viernes, 25 de junio de 2010

Impresionistas: Degas







Aristócrata, cosmopolitca, rico e hipocondriaco, Degas encarnó a la perfección el ideal de Baudelaire, el cual decía que la tarea "del artista es hallar lo que hay de eterno y permanente en la fugacidad contemporánea".



Supo como nadie plasmar la vida urbana en el París de fin de siglo. Fue un caso aparte entre los impresionistas, pues idolatró el dibujo y prefirió los efectos de la luz artificial al colorido de la luz natural al aire libre. "Sólo se reproduce lo que llamó la atención, es decir, lo realmente necesario", solía decir.



Tuvo una exquisita educación y un desahogado nivel económico. Con todo a favor para ser un pintor de moda, se convirtió en un radical adversario de la tradición. La falsedad temática y la afectación técnica de la pintura premiada en los Salones era incompatible con su lucidez y su carácter agrio y desilusionado. Como Monet o Renoir, no se veía inventando empalagosos cuadros mitológicos. Pero no le interesaba tampoco la Naturaleza, como a ellos, sino el espectáculo de la vida urbana.



Soltero recalcitrante, decía: "No sé jugar al billar, ni hacer la corte a las mujeres, ni pintar ante la Naturaleza, ni ser agradable en sociedad". Sin embargo, el sexo femenino es vital en sus obras, como en las del resto de los impresionistas. Lo representa de muchas maneras, féminas sentadas en los cafés, en un escenario o en una sala haciendo ballet, desnudas bañándose y de mil formas, siempre con extraordinaria delicadeza. Los colores son tan pronto apagados y suaves como brillantes e intensos.



En su casa llena de polvo, escaleras de caracol, zapatillas de ballet, casacas de jockey, había reunido una soberbia colección de pinturas que reflejaba sus complejas preferencias.



Al final de su vida, abandonado por su ama de llaves, casi ciego, resumió su credo: "El arte es el dominio del dolor por la belleza".
 
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