martes, 12 de marzo de 2013

El cuaderno de Noah


Me estoy terminando de leer El cuaderno de Noah, a raíz de haber visto la película, que me gustó tanto. Al principio lo encontré flojo, me pareció que el film superaba al libro, algo que no suele suceder, pero a medida que avanzaba en la lectura me he dejado llevar por el hilo de los pensamientos de los protagonistas, me han embargado sus palabras, sus emociones tan reales y preciosas. Es una historia que es como la vida misma, sobre el amor más tierno y profundo, y sobre la vejez, relato conmovedor del deterioro que sufrimos todos cuando llegamos a mayores, y semblanza atribulada del Alzhéimer, enfermedad cada vez más frecuente, y una a las que más temo.

Leyendo este relato terminas convencida de que las cosas suceden de tanto desearlas, de que hay cosas que están escritas y nos tienen que pasar por mucho que queramos eludirlas. Noah se sienta cada día en el porche de su casa, mirando el paisaje que le rodea, las puestas de sol, el río, las plantas, y mientras acaricia a su perra y lee poesía se le pasa el tiempo. Medita sobre todo lo habido y por haber, los cambios en el cielo, los sonidos del viento y de los animales, y sobre ese amor breve e intenso que tuvo la suerte de conocer aquel verano y que se fue tan rápidamente como llegó.

Por eso, cuando ella aparece de repente, catorce años después, no da crédito a sus ojos. Y según va pasando el tiempo mientras están juntos, se pregunta cómo es posible que haya podido vivir todo ese tiempo sin ella. Allie, dividido su corazón entre Noah y el hombre con el que está prometida, termina quedándose con él, pese a la oposición de sus padres, siguiendo su instinto y los sentimientos que están en lo más profundo de su corazón y su memoria.

En la película se han añadido algunas cosas que no están en el libro, quizá para salpimentar un poco la historia, como que Noah tiene una relación con una mujer en ausencia de Allie, a la que creyó no volver a ver, o la manera como aparece ella, excesivamente vivaz, histérica y gritona diría yo, y agresiva, pues discute por todo con él e incluso le abofetea en alguna ocasión para desahogase. En el libro a él se lo describe con una complexión más fuerte, y permanece casto hasta que la reencuentra. Ella es mucho más armoniosa en su forma de ser.

En la película hay una escena distinta a la del relato literario, quizá más llamativa y elaborada que en éste. Allie se está probando su traje de novia porque se va a casar con otro hombre, y mientras se mira al espejo alguien le pasa un periódico para enseñarle algo y entonces ve en él algo sobre Noah. Termina encerrada en el cuarto de baño, presa de un shock, dejándose caer con su traje de novia dentro de la bañera llena de agua, sorprendida y desconcertada, confundida por sus sentimientos encontrados, pues se da cuenta que en realidad nunca le había olvidado. Es una imagen tragicómica.

La descripción de la vida de ambos cuando ya son ancianos en la residencia es maravillosa, en el film no se puede captar toda la esencia de lo que sucede en sus mentes y en su corazón en esos momentos de sus vidas. Es extremadamente conmovedor y sentimental el relato del inmenso amor que aún sienten el uno por el otro tras casi medio siglo de casados. Lo que sucede en su vida matrimonial en tantos años no se cuenta, sólo tenemos un atisbo de su felicidad a través de cartas que ellos se han escrito, de fotos de hijos y nietos que Noah conserva y que gusta de contemplar de vez en cuando. Allie escribió un diario durante su vida matrimonial para que nunca perdieran la memoria de todo lo vivido juntos, y cuando ella supo lo de su enfermedad, le dijo a Noah que se lo leyera a ella para mantener vivos sus recuerdos. El diario se termina convirtiendo en su libro, el cuaderno de Noah.

Es doloroso sentir la zozobra que les embarga, presos de la enfermedad, del dolor, de la proximidad de la muerte y de la impotencia que todo ello les provoca. Noah quiere que todo siga como antes, pero Allie se pierde en las sombras del Alzhéimer, el ladrón lo llama él, que viene a llevársela y no la deja ser la que fue. “Soy un pobre viejo enamorado”, dice. El personal de la residencia se sorprende de los efectos terapéuticos que un amor como el suyo tiene sobre la enfermedad, pues otras personas en esa fase ya estarían devastadas. Noah le escribe poemas de amor a Allie, como había hecho siempre, en hojas de papel que luego desliza bajo la almohada de ella o en los bolsillos de su abrigo, y que cuando ella los encuentra le encantan.

El final es inconcluso, no hay nada definitivo, todo puede suceder. En la película ambos se preguntan qué va a pasar con sus vidas, en un momento de lucidez de ella, en que se lamenta por no poder ser la misma de siempre y manifiesta su temor ante lo incierto del futuro. En el libro tienen un escarceo erótico con el que Noah, que hacía mucho que no experimentaban algo así los dos, se siente el hombre más dichoso del mundo. Nos podemos imaginar lo que devendrá el día de mañana, pero el autor no ha querido cargar las tintas con un desenlace truculento. Es como su amor, que no tiene fin.

Hay películas que marcan nuestras existencias, y libros que nos hacen mucho bien. El cuaderno de Noah es uno de ellos, un relato lleno de sencillez, de ternura, de amor, de tristeza, de pasión, de humanidad, una historia más bien breve (o a mí me lo parece, se me ha hecho corta) sin más pretensión que mostrarnos la vida de dos seres aparentemente muy distintos, que encajaron el uno en el otro de forma perfecta. Una experiencia única, absolutamente factible, maravillosa.

