jueves, 31 de mayo de 2007

Mi niña

Anda mi niña desde hace varios días extraviada en un pequeño gran abismo de los que también asaltan a los niños a veces. Parece que, de repente, hubiera tomado plena conciencia del divorcio de sus padres, y lo que quedaba en pie de su universo infantil se ha derrumbado estrepitosamente.
Todo empezó cuando vi en la papelera que tiene en su habitación unas fotografías rotas. Al cogerlas, comprobé que pertenecían a las penúltimas vacaciones en la playa que tuvimos. Había emborronado con bolígrafo aquellas en las que aparecíamos su padre y yo sentados en un banco del paseo marítimo cogidos de la mano y otras en las que se nos ve dándonos un beso. Las que se nos ve por separado en la playa las había roto.
Qué decepción tan grande hemos supuesto para ella. La hemos fallado en lo más simple y elemental que tienen otros niños: unos padres unidos, un hogar...
Ella, que ha sido siempre mi princesa, que se merece lo mejor de este mundo, ella que es la flor de mi jardín (Anita-flor la llamo siempre), es ahora una personita desolada, con el corazón roto, acomplejada cuando ve a sus amiguitas con hogares normales, mientras el suyo ha resultado ser un completo fracaso, un barco que se ha hundido sin remisión porque no era lo suficientemente sólido y cargaba con demasiado peso.
Leí hace poco en un libro, que no terminé porque me aburrió, una única observación que me resultó interesante: hay niños que desde que nacen no ven a su alrededor más que cosas bonitas, un pequeño paraíso lleno de paz, amor y alegría, donde los padres ejercen de figuras protectoras a las que admirar y adorar. Luego, hay otros niños que desde que nacen no ven a su alrededor más que un mundo parecido a un vertedero donde se acumulan todo tipo de basuras, pero aún así consiguen arreglárselas para que sus padres encajen en ese entorno sin contaminarse de él, libres de sordideces y miserias, también figuras cercanas a las que querer y recurrir cuando se necesitan. Es el instinto de supervivencia, que recurre a la imaginación para evadirse de todo lo que es feo y no merece la pena.
Yo misma he pasado mi infancia así, porque aunque no conocía otro mundo y no era consciente de que el que me rodeaba no era muchas veces el más adecuado para una niña, sin embargo mi mente se escapaba sin saber por qué lejos de donde yo estuviese, y tenía siempre como un diálogo interior que me alimentaba. La mayoría de las veces, cuando regresaba, no recordaba siquiera dónde había estado, pero tampoco importaba mucho. Aún hoy, cuando alguien me aburre o el entorno en el que me encuentro me desagrada, mis sentidos me abandonan (no creo que sea un trance, porque disto mucho de ser una santa), pero ahora no siempre van a lugares que me hagan feliz. Cualquier día emprenderé el viaje definitivo y ya no regresaré, cuando vea que lo que me espera si vuelvo me va a gustar menos que el lugar al que vaya a ir.
Recuerdo que mi abuela Pilar solía comentar con mi madre: "¡Qué mundo interior tiene esta niña!". A lo mejor sólo hago lo que los drogadictos, evadirme, pero sin chute.
Sin embargo mi niña no hace eso, no se marcha a otros lugares que sólo ella conoce, aunque se que cuando su padre y yo estábamos juntos alguna vez lo deseó. Tiene imaginación, recrea en su mente personas y situaciones que le han agradado, o cosas que le han llamado la atención en la televisión. Pero ésto último que nos ha pasado, el divorcio, ha desbordado sus previsiones por completo, ha ido haciéndose paso poco a poco en su cerebro y lo ha devastado como una marea negra, no quedándole casi un solo resquicio para la esperanza, esa que tienen al principio todos los niños cuando sus padres se acaban de separar y aún creen que quizá, dentro de no tanto tiempo, puedan volver a estar juntos.
Ahora se acuesta por las noches abrazada a su oso de peluche, que hacía mucho tiempo que no utilizaba, mientras me mira, la cara medio escondida en su juguete, de soslayo, con sus ojos preciosos velados por la tristeza y el cansancio.
Eso es lo peor de todo, esa pregunta muda en su cara, ese interrogante que nunca se ha llegado a plantear con palabras: por qué, cómo hemos llegado a esta situación. Es el mismo semblante que tiene el niño de un país que está en guerra y oye estallar una bomba cerca: miedo, angustia, incomprensión (¿qué está pasando?, ¿por qué tenenemos que vivir así?), y al final resentimiento (¿no hay nadie que pueda acabar con ésto, nadie que pueda evitarlo?).
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero que sepas que aunque mi hija tiene sólo 9 años, hace mucho que es ya una mujer en miniatura, y en muchas cosas me da cien mil vueltas como persona. Estoy muy orgullosa de ella, no sabrá nunca cuánto, ni sabrá nunca cuánto la quiero y lo mucho que lamento haberla arrastrado en mi desgracia, porque si yo no sé vivir la vida no dejo que ella pueda vivir la suya en condiciones. Espero que algún día me perdone, porque desde luego yo nunca me lo voy a poder perdonar.

