Hace 28 años que dejé de acudir a
Misa con regularidad. Sólo en celebraciones he vuelto a ir, y si alguna vez me apetecía recogerme en la quietud de un
templo lo hacía cuando no había oficios, sentada en los últimos bancos,
meditando o rezando. Para alguien que pasó la 1ª parte de su vida siguiendo este rito siempre queda algo de lo sagrado dentro de sí,
como una pequeña llama que nunca termina de apagarse.
Desde hace tiempo tengo una necesidad imperiosa de volver a aquella costumbre nunca del
todo abandonada. Algo imperioso aflora en mí y busca lo espiritual, lo
religioso, como una prenda valiosa de la que no me llegué a desprender del
todo. Y si antes terminé harta de la repetición incansable de la liturgia,
semana tras semana indefectiblemente, que junto a una crisis existencial en
aquel momento me llevó a abandonar la Misa creía yo que
definitivamente, es ahora otra crisis existencial, o más bien una catarsis, la
que me lleva a retomar este hábito como algo precioso que en el fondo
siempre temí haber perdido.
Visité dos parroquias, una cerca
de mi barrio y otra lejos. En la 1ª el discurso del sacerdote me pareció
carente de interés, un señor muy mayor acompañado de otros que hacían juego con
un ambiente decadente. En la 2ª el párroco era joven, y se trataba nada
menos que de la ermita de S. Antonio, tan bonita por dentro, pero me pareció el
sermón insulso y el padre un tanto frikie.
Volví pues a mi parroquia habitual el
domingo pasado, iglesia que se inauguró con mi Primera Comunión allá por 1975,
y en la que hice la confirmación, me casé e hicieron la Comunión mis hijos. Hace tiempo que falleció
el párroco que la llevó durante muchos años, pater en su caso, y los sacerdotes
treintañeros con pinta funcionarial que le siguieron han sido sustituídos, por lo que pude ver, por
dos mayores y uno cuarentón.
Uno de los primeros oficiaba la
Misa muy cansinamente, con la novedad de que estaba sentado en un lado y
llevaba micrófono inalámbrico. Su homilía era tan aburrida que la mente se me
escapaba sin poderlo remediar, pero el hecho de estar en aquel lugar que ha formado siempre
parte de mi vida me reconfortaba enormemente.
Vi delante de mí, al cabo de un
rato de estar sentada en la última fila, pues llegué tarde, a la profesora que
en septiembre dio clase de matemáticas a mi hijo Miguel Ángel. Estaba con su
hermano y su hermana, bastante más pequeños que ella, y sus padres. No sabía
que fuera religiosa. Es una chica muy especial, abierta hasta un cierto punto,
segura de sí al menos en apariencia, con un sentido del humor irónico y tierno
que la acompaña siempre. Estaba resfriada, se sonaba mucho la nariz y estornudaba, y
entre unas cosas y otras le hacía bromas a su hermana, mientras el hermano, al
que una columna quitaba la visión del altar, bostezaba sin remedio. Es muy agradable ver a una familia numerosa y unida.
El hecho de rezar todos juntos en
voz alta, que antaño me parecía tedioso, ahora se me antoja emocionante. Ha
pasado demasiado tiempo desde que era yo una católica practicante, y no sólo de
boquilla como últimamente. Noto ese vacío, esos años transcurridos sin unir mi
voz a la del resto de la gente, aunados todos por un espíritu común, una
creencia intangible, especial e indispensable. Eché de menos la homilía del pater
Ignacio, y sus cánticos, sobre todo durante la Comunión. Tenía un discurso
vibrante, inteligente, lleno de pasión y sentimientos, y una voz potente que
retumbaba en el interior de la parroquia con fuerza. Habría sido más apropiada
para espacios más grandes, como los de las iglesias tradicionales.
Ha sido por el Papa Francisco, o
al menos ha contribuído a ello, por lo que estoy de nuevo aquí. Su forma de
enfocar la religión, y sus palabras acerca de los que estamos divorciados, me
han llenado de esperanza y de una nueva ilusión. El hecho de que nos acoja en
el seno de la Iglesia católica, consciente del nº creciente de fieles que
estamos en esa situación, y que de este modo haya abierto las puertas
eclesiales, habitualmente cerradas a los cambios, han determinado mi decisión. Hasta el
momento me sentía excluída, como si fuera una hereje que ha abjurado de su religión. Al
divorciarme me vi expulsada de la iglesia, ajena a todo lo suyo, como pasa con los
que no siguen estrictamente las normas establecidas. No poder comulgar era lo peor.
Aún sigo sin hacerlo, pero todo
se andará. Tengo que preguntarles a los confesores cual es realmente mi situación, pues no sé
si las consignas del Papa Francisco son seguidas punto por punto o tardan en
implantarse. No todo el mundo se acostumbra a su velocidad de pensamiento y de
acción. Dios sabía que he sido todos este tiempo la oveja extraviada de su rebaño pero que algún
día volvería, que no me había perdido completamente. Daba igual los años que
tuvieran que pasar que terminaría regresando.
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