lunes, 28 de marzo de 2011

Querida Liz


Aunque ya sabíamos hace mucho tiempo que no gozaba de buena salud y que los años no pasaban precisamente en balde para ella, sigue pareciendo increíble que alguien como Elizabeth Taylor haya abandonado definitivamente este mundo. Hace un año fue la protagonista de uno de mis posts, y recuerdo que disfruté mucho recreando a grandes rasgos su vida, su obra y su personalidad.

Es increíble también cómo esta mujer logró estar presente en la escena pública desde el primer momento que participó en una película, siendo una niña, hasta el mismo día de su muerte. Su figura, cálida, cercana, especial, de una belleza entre delicada y voluptuosa en su juventud y madurez, eclipsaba al resto de los astros del firmamento interpretativo sin proponérselo, simplemente por el brillo de su esplendor natural.

Liz Taylor no hizo otra cosa en su vida que ser ella misma. Salvo su profesión de actriz, que siempre afirmó que le había sido impuesta (bendita imposición), nada ni nadie pudo nunca impedir que caminara por el mundo fiel a sí misma, a sus propias convicciones e intuiciones. Las convenciones sociales carecían de importancia, ardían a las puertas de su arrolladora personalidad. Ella se dejaba llevar por su instinto, por sus impulsos interiores. El corazón siempre pudo más que la cabeza.

Las ocasiones en las que protagonizó algún escándalo no fueron intencionadas, no buscaba hacerse publicidad gratuita como tantas otras estrellas. Sólo hacía lo que creía que debía hacer, desde luego pensando más en sí misma que en ninguna otra persona (seductora egoísta), y al que no le gustara que se aguantara. Si algo destacó en ella por encima de otras muchas cosas fue su valor. Vivía el día a día intensamente, sin preguntarse qué sucedería mañana.

El coraje de vivir hace que se quemen muchos cartuchos, que se sufra mucho, pero también que se goce con más intensidad. Nada hay comparable a poder desarrollar la profesión que a uno le gusta y tener reconocimientos por ello (eso no hay dinero que lo pague). Nada hay comparable tampoco a atreverse a elegir un amor, aún en contra de la opinión ajena, y entregarse a él en cuerpo y alma, disfrutando cada instante como si fuera el último, porque sólo se vive una vez. Qué pasará en el futuro es lo de menos: el presente es lo único tangible, lo único real, y hay ocasiones que son irrepetibles. Liz tenía una intuición terrible para estas cosas, sabía cuando algo especial llegaba a su vida, y lo aprovechaba al máximo. Que nada es eterno, eso lo sabe todo el mundo. La eternidad la dejamos para el otro mundo. 

Cuando se publicaron hace poco las cartas que su amor más apasionado y polémico le escribió a lo largo de su vida, El amor y la furia, estuve tentada de comprar el libro. Liz, por alguna razón, había creído llegado el momento de desvelar algunos de los sentimientos que acompañaron esa relación tan turbulenta (muchos ya conocidos), y compartirlos con su público. No hay afán exhibicionista en ello, Liz no necesitaba a estas alturas demostrar nada, pero creo que sí quería que se conociese mejor el nada convencional amor que se profesaban y la figura de Richard Burton, a la que tantos ominosos defectos se le achacó siempre. Creo que son especialmente conmovedoras las cartas que él le escribió cuando ya se habían separado definitivamente, poco tiempo antes de morir.

Este epistolario sirve sobre todo para poder comprenderla mejor, la razón por la que una persona puede llegar a aguantar e infligir tan terrible trato. Sus discusiones interminables, acompañadas de desperfectos varios y palabrotas irreproducibles, son la muestra fehaciente de que no hay una sola forma de amar. Ella, que parecía tan menuda y frágil, podía llegar a ser una fiera salvaje si le tocaban la fibra sensible.

En la amistad, igual que en el amor, fue una mujer intensa. No creo que Liz Taylor se haya ido de este mundo teniendo enemigos. Puede que algunas de las cosas que hizo levantaran ampollas en su momento, pero su personalidad es tan hipnótica, ejerce una fascinación tal, que hace que cualquier defecto suyo nos parezca poca cosa. Ella ha sido amiga de personas de todas clases, pero creo que algunos de sus más especiales afectos los guardó para los seres más sensibles, tiernos, dulces y atormentados que conoció a lo largo de su vida, como Monty Clift, James Dean o Michael Jackson. Comprensiva en grado sumo, paciente, inteligente y desgarradoramente humana, sabía escuchar y ayudar cuando la ocasión lo requería.

Elizabeth Taylor fue una mujer plena, en la que tenían cabida toda clase de sentimientos y pensamientos acerca del mundo, un alma rica en facetas y matices que no tuvo pudor en mostrar, tanto en su vida real como cuando interpretaba. Por ser auténtica, por su valor, por su forma de ser, por su talento, siempre estará en nuestro corazón.

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