lunes, 28 de mayo de 2007

Divorciadas

No sé si será porque desde hace poco formo parte de ese sector de la sociedad, pero me doy cuenta de que las mujeres divorciadas vamos siendo ya legión. Y no es precisamente algo que haya que celebrar.
Hace años, en mi familia, el primer caso y único durante mucho tiempo que tuvimos, fue el de una prima de mi madre, hija única, educada en los mejores colegios, una chica culta que sabía varios idiomas y que se casó con un "niño bien" perteneciente a una familia acomodada, que tras darle cinco hijos a su marido, enamorada como estaba hasta el tuétano de él, tuvo que pasar por la típica y traumática escena de encontrarlo en la cama conyugal con su mejor amiga. Ella, católica a ultranza, nunca le concedió el divorcio, aunque él se lo pidió muchas veces. Aún hoy, muchos años después, no ha rehecho su vida con nadie.
Más recientemente dos primas mías, hermanas, pusieron fin a sus matrimonios por incompatibilidad de caracteres, aunque en la familia siempre se las vió un poco locas y con un carácter algo difícil para la convivencia.
Mi amiga Mª José lleva una década divorciada. Ella, una mujer inteligente y sexy, combinación irresistible para cualquier hombre normal, fue la última en enterarse de que su marido le había sido infiel con varias mujeres casi desde el principio de su matrimonio. Al ser un hombre de negocios, hacía frecuentes viajes a Sudamérica que, al parecer, no eran sólo de trabajo. Sus hijos se tomaron la noticia del divorcio con bastante estoicismo ("ya están los papis otra vez con sus cosas"), mientras ella, engañada, deprimida y herida en su orgullo, lloró sin consuelo durante mucho tiempo, tan sólo arropada por sus padres. Aunque ha salido con varios hombres desde entonces, con ninguno ha terminado de cuajar. Su última conquista, un señor algo mayor que ella, parece que le ha robado el corazón, pero no termina de desaparecer de sus ojos esa angustia, ese estupor que le quedó desde su divorcio, salvo cuando está con nosotras, sus amigas, en que la alegría ilumina su cara cuando nos reimos por cualquier tontería. Nunca nadie pudo decir nada en contra de su quehacer como esposa y madre. El amor y la dedicación en solitario que ha tenido y tiene con sus hijos no están muy lejos de la que yo misma tengo con los míos.
Últimamente una compañera de trabajo, Ángela, ha sido un ejemplo distinto, pero no menos desolador, de lo que una separación puede suponer para una mujer. Casada desde muy joven, no conoció nunca más hombre que al que era su marido. Después de muchos años de aparente felicidad, un buen día dijo que se marchaba de casa. Ahora, dos años después, quiere separarse. A ella, mientras tanto, le ha dado por ponerse faldas y vestidos muy cortos, y grandes lazos en el pelo. Quizá quiera aparentar menos edad para poder ligar mejor. Me pregunto en qué momento del camino esta mujer perdió su dignidad, en qué momento desapareció su autoestima. La vida es a veces muy dura y si la sensibilidad es demasiado grande y es puesta a prueba durante demasiado tiempo, causa estragos en la mente y en el cuerpo. Ella se ve bonita en el espejo, mientras sus hijos, con sólo que la juzguen un poco, alcanzarán a ver que con la apariencia que tiene parece una buscona. Por qué la que hasta hace no mucho era una esposa entregada a las labores de su casa y a las necesidades de su familia, es ahora un esperpento, una sombra de sí misma, una náufraga en medio de una tormenta de soledad que parece no tener fin para ella, y que casi la ha hecho perder la cordura en el proceso. Todavía se pregunta qué es lo que hizo mal, y si es que en el fondo no es buena.
No sabe que los hombres tienen las mismas necesidades de ser queridos en lo físico y en lo espiritual que nosotras, que están tan perdidos como nosotras, que son niños pequeños metidos en cuerpos grandes.
Ángela dice que cómo nos van a querer si antes no saben quererse a sí mismos. Y tiene razón.
Me horroriza pensar en que mis hijos tengan que ver cómo su madre pasa de unos hombres a otros, manoseada por muchos como si fuera una mujerzuela, sólo porque no fui capaz de encontrar en la juventud la persona que supiera amarme. Mi ex marido me dijo hace años que no podía quererme todo lo que yo necesitaba, que era mucho y no se sentía capaz, y algo parecido me dijo el primer chico con el que salí, antes que él. Creo que no pido tanto, o quizá se lo pida a hombres con limitaciones muy grandes como seres humanos. Peor para mí, pobre infeliz que va dando palos de ciego por la vida, al no saber escoger.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, piensa en nosotras, las que estamos divorciadas, casi como en un grupo de riesgo, el riesgo que supone andar siempre en la cuerda floja de la vida, y además sin red.
Dime que no somos el producto de un fracaso emocional a gran escala, los residuos inevitables de una sociedad cada vez más demente y deshumanizada.
Dime dónde está el bálsamo que cure nuestras heridas ..... dónde.

martes, 8 de mayo de 2007

Sólo para mujeres

No sé si a vosotras os pasará lo mismo, pero a mí ir al ginecólogo es una cosa que me dá mucha pereza y me resulta incómodo. Lo cierto es que últimamente tengo pocas ocasiones, por no decir ninguna, de que un hombre visite ciertos rincones de mi cuerpo. Es lo que tiene ésto de divorciarse, y además ser un pelín estrecha.
Pero el otro día por la tarde mi suerte cambió, aunque fuera por un rato. Después de la inevitable e interminable espera en la antesala del consultorio de la Seguridad Social rodeada de mujeres embarazadas que iban a hacerse una ecografía, me llegó el turno por fin. "¡Qué horror!", pensé, "ya hay que exhibir las intimidades al extraño de turno". Me tenía que hacer una ecografía vaginal, algo por lo que no pasaba desde el embarazo de mi hija, hace nueve años.
Y ..... allí estaba ÉL, un médico de no más de veintisiete años, seguramente recién salido de la facultad, guapo, alto, con enormes ojos azules, casi rubio. Y educado. Se sentó tranquilamente a mi lado junto a la camilla, frente a la pantalla de su ordenador, mientras con un instrumento parecido a un enorme falo blanco me hurgaba en esos sitios remotos y secretos de mi anatomía, sin dejar de mirar las imágenes de mi útero y mis ovarios que, al parecer, estaban en perfecto estado, al mismo tiempo que le dictaba sus impresiones a la enfermera, que las anotaba en una especie de ficha.
Aunque yo estaba algo incómoda (ya podría haber sido una mujer o un señor mayor, que parece que da más confianza), terminé deseando que aquel momento no acabara nunca.
Fue la primera vez en la vida que salí contenta de una consulta médica. El chaval me había alegrado la tarde, claro que sí. No sabe lo bien que me sentó su medicina. Médicos como éste tendrían que proliferar, hombre, hacen un bien a la Humanidad (o a la población femenina en particular).
Cuando se lo conté a mi madre, que hace más de 39 años que no visita un ginecólogo, me dijo: "Tú lo que quieres es que me haga una revisión".
Y ahora, queridas lectoras, que estoy a solas con vosotras, os digo que las sorpresas más agradables para una mujer vienen a veces, de forma imprevista, convertidas por ejemplo en ginecólogo (pobrecillo, qué trabajo el suyo. O no, a lo mejor le gusta). Os deseo una suerte parecida. Disfrutadlo.

viernes, 27 de abril de 2007

Mis tías

Tengo tres tías preciosas
que admiré desde pequeña,
diferentes entre sí,
cariñosas y fraternas.
La tía Adela es hermosa
como las damas de Rubens
que perdona los defectos
y que ensalza las virtudes,
bella por dentro y por fuera
y es que a fuerza de leer
tan buena literatura
cada día nos sorprende
con una nueva lectura.
En la tía Carmen admiro
su bueno y gran corazón,
aún recuerdo las tostadas
de tortilla y de jamón,
amante y fiel esposa
que cumple con sus deberes
y que con tantos quehaceres
no descansa ni reposa.
La tía Regina es sin duda
la que marca una época
de femineidad y ternura,
la de los años cuarenta.
A las tres las quiero mucho,
las admiro muy de veras
y lo que siento en el alma
es no poder ir a verlas.
Este poema se lo dedicó mi madre a las hermanas de su padre

viernes, 20 de abril de 2007

El alma del poeta

¡Qué triste y alegre es el alma del poeta!,
cala muy hondo mirando alrededor,
vive la vida a golpe de trompeta
y si éste ve un arma
la convierte en flor.
Sensible, llora, goza, ríe, sufre
con las cosas que piensan los demás,
sus hijos predilectos son sus versos,
sin importarle nunca cuál gustará más.
Ser poeta es una herencia
que viene de padres a hijos,
por eso hay que cultivarla
y sobre todo leer, leer..... muchos libros.
Para que no se malogre
conviene leer a los clásicos,
conversar con las personas,
con los altos y ...... con los bajos,
con los de cuna de oro,
con los de cuna de lata,
de todos aprende algo
y le sirven de enseñanza.
Anque a veces se despiste
y meta un poco "la pata",
él escribe, escribe, escribe,
el caso es escribir ....... palabras.
Hay poetas con retórica
un tanto delicada,
me parece estrambótica
y desaconsejada,
las cosas hay que entenderlas,
al pan pan y al vino vino,
mi poesía no es buena ¡lo sé!
pero me importa un comino.
Poema que dedica mi madre a los que son poetas como ella.

