miércoles, 29 de junio de 2011

Mejor...imposible (II)


Carol ignora a Melvin en el restaurante al día siguiente. “Tiquiticlin, tiquiticlon”, le dice cuando pasa por su lado para llamar su atención. Hace gárgaras con el agua. Una camarera le cuenta a Carol muy contenta que la han cogido para un papel. “Lo que el mundo necesita, otra actriz”, se lamenta Melvin teatralmente. “De acuerdo, de acuerdo. No puede vivir sin mí”, accede Carol por fin. Él le pregunta el nombre de su hijo, tras preguntarle por su salud, a modo de disculpa por lo sucedido el día anterior. “Spencer”, le dice ella, “Spence”.

Simon está a punto de terminar el enorme retrato de su modelo. Dos chicos con los que éste está conchabado entran en la casa para robarle. Él los descubre y uno de ellos le da una paliza terrible. El chico está un poco aterrorizado, en el fondo le había cogido afecto a Simon. “¿Por qué haces esto?”, le pregunta.

La policía registra la casa tras el suceso y pregunta a los vecinos. Melvin les dedica algunos comentarios de los suyos. “Vayan a registrar un Seven Eleven y comprueben si hay salchichas caducadas”.

Nadie se quiere quedar con el perro de Simon. Melvin se burla de la situación y Frank se lo endosa directamente a él. “¿Quieres decirme que no?. Porque nunca he estado tan loco como lo estoy ahora. Casi quiero que me digas que no”. “No puedo quedarme con él”, le dice Melvin azorado, “nadie había estado nunca ahí dentro”.

El perro se esconde en el fondo de la casa de Melvin. “Estás muerto, aquí no tenemos comida para perros. Comerás lo que haya”. Escoge algunas exquisiteces de su nevera y se las coloca a Verdel en su plato, pero no se acerca. Melvin se lamenta, fatigado. "¿Dónde está la confianza?". Entonces se pone a tocar el piano y a cantar una canción melódica para romper el hielo. Verdel se decide a comer.

Frank y una ayudante, Jackie, visitan en el hospital a Simon. Ella se pone a llorar en cuanto lo ve, su aspecto es terrible. El convaleciente se inquieta cuando sabe con quién han dejado a su perro. “Esperar le da ventaja al diablo”, dice. Pide un espejo, y se mira en él desolado. “¿Dónde estoy yo?”, exclama lloroso.

Melvin se sienta cerca de la puerta en el restaurante para vigilar a Verdel. Unos niños juegan con él en la calle y lo mira enternecido. Está empezando a cogerle cariño. Le guarda un poco de bacon en una bolsita. Cuando va con él por la calle y se da cuenta de que también evita pisar las líneas de la acera, le coge en alto y le dice muy contento que no sea como él. Dos mujeres que pasan por allí se quedan maravilladas y dicen riendo que ojalá las trataran a ellas así de bien.

Frank le visita en su casa y le pregunta por Verdel. “Es como un grano en el culo”. Cuando sabe que se lo van a llevar, al meterse en su casa de nuevo se siente terriblemente angustiado y abatido, y comienza a llorar.

Al día siguiente le lleva a Simon a Verdel. “Qué asco de cara te han plantao”, le dice con su habitual sarcasmo. “¿Podría intentar ser un poco más suave?”, le pide Simon. Se quedan mirando al perro.“No le culpes por ser tonto, sólo tienes que mirarte en el espejo”, continúa Melvin en su línea.

Verdel se sienta junto a la puerta cuando Melvin se va. Está tristón y no hace caso a nada de lo que le dicen. Simon está extrañado. Melvin toca canciones tristes en su casa, mientras llora y ríe a un tiempo. Se había acostumbrado a la presencia del animal y lo añora. “Por un perro, por un perro feo...”.

Decide ir a su psiquiatra sin cita previa, y por eso éste no le quiere recibir. “Doctor Green. ¿Cómo puede diagnosticarme un trastorno obsesivo compulsivo y luego sorprenderse si me presento aquí de repente?”. “No vamos a hacer un debate”, le contesta el doctor. “He cambiado solamente una pauta, como usted dijo que hiciera”, alega Melvin utilizando todas sus artimañas. De nada le sirve. Malhumorado, al salir murmura palabras despectivas a los que están en la sala de espera.

Cuando va al restaurante no encuentra a Carol, se pone nervioso y levanta la voz a una camarera. El dueño quiere echarle. “No soy un capullo, usted sí evidentemente. Soy un gran cliente. El día de hoy ha sido un desastre y no estoy seguro de poder aguantar también esto”. Terminan echándolo, entre el aplauso general.

Se presenta en casa de Carol. Es penosa su forma de entrar en el portal, pues el suelo es de mosaicos y no sabe dónde pisar. A ella no le sienta muy bien. “¿Está usted chiflado?. Esta es mi casa particular”. Melvin está muy nervioso. “Estoy quitándole emotividad a todo esto, a pesar de que este asunto me afecta profundamente”. Ella se pone aún más furiosa. “¿De qué asunto habla?. ¿De que no estaba allí para aguantar su mierda y traerle los huevos?. ¿Tiene algún control sobre lo espeluznante que puede llegar a ser?”. Termina echándole de mala manera, pero cuando ve que su hijo tiene mucha fiebre, sale a todo correr detrás de él para que les lleve al hospital en el taxi que Melvin iba a coger. Se produce una curiosa situación por la calle, cuando Carol grita “¡Melvin, espere!”, y es coreada repetidamente por un grupo de colegialas con uniforme que pasaba en ese momento por allí, hasta que Melvin las hace callar con un grito. Cuando cierra las puertas del taxi lo hace a patadas, para no tener que tocarlas con las manos. Le pregunta a Carol si va a volver al trabajo, pues en realidad sólo piensa en sí mismo. Ella le despide furiosa.

Jackie, aprovisionada con unas tarjetas para no olvidarse de nada, le va diciendo a Simon en qué situación financiera se encuentra. Verdel sigue sin hacerle caso. “¿Qué pasa?. ¿Añoras al tipo duro?. Pues aquí estoy, bonito. ¿Te alegras de verme, pequeño felpudo meón?. ¿Qué tal otro viaje por el tobogán?”. El perro huye despavorido ante el nuevo y agresivo tono que adopta su dueño.

Melvin va a su editorial porque acaba de terminar su último libro, y le pide a su editora un favor, que mande a su marido, que es un médico reputado, a casa de Carol. La secretaria de su editora le admira, y con su voz chillona y empalagosa le pregunta: “¿Cómo consigue describir tan bien a la mujer?”. Melvin, horrorizado, descarga sobre ella su artillería. “Pienso en un hombre y le quito la responsabilidad y la sensatez”.

Carol se asusta al volver a casa y ver a un médico. Ella, su madre y el niño terminan encantadas con él, porque es muy afectuoso y eficiente. Cuando aparece una enfermera no dejan de alucinar, y más al saber todas las pruebas que le van a hacer a Spencer y que van a tener los resultados en el día. Carol se entera de que hay una prueba muy importante que le tenían que haber hecho a su hijo hace tiempo y le dijeron que no se lo cubría su seguro. “¡Putos cabrones de la mutua!”, exclama. Luego se disculpa ante el médico. “Tranquila, de hecho creo que ese es su nombre técnico”, bromea. Ellas le miran embelesadas. “¿Podemos traerle alguna otra cosa, un poco de agua, un café, unas esclavas?. ¡Doctor!”, exclama Carol admirada y feliz antes de abrazarlo, esperanzada al saber que la vida de su hijo va a mejorar notablemente a partir de ese momento. El doctor se deja querer.

La empleada de hogar se despide llorosa de Simon porque ya no puede seguir pagándola. Acude a casa de Melvin. “¿Ha muerto ya?”. Ella le pide el favor de si se puede encargar del perro, y de paso de Simon. “¿Podría haber algún modo de que usted aceptara pasear su perro por él?”, le pregunta a Melvin. “Por supuesto”, le contesta encantado. “Es usted maravilloso. Ábrale las cortinas, para que pueda ver la preciosa obra de Dios, y así sabrá que incluso estas cosas suceden para bien”. Melvin la mira como si deseara pulverizarla. “¿Quién le enseñó a hablar así?. ¿Algún marinero del bar Mete y Saca de Panamá City, o es que es su día de escapada y ha vaciado la bodega de Simon?. Vaya a vender sus neuras en otra parte, aquí ya estamos servidos”.

Melvin lleva a Verdel a casa de Simon después de sacarlo de paseo. “Este piso apesta. ¿Qué ha pasado con todos tus amigos maricas?”. A Simon se le saltan las lágrimas. “Púdrase en el infierno”. “Nena, no pierdas tu compostura femenina. Tranquilo, volverás a estar de rodillas dentro de nada”. Simon se levanta de repente indignado de la silla de ruedas y le da un puñetazo. “¿Le resulta divertido?. Tiene suerte diablo, la cosa cada vez se pone mejor ¿verdad?. Voy a perder mi apartamento Melvin, y Frank quiere que suplique a mis padres, que nunca llaman, que me ayuden. Y no lo haré, y ya no quiero pintar más, así que la vida que intentaba llevar se ha esfumado, y siento tanta lástima de mí mismo que me cuesta respirar. Para usted es un gran momento, ¿verdad Melvin?. Su vecino gay está aterrorizado. ¡Aterrorizado!. Tienes suerte, me has visto tocar fondo, despreciable horror de ser humano”.

Melvin, abrumado, intenta consolarlo y distraerlo. “Voy a hacer algo por ti que puede que te anime”, dice refiriéndose a Verdel. “No es por afecto, es un truco: llevo bacon en el bolsillo”. Verdel sin embargo, a pesar del reclamo de su dueño, sigue prefiriendo a Melvin (ambos miran con la misma expresión a Simon, tienen incluso parecido físico). Simon aún se deprime más.

Carol no puede dormir y decide en medio de la noche visitar a Melvin en su casa. Empapada por la torrencial lluvia, permanece sobre el felpudo de su puerta sin entrar en la casa. Después de unas pocas palabras, termina diciéndole aquello que la ha estado preocupando. “¡No pienso acostarme con usted, jamás me acostaré con usted, nunca, jamás!”. Teme que Melvin quiera cobrarse de esa manera el favor que le ha hecho con su hijo. El aludido contesta con ironía y tristeza. “Vaya, lo siento pero…. Para los juramentos anti sexo no abrimos hasta las 9.... ¿Volverás mañana al trabajo?”. Es lo único que parece importarle.

Melvin no consigue conciliar el sueño después de esto. “Nunca ha dicho, nunca dice”. Se levanta de la cama, haciendo extraños movimientos con los pies en torno a sus zapatillas antes de ponérselas, ritual que forma parte de sus muchas manías. Va a casa de Simon, que tampoco puede dormir, y de paso le lleva sopa china. Todo son lamentaciones. “No me aclaro las ideas, ni me siento como siempre”. A Simon le pasa lo mismo. De repente Melvin da por terminada la conversación a los 5 minutos, y vuelve a su casa dejando a Simon desconcertado.

Carol le quiere dar una nota de agradecimiento de incontables páginas a Melvin al día siguiente en el restaurante. Está sentado con Frank, que le dice entre sorprendido y burlón lo mucho y bien que está cambiando. Le pide que acompañe a Simon a Baltimore a ver a sus padres para pedirles dinero. Le ofrece su descapotable. Melvin, que no está muy convencido, le comenta a Carol lo que le acaban de proponer. “Ya quisiera yo tener esa vida donde mi mayor problema es que alguien me ofrece un descapotable para poder huir de la ciudad”, comenta sarcástica. Su respuesta les deja estupefactos. Frank se ríe. Melvin termina accediendo. “Bueno, te veré mañana, no lo prolonguemos más, tampoco disfrutamos tanto el uno del otro”, le dice a Frank mientras muele la pimienta sobre su comida, sin darle tiempo a que él termine de comer, lo que le hace marcharse enfadado.

Melvin tiene una idea en su cabeza. “Voy a llevar a mi vecino marica hasta Baltimore”, le dice a Carol. Le pregunta qué tal le va con el médico que les mandó. Ella quiere leerle su nota de agradecimiento, pero con tantas páginas no sabe por dónde empezar, desesperada. Melvin aprovecha para decirle que quiere que le acompañe en el viaje: lo que ha hecho por su hijo la compromete. Ella rehúsa al principio poniendo toda clase de excusas, pero termina aceptando.

Carol prepara en su casa el equipaje, mientras Melvin hace lo propio en la suya. Él es muy metódico: alinea ordenadamente su ropa sobre su cama y va tachando de una lista lo que va metiendo en la maleta.

El día de la partida, Carol se despide de su hijo, que corre tras el autobús en el que va su madre sin perder el aliento. Cuando llega a su destino, Melvin hace las presentaciones, a su manera. “Carol la camarera, Simon el maricón”.

En el coche, de camino, Melvin tiene una selección musical para poner en cada momento lo que más convenga. En el trayecto Simon le cuenta su historia a Carol: su padre supo antes que él mismo que era homosexual. Un día que pintaba desnuda a su madre, se puso muy furioso y le dio una paliza. Días después le ofreció dinero y le dijo que se marchara y que no volviera nunca más. Simon le agarró y le abrazó, pero él se dio la vuelta y se fue. Melvin interrumpe, porque también quiere que le hagan caso, cree que su historia es la más patética de todas. “Mi madre no salió de su habitación en once años. Solía golpearme en las manos con una vara de medir si me equivocaba al tocar el piano”. Nadie le hace caso.

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