Pienso que si alguna vez conozco a un hombre con el que merezca la pena pasar la vida tendría que ser como Noah, tener su bondad y su fuerza, su sensibilidad y su inteligencia, su pasión y su sosiego, su delicadeza y su generosidad de corazón, que amase la Naturaleza y un estilo de vida sin complicaciones. Yo no soy como Allie, no tengo tanta energía y tanta iniciativa, pero sí me identifico con ella en muchas de sus cosas. 

¿Por qué no?. Si alguna vez conozco a un hombre que merezca la pena, quiero que sea como Noah.

lunes, 11 de marzo de 2013

Una oración femenina


Señor, tú sabes mejor que yo que me voy haciendo mayor y que algún día seré vieja.

Guárdame del hábito fatal de creer que siempre tengo que decir algo sobre todos los asuntos y en todas las situaciones.

Libérame de empeñarme en arreglarles la vida a los demás.

Hazme reflexiva pero no maniática, dispuesta a ayudar pero no a ser mandona.

Con un arsenal de sabiduría como el mío, parece una lástima no usarlo todo, pero tú sabes Señor que quiero conservar algunos amigos hasta el final.

Mantén mi mente libre del recital de detalles interminables. Dame alas para ir derecha al grano. Sella mis labios a mis angustias y dolores. Crecen como los hongos, y el desplegarlos le va resultando a una cada vez más dulce con el paso de los años.

No me atrevo a pedir la gracia suficiente para escuchar con interés las historias de los males ajenos, pero ayúdame a soportarlas con paciencia.

No me atrevo a pedir mejor memoria, pero sí una humildad creciente y no tanta seguridad cuando mis recuerdos parecen estar en conflicto con los de otros.

Enséñame la gloriosa lección de que a veces es posible que esté equivocada.

Manténme razonablemente dulce. No quiero ser santa.

Es difícil convivir con algunas de ellas, pero una vieja gruñona es una de las más logradas obras maestras del diablo.

Dame la capacidad de buscar cosas buenas en lugares inesperados, y talentos en personas insospechadas.

Ayúdame a extraer de la vida toda la diversión posible. Nos rodean tantas cosas divertidas que no quiero perderme ninguna.

Y dame, Señor, la gracia de decírtelo.

Amén.

Parece ser que esta oración fue escrita por una monja del s. XVII. Se nos podría aplicar a todas las mujeres y en cualquier época y lugar. Yo me la he tomado en clave de humor. Me gustaría encontrar algo así pero referido a los hombres. No estaría mal...

viernes, 8 de marzo de 2013

Olas peligrosas


El mar es un ámbito natural en el que el ser humano no tiene dominio alguno, a merced de fuerzas que le sobrepasan. Cuando cree estar a salvo, navegando en la más tranquila de las aguas, de repente puede aparecer una gran ola solitaria que le haga zozobrar. A estas olas se les llama también gigantes, vagabundas u olas monstruo. Se producen por acumulación de olas pequeñas, sin mediar fenómenos meteorológicos. Si además se encuentra con una corriente marina que viene en sentido contrario, aumenta su tamaño. Tienen entre 20 y 30 metros, el equivalente a un edificio de 17 pisos.

Hay un 2º tipo de olas, generadas por los vientos desencadenados por las tempestades. A las olas que se encuentran lejos del área donde fueron generadas por el viento, se las conoce como mar de leva o swell (en inglés). Esto permite saber con antelación si se acerca una tormenta. Provoca marejadas y mareas anormalmente altas.

El tercer tipo son los tsunamis, tristemente conocidos en los últimos años, olas provocadas por maremotos. La longitud de onda alcanza cientos de kilómetros, y la altura aumenta conforme se acercan a la costa, al disminuir la profundidad del fondo sobre el que se desplazan. La energía total descargada sobre una zona costera también dependerá de la cantidad de picos que lleve el tren de ondas. En el maremoto del océano Índico de 2.004 hubo 7 picos enormes, gigantes y muy anchos, un tren de 7 u 8 olas separadas entre 15 y 30 minutos unas de otras, siendo normalmente la segunda o la tercera la más potente. En alta mar llega a alcanzar una velocidad de más de 900 km/h, y al llegar a la costa disminuye considerablemente. Se adentran varios km. en la costa y tienen también un efecto de retroceso, igualmente destructor.

El 4º tipo son los mega-tsunamis, consecuencia de la combinación de varios fenómenos, como un terremoto submarino combinado con desplazamientos de laderas que se hunden en el mar.

El 5º tipo son las olas generadas por inmersión, cuando laderas enteras de volcanes se han desmoronado bruscamente en el mar provocando oleajes enormemente destructivos, como en la isla de Oahu cerca de Hawai, en donde un volumen de unas 10 veces la montaña Everest se deslizó brutalmente en el mar. O como sucedió con el volcán de la isla de Krakatoa, en 1883, que tras varios meses de actividad terminó colapsando, provocando una explosión con una energía de 200 megatones, el equivalente a 10 mil bombas como la de Hiroshima. Las olas alcanzaron 40 metros de altura y se desplazaron a miles de km. de distancia, sembrando el pánico y la destrucción allá por donde pasaban. Estas olas, al contrario que los tsunamis originados por maremotos, son más altas cuanto más cerca estén del lugar donde se originan. El agua alrededor de la isla hervía, se generaron vientos muy fuertes, los materiales fueron expulsados hacia el cielo muchos km., y la detonación que se produjo se considera la más alta registrada en toda la Historia. La isla desapareció del mapa, pero en 1927 nuevas erupciones formaron una nueva isla.