Domingo, maldito domingo

Los que vivan cerca de un estadio de fútbol saben de lo que voy a hablar: ruido, suciedad, caos.
Cuando el partido que se juega es entre equipos que no son muy encontrados, el mal es menor, pero si se trata de un partido de alto riesgo, la cosa cambia mucho.
Horas antes los seguidores de uno u otro equipo merodean por las inmediaciones en grupos, disfrazados y con las caras pintadas, bebiendo, gritando y cantando a pleno pulmón. Las calles se van llenando de basura, mientras los puestos ambulantes, que sí tienen permiso del Ayuntamiento para plantarse donde les venga en gana, hacen su agosto vendiendo comida, bebida, ropa (bufandas hasta en verano) y banderas con los colores de los equipos, toro de Osborne incluido.
De los accesorios que en estas ocasiones suelen circular el que más desagrado me produce es esa especie de trompeta de aire comprimido que hace un ruido exagerado, y cuya finalidad aún desconozco.
Cuando queda poco para que empiece el partido, la masa de ultras son conducidos por la policía como si de un rebaño guardado por su pastor se tratara, entre fuertes medidas de seguridad, mientras corean consignas escarnecedoras para el equipo rival (me niego a reproducir los insultos), levantando el puño sobre sus peladas cabezas descerebradas.
Si ésto ocurre de noche, se puede ver un helicóptero sobrevolando la zona e iluminando con un foco a los cabezas rapadas, de forma que parece casi que están rodando una película de acción. Por lo visto los meten en el estadio y los dejan en una zona aparte. No todos lo individuos calificados como peligrosos están encerrados en los sitios adecuados para que no puedan hacer daño a los demás.
El mejor rato es cuando está todo el mundo metido en el estadio, lo peor es el antes y el después, cuando la policía no te deja salir casi ni de casa, y si lo haces te obliga a ir pegado contra la fachada. O cuando no te deja, no ya salir de la zona con el coche, si no por supuesto ni entrar de nuevo: no somos residentes, no vivimos allí, el barrio es para los aficionados al fútbol ese día, todo para el espectáculo.
Y lo de hacerse sus necesidades contra la fachada del edificio donde vivo, aparcar las motos en las aceras, tirar contenedores de basura en medio de la carretera para luego incendiarlos.....
Pequeñas intifadas surgen aquí y allá en forma de grupos más o menos numerosos de seres antisociales que se dedican a tirar litronas, piedras y todo tipo de objetos contra la policía antidisturbios, siempre escasa y amedrentada, que a duras penas se protege tras sus escudos transparentes. Algunas veces cargan contra ellos con pelotas de goma, y ahí sí que es mejor no estar en medio.
Otros grupos tiran petardos que suenan como obuses. Yo tuve la desgracia de pasar una vez al lado de uno de ellos y pude percibir cómo por un momento temblaba el suelo y los árboles, y hacía saltar las alarmas antirobo de los coches.
Los hay que se dedican a encender bengalas, que en la noche desprenden un fulgor rojo que se puede ver desde mucha distancia, como si fueran antorchas. Parece que hubiera una guerra y un ejército hubiera tomado la ciudad o la quisiera prender fuego.
Los que dejan aparcados los coches cerca del estadio (hasta hace poco no dejaban, pero las protestas de los vecinos levantó la prohibición), tienen que ver cómo estos individuos se pasean por encima de los techos y los capós.
Qué contraste con lo que sucedía hace años, cuando la gente entraba y salía del estadio con orden y educación, sin disfrazarse ni pintarse la cara, sin ensuciar la calle. Siempre me llamaba la atención los típicos hinchas que no se conformaban sólo con el partido de ese momento sino que llevaban el transistor pegado a la oreja para seguir el desarrollo de todos los demás partidos que se estuvieran disputando en ese momento. Ahí sí se mascaba la afición futbolera, la auténtica pasión por un deporte que no tiene nada que ver con lo que se ve ahora. Mientras, las pocas mujeres que acudían, se conformaban con quedarse metidas en el coche haciendo punto.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quisiera que me explicaras qué es lo que ha cambiado en los últimos años como para que este espectáculo que de niña recordaba multitudinario y poco más, se haya convertido en una sucesión lamentable de altercados, gamberrismo e incivilización. Será que es la válvula de escape de un descontento social creciente, pero por favor, no al lado de mi casa.
Domingo de fútbol, maldito domingo.

viernes, 13 de abril de 2007

Ilusión

Tenemos que nacer todos los días,
buscar una ilusión que nos envuelva,
rechazar los disgustos y contiendas,
copiar en Dios que es nuestro Mesías.
La vida es como un barco sin rumbo,
mecido por las olas tempestuosas
y la política, la sociedad, las zancadillas
todos son obstáculos y fosas
que te hunden más y más en lo profundo,
de la manera más simple y misteriosa.
Pero tu barco es presente y está hecho
con madera de ilusión y de confianza.
Vivimos en un mundo tan absurdo,
con caretas de carnaval que lo disfraza
que si no se está bien cuerdo con frecuencia
tu moral, tu hacienda y hasta tu vida
corren el peligro de caer bajo seguro.
Otro poema de mi madre, un canto a la esperanza y al gusto por la vida.

miércoles, 11 de abril de 2007

La pasión de Cristo


Ahora que ha terminado la Semana Santa, de todas las películas que han puesto en televisión, la única que he tenido interés en ver es "La pasión de Cristo".

Es sin duda una de los largometrajes más impactantes que se han hecho sobre la vida y muerte de Jesús. Lejos del catastrofismo habitual, lejos del afán de escandalizar con nuevas y atrevidas versiones sobre el mismo tema, en esta película se refleja exclusivamente el calvario al que fue sometido, desde el momento de la oración y el sufrimiento interior en el Monte de los Olivos hasta su Resurrección.

Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

El actor que lleva el peso de la figura protagonista, y que yo desconocía hasta entonces, interpreta su papel con la dosis justa y contenida de dolor, sin estridencias, humildemente.

Al estar rodada en versión original se puede apreciar la calidad de las voces de todos los actores, magníficos en la declamación. El hecho de que hablen en las lenguas que se utilizaban en aquella región y en esa época, arameo y latín, le da aún si cabe mayor realismo.

Es interesante cómo Mel Gibson, el director, nos ha narrado todo el proceso desde la mirada de la Virgen. A través de sus ojos apenados, angustiados, contempla impotente el martirio, mientras afloran a su memoria episodios de la vida del Hijo cuando era niño: así al caer Jesús cuando acarrea su Cruz, ella recuerda otra caída suya siendo pequeño, y cómo corre a socorrerle, asustada por si se había hecho daño. Debe ser muy duro para una mujer saber el final tan cruel que el destino le tiene deparado a un hijo desde el mismo día de su nacimiento.

"El Espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".

Y la visión de la Virgen arrodillada con la cabeza pegada al suelo por encima de las mazmorras en las que sabe que está su Hijo encadenado, esperando, y Él mira hacia arriba porque siente la presencia cercana de su Madre allí al lado. Mel Gibson nos hace sentir, de una forma distinta a todas las anteriores versiones sobre la vida de Jesús, la unión de ambos incluso en esos momentos tan difíciles.

Se pueden ver otras imágenes que vienen a la memoria de la Virgen, como cuando estaban en su casa y Jesús le hacía bromas, lo que sucede en la convivencia y la vida cotidiana de cualquier familia.

Algunos hechos que aparecen reflejados en la película supongo que no son licencia del guionista sino que están documentados según las costumbres de la época, detalles que yo desconocía y que sin duda contribuyen a darle mayor realismo a la historia: el tipo de látigos distintos que se emplearon en la flagelación, las muchas veces que cayó Jesús al suelo durante el Vía Crucis (no sólo tres veces como se ha conocido tradicionalmente), o el hecho de poner boca abajo la Cruz una vez clavado Jesús para martillear las puntas de los clavos que sobresalen por detrás y así afianzarlos doblándolos.
Elí, elí. Lama sabactani

Las imágenes más oníricas son una vía de escape para la imaginación y también una inquietante visión del drama: el demonio tentando a Jesús en el Monte de los Olivos para que desista de su sacrificio y luego apareciéndose a la Virgen durante el Vía Crucis, los niños monstruosos que persiguen y atormentan a Judas después de su delación, el cuervo que se posa sobre la cruz del condenado que no se arrepiente y le picotea los ojos .....

Me conmovió mucho el llanto del apóstol Pedro cuando negó tres veces a Jesús, acobardado ante el espectáculo terrible de su sufrimiento. Fue como ver a un hombre convertido en un niño desamparado, dolido por un lado al ver al Maestro solo y maltratado, asustado por otro lado al imaginar que eso le pudiera pasar a él.

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y ni el poder del infierno prevalecerá contra ella.

Y también el hombre que fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con su Cruz, remiso al principio, conmovido después, y que llegó a enfrentarse a los verdugos que le martirizaban para defenderlo.

La imagen de la Virgen, ya casi al final de la película, con si Hijo muerto en brazos, sin lágrimas ya, mirando a la cámara que se va alejando, mirándonos a nosotros, a través de los siglos, con una mezcla de estupor y locura. La injusticia del mundo, que aún continúa, la inmensa locura que envuelve al ser humano.

La visión de Jesús en su Resurrección, con el agujero abierto y limpio de las llagas de sus manos, sereno, levantándose sin el sudario en el interior del sepulcro abierto a la luz de un nuevo día para salir al mundo y dar a conocer la vida que hay más allá de la muerte, es inesperada e impresionante. Esperanza.

Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que cree en mí vivirá para siempre.

Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero decirte que si Él llevó su Cruz, no sé por qué yo no he podido llevar la mía, por qué somos tantos los que no podemos llevar nuestra cruz. Será porque hay que ser muy especial para llegar a eso. Como lo era Él.

lunes, 9 de abril de 2007

El alumno

Tenemos que ensalzar la labor del alumno
que sacrificando sus horas de juego
llega a su casa y con ferviente anhelo
se enfrasca en sus libros y se aisla del mundo.
No engañarle nunca con notas injustas,
si es sobresaliente por qué un notable
o por qué un suspenso para encasillarle
con otros alumnos que ya ni se inmutan.
Hay que darle ánimo, decirle adelante,
no te desanimes, tú tienes el triunfo,
que has fallado en ésto es lógico y justo,
por eso vas al colegio a culturizarte.
Mira, cuando yo era pequeña
a las que bien estudiaban
las premiaban con una medalla
que estaba hecha de hojalata,
parecía más que nada
el marchamo de un chorizo,
pero el que la recibía
se llenaba de regocijo.
Este poema lo escribió mi madre pensando en mi hermana y en mí, siempre estudiando.

La piel de la Tierra

Somos como hormigas que se mueven sobre la piel de la Tierra, haciéndole cosquillas. Y la Tierra, en ocasiones, se cansa de que le hagan tantas cosquillas y nos grita a través de alguna de sus bocas volcánicas que la dejemos en paz, como en un magma lleno de ira caliente y de insultos pétreos. A veces se conforma con moverse sísmicamente, como intentando quitarse de encima el molesto hormigueo que no le deja dormir tranquila su sueño milenario. El día que se harte de nosotros no quiero saber de lo que será capaz.
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María tenía en su vientre la esencia de la Tierra, el profundo rugir de una Vida que palpitaba desde unas entrañas de mujer que olían a Dios. Si hubiéramos podido acercar nuestro oído a su cálido regazo de madre de dieciseis años, habríamos oido crecer la hierba.
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Aquella Vida representaba los millones de pequeñas vidas que ahora pululan, con más o menos acierto, sobre la piel de la Tierra, haciéndole cosquillas ...... Dios no permitirá que la Tierra se canse de nosotros.
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Estos pensamientos los escribí en el último año del instituto

miércoles, 4 de abril de 2007

El año de la mujer

Este año celebramos
el año de la mujer,
como yo soy una de ellas
lo celebro con placer.
Primero porque yo cumplo
con los deberes de esposa,
por el amor al hogar,
al marido y a todas las cosas....
que me dan el bienestar.
La mujer del siglo XX
creo yo que debe ser
Agustina de Aragón
a la par que Doña Inés,
nunca mujer ñoña y simple
que por este y otro mes....
se complazca en no hacer nada
con excusas por doquier.
La defensa del salario
es normal y justo es,
que en igualdad con el hombre
ya que su costilla es
quien defienda lo suyo
sin diferencias de sex.
Pues currela todo el día,
es justo y es menester
que acabando la jornada
quiera lo mismo tener.
Pero la mujer casada
con el marido y los hijos
yo creo que tiene bastante
para que se meta en líos,
pues las hay erre que erre
persiguiendo la oficina
son esclavas en la casa
pues trabajan tan aprisa
que este trabajo tan dulce
que puede ser un placer
haciéndolo sosegadas
lo convierten en cruel.
En la oficina hay que ser puntuales
ya que del jefe dependen
para ganar un dinero
descuidando otros deberes ....
que de haber estado al tanto
y cuidando de sus nenes
ni se toman la lejía
ni se descalzan los pieses.
Defendiendo este hogar
que ella misma ha creado
ya que el hombre contribuye
pero a nosotras nos ha tocado
la china de hacernos madres
y saber así cuidarlos.
Pero hay algunas que ésto
les importa un pimiento
y en cuanto sueltan al hijo
va y les dice ¡ahí queda eso!.
Animal racional ¡cómo!
racional si se razona,
no han visto nunca a una perra
defenderlos como una loba.
Pena me das mujer
por tu avaricia
ya que en la casa
no puedes realizarte
fracasarás en todo
hasta en tu amor
¡lo siento por el hogar que formaste!.
Pero a tí eso
qué te importa,
es que conciencia no tienes
que dejas a ese pequeño
mojadito, con ..... escozores,
y luego vienes cansada
con ganas de descansar
y ese niño y tu marido
te pueden necesitar.
Este poema lo escribió mi madre al principio de casada, siendo mi hermana y yo pequeñas. Ella sintió mucho dejar su trabajo para cuidarnos, algo que en aquellos tiempos se hacía con frecuencia. Trabajo en el que tenía como compañero además a mi padre, con lo que hubiera podido pasar más tiempo con él. Su sacrificio no tiene precio, su valor y su entereza ante la renuncia nunca se lo agradeceremos bastante.

martes, 3 de abril de 2007

Prostitución

Aunque dicen que es una actividad tan antigüa como la Humanidad, no deja de ser la prostitución una lacra social donde las halla. Millones de personas en todo el mundo venden su cuerpo a cambio de dinero, como si de una transacción económica cualquiera se tratara, y para este sector "laboral" no existe sin embargo una regulación legal suficiente y adecuada.
Los que se prostituyen actúan en medio del más absoluto desamparo, sin medidas que los protejan ni respaldo legal. No hace mucho volvió la polémica a la actualidad de nuestro país sobre la legalización de la prostitución. Las prostitutas pedían Seguridad Social como en cualquier otro trabajo. Y todo ésto encierra una realidad social envuelta en hipocresía: cómo se va a dar forma legal a un asunto tan "inmoral", a una ocupación tan alejada de los usos y convencionalismos tradicionales que tienen que ver con la "decencia" y la religión.
Yo sólo veo mujeres (la prostitución femenina es mayoritaria en comparación con la masculina y la infantil), solas en la calle, esperando, da igual si hace frío o calor, la llegada de un individuo cualquiera que quiera satisfacer sus necesidades sexuales, y dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Se dice que los hombres recurren a estos servicios como salida desesperada a sus necesidades más perentorias cuando no hay una vía de escape "normal" en el ámbito personal.
Este es otro punto a favor de la prostitución que se acostumbra a señalar: se trata de una función de "equilibrio" social que permite un desahogo en momentos en que de otra manera no tendría lugar. Se ha llegado a decir que habría muchos más violadores si no existieran las prostitutas, porque hombres de la más baja estofa liberan sus depravaciones con ellas. ¡Qué lamentable!, que unas mujeres sean el basurero de las miserias sociales, el vertedero de lo que no quiere nadie, y encima se las desprecie.
Vender el propio cuerpo, no como lo hace una modelo o un actor con su imagen, si no en el ámbito tabú del sexo, esa palabra que aún hoy sigue siendo de "mal tono" pronunciar. Dónde queda la dignidad de las personas, el uso indiscriminado de la propia carne con fines económicos. No quiero ni imaginar la clase de vejaciones que tendrán que soportar. No sé si merece la pena, aunque digan que está mejor pagado que un trabajo corriente.
"Dinero fácil", "mujeres de vida alegre", "samaritanas del amor" como se podía escuchar en una canción, parecen casi bromas macabras si nos ponemos a pensar en la terrible realidad que hay detrás.
Y todavía si la prostitución se ejerce voluntariamente vale, pero si es bajo estorsión y amenazas y con menores de edad, entonces eso sí que debería estar castigado incluso con la pena capital.
Lo peor son las otras lacras que suelen acompañarla: las drogas, el SIDA ....
Las mujeres no debemos censurar a las que se dedican a la prostitución porque nadie es mejor que nadie según lo que sea a lo que se dedique. Creo que es lanzar piedras contra nuestro propio tejado, porque cualquiera de nosotras puede verse alguna vez en una situación como la de ellas. No hay nada peor que una mujer machista, y de esas hay muchas, sobre todo en la generación de nuestras madres. O afirmar que en el fondo se dedican a eso porque les gusta, porque tienen vicio. El sexo es adictivo, como cualquier otro placer de los muchos que existen, pero practicado de esta manera, como medio de vida, casi automáticamente, es otra cosa bien distinta. Es muy raro ver a una prostituta que tenga alegría porque incluso cuando quieren aparentar despreocupación se percibe una tristeza inmensa en sus ojos, una soledad y un abandono absolutos, como si hubieran perdido su identidad, no ya como mujeres sino como personas.
Supongo que la única forma que tienen estas mujeres de mantener la cordura y un mínimo de dignidad es separar por completo lo que ocurre fuera de lo que sucede dentro de ellas mismas. Podrán tomar su cuerpo, pero nunca su alma.
Y los hombres que hablan con desprecio de ellas no tienen calificación posible. El hombre debe respetar siempre a la mujer, con independencia de la profesión a la que se dedique. Ellos tienen una deuda de vida con nosotras, porque somos precisamente eso, fuente de vida, el origen de todo.
Me pareció curiosa una noticia que escuché hace poco en la radio, en la que se decía que había habido en Amsterdam, ciudad de prostitución por excelencia, una jornada de "puertas abiertas" organizada por las prostitutas que habitualmente allí se exhiben en escaparates, en la que había habido espectáculos eróticos para que se conociera mejor su actividad. La mujer vendida hasta sus últimas consecuencias, o quizá simple promoción publicitaria.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero lanzar un alegato en favor de estas mujeres, no sé si feminista o de qué clase, porque este problema no existiría si los hombres no fueran como son . Será que está en su naturaleza. Sálvese el que pueda.

jueves, 29 de marzo de 2007

El voto perpetuo

No me gustan los partidos
porque indican división.
Votar SI, votar NO
¿o votar abstención?.
Democracia es un partido
bueno o malo ¡yo qué se!.
En época de Jesús
fue democracia también
y fue el pueblo quien al unísono
dijo: "¡Crucifícale!".
¿Esto es libertad?. ¡Qué pasa!,
¡qué pena de libertad!.
Yo prefiero estar callada
y pregonar nuestra paz.
Nací con la paz sosegada,
he visto y crecido con el pueblo español.
El nivel de vida ha aumentado,
ya que de comer cocido se pasó al televisor.
¡Ya lo sé que trabajando,
pues no faltaría más!.
Como que a esos vinimos a este mundo,
a vivir, morir y ..... a trabajar.
No hay que esperar a que nos caiga
un día el gordo o la quiniela
u otro premio especial.
Hay que sudar el pan que nos comemos,
que sabe mejor que la langosta o el caviar.
Eliminar cosas pues sí,
ahora mismo las voy a enumerar:
el enchufe, la palmadita, el cambiar de chaqueta....
el sobornar.
La corbata por el jersey NO
porque el hábito no hace al monje,
y si no que lo diga ¡Sandokán!.
El destape me parece absurdo,
con guión o sin guión,
porque se ponen tres puntos ...
y se sigue a continuación.
Votar SI, votar NO.
Tenemos que madurar,
yo votaría taca-taca
pues no sabemos andar,
más tarde, quizá podamos
opinar con más criterio.
Somos niños inseguros
¡no tenemos magisterio!.
Copiar de otros países
me parece una burrada
porque entre huelgas y bombas
se pasan la temporada y....
bien que vienen a España a tostarse
y descansar y a comer nuestra paella
que nos sale colosal.
Yo como española opino.....
si es que puedo opinar,
¡que me gusta el piropo,
pero que sea formal!,
que la mujer siga siendo.... mujer
y que se la deje hablar siempre y cuando
no hable siempre de la reforma
¡constitucional!.
Este poema lo escribió mi madre cuando empezaba la democracia. Algunas cosas, como lo de las huelgas y las bombas, ya las anticipaba ella.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Una nueva vida

