martes, 28 de septiembre de 2010

Psicólogos y psiquiatras

Supe del intrincado mundo de la psicología hace seis años. Por entonces, mi hijo tenía muchos celos de su hermana y esto le hacía comportarse de forma especialmente conflictiva y padecer enuresis nocturna, por lo que acudí a un psicólogo que una compañera de trabajo me recomendó encarecidamente, porque era amigo suyo y daba fe de su buen hacer profesional.

Su consulta era una pequeña habitación con sillones confortables y poca luz, en la que él y yo charlábamos del niño durante una hora. Su método, muy peculiar, consistía en intervenir en los casos que se le presentaban sin la presencia del paciente, pues al ser niños pensaba que podía ocasionarles un trastorno. Toda la terapia era a través de los padres. Mi ex marido, la verdadera causa del problema, ya que castigaba muy duramente el mal comportamiento de Miguel Ángel, accedió a ir sólo en dos ocasiones y pareció entender lo que el especialista quería decir, por lo que funcionó durante un tiempo, hasta que se le olvidó, ya que no acudió más a la consulta, y el problema reapareció.

En aquellas visitas el psicólogo, un hombre exquisito y muy inteligente, intentaba con sus preguntas adentrarse en la vida del niño, y así poder comprenderle, hallando la causa de sus desdichas para ponerles solución. Indagaba además en detalles sobre mi persona, pues él estaba convencido de que nuestra particular historia no sólo nos marca a nosotros sino a todos los que nos rodean, ya que en ellos proyectamos nuestra propia personalidad, forjada a base de experiencias pasadas que nos determinan inexorablemente.

A mí me sirvió también de terapia, pues pasaba por un mal momento en aquel entonces: a la preocupación por Miguel Ángel se unía la reciente muerte de mi abuela paterna y la hospitalización por vez 1ª de mi cuñado, al que diagnosticaron una enfermedad del aparato digestivo que es hereditaria y crónica y que le tuvo muy delicado durante mucho tiempo.

Yo sabía por mi compañera de trabajo que este hombre tenía un terrible drama familiar, un hijo adolescente en estado vegetativo, y tanto él como su mujer vivían nada más que para él, retirados de la vida social. Él nunca mencionó aquello, ningún profesional habla de sí mismo, no están allí para eso supongo, pero imaginé que posiblemente se había dedicado a aquella profesión para exorcizar sus demonios: escuchando los problemas ajenos e intentando solucionarlos parecía que podía sobrellevar mejor su propia carga.

Ya no había vuelto a adentrarme en este mundo hasta que a Miguel Ángel empezó a salirle una urticaria virulenta por todo el cuerpo cuando vió el año pasado que tendría que repetir curso. El stress, y más en personas que son introvertidas y no suelen compartir sus preocupaciones, se manifiesta de muy diversas formas, y me han contado últimamente unos cuantos casos en los que sucede lo mismo. Me recomendaron a un psiquiatra del centro de especialistas de la Seguridad Social de mi barrio, que resultó ser un señor muy educado y bastante peculiar en sus maneras, pero poco más. Las dos veces que fuimos empezaba la sesión sacando de una gran cartera un montón de pequeños objetos, de los cuales escogía unos cuantos para dárselos a Miguel Ángel, el cual casi no los tocaba. “Se ve que quiere hacerse el simpático”, me decía mi hijo después, sin darle más importancia. Pero mientras tanto, cada vez que íbamos, sobre su mesa depositaba llaveros con forma de zapatillas deportivas, carteras de tela para llevar el dinero, y alguna que otra revista de los Rolling Stones, que sólo yo he terminado leyendo. También le daba cosas para su hermana, al enterarse de que la tenía. Pero salvo por su enorme amabilidad y sus ceremonias cuando nos despedíamos, en forma de curiosas y amaneradas reverencias, no sacamos gran conclusión de todas aquellas charlas que 1º tenía con nosotros dos y luego con él a solas. Era como tener una conversación con alguien muy amistoso. Pronto le pasó el caso a su compañera de la consulta contigua, pues vió que no era tema psiquiátrico sino sólo psicológico.

Esta señora resultó aún peor que su predecesor. Le hablaba a Miguel Ángel de forma directa y agresiva, casi parecía que le estaba haciendo el tercer grado antes que intentar adentrarse en los recovecos de su mente para comprenderle y ayudarle. Se veía que no tenía paciencia ninguna, que no le gustaba su trabajo y, con las preguntas que hacía, carente de un mínimo de inteligencia. Además se contradecía constantemente y aprovechaba cada momento para poner a parir a su colega psiquiatra, el que le endosaba los casos que según él no le correspondían.

A mi mente vienen, cómo no, escenas de dos películas sobre el mundo de la psicología que me han impactado siempre enormemente: la 1ª fue hace muchos años, “Gente corriente”, en la que el psicólogo desentrañaba a lo largo de numerosas charlas la verdadera raíz de los problemas del joven protagonista y, de paso, de toda su familia. Era como si se destapara una olla a presión que estuviera a punto de estallar, y ese bloqueo emocional que el paciente sufría desaparecía para dar paso a un fluir de sentimientos maravilloso, a poder llevar una vida plena, a perdonarse por los errores del pasado y a aprender a perdonar.

La otra película es “El indomable Will Hunting”, en la que otro psicólogo desvela el terrible trauma que el protagonista sufrió en su infancia y que le impide desarrollarse como persona y sacar rendimiento a su enorme coeficiente intelectual. Me encanta ver cómo con gran inteligencia y sensibilidad va conquistando la confianza de su paciente, que está allí obligado y que en más de una ocasión le pone en algún aprieto, porque él a su vez pretende psicoanalizarlo en plan revanchista. Este psicólogo saca a relucir todo aquello que más le gusta, compartiendo con él buenos momentos incluso fuera de la consulta, para luego poder meterse de lleno en el pozo oscuro y sin fondo que es la mente humana cuando no se ha sido bien tratado. Lo curioso es que tanto en un film como en el otro el especialista trabaja midiendo estrictamente los tiempos de conversación terapéutica, no permiten de ninguna manera que se sobrepasen.

Pero como la vida real sólo es a veces como en las películas, nos encontramos con frecuencia con estos otros ejemplos lamentables de lo que se debe hacer si uno quiere ser un mal profesional. No querría incluir al primer psicólogo que mencioné, porque se acercó bastante a la solución, pero no lo suficiente.

Sólo me queda intentar hacer yo misma de psicóloga, en la medida de mis posibilidades, con mi hijo, porque nadie mejor que yo le conoce y le puede comprender, intentando encauzarle lo mejor que pueda y facilitándole la vida, que es lo que cualquier padre o madre debe hacer.

Es muy liberador poder confiarte a una persona que sabe de verdad lo que está haciendo, que se mete en tu vida y en tu mundo consciente para llegar a tu subconsciente, de una manera sutil, casi sin que te des cuenta. Encontrar a alguien así en una suerte, porque todos necesitamos en algún momento alguien que nos ayude a superar problemas personales y a enfocar la existencia desde otro punto de vista, más positivo, más constructivo.

El psicólogo, o el psiquiatra, son esa otra mirada que a veces nos hace falta, y que puede llegar a sorprendernos y, desde luego, a ayudarnos.

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