Y por último, el 6º tipo son las olas de impacto, provocadas por el choque de un asteroide contra la Tierra, como ocurrió hace 65 millones de años, y que acabaron con el 70% de las especies del planeta. Fue cerca de la península del Yucatán, en lo que hoy es el Caribe mexicano. Son las más descomunales y terribles, y pueden ser tan altas como profundo sea el mar. El impacto produce una explosión de 60.000 megatones, que vaporiza el cuerpo del asteroide y produce una cavidad en las aguas del océano de una extensión horizontal de casi 18 kilómetros y hasta el fondo del océano en sentido vertical, unos 4,8 km de profundidad. Luego el agua retorna para llenar el hueco, produciendo olas tsunami de todas las frecuencias y longitudes, con una longitud pico de más o menos el diámetro de la cavidad. La casi totalidad de la corteza terrestre se vió anegado.

Las olas son un fenómeno que a mí siempre me ha producido fascinación, un mar tempestuoso en un día de tormenta es un espectáculo digno de ver, pero como simple espectadora, y a buen recaudo.


jueves, 7 de marzo de 2013

Ilustradores (X): Rory Kurtz


Rory Kurtz es un ilustrador norteamericano que trabaja con distintos medios que van desde el lápiz a la tinta y que termina con la pintura digital para crear sus imágenes destinadas principalmente a portadas, revistas, publicidad y otras editoriales. Es un autodidacta.





Me encanta el uso que hace de perspectivas sorprendentes, la mezcla de tonos pastel con colores brillantes, el dinamismo de muchos de sus personajes, su portentosa imaginación, y la crítica social más mordaz, aunque aquí sólo he puesto algunas de sus obras menos incisivas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Otra vez Frank de la jungla


Hablaba sobre Frank de la jungla hace poco, y no precisamente de forma halagüeña, pero tras unos cuantos episodios observando a este hombre y su manera de hacer las cosas, te das cuenta de que no es tan nefasto como pudiera parecer.

Sí es cierto que resulta grosero en muchas ocasiones, que tiene bruscos cambios de humor y hay que estar ahí para aguantarle, pero subyace en él una sensibilidad y una educación que asoma veladamente de entre sus histrionismos. Es la persona con menos sentido del ridículo que he visto, no le importa enseñar el trasero, revolcarse en el fango, aparecer sucio y hecho un desastre, o meterse en un río a hacer sus necesidades (todas) mientras la cámara capta el “momento”. Le es indiferente que contemplemos sus necesidades y sus penurias.

Es evidente que se complace escandalizando. Además es muy obsesivo, como se le meta en la cabeza que hay que hacerse con un determinado animalito, puede tirarse horas merodeando por una zona o excavando hasta encontrar lo que busca. A los que le acompañan les hace pasar las de Caín con sus manías, le gusta ejercer el mando, de la forma más autoritaria posible, que les quede a todos claro quién es el que toma las decisiones, quién controla la situación. Se enfada cuando los demás no ven lo que él ve, si cree que alguien no colabora, si no entienden lo que quiere decir, es impaciente e irascible.

Con los dragones de Comodo se disculpó por las imágenes según él “crudas” que tomaron, cuando varios de ellos fueron captados a la hora de la comida, despedazando un animal que habían matado. Se veían las vísceras esparcidas, y cómo uno de ellos engullía una pierna de golpe. Frank “adereza” sus descripciones con expresiones como “Qué mal huele”, o “Cuidado no te acerques mucho que son muy peligrosos”, o “¡Coño, cómo se lo ha tragado!”, con lo que a nuestra sorpresa por lo que vemos se suma la repugnancia.

Se empeña en mostrarnos cómo defecan todos los animales. Las serpientes, que son su especialidad, echan una masa amarillenta por un agujero que se ensancha asombrosamente por la parte de debajo y a la mitad de su largo cuerpo. Se empeña también en mostrarnos sus bocas, obligándoles a abrir las fauces, o su sexo (ignoraba que tantas especies macho diferentes tuvieran testículos). Nos quiere enseñar todo lo que habitualmente no vemos en un documental de formato más convencional. Frank no guarda las formas, no le importa ser incorrecto.

Sin embargo me sorprendió enormemente cuando mostró unos monitos, con ojos tan grandes que les cubrían casi toda la cara, y pelo claro y suave. Se volvió repentinamente sensible y delicado, cogió a uno de ellos con sumo cuidado y éste le puso las manitas en el pecho, mirándolo con una mezcla de dulzura y asombro. Luego le daba pequeños mordiscos en un brazo (mordiscos amorosos decía Frank, un poco quejicoso). Luego Frank se dedicó a darle besos suaves por todo el cuerpo, mientras hablaba no en el tono alto y fuerte que acostumbra, sino bajito, diciéndole cosas bonitas y agradables.

Frank se come todo lo que se le ponga por delante, y contrasta con los remilgos de sus acompañantes, que ponen cara de asco cada vez que él les ofrece a probar algo “nuevo”. Ellos prefieren sus comidas enlatadas. Se complace en enseñarnos el recodo de un río, lleno de basura flotando, en el que se supone que han pescado algo que él acaba de comer en un mercadillo cercano. Pero Frank debe estar inmunizado a todo, comidas contaminadas, heridas abiertas y llenas de suciedad, mordeduras de toda clase de bichos…, en fin, parece incombustible.

Cuando se nota que está en su salsa es en Tailandia. Como es allí donde vive, no tiene reparo en mostrarnos su casa y a su familia. Allí se le ve más contento, relajado. Su mujer, exótica y bella aún sin maquillaje, prepara bocadillos de atún y mayonesa para que todos merienden. Sus hijos están a su alrededor, atentos a lo que haga o diga, o juegan con los muchos animales que pululan por el jardín.

Su jardín es otra pequeña selva. La verdad es que Frank es un privilegiado que vive en una casa grande y hermosa, un chalet abierto a la Naturaleza y rodeado de vegetación, a salvo de miradas de extraños. Los animales que viven allí son tratados con mimo, y dan mucho trabajo, pero a él parece no importarle, le mantienen ocupado, calman su hiperactividad. Tortugas, monitos, aves, insectos y algún reptil campan a sus anchas, y él mismo se encarga de alimentarlos y que estén limpios. Debajo de un árbol nos muestra el lugar donde está enterrado uno de sus hijos, gemelo de otro, que murió a los pocos meses de nacer. Frank lo enseña todo con suma naturalidad, y parece que realmente tiene sus raíces en ese lugar, que aún siendo español, y leonés, se ha adaptado perfectamente a esas tierras exóticas que nada tienen que ver con sus orígenes, y son ahora su verdadero hogar. El paisaje y él se funden en un solo ser, amante como es de la Naturaleza en estado puro, salvaje, un paraíso en la tierra que no ha sido hollado aún por el hombre.

Nos muestra el edificio donde acogen animales abandonados, en el que trabaja con otras personas, cada uno dedicado a una especie diferente, y también el club de tenis donde da clases, que es según él lo que le da dinero. Cuenta que un accidente de moto en su juventud, en el que se rompió las dos piernas, le impidió seguir en el tenis profesional. Pero, como se suele decir, los caminos del Señor son inescrutables, y cuando se sirve para muchas cosas tan distintas te terminas dedicando a lo que nunca hubieras imaginado, y en el lugar más insospechado del mundo.
Sus alumnos en el club de tenis, adolescentes la mayoría, dicen cuando les preguntan que es duro entrenando, que puede jugar muchas horas y a un ritmo fuerte sin parecer cansado. Frank, haga lo que haga, parece siempre querer llegar al límite de sus posibilidades, le gusta ponerse retos, ver hasta dónde llega su resistencia física y psíquica. Posiblemente a los que le rodean no les atraen ese tipo de retos, ni aguantan tanto.

Algunos de los reportajes los rueda ocultando la cámara en mercados al aire libre donde se trafica con animales. Éstos aparecen en condiciones penosas, encerrados en jaulas. Mientras está en estos sitios, tiene miedo en todo momento a ser descubiertos, está nervioso, irritado. Habla en voz baja para que no se den cuenta de lo que están haciendo, suelta palabrotas y profiere insultos en contra de los mercaderes, aprovechando que nadie entiende el español y no saben lo que dice. “¡Qué cabrones, qué hijos de puta”, no para de repetir.

La sorprendente religiosidad de Frank aparece cuando hace el saludo budista al pasar cerca de un altar, que allí se erigen en cualquier sitio, o cuando se encuentra con monjes budistas, ante los que se arrodilla juntando las manos para que le bendigan. Puede que forme parte del exhibicionismo al que nos tiene acostumbrados, o simplemente que en esas tierras remotas ha encontrado una nueva espiritualidad.

En todo caso, es respetuoso con las creencias y las tradiciones del sitio en el que se encuentre. Cuando mostró las celebraciones de la onomástica del rey de Tailandia, en las que hubo desfiles, comidas y fuegos artificiales al caer la noche, se veía a Frank admirado y respetuoso. A los demás nos puede parecer un derroche de dinero innecesario para un país con tanta pobreza, y un culto desmedido a un dirigente, que al fin y al cabo es una persona de carne y hueso, que acumula una gran riqueza, mientras una gran mayoría de gente vive con estrechez. Frank no parece que se cuestione nada, sólo se confunde con el ambiente.

Me gustó su paseo en barca con su familia por un mercado asentado sobre el agua en el que, desde su embarcación, compraba comida en los puestos, y hasta piropeó a una turista joven y guapa, que le dijo que venía de Mallorca. “Qué lastima, y yo casado”, comentó en voz alta. Su mujer, detrás de él con los niños, ya le conoce y no le hizo ni caso, le dió igual.

A Frank le gusta reírse un poco de todo, hasta de sí mismo, es como un niño gamberro, básico, tierno en el fondo. Su aspecto es curioso y un tanto anacrónico, siempre con su gorra de visera vuelta hacia atrás, su camiseta de manga larga blanca, sus bermudas, sus calcetines blancos y sus zuecos de goma rojos. Unos turistas españoles con los que se encontró en un supermercado de Tailandia le preguntaron si siempre vestía así, aunque no hiciese el programa. Él contestó que sí, que así vivía él. Da igual que esté en la selva que en algún lugar helado, se pone la misma ropa y, como ni él ni sus acompañantes van preparados, pasan un frío horroroso y la gente con la que se encuentran les tiene que prestar algo de abrigo, como si fueran mendigos.

Frank ya no hace sus programas, ni el que rodaba en España, que era algo soso (aquí no hay tantos peligros y emociones, nuestro entorno natural es más aburrido), ni el que hacía en las selvas del mundo. Dijo cuando lo dejó que estaba cansado de dar tumbos por ahí. Y es comprensible, con el nivel de adrenalina que desgasta en cada ocasión.

Frank nos ha enseñado cómo tratar a los animales, nos ha enseñado a conocerlos, a familiarizarnos con ellos. Su aparente falta de temor ante peligros evidentes proviene de ese conocimiento de lo que le rodea. Sin duda, Frank nos ha ofrecido una nueva visión de nuestro entorno, otra forma de ver las cosas. Puede que no a todos les convenza, pero desde luego a nadie deja indiferente.


Posiblemente ese sea el secreto de la felicidad, no tomarse en serio a uno mismo, estar siempre con ganas de juerga, y hacer en la vida lo que a uno le guste.

martes, 5 de marzo de 2013

Tarot


Yo no soy supersticiosa, pero la verdad es que hay cosas inexplicables en esta vida que me dan mucho respeto y que no me gusta tratar a la ligera. El Tarot es una de ellas.   

Inevitablemente, cuando pensamos en echadoras de cartas nos viene a la mente la palabra estafa. Pero no todo el que se dedica al Tarot tiene por qué ser un estafador. Creo que hay personas que nacen con un sentido especial que la mayoría no poseemos.

Una de mis amigas, cuando nos reunimos, si es en mi casa lleva consigo su Tarot particular, naipes desgastados por el uso que tienen dibujos peculiares y antiguos que llaman poderosamente mi atención. He leído que esta baraja se creó en el siglo XIV, y que solía usarse sólo para jugar, hasta el siglo XVI, en que empezó a utilizarse con fines adivinatorios. Son naipes alargados, unos más grandes y otros más pequeños.

Nosotras lo tomamos como un juego, una diversión que sirve para reir un rato, mira lo que te ha dicho a ti, pues anda que tú tampoco te libras… Nuestra amiga enciende una vela, extiende un tapete, deja que barajemos y luego coloca los arcanos mayores y menores con parsimonia sobre la mesa, estudiando su contenido, pensando en lo que va apareciendo. No es difícil que adivine nuestros más íntimos anhelos y las cosas que nos han pasado en la vida porque nos conoce muy bien, pero no deja de tener su miga. A parte de los típicos temas de salud, dinero y amor, sabe quién nos visita, qué ser querido que ya falleció está en contacto con nosotros. Una de las amigas siente especialmente la presencia de su madre, a la que estaba muy unida.

Pero yo nunca le he dicho a qué seres queridos echo de menos. Cuando me tocó a mí, mi amiga miraba sus cartas, desconcertada, sin saber qué decir. “Tú no dejas que se acerquen”, me dijo sorprendida, “tienes miedo, los alejas y no dejas que estén ahí contigo”.

Cuando me dijo esto, hace ya tiempo, pasaba precisamente por una etapa en la que sufría ataques de pánico. Cada vez que me quedaba sola en casa porque a mis hijos les tocaba ese fin de semana ir con su padre, sobre todo al irme a acostar, me asaltaban ideas extrañas acerca de seres del otro mundo que se me acercaban para hacerme daño. En la cama temblaba como no lo he hecho ni siquiera de niña, hasta el punto de sentir auténticas descargas eléctricas en mi cerebro, un electrocutamiento neuronal.

Todo esto pudo estar motivado, según he leído, por una crisis de ansiedad. En esos momentos, cuando me ocurría eso, trataba de autoconvencerme de que era mi imaginación que me jugaba una mala pasada, quería racionalizar el motivo de mi miedo, como suelo hacer con todo lo que me produce inquietud, pero fue en vano. Pensé en que la locura debe ser eso, perder el control de tus sentidos, de tu capacidad de pensamiento y raciocinio, y entrar en una espiral terrorífica donde sin explicación posible sientes cosas que no existen que te provocan estados de ánimo terribles.

Mi hermana y yo teníamos un Tarot en casa de jovencitas, que compramos por curiosidad. Sólo echamos una vez las cartas, siguiendo las instrucciones, porque nos dio auténtico miedo ver lo que salía, era muy malo sobre todo para mi hermana. Después de aquello ya no las volvimos a coger.

Estas cosas, en las manos equivocadas, creo que pueden hacer mucho daño. Por eso, cuando veo en esos canales infames a esas pitonisas con esas pintas ridículas que pretenden hacerse pasar por lo que no son, sacándole el dinero a la gente con su verborrea de charlatán de feria, me pongo mala.

El Tarot puede llegar a sacar a relucir lo que está oculto, de cualquier época de nuestra vida, pasada, presente o futura. Habría que decir, como dijo Julio César, que la suerte está echada.

lunes, 4 de marzo de 2013

Marisol


Fue no hace mucho el cumpleaños de Pepa Flores, Marisol, y pudimos leer, una vez más, el pequeño repaso que hace la prensa a su biografía cada vez que es su onomástica. Las fotos de siempre, las mismas reseñas. La repentina desaparición de la escena pública de esta mujer me recuerda a la que protagonizó Greta Garbo en su momento, cuando decidió que ya era hora de dejar de estar en el ojo del huracán, sometida al escrutinio de millones de miradas que la juzgaban sin piedad.
Marisol hacía lo que le mandaban, era una niña y, por tanto, tenía que obedecer, su opinión personal poco importaba. En lugar de estar en el colegio o jugando con otros niños, que era lo que le correspondía por su edad, tenía que estar trabajando, porque su talento era rentable y así lo habían decidido quienes se ocupaban de ella. Luego le vendían la burra, para que no protestara, diciéndole que qué bien lo hacía, cuánta pasión despertaba, cuánto dinero ganaba, y que ya quisieran muchas tener esa suerte, debería estar agradecida por ver reconocida su valía. Sus padres, que eran gente modesta, debieron ver el cielo abierto.

A mí personalmente no me gustaba nada, me parecía una niña repipi que actuaba como si le hubieran dado cuerda, o una sobredosis de complementos energéticos que le producían una hiperactividad que no podía parar. Me ponía nerviosa su voz chillona, esa forma convulsa de moverse, casi epiléptica. Sé que era la moda de la época, el tipo de canción y de baile que se llevaban, pero incluso entonces me aburrían y me ponían de mal humor.

He leído que ya con 15 años quiso dejarlo, aquejada de una úlcera de estómago, pero que no la dejaron hasta 9 años después. Una infancia de trabajo, sin juegos, sin poder llevar la vida normal propia de los niños, es el origen de tantos otros desastres conocidos entre las estrellas precoces del mundo del espectáculo. Pequeños explotados por sus padres, que los hacían trabajar hasta la extenuación exprimiendo el limón al máximo posible, la gallina de los huevos de oro que nunca se debía agotar.

Michael Jackson, Judy Garland, Brooke Shields, y aquí en España más recientemente Arancha Sánchez Vicario, cuyo caso ha salido escandalosamente a la palestra pública, son algunos de los nombres de esta triste retahíla de niños que fueron figuras en su infancia y llegaron a la edad adulta con secuelas que ya nunca pudieron superar. Marisol, como Joselito a mayor escala, tiraron por la calle de en medio y abominaron de su pasado, de la manipulación de que fueron objeto con burdos fines económicos. A él le dio por las drogas y las armas, y ella se hizo comunista y se desnudó en una conocida revista, dispuesta a romper con la imagen estereotipada y beatífica que de su persona se tenía.

La edad que ha cumplido Marisol es la de la jubilación, aunque un titular que vi en prensa y que me llamó mucho la atención rezaba que en realidad llevaba 40 años jubilada de sí misma. Y es cierto. Si echa la vista atrás, no debe haber muchos buenos recuerdos que traer a la memoria, tiene que ser tremendo que otros te digan cómo tienes que ser y actuar, se inventen una imagen tuya y te exploten sin respetar tus pocos años, tus sentimientos y tu sensibilidad.

Dicen que todo este tiempo ha vivido de sus ahorros, y parece que no le ha ido mal. Puede que consiguiera una pequeña fortuna en su época de esclavitud, que le permitió “comprar” su libertad. Es una pobre compensación para algo que ya no tiene solución, pero así son las cosas a veces.

Estaría bien eso de desaparecer como han hecho ellas, como Marisol o Greta Garbo, y no tener que vivir de ningún trabajo en particular, sin horarios ni obligaciones, confundida en la masa sin que nadie te moleste. Quién pudiera hacer como ellas.

             

jueves, 28 de febrero de 2013

El Idaho privado de River Phoenix


Dicen que el talento de River Phoenix no fue lo suficientemente explotado durante los pocos años que vivió. De niño hizo papeles maravillosos que le dieron fama, como Cuenta conmigo y La costa de los mosquitos, pero al hacerse mayor los personajes que eligió se encaminaron por otros derroteros, roles controvertidos en películas independientes.

Muchos intérpretes que han alcanzado la gloria en la infancia pierden su buena estrella al crecer. Se convierten en almas perdidas, que luchan sin esperanza por recuperar un lugar que les perteneció y que no se resignan a perder. Pero hay otros que, por su talento o belleza, han podido seguir con su carrera. Este era el caso de River Phoenix.

Hacer ese tipo de cine alejado de los circuitos comerciales hace que no se sea un estereotipo más de Hollywood, un producto más fabricado por el star system. Adentrarte en mundos poco explorados por lo escabrosos que resultan, y sacar a relucir el lado oscuro que todos tenemos, permite una demostración de maestría interpretativa fuera de los cauces habituales.

Viendo Mi Idaho privado me pregunto hasta dónde quería llegar River, si pretendía escandalizar o simplemente explorar territorios underground que los prejuicios sociales no dejan abordar normalmente. Despertar conciencias, levantar ampollas. El relato crudo de dos jóvenes que mantienen relaciones homosexuales y venden sus servicios a cincuentones rijosos está atenuado, sin embargo, por la no inclusión de escenas explícitas de sexo.

La historia no tiene mayor complejidad, un chico pobre y otro rico, que pronto se cansa de su vida errante y, a la muerte de su adinerado padre, decide vivir a lo grande y tener relaciones con una chica, abandonando a su compañero pobre. Éste, procedente de un hogar desestructurado, no sabe con certeza ni quién es su padre, y va en busca de una madre que no se ha molestado en buscarlo a él. Enamorado del chico rico, no por su dinero sino por él mismo, es el suyo un sentimiento puro, una necesidad de amor nunca correspondida. La prostitución le da náuseas, pero es un círculo cerrado del que parece no poder salir.

River Phoenix es el muchacho pobre, de veintipocos años que va dando bandazos sin saber muy bien qué hacer con su vida, deseando encontrar infructuosamente afecto a todos los niveles. Su enfermedad, que lo deja fuera de combate cada vez que está alterado, es su cruz, y la lleva en solitario. Tan sólo la eventual compañía de otros chicos, que también se prostituyen como chaperos, es su única fuente de calor humano.

Me encanta, y al mismo tiempo me sobrecoge, la escena en la que todos los del grupo en el que está se ponen a gritar y danzar como poseídos, para terminar abrazados y riendo, tirados por el suelo. Es como un juego colectivo y espontáneo para exorcizar los demonios. Ese grito desgarrado, lleno de ira y dolor, es su desahogo ante la soledad, la falta de amor y la frustración.

Quién sabe si este papel no fue el que llevó a la muerte al joven actor. River Phoenix salió aquella noche fatídica de un night club, a duras penas, para terminar desplomado en mitad de la calle, con terribles convulsiones y un ataque al corazón al que no lograría sobrevivir. Johnny Deep, dueño del local, terminó cerrando el negocio, conmocionado por la muerte de su amigo.

Lo sucedido a River es algo muy parecido a lo que él escenificó en Mi Idaho privado, cuando el protagonista yacía convulso en el suelo atacado por su enfermedad crónica. River rodó 3 películas más, la última inconclusa, pero fue en Mi Idaho donde alcanzó la categoría de mito, es ese el film que ha quedado en la memoria de todos para siempre.

Su hermano Joaquin Phoenix, que en nada se parece a él, pues es el vivo retrato de su padre, estaba presente junto con una hermana cuando murió River. Si algo tienen en común ambos es la forma de meterse en los papeles que interpretan hasta casi olvidarse de sí mismos. Joaquin es más intenso, nos tiene acostumbrados a sobreactuaciones dentro y fuera de cámara. No se asemeja en absoluto a River, pero es el único vestigio que nos queda de él, alguien de su familia que aún sigue en el cine.

Puede que a River Phoenix le pasara lo mismo, que se le hubiera quedado metido dentro ese personaje desgarrado y desesperanzado, tierno y vulnerable, que protagonizó en Mi Idaho privado. No tenía motivos  para morir: gozaba de una exitosa carrera, tenía novia, y su propia banda de música. Veintitrés años es edad suficiente para saber que no se pueden mezclar drogas y alcohol, pero puede que le faltara madurez, o simplemente quería explorar sus propios límites y cometió un error.

He leído que aborrecía su imagen pública, y que sufría por sentir que no era considerado un actor serio, sólo apreciado por su físico. Su padre, que padecía depresiones, se solía ir con él para emborracharse juntos. Prácticamente mantenía a toda su numerosa familia. River sólo era feliz cuando actuaba, el resto del tiempo le parecía que nada tenía sentido y se deprimía. 

Han pasado 20 años desde que se fue, pero nos queda su imagen en Mi Idaho, a lo James Dean, al que en muchas secuencias se nota que imita. Y como él rebelde, incomprendido, eternamente bello.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El matrimonio Stanford


Una mujer y su esposo, vestidos modestamente, se bajaron del tren en Boston y se encaminaron a la oficina de la secretaría del rector de la Universidad de Harvard, sin tener una cita. La secretaria que los recibió vio por su apariencia que venían de los bosques. “Bah”, se dijo, “son vulgares campesinos…no tienen nada que hacer aquí”.

“Desearíamos ver al rector”, dijo tímidamente el hombre. “Está ocupado”, respondió la secretaria. Durante horas, ésta los ignoró, esperando que se cansaran y se fueran. Pero como esto no ocurrió, frustrada e irritada, decidió interrumpir al rector para anunciarles su visita.

“Tal vez si usted habla con ellos se irán”, le dijo a su jefe. Él hizo una mueca de desagrado y asintió. La pareja le expuso entonces el motivo por el que habían llegado hasta allí. “Tuvimos un hijo que asistió a Harvard sólo un año”, dijo la mujer. “Él amaba Harvard, era feliz aquí. Mi esposo y yo deseamos levantar algo, en algún lugar del campus, que sea en memoria de nuestro hijo”. El rector se irritó. “Señora”, dijo con aspereza, “no podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio”.

“Oh, no”, exclamó la mujer, “no deseamos erigir una estatua. Pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard”. El rector entornó los ojos, echó una mirada a la vestimenta del matrimonio, y entonces les espetó: “¡Un edificio! ¿Tienen alguna ligera idea de cuánto cuesta un edificio?. ¡Hemos gastado más de 7 millones y medio en los edificios que hay aquí en Harvard!”.

Por un momento la mujer se quedó en silencio. El rector estaba feliz, pensando que se podría librar de ellos. Ella se volvió hacia su esposo y le dijo suavemente: “¿Tan poco cuesta construir una universidad? ¿Por qué no construimos la nuestra?”. Su esposo asintió. El rostro del rector se alteró por la confusión y el desconcierto.

