viernes, 26 de abril de 2013

Querido Terenci


Hace poco se cumplían 10 años de la muerte de Terenci Moix. Cómo es posible que haya pasado ya tanto tiempo. Me parece que fue ayer cuando se fue, quizá porque nunca he dejado de recordarlo. Era una figura pública que se dejaba ver con frecuencia en televisión con sus programas, siempre tan interesantes, y con las entrevistas que le hacían cada vez que publicaba algún libro. Se había hecho un personaje familiar al que era muy agradable ver y escuchar, siempre aprendías algo con él, era una fuente de inspiración.

Y como nunca tuvo pudor en hablar de sí mismo es por lo que sabemos tantas cosas suyas. Que era el mayor de 3 hermanos, que sólo le queda su hermana, la más pequeña, porque el mediano murió a los 18 años tras una penosa enfermedad, algo que le marcó profundamente. Que de niño era terriblemente introvertido, y que su afición al cine provenía de su necesidad de mitigar la soledad que le cercaba, de llenar sus horas con mundos de fantasía. Se veía a sí mismo en aquella época de su vida con una conmovedora melancolía.

Los que le conocieron de joven dicen que era una persona muy silenciosa y ensimismada, tremendamente triste, como si hubiera algo dentro de él que no pudiera expresar y le consumiera por dentro.

Él comentó una vez que fue un niño muy mimado, que no le habría venido mal que le hubieran pegado una torta en más de una ocasión, porque era, según sus palabras, “un monstruo del amor”.

Sólo cuando fue a la universidad y empezó a publicar sus libros consiguió desarrollarse como ser humano en plenitud. Su verdadero carácter salió a la luz: extrovertido, hablador, capaz de hacer amigos con suma facilidad. Sus primeras obras fueron polémicas, intensas, descargaba con ellas sus fantasmas personales, sus frustraciones, y también sus anhelos y sus pensamientos más íntimos. Política, religión, amor, todo lo divino y lo humano pasaba por su pluma.

Sus ideas sobre el independentismo catalán eran muy claras. Llegó un momento en que se negó a escribir en catalán, Terenci tenía una mentalidad universal, enormemente abierta, y todo lo que fuera reducir esa visión a horizontes estrechos le horrorizaba, lo cual no le impedía ser catalán hasta la médula.

Siempre amante del mundo de la interpretación, conoció a Enric Majó, que fue su pareja y con el que conviviría muchos años, hasta que éste le dejó. Tuvo muchas relaciones sentimentales, pero él fue su gran amor. Solía decir que no comprendía por qué decían que los homosexuales salían del armario cuando se declaraban como tales. “Yo nunca he salido de ningún armario”. Es una expresión que a mí tampoco me ha gustado nunca y que nunca he comprendido.

Una amiga suya dijo que Terenci era un ser extraordinario, pero que vivir con él no era sencillo. Se dejaba llevar por arrebatos coléricos que no era capaz de controlar, y no había razonamiento posible con él. Con sus parejas tuvo relaciones tormentosas.

Le gustaba retirarse a una casa que tenía en un pueblecito catalán, encalada, de dos plantas, con habitaciones pequeñas, un lugar tranquilo donde encontraba la paz que necesitaba. Allí, en el piso de arriba, pasaba horas interminables dándole a la tecla en su máquina de escribir. Cuando le llamaban a la hora de la comida él siempre decía que no podía parar de repente, porque la inspiración se le iba. Tenía horarios intempestivos para trabajar, se quedaba despierto hasta la madrugada, y luego no se levantaba tarde. Cuando tenía un libro entre manos ocupaba toda su vida, no había otra cosa más importante para él.

En un programa al que acudió cuando publicó una de sus obras, había un público compuesto por gente joven que también podía hacerle preguntas. Un chico le preguntó malintencionadamente (se veía que había hecho alguna apuesta con sus compañeros sobre si se atrevería o no a formular la pregunta venenosa) que cómo era posible que, después de haber escritos libros tan interesantes como los primeros que hizo hubiera podido escribir el que estaba presentando, “El peso de la paja” creo que era. Lo dijo mucho más groseramente de cómo yo lo reproduzco. Terenci, al que la alevosa alusión pilló desprevenido, le preguntó a su vez con fastidio que si había hecho mal a alguien con él, y cuando le respondió que no entonces dijo que ya le saldría mejor el siguiente. Supo reaccionar muy bien, me encantó.

Terenci hipersensible, extremadamente inteligente, con una imaginación desbordante. No se debería permitir que cualquiera pueda decir de cualquier manera lo 1º que se le ocurra. Todos merecemos un respeto, pero una figura reconocida como era él, un intelectual de su talla, más aún si cabe. Juguetón, transgresor pero sin malicia ni agresividad, poseía un finísimo, irónico y agridulce sentido del humor, y era difícil no verle con una sonrisa en la cara.

Me encantaban sus programas de entrevistas, especialmente aquel en el que invitaba a artistas de cine de toda la vida. Comparto con Terenci su amor por el tercer arte. Recuerdo especialmente cuando llevó a Kirk Douglas, ya muy mayor por aquel entonces. El escritor le hizo una de sus preguntas en inglés, pero el intérprete no entendió bien una de las palabras que utilizó, escuchó “vicioso” en lugar de ambicioso. Se creó una situación un poco tragicómica, hasta que le sacó del error. Terenci hablaba distendidamente en inglés con todas las grandes figuras que pasaron por su programa, el sueño de su vida nunca imaginado, cuando de niño iba a las sesiones dobles de los cines de su barrio, un paraíso de ensueño para él.

Recuerdo también cuando rompió con la que creo que fue su última pareja, cómo se condolía en una entrevista en televisión al  preguntarle sobre el amor. No revelaba intimidades, pero sólo ver su cara de dolor y escuchar el sentimiento de sus palabras me sentí muy conmovida. Él ya no se encontraba bien. Fumador incansable, confesaba que sabía lo que le podía pasar pero que no podía evitarlo.

Se fue siendo un niño grande, vital, lleno de ideas, de sentimientos, de talento. Cuando se es tan sensible y se goza y sufre con tanta intensidad la vida se acorta, el corazón no lo resiste. Aún podía habernos deleitado con mucho más, su creatividad era inagotable. Sus amigos, que se encontraban especialmente en el mundo de las artes y las letras, le lloran aún, sobre todo Nuria Espert, que se emociona con sólo mencionarle. Pero su evocación no es en realidad triste sino alegre, nunca dio pie a la melancolía o la amargura, ni siquiera cuando ya estaba tan enfermo. Tierno, generoso, lo compartía todo con aquellos a quienes quería.

Muy pocas personas encontraremos con una personalidad tan particular como la suya, alguien a quien no es posible olvidar.

Querido Terenci.

No hay comentarios:

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes