lunes, 22 de febrero de 2010

Mis actrices favoritas (I): Jane Fonda


Hay actores y actrices que, pasen los años que pasen, son incombustibles. Es el caso de Jane Fonda.
La hemos visto en casi todas las edades de su vida, desde su juventud hasta la vejez, y siempre hubo una característica que la acompañó a lo largo de todo ese tiempo: su mirada. Ese rostro, esos ojos, características heredadas de su padre, el también estupendo actor Henry Fonda, son sus señas de identidad. Es curiosa la genética, lo que logra asemejar a un padre y a su hija. Pero así como su parecido físico era asombroso, no tenían sin embargo gran cosa en común en cuanto al estilo interpretativo se refiere.
Jane Fonda ha vivido con tanta intensidad como pudo tanto dentro como fuera de los platós de cine. Cada película se corresponde con una etapa muy determinada de su vida, y así se refleja. En los 60 hacía películas de escasa calidad con alguna excepción, como Danzad, danzad malditos. Se había casado con un director de cine francés del que pronto descubrió que tenía gustos sexuales peculiares (tríos incluidos). Cuando se cansó de sus rarezas y se divorció de él, volvió a su país y comenzó una época fructífera en su carrera. Consiguió una publicidad añadida con su activismo político. Se la podía ver en las fotos del momento, con vaqueros o con minifalda, cargando a sus hijos a la espalda metidos en una especie de mochila, algo que actualmente es corriente.
Sus películas de los años 70 fueron memorables. El regreso. Klute. En ésta última recuerdo que me impactó especialmente la escena, ya casi al final, en la que ella se ve a solas con el psicópata asesino que la persigue. Jane Fonda despliega todo su talento interpretativo recreando un momento lleno de dolor, de angustia, de miedo, de soledad e indefensión, la mujer una vez más víctima de la violencia de un hombre. Dicen que mientras se rodaba, como estaba llorando, comenzó a caérsele en grandes cantidades la mucosidad de la nariz, pero el director dijo que siguieran, que no cortaran.
En esta época se había casado con un político y, como era habitual en ella, entregada en el amor y a todas las causas que consideraba justas, dedicó gran parte de su tiempo a apoyarle en sus campañas. Pero fue precisamente El regreso la causa de que su matrimonio, que no pasaba por su mejor momento, acabara también en divorcio, pues las escenas tan íntimas que rodó con el otro actor protagonista, Jon Voight, despertaron las iras de su marido. No fue capaz de comprender que aquellos eran los gajes de su oficio, que rodar ese tipo de escenas formaba parte de su profesión. Si vemos la película vemos que en realidad está planteada con una enorme sensibilidad.
En los 80 puso de moda el aerobic con sus sesiones de gimnasia musical. Sus programas de televisión y sus videos le reportaron pingües beneficios. Su obsesión por la figura y por permanecer joven y activa la persiguió hasta hace no mucho. En esta época rodó películas maravillosas como En el estanque Dorado, donde compartió protagonismo con dos monstruos de la escena cinematográfica: Katharine Hepburn y con su propio padre. Las legendarias desavenencias que siempre tuvo con éste parece que se zanjaron al final, con su participación conjunta en este film, que fue el último para él. Muchas de las cosas que en él se dicen, las quejas de ella por no haberse sentido nunca comprendida ni valorada por su progenitor, son un trasunto de la realidad.
En los 90 el paso del tiempo comenzó a hacer mella en su belleza. Tras hacerse una operación de cirugía estética en el pecho, luego abominó de estas prácticas, y decidió que mostraría sin complejos las huellas que la edad dejara en su persona. Se casó con un poderoso y rico empresario del mundo de las comunicaciones, y gozó de todos los lujos que su nuevo status podía reportarle, pero siempre echó en falta en su nuevo marido un pensamiento y una sensibilidad afines a la suya, además de un sentido de la fidelidad conyugal que resultó no tener. En esta época rodó películas tan sentimentales como Cartas a Iris.
Al cambiar de siglo espació sus apariciones en la gran pantalla y en la televisión, y se ha atrevido a anunciar productos de belleza ya al borde de los 70.
Jane Fonda dice haber sentido pánico escénico siempre, es algo que jamás le ha abandonado en ningún momento de su vida. Cuanto más tiempo pasaba, más tenía. Cada vez que debe abordar un nuevo papel se siente física y psíquicamente enferma, lo pasa muy mal, pero una vez que se ha metido en la historia, nos ofrece un prodigio de actuación que no se puede comparar a ningún otro conocido. Esa forma de mirar, tan fijamente, tan implacablemente diría yo, sus ojos tan azules y a veces tan fríos, la manera como se reflejan en su rostro y en su cuerpo todos los estados de ánimo imaginables, olvidándose de sí misma y siendo ella misma a un tiempo, es algo increíble. Cuando interpreta parece estar como ausente de la escena, como si estuviera allí de forma casual, como si estableciera una barrera invisible entre ella y el resto del mundo, y sin embargo su actuación está siempre llena de fuerza y termina desprendiendo una inmensa calidez humana y como un desvalimiento. Jane Fonda se desnuda por dentro y se nos muestra sin tapujos, se abre al mundo y se ofrece a él con la confianza de que será bien acogida por quienes la contemplamos. Plantea las tramas sin crudeza, con la verdad como seña de identidad, transparente, sin perder nunca su enorme atractivo personal y su feminidad. Haga lo que haga la cámara la quiere, la busca, la necesita, es una figura imprescindible para construir el argumento.
Jane Fonda sigue pensando que quizá no va a poder estar a la altura de lo que se pide de ella cada vez que ejerce de actriz, nunca se ha valorado lo bastante. Su inseguridad conmueve, porque es algo que la ha hecho sufrir en todos los aspectos de su vida. Ya debería saber que, a estas alturas, está más que demostrado que no sólo es una magnífica actriz sino también una gran persona y una gran mujer.
 
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