jueves, 21 de febrero de 2013

Mi semana con Marilyn


Durante el rodaje de una película los actores que participan son protagonistas involuntarios de toda clase de situaciones imprevisibles, pues el arte de la interpretación es el único en el que los artistas ofrecen su trabajo en conjunto y no individualmente. A veces se produce una lucha de egos al interactuar personalidades muy acusadas. Debe ser muy difícil hacer bien tu trabajo cuando te toca estar con alguien que te resulta desagradable.

Y así pasó durante el rodaje de El príncipe y la corista, aunque la visión que nos ha dado sobre aquel encuentro-desencuentro el film Mi semana con Marilyn está más humanizada que la que ha circulado siempre por ahí. Se decía que Lawrence Olivier, insigne actor donde los haya, había menospreciado a la actriz por considerarla una mera mujer-objeto. La rigidez inglesa frente a la laxitud norteamericana.

Pero Marilyn también tenía su carácter, su personalidad era tan particular e intensa como la de Olivier. Dos personas que no tenían nada en común, unidas en un rodaje con un tema ligero que no era habitual para el veterano actor.

Marilyn llegó acompañada de su por entonces marido el escritor Arthur Miller. Se sentía tan insegura como siempre, era la 1ª vez que viajaba a Inglaterra, y no sabía si se iba a adaptar bien al país y a su partenaire. Ya desde el principio el trabajo fue un infierno para ella, le costaba memorizar los textos, actuar con naturalidad y meterse en el papel. El nivel de disciplina y exigencia de Olivier la intimidaban profundamente, y sus miedos impedían que pudiera dar de sí todo lo que podía.

La acompañaba en todo momento Paula Strasberg, con quien había aprendido interpretación, y que se había convertido en confidente y amiga íntima, su soporte vital, alguien que la comprendía y apoyaba en todas sus zozobras. Ella le daba tranquilidad y seguridad, hasta que conoció a Colin.

El joven Colin era un tercer ayudante de dirección, el chico de los recados como él mismo decía. Enseguida conectó con Marilyn. Él, fascinado desde siempre por su persona, no creía la suerte que tenía de poder estar cerca de ella. Olivier le utilizaba para saber cómo se encontraba la actriz en cada momento, disgustado por las interrupciones del rodaje y al mismo tiempo preocupado por su salud.

Un día incluso le mandó ir en mitad de la noche a la casa que ocupaba ella con su marido, una mansión en el campo. Encontró al matrimonio en un momento difícil, en medio de una discusión, y decidió no interrumpir, quedándose tras una puerta medio asomado. Marilyn lloraba sentada en las escaleras que conducían a los dormitorios, apoyada la cabeza contra la pared, envuelta en una manta y con un manuscrito de su marido en la mano. “¿Qué hacías ayer por la noche en mi casa?”, le preguntó ella a Colin al día siguiente, “no te habrá mandado Lawrence a espiarme…” Colin le explica la situación, y ella hace lo propio. “Mi marido ha dicho cosas horribles de mí en sus escritos. Los deja a propósito a la vista para que yo los lea. Él dice que son cosas mías, pero no es verdad, y no sé por qué lo hace”.

Colin se convirtió también en su confidente y amigo. Él tenía una manera muy dulce de hablarla, estaba siempre pendiente de sus deseos, era exquisito con ella, la comprendía perfectamente y terminó enamorándose de Marilyn, con ese arrebato platónico y apasionado del primer amor. Marilyn comienza a actuar mejor y parece siempre divertida. “¿Qué es lo que le has dado?”, le pregunta jocoso e irónico Olivier.

Ella lo invitaba a su casa para conversar, paseaban por los jardines. “Olivier es un gran actor que quiere ser una estrella y usted es una estrella que quiere ser una gran actriz, pero ambos no lo van a conseguir, al menos no en esta película”, le dijo Colin un día muy atinadamente. Inteligente, observador y sagaz, daba en el clavo con sus opiniones y la hacía reir, además de aportarle sosiego.

En una ocasión le llevó a un río cercano, conducidos por su chófer, para pasar el día al aire libre, comer en el campo y darse un baño. A la hora de darse el chapuzón Marilyn se desnudó por completo, ante los atónitos ojos de Colin, que la siguió al agua pudorosamente cubierto sólo por sus calzoncillos. El momento era muy sugerente, pero no se dieron más que un ligero beso. Al salir, una diosa esculpida en mármol, ella se vistió y sintió frío, y él la cubrió con su chaqueta. La actriz coqueteaba sólo lo justo, necesitaba ser querida y estar acompañada siempre.

Luego visitaron un castillo cercano. No podían pasar si no tenían algún contacto, pero Colin conocía a una de las personas encargadas del edificio, un aristócrata, pues él en realidad pertenecía a una familia aristocrática. Marilyn se sorprendió mucho con la belleza de las pinturas, grabados y otros objetos que le fueron mostrados, y disfrutó mucho con el recorrido. Al acabar la estaba esperando el personal que trabajaba allí, que la recibió entre aplausos al pie de la escalera de salida. Ella le susurra a Colin al oído: “¿Debo ser ella otra vez?”, y se pone a hacer algunos de los sexys y tan femeninos gestos que la han hecho famosa.

El marido de Marilyn tiene una charla con Lawrence Olivier, que le pregunta por ella. “No puedo trabajar, no puedo dormir, no consigo hacer nada, me tiene obsesionado”, se lamenta el escritor. Poco después regresa a EE.UU. por motivos de trabajo, y ella, sintinéndose abandonada, cae en un estado de semiinconsciencia depresiva, adormecida por los fármacos de los que es habitual, que le impiden moverse de la cama.

Una noche llaman a su puerta, cerrada con llave por dentro, y nadie responde. Todos se asustan, y Colin decide entrar por la ventana. Ella está tan profundamente dormida que no se entera de nada, pero él la medio despierta. “¿Tienes familia Colin?”, le dice dulcemente, con voz somnolienta. Él asiente. “Eres afortunado. Yo pasé mi infancia en varias casas que me acogieron, y en ninguna me quisieron”. Una infancia sin amor fue el permanente tormento de Marilyn. Él se queda junto a ella en su cama, para velar su sueño.

El rodaje va cada vez peor, las pocas escenas que Marilyn rueda es sobreponiéndose a sí misma. Se siente sola, aunque esté rodeada de gente. Una noche tiene fuertes dolores y empieza a sangrar profusamente. El médico le diagnostica un aborto. Ella nunca pudo tener hijos propios, otra de las tristezas que tuvo que arrastrar a lo largo de su vida.

Por fin acaban el rodaje, y casi parece haberse olvidado de Colin. Antes de marcharse, se acerca al hostal donde él se aloja. Todos los que allí están se quedan sorprendidos ante esta aparición, lo que le da al chico oportunidad de presumir. Salen un momento y se despide de él, dulcemente. “Lo hemos pasado bien ¿verdad?. Quizá algún día volvamos a vernos”. No quiere dañar sus sentimientos, pero a él se le ha partido el corazón. Mientras la despide contempla, nostálgico y contento por la experiencia vivida, cómo se aleja su coche por la vereda.

Colin encuentra a Olivier en la pequeña sala de proyecciones de los estudios, viendo la película ya montada. El veterano actor se siente melancólico, y expresa la profunda admiración que siente por Marilyn, a pesar de las apariencias. “No habrá nunca otra mujer como ella”, le dice al chico. “Ni ella misma sabe el potencial de su talento, todo en ella es espontáneo y natural. Todos nos hemos enamorado de ella”.

Colin se convirtió con los años en un guionista y escritor conocido, y decidió escribir un libro sobre aquella semana perdida en los recovecos de su historia personal, en la que la diosa fortuna unió su vida a una mujer como aquella, aunque fuera brevemente. 

Marilyn rodó esta película 5 años antes de morir. Su dulzura, su encanto, su fragilidad, el tormento de su alma, todo contribuyó a hacer de su persona alguien único, grabado en el imaginario colectivo ya para siempre.

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