domingo, 27 de junio de 2010

Coleccionista


Dicen que el gusto por coleccionar viene de la afición o la pasión que una determinada cosa despierta en nosotros, que nos hace querer poseerla en una interminable repetición. Los hay para los que ésto constituye motivo de orgullo por su exhibición posterior: no sólo atesoramos objetos que nos gustan sino que los mostramos complacidos buscando la admiración ajena y compartir su disfrute con los demás.

La primera cosa que recuerdo que coleccioné fueron minas de colores. Cada vez que a uno de mis lápices de colores se le caía la mina la metía en un frasco de cristal que había contenido un perfume de jazmín, regalo de mi abuela Pilar, la primera fragancia que tuve. Me gustaba ver las pequeñas minas multicolores mezcladas.

En el parque, cuando iba con mi madre y mi hermana, recogía piedras cuya forma o color llamaban mi atención, y las metía en una caja de plástico transparente que había sido de unos caramelos de violeta que me había regalado la madre de una amiga por mi Primera Comunión. Me satisfacía pensar que yo había sido la única persona capaz de apreciar su estética y originalidad, que nadie había reparado en ellas y allí estaban en el suelo sin que nadie más se hubiera percatado de su rara belleza.

La época de los cromo la hemos pasado todos, sólo que hace años había auténticas maravillas. Aún recuerdo un álbum que rellené con razas de personas y animales de los lugares más exóticos del mundo. Eran preciosos. Luego hice otro álbum con razas de perros con unos pequeños cromos que venían con los Bonny Bucanero. Me encantaba ver tantas y tan distintas clases de perros, y muchas de ellas se me quedaron grabadas en la memoria y aún las reconozco cuando las veo, por raras que puedan ser.

También intercambiaba cromos de futbolistas con los chicos de clase, y llegué a tener un buen taco. El fútbol no me ha interesado nunca gran cosa, pero era bonito ver tantos uniformes de colores diferentes, y además molaba ese trapicheo que teníamos todos.

En la adolescencia me gustaba recortar fotos que me parecían especialmente bellas o que captaban un momento poco común, y las pegaba en folios para formar una especie de álbum, que aún conservo. Recortaba también chistes de humor gráfico que hubieran despertado mi hilaridad, y todavía cuando tengo ganas de reirme un rato les echo un vistazo.

Tuve una época que coleccionaba refranes. Los escribía en una larga lista según los iba recopilando, lo mismo que las palabras, por orden alfabétio, cuyo significado había buscado en el diccionario cuando leía un libro y no sabía lo que querían decir. Escribí tantas que casi formé otro diccionario aparte.

Cuando estaba en la facultad coleccionaba fascículos de todas clases que salían con El País y que luego encuadernaba. Así tengo un Atlas Universal, una Historia de la risa, un manual sobre sexualidad, un diccionario enciclopédico y no sé cuántas cosas más.

La revista divulgativa Muy interesante era otra colección que encuadernaba cada cierto tiempo y que tuve que dejar de hacer por falta de sitio en casa. Aún la compro de vez en cuando.

En aquel entonces medió por coleccionar búhos pequeños de todas clases, hechos de cerámica o de madera, de muchos colores. Aún tengo algunos adornando mi cocina.

En la actualidad colecciono los artículos y reportajes que leo en las revistas y que me han gustado o llamado la atención por algún motivo. En muchos de ellos me inspiro para escribir en este blog.

No sé qué seré capaz de coleccionar en el futuro. Me gustaría tener una de sellos, afición que me surgió cuando hace años mis padres se hicieron con una bastante grande que les dejó mi abuelo paterno cuando murió. Ellos la vendieron y se sacaron un dinero, y a mí me dió qué pensar el hecho de que aquellos pequeños trozos de colorido papel se cotizaran tanto por el hecho de tener tantos años. La verdad es que hay algunos que son obras de arte en miniatura. Yo me quedé con algunos en aquel entonces, y de vez en cuando despego del sobre de una carta al que veo bonito, sobre todo si está sin el matasellos, que es como más valor tienen.

Habrá quienes nunca hayan sentido ese afán coleccionista, pero para los que lo albergamos es siempre una fuente de placer que se va renovando, pues aunque casi todas las colecciones tengan un principio y un fin, siempre surgen nuevas aficiones.



 
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