lunes, 18 de mayo de 2009

San Isidro


Tengo la costumbre desde siempre de acudir a la verbena de San Isidro, no sólo porque está cerca de mi casa sino también porque es de las pocas tradiciones que tenemos los madrileños que aún perviven, aunque un tanto distorsionada.
De niña me encantaba ir con tal de poder ver a la gente que se ponía el traje de chulapón-a. Como siempre ha hecho calor, menos este año, me preguntaba cómo podían aguantar ese atuendo, sobre todo las mujeres, con lo ceñido que es el vestido y lo que se ajusta al cuello. Las señoras maduras, entraditas en carnes por lo general, son las que mejor lo saben llevar, a pesar de lo mucho que marca la figura: no todo el mundo sabe ponerse un clavel y un pañuelo en la cabeza, aunque parezca algo sencillo. Y no digamos llevar el mantón en el sitio justo y con gracia.
El que se pone un traje como ese debe saber que tiene que ir acompañado de la actitud típica de los castizos: andar rumboso, un poco displicente, calmoso; habla descarada, chulesca, a la vez simpática y con temperamento; el mirar un poco por encima del hombro, los ojos medio entornados, estudiando al interlocutor. La puesta en escena lo es todo.
Por lo que he podido oir, en sus comienzos fue romería, una fiesta religiosa en la que se homenajeaba al santo patrón de Madrid, al que se paseaba para regocijo popular. Luego se convirtió en verbena. Como tal la he conocido yo, cuando montaban las atracciones en un solar que había cerca de mi casa, no en la pradera de S. Isidro como hacen ahora. En aquel entonces el calor que hacía nos obligaba a tener las ventanas abiertas y nos teníamos que tragar el ruido toda la noche.
Mucha gente se ponía el traje típico y se degustaban barquillos y la gran variedad de rosquillas que aún se siguen haciendo, para delicia de los que somos golosos, y se bebía limonada. Música de organillo de fondo. Ver a los niños pequeños con ese traje puesto era una gozada.
Ahora todo ha cambiado mucho. De la tradición de antes casi no queda nada. Pocos se ponen el traje, y el chotis se baila en pequeños y escasos grupos. Por todas partes proliferan las tómbolas y las atracciones de feria, que machacan el parque de S. Isidro, apenas transitado el resto del año.
Los madrileños parece que hemos abandonado esta celebración, cansados quizá del agobio de la masificación, los empujones y la suciedad general. En su lugar América Latina entera se da cita allí más que nada para pasar un rato entretenido, porque del santo y de la historia de Madrid dudo mucho que sepan gran cosa. Se me hace extraño ver a algún inmigrante sudamericano vestido con el traje típico de S. Isidro, no porque no sean libres de hacerlo sino porque hay algo anacrónico en ello, como que no se corresponde una cosa con otra. Es como si nosotros nos pusiéramos el traje de Perú o el poncho mejicano. No dejaría de ser un disfraz. Hay tradiciones que no nos pertenecen.
Entristece un poco ver en lo que se ha convertido esta fiesta. No creo que en ninguna otra provincia o región de España hayan sabido mantener con tan poco acierto sus tradiciones. Con eso de que Madrid es una ciudad cosmopolita, aquí se admite todo.
Muchas veces me dan ganas de no volver a ir más cuando pienso en las apreturas, el olor a gallinejas y entresijos del que abomino por muy típicos que sean de aquí (en eso sí que no soy nada castiza), y los escasos vestigios que quedan de lo que fue un día. Por mis hijos voy, que si no seguro que ni aparecía. Aún recuerdo cuando puse a Ana el traje de chulapona siendo muy pequeña, lo graciosa que estaba con sus zapatos de tacón, sus medias blancas transparentes, el vestido entallado, el clavel rosa y el pañuelo blanco sobre su cabeza de rizos rubios. Era como una mujer en miniatura. A Miguel Ángel siempre le dio vergüenza disfrazarse, si no habría estado muy guapo con el traje de chulapón, más chulo que un ocho, con camisa blanca, pantalón negro, chaleco gris muy entallado, pañuelo al cuello, gorra de visera y un clavel en el ojal. Menudo porte rumboso habría tenido.
Y la costumbre de guardar interminable cola para coger el agua “milagrosa” de la ermita que dicen que cura enfermedades me ha parecido siempre una tontería. Si es algo tan beneficioso para la salud debería estar abierto todo el año, ignoro si es así, supongo que no.
“Cuando vayas a Madrid, chulapa mía”, decía la canción… Yo añadiría “no te pases por la verbena de S. Isidro, que de castiza tiene poco ya”.
Soy única promocionando la capital. Pero estoy orgullosa de ser madrileña, a pesar de todo.

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