domingo, 14 de agosto de 2011

Ortografía


Recuerdo que hace unos pocos años hice un curso por el trabajo que se llamaba El lenguaje administrativo, y nunca pensé cuando empecé a hacerlo que me iba a resultar más interesante que ninguno de los otros que había hecho y que haría después, además de serme muy útil para lo mío, que es escribir.

Nos dio clase un catedrático de universidad que, además de dedicarse a dar cursos, viajaba por todo el mundo dando conferencias. Nos contó que estando una vez en Indonesia quiso saber cuál era la palabra que allí se utilizaba para pedir la cuenta. Cuando se la dijeron le advirtieron que debía tener cuidado en cómo la decía, porque si empleaba su tono de voz habitual quería decir que quería sexo, pero si lo hacía bajando la voz entonces la cosa cambiaba. Después de eso, pasó gran parte de su tiempo allí hablando muy bajito cada vez que entraba en un restaurante o en un bar. Lo que venía a decir que una misma cosa se puede decir de muchas maneras y en cada una significa algo distinto.

También nos habló de las diferentes formas de conectar con la gente por medio del saludo, un lenguaje corporal para el que me tomó a mí como ejemplo, por una vez que me pongo en primera fila en una clase, para mi sonrojo. Afirmó, mientras me daba la mano, que esa era la manera más formal de presentarse a una persona o decirle hola. Después me cogió del brazo con una mano mientras apretaba con la otra mi mano, para decir que aquella era una manera más cercana, más cordial, que indicaba querer un acercamiento o una mayor confianza con la otra persona. Terminó dándome la mano al mismo tiempo que me cogía del hombro para expresar que aquello era lo más amistoso que se podía dar en las relaciones sociales, lo más cercano. Me hizo poner en pie y se alejaba o se ponía más cerca dependiendo del saludo que estuviera recreando. Todo era significativo, no sólo lo que hacías sino también la proximidad.

Pero lo que más me interesó de sus disertaciones no fueron los saludos, sus problemas con la cuenta en Indonesia ni el lenguaje administrativo en sí, que más o menos es siempre lo mismo, una forma de expresión encorsetada y obsoleta que a mí siempre me ha horrorizado. Me gustó cuando comenzó a hablar de ortografía, y me pareció como si volviera a la época del colegio, pero mucho más interesante.

Resolvió pequeñas dudas de una forma demasiado categórica para mi gusto. Como cuando le pregunté si era correcto usar el entrecomillado para escribir títulos, o palabras sobre las que se quisiera hacer un hincapié especial. Negó rotundamente que fuera acertado, y dijo que eso se usaba sólo en prensa escrita, que lo suyo era poner letra cursiva. No sabía que mis fijaciones ortográficas tuvieran origen en mi carrera universitaria. Lo que sí había oído era que entrecomillar las palabras que se querían resaltar por su intencionalidad era una pedantería. Los escritos de una compañera del instituto estaban plagados de palabras así.

La misma suerte corrió mi pregunta sobre el uso de paréntesis cuando se quiere hacer un inciso en medio de una frase. Dijo que lo que había que poner es guiones para separar un pensamiento del resto, algo que sí veo en prensa constantemente. Parecía estar ya un poco harto al final de que le hiciera tantas preguntas. Vaya, para una vez que se me ocurre preguntar algo…

Una jefa de área que tuve se pasaba el tiempo corrigiendo los oficios de todo el mundo, incluso aunque fueran cambios que ella misma hubiera introducido la semana anterior. Tenía la manía de que no había que sangrar los textos, que en un curso al que había ido sobre el tema le habían dicho que eso estaba anticuado. Pero en la práctica sus escritos resultaban terribles bloques de letras que eran como ladrillos para la vista, muchos párrafos sin solución de continuidad.

A mí siempre me ha gustado sangrar los textos, porque era algo que aprendí en Periodismo, pero con el tiempo adopté también esta costumbre de dejar el primer renglón de los párrafos en cada punto y a parte al mismo nivel que el resto, en lugar de espaciado.

Lo de dejar doble espacio cada vez que hay un párrafo nuevo es algo de lo que no siempre me acuerdo, y lo de poner en cursiva las citas textuales no lo hacía mucho cuando empecé a escribir en este blog. Poner tres puntos suspensivos es algo que me cuesta hacer porque me parecen pocos, y entonces suelo poner cuatro. Otros signos, como el punto y coma, los he tenido olvidados durante años, y es ahora cuando los estoy empezando a rescatar. Y lo de usar coma antes de una y griega me parece que ayuda a leer mejor, que facilita el descanso en la lectura porque obliga a detenerse, a que no sea todo tan seguido. O punto después de cerrar comillas, en lugar de antes, es una manía mía, y después de signos de interrogación y de exclamación igual, son costumbres de las que me es muy difícil desembarazarme.

Soy consciente de que la ortografía de mi escritura dista mucho de ser la más adecuada, y mucho menos periodística. Me fastidia leer artículos por ahí en los que los signos ortográficos no son como los que yo utilizo, porque me recuerdan que lo estoy haciendo mal, pero me resisto al cambio. Es una cabezonería mía, como si quisiera creer que los que están equivocados son ellos. En realidad hay muchas formas de escribir y, aunque existen un montón de normas para esto del lenguaje escrito, las palabras tienen vida propia y no se pueden ajustar a rígidos corsés que impidan su expresión libre y natural.

Con que no puntualicemos tanto y hagamos una ortografía más flexible, más personal, menos académica.

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