viernes, 13 de diciembre de 2013

La vida en el espacio


Todas aquellas cosas que hacemos cotidianamente resultan harto complicadas cuando hay que realizarlas en el espacio. La vida de un astronauta puede verse complicada incluso en las tareas más sencillas.

A la hora de tomar el desayuno la tripulación repone fuerzas con galletas, cereales y huevos revueltos deshidratados y envasados al vacío, leche desecada y azúcar. Los desayunos están presentados en paquetes con una pajita, y para consumirlos se usa un grifo especial que añade agua proveniente de los transbordadores o del sistema de reciclaje de la estación. Servir el café en una taza resulta casi imposible, ya que el líquido forma gotas que quedan suspendidas. En el espacio las moléculas se mantienen unidas sin que ninguna fuerza pueda romper ese equilibrio.

Un grupo de científicos ha patentado una taza de café para gravedad cero. Tras sus investigaciones concluyeron que en condiciones de microgravedad los líquidos fluyen normalmente cuando circulan por un ángulo muy agudo, debido a la tensión superficial que se origina. Por ello, esa taza posee una esquina pronunciada en uno de sus lados.

La NASA invierte además en un prototipo de impresora 3D capaz de producir diferentes platos. Según la empresa que desarrolla el proyecto, “el sistema de impresión proporcionará comida caliente de manera rápida, con un alto nivel nutricional y sin generar desechos”.El menú de los astronautas incluye más de cien productos en su menú, hamburguesas incluídas.

En lo que a la higiene personal se refiere, la tripulación se asea con un agua enjabonada envasada en una bolsa de plástico duro con un dispensador. El líquido, que no requiere aclarado, flota, y hay que atrapar las partículas acuosas para frotarse con ellas o extenderlas con un pedazo de tela o un peine, si se trata de lavarse el pelo. De este modo, ahorran el 90% del agua que emplearían en La Tierra. Cada astronauta tiene asignados dos litros para su higiene diaria. La humedad y el líquido que quedan en el ambiente son succionados por el sistema de ventilación, que depura el aire y condensa los vapores para así reciclar el agua.

Para cortarse las uñas emplean un cortauñas ordinario, con un velcro y un aspirador que evitan que los pedazos se cuelen en la nariz y los ojos o los de sus compañeros.

El cepillo de dientes se moja con gotas de agua cuidadosamente extraídas de un envase especial.

Para escribir no usan lápices ni portaminas: su grafito produce un polvo que obstruiría los conductos. Además, este material es un gran conductor de la electricidad y muy inflamable, como la madera y la goma. En los 60, Paul C. Fisher diseñó y vendió a la NASA el Space Pen, un bolígrafo capaz de escribir a temperaturas de entre -10 grados y 204 grados centígrados, y en todas direcciones. Hoy cualquiera puede adquirir un Space Pen como los que aún utilizan en la Estación Espacial Internacional (EEI). Se fabrican en titanio y contienen unos cartuchos presurizados con nitrógeno rellenos de una tinta muy viscosa, lo que impide fugas.

El gas se expande poco a poco, ocupando el hueco que deja la tinta al consumirse y obligando a la que queda a ir hacia la punta, lo que asegura que la escritura sea siempre limpia, sin manchas ni borrones, incluso hasta el final de la vida del instrumento, cuya duración, por cierto, triplica la de los diseños convencionales.

Los cosmonautas cuentan con ordenadores portátiles con conexión a Internet y no sólo para trabajar, sino también para escribir e-mails y, desde 2010, tuits. Antes debían enviar sus tuits por correo electrónico a los técnicos de la Tierra para que estos los publicaran, pero hace 3 años les instalaron un software para hacerlo sin intermediarios. La estación dispone de más de 60 portátiles resistentes a la radiación y que no emiten gases nocivos. Incluyen un velcro para fijarlos a las superficies, potentes ventiladores (el aire caliente no asciende en el espacio) y un adaptador para la corriente continua de 28 V del sistema de la EEI.

Para hacer sus necesidades la EEI tiene dos aseos unisex. Para defecar, el astronauta usa un retrete, recubierto de un material suave y cómodo, que sella su trasero a la superficie. Además, debe asegurarse con correas y sujeciones. Un flujo de aire contínuo succiona las heces (sin gravedad no caen) y las introduce en una bolsa microperforada que retiene sólidos, líquidos y bacterias. Su contenido se liofiliza aplicándole vacío, lo que elimina el olor. Los desechos se transportan a la Tierra para analizarlos y eliminarlos.

En el caso de la orina, esta se deposita en un embudo unido a una manguera flexible que la chupa y conduce a una cámara giratoria. Allí, la acción de la fuerza centrífuga lanza el fluído a las paredes de esta estructura que rota a gran velocidad, introduciéndolo por unos orificios conectados con tuberías que mueren en el sistema de reciclaje.

El dispositivo para purificar la orina humana o de los animales de laboratorio es un destilador de vacío que gira sin cesar para crear su propio campo gravitatorio y separar así el agua de las impurezas. El producto se filtra repetidamente y se destruyen los contaminantes orgánicos y los microbios. La unidad depura el 93% de los líquidos y da un agua potabilizada.

