martes, 24 de marzo de 2015

Regreso al colegio

 
Andaba Anita, mi hija, buscando instituto para cambiarse el próximo curso, pues es en estas fechas cuando está abierto el plazo para hacer reservas. Ya no se molesta en pedir en los institutos públicos de nuestro barrio y alrededores, en los que el año pasado no la admitieron porque están a tope. Ni a ella ni a dos de sus amigas, pues van juntas a todas partes, aunque una de ellas se ha desmarcado y busca por otros lugares, bastante lejos de donde vivimos.
El caso es que a Ana no le gustan los cambios, y ningún sitio de los que ha visto la termina de convencer. Se acomoda pensando que donde está ahora ya conoce a la gente, que en el fondo es lo que más le importa a la juventud, y siempre hay cierta suspicacia a la hora de enfrentarse a desconocidos que, según cree, se conocen desde hace años y ya tienen sus grupos formados y cerrados. Una amiga mía, que la conoce bien, opina que para ella no supondrá mucho con lo extrovertida que es, pero incluso los que son sociables hacen pereza cuando tienen que vencer la resistencia ajena y ganarse la confianza de los otros.
Yo les había sugerido que probaran con un centro privado, y creí que no me habían hecho caso hasta que Anita llegó un día diciendo que habían visitado uno que hay cerca de casa, aunque era obligada una entrevista concertada con el director antes de tomar cualquier decisión. Cual no sería mi emoción cuando resultó que este lugar fue el primer colegio al que yo fui, que por entonces era de monjas seglares. Corría 1971-72, tenía 5 años. Sólo estuve un año porque al curso siguiente la directora, que no debía ser monja seglar si no otra cosa más fuerte, hizo un desfalco yéndose con todo el dinero. Tuvimos que ir mi hermana y yo a otro colegio, también privado, pero mucho peor.
Con los años lo volvieron a abrir tal y como es ahora. Cuando llegué con Anita, su amiga y el padre de su amiga, ya la entrada me pareció distinta. Me gustaba del que fuera mi colegio hasta la puerta de entrada. El hall también se le veía reformado. Al cabo de un ratito nos recibió el director, un hombre menudo y mayor, con el pelo canoso medio pegado a la cabeza, muy educado, que nos hizo subir la escalinata que yo recordaba de niña mucho más majestuosa y blanca.
Al llegar a lo más alto y aparecer el pasillo con las clases del primer piso me vino de repente una sensación que creía perdida en algún recoveco profundo de mi inconsciente. Me veía a mí misma a mis 5 años, llorosa, llegando justo a aquel tramo, de la mano de una señora que me llevaba a una de aquellas aulas, que estaban en el lado izquierdo, la última. Vestía mi uniforme, jersey verde oscuro, camisa blanca, faldita escocesa de cuadros verdes y granates, medias de lana por debajo de las rodillas verde oscuro también. Recordaba el pasillo más ancho y elegante. Había estado por error varios días junto a mi hermana en una gran clase en la planta baja, junto a la secretaría, donde vi que todavía seguían los niños más pequeños. Cuando se dieron cuenta de que yo era mayor y me trasladaron, tuve miedo, pensaba que se equivocaban, que era cruel separarme de mi hermana.
Al subir aquellas escaleras y llegar a ese punto tuve la misma sensación de desamparo ante la incertidumbre de mi destino, al mismo tiempo que una cierta curiosidad. Recreé en mi memoria la clase a la que llegué, todos mirándome y preguntándose quién era yo que no estaba allí desde el primer día. Para un tímido todo esto se le hace un mundo, veía los ojos puestos en mí, entre interrogantes y burlones, aunque la novedad llamó por poco tiempo su atención.
Vi a Juan, un niño muy peculiar que se sentaba a mi lado, y que era muy parsimonioso. Comía su donut a la hora del recreo con mucha meticulosidad, abriendo mucho las piernas sentado en su silla para no mancharse. Los niños se burlaban de él cantándole “Juanito banana se mea en la cama”, pero él ni les miraba, seguía concentrado en la degustación de su pequeño manjar, atento sólo a su bollo, al que se aferraba de tal modo que quedaba muy claro que no pensaba compartirlo con nadie que se lo pidiera. Su pelo era oscuro y muy liso peinado como a tazón, y su piel también oscura. Aquel era su momento de gozo particular del día y no quería ser molestado.
