lunes, 20 de enero de 2014

Inmigración


Me sobrecogía una imagen de portada de un periódico hace unos días, en la que se veía a unos subsaharianos custodiados por la policía, horas después de haber saltado esa valla con cuchillas que tienen en Melilla. De 450 que lo intentaron sólo 60 lo consiguieron. Los que aparecían en la foto estaban exhaustos, algunos llorando, recostados contra la fachada de un edificio. Uno de ellos yacía tirado en el suelo, malherido.

El tema de la inmigración es un asunto que me revuelve el estómago. Cómo se puede en un mundo libre, al menos en teoría, cerrar las fronteras a las personas. Por qué yo puedo moverme libremente de un país a otro y un africano no. ¿No estamos todos documentados? Todos tenemos un documento que nos identifica, sea del tipo que fuere. ¿Es que el hecho de pertenecer a un país determinado, tener la piel de un determinado color o cualquier otra característica común al ser humano es determinante?. Y si se trata de vivir me parece injusto que sea necesario un permiso de residencia, aquí o en cualquier otro país. Quién es nadie para dar permiso por algo así, es como si los países, las fronteras, tuvieran propietario. Cuántos hay que están solteros, desempleados o que no estudian y no se les expulsa a otro lugar, pero al que viene de fuera no se le mide con el mismo rasero.

Lo único que debería impedir que una persona cruzase una frontera o permaneciera en un país es una actividad ilegal, pero el que circula sin molestar a nadie y honradamente no tiene por qué serle impedido el paso, y más con violencia.

Un compañero del trabajo lo justificaba como una forma de defensa: no podemos consentir que los extranjeros lleguen en avalancha y nos invadan. “¿No te molestaría a ti que a tu barrio, por ejemplo, llegaran 500 senegaleses?”. “No, en absoluto”, le contesté. “A mí los que me molestan son los maltratadores de mierda, que hay unos cuantos, y las viejas del visillo que se pasan la vida poniendo verde a todo el mundo. A esa gente sí que habría que echarla del país”.

No en vano en mi barrio han proliferado en los últimos años los comercios de chinos. ¿Por qué a ellos no se les ha impedido su entrada en nuestro país, o a los sudamericanos?. ¿Es una cuestión de interés económico? Es como si sólo los que van a dar algún servicio, como montar negocios o trabajar en sectores que los que somos de aquí solemos rechazar, tuvieran carta blanca. Y los árabes, que con sus millones están copando el mundo empresarial español.

Estoy segura que no es sólo la pobreza o la desesperación de los que vienen de África lo que provoca el rechazo de los países de acogida. Es el color de su piel, y sus características físicas. Hombres que son altos como torres, más negros que la pez, deambulando por nuestras calles. ¡Qué miedo!. Por eso no consiguen trabajos de cara al público, sólo ocupaciones penosas, como la construcción o el campo. Y vendiendo bolsos, música y cine en el top manta, corriendo cada dos por tres perseguidos por la policía, que ya sólo hace el paripé de que los intenta controlar, cuando en realidad se limitan a hacer patrullas disuasorias.

Lo que más se critica de los inmigrantes, sea cual sea su origen, es el hecho de que se organicen en bandas y mafias. Pero no es patrimonio exclusivo de ellos, claro está. No hay más que ver cómo se pone mi barrio cada vez que hay partido. Todavía recuerdo la reyerta cerca de mi casa entre los hinchas de dos equipos rivales, que salieron en tromba de un bar con mesas y sillas que lanzaron por los aires en plena calle, a una altura que llegó hasta el primer piso del edificio junto al que estaban, además de propinarse una buena tanda de golpes hasta que llegaron los antidisturbios, y eran todos españoles.

Se ve la inmigración como una nueva invasión bárbara, tal y como sucedía en siglos pasados. La rígida legislación internacional es la nueva arma que ahora se esgrime contra ese supuesto enemigo. Las batallas se libran ahora en los aeropuertos, en las aduanas, en las fronteras llenas de alambradas. La tendencia del ser humano es protegerse contra lo que no conoce, que ve como una amenaza. O a acaparar, a no dejar que otros disfruten de lo que tiene. Pero el instinto del hombre, al mismo tiempo, es expansivo, le gusta abarcar otros territorios, extenderse, ensanchar sus límites, concer otras culturas, y no necesariamente por afán dominador y violento.

Nos pueden molestar sus costumbres, que son diferentes a las nuestras, su forma de hablar, que a veces no entendemos, pero no somos quién para impedirles la libre circulación y establecimiento, como no nos gustaría que nos hicieran a nosotros cuando viajamos fuera. Mi compañero del trabajo cuestionaba hasta la licitud de sus creencias religiosas, criticando su radicalidad en el caso de los árabes. Quiénes somos nosotros para juzgar confesiones ajenas cuando hasta a las nuestras se les podría poner muchas objeciones. Vive y deja vivir. Intentando combatir la intransigencia nos volvemos nosotros intransigentes. Él piensa que el mío es un pensamiento anarquista. No es cierto, yo hablo con la Constitución en la mano, que no es una simple declaración de principios, muy bonitos expuestos en un libro, vacíos de contenido.

Es precisamente el mundo desarrollado el que hace que el Tercer Mundo siga siendo pobre, vendiéndole armas con las que poder llevar a cabo esas guerras que luego el imperialismo norteamericano hace como que intenta detener con su intervención, después de haberlas propiciado. Las labores humanitarias son pequeñas penitencias para intentar lavar grandes pecados. Pero a quién engañan, es el colmo de los absurdos. Primero fomentan su pobreza, y cuando quieren buscar una vida mejor los devuelven a su miseria. Los carceleros quieren que se conformen con su negro futuro y que además no rechisten ni intenten escapar. Es la tiranía del Primer Mundo, su despostismo manipulador.

No más vallas sangrientas, no más pateras. Se está atentando contra derechos fundamentales del ser humano. No le hagamos a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.


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