lunes, 13 de febrero de 2012

Un hombre para todo


Mis padres lo conocieron hace 6 ó 7 años cuando estaban en un local del barrio, especializado en ventanas de aluminio y persianas, cuyo dueño les había hecho un trabajo, y preguntando por si sabían de alguien que supiera de fontanería, él mismo, que estaba por allí, intervino en la conversación ofreciéndose. Quedaron mis padres tan contentos con su buenhacer que luego se lo recomendaron a mi hermana y mi cuñado, a los que les hizo unos retoques en la casa que se acababan de comprar, antes de casarse. En otras ocasiones les ha arreglado más cosas a mis padres, siempre solícito y servicial.

Fue cuando descubrimos que Julio era una persona muy particular. Delgado, no muy alto, el pelo rizado y oscuro, cuarentón, un puro nervio, de modales un tanto toscos y aspecto descuidado, nadie diría al verlo que es un hombre inteligente con una habilidad especial para muchas cosas. Él escucha atentamente, procesa la información recibida al instante y luego lo reinterpreta con sus propias palabras. Suele acompañar sus disertaciones técnicas con algunos “¿Pero cómo no te diste cuenta?” o “¿Cómo permitiste que te hicieran esto aquí?”. Debe pensar que todos tenemos una mente tan praeclara como la suya, que lo calibra todo con precisión meridiana y nunca se lleva a engaño. Se sorprende de que los demás no funcionemos así.

Da igual la tarea que tenga que llevar a cabo. Aunque su especialidad es el aire acondicionado, es capaz de realizar cualquier obra o arreglo de una casa: fontanería, electricidad, carpintería, persianas… Cada vez que se pone a trabajar es como si tuviera unos planos en su cabeza, una composición de lugar sobre todo lo que tiene que hacer y que sólo él conoce y que piensa que los demás somos capaces de ver o comprender. También hace planos sobre el papel que para sí querrían muchos especialistas. El mundo de Julio está lleno de ideas que barbotan en el gran caldero hirviente de su cerebro, listas para ser degustadas por todos los que metan su cuchara en él.

Sus manos son prestas y el cuidado que pone en todo es exquisito. Le gusta trabajar canturreando o silbando alguna cancioncilla, contento con su trabajo y consigo mismo, por qué no. Cuando se alaban los resultados de su pericia se esponja y se nota que le gusta, porque quién no desea ver sus esfuerzos reconocidos. En realidad es tierno como un niño grande, se le llega fácilmente al corazón.

Todo parece ir sobre ruedas salvo en aquellos momentos en que algo se tuerce. Cuando a Julio no le sale a la primera algo que se ha propuesto, entonces comienza una retahíla de venablos y se pone a revolver con furia en su enorme maletín de herramientas, pues la ira se apodera de él y los nervios que normalmente tiene le llevan a un punto sin retorno, en medio de la tempestuosa borrasca de su tormento interior. “¡Me cago en la puta!”. “Tuerca cabrona”. “¡Mierda!”. Esto sucede si se le deja solo con sus trabajos, necesita estar acompañado y que le den de vez en cuando un poco de conversación. Si se está cerca sus ataques de malhumor se aminoran, y la nube gris de sus transitorias desdichas se deshace más rápidamente.

Pero no todo son berrinches. Julio gasta un humor socarrón, muy del norte, que es inesperado y te hace reir mucho. Como sabe hacer tantas cosas y tan bien, mi madre suele decir que es un mirlo blanco, y que si fuera presidente ya habría arreglado todos los problemas del país, sin ayuda. Y debe ser así, porque le ofrecí un café y, mientras nos lo tomábamos, estuvo exponiendo a gran velocidad, como suele hablar él, toda una serie de soluciones, aparentemente muy sencillas, para los males que nos aquejan,  y con las que no se tardaría en volver a encauzar nuestros erráticos destinos.

Mientras trabaja, de su maletín van saliendo todo tipo de destornilladores, llaves inglesas y otros artilugios de diversos tamaños y formas. Como el mago Merlín, aquellos son instrumentos mágicos con los que será capaz de los mayores prodigios. Pero de vez en cuando no encuentra algo de lo que necesita, y entonces surge de nuevo el malhumor porque tiene que ir a buscar lo que sea a otro sitio, y a él le gusta tenerlo todo a mano y hacer las cosas deprisa y bien.
Cuando vino a casa era sólo para que arreglara un par de cosas, pero según iba mirando aquí y allá iba detectando otros desarreglos menores con su aguda percepción sensorial, y los iba arreglando en una coreografía de herramientas que se sucedían a ojos vista sin que me diera tiempo a decirle que no importaban esas pequeñas anomalías caseras. Pero él no admite peros, es muy perfeccionista, no puede ver nada en mal estado, por pequeña que sea la imperfección. “Como ya lo he visto, pues lo tengo que arreglar”, dice siempre. El fallo ha quedado grabado en su memoria y se siente en la obligación de repararlo, aunque no sea esa la misión que se le haya encomendado. Es un hombre con iniciativa propia.

A Julio se le nota en el habla el particular acento de la gente de León. Da igual los años que lleve viviendo en Madrid que él sigue conservando sus raíces. Sabe que en mi familia también las tenemos en esa zona del mapa. Nació en una de los lugares más bonitos de España, Ponferrada, y allí tiene la casa paterna, a la que regresa por breve tiempo siempre que la añoranza le invade. Julio está soltero, vive solo y la vida se le va nada más que en trabajar. Coge muy pocas vacaciones y no le gusta estar ocioso, su hiperactividad puede más.

Se dedica por lo general a las grandes reformas, pero como está la cosa mal con lo de esta crisis que nos invade, no le importa hacer arreglos menores por los que muchos no se molestan en acudir a una casa. Además cobra la visita bastante menos que la mayoría de los operarios que conozco. Cuando le dije lo que percibían los que han pasado por casa anteriormente exclamó: “¡Hay que ser cabrón, y sinvergüenza!”. Y ahí, debo decirlo, le tuve que dar la razón.


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