordante. No se debería permitir que cualquiera pueda decir de cualquier manera lo 1º que se le ocurra. Todos merecemos un respeto, pero una figura reconocida como era él, un intelectual de su talla, más aún si cabe. Juguetón, transgresor pero sin malicia ni agresividad, poseía un finísimo, irónico y agridulce sentido del humor, y era difícil no verle con una sonrisa en la cara.

Me encantaban sus programas de entrevistas, especialmente aquel en el que invitaba a artistas de cine de toda la vida. Comparto con Terenci su amor por el tercer arte. Recuerdo especialmente cuando llevó a Kirk Douglas, ya muy mayor por aquel entonces. El escritor le hizo una de sus preguntas en inglés, pero el intérprete no entendió bien una de las palabras que utilizó, escuchó “vicioso” en lugar de ambicioso. Se creó una situación un poco tragicómica, hasta que le sacó del error. Terenci hablaba distendidamente en inglés con todas las grandes figuras que pasaron por su programa, el sueño de su vida nunca imaginado, cuando de niño iba a las sesiones dobles de los cines de su barrio, un paraíso de ensueño para él.

Recuerdo también cuando rompió con la que creo que fue su última pareja, cómo se condolía en una entrevista en televisión al  preguntarle sobre el amor. No revelaba intimidades, pero sólo ver su cara de dolor y escuchar el sentimiento de sus palabras me sentí muy conmovida. Él ya no se encontraba bien. Fumador incansable, confesaba que sabía lo que le podía pasar pero que no podía evitarlo.

Se fue siendo un niño grande, vital, lleno de ideas, de sentimientos, de talento. Cuando se es tan sensible y se goza y sufre con tanta intensidad la vida se acorta, el corazón no lo resiste. Aún podía habernos deleitado con mucho más, su creatividad era inagotable. Sus amigos, que se encontraban especialmente en el mundo de las artes y las letras, le lloran aún, sobre todo Nuria Espert, que se emociona con sólo mencionarle. Pero su evocación no es en realidad triste sino alegre, nunca dio pie a la melancolía o la amargura, ni siquiera cuando ya estaba tan enfermo. Tierno, generoso, lo compartía todo con aquellos a quienes quería.

Muy pocas personas encontraremos con una personalidad tan particular como la suya, alguien a quien no es posible olvidar.

Querido Terenci.

 
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