sábado, 9 de julio de 2011

En la playa


Me estaba fijando el otro día en una mujer árabe que estaba en la playa con sus hijos y su marido. Ella era joven, treinta y tantos, pero tenía ya un hijo talludito y otro muy pequeño. En su país se casan muy pronto. Debió ser madre muy joven. La única que no llevaba traje de baño era ella. Vestía una camiseta de manga larga con un cinturón, vaqueros y la cabeza, cómo no, cubierta por un pañuelo. Acompañaba al pequeño hasta la orilla para que se bañase, pero si mal no recuerdo ni siquiera se descalzaba.
Supongo que en cada lugar tienen sus costumbres, sus tradiciones y su religión, pero me cuesta sentirme cómoda en presencia de unos usos que hacen una diferencia tan enorme entre hombres y mujeres. No se trata solo de machismo, sino de sexismo puro y duro.
Ella ya estara más que acostumbrada, y le habrán grabado a fuego en su mente desde su nacimiento el papel que como mujer tiene en una sociedad como la árabe. Incluso se sentiría mal si hiciera otra cosa, como si estuviera cometiendo un pecado o fuera a traer la deshonra para sí o su familia.
El año pasado presencié una escena que se me quedó grabada en la memoria y que me pareció aún más sangrante. Un matrimonio árabe ya maduro llegó con un hijo y una hija. La niña era algo más pequeña que su hermano, tendría unos catorce años. Todos se bañaron menos ella. La madre vestía unas largas túnicas, la cabeza tapada. Se metió así en el mar. La hija vestía de la misma forma, pero le tocó quedarse esperando junto a unas palmeras a que el resto de su familia se bañara. Se la veía solita, mirando hacia el agua, como deseando hacer algo que no le estaba permitido y que para los demás era lo más normal.
Cómo detesto toda forma de discriminación, toda forma de fanatismo. Parece que en lo que a discriminación se refiere, siempre salen perdiendo los mismos. Cómo se sentirían los hombres si fueran ellos los que se vieran obligados a seguir rituales como los que les obligan a seguir a las mujeres. No creo que les gustara ni un ápice, su vida sería mucho peor. Es como si a nosotras nos estuvieran castigando por algo malo que hubiéramos hecho, o como si nos odiaran. Allí la misoginia es algo normal, no es una patología.
Hay una máxima que yo creo que se tendría que seguir en todas partes, y que no tiene matices religiosos ni de ningún otro tipo: no le hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a tí. Si los que legislan o los que cuidan de que los preceptos religiosos sean seguidos tan estrictamente hicieran un examen de conciencia y fueran lo bastante lúcidos para asumir la época en que vivimos, habría muchas cosas que cambiarían después de siglos de absurdo y pobreza mental. E incluyo también a los cristianos. Porque puestos a ser arcaicos y caer en el ridiculo con costumbres obsoletas, aquí no se salva nadie. Creo que el sentido común, que está por encima de ideologias y creencias religiosas, tendría que regir los destinos de todos, y así se evitarían muchas injusticias y muchas penalidades.
A pesar de lo que despotrico a veces de la tierra en la que me ha tocado nacer, debo decir que doy gracias a Dios por no haber visto la luz primera en sitios semenjantes. No es que tenga nada en contra de los países en los que se siguen esas costumbres, porque igual que carecen de unas mínimas elementales normas de humanidad y civilización también poseen tesoros artísticos y naturales dignos de ver. De todos podemos aprender cosas, es bueno ampliar nuestros horizontes, pero en ciertos casos sólo encuentro miseria moral y mental.
Deshagámonos de todo aquello que nos impida llevar una existencia plena y feliz. Cargamos a veces con demasiadas ruedas de molino.

2 comentarios:

Juan Ignacio dijo...

Pilar, un verano en la plaza de toros de Las Ventas, en un tendido de sol, vi a una pareja, ella ataviada con niqab y él con camiseta de tirantes, pantalón corto y sandalias. El calor era sofocante, incluso en sombra que era donde estaba yo; pero lo que vi no fue un espejismo.

pilarrubio dijo...

La verdad es que llaman mucho la atención, estén donde estén. Parece mentira....

 
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