jueves, 11 de abril de 2013

En el campo


Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir al Escorial. No había vuelto allí desde hacía 4 ó 5 años, ocasión en que me acompañaron mis hijos, aún niños.

Es siempre grato retornar a los lugares donde un día fuimos felices. En realidad nunca me he movido de allí, está en mi pensamiento y en mi corazón en todo momento, y lo revisito con frecuencia a través de mis recuerdos.

Aunque muchas cosas han cambiado. La estación de Villalba, donde hago el transbordo que me llevará a mi destino, ya no es la que era. En el lugar donde antes había casas de planta baja y las oficinas del jefe de estación, hay ahora un edificio con una extraña forma circular, muy moderno, desde el que sale un paso elevado que conecta unos andenes con otros.

Mucho tuve que esperar allí, y el tiempo no acompañaba mucho. Esta Semana Santa ha tenido, como siempre, cielos despejados y lluvia alternados locamente, como suele pasar en primavera. Sentada en uno de los bancos de la estación, el sol me daba en las piernas y notaba un alivio placentero en mis rodillas, castigadas por la artrosis y mi sobrepeso. Me di cuenta de lo poco que estamos en contacto con la Naturaleza y al aire libre los que vivimos en la ciudad.

La estación del Escorial también ha sufrido muchos cambios, aunque ya los conocía de mi visita anterior. Junto a las oficinas del jefe de estación y la consabida sala de espera, ahora clausuradas, han puesto un restaurante con pinta de ser caro, y bajo el paso subterráneo han abierto otro, decorado con mucho gusto, en el que me compré un bocadillo que no era normal. Sólo ver esa barra de pan entera rellena de tortilla de patata me pareció una aberración. Además la tortilla estaba insípida. Si lo sé pido otra cosa.

Ya no hay autobuses que suben de la estación al pueblo, como siempre había habido. En su lugar han puesto una línea de autocares verdes, de los que van a los pueblos de Madrid. Como no vi ninguno cogí uno de los pocos taxis que esperaban. Algunos ni siquiera son del gremio, usan su coche particular y te cobran un precio fijo estipulado de antemano para ganarse un dinerito. El que cogí sí era taxista, y la tarifa de estación que te clavan hizo duplicar los poco más de 3 € que habría tenido que pagar.

Los autocares que llevan al pueblo ya no paran en los soportales que hay junto a la plaza del Ayuntamiento. Ahora han hecho una pequeña estación pasado un poco el hotel Victoria. La zona de los soportales y alrededores es ahora peatonal, y los bares y restaurantes la han inundado con sus terrazas, donde a las horas que pasé la gente daba cuenta de suculentas raciones. El sol lucía en todo su esplendor y corría un viento que hacía que no se pasara calor.

La panadería donde solía comprar mi familia el pan y las diminutas y deliciosas magdalenas estaba cerrada porque era tarde. Me habría gustado volver a saborear aquellos placeres de infancia.

Es una gozada pasar junto al monasterio, imponente. La fachada de piedra devolvía la luminosidad del día. El estanque que hay a continuacuón no tenía patos ni cisnes, como otras veces, pero sí unos peces grandes como un brazo y rollizos. Uno de ellos lo cruzó mientras lo contemplaba, dejando una estela parecida a la que dejan los tiburones. El agua nunca había estado tan limpia, daba gusto.

Me trajo mucha nostalgia pasar junto a la casa del guardabosques, a la entrada de la Herrería, que veo siempre cerrada últimamente. En verano las zarzas de los lados del camino se llenan de moras rojas y negras, dulces y reventonas, que en mi niñez solía disfrutar con delectación.

El árbol bajo el que me ponía con mi familia hace tiempo que se secó y ya da poco cobijo bajo sus ramas. La casa abandonada que había allí cerca, a la que todo el mundo iba a hacer sus necesidades, fue derruída hace mucho, y en su lugar han puesto un banco con asientos, justo al borde de una pendiente, una zona alta desde la que se denomina buena parte de la Herrería. Las vistas desde ese lugar son incomparables.

Fui a la zona del merendero, donde más bancos con asientos pueblan el campo junto a los árboles. Éstos no tenían hojas aún, y apenas había flores. La hierba rabiosamente verde había crecido lo justo para notarse mullida bajo el cuerpo, pero sin atosigar. Echarse sobre esa hierba es el principal motivo de mi visita. Hacía mucho que no me tumbaba así a contemplar el paso de las nubes, con sus formas extrañas. Hay costumbres que no deberían perderse nunca.

Apenas vi animalitos, a excepción de unos pájaros negros y blancos de cola larga, urracas supongo que serían, que también se ven mucho por Madrid. Hasta que no llegue mayo no se dejarán ver las mariposas, que tanto me asustaban cuando era pequeña, ni las hormigas, ni las mariquitas, ni las lombrices. Hundí mis manos en la hierba fresca y las cerré, en un intento de atrapar mis recuerdos y aprisionar el tiempo que pasa inexorable, escurriéndoseme de entre los dedos.

