martes, 24 de abril de 2012

Las memorias de Diane Keaton (II)


La actriz describe sus relaciones amorosas con hombres que, la verdad, nunca dejarían indiferentes a ninguna mujer, entre ellos Warren Beatty, de quien he leído en más de una ocasión críticas no precisamente buenas sobre su persona, procedentes de amantes despechadas, cómo no, que son legión en su caso, pero Diane le trata con suma delicadeza y afecto. “Warren abría todas las puertas con su detector de tonterías cargado a tope. Siempre buscaba lo que se escondía detrás de la fachada, y fue la única persona lo bastante curiosa para preguntarme si mis gafas de Annie hall estaban graduadas. Me pilló. Mientras Woody animaba mis proyectos artísticos con comentarios como “P.D: Han llegado tus fotos. ¡Cada vez mejores! ¡En serio!”, Warren miraba de soslayo uno de mis collages y decía: “Eres una estrella de cine. Eso era lo que querías. Lo has conseguido. Acéptalo. ¿Adónde te va a llevar todo esto?”. Era lo que me gustaba de él: decía lo que pensaba. Y pensaba teniendo en cuenta muchas variables.

Si comparo la relación de mi madre y mi padre con la que mantuve con Warren, es indudable que lo que este ofrecía era mucho más seductor que lo que jamás habría podido brindar mi padre. Le confesé que me aterraba volar, y un día me sorprendió cuando me disponía a embarcar hacia Nueva Cork, me cogió de la mano, subió conmigo al avión, se sentó sin soltarme la mano y siguió así hasta que aterrizamos. Una vez a salvo en tierra, me besó, dio media vuelta y regresó a Los Ángeles. El día de San Valentín me compró una sauna seca para un cuarto de baño y una sauna húmeda para el otro. Era pródigo en gestos magnánimos. Y me llenó la cabeza de ideas alocadas: que si yo tenía un potencial enorme; que podía ser directora, política y una de las actrices más respetadas del mundo si lo deseaba. Yo me reía y le decía que estaba loco. Pero me encantaba, y me encantaba él, sobre todo su disparatada generosidad”.

Los collages a los que se refiere son unas extrañas composiciones que Diane solía hacer con recortes de fotos de miembros de su familia, trozos de partes del cuerpo humano, publicidad de revistas sobre la que pegaba frases con mensajes, todo en un revuelo aparentemente sin sentido cuyo significado, como el de cualquier obra abstracta, sólo su autora conoce. Hay fotos de ellos en el libro.

Diane se refiere a Warren en su experiencia como protagonista de Reds, film que él dirigió. “Ni siquiera ahora puedo decir que sienta mi interpretación en la película como mía. Era más bien una reacción a Warren (…) al efecto que producía Warren Beatty.

Hizo falta el trágico reencuentro de John Reed y Louise Bryant (los personajes protagonistas) en la estación para que sintiera cierto orgullo encarnando un personaje tan provocador. Warren tuvo que esperar unos sesenta y cinco penosísimos primeros planos antes de que yo fuera capaz de derribar el muro de rebeldía que había construido y dejar a un lado mi aversión por una mujer a la que necesitaba querer para poder interpretarla. Rodar la escena fue una experiencia que no había previsto. Gracias a la tenacidad de Warren, de repente y contra todo pronóstico, el amor surgió a raudales…”

Siguen las referencias a su madre. “Fueron los esfuerzos de mi madre, sus conflictos y su amor los que favorecieron las pocas habilidades que tengo para PENSAR. Apoyó decisiones que crearon experiencias que ensancharon mi vida”.

Describe, finalmente, cómo se fue de este mundo, en un pasaje que a mí me conmovió profundamente. “Estábamos mi madre y yo solas por última vez. Miré su rostro (…) Qué ironía que la hermosa cara de mi madre hubiera imposibilitado que la gente percibiera la frágil alma que se ocultaba detrás. Me acerqué más. (…)Me pregunté qué habría visto antes de que sus ojos se cerraran. Tal vez el paisaje de rostros inclinados que tanto había amado había sido una intromisión; todas esas cabezas que se movía con perplejidad. Mamá ¿qué oyes en la tierra sin palabras? (…) Si el sonido es lo último que desaparece, espero que nuestro coro te serene. Es nuestra nana de pesadumbre. ¿Nos oyes arrullarte?”.

El apartado que dedica al rodaje de Cuando menos te lo esperas, casi al final del libro, deja un gusto divertido y dulce en la boca. Comedia deliciosa en la que compartió protagonismo con el increíble Jack Nicholson. Según cuenta, su interpretación no se alejó mucho de lo que por su propio estado vital de ese momento sentía. Sin embargo Diane ya debería saber a estas alturas que los hombres, cuantos más años cumplen, más jóvenes les gustan las mujeres.

No he querido comentar muchos pasajes de estas memorias porque abordan temas muy personales y especialmente delicados que es mejor leer personalmente: el abandono de su padre, los problemas de bulimia en su juventud... El libro no es muy extenso, pero sí tiene profundas resonancias espirituales. Los recuerdos y pensamientos de Diane Keaton, una mujer que ha cultivado una imagen frívola y divertida, tienen en realidad mucho calado, y nos muestran a una mujer quizá atormentada por hechos del pasado y atribulada por las mismas dudas existenciales que han aquejado siempre a su amigo Woody Allen. 

Ahora parece atravesar Diane una etapa feliz con la crianza de sus hijos adoptivos. Algunas cosas llegan un poco tarde a la vida de algunas personas, pero llegan al fin, y para bien.

No hay comentarios:

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes