lunes, 27 de febrero de 2012

Isabel, antes de ser la Católica


El 28 de febrero de 1462 fue un gran día para la Corona de Castilla. Tras años sin descendencia, por sus problemas para casarse, Enrique IV consigue un heredero, en este caso, heredera: la futura princesa de Asturias, Juana. Si el apodo del Impotente para él está justificado, no lo está menos el de la Beltraneja para su hija, considerada, según los rumores, hija de la reina, que no del rey, y de Beltrán de la Cueva, favorito del rey y ¿amante? de la reina. La madrina de bautizo de la pequeña Juana es la infanta Isabel, su tía, de solo diez años. ¿Habría cambiado la historia si Isabel, futura reina de Castilla, hubiese sabido que tenía en sus brazos a la que sería su rival por la Corona? Cabe pensar que no. Con este nacimiento, Isabel pasaba a ser la tercera en la línea sucesoria de la Corona de Castilla. Por delante, la recién nacida y Alfonso, su propio hermano.

Once años antes, el 22 de abril de 1451, Juan II, rey de Castilla y padre de Enrique IV, anunciaba que, tras un parto difícil, y fruto de su segundo matrimonio, nacía la infanta Isabel en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). Aunque nacida para ser un eslabón más de la cadena de matrimonios de conveniencia, según lo necesitase la Corona, su carácter y algunas muertes providenciales le permitieron labrarse su destino y llegar a reina de Castilla.

Sus primeros años transcurrieron en compañía de su hermano, Alfonso, dos años menor, y de su madre, depresiva, casi demente, sin más consuelo que la religión. La influencia de esta la convirtió en una devota católica, lo que marca dos de sus futuras decisiones.

La paz y la tranquilidad se rompen con la muerte del rey Juan II. En 1454, Enrique IV, hijo del primer matrimonio de Juan II con María de Aragón, sube al trono. Su primera decisión es apartar de la Corte a sus hermanastros y enviarlos con su madre a Arévalo (Ávila), sin más ayuda que para sus necesidades básicas. Allí, Isabel vive en la austeridad, la oración, el estudio y la preparación para casarse. Forja a su vez su primera y gran amistad: Beatriz de Bobadilla, de su misma edad e hija del gobernador del castillo de Arévalo. Inseparables, comparten juegos, paseos a caballo, jornadas de caza y correrías. Isabel ya muestra carácter y una tarde, en una expedición, rechaza la montura habitual para las mujeres, las mulas, y monta un corcel.

Visto que Enrique IV no consigue un heredero, lleva a Segovia a sus medio hermanos, siguientes en la línea sucesoria, para manejarlos a su antojo. Isabel y Alfonso, ya con diez y ocho años, abandonan así a su madre, que los advierte de las intrigas de palacio. Ante aquel cambio radical, los hermanos, al inicio, permanecen juntos y se apoyan. Nadie repara en Isabel, centrada en sus quehaceres de mujer, pero ella observa a las facciones enfrentadas: monárquicos y nobiliarios. Más débil de carácter, su hermano se ve envuelto en la Farsa de Ávila. Los nobiliarios, los nobles que buscan delimitar el poder real, deponen en efigie al rey Enrique IV, escenificado sobre un monigote al que despojan de la corona, la espada, el cetro y el trono. Además, obligan a excluir a su hija Juana como heredera por ser fruto de un matrimonio nulo (Enrique IV y Juana de Portugal eran primos hermanos y no tenían la dispensa papa), y proclaman rey al pequeño Alfonso. Ante aquello, el reino se divide y Enrique IV, demasiado débil, cede: excluye a su hija y nombra heredero a Alfonso, un juguete en manos de los nobiliarios. Para Isabel, el primer escollo ha desaparecido: ahora, solo su hermano la separa de heredar el trono.

Isabel hace gala de sus dotes diplomáticas: apoya la causa de su hermano y, a la vez, no desafía la legitimidad vigente del rey, que, para ganarse el favor de los rebeldes, la ofrece en matrimonio a Pedro Girón, uno de los cabecillas. Aquello no entra en los planes de ella. Y el destino, sus rezos o algún veneno acaban con la vida de Girón antes de que él pida su mano.  

La rendición de Granada

En 1468 también su hermano Alfonso muere en extrañas circunstancias. Su camino hacia el trono está de pronto libre. Isabel se deja querer por los nobles enfrentados a Enrique IV, quienes, creyendo que ella será un pelele como su hermano, la ponen al frente de sus reivindicaciones y obligan al rey a firmar el Tratado de los Toros de Guisando, por el que se proclama a Isabel princesa de Asturias y heredera de la Corona de Castilla. Se acuerda que no pueda casarse sin el consentimiento del rey, pero ella, a cambio, impone que nadie pueda casarla en contra de su voluntad. Pese a sus muchos pretendientes, sólo ella, que no quiere un adefesio ni un títere a su lado, decide que el elegido sea el príncipe Fernando, heredero de la Corona de Aragón.

Pero aún hay un escollo: su rectitud cristiana le impide aceptar un matrimonio sin la bula papal. El arzobispo de Toledo consigue una bula de Pío II, fallecido hacía unos años, en favor de Fernando, en la que le permitía casarse con cualquier princesa a la que lo uniera una consanguinidad de hasta tercer grado. Tras escapar Isabel de los nobles que la custodiaban y Fernando atravesar Castilla disfrazado de comerciante, se casan el 19 de octubre de 1469 en el palacio del señor de Vivero (Valladolid).

Las hostilidades con Enrique IV rebrotan. El matrimonio no cuenta con su aval. El rey sabe, además, que la dispensa del arzobispo Carrillo es falsa. Saca entonces a su hija Juana del encierro y la vuelve a nombrar heredera del trono. Esto descoloca a los nobles y divide otra vez Castilla en dos bandos. Durante el enfrentamiento (1469 a 1473) nace Isabel, primogénita de Fernando e Isabel y, por mediación del aragonés Rodrigo de Borja, el papa Sixto IV legaliza el matrimonio de los futuros Reyes Católicos. En la Navidad de 1473, Isabel y Enrique IV acercan posiciones. Y, un año más tarde, él muere. Isabel aprovecha la ausencia u ocultamiento del testamento e impone sus condiciones. El 13 de diciembre de 1474 hace valer el acuerdo de los Toros de Guisando y se proclama reina. A los ojos de los presentes entra en la iglesia de San Miguel portando el pendón de Castilla; a sus propios ojos, lo que porta es su destino.

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