El viento no dejaba de soplar, y aunque era fresco yo iba bien abrigada con el mismo plumas largo que me pongo a diario. Escasos paseantes, con niños o con perros, se dejaban caer por allí. Escuchaba el silencio, algo tan difícil en la gran ciudad, tan sólo interrumpido por las rachas de aire que soplaban y agitaban las copas de los árboles con un rumor de mar estremecido.

Inevitablemente vinieron las imágenes de mis padres, mi hermana, mi abuela y mi tía, hace más de 35 años. Lo pasábamos muy bien, íbamos en cualquier época del año, daba igual que hiciera frío o calor, tengo muy buenos recuerdos de entonces.

Luego fui con mis hijos cuando eran pequeños. A Miguel Ángel le pregunté hace poco qué era lo que más recordaba de sus visitas al campo, y me dijo que el color y el olor de la hierba, sobre todo el olor. Nos llama la atención todo aquello de lo que normalmente no disfrutamos.

Fuente del Seminario

La nostalgia es realmente una enfermedad. Precisamente el libro que me había llevado para leer, Cada palabra es una semilla, de Susanna Tamaro, hablaba sobre ella justo mientras la estaba experimentando: viva añoranza y exaltación de personas y lugares del pasado que se querría recuperar.

Sin embargo me quedo con lo que decía el director de Howards End a Harry Potter cuando se empeñaba en ver en un espejo mágico a sus padres fallecidos. En el espejo podías contemplar aquello que más desearas que se hiciese realidad, por imposible que pudiera parecer. El director le aconsejó que no se aferrase al pasado, pues eso le impediría vivir el presente y ser feliz.

He puesto una foto de la fuente a la que iba con mi familia a beber, agua fresca que venía de la montaña. Estaba al lado del quiosco de cafés, refrescos y helados que hace muchos años está cerrado.

Al regresar ya no se puede volver a la estación siguiendo las vías del tren, hace tiempo que toda esa zona está vallada, para evitar accidentes. En su lugar volví por una de las salidas que está detrás del monasterio. El ocaso trajo enormes nubes violáceas y blancas que medio cubrían el sol, y la luz vespertina se derramaba en suaves rayos sobre una bruma que cubría el campo. Era como un vapor que se recortaba contra las montañas. Una imagen sumamente bucólica y relajante para dejar en mi retina, a modo de despedida hasta mi próxima visita, cuando la primavera se haya instalado en todo su esplendor.

El atajo que usábamos antaño para llegar antes a la estación, tan solitario normalmente, estaba concurridísimo. Dos canalones de hierro oxidado a ambos lados del camino de tierra eran la novedad, además del montón de chalets nuevos que han edificiado de la mitad hacia abajo, todos preciosos. La casa abandonada a la que mi padre solía tirar piedras para romper los cristales de las ventanas es ahora un solar cubierto de hierba. Produce cierto placer oir chascar el vidrio cuando se rompe, no sé por qué. Me pasa cuando voy a deshacerme de los envases de cristal en los contenedores de mi barrio. Campanillas blancas crecían preciosas sobre el musgo que trepaba por el muro del lado derecho del camino.

Los trenes tampoco son lo que eran, pero es que han cambiado varias veces a lo largo de los años. Primero fueron como los que llevaban a Harry Potter a Howards, compartimentos con asientos corridos a ambos lados y cerrados con puertas correderas. Luego fueron vagones diáfanos con asientos de skay granate y pequeñas mesas abatibles bajo las ventanas. Recuerdo el calor que se pasaba en invierno cuando ponían la calefacción a tope y los vagones se llenaban de gente y olía a humanidad. El servicio tampoco olía mejor, el aroma era inconfundible, se me ha quedado grabado en la memoria para los restos.

Ahora se llevan vagones corridos, sin sucesión de continuidad, donde la vista se pierde hasta el infinito, y el aseo es una cabina en mitad del paso de pasajeros que se abre y se cierra como las de teletransportación que aparecen en las películas. Asientos duros con reposacabezas.

A veces me asaltan los deseos de comprarme una casa allí e hipotecarme de por vida, algo que he conseguido evitar hasta ahora. Estaría bien en el centro del pueblo, o cerca de la Herrería. Pienso que el lugar ideal para mí para vivir sería aquel en el que hubiera campo y el mar. Un sitio como Maine, o las costas de Irlanda. Baltimore tampoco estaría mal. Respiraría otro aire, sería otro el clima, mucho más sano. La gente que vive en la costa tiene otro temperamento, otra forma de mirar, como si su vista estuviera acostumbrada a abarcar el infinito azul del mar, el verde infinito del campo.

No hay comentarios:

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes