miércoles, 4 de marzo de 2009

23 F


Hace unos días, cuando se conmemoró el 28 aniversario del 23-F, ponían un documental en televisión que mi hijo siguió con interés. Imagino que le será difícil hacerse una idea de lo que significan esas escenas, más propias de países tercermundistas que civilizados. Lo que no podemos imaginar nadie es qué habría sido de nosotros si aquello hubiera salido adelante.
Recuerdo que estaba yo en el primer año del instituto. Aquel fatídico día estábamos viendo la televisión, por la tarde, cuando de repente cortaron las emisiones de los programas habituales para informar de lo sucedido. En aquel entonces no existía una programación que durase las 24 horas, como ahora, si no que a partir de cierta hora de la noche se terminaba todo. Pero en aquella ocasión hubo emisiones toda la madrugada, y recuerdo que nos quedamos hasta muy tarde viendo dibujos animados y alguna película. Aquello nos pareció tan fuera de lo común que tuvimos la sensación de que realmente estaba sucediendo algo extraordinario.
Durante aquellas horas interminables, hubo un momento importante cuando apareció el Rey en televisión diciendo que no secundaba la intentona golpista.
Al día siguiente no fuimos al instituto. Hasta que no fue mediodía y Tejero por fin desistió de su postura, todo eran cábalas y preocupación.
Ya el día 25, de nuevo en el instituto, no se hablaba de otra cosa. Como casi todos los compañeros eran hijos de militares, estaban a favor de Tejero y parecían muy decepcionados porque aquello no había ido a más. Supongo que no tenían una idea real de lo que había sucedido, estaban condicionados por la opinión de sus familias. También tendrían ganas de romper la monotonía con emociones fuertes.
En mi casa también estaban a favor de aquello. Yo callaba y escuchaba, y no tuve ocasión de contrastar mi parecer con nadie. Cuando se supo lo que pasaba, mi primera reacción fue de sorpresa, curiosidad y una cierta emoción: nunca se había visto algo semejante en nuestro país. Pero según transcurrían las horas y fui asimilando lo que sucedía, cambié pronto de estado de ánimo. Empecé a sentir una especie de terror, como el que seguramente sentirá el que sabe que se cierne sobre él una amenaza, un peligro inminente, una guerra o algo parecido. Inseguridad, incertidumbre.
Cualquiera decía, en un ambiente como el de mi instituto, que me parecía una vergüenza que una parte de nuestro Ejército se comportara de esa manera, como si fuera un grupo terrorista. Cuando aquello por fin fue detenido sentí un gran alivio, pensé que era el lógico fin de una situación absurda y desproporcionada, de una monstruosidad.
Al ver las imágenes de Tejero en el hemiciclo me sobrecogí. Brutalidad frente a razón, autoritarismo frente a democracia. Y el toque de queda en Valencia, con los tanques circulando por las calles, igual que en una guerra, fue el colmo del disparate.
Cierto es que el ambiente era de descontento general, sobre todo en el mayoritario sector conservador del país al que no gustó que se legalizara el partido comunista. Aquel momento era además una etapa de transición entre un presidente de gobierno y otro, un momento de inestabilidad que quisieron aprovechar para imponerse. Por el “bien de la patria” se han hecho y se harán en todas partes auténticas barbaridades.
Las lamentables escenas que tuvieron lugar en el Congreso no fueron si no el producto de una sucesión de acontecimientos que no tenían apenas control. El aplomo de Tejero y sus acólitos fue más apariencia que otra cosa. Es tristísimo ver que para hacer valer unas ideas haya que recurrir a las armas, a la fuerza, la coacción, el miedo. Luego se supo que Tejero le abría el camino a otro militar que era el que iba a encabezar el nuevo gobierno y que nunca llegó a aparecer ni se supo a ciencia cierta quién era.
Hubo una compañera de clase cuyo padre sufrió prisión por secundar aquel intento de golpe de Estado. Nos contaba apesadumbrada cómo tenía que ver a su padre cuando lo visitaba en la cárcel, en la que tuvo que estar unos cuantos años.
El padre de otra compañera sin embargo, militar de alta graduación, fue muy elogiado por el papel que desempeñó para que aquello no prosperara.
Cuántos golpes de Estado sí han salido adelante en otros países, manteniendo en el poder a militares inmorales, despóticos e incluso asesinos durante décadas. Es escalofriante. España se habría convertido en una república bananera, nuestros destinos habrían cambiado radicalmente de la noche a la mañana. Qué arbitrario e injusto es que otros decidan por nosotros, y de mala manera. No queremos héroes que nos salven de nada, y menos a ese precio.
Por desgracia, aquel suceso será recordado ya para siempre cada vez que se conmemore su aniversario. Si sirve para que no vuelva a repetirse ya es bastante.

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