Ahora se persigue el diseño de sistemas autosuficientes de reciclaje de aire y agua. Melissa (Micro-Ecological Life Support System Alternative) es un proyecto de la Agencia Espacial Europea y otras instituciones para crear un ecosistema artificial de microorganismos y plantas que regenere el aire y recicle los fluidos mediante los residuos orgánicos y el CO2, producidos por los propios tripulantes.

A la hora de irse a la cama dos cubículos acolchados sirven como dormitorios, con grandes ventanas al exterior. Están adaptados para que quepa una persona con su saco de dormir, que se fija a la pared. El resto de la tripulación duerme donde desee dentro de la cabina, siempre que se aseguren a algún punto. La ingravidez permite a los astronautas descansar en cualquier orientación.

Para conciliar el sueño, deben superar la cinetosis (desorientación y malestar temporales por la falta de gravedad) y su propia ansiedad y emociones, además de ignorar el ruido de los ventiladores y los aparatos de la instalación. Los habitáculos han de airearse bien, ya que el aire no asciende en un ambiente de microgravedad, y los astronautas podrían despertar en una burbuja formada por el dióxido de carbono que ellos mismos exhalan.

Las tuberías del sistema de ventilación de la estación, fabricadas de materiales anticorrosivos y antimicrobianos, como el titanio u el acero, conducen oxígeno y nitrógeno a presión desde los transbordadores hasta los tanques de almacenamiento, y de estos, a la cabina.

Además, otros conductos se encargan de transportar el aire de los habitáculos hasta unas depuradoras de CO2, para devolver al interior una corriente ya oxigenada, lo que garantiza que el gas no se acumule.

El dióxido de carbono se separa mediante un material denominado zeolita, una especie de tamiz químico. En ausencia de gravedad, los fluídos permanecen estáticos, por lo que el sistema incorpora decenas de bombas que aportan la presión necesaria para moverlos. La red de tubos extrae de distintos puntos muestras de aire que se analizan constantemente para mantener niveles adecuados de los distintos componentes.

Para hacerse revisiones médicas se analizan a diario la sangre, el orín y la saliva de los astronautas. Ellos mismos se toman las muestras, pese a que siempre hay al menos dos oficiales médicos.

La tripulación sabe poner inyecciones, suministrar oxígeno o usar un desfibrilador. La estación tiene todo tipo de fármacos y conexión permanente con un equipo médico de la NASA y las agencias espaciales rusa, europea y japonesa. Aunque cumplen 8 días de aislamiento previo al despegue para evitar contagios, la tripulación está muy expuesta a las enfermedades.

En la Tierra, un estornudo propulsa los gérmenes hasta 2 metros; pero sin gravedad, los microbios flotan hasta depositarse en una superficie sin que el sistema de ventilación los elimine. Por razones aún desconocidas, el sistema inmune decae en el espacio y los patógenos se fortalecen, y se ha demostrado que los fármacos pierden eficacia por la microgravedd y la radiación contínua.

En cuanto a hacer ejercicio, allí arriba actividades como correr o caminar no suponen ningún esfuerzo. Los astronautas mantienen el tono muscular corriendo sobre una cinta, y para conseguir la resistencia necesaria se colocan un arnés, parecido a los que llevan los windsurfistas, que se engancha a unas pesas situadas a cada lado de la máquina de ejercicio y que pueden sumar hasta 70 kg. a la masa del corredor, según el peso de este. El objetivo no es otro que simular el efecto de la fuerza de gravedad.

Tras un largo rato de ejercicio, las suelas de las zapatillas pueden alcanzar temperaturas muy elevadas, ya que en el espacio el calor no se propaga. Incluso es posible que huela a goma quemada.

La tripulación de la EEI usa también una especie de bicicleta estática similar a las convencionales y un dispositivo para ejercitar su resistencia: este artilugio se compone de cilindros de vacío que aplican una carga que puede rozar los 300 kg. a una barra o cable con la que se realizan ejercicios de fuerza. Es importante que los astronautas se entrenen una media de 2 horas al día para mantener su salud cardiovascular, su esqueleto, su resistencia y su tono muscular, y combatir la pérdida de densidad ósea y la atrofia muscular que sufre el cuerpo en microgravedad.

En abril de 2007 la astronauta Sunita Williams participó en el maratón de Boston desde la cinta mecánica del orbitador espacial, y 5 años después completó el ejercicio de triatlón en la EEI.

El tema de los viajes espaciales está lleno de curiosidades. Para un astronauta que orbita alrededor de la Tierra, la temperatura puede variar de forma brusca en cuestión de segundos, dependiendo de que se encuentre frente al Sol o protegido por la sombra de nuestro planeta. En este último caso, la temperatura puede llegar hasta -180º C. Ahora bien, si el astronauta se encuentra de cara al astro rey, el calor se hace insoportable, alcanzándose los 122 ºC. En el universo, la temperatura absoluta de la radiación cósmica de fondo es de -266,15 ºC.

O esta foto del astronauta Chris Hadfield, cuyos videos son seguidos con mucho interés en la red, en la que podemos ver que es imposible escurrir una toalla.

(Información tomada del reportaje La vida ahí arriba en el Muy Interesante de octubre de 2013, y otros sitios de Internet)

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