Recuerdo también a una niña alta, morena y desgarbada que se sentaba lejos de mí, junto a los grandes ventanales, y que un día se mofó porque hacía los ochos con dos bolas una encima de otra. Tardé un poco en ser capaz de hacerlos de un solo trazo. Quizá me acuerde sólo de estos dos compañeros por lo que de indignidad tenían, uno por ser blanco de las burlas ajenas y la otra por hacerme a mí blanco de las suyas. Siempre tuve mucho amor propio y era muy sentida. Para un tímido cualquier ofensa en el pasado permanece indeleble en la memoria por muchos años que pasen, sobre todo por la injusticia, el abuso y la indefensión de los que ya desde pequeños somos objeto. La vida es dura, se suele decir. Quizá por eso también recordamos las muestras de afecto de que hemos sido objeto con igual intensidad, para compensar lo anterior.
Y volviendo al momento presente, el director nos condujo a una pequeña sala de profesores, que conservaba el suelo de azulejo antiguo del edificio, y nos dio una disertación que entre información y preguntas que hicimos se prolongó cerca de 2 horas. Nos contó que era licenciado en Física y que daba clase de Matemáticas para ciencias. Su forma de explicarse, tan ordenada y claramente, nos abrió las puertas a una realidad que hasta entonces permanecía oculta en una maraña de confusión. Me pareció compleja la forma como ahora se calcula la nota de corte para entrar en la Universidad. Utilizó una serie de fórmulas con las que parecía más estar impartiendo una de sus clases que tratando una simple media aritmética entre las notas de Bachillerato y la Selectividad, como se hacía en mis tiempos.
Cuando se lo comenté él dijo que sin embargo le parecía ahora todo mejor, que era más laborioso pero que se afinaba más a la hora de entrar en una u otra carrera. Su disertación la expondré en otro post porque creo que puede interesarle a muchos, dada la complejidad de nuestro sistema educativo, que según él era una copia del francés, así como el universitario mencionó que era una copia del alemán.
Al final les indicó a Ana y a su amiga qué mejores opciones escoger de cara a las carreras que quieren seguir, Anita Magisterio y su amiga Psicología, que por lo visto es considerada ahora de ciencias, puesto que ese sector profesional consiguió tener presencia en centros sanitarios.
A pesar de que Ana me había estado dando golpecitos con la pierna bajo la mesa para que no hiciera tantas preguntas y acabáramos de una vez, no pude resistir, cuando los demás bajaban ya la escalera hacia la salida, quedarme un momento con el director y comentarle mi paso por aquel centro cuando no era el que es hoy. Sabía perfectamente la historia que le contaba y me pregunté cuántos años llevaría allí. Muy animado, me enseñó una de las aulas, que yo recordaba más grandes, en la que además de la pizarra convencional había otra electrónica, y cañón de diapositivas colgando del techo. Me pareció un hombre que sentía verdadero amor por su trabajo y por aquel lugar, y era como si quisiera transmitírnoslo a los demás. Contó que hubo que hacer una reconstrucción de la fachada y las aulas a raíz de un atentado terrorista que hubo en esa misma calle, que recuerdo perfectamente. Le manifesté el grato recuerdo que de ese sitio tenía, sobre todo porque en él fue donde aprendí a leer y a escribir, ventanas que nos permiten abrirnos a la vida.
Al salir, tarde oscura, lluviosa y desangelada de comienzos de primavera, contemplé lo que era nuestro recreo, por entonces una zona de tierra con columpios y uno de esos conos metálicos que daban vueltas sentados en ellos. Recuerdo un percance que tuvo una niña en los columpios, pues se cortó con algo y se la tuvieron que llevar sangrando. También unas matas en un lateral en las que nos escondíamos y explorábamos mi hermana, yo y algunas de nuestras compañeras. Ahora todo eso es una pista azul con canastas de baloncesto. Las matas desaparecieron y la valla que rodea el recinto es más alta. Una gran puerta daba al salón de actos, que ahora es un gimnasio. Lástima que lo quitaran porque me gustaba mucho, con sus butacas y su escenario, donde en Navidad cada clase hacíamos una pequeña representación o un coro y a donde venían a vernos nuestras familias. El colegio me parecía un lugar señorial.
El tener que marcharnos de allí de forma tan abrupta fue como un hachazo en mitad del normal discurso de nuestra existencia cotidiana, una promesa de futuro truncada ya en la infancia en un lugar en el que a buen seguro habría tenido experiencias mucho más agradables que las que me tocó vivir en el centro al que fui después.
Clases de sólo 22 alumnos, atención personalizada, en fin, algo muy distinto a lo que Ana está acostumbrada. Todo un lujo hoy en día. Será estupendo que ella y su amiga puedan estar aquí.

Por la noche vino ella a darme un beso de buenas noches cuando yo ya estaba acostada, algo que no suele hacer. La niña que fui mientras estuve en aquel colegio, y que esa tarde había regresado a mí, y la mujer que soy ahora se lo agradecimos.


 

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