miércoles, 7 de enero de 2009

La crisis




De un tiempo a esta parte se están haciendo constantemente referencias al crack del 29 cuando se habla de la actual crisis que nos acecha, aunque la gravedad y repercusión que tuvo aquel suceso no creo que vuelvan a repetirse, y éste es un tema que desde siempre ha despertado mi interés, quizá por la forma en que se produjo y el impacto que tuvo en la sociedad de entonces, el famoso “pánico” de Wall Street.
Sin duda, una crisis económica puede derivar en una crisis social, como ya he leído por ahí. Se afirma incluso que la desmoralización y descontento que aquel acontecimiento tuvo en todo el mundo fue el origen del nazismo y todos los movimientos totalitaristas que surgieron. La eterna clase media fue la más afectada, los llamados “cuellos blancos”, frente a los “cuellos azules” de la clase obrera, arropada por el comunismo y los sindicatos.
En aquel momento se produjeron escenas nunca antes vistas en una sociedad capitalista avanzada: la gente haciendo cola en los comedores sociales como los mendigos, y en los puestos instalados en la calle, vestidos con la ropa normal de siempre porque no mucho antes tenían lo necesario para vivir. O las familias durmiendo en mitad de la acera, medio arropadas con mantas porque de la noche a la mañana se habían quedado sin hogar.
He leído que, a pesar de todo ésto, la solidaridad alcanzó cotas inimaginables. Los que sí disponían de algo más lo compartían con los que nada les había quedado. Se llegaron a hacer colectas para pagar entierros y a dejar habitaciones libres en las casas para que las ocuparan temporalmente los que se habían visto privados de un techo, o un sitio en la mesa a la hora de la comida.
Cuando se habla de aquello, pareciera como si fuera un hecho que se hubiera producido de forma repentina. En realidad hacía meses que los índices bursátiles se estaban comportando de una forma peculiar. He leído una cosa muy truculenta sobre este tema, lo que ha dado en llamarse “la teoría de la rana”, según la cual si echas una rana a una olla de agua hirviendo el animal salta inmediatamente fuera, pero si la echas en agua a temperatura normal y luego la vas calentando, la rana no advertirá el cambio hasta que sea demasiado tarde y morirá.
El desastre final sí que fue muy rápido, cogió a la gente por sorpresa, dejó a todo el mundo sin casi capacidad de reacción, y casi nadie pudo hacer nada por salvar su dinero. Este shock fue lo que provocó la gran oleada de suicidios que se siguieron, y el método mayoritariamente elegido fue el de tirarse por una ventana. En los hoteles creían que en esos días más que alquilar habitaciones se alquilaban ventanas.
Desde el punto de vista sociológico, es un fenómeno enormemente interesante. Fue como una especie de locura colectiva, la reacción extrema y terminal ante un suceso pavoroso y repentino, que hizo que muchos se abandonaran a la desesperación y vieran en la muerte la única salida posible.
En el shock emocional hay una pérdida del control mental racional, y su repercusión en las personas depende de la fortaleza psíquica de cada cual. El “efecto dominó” o “contagio psíquico colectivo” tuvieron también mucho que ver, pues el individuo se ve inmerso en una situación que hasta entonces podía analizar de forma objetiva, pero por la sucesión de acontecimientos y la reacción en masa que éstos provocan, se ve arrastrado a un punto al que nunca antes hubiera pensado llegar. Las crisis económicas y la recesión que las acompaña después me han parecido siempre como las tempestades en el mar, cuando las olas y la corriente te zarandean, y luego la marea te arrastra a cualquier lugar.
En condiciones normales, nadie en su sano juicio se quitaría la vida por un montón de dinero. La gente suele tener mucho miedo a perder su nivel económico, porque parece que lo material es lo que da seguridad a sus vidas. No se dan cuenta que los bienes que se pierden se pueden volver a recuperar, aunque lleve mucho tiempo y trabajo conseguirlo. Son las cosas inmateriales que se pierden las que son de difícil recuperación: el amor, la confianza, el respeto, y suele ser ésto el motivo fundamental de suicidio en condiciones normales. Pero las catástrofes sociales suelen regirse por normas distintas a las catástrofes individuales.
Todas esas personas que se quitaron la vida tras el crack del 29 llevaron a cabo un ejercicio de cobardía a gran escala, pues fueron en su mayoría cabezas de familia que dejaron mujer e hijos abandonados a su suerte, desamparados.
Estas experiencias del pasado nos sirven para prepararnos ante acontecimientos futuros de curso similar, y así poder reaccionar a tiempo y con otro talante. Porque está demostrado que la Historia es cíclica, se repite una y otra vez invariablemente, da igual el dolor que los errores de antaño hayan provocado, nunca terminamos de aprender la lección. Crisis ha habido unas cuantas después de aquella, y la que yo más recuerdo es una que hubo a finales de los 90, cuando aquí en España empezaron a cerrar las pequeñas y medianas empresas y el paro fue tan grande. Veías a gente por la calle bien trajeada pidiendo limosna. En muy corto espacio de tiempo, el que tenía casa y trabajo se quedó sin nada, arruinado, mendigando para subsistir. Como eran gente cualificada, no de oficios, no sabían apenas hacer otra cosa que su trabajo especializado, y encontrar otra ocupación les fue muy difícil. De aquel “bajón” financiero no nos hemos llegado a recuperar nunca del todo, todas las empresas y comercios que han ido cerrando desde entonces ya no han vuelto a resurgir, y su lugar lo han ocupado los inmigrantes chinos con sus negocios de bajo coste.
Siempre sucede lo mismo: a una época de prosperidad general y confianza le sigue un descalabro financiero. Se habla de “burbuja”, como algo que se infla de forma artificial hasta tal punto que termina estallando. Ésto parece más bien como una montaña rusa, con subidas y bajadas bruscas e interminables cuyo fin es que quememos adrenalina sin parar. Aunque han pasado ya 79 años, miramos a la Bolsa con temor desde lo del 29, como si fuera un dios que rigiera nuestros destinos, con poder sobre la vida y la muerte, y que tan pronto reparte bonanza como ruina y miseria. O como una bestia oscura y agazapada de la que tarde o temprano nada bueno podemos esperar.
Propongo unas cuantas soluciones domésticas para capear el temporal:
1) Que todos dispongamos de pequeños invernaderos y huertos en casa para cultivar nuestros alimentos a pequeña escala. En lugar de las habituales macetas de marihuana, demos paso a las jardineras llenas de tomates, judías verdes y naranjas. Como en casa no se pueden tener animales de granja, nos tendremos que hacer vegetarianos. Lástima.
2) Que guardemos la ropa vieja pasada de moda para los restos, porque aunque parezca que vayamos disfrazados con ella, mejor eso que nada.
3) Que no invirtamos en Bolsa, o lo menos posible.
4) Que guardemos el dinero en otro sitio que no sean los bancos, porque en casa te pueden robar pero en los bancos te roban fijo. Debajo del colchón o de un ladrillo y metido en un calcetín, como se ha hecho toda la vida.
Las crisis las hacemos nosotros, no vienen solas. Afrontémoslas con recursos prácticos, ya que parece inevitable que se produzcan.

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