El Sr. Leland Stanford y su esposa Jane Lathrop se marcharon y viajaron a Palo Alto, California, donde establecieron la universidad que lleva su nombre, la Universidad de Stanford, en memoria de un hijo por el que Harvard no se interesó.

La Universidad Leland Stanford Junior, en honor al hijo fallecido, fue inaugurada en 1891 en Palo Alto. Está a 56 km. al sudeste de San Francisco, en el condado de Santa Clara, en el corazón de Silicon Valley, actualmente centro de industrias de alta tecnología y origen de los “cerebros” informáticos, creadores de Internet y las redes sociales, entre otras cosas.

Mausoleo

Leland Stanford era un magnate ferroviario, uno de los “cuatro grandes” que construyeron el ferrocarril transcontinental que conecta los EE.UU. de este a oeste. Fue abogado, juez de paz y gobernador de California. Su único hijo había muerto de fiebre tifoidea. La Universidad es conocida localmente como “The Farm” (La Granja), debido a que está situada en lo que fue la granja de cría de caballos del Sr. Stanford.  

Su prestigio ha ido creciendo con el paso de los años, hasta el punto de que hoy en día es la número uno, por encima incluso de Harvard.

lunes, 25 de febrero de 2013

Sueños


A veces, cuando el nivel de frustración vital es importante, sólo los deseos se ven realizados cuando estamos dormidos, en nuestros sueños. Y así fue como hace poco logré materializar mis más personales anhelos.

Fue una noche completa porque, mientras soñaba, se fueron sucediendo sin solución de continuidad aquellas cosas que más deseo, y con ellas el desenlace ideal. Soñé que volvía a ver luz en la ventana de en frente, en el patio de mi casa, lo que quería decir que mi vecina había vuelto del hospital. En un post reciente he mencionado que falleció, por lo que este sueño se verá incumplido.

Soñé que una vecina de mi descansillo abría la puerta de su casa a alguien que preguntaba por su marido. Ella, sonriente y relajada, decía que ya no vivía allí, lo cual significaba que el susodicho, que se pasa todo el tiempo gritándola e insultando a ella y a su hija, da igual lo molesto que pueda resultar a los vecinos, ha cogido las de Villadiego. Esto es siempre motivo de celebración para mí, me produce una íntima satisfacción ver a un maltratador salir por piernas. Dudo mucho que este sueño se cumpla, pero nunca se sabe.

Soñé que un hombre muy atractivo, con un traje muy elegante, alto y moreno, de mi edad o un poco menos, me miraba con enormes ojos oscuros y una ligera sonrisa, sentado en el borde de una mesa, en una habitación acristalada que podría ser su despacho. Algo cálido e irresistible emanaba de su persona. En realidad, de forma consciente, no tengo un prototipo de masculinidad que pertenezca al ámbito de mis preferencias, pero ya se sabe cómo funciona el inconsciente. Este sueño largamente anhelado tampoco se ha visto realizado hasta la fecha, pero el tiempo dirá.

Soñé que brindaba con mi hermana y el resto de mi familia con unas copas preciosas llenas de champán, porque ella había conseguido ganar la oposición y ya tenía por fin un trabajo estable. Este deseo es el más antiguo de todos. Supongo que en realidad brindaríamos con sidra, que es lo que nos gusta. Es, probablemente, el único de mis sueños con más posibilidades de que llegue a hacerse realidad.

Y soñé, por último, que estaba yo sentada y entre mis piernas había de pie una niña preciosa, rubita, de unos dos años, que era mi sobrina. Mirábamos las dos al frente, como si nos estuvieran hablando o haciendo una fotografía. La envolvía con mis brazos y ella, cariñosa, se dejaba hacer. Pero en mi interior era de repente consciente de que algo malo sucedía con su salud, un problema con el que había nacido, aunque no se le notara.

En ese mismo momento un dolor agudisimo, profundo, abismal, como no he sentido estando despierta jamás, se apoderó de mí. Era una pena desgarrada, una impotencia ante un mal al que no era capaz de poner remedio, una desesperación absoluta ante una injusticia como es la de que pueda existir la enfermedad en la infancia. Fue sólo un instante, lo suficiente para que me despertara de repente sollozando. Tardó un rato en pasárseme la angustia, dejándome una impresión indeleble de la que ya no consigo librarme siempre que lo evoco.

Este sueño también tendrá difícil cumplimiento, pero nunca se puede decir que algo es imposible. Cuando se lo conté a mi hermana, omitiendo la parte del problema de salud, se le humedecieron los ojos. Cuánto desearía ella que lo que soñé se hiciera realidad. “Sigue soñando ese tipo de cosas”, me dijo con una sonrisa esperanzada.

Mis sueños no suelen ser así, en ellos no se materializan cosas bonitas que me gustaría ver cumplidas. Antes al contrario, son sucesos aparentemente absurdos, cuando no terroríficos. En general son un fastidio, lo paso fatal o me aburren sobremanera, pero como no se los puede alterar, la voluntad poco puede hacer ahí (quizá sólo en el duermevela), pues habrá que aguantarse, o cenar un poco menos. 

Lo cierto es que cuando tengo sueños bonitos, algo que sucede rara vez, paso un buen rato, aunque algunos, como este que he contado, que parece una novela por entregas, terminen un poco abruptamente. Sí, ojalá tenga muchos más, como me dijo mi hermana.

En el mundo de los sueños todo es posible.

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes