viernes, 17 de diciembre de 2010

Fama

Aunque ahora con el nombre de Fama han hecho muchos programas que se aprovechan del tirón que tuvo la película que en 1980 dirigiera Alan Parker, la semilla original, el germen único e inimitable de todo aquello fue aquel film que, iniciada aquella ya lejana década, nos sorprendió a todos por la visión que del mundo del arte interpretativo en todas sus versiones nos ofreció.

En las pruebas de acceso a la escuela vamos conociendo a los personajes en torno a los cuales girará la trama. Vemos a Ralph, un puertorriqueño que aún no sabe exactamente qué es lo que quiere hacer, pero que ya sabe que su sitio está allí. Empieza con el profesor Shorofsky, de música, que le sugiere que se pase a la clase de danza, a ver si le va mejor, y de la que saldrá a su vez rebotado a la de interpretación.

Doris llega acompañada de su absorbente madre, que no deja de hacerla fotos, llorar de emoción e interrumpir cada vez que ella va a hablar. Se la ve cantando una canción preciosa, Memory, durante la cual no deja de desafinar por culpa de los nervios.

Bruno abruma al profesor de música cuando toca sus teclados electrónicos. “Un instrumento detrás de otro es suficiente”, le dice, pero él tiene respuestas para todo, dispuesto a defender su forma de hacer arte, inasequible al desaliento. “Si quiere lo hago en un ritmo de 4 x 4 con ritmo de discoteca”.

Leroy, un chico negro del Bronx, se contonea provocadoramente, con movimientos obscenos y una forma de interpretar la música a través del baile que nunca antes se había visto. Todo este atrevimiento le sirve involuntariamente para quitarle la plaza a su compañera, con la que se presentaba para acompañarla en su prueba.

Montgomery sí tiene claro que lo suyo es la interpretación. Su madre, una actriz famosa, le manda el dinero que gana cuando está de gira para que se pague el psicoanalista.

El inicio de las clases es parecido en todas las materias. Los profesores dicen lo mismo, que su asignatura es la más importante de todas, imprescindible para pasar de curso. “No os libraréis de estudiar porque tengáis talento”, les dice la profesora de literatura. “Tendréis que tener piel de elefante porque sufriréis toda clase de insultos y rechazos”, afirma el profesor de interpretación.

El comedor es un hervidero de alumnos, una pequeña Babel donde se ensaya con los instrumentos, el baile o las escenas. Alguno consigue milagrosamente concentrarse y leer un libro, aislándose de todo. De repente la multitud reacciona a una energía común que surge y se va propagando entre ellos, como una onda expansiva. Una música empieza a sonar, los acordes que son la banda sonora de la película. Y como una cosa lleva a la otra, no tarda en iniciarse el baile también, los chicos se suben encima de las mesas, un frenesí de cuerpos que se convulsionan sin seguir ninguna norma, sólo dejándose llevar. El espectador, inevitablemente, se ve arrastrado a ese paroxismo de ritmo y creación. Piensas que a eso es a lo que se le llama estar vivo.

Un día hay un incidente en la clase de la señorita Sherwood, la profesora de literatura. Ella ha querido desmentir a Leroy que decía saber leer, le provoca para que salga de su marginalidad. Él reacciona con violencia inusitada, viéndose descubierto ante todos y sintiendo una gran vergüenza, por lo que comienza a dar patadas a los muebles, saliendo con un sonoro portazo, rompiendo cristales en los pasillos mientras vocifera toda clase de insultos. Da salida a una frustración más de las muchas que se han acumulado en su vida.

El profesor de interpretación les enseña cómo obtener los recursos para actuar de las pequeñas cosas de cada día. “Concentraos en cómo hacéis las cosas cotidianas. Prestad atención al mundo físico, aislad los detalles”. Cuando se llevan un cubierto a la boca, cuando se mueven por una habitación, todo tiene importancia. Recreaos, es su consigna.

El profesor Shorofsky le dice a Bruno si lo va a tocar todo él solo, cuando le ve con sus sintetizadores tras intentar que aprenda algún instrumento en su orquesta de música clásica. “Eso que haces no es música, es masturbación”.

Al padre de Bruno, que es taxista, no se le ocurre otra cosa para promocionar la música de su hijo, que colocar unos altavoces sobre su vehículo a la puerta de la escuela con sus canciones sonando a toda pastilla. Los chicos que van saliendo se ponen a bailar frenéticamente en mitad de la calle, subiéndose por encima de los coches, cortando el tráfico, haciendo venir a la policía.

El profesor de interpretación quiere que hablen sobre un hecho de su vida que sea traumático. Montgomery habla sobre su homosexualidad. Dice estar bien adaptado, aunque tamibén deja entrever otra sensación. “No ser feliz no significa ser desgraciado”.

A Doris no le gusta ser judía, ni vivir en Brooklyn, ni las fiestas de cumpleaños con niños chillones y llorones a las que su madre le obliga a ir a cantar para ganarse un dinero.

La señorita Sherwood le dice a Leroy que el Play Bloy no es el mejor modo de aprender a leer. Desde la escalera donde está subida colocando unos libros en las estanterías de la biblioteca, le lanza Otelo. “Léelo, era negro”.

En el enorme piso sin muebles de Montgomery, él, Ralph y Doris ensayan y comparten confidencias al anochecer, tenuemente iluminados por las intermitentes luces de neón rosa que se filtran desde la calle a través de los grandes ventanales.

En el cine, Doris y Ralph asisten a una sesión dramatizada de una película de miedo: si en la pantalla llueve, los espectadores sacan sus paraguas sentados en sus asientos; si un personaje pregunta algo, el público responde como guiado por una consigna; si alguien da un golpe, la gente también. Algunos suben al escenario que hay bajo la pantalla, y cantan coreados por el resto, con una trepidante música de fondo que comienza a sonar.

Ralph no siempre tiene una buena noche cuando va al night club a hacer sus monólogos de humor. Doris intenta abrirle los ojos para que no se olvide de quién es él. “Estás lleno de fuerza, de rabia y amor”, le dice. Montgomery también tiene unas palabras para él, cuando se queda solo en su camerino. “Sólo nos prometieron siete clases diarias y comida caliente. Lo demás depende de nosotros”.


El día de la graduación, tras cuatro años de estar allí, es un momento de celebración y también de nostalgia por todo lo vivido, ese bullicio constante, joven, efervescente y creativo de la escuela, experiencias irrepetibles que ya han quedado atrás. Se abre un mundo de posibilidades, tienen toda la vida por delante. Todo está por hacer. Y la meta: alcanzar la fama.

No hay comentarios:

 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes