jueves, 14 de mayo de 2015

Hostilidad

 
Estaba hace poco charlando con mis hijos sobre la forma de enfrentarse  a los obstáculos que los demás suelen ponerte en el habitual desenvolvimiento cotidiano. Es inevitable, por desgracia, encontrar en cualquier fase de la vida personas que parece que han venido a este mundo para impedir que tú evoluciones e incluso que existas.
Ya desde el colegio despuntan, y no precisamente por su inteligencia. El niño que malmete, que difama, que es envidioso y competitivo, que le gusta acaparar la atención de los demás. Está más pendiente de lo ajeno que de lo suyo, siempre comparándose y encontrándose menos que el resto. La autoestima, por la razón que sea, la tienen por los suelos.
En los niños aún se pueden corregir estos defectos. No en vano la personalidad aún se está formando. Cuando no se hace así se llega a la edad adulta con complejos, inseguridades, con marrullerías (el típico trepa que pone zancadillas en el trabajo), con falsedades y, en fin, dejando mucho que desear como persona.
Y son legión los que se cuentan en esta categoría. No sólo en la etapa escolar, sino en todas las demás (instituto, universidad, en el trabajo). Siempre hay alguien dispuesto a que recuerdes que existe, por si no te habías percatado, y que no tiene otra cosa mejor que hacer que impedir que te sientas cómodo y a gusto contigo mismo o en tu entorno, algo que por lo visto no pueden concebir. Las camarillas, porque es frecuente que se agrupen, funcionan como pequeños ejércitos bien organizados con unas consignas que comparten a muerte, y que jamás hacen una autoevaluación de sus conductas y de los valores morales que normalmente rigen la existencia de cualquiera, de los que ellos carecen por completo. La difamación es la piedra de toque, el arma inicial con la que extienden su maledicencia al resto, contaminando a los que todavía parecían no haber enfermado con sus lacras. Después usan el resto del armamento, nuclear por lo general.
Anita, mi hija, me contaba que hace 3 años tuvo un enfrentamiento verbal con 2 chicas que le cogieron ojeriza por razones obvias: ella es guapa, rubia natural, inteligente, simpática, afectuosa. A ver quién puede mejorar eso. Porque las cualidades ajenas, por lo que se ve, son una afrenta para este tipo de personas. No tardaron mucho en envenenar el ambiente en torno a Anita, de modo que gente que no la conocía de nada, a lo mejor sólo de vista, la insultaban cuando iba por los pasillos. Por fortuna aquello duró sólo un tiempo, pero cuántas personas no sucumben a un bullying, tan habitual en los ambientes académicos. Otra chica con menos entereza, con menos personalidad o autoestima, habría tenido un final lamentable, sino fatal. Ella me lo cuenta ahora, como si tal cosa, ya que en su momento apenas me dijo nada. De haberlo sabido habría puesto las medidas necesarias para acabar con semejante situación, denunciando si fuera necesario a quien hubiera hecho falta. Es porque se permiten estos comportamientos por lo que la gentuza prolifera, libres de cortapisas, inmunes e impunes. La clase de adultos que serán en el futuro nos lo podemos imaginar.
Miguel Ángel, mi hijo, me dijo que yo estaba equivocada al cifrarlo todo sólo en la envidia. Y fue más allá del término maldad: afirmó rotundo que simplemente es que hay gente cruel. A mí siempre me ha costado mucho asimilar el concepto del mal como algo corriente. Si pienso en alguien malo me vienen a la cabeza figuras tiránicas por todos conocidas, las típicas que se suelen mencionar, que han pasado a formar parte de la Historia por razones lamentables. Pero suelo creer, o al menos lo intento, que el mal es algo accidental cuando me lo encuentro cada día, que es un descuido de la persona, una equivocación, algo que no quería hacer en realidad. No pienso en la premeditación ni en la alevosía, en el cálculo frío y despiadado. Quizá el mal se haya convertido en costumbre, en la forma habitual de reaccionar, algo que parece natural de tanto utilizarlo: hacer el bien es más difícil.
Y todos incurrimos en algún momento en pequeños actos de maldad en un momento dado. El otro día vi una cartera tirada en el suelo del autobús, pero como era final de línea y ya estaba saliendo todo el mundo, era por la mañana temprano y tenía prisa, no me paré a recogerla para entregársela al conductor y que se hiciera cargo de ella. Pensé que quien la hubiera perdido le habría hecho un trastorno enorme: el dinero, las tarjetas, el abono transporte… Me supo mal pero continué mi camino. No me habría llevado en realidad ni 2 minutos detener mi marcha, interrumpir mi rutina, que es que parece que nos dan cuerda y somos como autómatas, siempre haciendo las mismas cosas y sin pensar, o como las cobayas en el laberinto del laboratorio, perdidos en el marasmo ciego de nuestra cotidianeidad urbanita. Y no es excusa lo de que hay días que estamos más cansados, o más aburridos de lo habitual, que era lo que me pasaba a mí.
Les dije a mis hijos que el ejemplo que yo sigo desde hace mucho es el de personas como Gandhi o como Martin Luther King, resistencia pasiva ante la hostilidad ajena y gratuita. Aunque parezcan figuras del pasado su filosofía de vida sigue estando vigente, lo estará siempre. Anita me dijo que fueron mártires, y es verdad, nadie queremos serlo. Siguiendo su ejemplo sí que se termina siendo, pero si se tiene paciencia sólo por un tiempo. Al final, estoy convencida, termina surgiendo el verdadero ser, el auténtico yo de las personas, que es bueno. Nacemos puros, salvo taras heredadas, porque todo se hereda, lo físico y lo psíquico. Sólo falta descubrir el alma de los demás, aquel reducto de cosas bellas que está escondido bajo capas de miseria que las circuntancias personales

han depositado allí. Todo tiene un motivo, una explicación racional. Otros ámbitos puede que no, pero lo que se refiere a lo intrínsecamente humano sí. Como me decían hace poco, el amor es el motor que mueve el mundo, y su falta la causa de todas las tribulaciones que nos aquejan. Es algo que yo he pensado siempre.

Llegar a ese estado de paz con uno mismo, de comprensión de los defectos ajenos, hasta tener capacidad de perdonar, que no es fácil, igual que nos gustaría que nos perdonaran a nosotros cuando somos los que hemos hecho mal, es para mí la cumbre de la realización personal, más que ninguna otra cosa.
Todos podemos tener maldad en un momento dado, y por eso hay que educar la mente, perfeccionar el autocontrol, para así erradicar del comportamiento los comportamientos perniciosos, que pueden convertirse en habituales. No podemos dejarnos llevar por nuestras inclinaciones más vergonzosas, dejar la puerta abierta al lado oscuro que todos albergamos en nuestro interior. No hagamos a los demás, en fin, lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. El que actúa con mal de forma consciente no tiene excusa, puede, debe modificar su actitud. Tendríamos un mundo mejor si esto fuera así.
Mientras tanto, tendremos que seguir haciendo un esfuerzo para afrontar la hostilidad ajena, esa constante en la vida de no vivir y no dejar vivir que tienen muchos. Aunque Anita piense que es un signo de debilidad no responder a un ataque. Yo aún creo en la dignidad humana, en no ceder ante el mal, en no rebajarse a las mismas malicias a las que somos expuestos. Antes al contrario, lo considero una valentía.
 


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