La maternidad, que es un acontecimiento natural y frecuente en la vida de una mujer, se convierte con los métodos que existen hoy en día en los hospitales, en una auténtica tortura.
Bien es sabido que dar a luz un hijo es un proceso largo y penoso, en el que el único paliativo que existe hoy en día es la anestesia epidural.
El calvario empieza un mes antes del alumbramiento, cuando las revisiones son contínuas y obligatorias. En ellas te practican lo que llaman "registros", que viene a ser lo que hacen los veterinarios con las vacas. A mí me parecía una intromisión en mi intimidad completamente innecesaria.
El día del alumbramiento se convierte en una interminable maratón de pruebas de resistencia. El mío, como fue un parto inducido (provocado), tenía fecha y hora.
Ya en la sala de dilatación empieza el calvario: el rasuramiento púbico, el enema salvaje, la rotura de la bolsa de agua con una lanceta (especie de arpón), procedimiento indoloro pero harto desagradable, la colocación de una vía en la parte exterior de la mano para suministrar la oxitocina que provoca las contracciones (me lo hizo una enfermera en prácticas, y como lo hizo mal, después de hacerme bastante daño, tuvo que venir otra enfermera a ponérmela bien), y por último la "monitorización", que es un cable colocado en la zona vaginal para controlar las contracciones y el latido del corazón del bebé, y que está conectado a un amplificador. Recuerdo con horror los latidos del corazón de mi hijo, que eran como un galope desbocado y a todo volumen, retumbando en la habitación durante horas. Si los nervios no están muy templados, con ese sonido de fondo menos. Además te obligan a estar medio tumbada en la cama, en lugar de poder levantarse y andar, lo que hubiera facilitado la dilatación.
Al poner la oxitocina desde el primer momento, las contracciones no son espaciosas sino frecuentes. Yo estuve siete horas padeciéndolas cada cinco minutos.
Por supuesto siempre llega la típica enfermera que está deseando acabar de una vez y no se le ocurre otra cosa que meter su mano para arrastrar al bebé más cerca del canal del parto, hecho pavoroso por lo inesperado y por el dolor añadido que causa.
Cuando llegó el momento de la expulsión, el peor de todos, fue como algo inesperado: no hacía mucho que había pasado la matrona y había dicho que aún faltaba un buen rato. En un instante las contracciones fueron tan dolorosas y seguidas que casi no podía respirar. Llamé al timbre como pude y me llevaron en mi cama corriendo al paritorio. De ahí tener que pasar a la camilla donde se alumbra fue una odisea. Nunca creí que un movimiento tan sencillo pudiera ser tan difícil, teniendo los músculos agarrotados como los tenía por un dolor incontrolable.
Tuvo que venir el médico, que sólo aparece en situaciones apuradas, y hacer lo que en las clases de preparación al parto nos dijeron que teníamos que evitar: que él tuviera que apoyarse con todo el peso de su cuerpo sobre su antebrazo colocado por encima de mi vientre para presionar una y otra vez y así facilitar la salida del bebé.
Recuerdo que me decían que apretara con todas mis fuerzas, pero a mí me parecía que me iba a partir en dos. Pensé que me iba a morir, fue una certeza tan grande la que tuve que, aunque agotada después de tantas horas de parto con respiraciones aprendidas en las clases de preparación y que sólo me sirvieron para quedarme sin fuerzas, me dije que aunque fuera la última cosa que hiciese en mi vida aquello tenía que salir bien. Y dí el empujón final, momento que aprovecharon para hacerme la episetomía, cuchillada en la zona vaginal casi hasta la zona anal, y que yo casi no sentí por el enorme dolor que ya estaba pasando.
Cuando creí que todo había acabado y empezaba a respirar aliviada, vinieron de repente unas contracciones aisladas mucho más agudas que las anteriores. Eran los "entuertos", que sirven para expulsar la placenta. En mi caso fue laborioso porque está sujeta en el interior del útero por cuatro membranas, y una no terminaba de salir.
Cuando pregunté cuántos puntos me estaban dando, no me lo quisieron decir. Aquello debía estar quedando como un mapa.
Ver salir a mi hijo me impresionó muchísimo, por lo grande que me pareció y por la cantidad de sangre y grasa que lo cubría. Me lo mostraron, con el cordón umbilical aún sin cortar, medio encogido con los brazos cruzados sobre sí mismo, tal y como debía estar mientras lo tuve dentro de mí.
Se lo llevaron enseguida allí cerca, lo lavaron y lo pusieron debajo de la lámpara de rayos ultravioleta. Mientras, el médico, un hombre encantador por cierto, le pasó el brazo por encima del hombro a la matrona que me atendió, de espaldas a mí ambos, mientras contemplaban a mi niño. Parecían muy cansados, pero satisfechos. Pensé que la labor de estas personas, como la de cualquiera que se dedique a la profesión médica, no está suficientemente valorada ni pagada.
Luego se llevaron a mi hijo (qué raro me pareció decir eso al principio), y creí lo típico en estas ocasiones, que podría desaparecer o cambiarlo por otro. Me angustié un poco.
Cuando me lo trajeron a la habitación en una cuna pequeña y transparente, no me lo podía creer: observaba todos sus gestos, sus movimientos, que me parecieron muy lentos, y su fragilidad.
Aprender a ponerlo al pecho también me apuró mucho, porque no lo conseguía. Tuve que recurrir a una enfermera, así como para saber cuánto había que abrigarle y cuándo se sabía si el pañal tenía bastante orina para cambiarlo. Son cosas que podrían enseñar en las clases de preparación, porque tan importante es saber afrontar el alumbramiento como los cuidados del bebé.
La última tortura infringida vino en forma de médico, un señor que parecía a punto de jubilarse y que acudió al día siguiente a primera hora de la mañana para, sin previo aviso, practicarme un "registro", sin tener en cuenta el estado en que me había quedado después de la considerable cantidad de puntos que me dieron. Se puede decir que vi materialmente las estrellas, y cuando me quejé levemente le faltó tiempo para decirme en un tono despectivo que no me lamentara, que sabía que no me estaba haciendo ningún daño. Pensé que alguien así estaría muy bien en los campos de exterminio nazis.
El dolor insoportable de la episetomía me acompañó en la cuarentena que siguió y algún tiempo después. Quizá existen calmantes que no impiden amamantar a tu hijo, pero nadie me informó de su existencia.
Con mi hija todo duró la mitad de tiempo, no me tuvieron que dar casi puntos, y al ser de madrugada y estar el "nido" cerrado, me la "llevé puesta" desde el paritorio directamente a mi habitación. La matrona, una andaluza muy graciosa y cariñosa, me dijo admirada que hay que ver con qué ganas había apretado. Ya tenía la lección aprendida y quería acabar cuanto antes.
Con el tiempo he llegado a la conclusión de que si me hubieran dejado me habría puesto de parto yo sola, ¿ por qué esa rigidez en todo?. Y todas esas prácticas carniceras sobran. Hace años no se hacían y todo resultaba más natural. Lo único que sí querría y no solicité en su momento es la anestesia epidural. Yo la pondría obligatoria, porque nadie tiene por qué sufrir innecesariamente.
Hace poco leí que había mujeres que estaban pagando grandes cantidades de dinero para poder parir en sus casas, como se hacía no hace tanto. Me parece bien, pero gratis.
Y el momento de la expulsión debería ser en cuclillas, no medio tumbada en el potro de tortura en el que nos ponen. Como las mujeres de las tribus de la selva, por qué no, a lo mejor somos nosotros los atrasados y los salvajes.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, tengo que decirte que la memoria del dolor desapareció al cabo de una semana, y que sólo me quedaron las sensaciones y los pensamientos que me acompañaron en aquellos momentos. Por más que intento recordar cómo era ese dolor, distinto a cualquier otro que yo hubiera conocido, no lo consigo. La naturaleza es sabia.
No hay nada comparable a traer una nueva vida a este mundo.

viernes, 23 de marzo de 2007

El amo

A semejanza del AMA
del pobre Gabriel Galán
te voy a escribir un verso
que te pueda recordar
mi cariño tan INMENSO.
Estos versos ¡vida mía!
que yo vuelvo a recordar
alimentaron mi alma
como si fuera "maná".
Quiero dibujar tu rostro
¡Quién supiera dibujar!,
guardarte como un "icono"
que yo pueda venerar.
Eres perfecto en tu sexo,
te sales ..... de lo vulgar.
Tú eres .... un punto y aparte
y me tienes ..... "trastorná"
Estos versos se los dedicó mi madre a mi padre

jueves, 22 de marzo de 2007

Espaldas mojadas

Espaldas mojadas, balseros..... Curiosas palabras para referirnos a una triste realidad que se asoma al noticiero nacional casi a diario.
Podrían llamarse también almas desesperadas, vidas maltrechas, corazones desarraigados....
Muchas veces me he preguntado qué clase de impulso interior empuja a tantísimas personas a dejarlo todo y embarcarse (nunca mejor dicho) en un viaje incierto, lleno de peligros, y del que no saben si saldrán con bien.
Hombres y mujeres jóvenes (los mayores parecen resignarse a la suerte que les ha tocado en su país), niños ...., todos de raza negra, negra como la noche en la que pretenden la mayoría de las veces enconderse para alcanzar su destino sin ser vistos.
Se trata de una prueba de resistencia hercúlea en todos los sentidos: el cuerpo, que a unos les aguanta y a otros no, la mente, puesta en un solo objetivo. Y mientras el pánico, el hambre y la sed, el frío helador, el paso interminable del tiempo en un mar abierto a la nada.
Los que no sobreviven durante el trayecto son lanzados por la borda, como en un naufragio cualquiera.
Y luego, si son descubiertos, se los envía de vuelta de donde hayan venido, eso si no se los hacina en campamentos improvisados que no reúnen las condiciones mínimas de salubridad hasta que se decida lo que hacer con ellos. Al final tanto sacrificio para nada. Pero seguramente lo volverán a intentar en cuanto tengan ocasión, es la persistencia de la desesperación, que no cede ante ningún peligro, nisiquiera ante la oscura cercanía de la muerte que acecha en esa siniestra aventura.
Lo que nosotros vemos en televisión es su llegada, cuando son atendidos por los equipos de socorro que les proporcionan algo de comida y bebida y ropa de abrigo, hombres como torres tirados por el suelo al borde de la extenuación, con los ojos casi en blanco.
Debe ser un negocio redondo para los que se encargan de suministrar las "pateras" y organizar los "viajes", a cambio de grandes cantidades de dinero. Estas pobres personas, después de reunir como pueden el precio abusivo que se les pide, pagan por un suicidio casi seguro en condiciones lamentables. De todo se hace negocio, y de las desgracias y la necesidad ajenas todavía más que de ninguna otra cosa.
Algo deben encontrar en nuestro país cuando tantísima gente es capaz de jugarse la vida por venir aquí. Y no hace tanto que podíamos considerarnos también nosotros tercermundistas: las mujeres yendo al río con la ropa, cargadas como burras, rompiendo el hielo en invierno si hacía falta para poder lavar, porque salvo en la ciudad (y no siempre) no había agua corriente en las casas. O trabajando en el campo de sol a sol por dos duros, los hombres con callos que ya no les caben en las manos, ellas arrastrando por la tierra el vientre de embarazadas, con los hijos cargados a la espalda. Por no hablar de los niños que dejaban su infancia en las minas.
Y la analfabetización tan grande que había y que muchos sólo podían superar cuando hacían el servicio militar (las mujeres ni esa salida tenían).
Y pasar por una guerra, que lo arrasa todo, y que aunque ya distante en el tiempo, todavía nos la siguen recordando con libros y películas.
Qué país éste, convertido en refugio de desesperados, en paraíso de personas de todas las razas, en la 2ª casa de millones de seres. ¿Habrá cabida para todos?. ¿No dicen las enseñanzas cristianas que hay que dar posada al peregrino?. Si se puede convivir todos juntos, que así sea.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero que pidamos otra forma de llegar al lugar que uno decida ir sin pateras, sin espaldas mojadas, sin miedo. Y que los gobiernos de esos países en los que no quiere nadie estar desaparezcan y se muten en otros que sean medianamente aceptables. Que si quiere uno marcharse de su tierra natal sea para hacer turismo, no empujado por la miseria, la mala vida y la desesperación.

martes, 20 de marzo de 2007

La butaca de la abuela

Tapizada de rojo escarlata
ahí se encuentra "La butaca".
Tiene tanto privilegio
por sentarse allí la abuela
que los otros dos sillones
la miran con gran desprecio
pues... tienen envidia de ella.
¡No te quedes nunca sola!,
que descanse en tí tu dueña
y repose de sus males,
ayúdala siempre a ella.
Pero si un día faltase
y nos quitan su presencia,
nunca podría olvidar
"la butaca de la abuela".
Esta poesía se la dedicó mi madre hace bastantes años, como bien se puede leer, a la butaca donde se sentaba su abuela Carmen

jueves, 15 de marzo de 2007

Mi padre

Qué podría decir de mi padre, todo lo que diga es poco: trabajador, honesto, bueno a más no poder, sencillo, sensible, tímido ...
Es un artista que aún no ha sido descubierto: los hay que con menos talento que él tienen reconocimiento público y son conocidos. Tanto en el diseño como en el dibujo artístico es un maestro. Tiene hechos bocetos de chalets, de decoración de interiores y hasta fachadas de palacios, iglesias y edificios antiguos que son auténticas obras de arte. Si hubiera explotado sus cualidades, quizá sería ahora millonario.
Mi padre es un hombre muy reservado, pero a través de las pocas palabras que dice se adivina, tras su aparente seriedad, un mundo de ternura y sensibilidad y un corazón de oro.
Cuando éramos niñas se daba pocas concesiones a la sonrisa: todo su afán era conservar la disciplina en casa, el mantener una apariencia de seriedad en la que no hubiera lugar a la discusión de las normas establecidas. Esa forma tan estricta de educar posiblemente vendría de la manera como a él a su vez le habían educado.
En aquella época le veíamos poco porque estaba pluriempleado y cuando él llegaba del trabajo, nosotras casi nos estábamos acostando. Era el fin de semana, sobre todo si íbamos al campo, cuando se permitía algún cambio en su forma de comportarse: recuerdo una foto en la que aparecemos mi hermana y yo subidas encima de él, que está a cuatro patas sobre la hierba, haciendo el caballito.
También en la época que intentábamos aprender a montar en bicicleta (cosa que he conseguido hacer hace tan sólo tres años), él nos cogía del sillín para que pudiéramos mantener el equilibrio, y cuando tomábamos velocidad, seguía el pobre sujetándonos. Una vez ví que se había hecho heridas en las manos, pero no dijo nada.
Él nunca se queja: si tiene un dolor o una preocupación, no lo manifiesta. Sólo te enteras a toro pasado, por algún comentario suelto que haga.
Mi padre nos enseñó a nadar, aunque en mi caso costó lo suyo: cuando medio desistió de seguir intentando enseñarme sin conseguirlo, me cogí un berrinche tremendo, porque cuando se me mete algo en la cabeza lo tengo que conseguir, es una cuestión de amor propio (aunque yo sólo tenía cinco años). A base de insistir fue como lo logré.
A mi padre sólo lo he visto llorar en dos ocasiones: la primera vez que se puso mi abuela mala (su madre) y cuando ella murió muchos años después y la estábamos enterrando. Yo cuando lo veo así se me parte el corazón.
También fue el único de sus tres hermanos que se sintió capaz de coger a su padre en brazos cuando murió (pesaba mi abuelo como una pluma ya al final), y meterse con él en el ascensor para llevarlo al hospital, donde habría menos problemas para certificar su defunción.
Recuerdo a mi padre besando la frente de mi abuela Pilar, su suegra, cuando ella ya agonizaba, a modo de despedida, cosa que yo no fuí capaz de hacer, y de lo que me arrepiento enormemente.
Él también tiene su lado gamberro, como cuando nos colamos en el Monasterio de El Escorial en una ocasión, de la veces que pasábamos el fin de semana en el campo, y nos dedicamos a fisgar en el refectorio de las religiosas y en la zona donde tendían su ropa interior para que se secara. Y cuando saltamos una tapia y nos acercamos a una cerca detrás de la cual había un toro, que se enfadó al vernos, embistió y salió corriendo detrás de nosotros. Había que vernos la velocidad a la que volvimos a subir la tapia para escapar. Más recientemente le da por imitar el sonido de las alarmas que tienen en las salidas los grandes almacenes por si alguien se lleva algo sin pagar. Todo el mundo se queda mirando sin saber de dónde viene el sonido, azorados por si alguien pueda pensar que son unos ladrones.
A mi abuela Pilar, aunque parecía tan seria, le gastaba alguna broma de vez en cuando, como cuando yendo en el autocar que nos llevaba en vacaciones a la playa pasamos por un túnel y él, como si aprovechara la oscuridad, le puso la mano en el muslo a ella. Se pudo oir cómo mi abuela, sin perder su parsimonia, le decía "Quietoooooo".
Mi padre, cuando no saca a relucir su lado gamberro, es un hombre con la educación de los hombres de antes, un caballero, siempre pendiente y atento con las mujeres: me viene a la memoria la forma tan especial que tuvo de ayudarme el día de mi boda con el vestido de novia, recogiendo mi cola con cuidado para que pudiera meterme en el ascensor de mi casa cuando ya iba camino de la iglesia.
En su trabajo era querido y respetado por todos: sabían que podían contar con él para todo lo que hiciera falta. Por su discreción nadie se atrevió nunca a irle con chismes, y si alguien hablaba de mala manera, con palabrotas, le llamaba la atención sea quien fuere, sobre todo si había mujeres delante.
Desde que es abuelo ha descubierto la paciencia y la dedicación que los niños necesitan y que con nosotras, por su trabajo, no pudo muchas veces desplegar en su momento.
Y, en fin, qué más podría decir de él: que es un manitas en casa, que le gustan las plantas, amante de la Naturaleza (el mar es su segundo elemento, no en vano nació en un puerto de mar), excelente cocinero, cinéfilo impenitente y melómano desde muy joven: si yo hubiera puesto un poquito de interés, sabría de música clásica tanto como él.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero decirte que he tenido la suerte de que me tocara un padre como el mío, que es como pocos.

Mamina

Si paso por Alameda
no dejo de recordar
a mamina, que me espera
y me tiene que narrar
cosas .... de su edad primera.
Ella vive de recuerdos,
de recuerdos de su infancia,
de su madre, de sus hijos
y ¡ay que ver con qué elegancia
se colocaba sus rizos!.
Tiene todo el pelo blanco,
como la más pura nieve
y yo creo que ahí reside
todo su mayor encanto.
Descansa de sus fatigas,
de su mucho caminar,
rodeada de sus hijos
que la cuidan con afán.
Es el premio a sus desvelos
por querer bien a los suyos,
hasta el gato en un murmullo
la mima, con tierno anhelo.
Este poema se lo dedicó mi madre a su abuela Carmen, a la que llamaban "mamina".

martes, 13 de marzo de 2007

La Reina




La Reina forma parte de mi historia personal como de la de millones de españoles. Nunca pensaría una mujer de otro país como era ella venir aquí a sentarse en un trono y vivir entre nosotros. Por su buenhacer y su permanencia nunca ha sido extranjera. Dice que al principio no lo tenían nada claro, pues reimplantar una monarquía en los albores de una democracia no era cosa sencilla, pero ahí están.


Hija de reyes exiliados, su infancia y juventud no fueron precisamente un camino de rosas.


El destino de los Reyes en democracia es reinar sin gobernar, pero la Reina, por encima de todo eso, es además un icono para todas las mujeres por su serenidad, su discreción, su bondad sin límites, su naturalidad.


Desde niña la recuerdo, cuando ella era más joven, con sus hijos, madre ante todo, como cualquier persona. Como esposa ha sido siempre una mujer prudente y paciente, en exceso quizá, pero el estar ocupando una posición como la suya le debe hacer mirar más fuera de sí misma que dentro, anteponiendo a sus deseos personales la imagen pública que se supone que una monarquía tiene que dar, cosa que como bien es sabido no ocurre en otros países.


Debe ser muy duro vivir en un escaparate permanente, expuesto a las miradas y las críticas de todo el mundo. Yo creo que no podría, no hay cosa que me moleste más que tener que dar explicaciones y que me juzguen.


A lo largo de estos años la hemos visto crecer (envejecer no me gusta). Ha recorrido medio mundo representándonos a todos, a veces en sitios bonitos y placenteros, otras en lugares donde habían ocurrido catástrofes. Siempre con una sonrisa en la boca, una mano extendida, los ojos comprensivos y acogedores. Por su posición se ha visto obligada a asistir a todo tipo de actos tediosos, y otros llenos de dolor, conteniendo las lágrimas (en los últimos años ya casi no puede), a duras penas, intentando mantener su dignidad.


La imagen de ella que más me ha impactado siempre es cuando está junto al Rey en los funerales del padre de éste. Al principio se contuvo mientras pudo, pero en esa imagen, cuando mira a su marido y lo ve deshecho en llanto, comienza ella también a llorar. En las escenas de televisión se ve cómo luego da un paso atrás bajando la cabeza, y las mujeres que están con ella la rodean para consolarla, desoladas porque es muy raro verla así, sobre todo en público. A la Reina esa imagen suya llorando junto al Rey no le gusta nada, porque se ve fea y como si hubiera perdido la compostura. Yo quiero decirle que es la imagen más humana y tierna de ella que tenemos, y que a mí me conmueve profundamente cada vez que la veo.


La Reina, ahora que es abuela, vuelve a desplegar sus recursos amorosos de cuando fue madre, y cuando se la ve rodeada de tantos nietos como tiene, siempre pendiente de todos sin excepción, es evidente que es la mujer más feliz del mundo.


Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero rendir un tributo de admiración y respeto por la Reina, porque siempre ha estado ahí acompañándonos, viviendo el pulso de nuestro país con todos nosotros, y siempre cercana. Con independencia de la opinión que la monarquía nos pueda merecer, tema polémico donde los halla, todos tenemos un papel en la sociedad, y ella se desenvuelve en el suyo como pocas reinas del resto de Europa hacen.
 
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