viernes, 30 de septiembre de 2011

La huelga de profesores


La verdad es que no doy crédito a lo que está pasando con los docentes, a sus huelgas repetidas y el ambiente de crispación que generan. El otro día, en el instituto de mi hija, en una de esas reuniones que convocan al principio de curso para los padres y el tutor de aula, el profesor no dejó de hablar de la huelga siempre que la ocasión le fue propicia, señalando las desventajas que este año iban a tener los alumnos por los recortes de la plantilla interina: no iba a haber clases de recuperación de las asignaturas del curso anterior, se limitarían las actividades extraescolares y las salidas fuera del centro, el funcionamiento de la biblioteca se vería restringido, etc.

Pero lo que más le dolía a este señor es que iba a tener que trabajar dos horas más a la semana: en total 20, en lugar de las 18 que venían haciendo. ¡Increíble!. Cualquier otro tipo de funcionario hace el doble de esa jornada o más y no arma tanto alboroto. Un empleado público de ministerio y organismos dependientes debe hacer 37,5 horas, aunque en la práctica sean algunas menos, pero nunca tan pocas como las de los profesores. Y no digamos un médico, con sus guardias interminables.

¿Y sus vacaciones?. Nadie en el mundo laboral tiene tantos días de asueto.

Cuando yo estudiaba en el instituto las jornadas diarias se prolongaban hasta las 7 de la tarde cuatro días a la semana. No había apenas tutorías, porque los padres sabían de antemano que no iban a ser escuchados en cualquier queja o preocupación que tuvieran respecto a sus hijos. La posición del profesor estaba por encima del resto de los mortales. Ni tampoco existía un departamento de orientación para los problemas psicológicos de los alumnos o sus dificultades de integración, que también existían como ahora. Que cada palo sujetase su vela. Y nadie se quejaba de aquellos horarios maratonianos para todos, ni de aquella falta de atención al alumno. Las actividades extraescolares no existían porque no había tiempo material casi ni para hacer los deberes (se hacían a contrarreloj), mucho más cuantiosos que los de ahora. Ni casi había salidas culturales: nuestros horizontes no podían ser más áridos.

El tutor de mi hija también se quejó del número de alumnos que había en las clases, entre 25 y 30. Cuando yo estudiaba éramos entre 45 y 48, y a nadie parecía importarle. Cierto es que con los años las condiciones laborales deben mejorar, pero lo que se hace ahora es quejarse por no estar callados. Qué flojos nos hemos vuelto, qué poco espíritu tenemos.

¿Qué hacen los docentes hoy en día?. Los contenidos de las asignaturas son minimalistas, ha lugar durante el curso para darle dos o tres vueltas a un libro de texto. No se requiere un gran esfuerzo para desarrollar los temas. Cuando yo estudiaba había que empollar lecciones interminables, y más de un profesor las ampliaba con trabajos de su cosecha que explicaba durante las clases y que había que coger en apuntes a velocidad de vértigo, lo mismo que luego en la Universidad.

Veía al tutor de mi hija, intentando hacerse eco entre los padres de sus alumnos, a los que admitió no conocer todavía porque entre fiestas y huelgas no les ha dado clase más de tres horas. Con pantalones marcapaquete de rockero trasnochado, largas patillas y una pegatina en su camiseta que hacía alusión a la huelga, tuvo la cara dura de decir que también el alumnado se había puesto en huelga en más de una ocasión y había sido apoyado socialmente, por lo que ellos tenían derecho igualmente. Era lo último que le quedaba por decir para justificar lo injustificable, aunque él parecía el héroe que resiste atrincherado en el castillo asediado por las medidas gubernamentales. Había que admirarle, encima.

Si siguen llamando tanto la atención y con tan poca enjundia, igual se le ocurre a alguien revisar su salario: pagarles en proporción a las horas que trabajen, como el resto del funcionariado de su mismo nivel y grupo. Entonces sí que se les iba a caer todo el equipo.

Qué dirían aquellos profesores de los años 40 y 50, mal pagados, con sus trajes raídos llenos de brillos por tanto uso, vocacionales, entregados a su labor como nadie, pendientes de sus alumnos y éstos de ellos, en un toma y daca de respeto mutuo y afecto. Mi madre me ha hablado más de una vez de ellos. Qué dirían al ver a los docentes de hoy en día que paralizan la vida escolar por dos horas de trabajo más a la semana, a sumar a su exigua jornada habitual. Anda que se ponen en huelga cuando no hay clase, para no perjudicar al alumnado, del que en el fondo pasan totalmente.

Y además cuando salen a protestar se visten todos igual, con camisetas verdes en las que llevan escritas sus reivindicaciones. Va a surgir toda una industria con el tema huelguístico para surtir de complementos a los que decidan dejar de trabajar para reivindicar lo que sea. Me recuerdan a las peñas de los pueblos, que en época de fiestas se distinguen unas de otras por el color de sus vestimentas y los letreros que llevan escritos en ellas. De esto al carnaval no hay más que un paso.

No hay sangre en esas venas, no hay vocación ni ganas de trabajar. El poco respeto que pudiera quedar en los alumnos se está perdiendo después de semejante demostración de estulticia. Vaya ejemplo que les están dando. Se supone que los adultos somos el espejo en el que ellos se miran, pero no sé qué verán ahora cuando intenten encontrar sus referentes en nosotros y se den cuenta de que no hay nada.

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